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miércoles, 12 de octubre de 2016

¿Parecernos al enemigo o descolonizarnos de verdad?

Justo el día que anunciaron el otorgamiento del Premio Nobel de la Paz a Juan Manuel Santos llegaba a Maiquetía el filósofo e historiador Enrique Dussel. Fueron dos eventos inconexos entre sí, por supuesto. Pero como en ese asunto llamado "dominación" intervienen factores tan colosalmente aplastantes se vale que uno eche mano, de vez en cuando y para orientarse en el camino de las explicaciones, de esas herramientas y sustancias invisibles llamadas símbolos. ¿O serán simples asociaciones casuales? Ya veremos.
Se vale también que uno manosee los resortes más o menos esotéricos de las casualidades, y lance con tono especulativo: el día que vino el hombre que ha indagado en la larga coreografía de siglos mediante la cual Europa se impuso al resto del mundo como referencia cultural, histórica y política, en nuestro país se produjo un raro debate que reveló, entre otras cosas, uno de los efectos de esa imposición eurocentrista sobre la psique ciudadana. Es en Estocolmo donde anuncian todos los premios Nobel (menos el de la Paz, que se origina en Noruega), y "Síndrome de Estocolmo" se le llama al insólito afecto que desarrollan los secuestrados hacia sus secuestradores, luego de un tiempo de permanecer juntos. Así, tal cual, el insólito anhelo de muchos de imitar y parecerse a quien lo ha oprimido por centurias: el latinoamericano o africano que sueña con ser o parecer neoyorkino o parisino con solo pasar por el trámite de la imitación y  la copia de unos modos y afectaciones. O peor: el latino que sabe que nunca será europeo y entonces se conforma con que Europa lo aplauda y enjabone de vez en cuando.
Dussel vino a disertar sobre el CÓMO de la dominación; la entrega del Nobel a Santos nos mostró algo de las CONSECUENCIAS de la dominación en el decir y sentir cotidiano de la gente. Hacen falta otras piezas del rompecabezas para acercarse un poco a la totalidad del fenómeno. Por ejemplo el HASTA CUÁNDO y el CÓMO DERROTARLA. Aquí apenas jugaremos a lamentarnos un poco al reconocer algunas de sus manifestaciones cotidianas.
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Dussel llama giro o discurso decolonial al necesario proceso de liberación de las amarras ideológicas que nos ha puesto a pensar y hablar como al enemigo le da la gana que hablemos y pensemos. "El enemigo" es ese gigante imponente que, por ejemplo, quiso que creyéramos que somos sus hijos, sus subproductos, y que todo lo que merece llamarse civilización comenzó en Europa y a ella se lo debemos. Si le interesa escuchar al académico argentino dar algunos datos trágicos o graciosos de cómo ha sido ese proceso, vea y oiga lo que dijo en el programa Dossier, en lo que fue una clase magistral de historia de la humanidad, sin ninguna duda:



Deléitese con las preguntas idiotas de Walter Martínez; deléitese también con observaciones como esta: casi todo el mundo considera a Gutenberg el creador de la imprenta, siendo que un milenio antes de su nacimiento ya los chinos habían impreso libros y papel moneda. Y después deléitese preguntándose por qué si tanta gente le ha dicho tantas cosas sobre y contra la hegemonía europea a usted le maravilla y considera un baularte del pensamiento contrahegemónico a un académico con doctorado en La Sorbona (París), cada vez que venga y le diga las mismas cosas que tanta gente le ha dicho.
El pensamiento decolonial de Dussel explicándose a sí mismo en el ejemplo de su propulsor: al hombre que anda disertando contra Europa lo admiramos y respetamos porque estudió en Europa. De ese cariz son muchas de las manifestaciones domésticas del trabajo colonizador de nuestro pensamiento. Uno se da cuenta del éxito del largo proceso de dominación ideológica cuando ve a un colombiano feliz porque su presidente se ganó el premio Nobel, y a un venezolano indignado porque el nuestro no se lo va a ganar jamás. Pero un momento, que ya hablaremos del caso clínico extremo: el del militante contrahegemónico, anticapitalista, izquierdista, anarquista o diletante expreso, que protesta y se desgañita en reclamos porque ninguno de los suyos recibe un premio del enemigo.
Esa dominación colonial de nuestro pensamiento se manifiesta también en los lenguajes y códigos dominantes que utilizamos, muchas veces con ánimo e intención contrahegemónica. Por ejemplo, en la celebración de nuestras presuntas victorias en ámbitos y parámetros impuestos por las hegemonías: nos enorgullecemos del peloterazo venezolano que triunfa en las Grandes Ligas, consideramos revolucionario que exista un sistema de orquestas que desfiguran la música venezolana hasta convertirla en música académica; celebramos (porque lo hicimos, y mucho) que en los años luminosos del chavismo nuestra economía haya arrojado cifras de crecimiento y prosperidad (los revolucionarios anticapitalistas, contentos por lo bien que íbamos administrando el capitalismo). Una historieta llamada El Patriota exalta la figura de un prócer venezolano cuya masa muscular, vestimenta y estética general son las de un superhéroe gringo cualquiera.
Hubo momentos en que muchos chavistas, no me acuerdo bajo qué pretexto, proclamaron y propusieron que a Chávez le otorgaran el Nobel de la Paz, a lo cual dijimos en su momento ( ¿Y como para qué sompatizarle al enemigo? ) que si a Chávez le daban ese premio había que dejar de seguirlo, porque el Nobel es el máximo premio que honra a los constructores de la sociedad burguesa, y se supone que nosotros lo que queremos es destruirla, cambiarla por otra.
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Así que Dussel vino y habló de la forma en que Europa se nos impuso como referencia histórica (recordar: la historia de América nos ha sido vendida como un apéndice de la historia de Europa), cultural y moral. No explicó, y probablemente no le corresponde, cómo hacer para comenzar a revertir esa dominación. El argentino, un académico entregado a la academia al 100 por ciento, está haciendo su aporte, a su ritmo y a su manera: divulgando en círculos académicos y en cuanto auditorio lo dejen hablar la enorme farsa contenida en las cartas referenciales del eurocentrismo. Dussel va a las líneas gruesas, al megadiscurso, al mapamundi del problema, al árbol genealógico de la enfermedad. ¿Qué nos corresponde a nosotros? Ni más ni menos, atacar aunque sea los síntomas. Dussel ex un experto en mostrar el origen y avance de la infección; nosotros debemos convertirnos en expertos en atacar la fiebre, no desde la referencia y la tribuna académica sino en clave de gente común, en el pequeño espacio de la casa, la comunidad, el medio comunitario, la conversa cotidiana en el autobús y en la cola.

La forma y el contenido del lenguaje que nos va a despojar de tanta mancha colonial tenemos que inventarlo o ya está siendo inventado. Bonito desafío este de lanzarnos a la aventura de crear y pensar otra historia, con los códigos de los bichos decoloniales o descolonizadores que se supone que somos.

martes, 11 de octubre de 2016

Amar Haití es amar a la humanidad

Publicado originalmente en www.misionverdad.com
el 25/06/2013


Haití es el más claro ejemplo de cómo un país puede ser sistemáticamente vejado, aplastado económica y militarmente; zarandeado por las mafias bancarias del mundo, por huracanes y plagas bíblicas, y sin embargo sobrevivir como un ejemplo de resistencia, como la demostración de que la especie humana va a aferrarse a este planeta con la fuerza de los pobres que buscan su emancipación. Destruido pero no vencido: Haití parece que muere, pero está vivo.

Simplificando al extremo los movimientos demográficos que tuvieron lugar ahí desde la llegada de los europeos, puede decirse que este pequeño país que comparte una isla con República Dominicana fue la venganza de África a la humillación más grande y repulsiva de la historia del hombre. Se calcula que a finales del siglo 18 la población de esclavos y sirvientes sobrepasaba las 300 mil personas, y los dueños apenas llegaban a 15 mil. Sólo teniendo en cuenta esos números puede uno tener una idea de la dantesca desproporción del sistema esclavista que imperaba allí: más de 300 mil personas reducidas a la condición de bestias para que unos pocos franceses tuvieran privilegios señoriales.

Semejante caldo de cultivo no podía derivar sino en lo que efectivamente derivó: la desaparición (por exilio o exterminio) del invasor blanco, cuando sobrevino el estallido del pueblo de la mano y sobre el verbo del esclavo rebelde Toussaint-Louverture (héroe de los pueblos pobres del mundo, no sólo de Haití), y luego bajo las banderas de Dessalines, otro esclavo cuya memoria ha corrido la misma suerte que el anterior: el olvido y la ignorancia nuestra. Muchos de nosotros, habitantes y activadores de un país que gusta de decir que está en Revolución, ignoramos la grandeza y las hazañas de Toussaint, y esto es imperdonable.

