martes, 29 de diciembre de 2009

Oficio puro - El mototaxista

Este relato es mi regalo de fin de año (y de navidad, para los que creen en esa mierda) para la parranda de coñoemadres que me han deseado mal toda la vida, y a quienes ahora, por fin, alguien en el infierno les ha escuchado sus plegarias.
Salud.


Por cuestiones que tienen que ver con el desempleo y la mamazón (en primer lugar) y con esa atávica inclinación a coger calle y carretera así no tenga excusa para ello, los primeros días de diciembre los invertí, en buena parte, en ganarme unos centavos taxiando. Haciendo carreritas. En una de esas divisé a una amiga en una esquina y me sacó la mano, y la llevé, gustoso. La chama no paraba de preguntarme si no estaba jodiendo, si fue que al verla puse el aviso de taxi para echarle vaina un rato. De verdad-verdad, estaba sorprendida de que "un carajo como yo" (pobre güevón al fin) tuviera que acudir a trámite tan bastardo para ganarse el pan. "¿Tú? ¿Taxista?". Ah buena verga pues.
Lo tomé como un halago (según su punto de vista lo era, lo creo firmemente), y le conté algo en lo que ni siquiera había pensado: no tiene nada de raro o sorprendente que yo sea taxista, porque de hecho ya yo ejercía el oficio desde mucho antes de ejercer el de periodista o me metiera a escritor. Le pregunté a la amiga su año de nacimiento y me respondió 1985. "Pues ve la vaina: antes que tú nacieras ya yo andaba dando pingazos en un mustang 2 puertas y la carrera más barata costaba 10 bolos de los antiguos".
Si a ver vamos, por peso, jerarquía y marcas vitales de la antigüedad, cuando me pregunten por mi oficio o profesión yo debería responder: taxista. Lo que pasa es que esa otra inclinación burguesa a llamarse escritor o periodista, hermano...
La chama se bajó con una cara de conmoción bellísima, y me dijo: "Mira, pero entonces cobra lo que es, una cosa es la amistad etc etc.". La carrerita costaba más o menos 30 bolos. Le dije que eran 60. Se le borró la cara de compasión y puso una de asombro más arrecha todavía que la anterior. La disfruté unos segundos y después la convencí de que aceptara la cola, de pana: cortesía de Perromóvil, su línea de confianza.
***
Ahora, taxistas vergatarios, suicidas, homicidas y jodedores, los mototaxistas. El martes 22 (hace una semana) andaba sin carro y cogí uno en Sabana Grande rumbo al centro. El bicho dobló a 60 por detrás de El Recreo. Juro por mi madre que me puse a pensar en el puente de hierro que forma una joroba por encima de la calle de los hoteles, y en el rolitranco e vergajazo que nos podíamos dar si le caíamos a esa velocidad. Pero la infaltable vocesita interior me dijo: "Nah, tranquilo, este loco sabe lo que está haciendo".
Menos mal que no llegamos al maldito puente, porque por desgracia la vocesita no conocía al bicho y éste no sabía lo que estaba haciendo. Justo una cuadra antes se atravesó un carro y no había forma de esquivarlo. Bueno, el tipo encontró una: pisó el freno mientras la moto seguía directo al obstáculo, se inclinó hacia la izquierda y se lanzó al pavimento. La moto rodó bello como diez o quince metros más, encima de mi pierna izquierda. Más de uno de ustedes debe haber disfrutado esa sensación: cuando la pierna se dobla sobre su eje, se retuerce como cuando uno exprime una toalla para medio secarla, y no hay dolor. Se siente como de goma. Hasta que caes, verificas que está vivo pero no te puedes parar, y empieza la interesantísima batalla interna en la cual te debates entre pedirle ayuda a todo el mundo y tratar de no dar lástima.
Solidaridad no faltó (velocidad sí, porque estuve ahí acostado una hora esperando una ambulancia): me prestaron un teléfono para llamar a dos o tres panas de los que resuelven, me arrastraron hacia el borde de la calle para que mi repugnante cuerpo no rejodiera más el tráfico capitalino, y el mototaxista estaba de lo más amable (e ileso: no se rasguñó ni la ropa ese mamagüevo) y pendiente de mi estado físico. Qué solidario ese tipo, camarada, qué atento, qué amabilidad, qué cuidado en no rozarme mi pie, que a estas alturas estaba mirando así como pa atrás.
Cuando ya estaba preguntándome cómo era que ese carajo se veía más preocupado y atento que mis panas, se acercó un fiscal de tránsito y me resolvió el enigma: me preguntó si iba a levantar cargos contra el motorizado, porque como había un lesionado y tal el caso tenía que ir a Fiscalía. Le miré la cara al tipo, miré la aglomeración de motorizados alrededor, le escuché el argumento apagado al mío: "Me van a quitar la moto". Y también recordé que hace unos años hice el papel (la voz) de un fiscal de tránsito en la versión Hip Hop de El Motorizado, con María Rivas y los Vagos y Maleantes (el Nigga y el Budú):



