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lunes, 14 de noviembre de 2016

Algo más sobre el miedo

Relacionadas: dos crónicas algo antiguas:

El miedo
El depredador

***

Por ejemplo, esta pobre culebrita.
"La tuve que matar" hace un rato. No porque representara un peligro real, sino porque el miedo (digámoslo más elegantemente: el instinto de preservación) me empujó a meterle unos chaparrazos con la primera cañabrava a la mano; al primer golpe ya tenía el cuello fracturado, pero le metí cuatro o cinco golpes más. ¿Por qué? ¿Porque yo soy un carajo muy aguerrido y combativo? ¿Porque ese enemigo salvaje venido del bosque húmedo es un monstruo resistente y violentísimo que ameritaba enfrentarlo con misiles, cuchillos y candela? No, me aseguré de que estaba bien muerta porque tenía miedo. La gente cuando se asusta es capaz de matar.

Diré un par de cosas en mi descargo. Una es la miopía. Otra, que los accidentes ofídicos (ataques de culebras venenosas) en la zona donde vivo son frecuentes. Mi vista hace rato no anda al cien por ciento, y tal vez ni siquiera al 50, y en un primer momento, al ver al animal serpenteando (eh, las serpientes serpentean) sobre una mesa del rancho el primer y único impulso fue disparar primero y averiguar después, porque los muchos vecinos atacados y mordidos por culebras los cargo a flor de alerta en el cerebro.

Por aquí abundan las mapanares, que por cierto son las culebras venenosas más abundantes en Venezuela (no se duela, por lo tanto, de tener que matar alguna, porque de esas hay en abundancia), y otra especie de veneno menos mortífero pero más peligrosas y violentas: las sapas manare (sapa a secas, para los amigos). Si una mapanare te detecta a cierta distancia su impulso será el de alejarse o quedarse quieta para que no la veas. Claro que si pisas una o le pasas demasiado cerca te va a atacar, pero ella no vendrá a buscarte pleito. En cambio, si una sapa siente que algo se mueve en su territorio irá tras ese algo y lo atacará. Peligrosas, porque en pleno monte o en la oscuridad es difícil saber por dónde aparecerá una loca de esas dispuesta a morderte.

Para completar ese cuadro del miedo o el odio automático a las culebras, a los seres humanos se nos ha impuesto el relato perturbador, incluso en clave bíblica y religiosa, que convirtió a los ofidios en nuestros enemigos naturales, y contra esa propaganda de guerra, contra esa inmensa operación sicológica de siglos o milenios, nadie ni nada se salva. Mucho menos las culebras, que no han tenido ni tendrán oportunidad alguna para defenderse.

En resumen, uno tiende por aquí a zamparle a todo lo que se arrastra.

A mi pobre víctima, cuando ya estaba muerta pude detallarla y entonces comencé a sentirme mal: no era la mapanare que yo supuse que era, sino una pobre cazadora. Es fácil reconocerlas cuando tienes la vista en buen estado. Las cazadoras tienen la cabeza alargada; las venenosas son "cachetonas", se les ven las bolsas de veneno en la parte de abajo o de atrás de la cabeza y esto hace que la cabeza parezca triangular. Esta que apareció en casa era entonces una bichita no venenosa ni agresiva, y con toda seguridad andaba por ahí limpiándome la casa de insectos y tal vez algún ratón. De eso se alimentan las culebras cazadoras. 

***

"El animal que fuimos y la persona que aun no somos", dijo Gino en un poema o canción. Somos demasiado miedosos como para comprender o recordar que esos bichos son hermanos de uno. Como matar es el mejor sinónimo de comer (comer: transferir energía de un ser vivo a otro) es lógico que en esta guerra fratricida deban perpetrarse matanzas, pero eso de asesinar por placer o por miedo lleva a la otra parte del verso: la persona que deberíamos llegar a ser es una tan consciente, despíerta e informada como para saber cuándo es necesario quitarle la vida a otro animal, y cuándo la cosa resulta más o menos criminal o negligente, o al menos innecesaria.

viernes, 27 de mayo de 2016

Formación para todo combate, o muerte


Hace unos días decidí romper una especie de promesa personal, consistente en no volver a aceptar invitaciones donde se me anuncia como ponente, conferencista y mucho menos como "experto" en algún asunto. A alguna gente se le da muy bien este rol, le queda bien y (porque) lo disfruta. A mí, francamente, me incomoda, me hace sentir poco sincero conmigo y con los demás.

