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jueves, 1 de noviembre de 2012

La bendita criticadera

Un edificio recién inaugurado se derrumba (por mala intención, negligencia o descuido de los ingenieros o constructores). Hay docenas de muertos y  heridos. ¿Tú eres es ingeniero o constructor? ¿Tú puedes hacer un edificio más resistente que ese? ¿No? ¿No? Entonces no critiques a quienes hicieron ese edificio. Tú no vas a hacer uno mejor, así que (dedo índice en los labios) sssshhht.
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Tu pareja se somete a una operación quirúrgica del hígado, y al salir del quirófano ya no puede moverse, ni hablar, ni comer, ni cagar. Hace cuatro horas tu pareja era un ser humano y ahora (por mala intención, negligencia o descuido de los médicos) es un cuerpo inerte, casi un vegetal. Eh: ¿tú eres médico? ¿Te sientes capaz de realizar una operación más exitosa y eficiente que esa? Ah, ¿no? ¿Y te sientes o te crees con derecho a venir a criticar al señor cirujano o al equipo médico? ¿Me estás jodiendo?
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Lees en el periódico un reportaje, y ese reportaje no te da suficiente información o distorsiona (por mala intención, negligencia o descuido del periodista) los hechos. ¿Tú eres periodista? ¿Puedes escribir un reportaje con las suficientes claridad y destreza para dejar cubiertos todos los aspectos del tema? ¿Perdón? ¿Cómo es la vaina? ¿Y sin saber investigar ni escribir como el periodista eres capaz de criticar su reportaje?
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Cierre del noveno inning, tres en bases. Batea el cuarto bate del equipo del cual eres fanático; el pelotero, en vez de batear el jonrón que tú estás esperando, se poncha (por mala intención, negligencia o descuido). Ya va: ¿tú eres pelotero? Si te ponen ahí en el momento crucial en que estaba el señor que se ponchó, ¿garantizas que batearás un jonrón? Ah coño. ¿Ni siquiera has jugado beisbol nunca? ¿Y por qué llamas batequebrao al pelotero? ¿Por qué no vas tú y bateas por él, a ver si eres tan arrecho?
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Al señor profesor lo ponen en ese cargo para que los muchachos reciban eso que los pobres creyentes en los valores civilizatorios llaman "educación", pasen unas materias y entren en el sistema social con algo de ánimos de convivencia y de construcción de la sociedad. A mitad del semestre los coñitos (por mala intención, negligencia o descuido del profe) no han aprendido a leer ni a reconocer números y cada sesión de clases parece un certamen de violaciones y descuartizamientos. Usted debería ocuparse de ese curso. ¿Cómo? ¿Que usted no va a hacer eso porque lo suyo es la carpintería? ¿No es educador? ¿Y con qué morarrrr va a criticar ni a señalarle nada al profesor? 
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Tú eres taxista. Se monta un pasajero y a ti te da por desahogarte hablando del edificio que se cayó, de tu esposa en estado vegetativo, del espantoso reportaje que leíste, del miserable ponche del pelotero. El pasajero se arrecha y te dice: "Un momentico, bicho: tú eres taxista, y me estás hablando de problemas que tú no puedes solucionar porque no estás capacitado para eso. Así que si quieres hablarme de algo háblame sobre carros y calles, y sobre más nada en la vida. Si tú no eres ingeniero, ni médico, ni periodista ni pelotero, ni maestro, entonces

¿PORRRR QUÉ MIEERRRRRDA
NO TE CALLAS?
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Quien ejerce un oficio que involucre o afecte a la sociedad debe atenerse a un precepto llamado responsabilidad social.
Lea esta noticia: http://www.20minutos.es/minuteca/francesco-schettino/.
Lea esta otra: http://www.taringa.net/posts/info/1065099/20-mentiras-sobre-la-guerra-de-Iraq.html
¿Usted ha sido capitán de un barco o se siente capaz de ejercer ese oficio? ¿No?
¿Usted ha sido presidente de EEUU o se siente capacitado para hacerlo? No le pare bolas: OPINE. Y si viene un capitán de barco o un presidente de EEUU a ridiculizarlo o a decirle irresponsable por hacerlo, entonces mándelo bien largo a lavarse las cavernas profundas de su infecto culo.
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La crítica y el cuestionamiento son potestad de todos los ciudadanos. De TODOS.

martes, 21 de agosto de 2012

Números, pronóstico e interrogantes

Falta un mes y medio para que se celebren las elecciones presidenciales en Venezuela. Todas las mediciones y tendencias (incluso las perceptibles al margen de instrumentos científicos) indican que se mantendrá la histórica polarización numérica que se inauguró en 1998. De acuerdo con esos números y tendencias, el proyecto chavista volverá a obtener más de 50 por ciento de la preferencia de los electores, y el antichavismo rondará el 40 por ciento.
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Teniendo en cuenta que el padrón electoral anda por 19 millones de ciudadanos, y que la abstención prevista es de 20 por ciento, la previsión de la convocatoria de votantes anda por los 15 millones de votantes. Si se mantienen las tendencias, poco más de 8 millones votará por Chávez y unos 6,5 millones votará por el candidato antichavista. Como pueblo chavista tendremos entonces unas cuantas tareas, que debemos abordar a partir de interrogantes no resueltas; algunas están en discusión, otras obviadas o escasamente discutidas.
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Algunas de las preguntas y discusiones que hay que masificar: ¿con qué estructuras iremos sustituyendo las instituciones y estructuras burguesas (y algunas medievales) sobrevivientes, como las Parroquias, claustros universitarios, jerarquías y partidos? ¿Cómo irnos organizando como pueblo de manera tal que, ante la crisis mundial del Estado y las corporaciones, seamos los ciudadanos en nuestras localidades y radios de acción quienes asumamos el autogobierno? ¿Cuándo y cómo daremos el salto desde la actual democracia electora de representantes hacia la democracia directa ejercida desde las comunidades? ¿Cuándo y cómo discutiremos (y para qué) la necesidad de sustituir las alcaldías y gobernaciones por centenares o miles de Gobiernos comunales (un Gobierno por cada comunidad o por cada cuadra)?
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Si la construcción de la democracia fuera un asunto numérico o matemático ya tendríamos el mandado hecho: ganamos el 7 de octubre y seguimos en lo mismo. Pero esa construcción es más un esfuerzo político y una profundización de la guerra sorda entre las tiranías empresariales y los pueblos oprimidos. Veremos por qué rumbo tuerce la historia después de octubre.