Ser fiscal es ser pajúo. Decidí dejarlo de ese tamaño. Inventé una mentira: "No compa, a mí me jodió fue un carro que se dio a la fuga". El fiscal le dijo al motorizado "Te salvaste, rata".
El momento en que un bombero me torció el pie a lo arrecho para ponerlo en su sitio (en el tobillo fracturado y salido de su sitio) me duele todavía, y además si lo cuento ustedes van a pensar que estoy tratando de dármelas de héroe y vaina (y además la pinga, tendré que contar que no recuerdo haber gritado de esa manera desde que era muy muy chamo, y eso no es bueno pal prestigio) así que lo dejamos hasta ahí y saltamos al final: me operaron para meterme una ración de tornillos y la respectiva placa de titanio, y un alambre en un dedo para corregir otra fractura. Todo esto en el lado izquierdo. Así que ando derechista por la vida, e inmovilizado un rato.
Fuera de la calle, pero activo aquí adentro. Lo cual no está mal: las carreritas, viajes y mudanzas al interior.

lunes, 14 de diciembre de 2009

Radio Carora, la nostalgia y la niñez que se fue

Hace como cinco años años el pana y paisano caroreño Edgar Vargas perpetró un atentado contra mi cajón de nostalgia. Me regaló un CD llamado "50 años en una hora", una recopilación de los momentos, jingles, promociones y música que le dieron personalidad a Radio Carora. Yo, la verdad, guardé el CD porque no terminaba de interesarme, no le veía la gracia al cuento. Además, uno tocado de la respectiva coraza política me dejaba llevar por un dato amargo: esa radio era (y sigue siendo) la voz de la godarria, de los ricos de Carora, de una renombrada casta de racistas, del enemigo. Y a esa gente no hay que hacerle concesiones. Hasta que un domingo me puse a escuchar el maldito CD, y me jodí. Tan sencillo como eso. Me volvió mierda.
Ah, pero yo no podía quedarme solo con esa vaina atrevesada en la garganta, así que cogí un editor de sonido, hice una selección de poco más de cinco minutos de la grabación, y se la mandé a un grupo de panas caroreños, casi todos residentes en otras ciudades y países. Subo aquí ahora el archivo de sonido, y más abajo el texto que les mandé a los panas.
Si usted no nació o vivió en Carora en los años 70 seguramente la grabación no le dirá nada. Tal vez sí la reflexión, porque la nostalgia fabricada a punta de radio es un síndrome universal. Todos llevamos nuestra Radio Carora encima, adentro, incrustada como un software en la memoria o disco no tan duro:

Alexis, Rafael Pompilio, Edgar, Luis; demás compas caroreños y/o larenses: allí les anexo un archivo de sonido. Una grabación de cinco minutos y pico que les pido (por favor, de pana) que escuchen. Después les paso los créditos debidos. Les explico de qué se trata.

El hermano Edgar Vargas me regaló el año pasado un CD del cual sólo quiero decir por ahora que me dio en la madre. O sea, me escoñetó anímicamente. Es decir: cuando me instalé a escucharlo me puse a pensar, con las bolas en la garganta, en las coñoemadrísimas trampas que nos tiende la memoria, o mejor dicho: la aparición súbita de los recuerdos después de un tiempo de haber olvidado. La infancia es una vaina que uno almacena en ciertas gavetas; cuando éstas se abren inevitablemente nos pasa la consabida película frente a los ojos y retumba la frase: "Maldita sea, ¿cuándo se me fue la niñez?". O bien: "Qué jodido estaba todo en aquellos tiempos", tras lo cual uno termina recordando a la miseria con ternura y agradecimiento, porque esto que es uno hoy se lo debe a las coñazones de aquellos días.

A lo mejor muchos de ustedes escuchaban Radio Juventud, Radio Universo o Cristal; quizá Rafael Pompilio no escuchaba radio porque hacía su propia música. Si es así estoy frito y solo con esta mierda, pero igual corro el riesgo, que no se diga que no intenté compartirla.

El punto es que ayer agarré el CD que me dio el pana Edgar, me puse a hacerle cortes y ediciones con un editor de sonido e hice una selección de los momentos que me parecieron más "fuertes" del disco. "Fuertes" porque, en mi caso, me agarran y me trasladan sin escalas a la Carora de los años 70. Allá se quedó la niñez de este animal caraqueñizado; allá debo ir a rescatarla.

Yo no sé si estos ejercicios son buenos o malos. Algo me dice que buenos no son, visto el "efecto RCTV": esa cuerda de bichos que nos moldearon, jurungaron y mediatizaron los afectos y después quisieron cobrárnoslo. Un pana me decía hace poco que la nostalgia es una debilidad pequeñoburguesa y "una traición al proceso", porque le hace concesiones al país que debemos dejar atrás. Si el compa tiene razón, pues aquí perpetro esa traición con gusto. El futuro soporta correcciones y disculpas; la niñez, jamás.