Anotación para los hipersensibles: no he dicho que para ser alguien honesto, sincero y revolucionario en la vida sea un requisito negarse a ser conferencista o a dar conferencias. Tan solo hablo de mi decisión y mi sentir personal; hay buenos conferencistas, conferencistas buenagente, conferencistas importantes y lúcidos, conferencistas revolucionarios. Yo vengo a hablar de mi caso y mi circunstancia: después de tanto echarle mierda a ese ser despreciable que es el "experto", ese estúpido casi arquetípico a quien presentan como sabio o conocedor de todo cuanto hay que conocer, y casi siempre se lo cree, no voy a venir yo a querer ser esa mierda, y mucho menos a aparentar que lo soy.

Por cierto que no siempre fue así. Hace diez años, y tal vez un poco menos, yo aceptaba asistir a cuanta conversa, encuentro o programa de radio y televisión sobre Comunicación y Medios me invitaran. Hasta que me percaté de algo maravilloso: entre las personas a quienes tenía de "público" siempre saltaban unas cuantas que sabían más que yo de ese tema, que mucha gente supone que es el que mejor domino, y de paso lo exponía más sabrosa y didácticamente. Así que poco a poco empecé a sacarles el cuerpo a esas cosas que llaman charlas, conferencias, ponencias, simposios, cátedras, clases magistrales o de las otras, al principio haciéndome el pendejo, luego aprendiendo a mentir diciendo "No puedo, tengo a mi perra enferma", y después diciendo francamente por todo el cañón que no quiero. Simpático nunca he sido, así que no me ha incomodado para nada que cada vez me inviten menos para ese tipo de eventos.

Creo que si un grupo de gente va a invertir su tiempo en una actividad o encuentro con alguien que sabe o dice saber mucho debería salir de allí con algo concreto en las manos. Cuando el invitado especial es un coñastre que se ha pasado la vida devorando libros y no ha hecho un coño con las manos, pues al final del encuentro la gente se irá para su casa con las manos vacías, y con la mente y el estómago vacíos también (no suelen dar comidas en esos actos).

De modo que, de un tiempo para acá, las invitaciones que suelo aceptar son sobre temas y ramas del saber que refieran a experiencias físicas y productivas (agricultura, construcción, gastronomía), útiles o tan siquiera divertidas; a sesiones en las que aportaré unos gramos de las cosas que sé y seguramente algún objeto material que ofrecer, y a cambió saldré enterado de al menos una cosa que no sabía. Intercambios de saberes e ignorares, pero con la condición de entregar algo físico o al menos útil para una aplicación práctica y real de ese presunto saber: eso me gusta.

Decía entonces que en estos días traicioné esa decisión de no volver a dictar charlas de nada, y fue porque los convocantes de esta vez fueron vecinos y compañeros comuneros, y porque la temperatura del momento actual hace casi imposible sostener conversaciones que no terminen en análisis crudos y contundentes sobre lo que ha pasado, sobre lo que está pasando y sobre lo que vamos a tener que hacer en Venezuela. Acepté entonces ir a participar como facilitador (qué más da) en un taller de formación dirigido a los Círculos de Lucha Popular (CLP) y las Unidades de Batalla Bolívar y Chávez (UBCh)de la Comuna en la que vivo, pero me llevé en la mente un cochino plan: yo no iba a ser facilitador de nada sino complicador o problematizador.

