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domingo, 12 de julio de 2015

Cómo y dónde destruiremos al país de mierda

El detonante, vamos a llamarlo "inmediato" (porque hay otros remotos) de estas reflexiones, se me atravesó el 5 de julio de este año. Vino envuelto en un mensaje de texto deWalter Lanz. Decía: "Marico, lo logramos. Acabamos de obtener la primera reproducción de cachamas allá en El Frío. Con una hormona alternativa". Como sé que se trata de un mensaje incomprensible para la mayoría, invertiré dos párrafos en explicarlo.

Ese Walter y otros sujetos más, campesinos embarcados en una aventura llamada Escuela Popular de Piscicultura, tienen unos años criando cachamas con alimentos y procedimientos alternativos, naturales y artesanales, limpios, agroecológicos, etcétera. Había un paso por dar para conseguir la soberanía plena en ese asunto: había que romper un eslabón tecnológico, y acá es cuando se medio enreda el relato. Sucede que las cachamas no se reproducen de manera natural en cautiverio porque la hipófisis de las hembras, antes de expulsar sus óvulos para ser fecundados, segregan una hormona sin la cual no hay fertilidad y eso sólo ocurre cuando están en los ríos o lagunas naturales. El punto es que esa hormona ha sido aislada y comercializada por años, y el precio actual en el mercado es de 120 mil bolívares el gramo. No un kilo: UN GRAMO de la hormona cuesta esa cantidad de plata.

Ese es el escenario ideal para que la insolencia tecnocrática y burguesa imperante triunfe e imponga la ley: "Sólo el Estado, la Academia y las corporaciones podemos reproducir peces. Campesinos de mierda: mejor ni lo intenten". Pues en ese mismo escenario han irrumpido de pronto estos locos, que ya antes le cerraron el hocico a los "sabios" haciendo otras cosas que según éstos era imposible, y han logrado el prodigio de la fecundación sin necesidad de la hormona para millonarios.

¿Qué sustancia emplearon estos compañeros en sustitución de la hormona de hipófisis de pescado? Aquí es cuando uno decide entonces copiar la conducta y la actitud con que nos han tratado a los pelabolas los "sabios" de corbata, los que se sienten dueños de un conocimiento que debería ser patrimonio de la humanidad, a lo largo de siglos y siglos de dominación, y les respondemos igual que ellos a nosotros: si me lo mamáis en cruz te lo digo. Ya el Ministerio de Agricultura y Tierras está en contacto con la Escuela Popular de Piscicultura para hablar de esta historia, en la que todos los países (incluido el nuestro) y pueblos han sido sistemáticamente estafados por laboratorios y transnacionales de la producción de alimentos.

***

Yo vivo en un país donde ocurre este tipo de prodigios, pero nosotros, los comunicadores al servicio de una Revolución, no lograremos que esta noticia, la más importante del año en el área de la Ciencia y la Tecnología, en Venezuela y tal vez en Latinoamérica, capte la atención de las mayorías (unas mayorías desesperadas porque creen que si no le venden carne ni pollo entonces ya no se puede acceder a la proteína animal). El titular de la noticia dice así: "Campesinos jediondos lograron, con unas poncheras y frascos de mayonesa, una hazaña que los científicos del mundo creen o nos han hecho creer que sólo se logra en laboratorios antisépticos, con guantes de látex y tubos de ensayo". Pero nadie le parará bolas a este notición, a este tubazo, por mucho que nos esforcemos en venderlo como la proeza científica que es. Lo bueno es que, con propaganda o sin ella, la ciencia en manos del pueblo sigue pateando a la ciencia en manos de burgueses.

Yo vivo en el país de José Rondón, hermano del páramo merideño que a pocos meses de cumplir los 100 años sigue haciendo planes para el futuro y enseñando a jóvenes de cualquier edad a hacer casas con cualquier tipo de materiales (madera, botellas, trapos viejos, calcreto, piedra, arcilla). Pero sólo a jóvenes de la mente: abstenerse ancianos güevones de 25 años que creen que al país lo salvarán los empresarios.

Yo vivo en el país del pueblo Añú, una gente casi extinguida como cultura que habita allá arriba, en las islas donde el Lago de Maracaibo taponea al Golfo de Venezuela, y que está decidida a recuperar su idioma después de tres generaciones de renegar de ella; pueblo pesquero que vive de vender camarones y de sobrevivir a un monstruo cementero que le clavaron en plena Isla de Toas.

Yo vivo en el país de las hermanas Alejandra y Mayra, unas indígenas mezcladas de los pueblos jibi y curripaco que hicieron otro experimento formidable y productivo, en unas sabanas presuntamente estériles de Amazonas: hicieron un tanque de peces sobre el cual pusieron una plataforma para criar patos; el alimento y las excretas de los patos alimentan o fertilizan el agua para los peces, y esta agua a su vez sirve para regar un conuco de verduras y frutales que sirve para darles alimentos a los patos y a los peces (y a la gente, por supuesto).

Yo vivo en el mismo país donde vive El Maracucho, un muchacho jodedorcito que estudió hasta hace poco en el IALA (Instituto Agroecológico Latinoamericano Paulo Freire, aquí en Barinas) y a quien, por pura intuición y por sus cojones, le dio por ponerse a fabricar y perfeccionar una bomba de ariete (un artificio que bombea agua a varios metros de altura sin necesidad de energía eléctrica o combustible) pero utilizando botellas plástica de refresco, de esas que uno bota porque cree o lo enseñaron a creer que esas botellas no sirven para nada después que uno se jarta el veneno marca cocacola.

Yo vivo en un país donde la comida es gratis: pase por los llanos en tiempo de ribazón (diciembre a febrero, más o menos) y llévese o cómase allá mismo todo el pescado que quiera, con sólo meterse en esos ríos estremecidos armado de un saco, una red o un tobo, antes que vengan los coñoemadres caveros (bachaqueros con cava) a hacerlo por usted y a venderle en 600 bolos el kilo esos mismos peces que la naturaleza regala.

Yo vivo en un país que me permitió agarrar una casa rural, de esas que hicieron los adecos en nuestros campos, caerle a mandarria, construirle al lado un rancho parecido a mí en muchas cosas (está hecho de objetos desechados pero con historia), renovar las amistades a punta de dialogar con esos montañeses fabulosos y enchinchorrarme allí a observar las aves.

Sí, cómo no, yo vivo en un país de pinga. Pero ese no es El País. Esa gente querida construye, inventa y diseña un país para el futuro, pero si cometo el error de aislarme en ese pedazo del futuro (hecho de tanta historia y cultura pasada) estaré dándole la espalda al otro país, al de la coñaza y la destrucción; ese otro país donde habrá que caerse a plomo y a cabilla para destruir lo que nos dejaron los ricos dueños de Venezuela.

Porque yo también vivo en un país de muchachos que en vez de estar honrando su herencia campesina andan imitando el habla, los vicios y la inercia de unas ciudades en decadencia. En estos días vino un joven andino a querer malandrearme en la entrada de Pueblo Llano para que le diera plata, y el patadón por el culo que le di a ese pobre muchacho le va a doler para sentarse más o menos hasta que tenga 60 años, si es que llega a esa edad.

La frase que me quedó roncando en el cerebro mientras bajaba es fea, egoísta, perversa y coñoemadrita, pero me hizo bajar también de mi fascinación por la paz de mi montaña, y aclarar (aclararme) las cosas: "Yo viví 30 años en barrios caraqueños; no va a venir esta caricatura de malandro a querer marearme con discursos". Con discursos que no nacieron en el páramo sino en la cochina urbe industrial capitalista: ese muchacho no es expresión de su hermoso pueblo sino de la ciudad que los medios le siguen vendiendo como opción a esta juventud indigestada por tanta información sin masticar.

***

Mientras está en construcción el país bonito, el de la convivencia, la conciencia y las hechuras duraderas del pueblo, el otro hay que salir a reventarlo en las putas calles de las putas ciudades descompuestas. 

No me queda otra: vivo en un país de gente amable y laboriosa, y también en uno de gente violenta, "viva" y coñoemadre que considera derecho humano a su parasitismo. Las batallas de la construcción me quedan en el llano, en la costa, en la selva y en este piedemonte fenomenal donde gobiernan los pájaros, los ríos y las mapanares, pero las batallas de la destrucción del otro país, el país de mierda, las batallas fundamentales de este tiempo, me quedan en Caracas. Así que en Caracas nos seguiremos viendo, fatal e inevitablemente.

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viernes, 24 de enero de 2014

A seis años de la "Plaza del Combatiente Revolucionario", ahora Plaza Fabricio Ojeda


Desde ayer, una plaza de la parroquia 23 de Enero de Caracas, la que queda frente al Rincón del Taxista, lleva el nombre de Fabricio Ojeda.

A causa de un bache informativo y cierta desidia militante, atribuibles a quienes fuimos activistas de una cosa denominada Misión Boves, la mayoría de las personas olvidó o no se enteró de un dato: el 23 de enero de 2008, luego de una asamblea de ciudadanas y ciudadanos, militantes de varios colectivos derribamos y retiramos de esa plaza el busto del genocida Diego de Losada (hasta ese día la plaza llevaba su nombre) y en su lugar colocamos una plancha de granito y en ella una placa que homenajeaba a Sergio Rodríguez, emblema de la juventud combativa sacrificada en la Cuarta República.

