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lunes, 19 de diciembre de 2016

Vivir, comer y morir



Los restos de un tronco en descomposición.
Arriba, a la derecha,
todavía conserva rasgos del árbol que fue;
a la izquierda,
la tierra en la que ha vuelto a convertirse.
Lo llamamos abono orgánico
El mejor sinónimo de comer es matar. Sin muerte de algo no hay transferencia de energía de un ser a otro. Es decir: sin muerte no hay manera de sostener y reproducir la vida.
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Todo eso suena muy (o más o menos) lógico, hasta que viene un ser dotado de algo que llaman razón y de otro algo que son las convenciones sociales, y entonces comienzan los dilemas éticos. Porque si matar es malo y comer es bueno (perdón: esencial para la vida), entonces todo se nos empasticha: si alguien o algo debe morir para que YO viva, y como YO no puedo ser alguien malo (pero tengo que comer, qué vaina tan incómoda), pues mejor me fabrico una serie de conceptos y límites retóricos, seudo éticos, para sentirme más o menos a salvo de mi ansia vesánica y primitiva de destrucción. A saber: como eso de morir duele mucho, entonces establezco que matar sólo es malo si liquido a un ser que dispone de sistema nervioso central. Si no duele, no hay crimen, así que listo, ya puedo seguir devorando seres vivos.
Pero para ello tengo que derivar hacia algo llamado vegetarianismo o hacia otro algo llamado veganismo. Inscribirme en esos gremios me permite comer (y devorar a otras especies, presuntamente inferiores (!) al ser humano todas ellas) y quedar en paz con mi conciencia. Una lechuga puede albergar formas de vida por miles o millones, pero epa: los alaridos de esos microorganismos jamás llegarán a ser tan aterradores como los de las reses en el matadero o en los corrales domésticos, así que todo el mundo tranquilo. A comer vegetales en paz; destruir a un animal es un crimen espantoso; destruir un vegetal donde habitan millones de seres es algo limpio, sano y además no hay que lidiar con ese sangrero ni con la mirada triste del que es despojado de la vida.
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Un interesante mito autoinfligido por algunos vegetarianos quiere hacer notar que los actuales seres humanos (seres sociales, racionales, civilizados) no somos carnívoros, y que hay una evidencia evolutiva que lo comprueba o al menos asoma como indicio: la progresiva atrofia o gradual desaparición de los colmillos. Dicen algunos antropólogos, defensores de la cultura o praxis o moda o razón vegetariana, que si la naturaleza nos está despojando de esos puñales naturales es porque ya nuestro cuerpo no necesita alimentarse de la carne animal.
Pero parece que esa observación ha sido incompleta, parcial o intencionalmente sesgada. Porque todo o casi todo indica que los colmillos no son precisamente para rasgar o triturar carne (para eso tenemos unos dientes que arrancan pedazos y unas muelas que muelen, y por eso se llaman así) sino para matar presas a la vieja usanza. Los colmillos son herramientas propicias para punzar en busca de las venas del cuello, esto es, para matar. Obsérvese a cualquier depredador en el acto de procurarse la comida; la zona del cuerpo a donde se dirige es el cuello, ese itsmo donde, entre otros conductos y ramales, transita la vena yugular. Usted perfora o se deja perforar esa superautopista de la sangre y en pocos segundos ya su cuerpo habrá dejado de funcionar, sentir y palpitar.
Con el tiempo, probablemente cuando se puso de pie y comenzó a usar las manos (y empezó el cerebro a trabajar para apartarse del asesino primitivo) el ser humano se dejó de eso (de matar a sus presas con los colmillos) pero comenzó a desarrollar métodos, herramientas e implementos para matar de otras formas. Y así, entonces, la evolución ya significa otra cosa o puede ser vista desde esta otra perspectiva: ¿para qué unos colmillos y unas mandíbulas grandes, si el acto de asesinar en masa se ha perfeccionado a tal punto que usted va al supermercado y ni se imagina de dónde vienen esos hermosos y pulcros churrascos empaquetados?
Asómese:


Nótese el detalle: no tenemos colmillos, pero los puñales que fabricamos van a parar igualmente a la yugular, al cuello.
Por lo demás, cuando sustituimos el acto de matar directamente por el de condenar a una clase social a mancharse las manos para que otras lo compren todo limpio en los expendios, estamos siendo devorados de otra forma: los asesinos llamados azúcares, colorantes, conservantes y grasas saturadas también nos agujerean el cuello en busca de nuestros órganos. Comer en este tiempo sigue siendo matar, pero ahora la presa somos nosotros mismos.
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Todo proceso humano que se industrializa y se masifica con fines comerciales se pervierte y degenera en tragedia. Esto incluye la compra-venta de objetos, de comida, el entretenerse o entretener a los demás; el sexo, los pequeños ritos culturales convertidos luego en neurosis colectiva (llámanse religiones). Matar una cabra para alimentar por unas semanas a una familia no califica como crimen; asesinar a miles de animales, no para alimentar a millones sino para enriquecer a unos propietarios, tiene que convertirse en desgracia.
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Eh; pero este no era el asunto específico que queríamos tratar (la inhumana matanza que el ser humano perpetra para que la humanidad pueda seguir existiendo) sino algo tan cotidiano y poco doloroso como la muerte de miles o millones de árboles, que con el tiempo se van convirtiendo en tierra. En una tierra tremendamente fértil y llena de nutrientes. Allá arriba al comienzo dejé una fotografía y una pequeña leyenda explicativa. 
En esa fotografía aparecen los restos de un árbol (probablemente un bucare) que hace meses o tal vez años se cayó, y nadie en la zona lo había descubierto, o tal vez se había olvidado de él. Ahora se encuentra en avanzado estado de descomposición, lo cual ha sido la mejor noticia para la venidera fase de mi huerto. Resalto una expresión en la idea anterior porque, con toda seguridad, usted la ha leído y oído en materiales informativos de la sección de sucesos. Ambos eventos contienen cadáveres (de un árbol, de personas) y al mismo tiempo, o precisamente por ello, están llenos de vida.
¿Cómo es la vaina? Así es la vaina.
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La materia en que se ha convertido, o en la que se sigue convirtiendo el árbol caído, es uno de los tesoros más valiosos con que puede encontrarse alguien que se dedique a la agricultura, o que tan solo quiera sembrar y ver crecer unas matas. Pocos abonos terrestres son más fértiles y potentes que el palo podrido, y así le llaman en nuestros campos a esta mina de formidables sustancias alimenticias.
Cuando un árbol (o una persona o animal) cumple eso que nosotros consideramos el ciclo vital (la fase de su existencia que permite llamarlo árbol, animal o persona), comienza una fase que hemos denominado muerte. Nos acostumbramos o nos acostumbraron a creer que cuando sobreviene la muerte entonces ya se acabó todo y bórralo, el cuerpo empieza a corromperse irremediablemente y a llorar todo el mundo se ha dicho. El coñoesumadre: cuando muera Beyoncé en pocas horas esa piel perderá todo el colágeno y la tipa dejará de estar buenísima.
Pero lo que ocurre en realidad con lo que llamamos muerte es que ese proceso llamado vida ha entrado en un ciclo que, observado más de cerca, resulta más bien en explosión y multiplicación de otras formas de vida. Ahora mismo, cuando gozamos de vida, tenemos dentro una buena cantidad de seres con los que convivimos en armonía; cuando bajemos la guardia y nuestros procesos actuales se detengan comenzará la sublevación, el saqueo, el caos, la fiesta, el desorden, la revolución que volverá añicos el sistema que ya dejó de funcionar, y entonces de ese Caracazo corporal surgirá un reacomodo, una realidad distinta, una renovación de las tareas y procesos vitales. Nada desaparece o se extingue sin dejar rastro; todo abandona una forma energética y se convierte en otra (se transforma).
La muerte de un cuerpo (animal, persona, árbol) viene a ser un big bang de seres microscópicos, diminutos y notablemente grandes. En el cadáver de ese árbol están trabajando lombrices, arañas, alacranes, escarabajos, culebras, y fuera del alcance de la vista humana, una inmensa variedad de microorganismos insólitos. Esa intensa actividad es el matadero no industrial de las especies: la fiesta de la muerte se pone en marcha para cumplir la misión de multiplicar la vida, para lo cual ese cuerpo va siendo descompuesto y reducido a materia orgánica. Polvo eres y en polvo te convertirás, es la frase más rigurosamente científica empleada por los religiosos en sus ceremonias mortuorias.
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Bregando con ese cadáver de árbol para trasladarlo en trozos y en sacos de materia (tierra) rica en sustancias nutritivas, me dio por cuestionar algunos términos o significados injustos. La muerte es uno de ellos. El otro es el concepto es el de corrupción o descomposición. En las sociedades llamamos corrupto al ser que se degrada y envilece moralmente y termina haciendo daño al colectivo. Trasladados al origen etimológico, resulta que algo corrupto es algo que se desintegra y convierte en muchos pedazos, lo cual sí viene a ser estrictamente correcto. Hora de volver a encontrar tensiones entre el ser natural y el ser social: así como la muerte y la corrupción nos espantan como seres sociales, no hay nada que haga multiplicarse y propagar con más potencia la vida que esos dos estados de la materia.
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El conuquito que inauguraré al culminar este año se anuncia energéticamente bien dotado y alegre. La fiesta de la vida (o de la muerte) me hará crecer plantas comestibles y medicinales de una salud y una luminosidad esplendorosas, y cuando esos nutrientes hayan menguado volveré al lugar del bosque a aprovecharme del gigante caído, o de otros que me encuentre en el camino.

