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jueves, 21 de enero de 2021

Carabobo: lenguaje, noticias y fake news

Este año los venezolanos con mayor o menor conciencia patriótica hemos iniciado (y continuaremos) una misión que llamaremos, tal vez pretenciosamente, reconocimiento y afianzamiento de nuestro fervor en clave “Carabobo 1821”. Hace 200 años obtuvimos una victoria en una batalla emblemática de la venezolanidad, y esa victoria rebasa y trasciende el ámbito bélico: no fueron solo la campaña y el desenlace en unas acciones dramáticas de matanza y destrucción de tropas enemigas, sino el significado político e incluso geopolítico de esa hazaña.

Al desembocar en ese momento de la batalla del 24 de junio, y antes, Bolívar y sus generales no tenían en mente solo el significado y tarea más o menos locales de independizar a Venezuela y echar a los españoles. Carabobo no era el llegadero ni un fin en sí mismo, sino una estación más en el tren de la historia: lo revela el hecho de que Bolívar haya continuado de allí con las miras en Ecuador, y luego más al sur, adonde ya se habían iniciado otras campañas de emancipación. Bolívar no restringía su visión de Carabobo al escenario local llamado Venezuela, sino a una unidad más amplia y ambiciosa, llamada Colombia. De haberse conformado con la liberación y consolidación de Venezuela se hubiese quedado a mandar aquí, y más de un dolor de cabeza se hubiera ahorrado. Así que Carabobo es un hito, pero además plataforma de lanzamiento de algo más grave y universal.

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La versión impresa del periódico Ciudad Ccs inaugura esta semana una serie de artículos y reseñas históricas bajo el rótulo genérico de Correo de Carabobo; otros productos editoriales y artísticos (micros para radio, murales, teatro, etcétera) se ocuparán del mismo tema en distintos formatos. El espíritu de todos ellos persigue o se resume en varios objetivos o metas: entender y difundir la Venezuela de 1821 bajo la mirada de las generaciones e individuos que conviven en 2021. Será una apuesta y un homenaje al dinamismo y sabrosura del lenguaje, de este asunto en que convertimos los venezolanos el castellano que trajeron los españoles a América, mezclado con voces africanas, indígenas y de remota procedencia.

Tendré el honor de intentar o coordinar ese esfuerzo, que será de un equipo y no de un sujeto aislado. Como soy comunicador y me ha tocado vivir un tiempo de explosión de lenguajes, gracias a la tecnología y al múltiple y voraz contacto de culturas y aculturaciones, he comenzado la importante y sabrosa misión de detectar en el verbo de Bolívar un aspecto que, increíblemente, nos ocultaron en la escuela y en la academia: Simón era un jodedor que parece acartonado, en buena parte, porque no comprendemos tan bien el lenguaje del siglo XIX.

La otra parte de la misión es la mejor: “traducir” o hacer más digerible al ojo y al oído del venezolano actual (siglo XXI, dos siglos después de Carabobo) aquellos mensajes e intenciones, aquel malandreo caribe con el que incomodaba y empequeñecía a Santander en sus cartas. La nueva sección del periódico, que se llamará Correo de Carabobo, estará llena de esas revelaciones y claves. Y de otras más, que nos atañen como comunicadores: revisando a Bolívar y a su entorno nos percatamos de la importancia que le otorgaban los grandes señores de la guerra a la comunicación, e incluso a las noticias falsas o fake news, en el proceso de destrucción del enemigo.

La mentira al servicio del desconcierto y la desmoralización del contrario no es un elemento que inventaran Goebbels o McLuhan: más de un siglo antes ya Bolívar era capaz de detectar los engaños del enemigo, y lo empleaba también, seguramente por conocimiento de experiencias anteriores (nada nuevo: los generales y habitantes de Troya engañados por el famoso caballo). Hay docenas de cartas donde el Libertador desmonta o descubre proyectiles de esos que ahora llamamos fake news. En una de ellas, fechada en Trujillo el 20 de noviembre de 1820, le comunica a Francisco de Paula Santander, quien despacha desde Bogotá:

“Remito a Vd. esas gacetas curiosas, interceptadas al enemigo, con una carta que dice posteriormente que los enemigos estaban a dos días de Caracas, que son los mismos lugares de Tacarigua y Río Chico; esas tropas patriotas son ciertamente inventadas, con jefes y todo, pues yo no he oído mentar nunca al jefe Zapata. Haga Vd. hacer un artículo de todas esas noticias, con referencia a todas esas gacetas y cartas”.