Pero este olvido ha sido debidamente “trabajado” por una historiografía que gusta de esconder a los verdaderos héroes de los desposeídos. Cuando Haití declara (y se gana) su independencia, en 1804, se inició un largo proceso de aplastamiento contra esa república, que cometió un doble pecado: haberse desprendido del cordón umbilical de esa madre depredadora (Europa), y no sólo eso: lo hizo para darles patria a los negros.

Cuando Bolívar visitó Haití, derrotado y espantado por lo que Boves era capaz de hacer con un puñado de sirvientes y esclavos, una década y pico después, aprendió de labios del presidente Petión una lección decisiva: señor, usted no puede aspirar a tener patria si va a mantener la estructura esclavista. Si no le reconoce a la mayoría potestades usted está perdido. En Venezuela “la mayoría” era también negra y esclava.

La humillación atávica contra los haitianos recrudeció y se ha mantenido hasta nuestros días en formas muy perversas, de una elaboración casi matemática: la actitud de los países ricos hacia el pequeño país es la del caníbal de "inteligencia superior", que descuartiza minuciosamente, no sólo para mutilar la carne sino además la dignidad. Más de 80 por ciento de la población vive por debajo del umbral de pobreza, la devastación de las áreas vegetales, producto de la explotación de siglos, es de tal magnitud que sólo 2 por ciento del territorio haitiano se considera boscoso; más de 60 por ciento de la población vive (mejor dicho: come) de la agricultura y de la pesca.

Dos golpes de Estado en las décadas de los 80 y 90 sirvieron de excusa para que esa oficina de Estados Unidos llamada ONU” instalara allí un supragobierno que suprime todo intento de soberanía real: la Misión de Estabilización de las Naciones Unidas en Haití (MINUSTAH) es tan absurda que ya desde su nombre elimina el tenebroso “intervenir” por el hipócrita “estabilizar”.

Nada merece llamarse “estabilidad” cuando el problema de la sed lo resuelve la naturaleza con huracanes y ciclones. Nada de estabilidad, cuando el gran “benefactor” es la misma potencia que sostuvo allí por décadas una dictadura como la del sicópata asesino Duvalier; nada puede ser estable en un país cuyos contingentes militares invasores pagan el sexo a los niños y niñas con vasos de agua; nada puede llamarse “estable” en la relación entre este pequeño país y un Estados Unidos que, además de todo lo anterior, le arrebató una pequeña isla (La Navaza) que Haití de vez en cuando reclama, ya se imaginan ustedes con qué esperanzas de éxito. Nada puede estabilizarse, ni tan siquiera el derecho a la rabia, cuando, ante todo este drama humano, los criminales del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial le zampó a la media isla esta categoría: Haití entra en un programa llamado así: “Programa para los Países en vías de desarrollo altamente endeudados” (Highly-Indebted Poor Country, HIPC). Muy criminal, muy hijo de puta, tiene que ser un sistema para venir a declarar, después de siglos de espantosa tragedia, que Haití le debe algo a alguien en este puto planeta.

La conexión de Haití a Internet es la más precaria del mundo después de Sierra Leona, Angola y algún país que en este momento debe estar cambiando de nombre y de presidente, pues el actual debe estar siendo degollado. Aun así, cuando el 12 de marzo el presidente Hugo Chávez visitó esa isla, hubo un estallido de lágrimas, felicidad y ese enardecimiento propio de los pueblos rabiosos. A esa caminata-trote-abrazo formidable del Caribe creole al líder del llano adentro venezolano no la convocó nadie: simplemente la gente se enteró de que iba a ir de visita el cristo de los pobres del mundo, el hombre de la justicia y la palabra antiimperialista, y la intuición histórica del pueblo haitiano se activó, sola, se desbordó apasionadamente, como se desbordan los pueblos cuando aman a rabiar, así el amado venga de un lugar desconocido. El encuentro de Chávez con el pueblo de Haití dejó un documento audiovisual maravilloso; este video recoge unos pocos minutos de ese terremoto emocionante y emocional.

A esto nos referíamos en el primer párrafo, allá arriba: un pueblo con esta energía y esta pasión no puede llamarse muerto ni derrotado:



Aquí el Chávez amado por los pobres de la tierra, Chávez voceado y gritado en un acento y con una gestualidad africana que eriza la piel.

Ese es el Haití que hoy visitó el presidente Nicolás Maduro. El Haití que no hay que mirar con compasión ni misericordia sino con amor de hermanos oprimidos y en rebelión.

miércoles, 24 de junio de 2015

El Negro Primero, los poderes marginales y la crisis del "experto"


Un experto es alguien a quien la universidad, la empresa privada o la anuencia de la burguesía le otorgan autorización y licencia para pontificar en determinada área del saber, sin que en la realidad haya hecho o demostrado saber hacer gran cosa al respecto. Los momentos de crisis social son buenos para que, en lugar de estos charlatanes de corbata y diploma, florezca el poder creador del pueblo, que al final es el único que se salva a sí mismo de las dificultades y tragedias.

El momento histórico venezolano anda hirviendo de ejemplos y casos de cómo la creatividad de la gente simple tiende a desplazar toda esa estructura de la sociedad llamada "formal", a la hora de las definiciones y construcciones más importantes. Perversos en algunos casos (el bachaqueo de dimensiones individuales o familiares, las elaboradas formas de estafar que perjudican a los más pobres e indefensos), más o menos inofensivos en otros y francamente gloriosos en la mejor de las situaciones, eso que Aquiles llamó los poderes creadores del pueblo andan sacando a flote las artes de la supervivencia en la actual guerra a gran escala.

Estamos en un punto de la historia idéntico al sabotaje de diciembre 2002-enero 2003, y tal como en ese momento estamos presenciando el resurgir de nuestro talento innato, que suele quedarse adormecido o atrofiado por grandes períodos cuando la abundancia y la aparente calma nos hacen bajar la guardia. Esos períodos en los que pocos se atreven o se sienten empujados a hacer una mesa porque hay con qué comprarla hecha, o se propaga la ilusoria sensación de que el mercado puede resolverlo todo, sin que en realidad las mayorías puedan comprar lo que sobreabunda en los abastois. Pregúntenles a los colombianos pobres qué tan bien les está yendo con esos anaqueles full de comida y productos.

Por cierto que el pueblo colombiano es un ejemplo formidable de cómo la necesidad y la miseria en medio de la prosperidad de su clase empresarial (que es la misma clase política) lo ha convertido en un creador-inventor-productor de manufacturas de alta calidad. El colombiano de a pie es un trabajador incansable y creativo a quien la industria de muchos países ha esclavizado y explotado a mansalva (eso le pasa al que acepta trabajar mucho por poco dinero, o a veces por un plato de comida y la seguridad de no ser deportado), y a quien la industria de su propio país utiliza en una tarea degradante: los colombianos deberían ser reconocidos mundialmente como los insignes creadores que son, y no como productores en serie de imitaciones y falsificaciones, que para eso es que los usan los esclavistas en el poder.

En la Venezuela de grandes masas inmovilizadas en su creatividad por la engañosa comodidad que daba el petróleo se está regenerando lentamente esa capacidad industriosa e inventiva, que en realidad nunca desapareció, pero que había sido relegada a pequeños espacios y a individualidades locales.

Cuento ilustrativo y más o menos personal. Existe en el país un problema evidente con el suministro de piezas y repuestos automotrices, producto de la misma dinámica de estrangulamiento político que está desviando los alimentos a manos de especuladores y contrabandistas. Hace unos meses, al carro en el que me desplazo (epa: no es mío, debo entregarlo cuando me lo pidan) se le averió un misterioso engranaje que mueve la bomba de aceite pero no pertenece a la bomba de aceite, y es movido por la leva, pero tampoco pertenece a la leva. El mecánico me entregó el perolito y con el mismo en la mano anduve recorriendo ventas de repuestos por siete ciudades, y nadie supo darme repuesta ni siquiera de cómo se llamaba.

Llegamos al momento de las nuevas tecnologías aplicadas al comercio: cuando usted va a comprar algo en una venta de repuestos de esas limpias y pulcras, atendidas por "expertos" que saben mucho de una cosa si tienen una computadora a la mano, debe decirle al vendedor al menos cómo se llama lo que va a comprar, porque la información de lo que hay en los inventarios se encuentra en una base de datos y no en la memoria del vendedor. El depósito está en un lado y la taquilla de atención en otro; dígale a quien despacha si lo puede ayudar a conseguir tal cosa y lo verá bostezando o diciéndole de una que no. Porque él, al igual que la computadora, está programado sólo para recordar lo que está catalogado y en orden. Llega entonces el momento de acudir a otro tipo de negocios y a otro tipo de saber: hay que ir al margen, allí donde está el creador y hacedor marginal.