sábado, 17 de diciembre de 2011

La tarea

Entrenados para el consumo de cosas inútiles e innecesarias, tenemos la misión de construir una sociedad en la cual la felicidad no sea una mercancía. Donde los objetos no compren nuestras sonrisas.
Programados para el egoísmo y la santificación de la propiedad privada, tenemos por tarea reprogramar a la humanidad para que nadie sienta el deseo de matar a quien nos arrebate un objeto, que a fin de cuentas no tiene por qué pertenecerle a uno solo.
Adoctrinados por siglos para respetar a entidades y personajes que exigen que nos inclinemos, les recemos, les temamos y les rindamos culto, tenemos por meta el diseño de un mundo donde no haya seres humanos postrados sino gente libre de fantasmas y disfrutando la búsqueda colectiva de la felicidad.
Educados para pensar que el mucho estudiar hace superiores a unos y que la falta de estudio convierte en miserables a otros, tenemos el objetivo tremendo de fabricarnos un sistema donde todos produzcamos cosas con las manos y con el cerebro; donde todos podamos diseñar un puente, curar a un enfermo, sembrar una planta y limpiar las calles; donde nadie podrá sentirse humillado o superior al hacer una cosa u otra.
Engañados por siglos con la conseja según la cual el trabajo dignifica (sobre todo en un modelo de sociedad en el cual los que se parten el lomo son execrados y sacrificados en beneficio de los que no hacen nada) tenemos por delante un camino que ha de llevarnos a la valoración del ocio creador de todos, no el de una élite de privilegiados (porque esos privilegiados no existirán).
Empujados a creer, mediante ardides propagandísticos y una persistente cultura cinematográfica, que sólo los violentos son valientes y que sólo los que llevan fusiles y armas merecen y pueden conquistar el poder, estamos en la obligación de legarles a las generaciones que vienen la demostración de que la violencia es una vía para acabar con la opresión pero no para mantenerse en el poder, que al final puede terminar convirtiéndonos en hegemonía agresiva y depredadora.
En otras palabras: confeccionados, como de hecho lo estamos, para la vida en capitalismo, tenemos la tremenda tarea de construir un mundo que no es para nosotros, los seres vivos en este momento, sino para gente que todavía no ha nacido.
Llámese socialismo o como sea esa otra sociedad, la misma debe negarnos, rebasarnos, hacérsenos inhabitable, porque los humanos vivos a esta fecha somos capitalistas, incluso los que nos hemos declarado en rebelión.
Mientras nos manejemos con los actuales códigos, que son los que nos impusieron los poderosos, será difícil imaginarse siquiera el mundo que queremos, que por supuesto no es este. Es decir: si seguimos pensando que en la sociedad del futuro todos seremos licenciados o doctores y entonces tendremos carros, casas, recursos y tiempo para viajar por el mundo, seguiremos estancados aquí, en este tiempo miserable en el cual mucho “socialista” no se ha percatado de que el confort de unos pocos tiene su razón de ser, su explicación y sostén real en la existencia de esclavos.
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Hace poco le decía a una interlocutora que para construir la otra sociedad será preciso acabar con Caracas, desmontar esta ciudad que le sirvió al capitalismo (y por lo tanto no nos sirve a nosotros). Me respondió como la mayoría de la gente que escucha ese tipo de cosas: “¿Y cómo hacer que el gentío se vaya de Caracas si aquí tiene a su familia, su trabajo y sus afectos? No, no es posible decirles a 5 millones de personas que abandonen toda esta infraestructura y se ponga a sembrar y a criar gallinas”. Mi interlocutora razona así porque cree que la tarea de desalojar las grandes ciudades nos corresponde a los venezolanos vivos en esta fecha.
Cree la dulce amiga que la otra sociedad debemos construirla para que estemos allí nosotros, los que estamos vivos aquí y ahora. Es fácil y automático pensar en la familia y los conocidos (imagínate: mi pobre tía que ha vivido toda la vida en Catia, ¿para qué y para dónde la voy a mandar?) pero es muy difícil pensar en términos de la especie humana, en ese conglomerado gigantesco de personas que no ha nacido todavía y que no tiene por qué recibir como herencia nuestros miserables códigos actuales. Se nos hace difícil pensar que dentro de 70 años ya ninguno de nosotros (digamos pues, los que hoy tenemos más de 20 años de edad) estará vivo, y que quienes estarán construyendo el mundo para entonces podrán hacer cosas que a nosotros hoy nos parecen inconcebibles. Por ejemplo, crear poblados amables y propicios para la vida humana, fuera de esta plasta de mierda donde las reglas de supervivencia consisten en pasarles por encima a los demás, liquidarlos física y moralmente, para poder llegar primero, comer más y “mejor”, vivir en las “mejores” zonas, cogerse a los mejores culos, tener el mejor carro, el mejor cargo, la mejor imagen.
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La Revolución entrará en su etapa creadora (ahora estamos en la etapa germinal) cuando al menos logremos soñar esa otra sociedad, y para que logremos eso tenemos que entender que esa sociedad futura no debe regirse por los cánones y criterios actuales de “éxito” y desarrollo. Mientras tanto, es preciso luchar con lo que hay y al lado de los que al menos ya se dieron cuenta de que esto anda mal. Pasarán muchas cosas y se derramará mucha sangre y lágrimas antes de que el ser humano pueda prescindir de los objetos y costumbres con que el capitalismo llenó la tierra. Mientras tanto estamos condenados a ser contradictorios, a renegar del capitalismo desde su entraña, e incluso desde sus comodidades y perversiones.
La difusión de este mensaje ha sido posible “gracias” al sistema esclavo que ha originado la existencia de Internet, de las computadoras y de sujetos con tiempo de sobra para dedicarse a la reflexión sobre el mundo y sus monstruosidades. Sujetos como el autor de este escrito no serán necesarios ni posibles en la sociedad que queremos, que será viable para la vida en dignidad. Pero en esta de ahora cumplimos un papel: poner sobre la mesa la reflexión incómoda que pocos se quieren hacer: que “triunfar” en el capitalismo es estancarnos. Que no debemos aspirar a ser capitalistas que hablan de socialismo sino a ser agentes capaces de acelerar la destrucción del capitalismo y sus dinámicas.