La cosa comenzó con la observación simple del camarada Jesús Arteaga: "Hay una plaza y una estatua de Diego de Losada en el Veintitrés. Esa mierda no debería estar ahí, es una ofensa y una humillación histórica". Al día siguiente comenzamos a conspirar y organizar una acción para sacar ese esperpento de allí sin que pareciera un acto vandálico sin contenido político. La idea inicial era que todos los colectivos del 23 de Enero colocaran en esa plaza placas o íconos de sus militantes caídos y convertir la plaza en un paseo o caminería que honrara la memoria de tanto luchador social asesinado. No tuvimos músculo, convocatoria o capacidad militante para aglutinar a todas las voluntades que hacían falta para concretar ese proyecto.
Por cierto que el día y a la hora en que colocábamos la placa de granito develábamos la placa en honor a Sergio los alrededores se empezaron a llenar de policías y soldados. Fresco estaba el recuerdo de los compañeros a quienes encarcelaron por derribar la estatua de Colón en Plaza Venezuela. Nos dijimos entre nosotros: "Bueno hermano, aquí vienen los coñazos". Pero no era para coñacearnos o detenernos que estaban allí los uniformados: estaban allí para resguardarle el paso a alguien que cerca del mediodía pasó por allí, manejando su volkswagen rojo: el comandante Hugo Chávez. Andaba con su hija María Gabriela y no recuerdo con qué funcionario de su gobierno. Pasó para arriba rumbo al acto que presidió ese día en el Cuartel de La Montaña, a pocos metros de allí, y luego para abajo al terminar, rumbo a Miraflores. Lo saludamos, nos saludó: fogonazos que duraron uno o dos segundos.
Luego llevamos la estatua al Instituto del Patrimonio Cultural, para que no fueran a decir que la fundimos para venderla como metal de chatarra, que por cierto era lo que se merecía. La misma asamblea decidió bautizar el lugar como "Plaza del Combatiente Revolucionario".
Seis años después el Gobierno bolivariano rebautiza la plaza, ya formalmente, como "Fabricio Ojeda", cosa que nos parece justiciera. Esto fue lo que hicimos el 23 de enero de 2008 y días previos y posteriores:



lunes, 11 de noviembre de 2013

El pobre flaco agüevoniao

Una versión recortada fue publicada en Épale Ccs Nro.55: http://www.ciudadccs.info/?p=499139



Era febrero de 1989 y los adecos estaban contentos porque Carlos Andrés Pérez acababa de asumir la presidencia de la República. Felices y en clave de fiesta, organizaron un concierto gratuito en el Nuevo Circo de Caracas, como gratitud al pueblo que eligió por segunda vez a ese coñoemadre. Anunciaron a un montón de cantantes y grupos nacionales y extranjeros, exponentes de varios géneros musicales, algunos de ellos de mucho renombre. Por ejemplo, el “Manos Duras” Ray Barretto. Yo en ese tiempo andaba embullado con la salsa y el jazz latino y nunca había visto tocar a ese tipo en vivo, así que no quería perdérmelo. Me junté con varios locos del 23 de Enero y me fui para el venerable lugar.

El grueso del público era de San Agustín del Sur, así que obviamente la mayoría iba a ver también al rey de las tumbadoras. Cantaron los teloneros (creo recordar que se presentaron Soledad Bravo y el grupo Madera, entre otros). Era temprano en la noche cuando se subió el legendario salsero. El Nuevo Circo se convirtió en fiera atronadora. Primera canción: una versión de “Si me voy para mi islita”:


Pero con la letra amoldada a las circunstancias: “YO ME VOY PA VENEZUELA”.

El sonido estaba perfecto; yo estaba en la tercera o cuarta línea de gente, abajo en la olla, cerquita de la tarima.
Segunda canción: Indestructible. Tercera canción: Cocinando. Terminada esta pieza el hombre se paró, levantó una mano, dijo “Chao” en castellano neoyorkino y desapareció junto con los músicos. Yo no entendía muy bien qué cosa era esa de “coitus interruptus” hasta ese momento. La gente empezó a pedir otra, otra, otra, por supuesto. Pasaron unos segundos. Luego unos minutos. Y la gente se empezó a arrechar. Poco después se arrechó por completo. Y empezó la botellamentazón y se formó el tumulto. Eran los salseros indignados porque Barretto los despachó con tres piezas apenas.
Transcurridos unos instantes más, para terminar de cagar la jaula, salió a la tarima un flaco esmirriado, pálido, drogado hasta las metras, más devastado por la sífilis que por el hambre. Agarró el micrófono y dijo: “Buenas noches. Me disculpan, pero es que ahora me toca cantar a mí”. Ahí sí fue que la gente estalló en serio: era un maldito rockero profanando un templo de la salsa. Pocas semanas después de ese evento estallaba el Sacudón; creo que éste hubiera sido más violento si no se hubiera producido antes este drenaje de energía. Esa noche hubo en el Nuevo Circo un ensayo del Caracazo.
El flaco agüevoniao esquivó unos botellazos y pedradas, con una mano en la melena desordenada y con la otra tapándose la luz de un reflector que lo encandilaba a pesar de los lentes oscuros. En un reflujo de la marejada furiosa alcanzó a decir: “Bueno, vamos a hacer algo: desahóguense ahí mientras yo acomodo a los músicos, y ustedes me avisan cuando pueda empezar”. Increíblemente, la gente se calmó. Increíblemente también, la banda del pedazo de flaco empezó a tocar. E increíblemente, la gente aplaudió y se puso a corear lo que cantaba el tipo, una canción que decía: “EN ESTA PUTA CIUDAD”.
A mí no me gustan las canciones de Fito Páez, pero esa noche empecé a respetar a ese valiente flaco agüevoniao, y empecé a escuchar con más atención a los clásicos del género.

***

Vainas de la memoria: acabo de encontrar (horas después de publicada esta crónica) un video del inicio de ese concierto, y resulta que no fue en febrero 1989 sino en diciembre de 1988, días después de las elecciones que ganó CAP. Igual, así cantó el flaco agüevoniao:

domingo, 29 de septiembre de 2013

Las tetas de mi hogar

Publicada en Épale Ccs Nro. 49: http://www.ciudadccs.org.ve/?cat=430

Cada vez que quiero ilustrarles a los muchachos qué cosa era la terrorífica “libertad” de eso que llaman Cuarta República les echo el cuento de cómo era la recluta. Recluta: esa forma de secuestro que cierto "militar tirano" suprimió y prohibió para siempre, en lo que fue su primer acto de Gobierno por allá por 1999.
Una vez al año, durante una temporada cuyos meses no recuerdo, los muchachos de 18 a 28 años teníamos que andar por la calle mirando para los lados, temerosos, pendientes de la aparición de algún policía, Guardia Nacional o soldado, cuya misión era secuestrarnos y llevarnos a “cumplir el servicio militar obligatorio”. Así se le decía al acto de ir a perder un año y medio de tu vida en un cuartel, casi siempre en un campo o ciudad lejos de donde vivías.
Para los más viejos o para quienes ya habían “cumplido” la cosa era más bien una fiesta. Verlo a uno pegar carreras, verde del pánico, o tratar de esconderse, les causaba una risa del coño, y había jodedores que, cuando aparecían los secuestradores uniformados, se dedicaban a echarles paja a los muchachos que se escondían en los comercios. A más de uno lo sacaron así, de atrás del mostrador de una zapatería, luego de que un simpático pajúo le informara al paco que ahí había uno escondido. 15 bolívares les pagaban a los funcionarios por joven capturado.
Después de mucho escapármele a la autoridad vine a caer una vez, mansamente, dentro de una buseta. Tan fácil como que se subieron unos tombos en la esquina de Carmelitas y nos pidieron la cédula a todos los varones. Mostré la mía y eso fue todo; me invitaron a subirme en una jaula de la PM full de chamos de mi edad, y además tuve que pagarle el pasaje al coñoemadre de la buseta.
Al llegar a Fuerte Tiuna una hilera de soldados nos recibió con pitas e insultos. Como el metro estaba recién inaugurado y cada rato la gente inventaba chistes con los nombres de las estaciones algunos nos gritaban, imitando la voz de locutor que salía por los parlantes: “Estación Conejo Blanco. ¡A desalojar el tren!” (Conejo Blanco se llamaba antiguamente el sector donde está construido el Fuerte Tiuna). Las muchas angustias de quienes no queríamos cumplir el maldito servicio eran indescriptibles, pero basta mencionar una: en tiempos en que no existían los teléfonos celulares uno no dejaba de pensar en la familia, en cómo comunicarse o en cómo o a quién pedirle ayuda. Secuestro es secuestro, compañero.
Después de una tarde-noche de insultos, provocaciones y hambre (no nos dieron de comer) fuimos a dormir en un galpón lleno de literas. A las 4 de la mañana entró una parranda de soldados a hacer bulla con ollas y peroles, a gritarnos “¡A levantarse, reclutas! ¡Nuevo es nuevo y su apellido es mierda!”. Y entonaban el toque de Diana (ese mismo que luego se puso de moda los días de elecciones) acompañándolo rítmicamente con esta perra letra:

“Levántate, recluta,
que ya amaneció
¿Por qué no te viniste
cuando me vine yo?
Tiende bien esa cama
Me lavas los peroles
Te lanzas la mierdera
Lavas los interiores…”

La descripción de la jornada es larga, como larga fue la cola de cinco horas que tuvimos que hacer para entrar a un cuarto para hablar con un sargento o vaina parecida, que nos daba el último chance de demostrar que no éramos elegibles para cumplir el servicio. El que convencía a ese tipo recibía un carnet que lo salvaba de ser secuestrado por un año y medio y salía en libertad; el que no, pasaba a un cuarto anexo para que le rasparan el coco y le daban su uniforme de soldado raso, listo para ser vejado por los antiguos. Yo tenía al menos dos pretextos legales: era estudiante y era además el único sostén de mi hogar.
Lo de ser estudiante lo demostré con mi carnet de liceísta. Cuando le dije al bicho que era sostén de hogar me miró con una risita burlona y me dijo: “Bueno, se le irán a caer las tetas a tu hogar, porque tú de aquí no sales”.
Puro sicoterror. Ese mismo día salí con mi flamante carnet de “No elegible, por ahora”.

martes, 3 de septiembre de 2013

Cinema Trébol

Centro Comercial Los Dos Caminos, popularmente conocido como "El Trébol"




Información para los más jóvenes: el centro comercial Trébol quedaba donde hoy se levanta (y se hunde) ese bicho puyúo en forma de nave espacial llamado Milenium. El Trébol era una edificación normalita ella, cuadrada y tal, pero su gancho era el novedoso sistema de salas de cine. Marico, no lo podías creer, o sea: eran tres salas donde pasaban tres películas simultáneas, y le pusieron “trébol” por eso, porque la disposición de las salas se asemejaba a las hojas de las maticas esas con las que Malú hace sus ensaladas gratis para pelabolas. Muy ingeniosos.
Quedaba lejos el Trébol, y ese era otro de sus encantos; cuando no existía el Metro había que agarrar un autobús desde la avenida Sucre hasta Chacaíto, luego otro que fuera para Petare, y quedarse ahí donde está hoy el metro de Los Dos Caminos. Era un viaje de una hora y pico si había tránsito pesado. Si tú querías sacar a pasear a una novia o potencial levante no te la podías llevar para esos cines horrendos del centro, esos bichos donde pasaban puras películas porno o mexicanas (la gente que trabaja en el diario Ciudad Caracas, antiguo cine Rialto, todavía debe escuchar a las ánimas en pena –y en pene- de tanta actriz especialista en gemidos falsos). No señor: había que irse al este del este. Allá lejos, en las salas ultra-guao de los cines Trébol, conocimos muchos las delicias de la lata clandestina y el manoseo descarado, mientras el pendejo de Clint Eastwood hacía esfuerzos por llamar nuestra atención. La siempre dulce Laurita manipulaba la pistola mejor que ese tipo.

Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento de la nostalgia, un día del año 2000 pasé por el lugar y me encontré con que unas máquinas le habían entrado a pingazos al centro comercial y sólo quedaba un carapacho de columnas y medio techo. El espacio había sido cerrado con láminas de zinc. Bordeé la barrera hasta que me encontré con la entrada, y sentado del lado de adentro un vigilante. Le dije que quería entrar para ver cómo habían quedado los cines (sí, estaba pensando en el tono de Cinema Paradiso), que yo era periodista y que iba a escribir algo para un periódico revolucionarísimo en que trabajé dos meses. Sabes que yo nunca trabajé en diarios escuálidos; solamente en El Nacional, El Universal, Así es la Noticia, 2001 y ese que llaman Tal Cual.
El vigilante fue a buscar a una especie de jefe de las obras y éste vino a atenderme. Le dije a qué iba, que me diera chance de entrar con un fotógrafo. El hombre me dijo:
--Ajá, pero ahí lo que queda es un hueco y un poco de escombros. ¿Qué noticia vas a buscar tú ahí?
Pude haber insistido, pero le di la razón al carajo y lo dejé de ese tamaño. Las Lauritas de mi perra vida nunca serán un escombro en la memoria.

domingo, 25 de agosto de 2013

Crónicas caraqueñas

La revista Épale, la dominical del diario Ciudad Caracas, ha hecho una hermosísima convocatoria: quiere que la gente que vive o vivió en Caracas envíe a su redacción los escritos (crónicas, cuentos, anécdotas: sus memorias personales) de las cosas que recuerden de sí mismos, escenificadas en algún lugar de la ciudad. La revista ha inaugurado una sección de minicrónicas donde se publicarán esos textos (no deben ser mayores de 2 mil caracteres).
Parece un acto simple y lo es, pero el acumulado se intuye grandioso y es así de importante: a medida que las docenas, cientos o miles de caraqueños que acaten la convocatoria vayan publicando sus fragmentos de vida estará cobrando forma en esa revista una obra colosal: LA HISTORIA DEL PUEBLO DE CARACAS. No la historia esa llena de héroes mantuanos, grandes oradores, políticos, doctores y demás güevones de paltó y corbata: la historia del pueblo, esa "historia menor" que es la historia grande de nuestra gente, quedará registrada en un documento colectivo formidable, y ve tú a saber si alguien dentro de un tiempo se anima y publica ese aporte del pueblo a su propia cultura. La historia del pueblo de Caracas contada por sí mismo, no por un autor o cronista sino por el pueblo-historiador, que somos todos nosotros, los que hemos vivido en Caracas y los que todavía viven allí.
¿Estarán sirviendo las redes como facebook y twitter para construir una dispersa y gigantesca historia del pueblo (no sólo escrita sino gráfica)? Es bastante probable, pero de eso hablamos después. Ya Épale comenzó a hacer ese registro. Comenzó con unas cuentos de gente referidos a Chávez y luego otros a propósito del aniversario de Caracas. Pero ahora la convocatoria es abierta y los temas son libres. Yo me he animado y he enviado unos aportes que ya han sido publicados (hoy apareció el segundo).
A título personal el ejercicio me está sirviendo para organizar la memoria de mi largo intento (29 años de mi vida) de convertirme en caraqueño. Ese intento ya ha concluido. Pero la memoria queda, y estos son dos pequeños fragmentos, dos crónicas caraqueñas sobre mi vida (las iré publicando cada domingo, después que aparezcan en la revista):

Crónicas caraqueñas

las suyas pueden enviárselas a:

odry.fr@gmail.com. Seguramente ya abrirán un correo sólo para esta sección.

El atraco

Publicada en Épale Ccs Nro 44, página 18: http://www.ciudadccs.info/?cat=430

Recién llegado a Caracas me puse a estudiar cuarto año de bachillerato en el liceo Fermín Toro. Todavía me ronroneaba en la oreja la advertencia de mi papá y de una madre postiza: “Cuidado con las malas juntas”. Yo todavía no sé si las juntas que me encontré entonces eran buenas o malas, pero lo cierto es que en una de esas tardes de jubilarnos y caminar sin rumbo por la ciudad yo y dos panas del liceo decidimos tirar un atraco. La víctima iba a ser un taxista.
La cosa la organizamos así: Carlos, el más robusto y con cara de malo, y que además era o parecía mayor que los otros dos, se sentaría adelante en el puesto del copiloto. Ernesto, yo y nuestras respectivas caras de güevones iríamos atrás. Al detenerse el carro en algún semáforo Carlos le clavaba un coñazo al chofer; yo, sentado justo detrás de éste, lo inmovilizaba con una llave de esas que los luchadores llaman “Doble Nelson”. Ernesto y Carlos aprovechaban para sacarle la plata del bolsillo o de donde la tuviera, y en menos de un minuto nos echábamos a correr, cada uno en una dirección distinta.
Paramos el carro en la avenida Baralt; el taxista era un señor gordo con cara de no haber dormido en una semana, buen indicio. Carlos le dijo que nos llevara al hospital de Lídice. Nos montamos y el carro echó a andar por la avenida Sucre.
Cuando pasábamos por Miraflores ya yo había perdido las esperanzas, porque el tráfico estaba ligero y el taxi viajaba a buena velocidad, sin ningún semáforo a la vista. Llegamos a la esquina donde se dobla hacia Lídice, el semáforo estaba en verde y dele, compañero, nada iba a detener a ese carro. A esas alturas yo iba pensando ya en la forma de decirles a los otros que abortáramos la misión, pero no hallaba cómo. El carro subió una, dos cuadras. Justo cuando pasábamos por la calle culebrera donde se encuentra el módulo policial el compa Carlos hizo gala de su tremendo sentido de la oportunidad, y de su fama de peleador callejero, y le encajó aquel rolo e coñazo al taxista en el pescuezo. La vaina sonó y que “prac”, así como cuando uno desguaza la pechuga de una gallina.
Transcurrió un segundo, y después dos. Y tres, y cuatro; el chofer miraba a Carlos, yo lo miraba a él y a Ernesto, los panas me miraban a mí, todo en silencio dentro del carro que bajó la velocidad pero nunca se detuvo. En vista de que yo no cumplí mi parte del libreto y los otros tampoco tuvieron corazón para seguir con el plan, Ernesto tuvo la salida colosal de aquella situación de mierda. Le dijo al taxista: “Perdónelo, señor, es que a él le dan esos ataques de vez en cuando y se pone violento. Por favor nos deja frente al siquiátrico”.