Les propuse una introducción provocadora: la lectura en voz alta de un artículo que al chavismo de chapa y carnet suele arrecharle mucho (Este: http://tracciondesangre.blogspot.com/2012/10/y-entonces-que-cono-es-una-revolucion.html), comentada y enfatizada para jurungarles la llaga, y luego otra dinámica un poco rara: yo les hacía preguntas o reflexiones sobre lo que está pasando en el país y sobre lo que deberíamos ir preparando de cara a las peleas del futuro cercano. Una especie de entrevista colectiva, pero no de varias personas entrevistando a un sujeto, sino de un sujeto entrevistando a un montón de gente humilde, campesinos e hijos de campesinos, algunos más politizados y discurseadores que otros, y al final resultó lo que tenía que resultar: una discusión dura y a ratos amarga sobre lo que viene. Y dos documentos: uno que haremos público en el periódico comunero “Piedemonte”, y otro más o menos confidencial, una especie de informe de los comuneros de nuestro territorio a las autoridades del PSUV (los talleristas son todos militantes del PSUV, cosa que yo no soy), sobre el funcionamiento de las estructuras de base y el poder popular, y algunos datos locales sobre los movimientos de la derecha; datos importantes pero locales.

Más abajo hablaremos de situaciones actuales y concretas; antes, haremos un resumen de lo que aportó el pueblo del piedemonte en esa sesión de autodiagnóstico. Tomar en cuenta, por favor, que esta es una Comuna en la que el chavismo ganó con 57 por ciento de los votos el pasado 6 de diciembre, cuando en el resto del país sufríamos una aplastante derrota.

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Lo que contienen los dos documentos generados en el mencionado encuentro es, simplificando un poco las cosas, el análisis y la visión que tiene el chavismo sobre sí mismo y sobre los procesos (violentos y de los otros) que se avecinan. Las líneas maestras del discurso aportadas por estos camaradas en pleno proceso de formación fueron más o menos las siguientes:
-Si la burguesía impone leyes contra el pueblo, habrá que rebelarse contra ellas. Arriesgarnos a convertirnos en ilegales y clandestinos si nos imponen leyes contrarrevolucionarias.
-La crisis ha dejado en evidencia quiénes somos revolucionarios y quiénes se han rendido o están a punto de rendirse; entre los revolucionarios auténticos hay gente que PARECIERA NO TENER FORMACIÓN (anoten esta expresión) mientras que otros que daban buenos discursos son incapaces de movilizarse si no le garantizan logística.
-La crisis nos ha obligado a: crear, producir, valorar lo que tenemos, activar la conciencia. Aunque nos ha arropado el facilismo porque “Papá Gobierno” nos ha garantizado todo y siempre es más fácil comprar que sembrar, aquí queda la memoria de las antiguas huertas, que ahora llaman huertos, y la gente está volviendo a entender que aquí se da de todo.
-Si la derecha está cogiendo oxígeno, ¿dónde está el pueblo que ha recibido beneficios de la Revolución? En vez de apoyar a los camaradas que trabajan gratis para traer mejoras a las comunidades los reciben con piedras.
-Habrá conflictos nacionales y seguiremos leales al PSUV al Gobierno, pero cuando lleguen los peores momentos las decisiones tendrán que tomarse en las comunidades sin consultar líneas ni instrucciones de las autoridades de Caracas. Somos Poder Popular, y el pueblo sustituiría al partido, que somos nosotros mismos.
-Seguiremos siendo revolucionarios, incluso si llega el momento de que el chavismo deba entregar el gobierno nacional.
-Cuando uno está a punto de entregarse y no seguir peleando uno lo que tiene que recordar es su origen: somos gente humilde y campesina como nuestros viejos, y nuestros viejos no se murieron de hambre. También tuvieron esa montaña donde irse a resistir cuando el ejército vino a reprimirlos. Ese es el ejemplo que deberemos seguir.
-Es preciso volver a la vieja forma de producir y cocinar alimentos, porque de esa manera el fascismo no nos podrá acorralar. Volver a la arepa de maíz para no depender de la harina industrial, que no es maíz ni sabe a maíz. El capitalismo nos arrebató esa cultura y por eso nos tienen sometidos.
***
Esa Comuna cuyo chavismo organizado diserta y debate de esa forma sobre su situación entró en situación de alerta o de conciencia activa hace tres meses, cuando el precio de las caraotas rebasó por primera vez la barrera de los mil bolívares. Resultado: en un mes habrá sobreproducción de caraotas porque mucha gente se puso a sembrar (incluso alguna que nunca lo había hecho o no tenía previsto hacerlo), y ahora el único problema será movilizare el producto para venderlo fuera de la parroquia y el municipio. Precisamente al chavismo de esta Comuna le dije al final de la conversa-reunión: lo que ustedes dicen y hacen me hace imposible decir o tan siquiera pensar que yo vine a formarlos, porque de este territorio estoy obteniendo más conocimientos y claves para la vida que los que estoy en condiciones de aportar.