Llego a una de esas tiendas llenas de grasa al igual que el almacén, el vendedor y el lugar donde reparan el carro, y te atiende un señor que al sifrino promedio le parecerá muy grosero. Agarra la pieza, le da vueltas y me dice: "Esta bicha se parece a la rueda que está debajo del distribuidor". Pero este carro es de un modelo que no trae distribuidor. Va y le pregunta a otro, intercambia con él dos palabras; pega un grito desde allá: "Epa, ¿esto es de una camioneta china, de esas Chery? Bueno, anda a una venta de repuestos Hylux, porque ese motor es el mismo y usa los mismos repuestos. Ni se te ocurra decir la marca de la camioneta, dile que es para una Hylux año 98". Eso ya es algo; el marginal al menos se tomó la molestia de pensar un momento y decirme algo que yo no sabía.

Me saltaré dos o tres diligencias más que hice en el mundo formal, donde gobierna el "experto" en carros que nunca ha desarmado un carro ni lo ha visto por dentro, y llegaré al momento en que fui a donde un tornero. El maldito engranaje inexistente es una pieza compleja, de precisión milimétrica, que debe soportar altas temperatura y presión. Todo el mundo me decía que si iba a un tornero iba a salir estafado o con una pieza defectuosa en las manos, que el carro no iba a poder rodar más que unos pocos kilómetros, o que tal vez me iba a destruir otras partes del motor. Pero ya la camioneta tenía dos meses paralizada y decidí acudir a esta medida extrema.

El hombre tenía una cola de gente que también había mandado a hacer repuestos automotrices de esos que "no hay" en las ventas formales. Miró el engranaje por diez segundos y me dijo que sí, cómo no, que él lo podía hacer. Pero que, en vista del gentío que esperaba, la cosa iba a tardar. Le pregunté cuánto; me dijo que 4 días. Me advirtió además que iba a trabajar con hierro colado, porque nadie o poca gente aquí trabaja con aleaciones de acero con otros metales, y que por lo tanto la pieza iba a tener una vida útil limitada. ¿De cuánto es esa vida útil? Tal vez unos 50 mil kilómetros. Era eso o ver la camioneta perderse en un estacionamiento o chivera. 

Existe un país de "expertos", un país que gradúa a cientos de ingenieros todos los años, unos ingenieros inútiles que no son capaces de diseñar una maldita parte automotriz tal vez porque no se sienten capaces (lo que dicen es que este país no les va a pagar los millones que su talento y su dedicación al estudio merecen), y otro país de creadores marginales, señores criminalizados por la propaganda y los miedos burgueses, que han divulgado que son ladrones y piratas; un país de gente que no estudió con libros sino con el hierro en las manos. Uno de estos señores marginales y satanizados puso a rodar el carro que los "expertos" desahuciaron, y por ahí anda comiendo kilómetros de carreteras. Este momento no es el de la crisis del pueblo sino el de la crisis de los expertos.

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En esta hora en que el marginal resurge y resuelve está activado hace rato el país del ser humano que ha construido toda la infraestructura vial, las casas y los edificios, pero es despreciado por el sifrino de apartamento (un apartamento hecho por obreros) porque no tiene un título universitario de arquitecto ni de ingeniero; el país del tecnólogo popular a quien las cúpulas de científicos menosprecian porque nunca ha visto un pulcro laboratorio pero anda reproduciendo peces comestibles en charcos y poncheras; el pueblo comunicador que no estudió periodismo pero anda difundiendo noticias e historias; el país del campesino custodio y reproductor de semillas de quien los tecnócratas se burlan porque no ha entendido la lógica de las grandes plantaciones; el país que entendió que es mentira que hay que ser doctor para poder legislar, hacer política y resolver problemas en dinámicas asamblearias.

Ese pueblo y ese país entra en estos días al Panteón Nacional, hasta ahora depósito de burgueses, aristócratas y engreídos gobernantes comemierdas: el Negro Primero es la encarnación del país marginal y adolorido que les está invadiendo los palacios y templos a quienes se sintieron por siglos los dueños de Venezuela.

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miércoles, 1 de abril de 2015

Curso práctico para querer a Venezuela

No es un contrasentido venir a hablar de un libro (de este en particular) cuando en el ánimo general está instalado el impulso de hablar de la guerra. Porque, precisamente en lo que esta publicación revela, escudriña y difunde, se encuentra la clave que nos puede permitir ganar guerras económicas, informativas, culturales o abiertamente bélicas.

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Otro impulso galvanizado en el cerebro, o tal vez sólo en la superficie de la piel de casi todo el mundo, es ese que nos empuja a decir "Yo amo a mi país". Esto es así incluso cuando es obvio que no lo conocemos; imagínense cuando nos hemos dedicado a recorrerlo. La rara noción de "patria" instalada en la psique colectiva es tan fuerte que incluso un imbécil como Ricardo Sánchez es capaz de vociferar un violento amor a Venezuela, cuando es evidente que ese saco de grasa y ruidos intestinales nunca ha rebasado las fronteras de Tazón y tal vez Guatire.

Es verdad que a punta de consignas, lecturas más o menos dirigidas, degustaciones del himno nacional y retazos de la epopeya de Bolívar se ha levantado una ciudadanía capaz de indignarse contra cualquier amenaza de ataque a Venezuela, como en efecto procede y es necesario. Pero un momento, mi compai: si usted no conoce a una persona no puede estar tan perdidamente enamorado de ella, y si no conoce un país no puede amarlo hasta el punto de querer ofrendar su vida por él si un maldito yanqui osa mancillar su sagrado suelo.

Como este tipo de discusiones casi siempre se queda en el terreno de la especulación y las suposiciones, ya que nadie está obligado a ir a despescuezar al embajador gringo para demostrarle a otro cuán venezolanista y patriótico es, viene al pelo la publicación que acaba de presentar la editorial Estrella Roja en la Filven, esa titulada "Historias de Comunas. Donde Chávez vive". Este libro, cuyo contenido y alcance rebasa el simple objeto editorial y sus 24 crónicas publicadas (ya veremos que es producto de un trabajo que se inició hace un año y medio y cuyo espíritu y músculo continúa produciendo material) es el más importante de los publicados en ese siglo, por dos o tres razones que tiene mucho sentido discutir y profundizar en este momento.

La recopilación puntual de historias de la gente que protagoniza el proceso de construcción del Estado comunal se inició el año 2013, cuando Reinaldo Iturriza era ministro de Comunas. El equipo que se instaló en ese ministerio convocó a un montón de jóvenes comunicadores, les explicó en qué consistía el asunto de las comunas en formación y los mandó a viajar por toda Venezuela en busca del cuento fundacional de ese otro país que estamos empezando a gestar.

Hay un blog ( http://comunaadentro.blogspot.com/ ) que recoge un puñado de esos cuentos, recabados y escritos por jóvenes con sensibilidad para captar la esencia de las historias, destreza para construir buenas crónicas escritas y ganas de seguir hurgando en la memoria viva de nuestro pueblo. La experiencia produjo también materiales fotográficos y audiovisuales (https://www.youtube.com/watch?v=Hjn3HjfCXn8 ), así que la experiencia ha sido más dinámica que el simple recorrido de un lánguido periodista por algunas comunidades.

Lo que me parece extraordinario del libro es precisamente la dinámica que le da o está dando cuerpo: el ejercicio consistente en enviar gente joven de una ciudad para otras u otras; en estimular a muchachos citadinos talentosos para la escritura y con hambre de relatos de carne y hueso, para que se zambullan en el pueblo del que tanto hablamos, a veces sin conocerlo realmente en su grandiosa complejidad. Uno de esos cronistas de la nueva generación ha declarado que en el estado ideal de esta iniciativa las propias comunidades deberían producir y procesar en materiales informativos sus propias historias. No le falta razón, pero la dinámica que promueve el contacto directo entre gente de unas regiones y otras debe mantenerse, como en efecto parece que se proyecta mantener.

El Perro y la Rana ha publicado docenas de historias locales escritas por las comunidades y por sus propios recopiladores, pero el concepto de ahora es distinto: la historia del pueblo debe propagarse, pero hay que ir prescindiendo de los métodos que promueven el autoencierro y el aislamiento físico: más que sentarse en Maturín a leer el cuento del páramo trujillano, vale la pena enviar al muchacho monaguense a Trujillo para que intercambie con el andino mi cuento por el tuyo: Niquitao dialogando con el Guarapiche cara a cara, cuerpo a cuerpo.