martes, 16 de junio de 2015

El (natural) terror a la naturaleza

Final del "caso acetaminofén": como no pudieron crucificar a la muchacha que les reveló algo que no sabían (hay una planta a la que llaman acetminofén) entonces hay que lapidarla porque, según la inmensa sabiduría de la "clase pensante", esa mata es mala y venenosa (http://www.portalntn24tv.info/noticia/advierten-que-las-maticas-de-acetaminofen-que-propuso-sembrar-candidata-chavista-podria-causar-la-55271 ).

Claro que basta con sentarlos recordándoles que todo en exceso es o puede ser nocivo, pero aquí no aplican la lógica ni la sensatez. Recordar: todo cuanto diga un chavista será criminalizado por el antichavismo. O casi todo; parece que hay chavistas soportables para el fascista promedio. Permítanme dejar para el final, para la post-data, un comentario u observación al respecto.

Que la conclusión del raro y muy gracioso debate sobre el acetaminofén haya llegado por allí, por la demonización casi unánime de la mata, no es algo que haya cobrado forma en esta discusión en particular. Hasta la pobre muchacha que hizo estallar la polémica, Rona del Valle Gómez, retrocedió uno o dos pasos en su propuesta: luego de su hermosísimo gesto, consistente en recomendarle al país que acudiera a una planta que sus viejos y la gente de su pueblo natal (El Socorro) suele consumir para curarse (y vaya usted a saber a cuántos miles de personas ha aliviado) se vio intimidada ante los ridículos pero tormentosos testimonios en contra y terminó dudando de las virtudes de la mata, sólo porque una parranda de güevones disfrazados de doctores se burlaron de ella desde las universidades y las ciudades, donde, como ustedes saben, sí proliferan los sabios en cuestiones de plantas http://www.el-nacional.com/politica/defiende-precandidata-PSUV-sembrar-acetaminofen_0_643735833.html

Decíamos arriba que ese tipo de actitudes tiene un origen muy anterior a esta discusión en particular. Comencemos por el desenlace: la planta llamada acetaminofén, atamel, ibuprofeno, bayer o boldo paraguayo ha sido catalogada como tóxica por una sola razón y es que no ha enriquecido ni empobrecido a nadie. Cuando una farmacéutica cualquier comience a procesar masivamente esta planta y a venderla en forma de cápsula o jarabe con toda seguridad volverá a ser "buena", nadie le tendrá miedo, muchos la comprarán y hablarán de sus virtudes, porque habrá sido tocada por la mano mágica del mercado, que todo lo purifica.

