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miércoles, 4 de junio de 2014

Las casas del Cazador

Foto: Félix Gerardi
  • Aunque estas reflexiones son, con algunas variantes, las mismas que he pronunciado en las presentaciones de su novela-testimonio, “El llano era de nosotros”, siento que le debía y ahora le estoy pagando este texto escrito al Cazador Novato (Rafael Martínez Arteaga).

Primera casa

El día que vi el primer ejemplar impreso del libro “El llano era de nosotros” tuve un sobresalto, más bien una molestia, porque al revisar la contratapa me encontré con un dato erróneo, o eso me pareció. Decía que el lugar de nacimiento del autor era la “hacienda Jurapal, Arauca, Colombia”. El dato proporcionado por el propio Cazador Novato informaba que ese hato queda en el cajón del Arauca pero del lado venezolano, así que, en rigor, el editor se había equivocado. En unas pocas horas había que presentar esa novela en la Feria del Libro, capítulo Caracas, y me imaginé el arrecherón que iba a coger el coplero y declamador cuando viera ese dato choreto en su reseña biográfica.
Además del dato estricto que yo veía violentado, se me atravesaba también, inconsciente pero fatalmente, una incomodidad extra, y es esa partícula de nacionalismo que todos tenemos, incluso aquellos que clamamos y argumentamos por la eliminación de las fronteras y por la unidad de los pueblos fronterizos. De alguna manera, en algún recodo del cerebro, mi molestia fundamental tenía que ver más con eso de “Verga, cómo le vamos a atribuir a Colombia el haber sido la cuna de un emblema de lo venezolano”. Vainas que a uno le inculcan y le incrustan en el cerebro desde niño.

Agarré a Rafael Martínez antes de la presentación, lejos de la Feria por si acaso, y le mostré el error. Le dije que yo mismo escribí esa reseña y que después se me había creado la duda. El viejo llanero me respondió, con la tremenda seriedad con que es capaz de hablar cuando se lo propone (es decir, cuando no está jodiendo): “No, eso no es ningún error. Resulta que esa hacienda tiene un pedazo en territorio colombiano y otro en Venezuela. Es más: el cuarto de la casa donde yo nací queda en Venezuela, pero el fogón donde cocinaba mi mamá está en Colombia”.

Esa espectacular circunstancia ya lo monta a uno sobre la primera clave cultural (primera casa- primera clave) que gravita en torno a Rafael Martínez Arteaga, El Cazador Novato: de los íconos culturales humanos de los dos países no debe haber ninguno que sea tan genuinamente colombo-venezolano.

Destellos simbólicos aparte, el Cazador siempre cuenta por qué para la familia siempre ha sido una ventaja que él cargue encima una cédula colombiana: porque las vaquitas de la hacienda, ignorantes y desentendidas de ese asunto llamado línea fronteriza, a veces rompen o saltan una alambrada y se van a comer pasto en el lado colombiano, incluso fuera de la hacienda, y parece que no hay nada más desesperadamente indestructible que la burocracia colombiana a la hora de repatriar ganado a Venezuela.

La lógica jurídica (cree uno que es sólo jurídica, cómo no) sería esta: no se puede devolver a otro país algo que es imposible demostrar con papeles que pertenece a ese otro país. A Rafael le resulta entonces más fácil justificarse: “Yo soy un ciudadano colombiano y este es mi ganado, ustedes me lo dan y yo lo devuelvo a mi propiedad, que queda aquí mismito detrás de esa cerca”.

Ahí mismito; esa propiedad binacional que no es Colombia ni Venezuela sino las dos cosas a la vez. Como la música, la poesía y la vida del Cazador Novato.

Segunda casa

En los años 70 el Cazador estaba de moda, aunque proscrito de todas las emisoras debido a las letras muriáticas que son la marca del compositor: “Párate, coñoetumadre, pa date tu merecío”. Esto, después de haber sido una de las voces más recias del llano. De 1969 data el pajarillo que ponemos más abajo, cantado con garganta colosal (y en el intermedio el escalofriante solo de arpa, el bordoneo inclemente de Eudes Álvarez), que narra una tragedia espantosa, La masacre del Vichada.

Por favor, dediquen unos minutos a escuchar con atención la letra, porque la maniobra que realiza Rafael Martínez al final de la canción habla de alguien que ha detectado “cosas” en la historia del pueblo. Dice que lo peor de la masacre no fueron el bombardeo, la metralla, la degollina y las violaciones, sino lo que vino después:

“Ahora sí andan los guajibos con zapato y con polaina,
con cartucheras tercía’s, y sombreros pelo e guama
Se miran hasta bonitas las indias con minifalda,
usan medias, pantalón, y las uñas bien pintadas
El guayuco lo botaron porque era moda pasada.
Hasta se caen del chinchorro: tienen que dormir en cama”.

Ni más ni menos, la masacre cultural, el asesinato de lo que les quedaba de costumbre y uso ancestral como pueblo; el exterminio propiamente dicho.

La canción completa:




***
La gente se volcaba a las discotiendas a comprar los elepés del Cazador Novato, un fenómeno de popularidad creciente a pesar de que sólo una de sus declamaciones sonó alguna vez en las radios del país, y fue precisamente la pieza que le dio el nombre al cantautor. En tiempos en que existía una forma primitiva y doméstica del pirateo, las letras donde las “groserías” estallaban sin ningún freno ni pudor se escuchaban a todo volumen en las casas, botiquines y aparatos de esos que reproducían casettes.

Una vez lo citaron para que fuera al Ministerio de Transporte y Comunicaciones para que explicara por qué tanta virulencia, tanta palabra endemoniada y ofensiva, tanto ataque directo a la moral y las buenas costumbres; es decir: tanto atentado contra el habla pulcra y decente que debía inculcarse al ciudadano desde la familia, la escuela y los lugares públicos. Ante un grupo de ocho o diez directivos adecos de aquel ministerio, incluido el ministro, el Cazador dijo: “Bueno chico, porque mientras la gente culta quiere enseñar al pueblo a hablar mansito, el pueblo anda hablando como sabe hablar. En los pueblos nadie le dice a nadie ‘Eres un idiota’ sino ‘Eres un hijo de la gran puta’; nadie va a defecar sino a cagar, nadie dice afeminado sino marico; cuando una persona se pisa un dedo con un martillo no dice ‘Oh, me he lastimado’, sino ‘coooño maldita sea esta mierda’. Y por mucho que usted le dé clases a los muchachos para que hablen como patiquines ellos siempre van a hablar como el pueblo que los rodea”.