Vaya compas, échenle un oído a eso. Y si quieren lo comentan; así sea para decirme que el ejercicio no les dice nada.

pd: Pompilio: en el último minuto de la grabación aparece un J.T. Santeliz que es, con casi toda seguridad, familiar tuyo. Es el que recita: "¡Salve, Carora invicta!" ¿Nos confirmas eso?

jueves, 3 de diciembre de 2009

Tamunangue en La Primavera (estado Lara)

Matilde Mendoza le paga un tamunangue cada año a San Antonio de Padua. La ceremonia tiene lugar casi siempre en casa de su mamá, Teresa, allá en el caserío La Primavera, en las montañas del estado Lara. El grupo encargado de interpretar los "sones de negros" es Los Camacaro, gente de allá mismo de Guarico (no "Guárico" sino Guarico; observación para descuidados).
Teresa cumplió 81 años unos días antes del tamunangue de este año, y ahí la verán bailando como ya quisiera hacerlo una chama de 25. Ocurrió el 19 de octubre. Entre cerveza y cerveza les hice estos videítos:











lunes, 23 de noviembre de 2009

Al barro vamos (3): empañetar e impermeabilizar

Pasos previos:

Al barro vamos (1)
Al barro vamos (2)

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El empañetao: suena hasta sabroso. Después viene la impermeabilización: agua y cola plástica en este caso, para que la lluvia no haga desastres con los adobes de barro. Empañetar es alisar la superficie de los adobes, tapar huecos, emparejar, todo esto con un barro más líquido que el usado para hacer los adobes.
En la construcción de este simple anexo en San Diego participamos haciendo adobes, pisando barro y metiendo mano en otras etapas del proceso Matilde, Ramón, Armando Casi Cura, Ángel David, Josefina Payró, Moriva Armas, Manuel Armas, Héizel P., Gustavo B., Carlos, Luis Cedeño, Vilma y un gentío más. No los recuerdo a todos.
Las paredes exteriores quedarán como las de adentro cuando se termine el proceso. Un acabado arrecho que puede rematarse con pintura. La señora Teresa decidió dejar las paredes así tal cual, la tierra con su color natural.




martes, 17 de noviembre de 2009

José Rondón: La casa del hombre

Clic en cada foto para verlas más grandes.

Si por “joven” definimos a un ser humano en la plenitud de su vigor físico y mental; a alguien que está pensando en el futuro y trabajando para que éste le sea más soportable a la humanidad; a alguien que está en el momento más formidable de su aporte de ideas y acciones de avanzada (revolucionarias); si un joven es alguien cuya potencia te hace pensar: “Con diez carajos como éste le cambiamos el rumbo al país”, entonces el hombre más joven que conozco tiene 93 años. Se llama José Rondón y vive en un recodo de los páramos merideños.

Tiene una casa que se parece a él (El Arca de José): aunque parece que ya está terminada, en realidad se encuentra en permanente construcción. Se trata de una vaina amorfa y gigantesca. Si uno la evalúa con los parámetros de armonía y belleza que nos impusieron desde niños, tendremos que decir que es fea. No hay nada allí que recuerde al ideal de casa de campo o de residencia por el que los privilegiados pagan millones. Pero hay ciertos datos mágicos que hacen de esa casa un asunto superior: uno, que está hecha por un hombre que la está haciendo con amor y entrega, no por esclavos que trabajan por comida o plata; dos, que gracias a la alquimia de la construcción alternativa usted nunca morirá allí de frío a pesar de estar en medio de un valle donde el viento helado sopla en serio; y tres, que al llegar al lugar José le advierte sobre algunas reglas del lugar. “La condición para estar aquí es que usted se apodere del lugar. Esto es de mis amigos y mis amigos hacen aquí lo que quieran. Cuando viene gente me gusta que la visita sea una siembra de recuerdos. Si hay algo que me moleste yo no se lo voy a mandar a decir: yo se lo digo”.
El Arca de José fue hasta hace poco una posada, pero José decidió o descubrió que ya no estaba en condiciones de sostenerla como tal. “Una posada requiere de mucha energía y atención. A mí me gusta hacer las cosas bien, que la gente se sienta atendida y satisfecha. Ya no es un trabajo para mí, así que antes de desmejorar el servicio prefiero no prestarlo más”. Cuenta que él en realidad es campesino, agricultor, “Pero en esta etapa de mi vida soy constructor”. Los títulos que lo acreditan como tal son el Arca y otras casas más que ha construido o ayudado a construir en varios lugares. Los reconocimientos del país formal incluyen foros al lado de Fruto Vivas, “él explicando su visión de la arquitectura y yo diciéndole a la gente cómo hacer una casa con lo que sea”.
Uno se tropieza con ella si se dedica a asomarse por las veredas de San Javier, rumbo al páramo de La Culata. Una edificación hecha de materiales desechables, o más bien desechados por gente que bota los objetos cuando los cree inútiles. El Arca es un templo donde ofician la madera, las botellas, el hierro, el barro, troncos de varios tipos de árboles, y sobre todo el ingenio y las ganas de construir de su creador. Como cualquier otra gesta, la de construir una casa tiene secretos. José no tiene problema alguno en revelar algunos de los suyos:
Más adelante muestra un ropero o armario que (vaya, revelación del idioma) puede desarmarse, trasladarse fácilmente. Y una pared que separa un salón grande de su habitación: “Una vez hubo un encuentro aquí, había como cien personas. En hora y media quitamos esta pared, apartamos unos muebles y ya teníamos espacio para esa reunión grande”.
José no mide más de 1 metro 60 pero su voz y su personalidad hacen que se vea inmenso, como la casa. Le hablé de Ramón Mendoza (El Cayapo) y resulta que lo conoce. “Le debo una visita. Cualquier día de estos cojo un autobús para hablar con él. Tenemos cosas que hacer juntos”. Era lo que estaba esperando: me ofrecí para llevarlo hasta San Diego para propiciar ese encuentro entre los dos maestros que conozco en las artes de construir para la vida. Nos dijo: “Maravilloso. Vayan buscando entonces la ropa más sucia que tengan, porque voy a enseñarlos a hacer cosas con barro y con arcilla. Cuando yo visito a los amigos no me gusta ir a perder el tiempo. Si voy para allá será para enseñarlos a hacer cosas, para dejar hecho algo”.