Las campañas de la Independencia, y entre ellas Carabobo, están llenas de ese tipo de episodios. Años antes el propio Bolívar había producido una de estas fintas de desinformación: se inventó una fulana batalla de Guayabal, nada más para desorientar o desmoralizar a algún batallón. Y justo antes de la batalla del 24 de junio, al parecer porque sospechaba que la correspondencia estaba siendo interceptada, le aseguraba a Santander que de Trujillo iba saliendo para Quito, en Ecuador, a reforzar la campaña de allá. En eso insistía hasta febrero de 1821, hasta que de pronto lo vemos en Barinas, y luego en Achaguas rumbo a la gloria de Carabobo.

Y en cuanto a la vital y gravísima importancia que le daba a la información y a las comunicaciones, aparte de los gestos y decisiones grandiosas como el traer una imprenta y comenzar a imprimir el Correo del Orinoco, están episodios como el siguiente, ocurrido por esos mismos días previos al armisticio (noviembre de 1820). El general Briceño Méndez, por órdenes de Bolívar, le envía a Ambrosio Plaza la siguiente orden:

“El oficio de US. es del 6 [de noviembre de 1820], y se ha recibido ahora [8 de noviembre de 1820], a la una de la tarde. Tan notable retardo es de un gran mal al servicio, y manda el Libertador que US. haga investigar, por qué ha sido esta dilación, a fin de castigar con la última pena al delincuente”.

Ni más ni menos: pena de muerte para el responsable de que una carta se tardara dos días en llegar, desde Santa Ana de Trujillo, hasta Trujillo capital; ese recorrido hoy se hace en carro en poco más de una hora (no sabemos en cuánto tiempo cubrían esas distancias los correos de la época). Y más tarde, en otra comunicación a Santander:

“Si por accidente se supiese o se recibiesen noticias de alguna negociación diplomática, que se ponga alas al correo, se ofrezcan premios exorbitantes para que volando me lleguen oportunamente. Deseo que nada se haga sin mi conocimiento en esta materia (…) Los correos me matan con sus dilaciones. Al fin tendré que mandar pagar los postas [los encargados del servicio de correo: los Whatssap de la época] españoles, pues que nos sirven mejor que los de Colombia. Hace más de dos meses que han llegado los fusiles a Angostura, y todavía no lo sé de oficio y los estoy esperando por momentos, de Guasdualito, si es que han sabido hacer esto siquiera (…) Mi desesperación en esta parte sólo compite con mi indignación, por esos señores. Hágame Vd. el favor de decírselos así”.

La Historia es un viaje fascinante, sobre todo cuando logramos entender que hay un duende o aliento que nos ha convertido, no en los pasajeros pasivos que miran por la ventana, sino en los protagonistas del recorrido: ya nos bajamos del carro, ya formamos parte del paisaje y somos el elemento que va transformándolo.

 

Originalmente en: http://ciudadccs.info/2021/01/21/monte-y-culebra-carabobo-lenguaje-noticias-y-fake-news/

 

viernes, 15 de enero de 2021

De diez en diez

Pese a toda controversia y contra todo intento de explicación, asumo que la década actual comenzó hace un año y piquito, en enero de 2020 (lo que más o mejor “me suena” al respecto es que el año 90 no puede o debe pertenecer a la década de los 80). Sin embargo, en este agarrar el tiempo como un bojote cómodo de manipular (“manos al tiempo: décadas”, sintetiza Juan Villoro en su joya “Tiempo Transcurrido”) me ha dado por leerlo desde mis hitos personales, y resulta que mis más claros momentos de quiebre o reinicio coinciden con los años que terminan en 1. Los hitos del país y la humanidad han sido o están siendo ya leídos por bastante gente, así que procedamos a esta otra entrega individualista.