Sólo multiplicando esta forma de recorrernos y reconocernos podremos vencer el inmenso daño que nos produjo el capitalismo industrial, la forzosa urbanización del país, cuando secuestró a nuestros abuelos rurales para hacinar a toda su descendencia en ciudades hipertofiadas. De ese secuestro masivo proviene la insólita manera de odiarnos hasta tal punto de admitir, ya no como chiste sino como hecho verídico, que el gocho es bruto igual que el barloventeño, el maracucho grotesco y atropellador; el caraqueño sifrino, el valenciano débil, cobarde y maricón; el oriental borracho, el llanero flojo al igual que los indios: así nos quebraron el mapa humano y el derecho a conocernos y a querernos los mismos que han dicho que Chávez inventó el odio entre los venezolanos.

Tarea urgente en desarrollo: que los chamos, antes de seguir diciendo que aman a Venezuela, salgan a conocerla en serio. Que un puñado de cronistas jóvenes inicie esa misión no cumplirá el objetivo, pero sí lo puede iniciar y estimular, mucho más que la lectura semanal del mismo sesentón encorbatao hablando de la Batalla de Santa Inés sin haberse acercado nunca a menos de 400 kilómetros del sitio. Un equipo de jóvenes que se quede a compartir y conversar unos días con la gente en el eje El Real-La Luz-Santa Inés entenderá y hará entender mejor a Zamora que el sabio cabeceverga que se enteró de algunas cosas leyendo en su biblioteca de El Cafetal a José León Tapia. Tan chavista el viejo, vale.

En eso anda este equipo que ahora se instaló en Min Cultura, y reconforta, además, que las firmas que han salido a recorrer los caminos son nombres nuevos, voces no consagradas por el estatus, ni por clanes, ni por la industria cultural; muchachos cuya edad promedio no llega a 28 años y que están llamados a ir revitalizando las publicaciones y espacios de difusión. La Revolución debe demostrar, también en este ámbito, que es capaz de sacar sangre nueva a librar las batallas del verbo. En el borde de mi medio siglo creo saber de qué estoy hablando cuando me refiero a la necesidad de ir sustituyendo por nuevos guerreros de la palabra a esos nombres y discursos ya cansones: esos que deberíamos andar figurando menos y estimulando más a los que vienen.

Post data individualista y personal: tengo rato echando discursos sobre la profunda estupidez de quien se cree superior (a otros) por haber leído y escrito mucho; sobre la horrenda frivolidad del que siente que esos "otros" encerrados entre paréntesis en la oración anterior deberían considerarlo a él, al intelectual formado más a punta de libros que de vivencias, el conductor y sujeto más importante de la Revolución. A causa de esto casi siempre me acusan de haber dicho que leer es malo, lo cual me reconfirma esa profunda estupidez, la del que sólo sabe o cree que sabe leer. Al que tuvo la cortesía de llegar hasta este punto del artículo le digo: vale más el que vive la historia que el que la cuenta, pero un cronista-recopilador consciente de su misión (prestarle su voz de pueblo al resto del pueblo) es un soldado muy valioso para nosotros, y muy peligroso para ellos. Peligroso para la seguridad nacional de todo imperio o hegemonía nacional, transnacional o ideológica que nos prefiere divididos y mirándonos como desconocidos.

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viernes, 24 de enero de 2014

A seis años de la "Plaza del Combatiente Revolucionario", ahora Plaza Fabricio Ojeda


Desde ayer, una plaza de la parroquia 23 de Enero de Caracas, la que queda frente al Rincón del Taxista, lleva el nombre de Fabricio Ojeda.

A causa de un bache informativo y cierta desidia militante, atribuibles a quienes fuimos activistas de una cosa denominada Misión Boves, la mayoría de las personas olvidó o no se enteró de un dato: el 23 de enero de 2008, luego de una asamblea de ciudadanas y ciudadanos, militantes de varios colectivos derribamos y retiramos de esa plaza el busto del genocida Diego de Losada (hasta ese día la plaza llevaba su nombre) y en su lugar colocamos una plancha de granito y en ella una placa que homenajeaba a Sergio Rodríguez, emblema de la juventud combativa sacrificada en la Cuarta República.

La cosa comenzó con la observación simple del camarada Jesús Arteaga: "Hay una plaza y una estatua de Diego de Losada en el Veintitrés. Esa mierda no debería estar ahí, es una ofensa y una humillación histórica". Al día siguiente comenzamos a conspirar y organizar una acción para sacar ese esperpento de allí sin que pareciera un acto vandálico sin contenido político. La idea inicial era que todos los colectivos del 23 de Enero colocaran en esa plaza placas o íconos de sus militantes caídos y convertir la plaza en un paseo o caminería que honrara la memoria de tanto luchador social asesinado. No tuvimos músculo, convocatoria o capacidad militante para aglutinar a todas las voluntades que hacían falta para concretar ese proyecto.
Por cierto que el día y a la hora en que colocábamos la placa de granito develábamos la placa en honor a Sergio los alrededores se empezaron a llenar de policías y soldados. Fresco estaba el recuerdo de los compañeros a quienes encarcelaron por derribar la estatua de Colón en Plaza Venezuela. Nos dijimos entre nosotros: "Bueno hermano, aquí vienen los coñazos". Pero no era para coñacearnos o detenernos que estaban allí los uniformados: estaban allí para resguardarle el paso a alguien que cerca del mediodía pasó por allí, manejando su volkswagen rojo: el comandante Hugo Chávez. Andaba con su hija María Gabriela y no recuerdo con qué funcionario de su gobierno. Pasó para arriba rumbo al acto que presidió ese día en el Cuartel de La Montaña, a pocos metros de allí, y luego para abajo al terminar, rumbo a Miraflores. Lo saludamos, nos saludó: fogonazos que duraron uno o dos segundos.
Luego llevamos la estatua al Instituto del Patrimonio Cultural, para que no fueran a decir que la fundimos para venderla como metal de chatarra, que por cierto era lo que se merecía. La misma asamblea decidió bautizar el lugar como "Plaza del Combatiente Revolucionario".
Seis años después el Gobierno bolivariano rebautiza la plaza, ya formalmente, como "Fabricio Ojeda", cosa que nos parece justiciera. Esto fue lo que hicimos el 23 de enero de 2008 y días previos y posteriores:



domingo, 25 de agosto de 2013

Crónicas caraqueñas

La revista Épale, la dominical del diario Ciudad Caracas, ha hecho una hermosísima convocatoria: quiere que la gente que vive o vivió en Caracas envíe a su redacción los escritos (crónicas, cuentos, anécdotas: sus memorias personales) de las cosas que recuerden de sí mismos, escenificadas en algún lugar de la ciudad. La revista ha inaugurado una sección de minicrónicas donde se publicarán esos textos (no deben ser mayores de 2 mil caracteres).
Parece un acto simple y lo es, pero el acumulado se intuye grandioso y es así de importante: a medida que las docenas, cientos o miles de caraqueños que acaten la convocatoria vayan publicando sus fragmentos de vida estará cobrando forma en esa revista una obra colosal: LA HISTORIA DEL PUEBLO DE CARACAS. No la historia esa llena de héroes mantuanos, grandes oradores, políticos, doctores y demás güevones de paltó y corbata: la historia del pueblo, esa "historia menor" que es la historia grande de nuestra gente, quedará registrada en un documento colectivo formidable, y ve tú a saber si alguien dentro de un tiempo se anima y publica ese aporte del pueblo a su propia cultura. La historia del pueblo de Caracas contada por sí mismo, no por un autor o cronista sino por el pueblo-historiador, que somos todos nosotros, los que hemos vivido en Caracas y los que todavía viven allí.
¿Estarán sirviendo las redes como facebook y twitter para construir una dispersa y gigantesca historia del pueblo (no sólo escrita sino gráfica)? Es bastante probable, pero de eso hablamos después. Ya Épale comenzó a hacer ese registro. Comenzó con unas cuentos de gente referidos a Chávez y luego otros a propósito del aniversario de Caracas. Pero ahora la convocatoria es abierta y los temas son libres. Yo me he animado y he enviado unos aportes que ya han sido publicados (hoy apareció el segundo).
A título personal el ejercicio me está sirviendo para organizar la memoria de mi largo intento (29 años de mi vida) de convertirme en caraqueño. Ese intento ya ha concluido. Pero la memoria queda, y estos son dos pequeños fragmentos, dos crónicas caraqueñas sobre mi vida (las iré publicando cada domingo, después que aparezcan en la revista):

Crónicas caraqueñas

las suyas pueden enviárselas a:

odry.fr@gmail.com. Seguramente ya abrirán un correo sólo para esta sección.

martes, 2 de julio de 2013

¿Viva la universidad? ¿Y como para qué?