Los directivos lo escucharon entre carcajadas y terminaron dándole la razón. Pero le informaron que el ministerio seguiría prohibiendo difundir sus canciones por la radio. Parece que la sociedad no estaba preparada para escuchar por radio los contenidos que de todas formas escuchaba en la calle. Esto permanece idéntico e inamovible en la legislación actual.

***

Estaba en plena efervescencia esa fama underground del Cazador Novato cuando se encontró en el camino con otro loco irresponsable, otro cantor a quien, a pesar del enorme cariño que le profesaba el pueblo más pobre, también le tenían prohibidas sus canciones en las radios y televisoras. Y no era precisamente por decir groserías, sino por algo tanto más grave u ofensivo para la moral burguesa.

Cuando esos dos parranderos se juntaron se aplicaron a hacer lo que mejor sabían hacer: viajar y parrandear. Alquilaron una casa en Acarigua y la usaron como base de operaciones o plataforma de lanzamiento; como un respiradero donde llegar a recomponerse, echarse un baño, pensar, tomar nota, escribir y recuperarse antes de salir otra vez a recorrer los caminos del país. Eran un par de renegados, juglares nómadas y tormentosos que se metían a cantar gratis en cualquier tugurio, botiquín, plaza o patio donde los invitaran.

Por esto ambos eran famosos sin necesidad de radio o televisión. Los “artistas” que sí eran promocionados por todos los medios cobraban un dineral por sus presentaciones, así que resultaba impensable para la mayoría ver cantar en vivo alguna vez a Simón Díaz, Héctor Cabrera y esa clase de “ídolos” que sólo lo fueron porque a la industria musical le dio la gana de que lo fueran. ¿María Teresa Chacín en un solar lleno de borrachos en El Samán de Apure? ¿Simón Díaz cantándoles tonadas a los ordeñadores de verdad en Arismendi? Par favaaar, qué te has creído tú.

Al Cazador y a su amigo la gente iba a verlos y al finalizar las presentaciones se iba con ellos a seguir la canta y el parrando donde fuera. Inundaciones de aguardiente, amigos y mujeres los arropaban en caseríos y ciudades. Así se construyó el cariño gigantesco con que todavía la gente de todas partes los recuerda, a cada uno por su lado.

Por cierto que al otro parrandero un día le llegó la hora de parar un momento aquella máquina de recorrer caminos. Se enamoró de una bella muchacha, cantora también, y ya la casa de Acarigua no fue la misma, porque había una compañera que respetar y a la que no se le podían imponer agendas locas ni ritmos desaforados. Rafael se percató al instante de la nueva situación y decidió apartarse para dejar que los amantes se entregaran a lo suyo. Tomó su camino, y la pareja de cantores tomó otro.

Pero nunca dejaron ambos de honrar su oficio y su destino: su manera de lanzarse por las carreteras del país no era una borrachera estéril ni improductiva, sino el método más eficaz de la historia para adentrarse en el alma de los pueblos, conocerla y enamorarse de ella.

Segunda casa, segunda clave: nadie puede conocer (mucho menos amar) a un país si no lo recorre, lo vive y lo interroga en la piel de sus habitantes. La demostración de ello es la obra musical de esos dos parranderos que anduvieron juntos cantando gratis y recibiendo a cambio el conocimiento de la Venezuela profunda, y amor por toneladas: Rafael Martínez Arteaga y Alí Primera.

Luego de esa temporada al lado de Alí el Cazador Novato introdujo en su ardoroso fusil de versos la profundidad de un discurso político. No abandonó la copla jocosa ni la mamadera de gallo; no dejó de hacer reír con cuentos como este:

Ese tipo de recopilaciones del humor candeloso del pueblo llano siguió siendo un signo de su poesía, pero es evidente que la junta con el paraguanero lo marcó, lo revolucionó, lo puso a decir otro tipo de verdades:

Al hijo de mi compadre le pusieron Ronald Reagan
porque dizque al del vecino Richard Nixon lo llamaban.
Deberían tener presente que esa gente nos envaina
llevándose de este suelo las riquezas de la patria
que el único bien que hacen es comprar la mariguana.

Si hablamos de la ocasión los coños no dejan nada
del petróleo y el carbón nos dejan es la rezaga
y uno como un maricón riéndose a carcajadas.

Este poema (que no termina aquí, por supuesto), titulado “Señora democracia”, es quizá su alegato antiimperialista y antiburgués más contundente:


 
***

Tercera casa

Desde el año 2006 el Cazador vive en una comunidad llamada La Quinta, cercana a Altamira de Cáceres, la primera capital del estado Barinas. Es una zona montañosa donde gobiernan los ríos, el café y las mapanares. Una hermosura de montaña.

Un día lo encontré dirigiendo unas remodelaciones en su casa. Estaba poniendo cemento y bloques, pero dijo que iba a conservar la construcción original o fundacional tal como estaba, porque el primer documento de propiedad data del año 1872 (quiere decir que la construyeron antes) y él quiere conservar lo que queda de este monumento de la construcción popular.

Se trata de un cajón de unos 3 x 4 metros hecho de bahareque, aunque frisado en otra época con capa de cemento. Como el concreto se ha caído en varios tramos de esas paredes puede verse adentro cómo y de qué estaba hecha esa casa que tiene siglo y medio: el barro, las cañabravas, y los amarres de bejuco. Esto del bejuco aporta la tercera clave en esta tercera casa del Cazador.

Cuando a un habitante cualquiera, de la ciudad o del campo venezolano, le mencionan la palabra “bahareque”, en seguida la reacción es de rechazo y tal vez algo de burla. “Bahareque” no sólo suena feo y campuruso, sino que la imagen mental que le trae a uno es la de un rancho todo torcido y vuelto mierda, lleno de gente muy jodida, carajitos barrigones de tantos parásitos, las gallinas y los perros disputándoles la comida. Un bahareque nos trae la representación mental de la miseria.

Pero pasa algo que a nadie o a casi nadie le explicaron: el por qué. En cierto momento del siglo XX, cuando el capitalismo industrial arropó el ensayo de país que teníamos en Venezuela, el proceso de negación de la naturaleza y de los materiales nobles (y gratis) con que se construyen las casas de verdad nos trajo al momento en que a todo el mundo se le convenció de que nada es más fuerte, resistente y duradero que el metal. El mismo proceso nos llevó a rendirle culto al cemento, cuando contábamos con algo tan recio como el barro para construir con distintas técnicas (tapia, adobe, bahareque). Esos bahareques que uno ve en la carretera doblados y desvencijados están así porque la estafa del capitalismo no tardó en quedar en evidencia: el esqueleto de esos bahaqueres fueron amarrados y sujetados con clavos y alambre, y ya todo el mundo sabe que los metales ferrosos se pudren, oxidan y descomponen, más temprano que tarde. Al contacto con el barro los clavos no duran más de cinco años antes de oxidarse, y el alambre se debilita y se parte un poco antes.