La coñaza


En la avenida Urdaneta, de Platanal a Candilito, a media cuadra de la plaza La Candelaria, existe un bar llamado Los Cuchilleros, uno de esos sitios que no cierran nunca, para alegría de algunos y desgracia de otros. Una madrugada de 1991, tipo 4 y media, iba pasando por ahí con un compa de beberes, después de haber vaciado y cerrado algún botiquín cercano. En la puerta estaba parado un carajo enorme; más o menos un metro 90, con la cara y la actitud que hay que tener en la puerta de un lugar con semejante nombre y a esa hora. Estaba, además, contando una paca de billetes. Entonces se me activó la pea chistosa, en forma de chiste de esos que sólo tienen sentido en la mente de un borracho. Le dije: “A este tipo debe ser fácil atracarlo”.
Creo que detrás del sujeto salieron ocho o diez más, y comenzó la película de kung-fú. No sé cuántas tortas me dieron, pero sí recuerdo que casi todas me aterrizaban en la boca (ese impertinente hocico que debió quedarse cerrado). Al hermano de desgracia lo manotearon bello también; ambos chorreamos sangre como para echarle una mano de pintura a una casa. En mitad del revolcón encontré una botella y en mi psique tanto o más maltrecha que el cuerpo cobró forma una especie de esperanza peliculera: “Listo, con esto me les enfrento y los jodo”. Así que agarré la botella y, tal como había visto hacer tantas veces en otras peleas callejeras, la agarré por el pico y la partí contra el asfalto. No sé qué salió mal en el cálculo, pero la botella se volvió pedazos y yo me quedé con el arito ese donde va agarrada la chapa. Y la coñaza recrudeció. Unos tipos que se hacían pasar por policías detuvieron la masacre, que terminó por allá debajo del elevado que da hacia la Andrés Bello.
Dice la leyenda negra que el labio me quedó como el de la danta esa que lleva en el lomo a María Lionza. Y que yo, para poder tomar cerveza, tenía que levantarme esa trompita con una mano y poner el pico de la botella en el labio de abajo con la otra. Esos panas de uno sí joden.

martes, 8 de mayo de 2012

Caracas PA MÍ SOLO y los demás que se pudran

Esa del título es la actitud de los carajitos del maldito video, que sería bueno que pasara de moda y que lo pensáramos desde otros ángulos. Eso de "Qué fina sería Caracas sin gente" pasará a la historia de los decires lamentables, tal vez equiparable en carga racista y fascista al "Caracas es Caracas y lo demás es monte y culebra", que por cierto habla de otra de las muchas formas en que nos han dividido como pueblo.
Al respecto:


El título se refiere también, por desgracia, a la actitud de una cantidad de compas chavistas que no soportaron unas palabras mías en televisión (Clic por aquí: http://www.youtube.com/watch?v=vs3wHXrTGWc) en referencia al proceso de destrucción de Caracas como construcción capitalista.
***
Yo dije que Caracas se está cayendo a pedazos (y lo hice por respeto: lo que tenía en mente era decir que se está volviendo mierda).
Dije que es natural que eso ocurra porque es una ciudad capitalista y como tal es indefendible.
Dije que entonces la diferencia entre los pobres en rebelión y los ricos en desesperación es que ellos huyen y nosotros nos quedamos aquí guerreando, a ver qué hacemos con esto.
Dije que me parece de pinga que el capitalismo haya construido una ciudad-campo de concentración para su provecho y disfrute, y ahora los hijos del capitalismo no quieren vivir en el monstruo que crearon sus padres y demás antepasados.
Pero el simplismo, la paranoia, el profundo miedo a ver el país, la humanidad y la Revolución más allá del simple esquema escuálidos versus chavistas; la tremenda estupidez de algunos y el carácter de funcionarios enamorados de sus respectivas labores en alcaldías e instancias gubernamentales, llevaron a una gente a acusarme de haberles echado mierda a las gestiones de Jorge Rodríguez, Jacquelín Farías y el mismísimo Hugo Chávez. Y claro, ustedes saben que quien incurra en esa herejía debe ser execrado por escuálido y contrarrrrevolucionario. En concreto, me han echado en cara esta sentencia: Si tan fea te parece Caracas ¿por qué no te vas con los sifrinos esos?
Juicio sumario al Duque: hay que lincharlo porque el bicho se atrevió a decir que Caracas está jodida, y eso que uno lo ve tomando aguardiente o chocolate en los alrededores de la Plaza Bolívar. Qué bolas.
Creo saber cuál fue el proceso mental que llevó a la mayoría de ellos a la indignación y a la histeria. A ver: los carajitos del video ese Caracas ciudad de despedidas dijeron que Caracas es un asco; entonces yo, para no ser como ellos, tengo que decir que está de pinga. Si ellos dicen que la mierda sabe a mierda yo DEBO decir que sabe a gloria; si ellos dicen que en Caracas está todo mal yo DEBO decir que está todo bien. Bonita lógica que ha lesionado a muchos en un flanco esencial del ser rebelde: ya mi capacidad de crear y aportar al debate no está sujeta a la libre observación sino a lo que el enemigo opine primero, y a lo que mis jefes me permitan o no me permitan opinar.
***
Misión Imposible: explicarle a alguna gente que un proceso de devastación y de humillación de seres humanos que va para 500 años no lo resuelve una gestión gubernamental, ni diez ni veinte. Ni Jorge Rodríguez ni nadie puede corregir un desperfecto secular de esta y todas las capitales latinoamericanas. Lo único que puede hacer un Gobierno municipal es lo que está haciendo el actual: fomentar procesos de conciencia y resistencia al capitalismo, y mitigar un poco los procesos de deterioro de la ciudad. Pero la ciudad (esta y todas las que fueron creadas por el capitalismo) está en decadencia. Es un cadáver que puede ser maquillado pero no resucitado ni convertido en poblado socialista.
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Vuelta al segundo párrafo. Lo mínimo que uno espera cuando echa a rodar una idea o propuesta es que muchos salgan a rebatirla; nada más triste y sospechoso que una opinión que cuenta con el aplauso unánime de todo el mudno. Así que lo lamentable no ha sido que haya deacuerdos ni que algunos me hayan mandado a lavarme el hueco del culo (ni que fuera la primera vez), sino la actitud de algunos en este sentido: Caracas está muy bien y tú eres testigo de ello porque te la pasas en el centro de Caracas. Lo cual es, en esencia, la misma actitud de la carajita del video: ella quiere que en Caracas no haya más gente sino ella, sus amigos y familiares, y el camarada rabioso quiere hacerme creer que Caracas es sólo el casco histórico y la gente que trabaja o transita en sus alrededores. Hace dos semanas una muchacha llevó a su hija al Periférico de Catia mordida por ratas mientras dormía, en su rancho de Gramovén. Pues bien, esa muchacha está en la obligación de tenerle afecto a la ciudad porque Joaquín Cortés bailó gratis en la plaza Diego Ibarra.
En estos días de lluvia vuelve el terror a una Macayapa devastada donde todavía "vive" gente. Pero decir esto, sin acotar que Jorge y Jacquelín han embellecido la ciudad, es un acto de traición. Para algunos, Caracas es el montón de oasis poblados de cafés y bares parecidos a los de Los Palos Grandes. En aquellos se reúnen los sifrinos de derecha; en éstos se reúnen los sifrinos de izquierda. Y sí, yo me seguiré echando palos en unos y otros y donde me dé la gana de hacerlo.
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La actitud se llama, en el menos grave de los casos, individualismo: Caracas está bien si SSHHHOOO la disfruto, y está mal si SSHHHOOO la padezco. Por lo tanto, hacer análisis sobre la gente que está padeciendo más allá de mi disfrute, y disfrutando más allá de mi desgracia, es castigado. Es, repito, la misma actitud: si la estás pasando bien, quédate TÚ; si la estás pasando mal, lárgate TÚ. Ya por ahí me mandaron a la mierda: si no opinas que esto está bello, puedes irte. Una imposibilidad trágica de entender que el país es algo más que uno y el entorno de panas con que uno se toma las birras. Como si el confort o la pelazón de bolas de uno solo (del Duque, en este caso) definiera qué es bueno o qué es malo para una Caracas jodida estructural y espiritualmente.
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Como siempre, esto no pasará de ser una escaramuza virtual más entre tuiteros y opinadores. La Caracas en destrucción, por suerte, está bullendo en los barrios, donde el arte es un grito de protesta y de rabia. Mientras las alcaldías construyen y maquillan el pueblo grita sus expresiones de resistencia y rebelión. En eso anda la multitud. Usted puede seguir tomándose los vinos donde Rocío y comiendo pizza donde Evio. Disfrútelo, pero téngalo claro: ESO no es el socialismo. Es un oasis para el relax dentro de una ciudad capitalista, tan sólo eso. Lo demás es caerse a mojones.