Una pregunta provocadora para ponerlo bravo (ya nos habían contado que cuando su reciedumbre se convertía en mal humor podía ser temible, y queríamos verlo en esas): “¿Y usted hasta cuándo piensa trabajar? ¿Cuándo va a terminar de construir la casa?”. Tal vez estimulado por la atención con que lo escuchaban mis panas y compañeras de viaje (uno junta sus edades y no suman 50 entre las dos) no reviró sino que habló de él y de la casa como de un mismo proceso vital: “Esta casa es un proyecto que no se termina. Siempre hay algo que acomodar o que hacer aquí. A mi edad hay que estar trabajando siempre, hay que mantenerse activo para no perder facultades. No voy a retirarme, esta casa está en construcción permanente, ese es el proyecto”.
Los suspiros de admiración de las muchachas hacen derivar la conversa por un derrotero afín. “Una vez vinieron unas monjas y yo me fijé en una. Le dije: ‘Usted no sabe lo feliz que me haría si la viera sin ese hábito’. Y bueno, por lo menos me regaló una sonrisa”. Se ríe breve y silenciosamente para celebrar su propio triunfo, y remata con una reflexión. “Hay gente que dice que uno es hombre mientras se le para el pipí. Yo he demostrado que eso no es verdad. Hay gente que formula esas teorías locas, nadie sabe basadas en qué”.








domingo, 15 de noviembre de 2009

Al barro vamos (2)

Decía hace unos días que buena parte del vacilón de hacer casas de barro es que escapa a lo que entendemos por trabajo. El trabajo aquí no es un martirio físico y sicológico a cambio de comida o dinero, sino una oportunidad para juntarse con gente buena o con ganas de jugar a serlo. Una ocasión para la jodienda, el sancocho, el trago y la construcción con las manos y el cerebro: lo que debería ser el trabajo en la sociedad que soñamos.
Todo esto sucedió el 24 de octubre allá en predios de Los Cayapos en San Diego (Carabobo):
















martes, 20 de octubre de 2009

Quiénes leen mis blogs

Cada vez que abro un blog le coloco su contador. Sea manía o curiosidad, siempre es bueno averiguar de dónde viene la gente que visita, a través de qué buscador y buscando qué cosa. En el contador que utilizo (Webstats motigo, se llama) hay una sección particularmente reveladora llamada A través de qué enlace, es decir, el sitio desde donde la gente vino a caer en este blog o en los otros.
Hoy estuve revisando el contador del blog No escuches su canción de trueno, contentivo de mi novela del mismo nombre. Y verga. La sensación fue una mezcla de risa con desazón. A ver. Uno espera que la gente que lee el blog esté interesada en lo que dice el blog. Pero resulta que entre la gente que aterrizó en ese en particular hay quienes lo hicieron buscando estas palabras o frases:

  • Caricaturas animadas convulsionando
  • Culos de mujeres venezolanas metiéndose una botella
  • Sirenas aparecidas en playas de Higuerote
  • Letra de la canción el tartamudo de Ernesto Caballero
  • Canción del aborto: dónde estabas mamá cuando me partieron en pedazos
  • Dedicatoria para amigas distanciadas pidiendo disculpas
  • Letra de la canción Escapó de nuestras manos no pudimos detenernos
  • Campeones serie del Caribe narrada por carlos Tovar Bracho
El contador es este: http://webstats.motigo.com/s?tab=1&link=4&id=3514778
Ya tengo otra excusa para una sección fija de este blog.
Mientras tanto, va la aclaratoria: en mi novela no encontrarán alusiones a esos temas. Lo siento mucho. Hubiera querido, pero.

martes, 13 de octubre de 2009

El Gabán Tacateño

Joropo mirandino, golpe tuyero, joropo tuyero central: es lo mismo y da lo mismo cuando se tiene la oportunidad de ver cómo se vuelca el pueblo de Miranda a bailar con Enemesio Sánchez, El Gabán Tacateño. Lo grabé el el Museo de Bellas Artes de Caracas el 27 de octubre de 2007:






lunes, 5 de octubre de 2009

Al barro vamos

Esto lo he aprendido en la voz y en la acción de los Cayapos. A ellos les gusta sentir y decir que uno les roba las ideas para después echársela por ahí de sabihondo y tal. Pero igual nos han transmitido y nos siguen transmitiendo a unos cuantos el saber y el ignorar de la otra sociedad, esa que no conocemos pero que (precisamente) debemos soñar antes de construirla.