En este momento, entregado como estoy al aprendizaje del oficio más noble que puede aprender un ser humano, que es la agricultura, me siento seguro de tener de vecinos a los mejores maestros; a una gente que a simple vista PARECIERA NO TENER FORMACIÓN, pero que a la hora de la verdad son capaces de analizar y diseñar planes de acción en un papel o en una discusión, y además en la vida práctica y cotidiana.

¿Parecieran no tener formación? Si seguimos permitiendo que la convención burguesa nos estafe con el mito de que formarse es solamente leer, pues sí, consideraremos gente sin formación o poco formada a aquellos camaradas que no son capaces de dar grandes discursos en público ni de recitar pasajes de libros clásicos, manuales o mamotretos ladillas. En mi caso particular, hace rato dejé de mirar o escuchar con veneración a los fósiles del conocimiento, esos “expertos” que hablan en nombre de los obreros sin haber pegado nunca un bloque, o en nombre de los campesinos o sin haber pasado una jornada de trabajo en el campo. Me quedo con mi gente: la que hace agricultura limpia sin andar citando a Fukuoka ni llamando pachamama a la tierra; la que no se dice experta en movimientos guerrilleros ni anda diciendo que es capaz de agarrar un fusil para defender a la patria, pero conserva intacta la memoria de sus ancestros cercanos, que sí tomaron ese fusil y defendieron la vida.

La formación para el revolucionario de estos tiempos que se avecinan tiene que ser integral: productiva, militar; formación en recuperación de la historia de los países y de la gente, formación culinaria y emocional, formación para la cura y la sanación del cuerpo e incluso de los territorios espirituales. La figura romántica del hombre del fusil fue destruida en los años 60 venezolanos porque esos combatientes se alimentaban mayormente de productos enlatados que les llevaban de las ciudades. Echar tiros te otorga un aura de sujeto valiente y glorioso, cómo no. Pero a la hora del hambre no vayas a esperar que te traigan la sopa.

Leer mucho y saber echar discursos es importante y hace que la idea de la rebelión se difunda. Hasta que llega el momento incómodo en que el dicurseador debe procurarse alimento, vivienda y seguridad. Y entonces tendrán sus esclavos y sirvientes que procurarle todo lo que no es capaz de hacer.

O nos formamos para el combate, en las muchas formas y escenarios del combate, o nos condenamos a ser expertos en dar explicaciones sobre las razones de la derrota.

Historia y expectativa del viejo trapiche de La Soledad

Emma y su nieto Luis Alejandro
Se sube desde La Soledad por la cuesta que da hacia el sur; alejándose unos 100 metros de la carretera nacional se llega a la antigua casa donde levantaron su familia y su patrimonio Domingo Alarcón y Casimira Rondón, una robusta construcción de tapia y bahareque que todavía, a pesar del semiabandono, luce fuerte y señorial.
Detrás del caserón hay un conuco donde Emma Sánchez Alarcón y su nuera Rosa María Briceño mantienen viva la producción de yuca, ají y otras verduras y hortalizas, y por allá al fondo, en un rancho que pareciera una construcción de segunda, está el patriarca, el objeto central de toda una historia familiar y local: el viejo trapiche, que por muchas décadas llenó de panela, guarapo y melcocha toda esta zona del piedemonte.
Esta unidad de producción se encuentra inactiva desde hace más de una década, pero ya se están haciendo las gestiones para ponerla a funcionar nuevamente.