martes, 29 de noviembre de 2011

Politiquear

Cierta percepción ciudadana acerca de lo que es la política relaciona esta actividad, parcela u ocupación, con la destreza para mentir. Político: embaucador y mentiroso. La asociación es vieja y probablemente tenga su origen en el talante (poco comprendido por cierto) de la obra que dio inicio a la ciencia política, entendida como construcción filosófica: el nombre de Maquiavelo es asociado automáticamente con las nociones de perversidad, maldad y trampa, así poca gente haya leído El Príncipe o sepa de qué se trata, qué contiene o qué propone.
En algún momento se acuñó la idea de que para ser un político exitoso hay que ser maquiavélico, lo cual en sentido estricto puede significar que el aludido está siguiendo las instrucciones o enseñanzas de Maquiavelo. Pero para efectos del habla común de las personas, que no tenemos por qué haber leído los clásicos de la filosofía para tener derecho a usar ciertos términos, lo que estamos queriendo decir es que el mundo de la élite política y el de los aspirantes a vivir de la política está lleno de seres repugnantes, militantes de una antiética capaz de moverlos a hacer cualquier suciedad con tal de conseguir sus objetivos (ser diputados, presidentes, alcaldes o amantes de todos los anteriores).
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Es mentira que maquiavelo haya dicho algo que quienes no lo leyeron le atribuyen con una facilidad deslumbrante: “El fin justifica los medios”: Y en caso de que lo hubiera escrito sigue siendo fascinante la manera en que algunos se han amoldado a ese precepto. Que María Corina Machado haya inventado un tiroteo para hacerse la víctima; que cada semana Julio Borges haga una rueda de prensa para presentar cifras forjadas acerca de la presunta destrucción de Venezuela; que la hegemonía anglosajona haya inventado que en Irak había armas químicas y que Khadafi dizque bombardeó con aviones una marcha pacífica, antes de proceder a invadir esos países; que la prensa burguesa promueva día a día una imagen dantesca y terrorífica de Venezuela; que ayer mismo Antonio Ledezma haya dicho que Chávez mandó a suspender para siempre las elecciones. Todo “eso”, ese despliegue que no puede llamarse sino asesinato moral (paso previo para el asesinato físico) forma parte de una misma praxis política: creo una imagen espantosa del enemigo para así justificar su destrucción física, su muerte efectiva.
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A Kissinger se le atribuye el haber dicho: “Acusa a tu enemigo de fornicar con cerdos y luego siéntate a ver cómo lo desmiente”. Aplica muy bien para la forma en que el poder económico en decadencia y sus sirvientes ejercen la política. Por fortuna vivimos en un país en el cual la verdadera política la están ejerciendo el hombre y la mujer humildes, y no los aspirantes a ricos o a gobernantes de un país previa invasión y bombardeo de sus tutores internacionales.