Ejemplo práctico. Muchas ramas maravillosas y comestibles que pueblan las jardineras, aceras, islas y patios de Caracas y otras ciudades han sido reducidas también a la condición de bichos peligrosos sólo porque nadie se ha dedicado a venderlas (y nadie las compraría porque están en todas partes). Agarre usted cualquier trébol que encuentre a su paso (hay tres tipos que sobreabundan en Caracas; usted debe haberlos visto) y cómaselo, con todo y tallo; deguste ese sabor caribe, explosivo, sensual, acidito, y compárelo con las tristes lechugas que le obligan a comprar en el mercado, que no saben a la milésima parte de un coño de nada pero vienen empaquetadas y se ven chéveres, y reflexione acerca de qué ingrediente quedaría mejor en su ensalada, sánduche o arepa.

Ahora vaya a donde uno de esos sabios de la botánica entregada al mercado y pregúntele por qué no recomendar el consumo masivo de esa noble y hasta bonita planta que son los tréboles. Seguramente el sabio le responderá: "No, esa planta no es comestible, porque tiene ácido oxálico". Replíquele usted a ese maldito farsante de universidad por qué recontra mother fucker entonces no hace una campaña en contra del tomate, uno de los alimentos con más ácido oxálido en la naturaleza. La respuesta no se la dará él sino una simple visita a los expendios: ¿usted cree que el sistema de estafadores y estafados que somos sacaría de las estanterías este veneno, que tan caro se compra y se vende? ¿Usted sabe cuántos millones de toneladas de fertilizantes químicos e insecticidas se venden al año para mantener las siembras de tomate? ¿Usted cree que sólo porque el tomate envenene lentamente a las personas va a haber alguien dispuesto a declararle la guerra? Tas loco: que se joda la gente, las ganancias son más importantes.

Otra buena cantidad de plantas contienen sustancias que pueden crear cianuro en el cuerpo y por lo tanto son potencialmente mortales si no se manipulan correctamente. Pregunte por ahí por la yuca. Ahora pregunte cómo y por qué los pueblos kariña, que no fueron a la universidad, inventaron a partir de la yuca hace siglos algo llamado casabe. Y ahora pregunte por qué si la toxicidad de algunas plantas se elimina con tan sólo aplicarle calor existen tantas leguminosas (docenas de tapiramas y frijoles) satanizadas por el mercado, mietras que otras se han impuesto y vendido exitosamente como platos "emblemáticos de la mesa del venezolano", como las caraotas.

Recordar: lo que es gratis y usted puede tener en la jardinera de su casa es malo; lo que se compra y se vende es de pinga, civilizado, chic, guao, o sea. 

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La pobre planta llamada acetaminofén, y millones más, han sido víctimas de un fantasma que comenzó por recorrer la Europa del siglo 19 y que alcanzó dimensiones planetarias aplastantes en el siglo 20; la Revolución Industrial y la creación de megalópolis fueron los puntos de partida de un muy difundido espanto a la naturaleza, de la cual esas ciudades gigantes son la negación.

Cuando el capitalismo y las burguesías nacionales comenzaron a secuestrar masivamente la mano de obra desde el campo hacia las ciudades la propaganda de los secuestradores convenció a millones de personas de que eran los pioneros de un nuevo, avanzado, más limpio, más decente y por lo tanto superior tipo de ciudadanía: un tipo de gente que debía renegar de la condición rural y campesina. Gente que debía dejarle la tarea de sembrar a otra gente rezagada, primitiva y deleznable que se quedó allá en el monte (y culebra). Usted se va a la ciudad y se lleva el impulso y la recomendación de que en ese lugar debe esforzarse para convertirse en gente, en alguien en la vida, y para eso tiene que olvidarse de andar manoseando plantas (para eso las venden en forma de pastillas). Esto, en lo que se refierea las clases medias y pudientes; a los obreros se les confina en lugares "que ellos mismos se buscaron" por no quemarse las pestañas para ser abogados o a médicos.

En la ciudad a usted se le informa en los libros de primaria que el ser humano pertenece a algo llamado "el reino animal". Pero en la propaganda cotidiana, en el bombardeo mediático y en el discurso a flor de labios que nos pone en la cúspide de la pirámide del planeta a causa de nuestro "proceso civilizatorio" (o gracias a Dios, dicen otros) afloran el odio y la fobia al resto de los animales. La mayoría de los insultos en nuestro idioma se refieren a cualidades presuntamente no humanas: burro, cochino, rata, perro, perra, zorra, gusano, víbora, mono, gallina. A alguien extremadamente torpe o ignorante se le suele llamar animal, y al criminal violento se le dice bestia.