Uno de esos saberes-ignorares tiene que ver con la vivienda y el hábitat, y parte de aquí: si las casas de la sociedad actual le han servido a ésta, ¿cómo y con qué materiales construir la casa del futuro?
Ando montado o intentando montarme en una cruzada que parece muy pendeja y seguramente lo es: quiero hacer casas de barro. Aprender el simple arte de levantar la concha donde ha de transcurrir mi vejez, si es que completo la proeza de llegar allá. El ensayo quiere ser un poco menos individualista: entusiasmar a un poco de muchachos para que le echen bolas por ahí y dejen de estar soñando con el apartamento o la casa en la gran ciudad. Estas ciudades hay que desalojarlas urgentemente. Ya hay media docena animada y dándole con furia.
El experimento llamado "otra sociedad" está fuera de estos dinosaurios de concreto que ya se tragó el capitalismo. Aquí perdimos la batalla.
Pero ¿por qué de barro?
***
El cemento enferma. El barro es lo que somos. El cemento es contranatura, es un monstruo que ha destruido seres humanos y ha enriquecido a monstruos; el barro es esa materia de la que estamos hechos. Nada nos recuerda más qué somos que el moldear cosas con barro, jugar con barro, em-ba-rrar-se: lo que nos han impuesto como sinónimo de sucio termina purificándonos. Trabajar (jugar) con barro nos hermana con la tierra.
Las casas producidas en cantidades industriales y con criterio mercantilista y de industrialización las hacen obreros vejados, humillados, explotados, arrechos, frustrados, golpeados, esclavizados por el capitalismo. Un obrero-albañil está obligado a construir o ayudar a construir, por comida y un sueldo miserable, una casa que no será de él. Junto con su sudor, en ese cemento de la ignominia se quedan mezcladas sus rabias y quejas de seres humanos atormentados, así que nadie podrá vivir feliz nunca en esas casas y apartamentos. Esas paredes rezumarán por siempre tristezas y lamentaciones.
Por eso (continúa hablando El Cayapo) tu casa debes construirla tú mismo. Lo que se mezclará con el barro de la construcción será tu sudor y con él irá tu ternura, la ternura y las risas de tu familia y tus amigos. También se colarán allí tuas rabias y fantasmas, pero esos bichos son tuyos y ya no te harán daño.
Es un trabajito pesao, jodedor. Pisas barro quince minutos, haces adobes otros diez minutos y ya te quieres regresar a Caracas. A menos que te lo tomes como lo que debería ser todo trabajo: como una joda, como una oportunidad para echar vaina e intercambiarse burlas con el güevón y la güevona que están ahí haciendo lo mismo que tú. El trabajo te divierte o te esclaviza: si lo haces por comida o porque el patrón te está vigilando y tomándote el tiempo es una tortura coñoemadre. Trabajar viene de Tripaliare y tripaliare de tripalium: instrumento de tortura, y eso es una carga demasiado vergonzosa para la humanidad como para dejarla pasar debajo de la mesa. La cultura dominante de mierda te adoctrinó para que creas que el trabajo (tripalium, para enriquecer a otros) dignifica, cuando en realidad te humilla y te reduce a bicho sin dignidad.
Pero si trabajas para ti y tu gente es una gozadera, una fiesta y una dinámica infantil (jugar con barro es una nota):





En la segunda mitad de mi vida le dedicaré tiempo a este proyecto: llevarme a varios sitios a un equipo móvil para aprender conmigo, mientras aprendo con ellos, a hacer casas de adobe. Estamos comenzando en una construcción pequeña en San Diego (Carabobo), un simple anexo de la casa de Ramón Mendoza. El próximo espacio a colonizar será en la Fila Maestra, donde Miranda conecta en una vuelta insólita con Vargas. Hay otro terreno para lo mismo en El Guapo, otro en Yaracuy. Lugares varios para hacer músculo y aprender. Quitarse el capitalismo de encima (del cuerpo: quitárselo de la cabeza es más engorroso) lleva trabajo, esfuerzo.
Es un ejercicio bravo.

viernes, 2 de octubre de 2009

Rastafaris

Para Any, por esos 19 recién cumplidos.


Siempre me ha resultado difícil el contacto y la relación con religiosos. Con todo, la invitación a ir a una comuna rastafari tenía su encanto. Prejuicioso uno, apenas me dijeron "rasta" me empezó a oler a marihuana, y me entusiasmé. por cierto, hubo un debate muy franco con la gente de la comuna acerca de la necesidad real de presentar en televisión la forma de vida y la cotidianidad de los rastafari. Se quejaban, con razón, de la banalización a que los citadinos sometemos a los rastas.
Uno tiende a pensar que estos compas no son más que hippies y fumones que se pasan la vida hablando de paz y amor. En el diccionario de los prejuicios, "rasta" o rastafari se define así: bicho pelúo y en permanente nota de mafafa. Sólo al profundizar en su propuesta y su visión del mundo se encuentra uno con que van en el camino correcto (sólo que quizá con un método innecesariamente hermético y engorroso): ellos detestan y han decidido combatir las dinámicas de las grandes ciudades, la tragedia que significa la deshumanización del ser metido en un campo de concentración que te enferma.


Hubo otras razones que me animaban. Tenía que ver con que uno es metío por vocación y siempre lo atraen las vainas no convencionales, como por ejemplo que una muchacha vaya a parir naturalmente en un temascal: dícese construcción en forma de iglú hecha de bambú, cubierta con una lona, donde se meten los interesados para un ritual de purificación con unas piedras calientes a la manera de un baño sauna y tal.



Ana María iba a parir allí, de pie, y nuestra visita tenía por objeto ver si obteníamos la primicia en video. Uno es un cochino buscador de primicias. De entrada me lo dijeron: "No caballero, los aparatos electrónicos interfieren con la energía que debe predominar en el momento de ceremonia tan íntima y trascendental". Iba a venir al mundo un chamo. No es para hacer un show. Any entrevistó a Ana María para que le explicara el proceso, el concepto y la esperanza: nacer lejos de la ciudad y las clínicas mediante un proceso natural donde el amor, la gravedad y los fluidos lo hacen casi todo.