sábado, 5 de mayo de 2012

Ciudad de despedidas




Eso que aparece en el video no es, como muchos creen y dicen, espantados, la juventud venezolana. Es apenas una parcela de la juventud urbana (perdón: urbanizada). O sea.
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Caracas no es una sola (clic: El Discurso del Oeste), así que eso tampoco es la juventud caraqueña: es apenas el fragmento de una especie de tribu caraqueña o urbana, de clase media o con aspiraciones de serlo. Estoy seguro de que más de uno de esos vergajos es pobre y sus padres se partieron o se parten el lomo para seguir convirtiendo a sus hijos en esa cosa lamentable. O sea.
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El video es un documento formidable, útil, importantísimo. Es la radiografía más importante que he visto de la mentalidad fascista en formación. Nada de lo que diga Chávez o recite cualquier tratado de sociología, filosofía política o siquiatría clínica es capaz de explicar mejor que ese video qué cosas son esas llamadas endorracismo, odio clasista, enemigo de clase, lucha de clases. Si yo tuviera poder de decisión en el Ministerio de Comunicación e Información transmitiría ese documental en cadena nacional. Es importante que los venezolanos lo veamos, analicemos y discutamos. Caracas, ciudad de despedidas es el mejor argumento para explicarle a nuestra gente pobre por qué sería una tragedia social e histórica espantosa que Henrique Capriles Radonski o alguno como él (como los coñitos del video) sea presidente de la República. O sea.
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Esos muchachos que hablan allí son hoy fascistas en formación y mañana serán fascistas formados. Hoy sólo tienen el impulso primario de despreciar como se lo indican sus apetitos y su conciencia burguesa en proceso de germinación; mañana sabrán cómo se llama eso que los mueve, mañana habrán revisado la historia humana, despreciarán a nuestros muertos y se enorgullecerán de quienes los asesinaron. La madurez o entrada a la adultez no borrará sus percepciones sobre lo feo e indigno que es el país en que nacieron sino que las agravará. Hoy y mañana, ellos creen y creerán que son demócratas y que aman la democracia. Ellos creen que saben qué cosa es la democracia. Ellos creen que Chávez es un tirano y que ellos son ejemplo de cómo debe ser una gente decente. El impulso frenético originado en su sueño de confort, de esa forma de confort que sólo es posible aplastando y segregando a los más desvalidos, hace prever fácilmente que esos muchachos dentro de unos años tendrán dinero, tendrán poder y tendrán esclavos y no les importará que se les note. Esa energía con que hoy hacen sus análisis políticos y sociológicos (porque eso es lo que hacen, gústele o no a la cofradía intelectual chavista o izquierdosa) la emplearán mañana en acumular riqueza, en esclavizar pobres (y dirán: "O sea, estoy generando empleos para estos negros, o sea") y en cumplir su sueño: irse de Venezuela o recluirse en un oasis de burguesía protegido de los malandros y los ruidos y los olores.
Una de esas muchachas está unos pasos por delante de sus coetáneos: tiene prestigio. Lo heredó de sus padres, que son artistas reconocidos y adulados por la burguesía. En un sitio web que ha sido clausurado de emergencia, estaba reseñado un micro documental que anunciaba así a las mujeres protagonistas del audiovisual: "Dos de las personas más talentosas de Venezuela". Se refería a Raquel Abend y a su mamá, ambas artistas plásticas y parece que la hija es también poeta. Chama con pedigrí. O sea.
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Esa Venezuela, esa visión del mundo, esa parcela infecta, desaparecerá. Está en vías de extinción. No significa esto que su poder esté disminuyendo o que un día de pronto amaneceremos sin esta clase de enfermos; tampoco significa que un día de estos los vamos a acabar a metralla. Significa que los saltos históricos estructurales y de conciencia que se han dado en Venezuela están favoreciendo la proliferación de otro tipo de gente. De gente a la que no le molesta la gente. De gente que sabe que, en efecto, Caracas está vuelta mierda, pero que sabe por qué; gente que seguramente tiene un íntimo anhelo de largarse pero no para afuera, sino para los adentros, en busca del país que nos arrebataron.
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Una vieja (y mala) película sobre una invasión de arañas en un pueblo gringo fue promocionada con un lema o eslogan interesantísimo: Tú odias a las arañas. Ellas también te odian. Camaradas, por favor crean esto, procésenlo, entiéndanlo: así como uno se indigna o ríe a carcajadas, o ambas cosas a la vez, cuando ve documentales como ese de los carajitos sifrinos, de la misma manera ellos se ríen y se espantan cuando ven nuestros videos de raperos, buhoneros, mujeres pobres destruidas por el sistema. Eso mismo que usted siente al verlos a ellos lo sienten ellos al vernos a nosotros. Siempre fue así, sólo que ahora lo estamos reconociendo y discutiendo públicamente. O sea.
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De eso, justamente de eso estamos hablando cuando decimos que en esta Venezuela dislocada, gobernada y saqueada desde siempre por los ancestros de esos muchachos del coñísimo, hay una revolución que debe profundizarse. Porque está tibia o en etapa germinal. Porque, aunque tenemos a uno de los nuestros en Miraflores, todavía pulula el sifrino que jode en cargos altos y medios, en instancias de decisión, y esa es la razón por la que de vez en cuando se dan procesos y episodios que nos parecen incongruentes y decepcionantes; contradictorios y dolorosos. En la estructura del Estado no ocurrirá nunca un Gobierno del pueblo y para el pueblo. Hoy hay mucho pueblo en la burocracia estatal, pero los sifrinos están al mando. Algunos de esos funcionarios sifrinos han decidido violentarse y ponerse a trabajar para el pueblo; eso es algo pero nunca pasará de ahí. El Estado burgués siempre será conducido por burgueses o aspirantes a burgueses. Así que los esfuerzos deben centrarse en la construcción de una democracia callejera, asamblearia, y ese es un dato chavista que algunos entienden y otros no: el dato del Estado comunal, los miles de gobiernos locales sustituyendo al Estado Nacional, lentamente, paulatinamente, en un proceso de multitudes y generaciones que hará inviable la existencia de seres como los del video.

O sssseeaaaa...

sábado, 17 de marzo de 2012

Dioselis y la Historia del Pueblo Oprimido (I)

Dioselis Melo. Foto: Livia Montes
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Artículos referenciales (es decir, que hablan de lo mismo o más o menos):
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Hace un par de meses tuve el privilegio de ser jurado del Concurso de Crónica organizado por el Ministerio de la Cultura con motivo de los 20 años del 4 de febrero y los diez años de nuestro peculiar abril 2002. Entre los más de 60 trabajos enviados a concurso había análisis históricos, políticos y sociológicos, escritos por historiadores, periodistas, escritores, académicos. También había relatos personales simples, anécdotas de gente común y corriente que se sentó a escribir su historia personal, la mayoría con mucha torpeza pero también con muchas ganas y mucha ternura. En estos materiales me fijé con más atención. Destacaba en ese grupo una narración impactante, silvestre y rotunda por lo honesta. Se titula El diario civil de una realidad venezolana.
La autora envió a concurso un texto que, hace unos años y en otras circunstancias, yo hubiera desechado porque está "mal escrito". Las comillas, para que quede claro que si vamos a atacar la convención burguesa debemos comenzar por atacar lo que ésta considera "bien" o "mal" escrito, de acuerdo con lo que dicen las normas del lenguaje europeo con que nos comunicamos. Pero esta vez, antes de contemplar esa posibilidad, me tropecé con un párrafo que decía lo siguiente (transcribo letra por letra, tal cual lo envió la autora):

  • "Les pido disculpa por qué no soy letrada mi procedencia es campesina y me deje escandirla en la ciudad, ósea tengo los mil errores ortográficos y de todo tipo. Le pido por favor me corrijan"

Y acto seguido se manda la epopeya de su vida: su infancia dislocada por vendavales familiares, su adolescencia en las calles de Caracas, sus peleas a trompadas en Petare, su novio narco (el pran de mi vida), la cárcel, y tras todo este escenario el descubrimiento de que existe un país y un proceso político al cual decide entregarle recursos, tiempo y esfuerzos.
Esta prosa salvaje y su diáfana verdad me cautivaron. Fui a la deliberación con el resto del jurado (Lil Rodríguez, Livia Montes, Antonio Trujillo, Gonzalo Ramírez) consciente de que había muchos otros materiales que podían merecer el premio. Pero, para mi grata sorpresa, todos los demás también tenían este trabajo entre sus favoritos. Así que el concurso de crónica lo ganó esta mujer que no sabe escribir. Tremendo golpe para la convención y tremendo arrebato contra lo que este país ha considerado siempre "cultura".
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La autora resultó ser Dioselis Gabriela Melo, una mujer de 32 años. Ella vive en el sector Caballo Mocho, al lado de la bodega Vaca Vieja (así decía el sobre con su identificación y señas) en Petare. Es una mujer muy pobre que se graduó en la Misión Ribas de Bachiller Integral, y ahora cursa Estudios Jurídicos en la Misión Sucre. De su escrito (8 páginas de cuentos reales esculpidos en verbo incandescente) rescato estos pasajes maravillosos:

  • "Fracasó el matrimonio por maltrato físico, quedó con 8 hijos y una nieta a cuesta, una campesina en la ciudad, no tenia estudio y para colmo mi bisabuela Petra la recibió a duras penas en la casa de Baruta, donde no podíamos salir del cuarto, teníamos un tío con problemas sicológicos (...) recuerdo el rancho de la Lagunita Mariche, se estaba cayendo una noche lluviosa dormimos en un carro de la línea porque se desprendio media casa por el voladero..."
  • "Mamá le pidio que se fuera de su casa y le dio gracias por arrancarle el corazón"
  • "Vivi la vida de los huele pega, aprendi que de día son humanos y de noche animales (...) avia uno parchita los gringos de ahí me tenían asco porque el latero parchita tenia sida y yo pensaba que sida era el nombre de la pareja del latero..."
  • "Era burda de lo chula, en lo que se ponian sexuales les dejaba la peluca y mira que tenia suerte, los chicos mas románticos y bellos del mundo me tocaron a mí"
  • "Que linda mi gente de Petare, me hice un pueblo, los choros me respetaban, aprendí a fumar cigarrillos y estaba reina, comenzaba a construir un mundo para mis hijos, mi gran fama de golpeadora y rebanadora de cachete se espundió..."
  • Me arrepentí de delinquir ya que en realidad le quitaba y asía daño a personas menos privilegiadas que yo (...) Mi mayor satisfacción, aver graduado 24 vencedores de la Misión Robinson en mi comunidad, que mi hijo menor junto a un grupo de jóvenes impulsaran la conformación de un consejo comunal con mi asesoría, y ponerme este vestido histórico de revolución de amor por mi patria de dignidad de independencia..."