El bejuco con que está amarrada la casa del Cazador no se descompone con la tierra sino que, con el paso del tiempo, se endurece, casi se petrifica, se integra a la tierra y por lo tanto a la estructura. Las paredes originales de esa casa (que por cierto no es de las más viejas de Altamira: aquí hay casas sólidas de más de 300 años) se ven firmes. A su lado están las otras paredes de cemento y metal, pudriéndose lentamente; el viejo bahareque verá morir a la casa capitalista, y ojalá haya quien capte esta tercera clave: las casas del futuro tienen que ser como las de antes. Hay que ir olvidando poco a poco el cemento, abandonar poco a poco las casas enfermas que nos enfermaron y volver a experimentar con los materiales del entorno.

La sociedad capitalista desaparecerá, y la continuación de nuestra historia debe buscarse en aquel intento de país que fuimos: aquel país donde todavía sembrábamos para comer y no para vender; un país que no conocía el cemento y entonces hacía magia con la piedra, el barro y la madera.

***

La vida y la obra musical y escrita de Rafael Martínez Arteaga se parecen entonces a sus tres casas: son un desafío a las convenciones y a las líneas imaginarias que separan a nuestros pueblos, una comprobación de que a Venezuela sólo la quiere quien la conoce, y quien se lanza a conocerla encontrará al pueblo y a la poesía; y un triunfo sobre el paso del tiempo y sobre el capitalismo industrial. 

jueves, 27 de junio de 2013

Canto de esclavos, nostalgia y amor a la tierra


Eso que llaman "cantar" no es, en su acepción primigenia, nada distinto a sembrar una mata, jalar un pescao, rozar un monte, arrear un ganado; fabricar ropas u objetos útiles o artísticos. En principio y desde su acepción más humana o no elitista, cultura es lo que hace el ser humano para vivir con lo que hay en el entorno natural, así que trabajar y cantar es exactamente lo mismo porque el entorno produce no sólo cosas materiales sino también sentimientos, afectos, dolores, remembranzas. La perversión que dividió las funciones humanas y produjo "cantantes profesionales", a quienes distinguió de los ordeñadores, agricultores, albañiles, pescadores y llaneros (esos que arrean el ganado a caballo) ha hecho posible aberraciones como que a un rolitranco de estafador como Simón Díaz se le llame "padre de la tonada" sin haber ordeñado jamás una maldita vaca en su prostituta vida.

***
El canto primitivo era una extensión del hacer con las manos. El ser humano, cuando no estaba o no está contaminado de sociedad industrial, cantaba o canta mientras discurre en su faena de ganarse el pan. En los trabajos producto de la mecánica de la explotación, la música fluye de la garganta para arrullar y consolar la pesada o injusta carga que debe soportar el cuerpo. Entre los afroamericanos del norte la más alta expresión de la espiritualidad hecha voz melodiosa se llama blues, sólo que este género ha sido convertido en mercancía y devenido jazz surcado de instrumentos europeos. Cuando el carácter ceremonial del canto es suprimido y el único estímulo del cantor pasan a ser la fama y el dinero queda despojado de la nobleza del rito. El trabajador se vuelve cantante, y un cantante profesional, ese parásito inventado por la industria del espectáculo, es un sujeto que no sirve para más un coño que no sea cantar; gente que con pasmosa y triste facilidad se entrega a la autodestrucción en forma de artificioso placer/poder. Tarea: averiguar de qué murieron Withney Houston, Lavoe, Pirela, Janis Joplin, Rocío Dúrcal, Michael Jackson, tantos otros cantantes famosos, víctimas del vértigo del estrellato.
***
En todos los pueblos y en todas las culturas hay un equivalente universal del canto de los esclavos. El espíritu que les canta al trabajo y a la tierra permanece allí en el quehacer de los pueblos. No resulta ninguna novedad venir a decir a estas alturas que los grandes cronistas, historiadores y retratistas de los pueblos son los cantores y no los escribidores (tampoco es muy original andar diciendo a estas alturas que la mejor literatura venezolana es oral y no escrita). De ellos, son unos pocos elegidos los que, habiéndose convertido en esa cosa monstruosa llamada "cantantes profesionales" conservan el verbo y la canta del ancestro, además de su orgullo y un cierto agradecimiento por lo que el ser esclavizado que somos considera a veces formación; la expresión "Me hice hombre trabajando" suena digna y varonil, pero uno la disecciona y la descubre más bien amarga y dolorosa.
Estas líneas las escribo teniendo presente una canción de Jorge Guerrero (Remembranzas del Guerrero; más abajo la enlazo en un video), un cantante profesional entregado al capital, pero que entre pasaje comercial y pasaje comercial ha colado un puñado de líricas formidables y genuinas, rescatadas del tiempo personal de su juventud, cuando para él cantar no era un oficio para ganar plata sino para sacarse de los adentros la ternura y el dolor de la esclavitud.
Jorge fue peón de hacienda y conuquero y se le nota demasiado; en alguna de sus canciones confiesa saber que tiene "un azentico montuno que donde voy me delata" y no hacía falta que lo dijera. La canción de allá arriba, Remembranzas, destila amor a la tierra, añoranza del trabajo, nostalgia de "aquel mundo tan bonito en el que me levantaba / oyendo los pajaritos con un bochinche en las ramas".
Aquí, este veguero transmutado por el capitalismo en algo distinto a su ser elorzano original, decide serle fiel a su origen y homenajear a sus fantasmas fundacionales: la niñez en un llano que ya no existe y las huellas del trabajo esclavo: "Todavía cargo en las manos, como una señal sagrada / los callos del cabo de hacha, el barretón y la pala". La canción es, además de un grito del hombre que no sabe si amar o detestar la esclavitud de sus años mozos, un estallido de términos y giros lingüísticos formidables, pues pertenecen a un idioma que parece castellano pero no lo es: este verbo es lo que el ser llanero hizo con el castellano después de siglos de moldeado y reconversión.
Escuchen la pieza y, si gustan, sigan abajo la letra:

Cada vez que el gallo canta a las cinco e la mañana
mi memoria se despierta hambrienta de tierra plana,
me voy a morir de ausencia añorándote sabana,
sabana del alma mía, soy el hijo que te ama,
que al galope de de mi verso con vientos de la alborada
voy a cruzar los caminos que cuando niño cruzaba,
chapaleteando descalzo el agua que se empozaba
después de los aguaceros que el cielo azul nos mandaba
voy a recoger contento telarañas de aguas claras
que extienden los alambraos antes de la resolana,
qué tierra tan adorable, qué linda mi tierra plana
hoy no me pienso quedar porque tu seno me llama
con el clamor de la madre cuando a sus hijos reclama
la tristeza que me da que busco y no encuentro nada
de aquel mundo tan bonito en el que me levantaba
oyendo los pajaritos con un bochinche en la ramas,
no me abandones, recuerdo, píntame las madrugadas
cuando el viejo caporal el chinchorro nos meneaba:
"levántense muchachones que comienza la jornada",
en el rabo de una bomba todos los días me aclaraba
echándole agua a los bichos, Altavista y La Tinaja
y a los árboles de fruto como naranja y guayaba
y apenas rompía la brisa recuerdo que me tocaba
era cebar un molino que apenitas se miraba,
todavía cargo en las manos como una señal sagrada
los callos del cabo de hacha, el barretón y la pala
de la peinilla, las trancas, el rejo con que enlazaba,
recuerdo el caballo rucio bellaco que yo montaba
tenía que escupí en la mano y en las piernas me estrujaba
porque si escupía pal suelo seguro que corcoveaba,
la vieja caballeriza aquí la cargo pintada
parece que todavía guarda mi villacurana
y un garabato cenizo en donde siempre guindaba
sierra, soga, maneadores y lo que necesitaba
para las labores recias del llano mi tierra amada
que así me ofrezcan tesoros nunca la cambio por nada.


Cómo quieres que te olvide mi población elorzana
si cargo tus tradiciones aquí en mi pecho sembradas,
cargo el alma de tu gente tan criolla, sencilla y sana,
no puedo sacar de aquí la imagen fresca y lozana
de tus mujeres preciosas cogoyos de mejoranas
que se pasean por las calles y adornan tu panorama
al paso viejo de Elorza y el vaivén de la chalana
y el ángel de la guarura nuestra imagen venerada
Doña Bárbara en la estatua se ve triste y derrotada
porque llegó la justicia de Luzardo a la sabana,
llano de Pedro Guerrero y José Natalio Estrada
que en la Trinidad de Arauca dejó su gloria y su fama
y en el Cristo de la Mata su fe se quedó plasmada
esta es la misma llanura de la gente que bregaba
de Calucho Calzadilla, sereno cuando mandaba
igual que Chicho Guerrero en la vieja mata e' palma
sigo por esta llanura cruzando estero y cañada
con rumbo lechemielero donde tranquilo habitaba
humilde con mi familia pero nada nos faltaba
porque ahí repartían la olla cuado el vecino mataba
vuelvo a Elorza con recuerdos de gente muy apreciada
del caporal Ángel Pinto cuando el ganao se viajaba
mi primo Isidoro Archila baquiano pa' una posada,
Don Vicente, Don Morales y Rucano el que peleaba,
lo que sí defiendo yo, eso sí a capa y espada
son esos bailes con arpa donde se contrapunteaba
los de allá de Medanito de Marcela y Rosa Laya
y en diciembre las parrandas que María la Cruz formaba
y hablándose de conjuntos ella era la que ganaba
menos mal de vez en cuando ponen un arpa onde Juana
y otra allá en el Chavetazo Calixto el fin de semana
yo que era un muchacho vago que siempre me la pasaba
con un cuatro viejo roto cantando en esas ventanas
despertando las muchachas mientras las enamoraba
son algunas remembranzas de mi memoria temprana
la dirección se las dejo como antes se las pintaba
lo único que no se ve cerca de la empalizada
es el nido aquel grandote donde el pájaro cantaba
yo creo que fue en el invierno que lo tumbó un palo de agua
pero allá está mi fundito dispuesto pa' lo que salga
vayan que yo los espero con miche y con carne asada.

domingo, 10 de marzo de 2013

El Panteón de los rebeldes



Yo no te pude hacer un monumento
de mármol con inscripciones coloridas
Tite Curet Alonso 

Las casas donde se sabe que vivió Hugo en Sabaneta y Barinas revelan algo que de tanto decirse parece que se olvida: el dato esencial que moldeó el carácter este compañero es la humildad. Humildes son las casas en que vivió, humildes las escuelas, campos y calles donde transcurrió su niñez. Era humilde y sencillo su lenguaje cuando dejaba de carajear al imperio para ponerse a dialogar con nosotros, y de allí la forma de soltar chistes malos cuando la ocasión le exigía moderación y respeto. ¿Por qué no te callas? Porque mi pueblo es dicharachero, viejo pendejo, y yo soy hijo de mi pueblo.
Cuando al camarada Hugo le daba por recordar a su abuela Rosa Inés su verbo resbalaba por un tobogán de ternura asociada al fogón, el olor a leña, el café y esa manera de jugar y regañar que tenían nuestras abuelas, gente que vivió la Venezuela aún no devastada por el capitalismo industrial.
Pese a los chistes fáciles que el enemigo soltó y seguirá soltando a causa de la investidura de Presidente (que por cierto le concedió el pueblo pobre, no las hegemonías o corporaciones) la vida del pana Hugo fue sencilla, y una comprensión simple de esta secuencia que es la vida debería hacernos comprender que su lugar de reposo debería estar entre su gente, rodeado de sus muertos, de su gente querida y conocida: la gente de su pueblo, la que lo convirtió en ese ser humano que fue.
El año pasado Chávez soltó unas lágrimas evocando algo tan puro y libre de referencias iconográficas burguesas como la sabana apureña, que por cierto es extensión o continuación o presagio de la sabana barinesa. Dijo Chávez que su máximo anhelo consistía en ir a colgar un chinchorro en algún rincón de ese Apure colosal y terminar sus días echándoles cuentos a sus nietos. Se le formó el consabido tarugo en la garganta y lloró ante millones de teleespectadores, algunos de los cuales se burlaron porque nunca tendrán la humildad ni la valentía de conmoverse ante un paisaje. Quien va a Apure y no regresa estremecido de llanto o de risas es porque tiene el alma muerta.
Monte y lejanía: eso era lo que estaba pidiendo el compai Hugo en sus meses finales. Pero nosotros, que nos sentimos más arrechos que él y creemos saber qué cosa es un homenaje (porque la maldita escuela adeca en que estudiamos nos “enseñó” cómo es que se homenajea a los muertos) queremos mandarlo a descansar a un ridículo panteón europeo o a un sifrino panteón posmoderno. ¿Le cumplimos su última voluntad o cumplimos la nuestra?
***
Por lo general las iconografías oficiales (burguesas) asocian la noción de “homenaje” con el boato, esa cursilería rimbombante propia de lo más decadente, por aristocrático, de la Europa medieval. La clave de la hegemonía católica, de paso, ordena adornar el ceremonial de la muerte con la consabida carga judeocristiana llena de culpas y disfraces que invocan a la postración y el sufrimiento infinito. Lo que el burgués y la burguesía entienden por “afecto” termina entonces convirtiéndose en un festival de florilegios y regorgallas propias de gente asustada que, como tiene mucha plata y no sabe qué hacer con ella, va y la invierte en sobresaturación de imágenes y símbolos que no honran a la gente sino al poder.
A propósito de los homenajes, hace poco ocurrió algo significativo con esto de los símbolos culturales que la convención burguesa considera homenajeables y dignos de premio y santificación. Venezuela entera celebró el que la UNESCO haya decretado Patrimonio Inmaterial de la Humanidad a “Los diablos danzantes de Venezuela”. A CASI todos los diablos danzantes de Venezuela. No sé si los proponentes o los otorgantes, pero el caso es que alguien dejó fuera del paquete de diablos homenajeados a los diablos de San Hipólito. ¿Qué tiene que ver esto con Chávez? Mucho. Simbólica, geográficamente, quien se acerca a San Hipólito entenderá mejor a Chávez y a la Venezuela chavista.