Una historia familiar

Emma Sánchez Alarcón relata dato por dato y nombre por nombre el árbol genealógico del viejo trapiche de bueyes, que es el mismo árbol de su familia: su abuelo Espíritu Alarcón le encomendó el terreno a su hijo Domingo para que fuera a talar y a levantar su propiedad cuando éste decidió irse a vivir con Casimira. Así que en los años 30 del siglo 20 Domingo levantó el potrero, la casa y el trapiche, y desarrolló la siembra original de caña de azúcar. Este sembradío, que hace 15 años ocupaba 2 hectáreas, fue arrasado por un incendio y este accidente paralizó las actividades del trapiche.
Emma recuerda el trabajo rudo para poner a girar el mecanismo de moler con pura tracción a sangre (la fuerza de las bestias), la faena pesada que significaba esa tarea tan aparentemente simple de moler caña para sacar los productos. “La máquina se le compró en Altamira a Cristóbal Rivas, quien se la trajo de Valera a Anselmo, hermano de Domingo. Cuando se molía había trabajo para un parrillero, un fondero, un prensador y un arriero; éste era el que ponía a girar a los bueyes. Una vez se desnucó uno de esos animales; ese era un trabajo fuerte”.
Por tratarse de una industria familiar lo ideal sería que hubiera en la familia continuadores, y sí los hay: por allí anda Luis Alejandro, nieto de Emma e hijo de Orángel Peña y Rosa Briceño, que a sus 12 años observa con interés y curiosidad los viejos objetos y presta atención a su historia.

Aunque están inactivos allí todavía pueden verse todos los implementos usados para procesar las panelas de papelón y otros productos: los calderos, la parrilla, la canoa de batir, las paletas y moldes. Emma y su familia están haciendo gestiones ante la Comuna y el Consejo Federal de Gobiernopara volver a poner a funcionar este trapiche, objeto patrimonial de La Soledad.

La canoa de batir, y sobre ella los restos de un caldero

El sistema de calderos, donde se calienta en diversas fases el jugo de la caña

Fogón de piedra remozado después con ladrillos

plano general de la cocina

Luis Alejandro manipulando los moldes de donde salieron miles de panelas de papelón


lunes, 7 de marzo de 2016

"El buey se conoce por el cacho; el hombre, por la palabra"


Eugenio tenía meses padeciendo las molestias de la tensión arterial y la retención de líquidos. Todos esperaban que se recuperara, como se recuperó hace 3 años de un ACV que lo dejó en cama torcido y enflaquecido, y del que se levantó como buen montañés hecho para la guerra. Pero el 26 de diciembre, rodeado de familiares y vecinos suyos, lo recostaron en la perezosa que tenía en el zaguán y allí cerró los ojos plácidamente, sin dolores ni escándalos. Tenía 88 años y 5 meses. En 1971 había decidido instalarse en la comunidad La Quinta, en un sector del que fue fundador; apenas había dos ranchos a su llegada.