Era viernes 25 de mayo de 2007 y estábamos a pocos días de presenciar el fin de las transmisiones abiertas de RCTV. La Asamblea Nacional cometió el error de invitarme para que hiciera uso de un derecho de palabra, en una sesión callejera concebida para que todos dijéramos a coro: "Granier es una rata golpista, viva Chávez". En vista de que yo había dicho eso muchas veces y de muy distintas formas, quise aprovechar esos minutos para decir algunas otras un poco nuevas y un poco incómodas, para esbozar aunque fuera un acercamiento al fondo del problema llamado Medios de Comunicación.


Al finalizar los 15 minutos que duró mi cháchara había un gentío mirándome con arrechera y otro gentío más cagándose de la risa, pero sin atreverse a expresarme su acuerdo. Yo soy así. Nací o me formaron con ese defecto. Tengo muy mal sentido de la oportunidad. Pensar que con haber alabado a los presentes me hubiese ganado unos aplausos.

En resumen, repetí más o menos lo mismo que un par de semanas antes en la cancillería (http://discursodeloeste.blogspot.com/2007/05/misin-boves-en-la-casa-amarilla.html): la universidad es una fábrica de mediocres sin sensibilidad social, prepotentes y con aires de entidad superior; una institución colonial de mierda, creada y desarrollada conforme a las necesidades de una estructura de poder elitesca y excluyente; una estructura según la cual los profes son seres muy inteligentes que le inculcan conocimiento (remember el verbo "adoctrinar", que se pone de moda cuando a los escuálidos les da por creer que educar y adoctrinar son cosas distintas) a una parranda de güevones, mismos que, al ser evaluados, deben reproducir dócilmente lo que el profesor, eco de la voz de la universidad, les ordena pensar. Si usted escribe o dice en un examen algo distinto a lo que la universidad le ordena, usted está raspao. Les grité que, a causa de ese desperfecto originario (ya que la universidad, como es creación medieval y su estructura y funcionamiento siguen siendo ejemplo de la mentalidad medieval, siempre estará del lado de los opresores y burgueses) va siendo hora de sentarse a discutir si ese asco de institución, esa fábrica de burgueses, merece ser defendida, reinventada o destruida como espacio de transmisión de saber.

Hablé también de la Ley de Periodismo y de la necesidad de derogar esa mierda, pues es expresión de una sociedad adeca que se niega a morir. Puse como ejemplo vivo de cierto disparate a Willian Lara, para entonces ministro deInformación: dije que él era licenciado en Comunicación Social (porque la UCV le dio una licencia) pero no es periodista, porque, que se sepa, el ministro no ejerce la profesión ni se gana el piche plato de espaguetis ejerciendo el oficio.

Más vale que no, mi compai.
Como respuesta, Earle Herrera reaccionó con tremendo argumento, demostrativo de la profundidad del pensamiento que emana de la U-U: "¡Willian Lara sí es periodista y que viva la Universidad!". El propio Willian intervino más tarde para decir que 
Cuarenta y ocho horas transcurrieron y allí estaba, la hez de "la flor de la juventud universitaria" encabezada por aquel Goicoechea, aquel Stalin González y aquel Guevara, quemando el centro de Caracas o intentándolo, mientras nosotros los monos, chaburros, marginales, maleducados y malandros los manteníamos a raya a botellazos, en defensa de la democracia venezolana. Les pedí entonces a los compatriotas revolucionarios Lara y Herrera que, si de verdad querían defender a la Universidad, lo hicieran en ese momento. Justo en ese momento: que defendieran a los niños lindos que se lucían en las pantallas de Globovisión: esos eran los profesionales del futuro. Esos eran los sujetos que al cabo de unos años defenderían la academia, el campus, el Almamarte o Almamater, la condición de profesionales, con el mismo encono con que lo hacían Herrera y Lara. Échenle bolas, les dije, siéntanse orgullosos; griten a voz en cuello: "¡Que viva la Universidad!".
Pero mira las sorpresas que te da la vida, o la política. Exactamente dos meses después de aquella sesión de la Asamblea Earle Herrera publicó en Aporrea un artículo titulado "Universidad de sal". No quiero tirarle más a Earle Herrera. Sólo quiero que recuerden el episodio dela Asamblea, y lean el artículo que escribió Earle un par de meses después. Es este:


Universidad de sal

Earle Herrera
Fecha de publicación: 26/07/07

Como la mujer de Lot, la universidad venezolana está convertida en estatua de sal. La vieja academia se quedó ensimismada, mirando hacia atrás, sobrecogida y paralizada por el temor a los cambios. Avanza por inercia y vive de sus glorias pasadas. Es, qué duda cabe, la institución más conservadora de la Venezuela contemporánea.

Su estructura preserva algo más que las formas del modelo medieval. La expresión más acabada de ese arcaico paradigma es el claustro universitario, con su calco en cada facultad en las llamadas asambleas, las cuales son cualquier cosa, menos asambleas. La palabra y figura del claustro le vienen de la universidad monástica y monárquica. Puro formol y mortaja.

Así transitó los siglos, con no pocos sacudimientos, como el de la Reforma de Córdoba en la Argentina de 1918. O el de aquellos albores libertarios, con los estatutos republicanos dictados por Simón Bolívar, en 1827. Pero las fuerzas conservadoras siempre terminaron por retornar al regazo colonial e imponer la fuerza inmovilizante del pasado.

En Venezuela, la universidad se colocó de espaldas al pueblo y se divorció de su realidad. Los millares de jóvenes que cada año quedaban excluidos de sus aulas, no eran su problema. Por el contrario, ese drama colectivo lo convirtió en un negocio que, vía prueba interna, pasó a engrosar lo que denominó “ingresos propios”, una forma de asalto, hay que reconocerlo, a mano desarmada.

En su seno, afloraron las roscas y grupos de interés. También los apellidos, para no irles a la zaga a los mantuanos del valle. O a sus amos, como los llamó Herrera Luque. Algunos nombres que despotrican de la elección indefinida, se hicieron indefinidos en cátedras, departamentos, institutos, escuelas y facultades. Los cargos en unos casos se volvieron hereditarios y, en otros, conyugales. Siempre partidistas.

La exclusión intramuros pasó invicta el siglo XX y se aferra a su claustro en pleno siglo XXI.Los “académicos” ultramontanos se irritan ante la sola posibilidad de que los trabajadores y empleados puedan tener derecho al voto para elegir a las autoridades. Gritan que eso sería el fin de una academia que, hace rato, está momificada. Estos catedráticos se consumen ante la sola propuesta de homologar el voto estudiantil y el profesoral. ¡Y se dicen democráticos!

¡Cómo pesan las arcaicas estructuras de la vieja universidad! A la altura de esta línea, para regocijo ventajista de las roscas “académicas”, es hora de que los profesores instructores por concurso de oposición no tienen derecho de voto para escoger las autoridades rectorales, ni de facultad, ni de nada. Poco importa que sobre ellos recaiga el mayor peso de la docencia en casi todas las universidades llamadas autónomas.

El siglo XXI ya no soporta a estos viejos mastodontes que tanto hablan de democracia y tanto la niegan. El claustro como estructura, digámoslo de una buena vez, debe volar en pedazos. Sobre sus escombros ha de renacer la nueva universidad, de cara al país, consustanciada con el pueblo y sus problemas y verdaderamente democrática. Desde los directores de escuelas hasta el equipo rectoral deben ser elegidos por toda la comunidad universitaria, sin exclusión.

Los que vociferan que el gobierno bolivariano amenaza la autonomía, en realidad es a estos cambios a lo que temen, a la verdadera profundización de la democracia universitaria. Cambios que están por cumplirse en forma inexorable. Las fuerzas conservadoras podrán retardarlos algo, pero no los detendrán. Con no poco pavor, esas fuerzas oyen que las campanas empiezan a doblar por el viejo claustro y sus momificados e inútiles pero costosos faraones “académicos”.

Lo de “académicos” es un decir. La exclusión como electores de trabajadores y empleados, de los profesores instructores, así como el valor de 25% que en la obsoleta ley se le asigna al voto estudiantil con respecto al profesoral, no ha significado la elección como autoridades de los más académicos. Hoy mismo, en este aquí y ahora, se puede hacer una larga lista de cargos rectorales y de decanos ejercidos por quienes nunca se han destacado en la investigación ni en la docencia, no han presentado debidamente sus trabajos de ascensos, no han escrito un solo libro, no tienen los títulos que exige la ley y ni siquiera han pronunciado alguna frase que los recuerde, sino para la historia, al menos para la anécdota.