La obra de Dioselis es la obra de Dioselis, en su acepción más primaria, verdadera y profunda: ella, antes de contarnos esa vida, tuvo los cojones y los ovarios de vivirla. Pudiéramos ser menos generosos o entusiastas y decir: "a ella le tocó vivir esa vida", pero el caso es que la larga e intensa cadena de episodios que la ha traído a esto que ella es ahora, le pertenece. Digamos que a la hora de su muerte será lo único que que ella contabilizará como suyo, como su propiedad. Cada quien es dueño de una trayectoria, unos tropiezos, unos recuerdos, unas cicatrices y unas sensaciones, y váyase a la pinga quien venga ahora a decirme que es dueño también de la ropa, el carro y la computadora, porque todo eso se va a ir a la mierda cuando el puto cuerpo ya no dé más y vaya a pudrirse en un hueco, en el mar o donde caiga. Usted es usted y un montón de hechos o deshechos, y ya. Duélale a quien le duela, la casita que compró o invadió con tanto esfuerzo le quedará a otra gente o será demolida. Pero nadie puede demoler su vida (y allá cada quien si no está contento con su vidita triste, aburrida, plana, burguesa, estúpida, o lo más terrible de todo: normal) ni quitarle lo bailao.
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¿Por qué tanto énfasis en algo tan obvio como que la vida de uno le pertenece a uno? Por lo siguiente. La escuela (y el liceo y la universidad: la academia en pleno) nos ordenó pensar y aceptar dócilmente que hay señores de verbo y saber incuestionable, sagrado. Así, el señor Rómulo Gallegos se fue para un hato del estado Apure, estuvo por allí dos semanas. Apoyado en la figura del dueño del hato emborrachó a unos peones, los puso a contarle sus historias (que juntas son una Historia del Pueblo), las embutió en unas cuantas páginas, les puso por título "Doña Bárbara" y listo: las clases medias y altas le concedieron a ese tipo el estandarte de emblema de la venezolanidad.
Para los venezolanos resulta normal y natural el hecho de que la historia contada en ese libro le pertenece a ese maldito adeco burgués. A muy poca gente se le ha ocurrido pensar que en realidad ese sujeto se apropió de los cuentos de un grupo de peones de hacienda, los convirtió en material calificable como "literatura" por la convención burguesa, y se ha cubierto de gloria como escritor y creador y pin pan pun.
A la mierda Rómulo Gallegos: hay que ir tras la Doña, tras Marisela, Pajarote. Hay que dejar de leer lo que nos han dicho que es "literatura" y buscarnos urgentemente como país y como pueblo, en los cuentos contados por y desde sus protagonistas, no desde sus interesados intérpretes.

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En un tiempo en el que todo está o debería estar bajo cuestionamiento, esa figura del intelectual engreído que graba unos testimonios, los transcribe, los edita, los moldea, los hace material legible, les coloca un título y una autoría, perpetra un episodio de ese arte tramposo que es la expropiación de una historia (o de la Historia). Originalmente, estos testimonios fueron material dicho, hablado, y antes de eso fueron acto vivido: hecho padecido y gozado. Esa Historia es patrimonio del pueblo de Venezuela, nunca debería ser propiedad o mercancía ni producto para engorde de la industria editorial o del bolsillo de un autor.
Iba a decir que la aparición de Dioselis me indica que estamos en presencia del autor del futuro: el que narra desde su propia vivencia y no anda robándole o quitándole prestado el testimonio a los demás. Y que El Autor, esa figura de la sociedad burguesa, está en proceso de extinción. Es más realista admitir que ese Autor convencionalmente aceptado como tal (el escritor, el periodista, el historiador) vivirá seguramente un par de generaciones más, pero que desde ya está en quiebra. Y que su cuestionamiento debería profundizarse y acelerarse para que empiecen a surgir y a figurar las Dioselis, los autores/autoras del futuro.
Si alguien detecta en todo lo dicho anteriormente un atentado contra libros como Del 11 al 13, "AUTORÍA DE" José Roberto Duque, debe ser por algo.

domingo, 5 de febrero de 2012

El carnaval y las tánganas

Vienen los carnavales.
Como usted sabrá, si vive en Caracas o ha pasado aquí estas festividades, en el bulevar de Sabana Grande y otras zonas se han venido presentando unas coñazas colectivas espontáneas. Si nos hacemos los pendejos y nos quedamos en la superficie del fenómeno llegaremos fácilmente a la conclusión de que el origen de esas peleas está en la venta masiva de un producto llamado Tángana, una especie de esprai que dispara un chorro de plástico más o menos líquido, y que a los carajitos les encanta echárselo en la cara a la gente que va pasando.
Una de esas cándidas personas que creen que el origen de la violencia es el envase ese (y los papelillos y tal) es una Beatrice Sansó de Ramírez, jefa de Pdvsa-La Estancia y a quien parece que la han nombrado dueña del Bulevar de Sabana Grande.

Dice:

El viejo chiste: usted sorprende a su pareja fornicando con otro/a en el sofá, y para evitar que aquello se repita va y bota el sofá.

Las coñazas en cuestión son estas:


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Vienen a mi memoria y a mis ganas de escribir algo escrito en 2009 con el título de Currtura (clic aquí)

Retomo el hilo de lo dicho en ese entonces para desarrollarlo más abajo:
  • Seguimos creyendo que la cultura es algo que debe mostrarse en una tarima, en un anfiteatro, en un proscenio, y les negamos a ciertas manifestaciones de la cultura cimarrona, bravía y poderosa de nuestra gente, la condición misma de expresión genuina de una herencia social. En lo personal, yo llevo más de 20 años presenciando (y recordando el día infame en que debí caer en plan de víctima, pobre montuno recién llegado de Carora) la manifestación más ruda y vigorosa del carnaval caraqueño: La Piscina, esa práctica indolente en la cual los muchachos de ciertas zonas abren un hueco gigante en la tierra, lo llenan de orines, pintura, harina, huevo y en ocasiones hasta agua y otros líquidos innobles, esperan a que pase cerca de ahí alguien vestido para otra ocasión que no sea el bravo carnaval caraqueño y lo arrastran sin misericordia hacia la fulana piscina, donde su vestimenta y su dignidad quedan literalmente hechas mierda.
  • (Dije misericordia, y bien puesto está ahí: la misericordia es un sentimiento asociado a la lástima del que tiene por el que no tiene; el ser que da limosnas puede que sea un hijueputa pero es misericordioso, y misericordia es lo que exige el catolicismo a sus oficiantes).
  • El Estado jamás reconocerá ese tipo de manifestación popular como cultura. Quizá tenga que ver con que no hay forma de financiar ni de sacar provecho económico de ella. Cosa que sí es viable y factible con esperpentos ajenos a nosotros como pueblo tipo carrozas, reinas del carnaval, bailes, conciertos. Jamás verá usted una pancarta de Polar que anuncie: “Este sábado 8, gran bañada de pintura y guerra de bombas de agua contra los güevones que pasan”. No, siempre es más “culto” y susceptible de financiamiento coronar a una “reina” que lance caramelos y papelillos.
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Ideas clave:
  • El "carnaval" ese sabanagrandero de las batallas campales es una expresión popular de la cultura urbana caraqueña, pero como no es financiable ni administrable; como no es susceptible de ser burocratizado, es más fácil criminalizarlo. Es lo más genuino del carnaval de Caracas; mientras otras versiones (casi todas) consisten en disfrazarse, ocultarse y simular, este evento consiste en lo contrario, en algo más que salir con la cara descubierta: pocos momentos nos descubren tan desnudos como cuando echamos para afuera las furias y la violencia, porque estallar de arrechera es desenmascarar los adentros (esos que la moral y las convenciones nos obligan a disfrazar).
  • Caramelo: bomba de azúcar colores artificiales y sustancias tóxicas, que les gusta a los carajitos casi tanto como esa costumbre que desarrollarán después: el caerse a coñazos.
  • Reina de carnaval: muchacha a quien han convencido de que disfrazarse de reina o de princesa europea y montarse en una carroza europea a lanzar caramelos es chévere y muy venezolano.