En la ciudad a usted se le informa que para que le huela bien la boca debe cepillarse con una cosa llamada pasta dental y que casi siempre sabe a menta; al cabo de unos años usted y su descendencia se burlarán del ignorante de mierda que venga a decirles que la menta es una matica que usted puede tener en una maceta, y no un invento de la Colgate.

En la ciudad a usted se le informa que para que su casa burguesa no huela a gallina ni a pisadas de campesino debe limpiar el piso con una sustancia desinfectante que casi siempre huele a lavanda. Búrlese, escupa, cachetee, métale una patada por el culo al asqueroso campesino iletrado, al repugnante gocho, indio o llanero vulgar y prehistórico que venga a decirle que la lavanda no es una sustancia química inventada por los creadores de Mistolín sino otra planta que usted puede sembrar en cualquier pedazo de tierra o en cualquier pote o envase.

En la ciudad a usted se le informa que su dieta estará incompleta y mal proporcionada si no incluye carne de vaca o de un engendro mutante, a reventar de hormonas, remotamente parecido al pollo (y hasta lo llaman así: pollo). Ríase, considere ridículo, desprecie: cáguese en el bobo sabanetero que venga a decirle que en lugar de depender de esas fuentes perversas de proteínas tenga en el patio o el techo de su casa un gallinero vertical o un tanque con cachamas.

No olvide que usted se fue a la ciudad a ser un señor intelectual o profesional, no un conuquero mierdero que anda por la vida con las uñas llenas de tierra. Pero eso sí: asuma gallardamente su condición de profesional o de intelectual cuando venga la industria a venderle un kilo de carne a mil bolívares o cuando desaparezca la pasta dental para su pulcra boca y la cosa esa que hace que el piso de su casa huela sabroso. La elegancia y el confort tienen un precio. Digo, porque esa ciudad que el capitalismo industrial hizo a la medida de sus gustos exigentes y refinados es bastante confortable, ¿o no?

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Post data. Decía por allá arriba que parece haber chavistas soportables para el fascista promedio, y son aquellos propensos a defender el mercado aunque digan combatirlo. Uno puede entender que haya antichavistas dispuestos a enfrentarnos en todo, a no otorgarnos la razón en nada. Es normal: para algo se es "anti" lo que sea. Así que estas líneas, escritas quizá en un tono no conciliador sino confrontacional (y esto es probablemente un error de método: dicen que al interlocutor hay que endulzarlo y adularlo antes de proponerle una sana conversa, pero yo no sé mucho de eso) están dirigidas sobre todo a los compañeros que, por chavistas, supone uno que captaron del comandante la invitación a construir un planeta distinto, una forma de sociedad que nos salve como especie.

Este artículo está dirigido entonces a los compañeros que, siendo chavistas, discrepan o se burlan abiertamente de todo cuanto sugiera o proponga acercarnos (devolvernos) a la tierra y al trabajo manual, para nosotros y no para un explotador, como una forma de enfrentar algunas llagas del capitalismo. A esos que, a falta de un rótulo más desagradable que estamparnos, no se cansan de llamarnos "conuqueros", con lo cual queda claro, no nuestra inferioridad sino su insólito desprecio clasista y seguramente racista a la gente del campo.

A ellos. Porque lo que es a los otros, hace rato que los perdimos.

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viernes, 30 de mayo de 2014

Sembrar y empreñar

El verano extremo es la ovulación de la tierra. En la víspera de la temporada lluviosa la tierra seca tiene rato diciendo: “Fecúndame”, y lo pide o lo ordena con tanta violencia que cada contacto termina en preñez. La tierra y la lluvia se aman con furia.
El habla popular en tono de jodedera ha dado con esa clave: no hay fornicación más rabiosa que esa que nos saca de un largo verano. El veraniao entrompa ardorosamente a la hembra y la impregna o inocula con copiosas leches de varón, de esas que dan vida.
Aunque el compai Gino ha descubierto que la imagen de esos encuentros tiene algo de lésbico (“La lluvia extiende el cabello sobre el pecho de la tierra”) no es de ninguna manera estéril. Millones de hijos vegetales y animales vendrán gracias a estos retozos en forma de tormenta. Las semillas germinan al contacto con el agua y nuestras hormonas se estremecen cuando los chaparrones del frío y el relámpago nos arrastran en pareja hacia la cama.