En 2011 andaba yo acudiendo a un llamado crucial: contrato como periodista en el Instituto Nacional de Desarrollo Rural, oportunidad estelar para viajar por todo el país en busca de la Venezuela agrícola o lo que quedaba de ella. Chamba dura y a veces infructuosa, pero personalmente agradable, importante. Buena parte de la visión en perspectiva que tengo de mi país natal la adquirí o consolidé en el mucho viajar, conversar, conocer y experimentar. Fueron meses relámpago en varios sentidos: luminosos, sorpresivos, rutilantes.

En 2001, otro punto de quiebre: estaba en el proceso de romper con sucesivos ensayos o experiencias en medios de información privados (El Nacional, Así es la Noticia, Tal Cual) y me disponía a encarar la nueva realidad, a la etapa germinal de la Revolución: ya iba siendo imposible o excesivamente incómodo para un comunicador chavista trabajar para medios con líneas editoriales opuestas al proyecto en el que creía, e incómodo para ellos también soportarlo a uno en aquellos inútiles intentos de convivencia o adaptación. Al que tuviera alguna duda al respecto le estalló en la cara un evento crucial: la primera huelga o paro patronal-sindical de diciembre, que desembocó poco después en el golpe de abril.

En 1991, otra ruptura, de orden estructural y no solo personal: fue el ciclo de recuperarnos del estremecimiento y masacre de 1989, el descubrimiento de centenares o miles de cadáveres de compatriotas, de la progresiva o súbita disolución de la URSS. Fue además el escenario de mis primeras incursiones remuneradas en periódicos de circulación nacional. Ya casi podía decir que me iniciaba como periodista mientras jugaba a ser escritor.

En 1981, otro salto decisivo: mudanza desde Carora hacia Caracas. Del semiárido y las resolanas, celaje de fantasmas y lagartijas en la tunamentazón, hacia el 23 de Enero, parroquia brava cuyos códigos no alcancé a vivir plenamente, aunque me jacto de conocerlos.

En 1971, mis cinco años de edad y en ese marco la escolarización: entré a primer grado, no porque estuviera preparado para ello sino porque en el preescolar no querían estancarme rayando garabatos, porque ya yo sabía leer y escribir varias palabras.

Esos hitos los recuerdo y atesoro como lo que son: encrucijadas o desvíos importantes, seguramente inevitables, en esta carretera que continúa.

Hay una cuenta que no había sacado, así que aprovecho para mencionarla aquí: tengo 55 de edad, pero esta es la séptima década a la que le veo el rostro (me ha dado por contar: la del 60, la del 70, la del 80…).

Estamos en 2021. Más tarde vendré a contarles de la próxima encrucijada, puerta abierta o cerrada, desvío, trocha, cumbre o barranco que me tenía preparado este otro año para el reinicio.

 

Originalmente en: http://ciudadccs.info/2021/01/14/monte-y-culebra-de-diez-en-diez/

 

sábado, 9 de enero de 2021

Guarimbas y venenos

Va en primera persona porque es un ejercicio de autocrítica. No se sienta nadie aludido, a menos que quiera y sienta que le sirve de provecho.

Tengo un poco más de medio siglo de disfrutar el dulce placer del envenenamiento. Azúcares, harinas y alcoholes, sumados a dos o tres hábitos citadinos que no he logrado derrotar (y parece que ya no podré, al menos individualmente), han dejado secuelas al parecer irreversibles en este cuerpo-ciudad. Como ciudades nos comportamos por dentro, así que como un hecho social trataré de narrarlo.

Como ustedes saben (yo sé que lo saben) hay una interconexión entre todos los procesos corporales, entre sus órganos (entidades o comunidades), microorganismos (ciudadanos) y funciones que cumplen. De colapsar, lesionarse o deteriorarse uno de esos componentes, los demás se desequilibran, porque algo o alguien tiene que cumplir la función del que dejó de trabajar. Se supone que la naturaleza tiene previstos esos desperfectos, pero hay una misión macro, una utopía o entelequia: un ideal que indica que si todos hacemos la chamba bien el conjunto puede hacer lo suyo con algo de armonía.