Y a todas y cada una de esas autoridades, las ha elegido el añejo claustro y las esclerosadas Asambleas de Facultad. Hacia ese inconmovible pasado que tanto pesa sobre el presente y hace nugatorio el futuro, mira y se aferra la universidad que emula a la mujer de Lot, la universidadconvertida en estatua de sal. 

lunes, 8 de abril de 2013

“La bendita votadera” y la democracia venezolana


La construcción de democracia no es un asunto matemático sino un asunto político. Ah pero a los burgueses les gustó eso de ir a votar para ver quién se queda con el poder. Bueno, pues entonces mamen. ¿Ustedes querían elecciones? Aquí están las elecciones venezolanas. ¿Que en Venezuela se vote casi todos los años significa que en Venezuela hay mucha democracia? Pregunta choreta con respuesta que parece choreta: por primera vez en nuestra historia en Venezuela SÍ hay una democracia en construcción. Pero no porque haya elecciones, sino por una cantidad de cosas que suceden al margen de las elecciones.
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Probablemente el artículo más (fácilmente) citado de la Constitución venezolana del año 1961 haya sido el que se refería a la soberanía. Decía el artículo 4 de ese papel ya derogado: “La soberanía reside en el pueblo, quien la ejerce, mediante el sufragio, por los órganos del Poder Público”. La gente en la calle solía recitar ese artículo incompleto, así: “La soberanía reside en el pueblo, quien la ejerce mediante el voto”. La cosa se digería de esta manera: si yo voto, yo mando. O de esta otra: votar es la forma que tiene el pueblo de mandar. Por eso al presidente se le llamaba y todavía se le llama “mandatario”: ese sujeto no está ahí para pisotear al pueblo sino para obedecer lo que éste le manda a hacer cuando vota.
Bien bonitos sonaban esos conceptos, hasta que vinieron los dos primeros presidentes del puntofijismo (Betancourt y Leoni) a demostrar que usted podrá haber votado mucho, pero si pretendía venir a indicarle al presidente lo que estaba haciendo mal le salía era persecución, tortura, desaparición o despedazamiento en la cárcel. Rolitranco de alcabala al concepto: si usted quería calificar como soberano tenía primero que chapear con el carnet de Acción Democrática o Copei, o demostrar que usted era un idiota incapaz de participar en nada que no fueran las elecciones.
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La constitución de 1999 violentó esa letra burguesa de la anterior: “La soberanía reside intransferiblemente en el pueblo, quien la ejerce directamente en la forma prevista en esta Constitución y en la ley, e indirectamente, mediante el sufragio, por los órganos que ejercen el Poder Público”, lo cual ya indica un cambio cualitativo importante. Pero el año 2007 el presidente Hugo Chávez propuso una Reforma de la Constitución que contenía este soberbio, revolucionario, contracultural, demoledor y redentor artículo (el 136): “El pueblo es el depositario de la soberanía y la ejerce directamente a través del Poder Popular. Este no nace del sufragio ni de elección alguna, sino que nace de la condición de los grupos humanos organizados como base de la población”. Toda vez que en el referéndum de ese año no se votó artículo por artículo sino por el paquete completo de propuestas (donde la propuesta original de Chávez fue aumentada y distorsionada por una serie de pezuñas insolentes) nos perdimos una ocasión histórica de mandar al infierno todo lo que la cultura burguesa considera democracia: ya para que haya democracia no era preciso andar haciéndoles concesiones a quienes destruyeron el país, ni comprándoles su noción interesada de lo que es votar y lo que es construir democracia.
Así que seguimos votando por individuos para el cargo de presidente y otros más. Pareciera un triunfo para ellos, los conservadores y burgueses. Pero se atraviesa el detallazo de que, incluso dentro de las normas inventadas por ellos, seguimos revolcándolos de una manera impía. ¿Te gusta la idea de que las elecciones definan la existencia de democracia? Bueno, pues toma tu (sobre)dosis de democracia eleccionaria. En eso andamos ahora.
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El voto (que por cierto nos lo vendían como un derecho y un deber: si usted no aparecía en un registro como votante, y no conservaba en la cédula la calcomanía que indicaba que usted había votado, a usted cualquier policía podía tratarlo como a un delincuente) se convirtió en aquel entonces en el corral que el poder se inventó para que usted creyera que estaba construyendo democracia. Vota por mí, mi amor, que si me conviertes en presidente ya estarás mandando. ¿Y qué más hago? Pues más nada: dedícate a trabajar para un patrón, a estudiar alguna carrera que le sirva al sistema, y a rumbear. Pórtate bien y vive un día pepsi: hacer democracia es quedarse tranquilo mientras los poderosos gobiernan.
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El término democracia (gobierno del pueblo) ya no se atiene sólo a lo que indica el término griego, sino que pasa por una cantidad de filtros muy convenientes, y además muy oportunos hoy para esos señores que han perdido 16 de 17 elecciones en 15 años. Cuando uno revisa hitos como las revoluciones francesa y norteamericana (siglo 18) notará que hay elementos retóricos que les vienen al pelo a los ricos y a sus partidos y candidatos: resulta que democracia no es el gobierno del pueblo (lo que nosotros llamamos pueblo pobre u oprimido, en vías de redención y liquidación de la pobreza y la indignidad) sino el gobierno de todos los miembros de la sociedad. En esto hilaron fino los proponentes de la democracia liberal a lo gringo: si no hay libre empresa (libertad para tener esclavos) no puede haber democracia ni libertad. ¿Cómo camina una sociedad donde cada gremio o grupo empuja para su lado? Fácil: siempre hay grupos que tienen ventaja efectiva y ésta no es necesariamente numérica. Eso explica que nosotros ganemos elecciones y ellos sigan siendo ricos y acomodados: la democracia “moderna” ha sido moldeada para que los poderosos pierdan algunos espacios dentro de la administración del Estado, pero nunca su supremacía y su insolencia de clase.
¿Hay empresarios en Venezuela? ¿Hay empresas transnacionales en Venezuela? ¿Hay voces pro Estados Unidos en Venezuela? Por supuesto que sí. Pero en esta acera cobra forma un enemigo más poderoso que la simple y llana prohibición de la empresa privada y la inversión transnacional: el cambio del espíritu y letra de eso que llaman “democracia moderna”, ese tipo de democracia en que los explotadores y explotados se dan la mano “para progresar y echar adelante el país”. Ya los empresarios y sus ejecutores no pueden mandarnos a matar tan fácilmente, porque en las instituciones del Estado hay ahora unos cuantos aliados nuestros. Pero el espíritu que ordena llamar “democracia” sólo a lo que conviene a los negocios e intereses de los ricos, está vivo y galopante en forma de fascismo a la venezolana: eso que gusta de llamarse antichavismo, y que tiene tantos defensores y financistas en los regímenes hegemónicos.
Si usted se fija bien, el antichavismo suele acudir a una idea de democracia que contiene todavía más trampas que esas que acuñaron los jerarcas de la Cuarta República: ahora resulta que la democracia no consiste sólo en votar sino además en votar por los tipos que le agradan al poder económico y otras hegemonías mundiales. Ya “democracia” no significa sólo votar y permitir y estimular el voto, sino alternarse en el poder con los enemigos de la democracia: si no hay alternabilidad no hay democracia. Un sistema donde los tiranos no ganan elecciones no puede ser democrático. ¿Por qué? Bueno, porque las hegemonías no ven la conducción del Estado como un servicio público sino un premio que ellos se merecen, por haber invertido tantos recursos en desestabilizar y conspirar.
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Aparte del hito de la democracia liberal está la experiencia canónica de Francia. Antes los soberanos eran los reyes y de eso no le quedaba ninguna duda a nadie. Hasta que el pueblo y los burgueses de Francia demostraron que si usted le tasajea el pescuezo a un tipo, por muy muy muy poderoso que éste sea, ese güevón no sólo pierde la soberanía sino además la vida. Pero los burgueses que capitalizaron las rabias del pueblo durante la Revolución Francesa, asustados por la enorme energía social traducida en violencia homicida, que usted puede desatar cuando invoca palabras como “libertad”, decidieron jugar un poco a los conceptos, y decidieron no proclamarse ellos como los nuevos soberanos. LA-PIN-GA: a los soberanos les arrancan la cabeza. Entonces mejor nombramos soberano al pueblo y listo, que vean ellos a quién guillotinan cuando la mesa empiece a cojear. Para perpetrar esta maniobra funcionaba de maravilla la palabra de Rousseau: para endulzarle la píldora a la horda furiosa y hacerle ver que, a pesar de que los cargos los iban a ocupar los burgueses, en realidad la soberanía y el poder iba a tenerlos el pueblo.
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Así, no se sorprenda de que Estados Unidos, cuyos ciudadanos no eligen al presidente sino a unos electores que elegirán al presidente, quiera dictarnos órdenes y regañarnos porque nos salimos de la norma. Porque la norma de ellos está clara: si no hay amos y esclavos no hay democracia. Y la norma venezolana también está clara: o inventamos o erramos. En este invento la democracia es un lterritorio donde la gente hace cosas en lugar de sentarse a esperar que las haga el Gobioerno. Y mientras maceramos nuestro inventa seguiremos echándoles una pela en ese tipo de elecciones que ellos mismos como clase nos impusieron.