En esos días yo era director de Información de Ávila TV, y me fui para allá con un equipo, dos reporteros (Any, Manuel) y dos camarógrafos (Wilher, Daniel). Hubo que llevar a cabo una pequeña travesía. Llegamos de noche al lugar hasta donde se puede entrar en un carro pequeño como el mío y hubo que caminar a oscuras (nadie llevó una linterna) por una carretera de tierra que según los datos nos llevaría al sitio en 15 minutos, metiéndose en la montaña por San Jorge (cerca de Chuspa, estado Vargas). Como a la hora de dar pingazos empezamos a sospechar que la vaina no era por ahí. Pero perderse es parte del vacilón cuando uno camina por el monte, y al fin llegamos, de noche. Pocas cosas reconfortan más que bañarse de noche en un río. El extravío y la caminata valieron la pena.
Breve paréntesis, para un cuento que no tiene que ver con el tema, pero que sucedió. En esos días yo andaba huyéndole al persistente recuerdo de una niña de esas que más vale no haber abrazado nunca, porque uno no es de piedra y su pareja existe y tal. Llamémosla Mariana. Aquella ocasión me servía, entonces, como escape temporal de la presencia, la mención, la cercanía y el aroma fuerte de la gran Mariana. El chiste es que esa vez salimos de Caracas, nos internamos en el monte, caminamos como pocas veces en los últimos años, llegamos a una comuna dentro de una montaña convenientemente intrincada y sin señal para los celulares: eso se llama alejarse. Entramos por un portón olvidado del puto planeta, nos presentamos como la gente de Ávila TV que iba a hacer un reportaje, y de pronto en la oscuridad, semialumbrado por una candela tímida, sonó la voz gruesa de un rasta que dijo (juro por mi madre que lo dijo): "¡Ah!, Ávila TV. ¿Qué tal Mariana? ¿Trabaja ahí todavía?".
Dormimos y en la mañana empezó el choque, llamémoslo cultural. La gente de la comuna empezó a notificarnos de las cosas que estaban prohibidas. Hasta ahí todo normal, todo en orden; cada quien pone las reglas en el lugar donde vive, practica su culto o hace militancia. Luego vino el detallazo de que se le exigió a Any ponerse una falda larga para cubrirse las piernas, y un trapo en la cabeza para cubrirse el cabello (el trapo tiene otro nombre más exótico o elegante; estamos hablando de una cofradía que llama "princesas" a las mujeres). Nada tan grave como para producirme molestia alguna, realmente, pero de todas formas hubo choque cultural. Somos distintos y yo tuve que aceptar la distinción que ellos imponen, no al revés. Justo como cuando uno va a la casa de alguien y ese alguien tiene normas.

Una de ellas es perdonarle la ignorancia al visitante: cada pocos minutos uno hace algo que no debe hacerse, como meterse al río sin ver un cartón cuyo color indica si es el turno de los hombres o de las "princesas" para bañarse; tomarle una foto al chamán mientras éste medita o reza; estar por ahí descansando sin ayudar en algo; comer carne. Ellos detectan lo que hacemos mal y disfrutan horrores diciéndonoslo en nuestras narices. Pero eso sí: después de hacerte sentir un imbécil rematan con una frase comprensiva tipo: "Pero tranquilo rasta, vamos a corregirlo: el que no sabe es el que no ve". En la mañana me apliqué al ocio, a caminar para conocer el lugar, y una mujer me pidió que buscara agua en el río y regara las matas, qué carajo, nada me costaba. Lo de "no al alcohol-sí al monte" sonaba un poco raro también, pero también fue fácil de acatar.



Se hizo el reportaje o conjunto de microrreportajes y de repente salimos fuera de la comuna en busca de unas cascadas que Ana María nos recomendó visitar. Uno atraviesa el río y se tropieza con la primera: hermosa, como toda caída de agua. Te metes al río, bordeas esa cascada y te colocas encima de ella, y ahí está el espectáculo: otra cascada y encima de ésta otra más. Los chamos con los que andaba son muy jóvenes; en presencia de esa travesura de la naturaleza se convirtieron en niños; el poder del contacto con lo silvestre tiene propiedades enloquecedoras. Yo mismo rejuvenecí mi bojote de años; es imposible meterse debajo de un coñazo de agua que te deja sordo y no salir con la risa purificada. Y no hablemos de la inmensa belleza y la frescura de Any. Nos caímos a fotos y a videos, a burlarnos del trabajo de mierda, razón por la cual el trabajo salió mejor. Sólo mostraré unas pocas fotos de las que se hicieron ahí. Eso de regresar a la niñez produce cosas no aptas para adultos.