Nacido el 27 de  julio de 1927 en El Pagüey, pero trujillano por ascendencia y por cultura, José Eugenio Becerra Rivas parecía un ser sacado de una película mexicana. Era hijo de Segundo Becerra y Encarnación Rivas, señores del siglo XIX que le enseñaron el valor del trabajo y ese código de honor de los viejos de antes: nunca dejó de cumplir una promesa o saldar una deuda. “El buey por el cacho y el hombre por la palabra”, era su dicho favorito, pues resumía la ética del ser humano dispuesto a ganarse el respeto de todos.
Las proezas de este agricultor y obrero, sus hazañas verídicas, sólo se quedaban chiquitas cuando se ponía a echar los cuentos de las “otras” hazañas, las que soltaba con esa chispa propia de los antiguos aventureros para hacer reír a los oyentes. Sabroso era sentarse a escucharle la historia del día en que se metió en un río a pescar y salió con un pescado en cada mano, uno en la boca, uno en cada sobaco y seis más que traía sujetados entre los dedos de los pies.
Pero más allá de estos juegos verbales estaba la verdad de su inmensa fuerza física. Una vez llegó a la casa cargando un tronco enorme que rescató del río Santo Domingo. Cuando soltó el gigantesco árbol tenía la clavícula salida sobresaliendo por encima de la camisa.
Trabajó en las principales obras de ingeniería de Altamira y zonas cercanas: el complejo hidrológico Planta Páez, represa La Mitisús, malla de concreto armado de la Peña de la Yuca; obras de electrificación de Calderas, el muro del cementerio de Altamira. Así que fue uno de los protagonistas anónimos de esas obras colosales que le dieron la actual forma a este territorio.
De joven fue parrandero, mujeriego y coplero; a todo lo que sus interlocutores decían él les respondía con versos en rima. Peleador y poco dado a los juegos y bromas pesadas, a más de uno lo durmió de un solo derechazo. Tomaba hueso de salvaje (oso frontino) molido y solía tomarse la sangre de los animales que mataba en sus jornadas de cacería.
Sentía debilidad por el chimó, y cuando no encontraba su ración porque se le había extraviado en la casa decía una oración insólita: “Ánima del más vicioso, con tal que me aparezca le regalo una buena comía de chimó”. En el año 95 se hizo cristiano evangélico y “Adiós, botellas de vino...”.
Siempre trabajador y respetuoso de los lazos familiares, sus 7 hijos (Isidro, Domingo, Reyes, Victoria, Jacinto y Gregorio) los tuvo con su única esposa, María Florinda Ramírez. Esos 7 hijos le sobreviven, junto con 16 nietos y 3 bisnietos.
Reyes y José Gregorio recuerdan con agradecimiento como, desde que tenían 5 años, los ponía a cargar leña y a sembrar martinico y caraotas, para que aprendieran desde niños lo que le enseñaron a él: el amor por el trabajo y por la siembra.
En Piedemonte nos sentimos orgullosos de haber conocido a este formidable ejemplar de pueblo, patriarca de tiempos románticos y grandiosos. Eugenio fue uno de nuestros millones de padres y abuelos esclavizados por el capital, explotados pero íntegros en su dignidad.

Descanse en paz. Vaya nuestro abrazo fraterno a su familia.

Publicado en el periódico comunal Piedemonte. Enero de 2016

Yaya esperó 81 años




Iraida Soler nació en Altamira de Cáceres en 1934. Ella es una de las personas a quienes les serán entregados los materiales para construir su propia casa; la comunidad decidió que ella la necesita y la merece, pues la última en la que vivió se fracturó y derrumbó parcialmente a causa de los movimientos de la falla que atraviesa toda la carretera hacia Calderas. Yaya (como le dicen sus familiares y allegados) habitó en esa casa durante 45 años, desde 1966 hasta 2011.
Ella ha vivido toda su vida en El Cañito, sector a las afueras del casco urbano de Altamira. Nunca le ha faltado la atención de su familia, pero jamás un Gobierno le había dado la oportunidad de construir su propia casa, así que fueron  81 años de espera que acaban de concluir.
Apenas le dijeron que le iban a entregar esos materiales cogió unas herramientas de trabajo y se puso ella misma a replantear el terreno. Para los que digan que el altamireño es flojo aquí tienen el ejemplo de esta guerrera, que a su edad todavía tiene gasolina para entrarle a la construcción.
Cuando la casa se comenzó a derrumbar, el Viernes Santo de 2011, uno de sus hijos se se la llevó a vivir con él a Barinitas. Pero no se acostumbró nunca a estar allí, el amor por su terruño natal era demasiado fuerte. “Hasta el agua para tomar me la tenían que llevar de Altamira, hasta el agua la extrañaba”, dice la señora Yaya.
Recuerda cómo era su sector cuando ella era niña: “Había muchas casas y una capilla en este sector llamado El Bizcochito. Las casas las fueron abandonando y se fueron cayendo. Por ahí todavía quedan las de Ramón González y la de Oswaldo Jerez, el dueño era Gilberto Ávila”.
Se refiere la señora a un viejo caserón ubicado en el sector Potrerito, que es probablemente la casa de bahareque más antigua de Altamira: le han calculado más de 300 años de antigüedad y todavía conserva algunas de sus paredes originales.
La nueva casa de Iraida Soler será construida al lado de la de su hijo Félix, en El Campito, así que ya tendrá dónde recibir a su familia y amigos, y dónde practicar algo de lo que sabe mucho: “Me voy a dedicar a sembrar muchas maticas de remedios y flores”.