Entonces vengo yo, adicto al azúcar y a otros venenosos placeres, y empiezo a bombardear a mi ciudad interior, a mi comunidad endógena, con sustancias que no debía consumir. Y esa es la palabra clave: sucumbir al consumismo es un fallo estratégico que se paga caro. En uno de esos desórdenes y desajustes dejo que prolifere una bacteria que me arma una célula terrorista en el tracto digestivo-intestinal.

Como el capitalismo ha creado unas enfermedades y también el presunto remedio contra esas enfermedades, me puse en sus manos para atacar a los guarimberos con un bombardeo duro de un tóxico, que liquidó o tranquilizó a los facinerosos por unas pocas semanas. La guarimba volvió y yo insistí con el arma mortal: veneno para los malvivientes. Pero ese veneno también se fue quedando en las calles, en el sistema circulatorio de mi ciudad, en sus transeúntes y trabajadores. Poco más de un año transcurrió desde el primer ataque y he aquí que una de mis instituciones de adentro, que cumple una función importantísima como la absorción de vitaminas, proteínas y otros combustibles importantes para el funcionamiento de la sociedad (como la gasolina, el gas o la electricidad) dejó de funcionar. Es decir, a la ciudad estuvieron entrando alimentos y recursos energéticos, pero la institución encargada de darles paso hacia los barrios, instituciones y organismos, dejó de trabajar. Entonces los ciudadanos (glóbulos rojos, blancos y plaquetas) empezaron a morir a una velocidad más alta que su tasa de nacimiento: morían por millones pero la médula ósea (el impulso reproductivo de los ciudadanos, la fábrica de gente) se puso en huelga.

Y pues ya, no más gente para la ciudad. Una ciudad sin personas es una ciudad muerta; los pocos glóbulos rojos que quedaban (porque casi todos murieron o emigraron), cuya misión es transportar un material tan importante como el oxígeno a todos los órganos (comunidades, expendios, ministerios, escuelas) ya no daban para transportar nada, y la ciudad-cuerpo empezó a perder energía. A deprimirse, a no entender, a no lograr movilizarse. Y entonces, para completar el cuadro dramático, reaparecieron las guarimbas y el terrorismo, ya sin defensores que los atajaran.

Tuve un primer impulso, que fue insistir con el bombardeo del mismo tóxico de siempre, pero me detuve o me detuvieron a tiempo. La ciudad fue declarada en emergencia, hubo que recibir ayuda humanitaria (par de transfusiones de sangre, medicamentos varios), hasta que empezó a recuperarse, no sin antes recibir una información clave: el veneno que la estaba liquidando, aparte del tóxico para quebrar las guarimbas intestinales, era la alimentación. Lo que he comido por más de 50 años. Se le informó a la ciudadanía que somos una ciudad celíaca, alérgica al gluten; la ciudad siempre había hecho chistes con eso, pues esas palabritas suenan a vainas de viejas ricas o sifrinas a quienes no les gusta comer cualquier cosa.

Pero no, el diagnóstico es certero: el veneno acumulado ya hizo su trabajo conspirativo, así que ya no se le puede permitir la entrada: ni trigo, ni cebada, nada que contenga cereales de climas, culturas y países con duros inviernos: adiós al pan, a las pastas, a la cerveza. Ya tengo un mes sin dejar de ingresar esos elementos perturbadores al organismo y aquí vamos, recuperando energía, kilos y funcionamiento.

Anotación final: al que hay que castigar urgentemente es al órgano rector de todo esto, al alcalde mayor o legislador: el cerebro tiene años diciendo, analizando y escribiendo vainas como que el ser humano de estas tierras, hecho de maíz, yuca, frijoles, y auyamas, no tiene por qué andar importando y consumiendo trigo o cebada en grandes cantidades. Esas cosas no son de aquí, son cuerpos extraños en nuestro cuerpo social y en nuestro cuerpo humano. Además, esos elementos ya están envenenando también al ser humano europeo, porque todo alimento procesado y envasado trae porquerías antinaturales.

El cerebro sabe todo eso, pero el cuerpo es bochinchero. Y cuando el cerebro no hace el esfuerzo suficiente para poner orden, vienen las guarimbas y terroristas a imponer la muerte y la destrucción.

 

Originalmente en: http://ciudadccs.info/2021/01/07/monte-y-culebra-guarimbas-y-venenos/