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La canción de Jorge Guerrero dice: “Por lo recio del verano / la vaca vieja Merey /murió atorada en un pozo /cerquita del terraplén. / Ya se me enflacó el caballo / tengo la esperanza en mayo / que venga a reverdecer /para que no se me sequen / los retoños del laurel”. En Altamira de Cáceres empezó a llover en abril (tal como lo predijeron las cabañuelas); en las zonas no montañosas del país parece que está tardando un poco ese evento, pero tengan por seguro que viene pronto. A menos que tengamos otro espantoso año como el 2009-2010, el de la larga sequía.

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La llegada de los aguaceros, acontecimiento que para los campesinos significa el comienzo de la fiesta de la producción, la bendición del rito planetario que ha de facilitar eso de producir siembras y cosechas (alimentos) por montones, para los habitantes de las grandes ciudades anuncia más bien algo de alarma, miedo e incomodidades.
La razón está a la vista y hay que decirla aunque a muchos citadinos les moleste: la lluvia causa estragos en las urbes porque éstas son la negación de la naturaleza, el desafío del capitalismo industrial a lo que antes era armonía con el hábitat original de todo bicho viviente. Al ser humano que vive respetando y aprovechando el curso de las aguas suele irle mejor que aquel que decidió someterlo a lo arrecho.
El hombre “civilizado” se ha apartado de la naturaleza con una violencia y una saña que tiene su origen y procedimientos en una lógica de guerra y por necesidades mercantiles de la guerra: si un maldito río se atraviesa en la ciudad que Dios y el capital me encomendaron construir aquí para hacinar esclavos y consumidores, pues que se joda el río. Cambie la palabra río por la expresión “indio de mierda” y verá que funciona, porque es la misma lógica: yo domino, tú obedeces o desapareces. Si la naturaleza (el indio de mierda) se opone, lucharemos contra ella (contra el indio de mierda) y haremos que nos obedezca. Eso que llaman proceso civilizatorio (más bien urbanizador) consiste, en el capítulo agua, en que yo me cago en el río que tengo más cerca para que mi propia mierda no me perturbe. Yo jodo al río y lo encajono en un cauce de cemento creyendo que con eso lo estoy dominando. Hasta que viene la mamá de todos los ríos, que es la lluvia, y me pasa factura. Y como no encuentro explicación ni respuestas a mi tragedia entonces culpo a Dios o al alcalde Jorge Rodríguez por no controlarme ese palo de agua, vengador del Guaire y sus quebradas tributarias.

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Por muy recios, pragmáticos o insensibles que seamos o queramos aparentar ser, esto de la lluvia nos afecta y nos conmueve de alguna forma. El campesino tiene a la mano y a la vista la explicación: llueve y es hora de sembrar, y en pocas semanas o meses veré el resultado de esta ceremonia.
En cambio el citadino, por mucho google que consulte, difícilmente dará con la explicación de la profunda melancolía, la rara ternura y la suspiradera que le produce la lluvia, a pesar de que ésta sólo le trae desgracias y calles que no lo dejan pasar porque los ríos son de basura y sustancias horribles. Pero así la sociedad industrial le haya hecho a usted eso (convertirlo en un ser desapegado de los elementos; de la piedra, la mata, la bestia y el agua que son sus hermanos) hay algo que no le ha podido borrar de los adentros, y es cierta información primitiva que viene en sus genes.
Urbano o campesino, vegano o cosmopolita, usted sigue siendo animal hecho de tierra y vendavales; por eso a los habitantes de la ciudad el coito que es la lluvia lo entristece, le remueve “cosas”, lo llama a la cama y al calor de esa otra piel a la que extraña. Cosa rara: así esa piel esté al lado usted seguirá poniéndose triste con la lluvia, y por eso el éxito de la clásica y millones de veces repetida escena del cine de todos los tiempos y latitudes: el personaje lloroso y fulminado por la melancolía mientras ve las gotas de agua resbalando por el vidrio, ese cristal coñoemadre que se interpone entre usted y el elemento que lo llama. Su cuerpo está triste porque, en lugar de estar metido en esa maldita oficina o ese maldito apartamento, usted debería estar en un lugar más silvestre, sembrando o revolcándose con alguien para darle continuidad al juego perpetuador de las especies, de la nuestra y la de otros seres vivos, compañeros de viaje planetario.
Sembrar y revolcarse con alguien en un lecho son una misma cosa. Sembrar: penetrar. Son actos que, si usted se lo propone, sirven para lo mismo: en la cama usted preña o se deja preñar; en el campo o el conuco usted mete las manos y la intención en el fornicio del agua con la semilla. La persona que siembra participa en un trío maravilloso, o al menos en una suerte de voyeurismo activo. En la cama y en el suelo jugamos a la peligrosa o sublime coreografía de la fertilidad.