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Eso que sucede en el bulevar de Sabana Grande cada carnaval tiene parangón en otras manifestaciones populares callejeras en otras partes del mundo. Algunas tienen carácter ritual asociado a lo místico, pero en la práctica no dejan de ser vulgares peleas a carajazos entre tipos que se creen más arrechos que los demás y tienen ganas de demostrarlo. Por ejemplo el electrizante Tinkú boliviano:



Sólo que allá lo han reconocido como tradición y las autoridades lo permiten hasta cierto punto de la sangría. Sangrar significa para los Aymara estimular a la Pachamama para que los imite y se desangre en hemorragias de agua y frutos. La ceremonia tiene además el dato del cuerpo a cuerpo, del uno contra uno (hombres o mujeres, pero uno/a contra uno/a); en Caracas la zaparapanda involucra a quien quiere y a quien se atraviese.
Eso que ocurre en el bulevar de Sabana Grande es lo que nos dejaron los europeos y angloamericanos después de llevarse todo lo que teníamos: se llevaron los minerales, se llevaron idiomas, se llevaron vidas humanas, se llevaron tradiciones, se llevaron culturas, se llevaron memoria, y lo único que nos quedó fue la rabia.
Eso que ocurre en el bulevar de Sabana Grande cada carnaval se llama rabia y violencia, y por supuesto que usted tiene el derecho y los buenos motivos para condenarlo, rechazarlo, denunciarlo. Para eso estamos los domesticados: para asustarnos cuando los cimarrones arman su maravillosa fiesta de piedras y cuchillos.
Eso que ocurre en Sabana Grande es de la misma naturaleza que aquel otro fenómeno que se lleva decenas de vidas humanas todas las semanas. Es una manifestación no apta para sifrinos, intelectuales, aburguesados de todo tipo. Es algo entronizado en la cultura bravía de nuestras sociedades a punto de estallar junto con el capitalismo del cual es víctima y producto monstruoso. Esas coñazas colectivas son una manifestación de lo más primitivo, lo primario, lo genuinamente animal que tenemos, exacerbado por una visión (también impuesta) de lo que significa hombría y lo que significa valentía: nos caemos a coñazos o participamos en enfrentamientos entre clanes porque para eso nos han entrenado a punta de películas, competencias deportivas, incitaciones a aplastar al adversario para salir victoriosos y exitosos.
No hay ganadores sin perdedores, y el capitalismo se sustenta anímicamente en el deseo de casi todos de ganar y derrotar al compañero. De allí la gigantesca tarea de imponer la solidaridad sobre el ansia de competir (que nos está costando y nos costará más de una bola).

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¿Y qué tienen de "bueno" o importante esas tánganas?
Querámoslo o no, la violenta juventud caraqueña tiene en este tipo de tradiciones no convencionales un importante desahogo. La violencia que se drena en esas tánganas sin árbitro ni administración es energía que no se invertirá en asesinatos. No hay nada más relajante para el individuo humano sometido a altísimas tensiones que echarse a correr, golpear paredes, practicar algún deporte, tener sexo con más furia que ternura o echarse tragos hasta el llanto y el ridículo. Prohíbale a alguien muy presionado y alterado que se desahogue y tendrá un asesino en potencia. Igual pasa con las sociedades: reprímalas y dígales que es mejor tocar violín que tambores, y prepárese para un sacudón.
Es feo ver a unos muchachos enardecidos carajeándose por nada, pero esa energía social que allí se libera puede usarse también para matar, y con casi toda seguridad eso no sucederá en el bulevar. Así que, ¿realmente es deseable que se acabe esa forma de violencia maravillosamente autogestionada en anarquía?

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Al igual que con la política del desarme (tema aparte, aunque relacionado) puede que usted logre quitarle la pistola a alguien y evitar que mate a otras personas. Pero la rabia, ese animal primitivo que es la violencia, está allí, y no se irá detrás de la pistola. Este carnaval, como en los anteriores, veremos mucha represión, muchos detenidos, muchos sancionados por el tema de las coñazas callejeras.
Pero la violencia está ahí. La violencia no viene en una lata de esprai.

sábado, 5 de noviembre de 2011

La barbarie cosmopolita

Cierto discurso interesado y bastante torpe pretende asociar las ideas de progreso, desarrollo y avance a las de urbe, gerente eficiente y confort capitalista. Pudiera bastar con recordar que el capitalismo, para sostenerse, necesita de millones de esclavos y otros tantos excluidos. Las grandes mayorías expoliadas garantizan a una minoría poderosa e implacable el disfrute de recursos y privilegios, y el escenario donde esa relación aberrante ha alcanzado mayores niveles de monstruosidad es en las grandes ciudades, asiento por excelencia de esclavos hacinados y pudientes cosmopolitas.
Pero el análisis no debe detenerse allí, porque tampoco termina allí el macabro discurso-acción de la hegemonía. El bombardeo propagandístico que considera superior a lo que ocurre y se produce en las grandes ciudades, también sugiere que lo que ocurre en los campos y pequeños pueblos de provincia es inferior, balurdo, feo, de mala calidad. No es casual que el adjetivo “folclórico” se haya instalado en el habla común de mucha gente, asociado a lo que el engreído habitante de la urbe considera chimbo y maluco: En muchos círculos ya ganó la idea de que si usted vive en el campo es inferior, menos inteligente, menos avispado; que habla sin propiedad, no conoce de tecnología, no tiene a la mano los servicios y posibilidades que otorga la vida urbana. “Caracas es Caracas y lo demás es monte y culebra” es un dicho que resume en buena medida ese desprecio, esa segregación impuesta, ese mirar por encima del hombro.
De carambola, o tal vez de manera planificada, ha venido a explotarse también en estos años, el rumor sociológico, seudoerudito, según el cual el chavismo ha venido perdiendo terreno (electoralmente) en las principales capitales del país, debido precisamente a ese presunto carácter superior del citadino: Dice este discurso racista y tiránico, que en Maracaibo, Valencia y Caracas, por ejemplo, nunca cuajará un modelo socialista porque ahí la gente “sabe más”, está más enterada de las cosas que suceden en el mundo; es gente estudiada y por lo tanto más analítica y preparada para empujar al país hacia modelos eficientes de gestión y bla, bla, bla. Justo el dato que hacía falta conocer para entender por qué los insultos preferidos del antichavista promedio contra el Presidente y sus seguidores refiere a la idea del salvaje, el animal, el campesino bruto.
Sobre el origen de esa animadversión ya se ha dicho que vivimos en un país urbanizado vertiginosamente a punta de barriles de petróleo. El mito del ser que va a estudiar y a vivir en la urbe en busca de superación y termina yéndole mejor que en el pueblo de donde se largó, ha sido millones de veces rebatido por los hechos, pero todavía se sigue educando a los niños a partir de una novela que dice que la civilización (Santos Luzardo) está destinada a barrer con la barbarie (Doña Bárbara).
Pocos cosmopolitas o aspirantes a serlo se han dado cuenta de que la barbarie no está en el conuco sino en la matanza de personas a balazos en las grandes ciudades, a razón de 150 por semana, y esa ignorancia o ceguera seguirá fortaleciendo el mito de la superioridad del citadino hasta que la historia nos devuelva a la tierra que abandonamos soñando con oro, lujo y plástico.

domingo, 18 de septiembre de 2011

El Discurso del Oeste: un hito más en el camino

¿Y para qué clausurar un blog? ¿Cuándo y en qué momento debe decidir uno abandonar un espacio, o cambiar el lugar para publicar lo que uno considera publicable? En el caso particular de mi relación con este blog tiene que ver con un cambio de perspectivas (geográficas y vivenciales, básicamente) y también con la verificación de que mi propia vida dio un vuelco más o menos notable en el último año. Ambas circunstancias han hecho que la referencia al “Discurso del Oeste” sea ahora de observador al margen o de caminante que hace escalas, y no de disparador desde el centro del fenómeno. Distintas edades, distintas trincheras, distintos sujetos: yo no soy o no creo ser el mismo sujeto que escribía en La Casa del Perro en 2004, ni El Discurso del Oeste desde 2005. Sería una tragedia realmente aterradora si en seiso siete años de caerme a golpes con el país y mis adentros siguiera siendo el mismo tipo o pensara igual.

Yo viví en la parroquia 23 de Enero (con alguna pausa para ensayar y fracasar en la construcción de dos o tres relaciones de pareja u “hogares” fuera de la parroquia) entre el 6 de agosto de 1981 y el 22 de diciembre de 2009 (este acontecimiento marcó mi mudanza de casa de mi hermano, con rumbo desconocido). Fueron 28 años y unos pocos meses de un proceso personal de urbanización o caraqueñización. Más de la mitad de la vida se me fue en eso. No me arrepiento porque a fin de cuentas uno es lo que vive y mire que yo me he gozado lo vivido, y eso incluye los coñazos y dolores. Pero hace unos años comenzó otro proceso: la revisión del por qué forzarme a ser animal urbano cuando el cuerpo y la conciencia lo que me pedían era el regreso a la tierra. Y en el 2010, los primeros ensayos de ejercicio de mi nomadismo fuera de Caracas.