domingo, 13 de noviembre de 2011

El asombro

Todo se empezó a pudrir cuando el ser humano (perdón: un grupo de seres humanos) descubrió que la noción de Poder estaba a su alcance. Que podía manipularlo, administrarlo. Que no había fantasmas ni entes todopoderosos; que por ahí había cuestiones que ameritaban una explicación; que quizá fáciles, lo que se dice fáciles de descifrar, no te eran, pero sobrenaturales tampoco. Parece paradójico, pero no lo es: las religiones fueron creadas cuando un grupo de privilegiados descubrió o se atrevió a seguir a la intuición, en la sospecha de que no había Dios.
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Dios es el antecedente lejano de otros valores inasibles y ficticios, como por ejemplo lo que se barajea en los mercados bursátiles: hay gente que se enriquece o se mata a causa de elementos intangibles cuyo valor viene dado por la especulación, las predicciones y las seudohistorias. Las acciones de un banco al entrar en crisis pueden originar tantas perturbaciones como el acto de ir a mearse en el Muro de los Lamentos o en el altar mayor de la catedral de donde sea.
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Cuando usted llega a tan rotunda conclusión y se da la circunstancia de que está rodeado de una manada de imbéciles (o de esclavos que no tienen tiempo de filosofar porque están ocupados en hacerlo rico a usted con su trabajo), que le otorgan a lo inexplicable o desconocido carácter místico, superior y por lo tanto aterrador, ya su negocio está asegurado: llega usted y se pone una sotana, batola o corona; agarra un cetro o se coloca un anillo con un mollejón de piedra; manda a unos esclavos a construir una catedral, mezquita o pirámide; escribe una historia de profetas, vergajos que caminan sobre el agua, resucitan, vuelan; putas que fornican sin perder la virginidad; se hace rodear de otros coños que se visten con el mismo boato que usted pero no tanto para no opacar su jerarquía; se inventa un ritual, homilía, liturgia y tal, y listo: usted acaba de inventar una religión.
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Cuando simplemente sentíamos que teníamos por encima a seres superiores, cojonudos y descomunales, contra los cuales era imposible pelear o aunque sea intentarlo, estábamos en una etapa cercana a la pureza; esa etapa es el asombro. Pero alguien descubrió que el Poder no es un asunto ajeno a nuestra mente sino que, producto de ésta, podíamos usarlo para nuestro beneficio; ese es el momento en que dejamos la etapa más o menos inocente y pura del asombro y pasamos a ser sus gerentes: sotanas, incienso, mitos fundacionales, tesoros y ejércitos: el nacimiento de toda esa parafernalia pertenece al instante en que los acomodados, los que tienen tiempo para filosofar, para detenerse a pensar, superaron el trámite del miedo y pasaron a convertirse en encarnación de dioses terribles y miseriocordiosos al mismo tiempo.
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Cuando la humanidad en pleno entienda que nadie va al infierno por patearle el culo o escupirle la cara a los estafadores de la fe, habrá una verdadera revolución y las gentes seremos asombradas y felices para siempre.


sábado, 5 de noviembre de 2011

La fase terminal

Decíamos: dentro del capitalismo ya no puede hablarse más en términos de desarrollo, mejoramiento, avance positivo, humanización o progreso. Sólo podrá hablarse en esos términos cuando este sistema de relaciones degenerado y lamentable sea sustituido por otro. En las circunstancias actuales, lo que es bueno para el capitalismo (“bueno”: término muy relativo para un cuerpo en descomposición) no lo es para la humanidad. Lo que alegra y da esperanzas de sobrevivencia a las hegemonías dueñas del poder y los recursos del planeta es una tragedia para los pueblos oprimidos, esto es, para las mayorías. Así, cuando decimos “desarrollo”, “progreso”, “mejoramiento” nos estamos refiriendo a lo que existe, y lo que existe es un sistema en proceso de derrumbe. Igual, cuando hablamos de “corrupción” nos estamos refiriendo a ese mismo cuerpo en decadencia.
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Por lo anterior, contentarnos cuando Venezuela muestra signos de avance, recuperación o progreso medido en cifras macroeconómicas, nos traslada a una dolorosa paradoja: si cedemos al espejismo de que “vamos bien” dentro del capitalismo pudieran algunos creer que vale la pena seguir dentro de este sistema. Dentro de este organismo descompuesto. ¿Para qué buscar alternativas si dentro del cataclismo general podemos salvarnos?
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Se hunde el barco, pero yo feliz porque podré bandearme un rato más mientras los demás se ahogan. Honestamente: ¿le suena ética esa postura? ¿Acomodarse en el bando de los que morirán más lentamente mientras ven morir a los demás sin remedio?
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El capitalismo “popular” que propone una precandidata prohegemónica insinúa que es posible oler a perfume dentro de una atmósfera general que huele a cloaca. Que usted puede zambullirse en el río Guaire y sentirse feliz en medio de la purulencia. Que usted puede chapalear en la morgue y sentirse como en casa, inmune al caos y la desolación. Decirnos a los pobres que es posible encontrar afecto, solidaridad y posibilidad de salvación en medio del sistema que nos empobreció por siglos equivale a decirle a la víctima de violación que hay algo bueno dentro del violador, algo que no hemos explorado. Y que ella, que jamás ha sabido ni sabrá qué significa ser víctima, va a enseñarle a usted el camino de la felicidad en medio de la humillación más rotunda.

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Vote por María Corina: ella le explicará las ventajas y la enorme belleza de ser esclavo, oprimido, sirviente de empresarios. Ella le demostrará que un enfermo en fase terminal puede otorgarle (a usted, que quiere salvarse) un rato de felicidad. Mientras ella y los suyos, tan sacrificados, “trabajarán” para usted desde su comodidad y su conocimiento de las artes del sobrevivir en la cúspide del capitalismo moribundo.

Frente al hundimiento

En un barco que se está hundiendo usted tiene varias opciones y no sólo las dos que a uno le vienen primero a la mente. Usted puede: a) contratar otro barco para su salvación y la de su familia; b) resignarse y hundirse y morir al lado de los demás; c) recurrir a su imbecilidad intrínseca y creer que poniéndole paños y teipes al agujero que tiene el barco en el fondo puede llegar a salvarlo, y salvarse todo el mundo dentro de él; d) ponerse al lado del capitán (que, por cierto, hace rotundos esfuerzos por hundir más la nave y trata de convencer a los pasajeros de que van a salvarse si confían en él) con la esperanza de que él salve, no a todo el mundo sino a usted y a su gente querida; e) asumir con total gallardía que la maldita nave ya se está hundiendo, que en consecuencia un gentío muere y seguirá muriendo en esa tragedia y que por lo tanto hay que proceder a construir otro barco adonde llegará y vivirá otra gente, no necesariamente toda la que está en el barco actual. Y si la vida no nos alcanza para construir o empezar a construir ese otro barco, entonces al menos habrá que comenzar a soñarlo. Porque ese sueño puede que no lo salve a usted individualmente, pero es probable que salve a la raza humana.