Los Diablos Danzantes de San Hipólito nacieron en 1810; son, por cierto, los más antiguos de Venezuela. La diferencia con los homenajeados es que, mientras éstos tienen un sustrato católico que se refleja en su ceremonial (son diablos sumisos: salen a la calle, cantan, parrandean, pero cuando el cura ordena parar ellos se postran, apoyan la cabeza en el suelo y se acabó la fiesta) los de San Hipólito son cimarrones y no andan postrándose ante nadie. Su ritual es sencillo, populachero y más o menos caótico, y ensalza la fiesta del pueblo por sobre el dato de sumisión o arrodillamiento propio de las religiones. Los diablos entran al lugar de la fiesta gritando, convocando a la gente; comienza a interpretarse un golpe de polca, a cuyo ritmo unos devotos tejen un árbol a la manera del sebucán. Luego se arma la parranda propiamente dicha con merengue campesino, y más tarde con repiques de joropo (casi siempre seis por derecho, periquera y pajarillo).
Como no hay autoridad religiosa que ordene no caerse a golpes o a botellazos en mitad de la euforia colectiva, existen unas figuras que son el Diablo y la Diabla Mayores, encargados de poner orden con un fuete. Borracho que se propasa o que intenta violentar el ceremonial se lleva su correazo, y así la disciplina se mantiene, autogestionada y sin policía, y el castigo es visto más como un chiste que como un acto de represión. Cierto que el día central de la celebración es el 24 de junio, día de San Juan, pero la otra clave de estos diablos es que van para donde los inviten, en cualquier momento del año.
Los Diablos de San Hipólito recorren Venezuela varias veces al año.
Los Diablos de San Hipólito son adorados por el pueblo, porque son expresión del pueblo, y detestados o vistos con recelo por la convención burguesa (de allí que no les hayan dado el premio que otorga la visión hegemónica de “Cultura” en el mundo).
Los Diablos de San Hipólito son cimarrones, rebeldes, populacheros e incómodos para la burguesía, porque no se amoldan a las reglas establecidas.
Los Diablos de San Hipólito no serán homenajeados nunca por los convencionalismos burgueses porque su sola existencia es un salivazo en la cara de los acartonados, los falsos, los domesticados, los sumisos y los jalabolas.
Los Diablos de San Hipólito nacieron en el eje San Hipólito-Los Rastrojos, una serie de campos y caseríos en las afueras de Sabaneta de Barinas.
El camarada Hugo Chávez nació en uno de esos campos, en Los Rastrojos. Fue allí donde Mamá Rosa le enseñó las claves del valor y la vergüenza. Ese pequeño poblado merece ser reconocido como la cuna de la rebeldía americana.
Entonces, ¿encerramos a Chávez en un panteón europeo o sifrino, o le regalamos el chinchorro allá en la sabana que lo vio nacer y convertirse en leyenda, allá en la cuna de su rebeldía?

jueves, 2 de agosto de 2012

Adorar a Rómulo Gallegos (despreciar al país que destruimos)


Falsa tumba de "Doña Bárbara" en La Trinidad de Arauca; fue una construcción improvisada para grabar una telenovela en los años 70. Los restos de Pancha Vásquez (la mujer en cuya historia y carácter se inspiró Gallegos para crear "su" personaje) reposan cerca de allí.

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Hoy cumple años uno de los emblemas de la destrucción de la cultura venezolana, o lo que quedaba de ella a principios del siglo 20. Rómulo Gallegos fue el narrador (por ahí dicen que el autor, y este es uno de los mitos que hay que comenzar a demoler urgentemente) de unos relatos a los que la sociedad burguesa de la segunda mitad del siglo 20 convirtió en emblema de la nacionalidad, lo mismo que su "autor".