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En estos días de recio temporal o sabrosita llovizna montañera he sembrado piña, plátano, yuca, frijoles, tomate, aromáticas varias; he puesto a germinar unos aguacates, lechosas, una guama, unos árboles de ben (moringa). No he tenido tiempo ni pretextos para ponerme nostálgico, ya que mi cuerpo y mi mente andan en esto.
Traducción y advertencia para mi chiquita: estoy sembrando, así que si vienes por ahí te germino, o lo intento.

sábado, 4 de enero de 2014

Cabañuelas: en Altamira lloverá en abril

Altamira de Cáceres
Hoy fui testigo de un acto mágico del saber ancestral de los pueblos de la tierra: una conversa entre campesinos (montañeses de Altamira de Cáceres) sobre las cabañuelas para este año.

El milenario arte de predecir cuán lluviosos serán los meses del año que comienza tiene muchas variantes en muchos países. Al pueblo judío se le atribuye su origen o al menos la etimología de la palabra que lo designa, pero el caso es que los campesinos de cada región del planeta han desarrollado varias formas distintas de determinar cuándo entrará la temporada de lluvia, qué meses serán secos, etcétera. Yo había oído de un juego de doce granos de sal que deben "leerse" el 31 de diciembre cerca de la medianoche. En la conversa de hoy, el señor Samuel hablaba de un método simple que se ha usado toda la vida en esa montaña, y su resultado parcial es este: abril será un mes lluvioso en el eje Altamira de Cáceres - Calderas, porque el día de hoy, 4 de enero, corresponde en las predicciones al mes 4.
La cosa va así: como los días 1, 2 y 3 de enero no llovió, enero, febrero y marzo serán meses secos en esa región. Mañana, 5 de enero, nos enteraremos de lo que ocurrirá con el clima en mayo; el 6 sabremos si caerá agua en junio, y así hasta llegar al día 12 correspondiente a diciembre y se complete el ciclo de la predicción.
A cualquier habitante de las ciudades esto puede parecerle una pendejada mitad esotérica y mitad chiflada, pero váyanlo sabiendo: a estas predicciones de los campesinos dedicados a la siembra les debemos buena parte del alimento que se consumen en las ciudades. En mi caso personal he decidido entonces estar alerta: ya sé que el café que me he propuesto sembrar en esa zona debe estar en su lugar en el mes de abril, pues es el mes de la entrada de agua. Me lo dijeron hoy las cabañuelas, y ese saber está por encima de lo que diga cualquier cabeza e machete académico, meteorólogo o como se llamen esos tipos que estafan a la gente pretendiendo que les paremos más bolas a los satélites que a los campesinos.
Leer mal las cabañuelas, o no leerlas, puede derivar en un desastre pues las cosechas pueden perderse si se siembra o se recoge a destiempo. Hay que ser campesino para tener la exacta medida del comportamiento de las precipitaciones. A quienes nos dedicamos a consumir lo que otros siembran nos da igual qué mierda va a ocurrir en mayo con las lluvias: si se pierden las cosechas de café, maíz o papas no hay problema: el Gobierno traerá esos rubros importados de otros países. Pero para la gente que vive de la tierra y que, por lo tanto, ha adaptado los ritmos vitales de su vida a los ciclos de los elementos, una equivocación puede derivar en pequeña desgracia familiar.