Nos tocó irnos de la comuna y de San Jorge y regresar a Caracas. Ana María no parió en nuestra presencia, ni en la forma en que lo había planeado. Parece que tuvo una peligrosa complicación y debió parir en La Guaira. Un triunfo parcial de la sociedad que queremos dejar atrás. Una derrota de los rastas y de la otra sociedad en construcción.


miércoles, 23 de septiembre de 2009

La Puerta: monumento a dos derrotas

Ya antes nos hemos ocupado del culto desmesurado a Bolívar y sus efectos secundarios en la reconstrucción de la historia nuestra, la Historia del Pueblo de Venezuela. Este culto, o tal vez el miedo de la Historiografía oficial a la Historia verdadera, ha permitido la sobrevivencia de burlas desmesuradas como esta que se reseña abajo.
En las afueras de San Juan de Los Morros (Guárico) existe un monumento a una victoria que no ocurrió nunca. En concreto: en ese lugar se supone que se celebraron en 1814 las dos batallas de La Puerta (3 de febrero febrero y 15 de junio). Ambas culminaron con victorias para las masas enardecidas al mando de José Tomás Boves (llamadas "ejército realista" por la convención burguesa) y por lo tanto en derrotas para el ejército defensor de los privilegios mantuanos (llamado "Ejército Patriota" por esa misma convención). Pues bien, el Estado Burgués levantó e inauguró allí en 1963 un monumento a los derrotados, pero la conmemoración está hecha en un tono (boato del macabro) que hace parecer que fue una victoria:


Bolívar, derrotado, ha merecido este monumento, y ni el líder ni las masas de pueblo oprimido y enardecido que lo derrotaron (¡dos veces en el mismo lugar!) son mencionados en lo absoluto. Dice la placa o inscripción de la izquierda:


CONSTANCIA, VIRTUD CARACTERÍSTICA DE El LIBERTADOR. EL GOBIERNO DEL ESTADO GUÁRICO CONSAGRA ESTE MONUMENTO AL PADRE DE LA PATRIA, EN EL SESQUICENTENARIO DE LA CAMPAÑA ADMIRABLE Y DE SU PROCLAMACIÓN EN CARACAS COMO EL LIBERTADOR; EXALTANDO EN ESTE LUGAR, PERSISTENTEMENTE ADVERSO A LAS ARMAS PATRIOTAS, LA VIRTUD DE LA CONSTANCIA, DE LA PERSEVERANCIA DE BOLÍVAR, RELEVANTE EN SU GRANDIOSA PERSONALIDAD, GRACIAS A LA CUAL PUDO CULMINAR EN TRIUNFO LA MISIÓN QUE SE IMPUSO DE LIBERTAR NO SOLO SU PATRIA SINO CUANTOS PUEBLOS EN AMÉRICA SUFRÍAN EL YUGO COLONIAL...

Lo único que hace referencia (indirecta, remota, maquillada, subrepticia) a la verdad de lo que allí ocurrió (¡dos veces!) es esa construcción esotérica que reza: "...en este lugar, persistentemente adverso a las armas patriotas...". Lo demás es pura excusa y puro disfrazamiento. Algo así como "Okey, aquí Boves volvió sopa a los mantuanos dos veces, ¡pero los mantuanos fueron muy persistentes y ganaron en otros lugares!". La observación más cándida que puede hacerse al respecto es: si ganaron en tantos lugares, ¿por qué un mamotreto de monumento justo en el sitio en que perdieron (¡dos veces!)?
Esto, sin ponernos suspicaces con el dato según el cual en ese hueco (un río con su valle apretados, más bien encajonados, entre una elevación y una montaña) cupieron dos ejércitos que sumaban ambos entre 7 mil y 8.500 hombres, con sus respectivas caballerías. Hay que ir allá y verificarlo con los propios ojos: usted nomás imagínese a 300 personas allí, y después hablamos.
Detalles menores en este asunto del escamoteo vil de nuestra verdadera Historia.

lunes, 14 de septiembre de 2009

El chiste macabro de Pertigalete






Arriba, al centro, un crimen ecológico en acción: la planta de cemento de Cemex (nacionalizada)
en Pertigalete.


Abajo, las vallas con las cuales esa planta pretende lavar las culpas, en la misma carretera (Puerto La Cruz-Cumaná) donde funciona el disparate industrial:






Y unos 15 kilómetros hacia el oriente:

viernes, 4 de septiembre de 2009

Una deuda con Argenis Rodríguez

Desde noviembre de 1999 tenía una deuda personal con el escritor Argenis Rodríguez. Esa deuda dejó de ser personal cuatro meses después, porque Argenis se suicidó. Yo pude haberme hecho el güevón y quedarme con las joyas que el tipo me consignó: dos novelas y dos volúmenes de testimonios de esos que él gustaba de llamar "Memorias". Sus títulos: Escrito con odio, parte 2, La toma de posesión del presidente Chávez y el secuestro del ingeniero Nagen; De putas, chulos y barraganas (novela de buenas costumbres) y El asesinato del Presidente. Me entregó esos manuscritos más o menos organizados en una carpeta horrible y deshecha, con la siguiente indicación: "Vé a ver si alguien imprime eso, ya yo no tengo cómo publicar".


Confieso que esta de arriba era la imagen que tenía en la mente cuando describí a Gerardo Leiva en la introducción de la novela No escuches su canción de trueno: Argenis entregándome unos manuscritos amargos y poderosos, como toda su obra, para librarse de ellos.
La semana pasada, casi diez años después de aquella entrega, me tropecé en Caracas con su hermano José Sant Roz, y le devolví aquellos papeles. El profe se sorprendió de que yo no hubiera hecho uso de esas obras o que no las hubiese guardado para mí. Le respondí que no tengo alma o agallas de coleccionista, exhibicionista o ladrón. Pude haber atesorado esas curiosidades editoriales, tal vez joyas de la literatura, pero su familia seguramente publicará las obras y les dará la difusión que se merecen. Yo no pude hacer nada con ellas en diez años. Ni siquiera entregárselas Melysendra, la última esposa de Argenis, con quien he mantenido comunicación vía correo electrónico. Al final uno no anda acumulando bienes sino militando en la acumulación originaria de sensaciones y recuerdos.