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Lo detestable no es tanto el sujeto Gallegos sino el método de imposición de una visión parcial, antipopular y elitista de la cultura cultura que ejecutó el Estado Burgués en manos de los adecos. Gallegos fue dos semanas a un hato en Apure (La Trinidad) y una semana a un campo en La Guajira (Alitasía). En el hato apureño emborrachó a unos obreros y peones para sacarles (robarles) sus historias, memorias de personajes; copió o intentó copiar su habla y sus giros lingüísticos, se enteró de unas cuantas leyendas y coplas, que no son propiedad de nadie sino hechura colectiva de los pueblos. Con ese arsenal de historias y cantares escribió unas novelas, de las cuales se declaró autor, y por ellas fue proclamado emblema de la nacionalidad. Esas historias y decires y cuentos no le pertenecen a nadie, no tienen dueño, pero la gente las escucha y se las atribuye automáticamente a Gallegos. Doña Bárbara no es Pancha Vásquez, no señor: ese es un personaje creado por la mente prolífica y excepcional de ese maldito burgés coñoesumadre y ladrón. ¡Perdón!: de un genio de nuestra literatura, orgullo de la cultura venezolana (pa mis cojones).
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Dicen sus defensores, adoradores y aduladores que Gallegos sacó del silencio a esas y otras regiones, como si los apureños y wayúus no tuvieran nada que decir sobre sí mismos. Es el caraqueño rico, intelectual, engreído y dominante imponiendo su discurso ayudado por una Academia, unas instituciones y un sistema educativo que no dudaron en zamparle la etiqueta de lo venezolano por antonomasia.
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Y de paso está el asunto del contenido y de cómo ha sido utilizado para imponerle al pueblo el autodesprecio por lo que pudimos ser (un país que produce lo que consume), y para zamparle la adoración por la imitación o el remedo de algo que nunca seremos (europeos constructores de ciudades que medio funcionan). Mediante un artificio "educativo" (adoctrinador, es lo mismo) financiado por el chorro de petróleo que se desató el siglo pasado, a los venezolanos se nos convenció de que ser campesino (y parecerlo: hablar, vestir, trabajar, pensar como campesino) es una mancha asquerosa de la cual es preciso despojarse, porque gente civilizada, chévere, bonita, desarrollada y "de avanzada" que se respete no anda sembrando matas ni criando animales (es decir: produciendo alimentos) sino estudiando para ser profesional o intelectual, o preparándose para la misión mega-hiper-guao de ser un empresario exitoso: un coño de esos que tienen esclavos y se hace rico a partir de la explotación de éstos.
La idea de desarrollo que nos impusieron (la transformación en un país inserto en el modelo industrial capitalista) pasaba por un trámite migratorio descomunal, y vaya si el capitalismo lo logró. La masa que se trasladó a las ciudades lo hizo para cumplir con un requisito o necesidad del capital: tener a enormes cantidades de personas aglutinadas en espacios donde cumplir sus roles: el trabajo esclavo y el consumo.
Los productos y mercancías capitalistas se distribuyen con menos costo para el industrial si en lugar de tener a 5 millones de personas (esclavos y consumidores) disgregadas en un amplio territorio (donde no estén hacinadas ni luchando entre sí ni contra el reloj) sino en un solo campo de concentración, una mierda que llaman urbe, donde usted es cosmopolita (sifrino) o debe tratar de serlo, porque si no lo hace es un segregado y un excluido. Las cárceles (y las tumbas) están llenas de gente que no quiso ser cosmopolita, o no pudo y lo intentó por las malas.
Por eso los barrios y sus habitantes en rebeldía están siendo los destructores de la ciudad capitalista post-industrial: los barrios no son lugares para acomodarse y aburguesarse sino para ejercer la resistencia política y cultural, y esas cosas sólo se ejercen con violencia. A veces con violencia creadora y emancipadora, pero violencia.
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El prócer emblemático y simbólico del proceso de urbanización del país; el paladín, arquetipo, estereotipo, prototipo y pinga e burro que nos explicó a los salvajes pata en el suelo que éramos cómo dejar de ser campesinos y empezar a ser gente, no es otro sino Santos Luzardo. Tú sabes: el patiquín caraqueño que se fue al monte a poner orden en aquella mierda (perdón: a inculcar valores civilizatorios allá donde sólo había barbarie). Doña Bárbara es la metáfora de cómo la civilización (la urbe cosmopolita al borde del estallido demográfico) derrota a la barbarie. Treinta años después de la aparición de Doña Bárbara ya 70 por ciento de la población venezolana vivía en ciudades y a 99,99% de esa población sentía risa o asco de la palabra conuco. Todavía hoy, en las fiestas urbanas, cuando alguien pone música llanera es la señal de que se acabó la fiesta, y muchos todavía no se explican qué tiene de raro que mantengamos vivo el eslogan Caracas es Caracas y lo demás monte y culebra. La idea de barbarie se sigue asociando al conuco y al campesino con machete y escardilla, y no a las balaceras y mortandades colectivas de las urbes. Como si un espíritu anglosajón se empeñara en convencernos de que los campesinos viven feo y los citadinos mueren de pinga.
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Gallegos es lectura obligatoria en las escuelas y liceos venezolanos, y esa es la razón por la cual a cualquier compatriota tú le preguntas quién es el mejor escritor venezolano y te responde que es él, el Gallegos. Igual si preguntas quién es el mejor tenor (Sadel), el mejor poeta (Andrés Eloy), el mejor torero (Girón), el padre de la OPEP (Pérez Alfonzo), el canciller por antonomasia (Calvani). Qué casualidad que todos esos bichos fueron adecos, ¿no? Y algunos de los nuestros siguen adorando y rindiéndole homenajes a esos bichos. Así de recontrajodidos estamos.
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Estas reflexiones me sorprenden viajando precisamente hacia el estado Apure. Entre Mantecal y Elorza se despliega el que fue uno de los latifundios más grandes de Venezuela, el hato El Cedral: 55 mil hectáreas recientemente recuperadas por el Gobierno venezolano para ensayar allí otra forma de organización de la gente y de la producción. El recorrido depara sensaciones fuertes, que van desde la presencia de una fauna extraordinaria y unos paisajes naturales de asombro, hasta un paisaje humano que guerrea contra la costumbre capitalista instalada en el cuerpo (más allá del cerebro): vegueros dispuestos a reorganizarse en clave de socialismo y autogestión, pero personal e íntimamente agradecidos con los antiguos dueños del hato, porque nos ayudaron y eran gente buena. Esclavos e hijos de esclavos agradecidos con sus antiguos amos. Gente preocupada porque, acostumbrados por siglos a trabajar por una paga, ahora están siendo invitados a ser co-responsables de la producción de alimentos y de la organización humana (social)...
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...coño, perdón, debo interrumpir estas reflexiones. Estoy entrando al municipio Rómulo Gallegos. A los apureños también les impusieron (perdón: les enseñaron) la adoración y el agradecimiento a Rómulo Gallegos.

martes, 23 de marzo de 2010

Candelas de verano

No sólo el Ávila: la vegetación arde en verano en toda Venezuela. Quien quiera toparse con un incendio sólo tiene que estar despierto.
Este nos agarró en El Cogollo (Cojedes) el 25 de febrero, 1:30 am (video de José Manuel Armas):


martes, 9 de marzo de 2010

Adobes, conversa, canto, Cayapos y Tiuna El Fuerte (El Cogollo, Cojedes)

Temprano, tipo 6 am, preparando la tierra, la paja y el sancocho, y jodiendo:


Pisando barro y jodiendo:


Utilizando los moldes para los adobes, y jodiendo:


Llenando una carretilla con barro, y jodiendo:


Usando el molde, grabando, echando fotos y jodiendo:


Free Style con cuatro, mandolina, tobo, botella y maracas:


Hip Hop con cuatro y mandolina:




La hora de la conversa, en serio y jodiendo:







































miércoles, 23 de septiembre de 2009

La Puerta: monumento a dos derrotas

Esta entrada fue escrita originalmente con un error grave, o dos: el año de construcción del monumento y el hecho que homenajeaba. Saúl Abdón Ortiz lo aclara abajo, en los comentarios. Lo destaco acá, para que el lector se ubique en el dato correcto, y dejo el escrito original como estaba; un mínimo sentido de la responsabilidad me impide corregir el texto como si nunca hubiera estado errado.
Dice Saúl Abdón: "existe un error en esta publicación en lo que se refiere tanto al año de construcción del monumento como al hecho que conmemora. No fue en el año 1963 cuando se inauguró el arco, sino en el año 1929, concretamente el 21 de diciembre y la finalidad del mismo era conmemorar la batalla de la puerta librada por el general Juan Vicente Gómez en el 21 de diciembre de 1901 en contra del general Luciano Mendoza, la cual ganó el primero de los nombrados, siendo esta la primera batalla que ganó Gómez". 

Mi texto es el siguiente:

Ya antes nos hemos ocupado del culto desmesurado a Bolívar y sus efectos secundarios en la reconstrucción de la historia nuestra, la Historia del Pueblo de Venezuela. Este culto, o tal vez el miedo de la Historiografía oficial a la Historia verdadera, ha permitido la sobrevivencia de burlas desmesuradas como esta que se reseña abajo.
En las afueras de San Juan de Los Morros (Guárico) existe un monumento a una victoria que no ocurrió nunca. En concreto: en ese lugar se supone que se celebraron en 1814 las dos batallas de La Puerta (3 de febrero febrero y 15 de junio). Ambas culminaron con victorias para las masas enardecidas al mando de José Tomás Boves (llamadas "ejército realista" por la convención burguesa) y por lo tanto en derrotas para el ejército defensor de los privilegios mantuanos (llamado "Ejército Patriota" por esa misma convención). Pues bien, el Estado Burgués levantó e inauguró allí en 1963 un monumento a los derrotados, pero la conmemoración está hecha en un tono (boato del macabro) que hace parecer que fue una victoria:


Bolívar, derrotado, ha merecido este monumento, y ni el líder ni las masas de pueblo oprimido y enardecido que lo derrotaron (¡dos veces en el mismo lugar!) son mencionados en lo absoluto. Dice la placa o inscripción de la izquierda:


CONSTANCIA, VIRTUD CARACTERÍSTICA DE El LIBERTADOR. EL GOBIERNO DEL ESTADO GUÁRICO CONSAGRA ESTE MONUMENTO AL PADRE DE LA PATRIA, EN EL SESQUICENTENARIO DE LA CAMPAÑA ADMIRABLE Y DE SU PROCLAMACIÓN EN CARACAS COMO EL LIBERTADOR; EXALTANDO EN ESTE LUGAR, PERSISTENTEMENTE ADVERSO A LAS ARMAS PATRIOTAS, LA VIRTUD DE LA CONSTANCIA, DE LA PERSEVERANCIA DE BOLÍVAR, RELEVANTE EN SU GRANDIOSA PERSONALIDAD, GRACIAS A LA CUAL PUDO CULMINAR EN TRIUNFO LA MISIÓN QUE SE IMPUSO DE LIBERTAR NO SOLO SU PATRIA SINO CUANTOS PUEBLOS EN AMÉRICA SUFRÍAN EL YUGO COLONIAL...

Lo único que hace referencia (indirecta, remota, maquillada, subrepticia) a la verdad de lo que allí ocurrió (¡dos veces!) es esa construcción esotérica que reza: "...en este lugar, persistentemente adverso a las armas patriotas...". Lo demás es pura excusa y puro disfrazamiento. Algo así como "Okey, aquí Boves volvió sopa a los mantuanos dos veces, ¡pero los mantuanos fueron muy persistentes y ganaron en otros lugares!". La observación más cándida que puede hacerse al respecto es: si ganaron en tantos lugares, ¿por qué un mamotreto de monumento justo en el sitio en que perdieron (¡dos veces!)?
Esto, sin ponernos suspicaces con el dato según el cual en ese hueco (un río con su valle apretados, más bien encajonados, entre una elevación y una montaña) cupieron dos ejércitos que sumaban ambos entre 7 mil y 8.500 hombres, con sus respectivas caballerías. Hay que ir allá y verificarlo con los propios ojos: usted nomás imagínese a 300 personas allí, y después hablamos.
Detalles menores en este asunto del escamoteo vil de nuestra verdadera Historia.

lunes, 24 de agosto de 2009

El Cazador Novato

Creo que es normal (no debería, pero lo es) que uno acuda al encuentro con las leyendas de su niñez (si uno supo amoldarse a todo esto vía educación sentimental de radio y televisión y toques llaneros underground, son también las leyendas de Venezuela) con actitud reverencial, o casi. Uno se la da de irreverente y de arrecho pero a la hora del pao la pinga, las leyendas se respetan. Este tipo es patrimonio cultural de Los Llanos de Venezuela y Colombia, y por lo tanto de la humanidad.
Con esa actitud fui a Altamira de Cáceres a buscar al Cazador Novato (alias Rafael Martínez), y me cagué de guapo cuando Ramón Mendoza decidió grabar, cámara de video por delante, el momento en que se acercaba al cantautor para saludarlo. ¿Y si se arrechaba el hombre y suspendía el encuentro y la entrevista? ¿Y cómo no acercarse con esa actitud a alguien que pertenece al pueblo llano (y al Llano-pueblo) en la misma medida en que pertenece a la memoria colectiva de un país?
Estamos hablando de un tipo que habla-recita-declama con este tono veguero, en este idioma específico e inmenso que es el castellanero (castellano-llanero), que inquieta y toca las fibras que te unen a la tierra:


Y también en este otro, que te hablan del bicho jodedor y cimarrón que en el fondo es:


Un tipo que en su juventud exhibía esta garganta poderosa, e iba acompañado del arpa también poderosa y eximia de un Eudes Álvarez; arpa tan poderosa y eximia que casi opaca la voz del cantor. No se pierdan lo recio del grito inicial, la caótica crónica de un acontecimiento olvidado (una rebelión indígena y una masacre, primero a cuchillo y después cultural) y sobre todo zambúllanse en el solo de arpa con su respectivo bordoneo. La descarga comienza en el minuto 1'30, cuando calla el Cazador y comienza la verdad del pajarillo. Y les advierto: si usted no lo está viendo en persona es mejor que le ponga todo el volumen a su maldita computadora, para que la experiencia valga la pena:



Al final el tipo es más humilde que el coño, abierto a la conversa franca. Y a eso nos aplicamos con Gino González, Pedro Ballesteros, Ramón Mendoza, Jorge Vásquez y Daniel Daniels. Los tres primeros, Cayapos en busca de la Venezuela que casi se nos pierde, y los dos últimos reporteros de Ávila TV a quienes llevé para que hicieran el registro de esta voz. Tuve ese privilegio: verlos y oírlos tocar y cantar en improvisación colectiva. Y además la conversa larga y sin más tapujos que el corto tiempo.