Dentro del capitalismo sólo puede hablarse o pensarse en términos de sobrevivencia. Dentro de un sistema que está muriendo nadie puede pensar la vida en clave de mejoramiento personal o del “nivel o calidad de vida”, sin incurrir en el pequeño crimen cotidiano del individualismo y la entrada en competencia con el que no tiene oportunidades. Aunque pudiera ser también que alguien, en un acto experimental de construcción de micromundos, pueda legar un ejemplo, una clave, un manual de instrucciones para su uso en el momento en que toque construir. El tiempo actual es de destrucción; cualquiera que ande construyendo ese tipo de manuales prácticos, al margen de la pelea cotidiana, pudiera estar evadiéndose o dejando un ejemplo. La historia los absolverá o los juzgará.

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Ponerse hoy del lado de los amos del mundo, con la esperanza de que nos traten bien y no nos castiguen con la dureza del que no quiere salvar a los tripulantes sino al barco, es cobarde, repugnante, sucio y además inútil. Porque el capitán del barco morirá también con nosotros: “El mundo ya no se acaba solamente pa’l pendejo”, reza una reveladora canción de Gino González.

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Soñar la otra sociedad es un acto importante y necesario y además urgente. Hay un debate en curso acerca de si es procedente comenzar a construir un barco nuevo sin que el otro se haya hundido por completo. Venezuela es un peculiar caso de permanencia del capitalismo en medio de esfuerzos e intenciones por construir su barco antagónico. No tengo una bola de cristal para saber si este experimento será perdurable o efímero, pero este es el espacio de los que al menos están discutiendo la otra sociedad. Así que en este barco he de hundirme y con estos soñadores dejaré un legado.

Las guerras del pueblo

De Maquiavelo para acá, la humanidad se acostumbró a una percepción coreográfica de lo que es la política. Política: El arte de conquistar el poder o conservarlo. Quítate tú pa’ ponerme yo; yo ataco, tú te defiendes, y viceversa. La guerra por otros medios, etcétera. No es malo creer en máximas o sentencias de este tipo. Lo ingenuo es pretender simplificar los simbolismos hasta el punto de convertirlos en verdades inalterables. Quizá acostumbrados a la asociación de las ideas de “guerra” y “toma del poder” con su simulacro intelectual más notable (el ajedrez), los analistas internacionales suelen caer en el infantil error de creer que, cuando muere un líder (o es desmovilizado, neutralizado, puesto fuera de circulación o simplemente defenestrado) entonces ya quien lo derrocó ganó la guerra. Jaque mate, el rey no puede moverse y se acabó el juego, sin importar qué puede hacer el resto de las piezas: Yo le mato al jefe y usted está muerto.

Una variante de esa visión es la que le otorga a la territorialidad carácter concluyente. “Tomar el cielo por asalto” es una expresión que resume ese anhelo que en la vida real es la toma de un palacio de Gobierno, cuartel general o búnker: “Vamos todos a Miraflores” y después Carmona Estanga es el presidente, así despache desde el hotel Four Seasons. Ocurrió en Irak, ocurre en Panamá (con una intensidad bajísima que desanima, pero ocurre) y ocurrirá en todos los países donde la actual hegemonía económica y militar se imponga e instale por la fuerza: Usted puede liquidar a un ejército regular, usted puede masacrar a miles o millones de personas, pero para liquidar a un pueblo hace falta mucho más que la liquidación física de un líder. Liquidar a un sistema tampoco es tan fácil como maniobrar en un tablero y llevarse en los cachos al mánager; no porque Chávez esté al frente del Poder Ejecutivo se acabó el capitalismo en Venezuela. Y no porque hayan matado a Khadafi Europa y EE UU gobernarán con tranquilidad la Libia devastada. Lo que sigue no es un aspaviento para repetir el cansino eslogan según el cual “si invaden la patria de Bolívar los volveremos ñoña”. No se trata de eso. Es sólo un intento por poner un ejemplo de lo que ha ocurrido en la historia de Venezuela en ausencia de la figura de autoridad (representativa o no de los anhelos del pueblo). Como cualquier pueblo del mundo, el pueblo venezolano siempre se subleva, se sale de cauce, se suelta a la anarquía y a la destrucción, cuando sus conductores legítimos o impuestos cesan en funciones, mueren o pierden el control del orden convencional de la sociedad: Cuando ya no obtienen reconocimiento ni por el afecto del pueblo ni a través del miedo. Sucedió el 5 de julio de 1811 (sacudón contra blancos criollos y españoles de espanto cuando se declaró la independencia); sucedió el 5 de diciembre de 1814 a la muerte de Boves; sucedió en 1830 a la muerte de Bolívar; sucedió en 1936, en 1958; sucedió el 27 de febrero cuando la figura del presidente y del régimen quedaron disueltas a los ojos de la gente; sucedió el 12 de abril de 2002.
Insisto en que esto no es una advertencia ni un alarde de nada. Es simplemente la observación simple: cuando termina la guerra regular y cae la figura de poder suele comenzar la Guerra del Pueblo. Y esa es la que no termina en el tablero convencional. Esa es la que dura y se prolonga. Y en esto estamos desde que hay explotadores y explotados en la tierra.