martes, 2 de abril de 2013

Hacia un nuevo ciclo de nuestra historia

Para los venezolanos Chávez no murió el 5 de marzo. Chávez todavía es Presidente de la República. Administrativa, formal y estrictamente, por supuesto que el presidente es Nicolás Maduro y todo indica que seguirá siéndolo durante los próximos años. Pero simbólica y emocionalmente los venezolanos estamos viviendo el último período de Gobierno de un sujeto por quien votamos el 7 de octubre de 2012. Después de esa fecha no hemos elegido a nadie para Presidente (lo haremos el 14 de abril).
El espíritu, el hacer, el ejercicio fáctico del Poder Ejecutivo sigue moviéndose de acuerdo con estrategias, estilos y procederes moldeados por Hugo Chávez, quien impregnó y esculpió por 21 años la historia política de este país. Nada se ha hecho en este Gobierno provisional que no sea continuación y prolongación del que teníamos antes de marzo o antes de octubre. Pero el dato esencial para entender de qué va todo esto es que falta por cumplirse la instrucción final de su mandato, la última voz jefatural que se le escuchó pronunciar a Chávez: salir a votar por Nicolás Maduro. Cumplida esa instrucción sí podrá decirse que tenemos un nuevo Gobierno y una nueva fase de la historia institucional venezolana. O, si queremos hacerle concesiones a la tristeza, decir que ha concluido el ciclo de Hugo Chávez frente a la Presidencia de la República Bolivariana de Venezuela.
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Lo anterior pudiera leerse apenas como el fin del camino de un hombre, pero si uno aparta un poco la emoción y el tono épico producto de nuestro amor y nuestro agradecimiento a Chávez (que nos lleva a decir cosas como que el Comandante no morirá jamás y que la patria bolivariana será exactamente la misma para siempre) nos encontraremos con que la historia de Venezuela está en proceso de dislocación, en otro momento de viraje hacia otro rumbo. Puede que lo correcto, en términos historiográficos, sea decir que ese cambio o ruptura se producirá sólo si el chavismo y su aparato partidista sufren alguna derrota y el Poder Ejecutivo cae en manos de otros factores (tras lo cual habrá que ver si de todas maneras la influencia de Chávez no marcará también la forma de gobernar de los presidentes que vendrán). Pero a partir del 14 de abril, o en el momento en que se instale el nuevo Gobierno, ya Venezuela habrá torcido su rumbo hacia otro distinto. El chavismo no murió con Chávez, pero la historia de Venezuela tendrá un signo distinto al que conocemos.
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Este fenómeno será perceptible desde el momento en que Nicolás Maduro comience a mostrar su estilo de comunicarse con la gente e implemente las primeras políticas autógenas de su gabinete, que seguramente será muy parecido a los gabinetes de Chávez pero que no será el mismo, entre otras cosas porque su jefe ya no será el mismo. Muy probablemente las políticas sociales, el discurso antiimperialista y la relación con el pueblo y los grupos de poder no experimenten un gran cambio, pero no es ni probable ni conveniente que Maduro se dedique a repetir sin variaciones el guión dejado por Chávez, quien por cierto no tuvo un solo guión sino muchos. El Gobierno de Chávez fue mutando, evolucionando, cambiando siempre, y no hay que ser muy sagaz para detectar las diferencias entre el Gobierno chavista de 2001 y el de 2012. Así pues, Maduro no tendrá más remedio que inventar o errar.
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Eso de "continuar la Revolución" se presta a tantas confusiones y equívocos que lo mejor es distinguir lo que pudiera ser el destino del Gobierno, el del Partido Socialista Unido de Venezuela y el del quehacer revolucionario de nuestro pueblo o de sectores de nuestro pueblo. Esto, porque nunca hemos creído que Gobierno y Revolución sean una misma cosa, ni que la Revolución consiste en mantener al PSUV al frente del aparato burocrático del Estado.
A tal efecto conviene precisar que el mantenimiento del PSUV en el poder dependerá de la eficiencia de esa maquinaria para proponer candidaturas, discursos y políticas atractivas para nuestra gente. Ganar elecciones para el chavismo es tarea del PSUV y de otros partidos. Pero eso no es la Revolución.

El Gobierno tiene una tremenda tarea, el cumplimiento de una línea macro propuesta por Chávez y que no debe ser violentada: la creación y consolidación de comunas rumbo al nacimiento de un Estado Comunal. Estamos en una etapa germinal de esa construcción, y como el experimento apenas comienza entonces pareciera que el Estado Comunal consiste en que el Estado debe financiar a las comunas, cuando la realidad indica que somos nosotros (aprendices de comuneros) quienes debemos hacerlo. Está bien que un Ministerio para las Comunas se ocupe de echar a andar experiencias que luego se harán autosustentables, pero creer que la misión del Estado será financiar para siempre los experimentos comunales es un error que suponemos en proceso de revisión por parte de los responsables. Así que la labor del Ministerio para las Comunas es importante y crucial, pero eso no es la Revolución.

En el nivel más horizontal y masivo del experimento revolucionario nos encontramos nosotros, los que no tenemos responsabilidades de dirección o jefatura en ninguna instancia. La gente en su hacer cotidiano, que ha captado la propuesta chavista de construcción de comunas, tenemos una tarea y es demostrar que podemos echar las bases de un edificio que ha de construirse durante muchas décadas, seguramente hasta después que nosotros y nuestros hijos hayan muerto. Si el Estado Comunal que estamos apenas formulando, discutiendo y construyendo torpemente, en procesos y experiencias focales y por los momentos aisladas, se convierte en la forma de vida y de participación ciudadana de los venezolanos que todavía no han nacido, eso sí es la Revolución.

Ese sí será el legado de Chávez y será también nuestro orgullo. Porque nosotros, formados y moldeados conforme a cánones burgueses, en escuelas burguesas y con un lenguaje y una forma de relacionarnos absolutamente burguesas, habremos demostrado que logramos violentarnos, derrotar nuestro ser egoísta, individualista, consumista y mezquino, para merecer el calificativo de generación revolucionaria.

La mala noticia es que los venezolanos vivientes no sabremos nunca si nos recordarán de esa manera. Lo siento. La historia está llena de gente que no se enteró del tamaño de su aporte a la humanidad.

martes, 26 de febrero de 2013

Que se aparten los especialistas. El pueblo debe contar su historia


El 18 de febrero se cumplieron 30 años del “Viernes Negro”. Ahora, 24 años del Sacudón (mal llamado Caracazo, ya que todo comenzó en Guarenas y no en Caracas). El año 1983 es un antecedente importante de 1989. El primero fue el año de quiebre entre la Venezuela de la abundancia (para las clases privilegiadas) y la Venezuela del aterrizaje en la cochina realidad; el segundo, es el año de quiebre entre la Venezuela expoliada y la Venezuela en rebelión. 1989 no se comprende sin escudriñar 1983.
Para unos cuantos venezolanos esos episodios (Viernes Negro y Sacudón-27 de febrero) constituyen referencias claras, porque muchos los vivimos y tuvimos conciencia política del momento. Sabíamos lo que sucedía o teníamos al menos una vaga noción de ello. Pero hay una generación escasamente informada (o totalmente desinformada) al respecto. Voy a dividir los datos, extraídos de una búsqueda simple en la página del Instituto Nacional de Estadísticas:

  • Los venezolanos que hoy tienen entre 20 y 39 años (11.740.178 del total de 28 millones que somos) no habían nacido, acababan de nacer o eran muy jóvenes para entender desde su ocurrencia el alcance, la importancia y el dramatismo de aquellos hechos.
  • Más de 9 millones tienen 14 años o menos.
  • Es decir: existen más de 20 millones de venezolanos para quienes eso del Sacudón o Caracazo, eso del Viernes Negro y eso de los crímenes y genocidios del Estado adeco, son historia antigua que es mejor borrar de la memoria o tal vez fantasías de comunistas. Fantasías que tal vez Globovisión ayude a explicar “mejor”, o a manipular y retorcer a su antojo.
  • Un venezolano que hoy tiene 35 años, tenía 5 años en 1983 y 11 años en 1989. Es probable que recuerde los eventos del 89, pero puede decirse que no VIVIÓ lo que significó aquella rebelión ahogada en sangre. Un muchacho de 11 años está pendiente de resolver o vivir cosas muy importantes para un ser humano (la escuela, los síntomas de la preadolescencia; poco más que eso) pero no está pendiente del país, la política o la historia en desarrollo. A quienes eran así de jóvenes se les está tratando de ocultar hoy quiénes fueron los culpables de aquellas desgracias. Ahora, muchos de los responsables de esas desgracias o sus herederos políticos quieren regresar al control del Estado.