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Pero ya va, que se me quedó corta la reflexión de arriba. Leyenda es leyenda, y siempre las leyendas se alimentan (o son alimentadas en el imaginario popular) con buenas dosis de datos míticos, no siempre malignos y no siempre sanos. En el caso de Rafael Martínez, uno de los mitos que se le han endosado tenía al principio mala intención, pero esto no afectó la imagen del cantor sino más bien a quienes lo señalaban: de él se dijo por muchos años, con tono de duda o sospecha y con aires de acusación, que había nacido del otro lado del Arauca, es decir, en Colombia. A causa de un prejuicio xenofóbico y chovinista que afortunadamente estamos dejando atrás como pueblo, hasta bien entrado el siglo veinte llamar “colombiano” a alguien era una fuerte ofensa. Como si el llano no fuera una entidad binacional, y como si la cultura de la Venezuela profunda no se hiciera más hermosa mientras más se confunde con la colombiana.
Es inevitable de todas formas encontrarse a El Cazador Novato en pleno siglo XXI, y hacerle la pregunta de rigor: lugar de nacimiento. El hombre responde con una precisión que seguramente le quedó del tiempo en que lo señalaban de no ser venezolano: “Nací en el Alto Apure, en la hacienda Urupagua”. Ocurrió en 1940.
Rafael Martínez Arteaga vive hoy en Altamira de Cáceres, población que fue la primera capital de Barinas. Cada mes le sale al menos una presentación, así que viaja mucho. Pero su residencia la tiene instalada en un caserío cercano a Altamira. Vive solo, “Porque si viviera con una mujer no podría atender a los amigos como ustedes. Al ratico ya estaría preguntando: ‘¿Y estos cuándo se van?’”.
Tiene unos pocos años instalado en este pueblo que tiene mucho de llanero y mucho de andino, pues es justamente el umbral que separa o conecta al llano con el páramo. Barinas y Mérida no se parecen en nada hasta que uno pasa Barinitas y se encuentra con Altamira. En ese clima amable, en ese pueblo privilegiado, se fue a instalar El Cazador en esta etapa de su vida.
Conserva recuerdos remotos de su niñez y juventud, pero es difícil hacer que se detenga en el anecdotario básico del muchacho que iba haciéndose hombre. Recuerda que su papá estaba en una buena situación económica, que él se habituó desde muy joven a las faenas del llano, incluidos el parrando y la itinerancia, y de pronto está hablando de sus primeras presentaciones públicas al lado de Ángel Custodio Loyola y de Juan de Los Santos Contreras, “El Carrao de Palmarito”. Al finalizar los años 50 ya compartía, grababa y se codeaba con figuras de la enormidad de los citados, además de Nelson Morales, Luis Losada “El Cubiro”, José Romero Bello, Francisco Montoya, Jesús Moreno, otros. Es inevitable también indagar en su juicio acerca del mejor coplero, el cantor que lo impactó. Responde sin pensar mucho la respuesta: “Sin duda, don Dámaso Figueredo. Tenía el don de la improvisación, una voz clara y fuerte, un estilo veguero. Ese es el mejor contrapunteador que he enfrentado”.

–¿Recuerda alguno de esos contrapunteos?
–Pues sí, me acuerdo casi verso por verso de los momentos finales de un encuentro que tuvimos. Teníamos un rato largo contrapunteando y a mí se me habían agotado los recursos. Pensé entonces provocarlo, ofenderlo a ver si perdía la compostura o tartamudeaba para ganarle. Me acuerdo que él celaba mucho a sus hijas, sobre todo de los artistas. El les recomendaba que se enamoraran de un mecánico, de un conuquero, de un pescador, pero nunca de un músico. Le dije entonces algo como: “Se me olvida preguntarle a Dámaso Figueredo / que me diga la verdad: si él quiere ser mi suegro / para que tenga el honor el día que yo sea su yerno /y va a echar más bendiciones que un obispo en un entierro”, insinuándole que lo iba a llenar de nietos. Dámaso me respondió: “No se crea que yo ando buscando / cazador flojo para mantenerlo / tengo un chinchorro en mi casa para mí que soy el dueño / esconderé mi muchacha si me toca en un entierro / porque eso es mucho bocao para que se lo coma un perro”.

–¿Tuvo muchos problemas con las letras de sus declamaciones? En la radio y en la televisión estaba vetado porque sus canciones eran groseras y tal...
–Sí, me tocó pasar por muchas situaciones difíciles. Yo siempre defendí ese estilo porque más allá del recato y la cortesía esa es la expresión del pueblo, es parte de nuestra cultura utilizar palabras rudas, esas que llaman groserías. Pero más de una vez también llegué a cantar en fiestas de gala, con gente distinguida o que parecía distinguida, y al rato me estaban pidiendo que echara cuentos subidos de tono, que declamara las letras más fuertes.

–¿Recuerda sus grandes amores? ¿Las mujeres que lo marcaron?
–Bueno, de las mujeres mías lo único que puedo decir es que la del vecino siempre está más buena (Risas). Sí recuerdo una en especial, una muchacha indígena, muy joven y muy hermosa. Me acuerdo porque me la entregaron en unas circunstancias distintas a las de ahora, una cuestión cultural que no es fácil de comprender ahorita.

–Su apodo viene de una de sus primeras declamaciones. ¿Puede declamar esa letra?
Rafael Martínez hace una pausa y comenta que a él nunca le han gustado los apodos, que los considera una falta de respeto. Pero que en efecto a él le tocó llevar como una marca imborrable ese remoquete, “El Cazador Novato”, que es el nombre del poema más exitoso de sus inicios. Los versos hablan de la historia simple que le cuenta un hombre llamado Escalona a su amigo Juan Santos, sobre la caza infructuosa de un marrano. El narrador le colocó más pólvora de lo indicado a su arma y ésta hizo una explosión que lo tumbó al piso y espantó a la presa.


De eso están llenos los cronistas verdaderos: de profundidad y simpleza.