La barbarie cosmopolita

Cierto discurso interesado y bastante torpe pretende asociar las ideas de progreso, desarrollo y avance a las de urbe, gerente eficiente y confort capitalista. Pudiera bastar con recordar que el capitalismo, para sostenerse, necesita de millones de esclavos y otros tantos excluidos. Las grandes mayorías expoliadas garantizan a una minoría poderosa e implacable el disfrute de recursos y privilegios, y el escenario donde esa relación aberrante ha alcanzado mayores niveles de monstruosidad es en las grandes ciudades, asiento por excelencia de esclavos hacinados y pudientes cosmopolitas.
Pero el análisis no debe detenerse allí, porque tampoco termina allí el macabro discurso-acción de la hegemonía. El bombardeo propagandístico que considera superior a lo que ocurre y se produce en las grandes ciudades, también sugiere que lo que ocurre en los campos y pequeños pueblos de provincia es inferior, balurdo, feo, de mala calidad. No es casual que el adjetivo “folclórico” se haya instalado en el habla común de mucha gente, asociado a lo que el engreído habitante de la urbe considera chimbo y maluco: En muchos círculos ya ganó la idea de que si usted vive en el campo es inferior, menos inteligente, menos avispado; que habla sin propiedad, no conoce de tecnología, no tiene a la mano los servicios y posibilidades que otorga la vida urbana. “Caracas es Caracas y lo demás es monte y culebra” es un dicho que resume en buena medida ese desprecio, esa segregación impuesta, ese mirar por encima del hombro.
De carambola, o tal vez de manera planificada, ha venido a explotarse también en estos años, el rumor sociológico, seudoerudito, según el cual el chavismo ha venido perdiendo terreno (electoralmente) en las principales capitales del país, debido precisamente a ese presunto carácter superior del citadino: Dice este discurso racista y tiránico, que en Maracaibo, Valencia y Caracas, por ejemplo, nunca cuajará un modelo socialista porque ahí la gente “sabe más”, está más enterada de las cosas que suceden en el mundo; es gente estudiada y por lo tanto más analítica y preparada para empujar al país hacia modelos eficientes de gestión y bla, bla, bla. Justo el dato que hacía falta conocer para entender por qué los insultos preferidos del antichavista promedio contra el Presidente y sus seguidores refiere a la idea del salvaje, el animal, el campesino bruto.
Sobre el origen de esa animadversión ya se ha dicho que vivimos en un país urbanizado vertiginosamente a punta de barriles de petróleo. El mito del ser que va a estudiar y a vivir en la urbe en busca de superación y termina yéndole mejor que en el pueblo de donde se largó, ha sido millones de veces rebatido por los hechos, pero todavía se sigue educando a los niños a partir de una novela que dice que la civilización (Santos Luzardo) está destinada a barrer con la barbarie (Doña Bárbara).
Pocos cosmopolitas o aspirantes a serlo se han dado cuenta de que la barbarie no está en el conuco sino en la matanza de personas a balazos en las grandes ciudades, a razón de 150 por semana, y esa ignorancia o ceguera seguirá fortaleciendo el mito de la superioridad del citadino hasta que la historia nos devuelva a la tierra que abandonamos soñando con oro, lujo y plástico.

El proceso de desarme

Ha comenzado en Venezuela un proceso interesante, tanto por su dramatismo como por su carácter aglutinador de la mayoría de las voluntades: el “desarme” de la población civil. El tema se las trae, es una acción necesaria que el Gobierno ha emprendido y por lo tanto es digna de analizar desde todas las perspectivas posibles.
Hace unas semanas el Ministerio de Interior y Justicia destruyó mediante fundición 51.765 armas de fuego, decomisadas en el penal de El Rodeo. En ese mismo acto se informó de la destrucción, en los últimos ocho años, de más de 250 mil de esos artefactos. Nada tiene de reprochable la medida, por supuesto. Sacar de circulación instrumentos homicidas es una necesidad y, si se consigue detener el fenómeno del armamento puesto al servicio del crimen, es una conquista. Pero resulta inevitable una reflexión: así como el problema de la basura no lo ocasiona el ciudadano que bota las bolsas de desechos en la calle, sino el industrial que produce y comercializa masivamente bolsas, envases y otros materiales que son basura desde su fabricación; así como el problema del hambre no es la falta de comida sino el sistema que decidió fatalmente que para comer hay que pagar y hacer ricos a los mercaderes de alimentos; de la misma forma, el problema de la propagación de armamentos (por allí mencionan la palabra “proliferación”) no es su posesión por parte de los ciudadanos sino la existencia de una industria que produce y produce armas, las vende y las vende, enriquece y enriquece a unos delincuentes con salvoconducto para seguir mercadeando con aparatos de destrucción de personas.
De modo que no hay proliferación de armas porque las armas no proliferan (a menos que alguien haya visto cómo fornican y se reproducen las pistolas y revólveres): las que usted ve en las calles no han sido producidas por malhechores comunes sino por empresarios de la muerte, sujetos dedicados a la importación, fabricación y venta de armas.
Por otra parte, iniciativas como el desarme deben pasar por el filtro de las necesidades y expectativas del pueblo, y no sólo por los anhelos de tranquilidad social de las clases acomodadas. Es obvio que la gente que se procederá a desarmar son los delincuentes pobres, los que un bombardeo mediático despiadado quiere señalar como responsables de la “inseguridad” (casi nadie habla del crimen como problema, sino de la “inseguridad”, como si esa palabra significara falta de seguridad o protección policial). El clamor de las clases medias y altas apuntan en esa dirección: hay que quitarles las armas a los habitantes de los barrios pobres. No hay nada en el discurso o la actitud del ‘sifrinaje’ que indique que le preocupan los muertos en los barrios, como no sea a la hora del proselitismo y la explotación propagandística del dolor de los pobres.