***

El primer contacto con Argenis Rodríguez lo realicé para incluirlo en una encuesta telefónica de Feriado, la revista dominical de El Nacional, sobre un tema si se quiere ligero: era un recuento de los autores de best sellers venezolanos, esos libros que la academia no considera alta literatura pero que agotaron varias ediciones y generaron polémica en su momento. Escrito con odio era uno de esos libros. Conversé cinco minutos con el escritor y publiqué su breve comentario. Una semana después apareció en la sede de El Nacional, preguntó por mí, conversamos y entonces decidí realizarle una entrevista de personalidad más amplia.
La entrevista, que según sospecha su hermano fue la última que se le hizo, fue publicada en Feriado, si mal no recuerdo en diciembre de 1999. En ella declaró cosas muy duras, como por ejemplo que hacía muchos años había tomado la decisión de suicidarse y que ya lo había intentado. En su muñeca izquierda tenía la evidencia de uno de esos intentos: una cicatriz blanca y nítida.
Después de este encuentro se inició algo que pudiera llamarse una amistad, aunque quizá yo intenté que no lo fuera. Una vez nos tomamos unas cervezas en La Candelaria y al cabo de unas pocas ya le estaba buscando peo a un mesonero. Me contó, con una voz dulce que contrastaba con la reciedumbre de su prosa, de su incorporación a la guerrilla, de cómo lo dejaron botado en un rancho con agua y alimentos para un gentío, pero que nunca fueron a buscar. Me habló de sus enemigos, de sus peleas callejeras, de su exilio, de sus amores y obsesiones, la más reciente de las cuales era una muchachota de 14 años de esas que tienen más tamaño que edad. Frente a mí tenía a tremendo conversador, tremenda vida, tremendo personaje, así que valía la pena el encuentro. Pero de vez en vez el hombre detenía el relato o la reflexión para repetir: "¿Sabes una vaina? Te tengo envidia", y lo decía con una sonrisa que era difícil precisar si era provocación, burla o celebración de un chiste malo. Salvador Garmendia había dicho o escrito antes que a él le decía lo mismo; tengo la sensación de que se lo decía a todos los escritores nomás por incomodarlos. Conmigo lo logró. Empecé a verlo con una cautela que a lo mejor era miedo o ganas de meterle un coñazo.
Me llamó muchas veces en las semanas siguientes. Me invitó a comernos una parrilla en casa de su hermano Adolfo, en San Juan de Los Morros. Cuando no podía atenderlo me dejaba mensajes de varios minutos en el celular. Necesitaba un pana que lo escuchara, como todos. Sus llamadas eran la manifestación de una soledad que causaba estragos en un hombre atormentado.

***

Ahora tengo otra deuda con Argenis y con su familia, y esa sí no sé cómo pagarla. También es una deuda conmigo, una deuda que yo llamaría "profesional" si esa palabreja no me insultara. El día que supe de la muerte de Argenis, en una reseña breve de El Nacional, me comuniqué con su hermano Adolfo. Éste me habló de sus angustiosas últimas semanas, del deterioro de su ya devastado carácter. Y me contó (y caramba, me cuesta mucho decir que no me lo contó: estas cosas no se olvidan) que lo encontró en un charco de sangre, con las venas cortadas y una venda alrededor de la muñeca, que tal vez se colocó en el arrepentimiento final. Juro que ese relato es lo que me trae la memoria. Pero tiempo después, cuando Sant Roz publica el homenaje póstumo titulado Desesperación Calificada, me percaté de un detalle que me molesta: del grupo de cronistas, escritores, periodistas y columnistas que escriben sobre su muerte, el único que dice que murió desangrado fui yo. Todos los demás dicen que se ahorcó.
El profesor Sant Roz me lo confirmó en nuestra reciente conversa: Argenis se ahorcó y su hermano Adolfo (con quien no he logrado hablar después) intentó revivirlo. Pero mi testimonio embustero y deformado queda por ahí.
Por cierto, esa crónica la publiqué originalmente en TalCual, el periódico cuyo director es Teodoro Petkoff, quizá el personaje más insultado y vejado por Argenis. Juro que no fue una provocación o insulto velado de mi parte, pero vaya que debió parecer muy extraño el que ese día, en la primera página del diario de Teodoro, resaltara como gráfica principal una fotografía de Argenis Rodríguez. Petkoff me llamó aparte, cuando ya estaba publicado, y me comentó en un tono en el cual no percibí resentimiento alguno (aunque quién sabe; todos tenemos sangre en las venas): "Ese carajo dedicó varios libros a tirarnos coñazos a mí y a mi hermano Luben". Y después, ya en plan de director del periódico: "No estoy de acuerdo en que fue el escritor venezolano más prolífico. Y caramba, la próxima vez hay que hacer primeras páginas más atractivas. Esa portada no vende".
Y de bolas: Argenis Rodríguez no vendía ni se le vendía a nadie. Por eso quizá murió en su ley.