El caso es que en mi última etapa de vida en el Veintitrés comencé a formular unas cuantas reflexiones y observaciones sobre cierto movimiento telúrico muy perceptible en la historia y en el cotidiano de esta ciudad: la división cultural y política, en la conciencia colectiva de los caraqueños, en Este y Oeste. Mucho idiota o flojo o inhabilitado para leer creyó interpretar en esa propuesta que todo el que vive en el oeste geográfico es comunista y chavista y revolucionario, y todo el que vive en el este es oligarca y escuálido. Hubo un tiempo en que intenté explicar la formulación con toda la sencillez posible, simplificarla hasta donde pude sin que se me convirtiera en un folleto para vender ropa o videojuegos, hasta que me di cuenta de que en un país cegado por la sombra de Chávez (a quien unos consideran un dios suprahumano o coloso incapaz de equivocarse, y otros un estúpido campesino aspirante a tirano) es inútil plantear nada que no sean vivas o mueras al presidente de Venezuela, bajo riesgo de parecer loco o sospechoso. No es que haya gente que entiende o no entiende el planteamiento, no: es que nadie o poca gente va a tratar de comprenderlo si el título no indica claramente que pertenezco al Psuv o a Primero Justicia. Coman mierda entonces. Yo no pertenezco a nada ni a nadie.

Pero más allá del tema de los cándidos, distraídos o imbéciles interlocutores está lo que mencionaba antes sobre mi perspectiva trastocada: aunque El Discurso del Oeste sigue y seguirá siendo una de las reflexiones e investigaciones que más pasión y esfuerzo militante me genera, ya no tiene sentido que yo hable desde un lugar denominado así. Porque aunque, ahora más que nunca, creo en el ser humano de las urbes que lucha desde la pobreza (el ser humano del Oeste cultural) ya no es ese el ámbito de mis esfuerzos y luchas personales y políticas. Decía que mi nomadismo me ha llevado a la otra Venezuela (al Monte y Culebra), a enamorarme de una montaña, unos ríos y unos seres formidables en su anonimato, y ahora quiero y debo escribir desde allí. Ya no desde el caraqueño que me empeñé en ser, sino desde el tránsito hacia otras geografías y otros puntos de vista. Ya mi discurso personal no tiene su asiento geográfico ni vital en el Veintitrés de Enero ni en Caracas; mi verbo, mi afecto y mi condición de hombre en tránsito relampaguean ahora por carreteras y campos, por poblados y despoblados.

En este transitar me tropiezo nuevamente con Caracas, cómo no, esta ciudad es parte del camino. Y no es paradójico porque mientras liquido unos compromisos en el Instituto de Desarrollo Rural tendré que continuar el rodar y el recorrer. El Discurso del Oeste pasa a ser entonces una escala más en el país al que me empuja una Tracción de Sangre que todavía tiene mucho que empujar a este cuerpo.

¿Cómo se remata esta especie de artículo? ¿Acaso con un ensayo de credo o creo? Va:

Creo en el ser humano que lucha desde la pobreza y contra la opresión
en el país que abandonamos para tratar de convertirnos en urbanos y cosmopolitas

Creo en el trabajo de construcción de la otra sociedad aunque tengamos todavía que destruir lo existente

Así que creo en los poderes destructores del pueblo

y en quienes, mientras tanto, sueñan un futuro

lunes, 18 de julio de 2011

Separarnos para querernos mejor






A propósito de: Monte y culebra, o muerte

Hoy quiero hablar de un prejuicio y de cómo he logrado derrotarlo. La navegación a sangre y pulso a través de ese prejuicio tiene aspecto de dicho popular: “Monte y culebra” es una señalización falsa, pero como nadie la ha quitado de esa avenida por donde pasamos todos los venezolanos entonces quiero darle uso o al menos dejar constancia de que estoy viéndola. Que no se me hace imperceptible como a la mayoría de la gente que conozco. ¿Desde cuándo nos creemos o aceptamos el contenido de ese espantoso (y racista) dicho? No lo sé, pero tengo un dato: la anécdota fundamental de la novelística venezolana sugiere que la civilización está destinada a barrer a la barbarie. A los defensores de este atavismo se les olvida que la barbarie no está en los conucos sino en las balaceras de los cerros. Creo que la historia nos está proporcionando las claves (y los tiros) para empezar a entender el fenómeno desde otra perspectiva, pero “Doña Bárbara” sigue siendo lectura obligatoria y ha sido endiosada como emblema de la venezolanidad. Por lo tanto será difícil que los niños de ahora y los del futuro crezcan con otro ejemplo de humanidad instalado en el subconsciente. Santos Luzardo seguirá ganando la pelea un rato más: nadie quiere ser campesino, todos quieren ser cosmopolitas.
Así que esta columna será la bitácora mínima de un provinciano que quiso volverse caraqueño y al final, o de pronto, descubrió que para tenerle afecto a Caracas (o al menos para no odiarla) no hay que hacer ese intento sino más bien reafirmarse en el carácter de observador foráneo o transeúnte. Como ciertas mujeres que nos quisieron o nos despreciaron (o primero una cosa y después la otra) Caracas duele en el cuerpo pero arrulla en el recuerdo.
Este ejercicio es un vistazo a la ciudad desde una nave que se aleja, o que va y vuelve. Atarse a una ciudad que ya te hizo arrechar demasiado equivale a prolongar un matrimonio o rejunte que fastidia o atormenta y por lo tanto ya no vale la pena; es bueno conservar las relaciones hasta que la pareja te arranca el primer bostezo o la primera lágrima. Insistir en sostener esa tortura, intentar atajar las piedras de ese derrumbe, es estúpido; ver a la tipa (y a la ciudad) ocasionalmente puede dar mejores resultados, menos dolores.



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El prejuicio se compone de dos elementos, y por cierto que no he sido el único en padecerlo. El primero tiene que ver con la automática animadversión que se produce entre el caraqueño y el provinciano, nomás presentarse un capitalino en el pueblo “de uno” o arribar un sujeto de provincia a Caracas. Y el otro es la ignorancia de los verdaderos resortes que mueven a ese conflicto forzoso. Es verdad que el ser humano tiende a dividirse en clanes y que casi todos tienen origen en la territorialidad, ese dato animal o cultural que nos lleva a considerarnos distintos (ah carajo: mejores) que los del lado de allá, los de la otra ciudad, pueblo o país; los del otro barrio, la otra escuela, la otra cuadra. El capitalismo ha estimulado ese tipo de diferencias intangibles y de él se alimenta buena parte de la industria del deporte: los equipos regionales tratan de demostrar a batazo, puño o velocidad que Carabobo es superior al Zulia, que Aragua no arruga ante el Magallanes (ese raro ejemplar, hijo traicionero de Caracas y defensor del estandarte valenciano) y que los judokas de Miranda dejarán “más en alto el nombre del país” cuando salgan a defender “los colores patrios”.
No es fábula. El dicho "Caracas es Caracas y lo demás monte y culebra" no es un simple eslogan: hay gente que cree, sostiene y defiende la tesis de la superioridad de Caracas por encima del resto de los pueblos y ciudades. ¿Regionalismo simple, con la ventaja de que en Caracas confluyen más recursos, más referencias históricas y mediáticas que en cualquier otro lugar de Venezuela? Probablemente. Y cuando alguna región aventaja a la capital en algún rubro tipo “cantidad de presidentes nacidos en”, el resultado no es admiración y reconocimiento sino fobia y desprecio, y mejor no ponernos a hablar del racismo antiandino que galopa, no sólo en Caracas sino en todo el país.
Ahora, ¿la respuesta correcta a eso debe ser pagar desprecio con desprecio? La historia humana indica que no. Y por fortuna acá nos la hemos arreglado para convertir algunos sentimientos malucos en simples chistes. Relajarse en lugar de revirar.


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¿Remedios contra el prejuicio anticaraqueño? En primer lugar, la constatación de que ser caraqueño ya no es lo que era antes. Que el mestizaje y la hipermezcla han convertido a esta ciudad embravecida en algo muy frecuente en las grandes capitales: ya no es tan fácil referirse a “el caraqueño” como alguien nacido acá, porque Caracas es asiento de gente de todas partes, y vaya si ha sido enriquecedor y maravilloso ese confluir de gente. He hecho, a título personal, una especie de encuesta entre casi todos mis amigos y conocidos. El resultado: apenas una persona me informó que es hija y nieta de caraqueños. Así que Sandra es la persona más caraqueña que conozco, pues carga dos generaciones de progenitores caraqueños atrás. Del resto de los encuestados, los nacidos aquí tienen algún ancestro cercano (padres o abuelos) que vinieron de otra parte. El “caraqueño” que habla a favor de Caracas y contra lo demás, que es monte y culebra, tiene en realidad en su cuerpo otras querencias: "El amor al terruño es indestructible, porque nuestros cuerpos están hechos, desde el nivel molecular, por elementos de la tierra donde nacemos. Eso que comieron AQUI nuestros padres se procesó molecularmente en sus cuerpos y se convirtió en esto que somos. Por eso, donde quiera que viajemos y hagamos vida, somos un pedazo ambulante del terruño". Palabra de José Rondón, viejo patriarca merideño.
¿De qué están hechos entonces los caraqueños y el afecto a Caracas, si lo que comieron y comemos no se produjo en Caracas sino en miles de lugares distintos? Caracas síntesis: Caracas es el llegadero de todos los venezolanos, de muchos extranjeros, del monte y la culebra.



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Palabra de nómada: he de revolcarme con Caracas muchas otras veces, pero no me casaré con ella. Es la única forma de seguir queriéndola.