Los datos de la rebelión

Ejercicio retórico difícil, ese de tratar de asumirse rebelde, desobediente y libertario y al mismo tiempo profesar simpatías o adhesión a un proyecto de gobierno. Por definición, alguien que cree en la emancipación del ser humano debería estar contra todo Gobierno o poder establecido. Pero en momentos de dramático cambio de paradigmas se producen sobresaltos y anomalías en la historia, y en ese escenario el dato importante del proceso venezolano actual viene a ser que nuestro mayor acto de rebeldía como pueblo, en más de un siglo de historia reciente, ha sido mantener en el Poder Ejecutivo a alguien que le ha abierto las compuertas a nuestras fuerzas constructoras (y a muchas de las fuerzas destructoras).

No es que de pronto nuestra vocación colectiva sea el apoyo a un gobierno o al poder: es que nuestra forma de desafiar al poder, ese mismo que está en proceso de decadencia y autodestrucción en el planeta, es el mantener al frente de un proyecto a alguien que encarna el antipoder. Mirando ahora la otra acera, ya resulta fácil detectar el punto de fractura existente en el discurso estándar del antichavismo que se dice democrático pero no puede dejar de aportar datos sobre su vocación tiránica y opresora. Relumbra por allá discurso que endiosa al gerente, al profesional y demás figuras elitescas, en desmedro de un pueblo pobre a quien se le exige que estudie pero se le niega el derecho a pisar el mismo felpudo que los hijos de los privilegiados. Señal a recordar: los universitarios marchando y protestando para evitar que los obreros y trabajadores de las universidades participaran en los procesos de elección de autoridades y otros; y la declaración infame retransmitida docenas de veces por Venezolana de Televisión: la niña bien reflexionando que “Darle voto a los obreros de la UCV es como darle a la cachifa el derecho de decidir qué hacer en mi casa”.

El antichavismo, y dentro de ese mazacote todas las variables del desprecio al ser humano simple y sin obsesiones artificiales con el lujo y la ostentación de saberes burgueses, cree que desprecia al chavismo porque éste es antidemocrático. Efectos terribles de no saber qué es la democracia y cuál es su sujeto. Cuando se enteren de que los pueblos en rebelión son capaces de grandes destrucciones pero también de ejemplos de humanidad, entonces comprenderán que en Venezuela se está viviendo el momento democrático más esplendoroso, en medio de una rebelión planetaria que en otras partes es sangrienta, pero que aquí es lenta e indulgente (por ahora).

Lo comprenderán, sí; pero sólo lo harán cuando ya sea demasiado tarde.


El mito del ‘gerente eficiente’

Afortunadamente estamos dejando atrás algunos vicios como país y como pueblo. Uno de ellos es el de la adoración automática y enfermiza, por temerosa, de ciertas figuras que nos legó el medioevo (mentalidad que, por cierto, originó la invasión y exterminio perpetrados en estos territorios durante la Colonia). Así, hemos ido superando el terror a la sotana, a la toga y el birrete, a la peluca del magistrado; al boato de momias, al olor a incienso y alcanfor que destilan los rituales conservadores por excelencia.

Hoy toda figura de autoridad está siendo sometida a las lupas de un pueblo que le ha descubierto la dimensión humana a lo que antes parecía sagrado e intocable. Sin embargo, persisten algunos temores, llamados y tendencias a respetar figuras de más reciente aparición; el “gerente eficiente” encarnado en el empresario o profesional universitario que se cree superior por serlo, es una de ellas. Y como todavía queda por allí quien se deja impresionar con el currículum o historial de ciertos aspirantes a dominar al país, para entregárselo ya sabemos a qué hegemonías, despuntan en el horizonte, con una enorme maquinaria de prensa y artillería audiovisual a sus espaldas, individuos del talante propagandístico de un Capriles Radonski y un Leopoldo López.

Ninguno de ellos tiene conexión alguna con lo que llamamos pueblo; la gente oprimida y excluida por el sistema capitalista no tiene razón ni motivo alguno para guardarle afecto o simpatía a semejantes especímenes, ya que ellos representan justamente el segmento social que ha excluido y explotado a los pobres del mundo. Pero en este punto es donde comienza a activarse el mito, y ellos lo explotan así: “Yo, gerente eficiente que goberné un municipio como Baruta o Chacao, puedo convertir a Venezuela en ejemplo de organización y limpieza”. Fácil: la gente no vive “bien” en Baruta y Chacao porque allí vivan mayoritariamente familias millonarias, de clase media alta, sino porque estos pimpollos (provenientes de familias millonarias también) son “gerentes eficientes”. Según esa propaganda, que es a un mismo tiempo cómica y grotesca, por irrespetuosa e insultante, si Leopoldo López llegara a presidente enseguida La Ruezga Sur y La Carucieña serían como Colinas de Santa Rosa, La Rosaleda y Las Trinitarias, y La Charneca y El Guarataro serían como La Floresta y La Castellana. La otra parte del mito pretende vender la especie de que si uno copia el modelo organizativo inglés entonces un día Caracas será como Londres. Olvídese de los miles de años de historia de cada país y de desarrollo desigual y de la condición de saqueadores de unos y explotados de otros: usted pone en Miraflores a alguien que estudió en Oxford y ya, nos convertimos en país desarrollado y casi europeo.
De ese mito infecto ha comenzado a alimentarse la precampaña electoral del antichavismo. Y, conociéndolos como los conocemos, no cambiará. El conservador promedio es predecible.