Me empecé a dar cuenta de lo dramático de esta situación hace poco, escuchando a ese monumento a la estupidez llamado Carla Angola: la tipa le decía a uno de esos imbéciles “dirigentes estudiantiles” de la derecha que el empeño chavista en recordar los atentados a la verdad por parte de los periodistas en 2002-2003; ese recordar del golpe de Estado y ese constante rememorar el sabotaje petrolero, son “un fastidio”. Y es fácil creer que sus interlocutores lo aceptan: esos muchachos que hoy tienen 18 tenían 8 ó 9 en 2002-2003 y tal vez les importa poco lo que pasó en aquellos años (ya sus padres se lo contaron como les dio la gana).
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De allí la importancia de volver siempre sobre la Historia. O mejor: de renovar y refrescar la relación del ciudadano con su Historia. En las escuelas debería haber una materia o cátedra llamada Historia del Pueblo de Venezuela: todos sabemos o creemos saber qué hicieron los “grandes hombres”, pero casi nunca sabemos del valor del anciano que vive a nuestro lado. De ese anciano que se llevará sus recuerdos a la tumba. Pero (este pero quisiera que se viera enorme, desafiante por concluyente):

PERO YA ESTÁ BUENO DE "ANALISTAS"
Y "ESPECIALISTAS"

En un tiempo que queremos galvanizar en la memoria colectiva como el del protagonismo del pueblo va siendo hora de que la gente le cuente a la gente su vivencia. ¿Gente? Cierto: hay que especificar y aclarar: es una perversión que sólo quienes chapean con títulos de historiador, sociólogo, sicólogo y demás ólogos hayan sido ungidos como los autorizados para explicar qué sucedió o sucede en el país. La tarea de contarnos no debe ser tarea de ilustres académicos hablabonito que el día del peo estaban guardados en sus quintas de El Cafetal o en sus apartacos de Bello Monte. Cosa triste: uno pudiera creer que los antichavistas son los únicos en segregar y despreciar el decir del pueblo humilde y sin formación académica, pero resulta que entre nosotros, dentro del chavismo, también hemos conformado la respectiva corte de declaradores de clase media que pretenden ser especialistas en riquimbili sin haber visto nunca una riquimbili.
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Paréntesis. Hace unas semanas, un gringo mamagüevo nombrado Jon Lee Anderson (un intelectual muy adulado entre la sifrinería académica escuálida y chavista por igual; al final en esos gremios de tragalibros todos terminan cayéndose a besos) escribió un mamotreto titulado "El Poder y la Torre" (http://prodavinci.com/2013/01/28/ciudad/el-poder-y-la-torre-por-jon-lee-anderson/), un intento tan eficiente como puerco, muy bien escrito y muy hijo de la gran puta, destinado a convencer a la gente de algunas vainitas de este color:

  • Que la Venezuela de 1983 era modelo de desarrollo y democracia, porque entonces se inauguraron el metro y el Teatro Teresa Carreño;
  • Que la Torre Confinanzas (ahora la llaman "Torre de David"), ubicada frente al elevado de la avenida Andrés Bello de Caracas, es una maqueta fiel y exacta de Venezuela, porque tanto en la torre como en el país gobernamos los malandros, los criminales y los feos. No ellos, los lindos niños que estudiaron en Oxford. Pues resulta que NAOU, men: en Venezuela gobierna el lumpen.
  • Que el escritor y periodista Jon Lee Anderson sabe más que cualquier habitante de San Agustín (barrio del que dice esto: "...puede verse la basura rodando entre pendientes fangosas, un laberinto de ranchos y callejones mugrientos. Me dijeron que no me bajase en la cima, para evitar el riesgo de ser asaltado") que Venezuela está hecha mierda, y por lo tanto los habitantes de San Agustín son unos subnormales. Si Jon Lee viviera en San Agustín votaría contra Chávez, y en cambio esos negros del coño votan por el tipo que no les ha ido a recoger la basura de sus "callejones mugrientos". Ah, pero ve tú: Jon Lee no se baja en San AGustín porque saldría violado.
Las reacciones a este artículo fueron casi inexistentes del lado del chavismo. Pero del lado del antichavismo los comentarios fueron más o menos en esta tónica: "Qué terrible realidad y qué valiente Jon Lee. Gracias Jon Lee, por mostrarnos este país corrompido".
Pero de bolas que se entiende: el antichavismo sifrino (tal vez no el pueblo pobre antichavista, que es otra cosa) es un conglomerado de mamagüevos que no conocen al país y por eso lo desprecian, y basta que venga un gringo pajúo a retratarles el país dantesco que ellos quieren creer que existe, para que crean que eso que narra el Lee es la verdad. Incapacitados por el miedo a conocer a Venezuela  (¿o no fue un sifrino el que le recomendó no ir para San Agustín?) y a hablar con la gente a ver por qué sale en masa a darle amor a Chávez, prefieren comprarle su maldito reportaje al Jon Lee.
Repito: que así se porten los escuálidos es entendible. Pero ¿no estaremos haciendo nosotros lo mismo, al poner a Román Chalbaud a contar una versión de un Caracazo que él seguramente "vivió" debajo de la cama de algún hotel en Aruba?
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Los muchachos deben enterarse, por boca de los menos jóvenes que protagonizaron o al menos presenciaron en vivo la magnitud del vuelco histórico, de cuáles eran los signos perceptibles en la sociedad. Bueno, sí va, arréchense si quieren: el señor Gustavo Menoni, habitante de La Cañada, sabe lo que es un asesinato múltiple a manos de la policía, porque él lo vio en el estacionamienbto del bloque donde vivía en el 23 de Enero; el señor Luis Britto García no sabe un coño de eso, pero es Britto y no Menoni quien sale cada 5 minutos a hablar vergas por televisión.
Aporte personal: hace ya un rato me he estado negando a aparecer en televisión o a participar en foros. No porque no haya vivido de cerca o desde adentro algunos eventos graves, sino porque ya dije al respecto lo que tenía que decir y es una recontrasoberanísima estupidez que siempre inviten a la misma docena de "especialistas" a decir las mismas vergas cada año, cuando si de algo debe estar orgulloso este pueblo es de la cantidad de gente que habla sabroso en esos barrios y campos, pero que nunca serán llamados especialistas.

Artículo referencial:

Otro:


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Ya antes hablábamos de los recuerdos que revelan cierta perversidad relacionada con la fecha 23 de Enero. Fecha que nos han vendido como “de júbilo”. Se nos ha dicho que el 23 el pueblo salió a celebrar “jubiloso” en las calles la caída de la dictadura de Pérez Jiménez. Nosotros no recordamos lo que realmente sucedió, así que lo aceptamos porque nos lo dijeron.
Pero casi nunca se nos recuerda, por ejemplo, que el día 23 de Enero los adecos y copeyanos estimularon a las masas enfurecidas para que linchara a los funcionarios del régimen que caía. Muchos policías y empleados públicos fueron degollados y despedazados en las calles, bajo la acusación de ser “esbirros”. Esos mismos que aprovecharon la rabia del pueblo para ejecutar su venganza de clase política de manera sangrienta fueron desalojados del poder hace 14 años y nadie les ha tocado un cabello. Cierto es que parte del castigo vino solo, a base de olvido: nadie recuerda que personajes tan repulsivos como el Consalvi, el Ciliberto y el Morales Bello fueron presos políticos, que fueron torturados en los 50. De nada les valió que quisieran usar ese pasado para tratar de obtener aunque sea una sonrisa, un aplauso o unas migajas de respeto. La historia los desalojó para siempre de los afectos del pueblo, y vaya que ha sido barato el castigo, en comparación con el daño espantoso que le ocasionaron a la sociedad a su paso por el control del Estado.
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Para cerrar, y para que quede claro. Ya está bueno de que los mismos opinadores y "analistas" hablemos en los foros y programas de TV sobre estos acontecimientos. No sólo porque uno al final no es especialista en nada, sino porque:

1) Ya los opinadores habituales contamos y dijimos lo que teníamos que decir y contar.
2) Hay que buscar a otras vocerías, al pueblo profundo que siempre ha sido silenciado, para que sean sus echadores de cuentos los que narren lo narrable.
3) Debemos borrar de una vez por todas el precedente del sujeto de verbo entrenado para los auditorios, que a causa de la excelencia de su lengüeteo pareciera ser el dueño de la verdad.

No me inviten para esas vergas, pero si quieren que les colabore puedo darles contactos de gente de los barrios y pueblos que nunca ha hablado en TV, y que de pronto puede soltar algún por ahora monumental. Los hay en todas partes. Sólo hay que buscarlos y caerles.