Aquí, acabando con cierta democracia

Una vez más Estados Unidos les indica a sus sirvientes en todo el mundo qué países están acabando con la democracia, y otra vez estos sirvientes se apresuran a aprobar el dictamen de rigor: que en Venezuela hay una “erosión” de la democracia y que aquí están menoscabados los derechos políticos de quienes hasta ayer nomás fueron los dueños del país, de sus recursos y de las personas que acá habitamos. Produce un enorme aburrimiento eso de volver al concepto originario de democracia; así que, en vista de que ya duele la boca el tanto señalarles sus contradicciones a los fans de la tiranía del capital (los que salen a defender todo cuanto ordena pensar el mundo “libre y civilizado”) no queda sino exponer algunas de sus llagas y dislocaciones en materia de entendimiento de la realidad.
Lo que entiende por democracia el conservador puro y duro es un sistema en el cual “pueblo” es todo el mundo, incluso el que expolia al ser humano pobre y le exprime su fuerza de trabajo. Un sistema en el cual el ciudadano sólo tiene que pagar sus impuestos e ir a votar para exigirle al Gobierno que le construya la democracia; mientras él va a trabajar o se queda descansando. La “democracia” con la que sueñan es un espectáculo donde las grandes mayorías permanecen pasivas, esperando que el Gobierno les haga el favor de construir la sociedad: anda a votar y acuéstate a dormir, que cuando despiertes tendrás hecha tu democracia. Excelente negocio. Sobre todo para el que nunca cumple con su parte.
La ventaja del proyecto chavista en este renglón radica en que el Presidente no formuló en 1998, ni lo ha hecho en estos años, ninguna oferta de hechura de una revolución mientras usted espera en un chinchorro. Que se sepa, el discurso y proyecto chavista convoca a echar a rodar una democracia participativa y protagónica, que en idioma más llano significa que usted y yo estamos invitados a construir una forma de democracia inédita en la historia del mundo y, por lo tanto, somos corresponsables de lo que logremos y no logremos; de lo que podamos y no podamos construir. Chávez no nos dijo: “Vota por mí y yo te hago una revolución”. No: el mensaje fue “Vota por mí y yo te abro las puertas del Estado para que hagamos una revolución”.
Por supuesto que la “otra” democracia suena más cómoda, y vaya si lo es, desde nuestras costumbres y hábitos capitalistas: frente a mi casa se acumula la basura y yo simplemente le echo la culpa al alcalde. Y me olvido olímpicamente del responsable de que exista basura: el empresario que produce bolsas plásticas y envases de todo tipo: el sujeto o la industria que producen basura y que se han hecho millonarios con ello.
Visto así, ya va provocando darle la razón a EEUU: aquí como que estamos acabando con un tipo de “democracia”, y a la que viene le estamos quitando las comillas. Lo malo es que por hacerle ese aporte a la raza humana como que nos estamos ganando unos bombazos.


Acostumbrémonos: Estamos en guerra

A estas alturas del siglo XXI, la guerra sucia depara pocas sorpresas. De hecho, la única que va quedando es que entre los nuestros (es decir, entre la gente que se asume revolucionaria, socialista o al menos contrahegemónica) todavía hay quien se espanta, o parece espantado, cada vez que el enemigo ataca con la herramienta del momento: el desprestigio a través de acusaciones gravísimas, que los medios masivos de información difunden y sazonan con comprensible regodeo (las que mercadean con noticias pertenecen al poder económico, así que al disparar para acá están haciendo su trabajo: Para eso les pagan).

Después del asesinato multitudinario en Libia en busca del presidente de ese país todavía queda quien se escandaliza porque Estados Unidos llama narcotraficantes a unos venezolanos. Hora de recordarle a nuestra gente que estamos en guerra. Una guerra despiadada y absurda, como toda guerra, así todavía no despunten en el horizonte las armas de última generación, aunque sí el impulso homicida; honor a los caídos en abril de 2002; honor a Danilo Ánderson.

Si estuviéramos en un momento menos dramático provocaría decir que aliviados deberíamos estar, ya que mientras sobre otros países y personalidades llueven misiles aquí apenas llueven insultos y acusaciones. Eso sería reducir algo escabroso y preocupante a simple anécdota digna de chiste y risa. Pero, precisamente por lo trágico, siempre es bueno ubicarse en el momento exacto de esta larga historia de la lucha de los pueblos contra las hegemonías, y hacer la invitación correcta: Ya no más sorpresas ni ataques de hipo cuando nos llamen narcotraficantes, asesinos, terroristas, fariseos y truhanes, a nosotros y a los nuestros. Lo raro en una guerra sería que no se disparara ni una sola bala y aquí uno enciende el televisor o lee la prensa y la metralla chorrea abundante.

La sangre también chorrea, pero hay algo que impide que la hemorragia sea indetenible: El empeño del pueblo chavista y de sus dirigentes en no responder golpe por golpe, bala por bala y muerto por muerto. Si a los más de 200 dirigentes campesinos asesinados por terratenientes hubiésemos respondido con igual número de terratenientes liquidados, al estilo de la Ley del Talión, aquí hace rato se hubiese desatado una guerra civil. En cambio, la vocación serena de un proceso en el cual los pobres seguimos poniendo los muertos ha permitido que no haya un sólo latifundista preso. ¿Alguien recuerda el nombre de Nelson López? ¿Y el de Luis Gallo? El segundo mandó a matar al primero en Yaracuy, según confesión de sus sicarios, pero ya la opinión pública los sepultó a ambos en el olvido.

Así que esta guerra no es sólo de declaraciones. Cuando las corporaciones de la información comienzan a asesinarlo a usted moralmente es porque quieren justificar su asesinato físico. Le ocurrió a Jorge Nieves en Guasdualito. Pero ese nombre tampoco lo recordamos. Y como las batallas también parecen ser de memoria contra olvido, entonces valgan estas líneas para recordarle que estamos en guerra. Y el enemigo es implacable.