Publicado en el periódico comunal Piedemonte. Septiembre de 2015

domingo, 27 de diciembre de 2015

La venganza de Canelón

Natividad acaba de cumplir 80 años (el 25 de diciembre). Ha venido a esta montaña a celebrarlo, y lo ha hecho cumpliendo una especie de dulce venganza, tal vez sin darse cuenta.
Mi mamá es sobrina de dos seres legendarios. Por el lado materno es sobrina de Juan Esteban García, ícono y patrimionio cultural del pueblo venezolano; este caballero fue quien con más reciedumbre divulgó y le sacó matices a la bandola central o guaribeña.
Por el lado paterno es sobrina de un fantasma: su tío fue el guerrillero Desiderio Canelón, alzado en armas en el oriente venezolano en los años 60, y de quien se corrieron voces y cuentos asombrosos. Por ejemplo, que varias veces estuvo rodeado por el Ejército o la Guardia Nacional, y que cuando estaban a punto de liquidarlo o darle alcance en el lugar donde se encontraba se levantaba una nube de comején o saltaba un tigre: era el tío que huía transfigurado en bestia.
Una vez lo sorprendieron entrando clandestinamente a su casa en San José de Guaribe; los efectivos militares le gritaron desde afuera que se rindiera, que iban a entrar por él. Desiderio les pidió a su mujer e hijos que se metieran en un cuarto de la casa mientras él esperaba a los asesinos en la sala. Los soldados entraron, registraron, interrogaron y golpearon a la esposa, a los muchachos. Pero a Desiderio no lo vieron. A Canelón, que nunca se movió del centro de la sala, y allí mismo lo encontró la familia cuando los uniformados se hubieron ido y ellos pudieron salir del cuarto.

También se dice de este guerrillero que solía esconder a sus compañeros de armas en el fogón donde se cocinaba, en esa misma casa. Alí Primera se enteró de estos prodigios y le dedicó aquella pieza, "Me lo contó Canelón", en la que narra alguno de estos cuentos y remata diciendo: "Y Canelón nunca miente. Si alguna vez él mintió dijo una mentira hermosa".


Nunca ningún cuerpo represivo pudo capturar a Canelón en dos décadas de clandestinidad (un sagaz campesino hecho combatiente del Frente Ezequiel Zamora, baquiano en todo el cerro El Bachiller) ni en las siguientes dos décadas de retiro en sana paz en el pueblo costero de Osma. En los años 70, quien llevaba ese apellido era perseguido, investigado y humillado donde se encontrara; ser familiar de Canelón era una marca horrible que te señalaba como criminal o cómplice de un criminal; varios Canelón fueron apresados, torturados y asesinados.
Su sobrino Cecilio (hermano de mi mamá) una vez apareció en Venezolana de Televisión contando cómo lo detuvieron y torturaron para tratar de sacarle información sobre el paradero de su tío; Cecilio solía subir a la montaña a llevarle información y alimentos al fugitivo y en una de esas lo pillaron ( aquí, el testimonio de Cecilio: "Lo que querían era matarme": Cecilio Canelón). Cuarenta años más tarde, en 2007, el comandante Chávez fue a Mango de Ocoita a entregar unos crédicos para el cultivo de cacao, y uno de los campesinos beneficiados por este programa fue Cecilio, quien ya estaba muy viejo pero activo y con la chispa intacta. Cuando le llegó el turno de recibir su cheque se le cuadró al comandante en un saludo militar, le entregó una bolsita de papel y le dijo ante las cámaras: "Chávez, llévese este jengibre para que se lo vaya masticando. Porque usted habla mucho y esto es bueno para mantenerle limpia la garganta". Acto seguido le contó cómo fue que la Guardia Nacional lo guindó de los pulgares durante todo un día para hacerlo delatar a Desiderio, y no lo lograron doblegar (en el enlace de arriba, el video que le hicieron en VTV ese mismo día).
Desiderio murió de plácida vejez en los años 90, y Cecilio unos pocos meses después de ese encuentro con Chávez.
Una vez le pregunté a Margarita, la hija de Desiderio, por las renombradas virtudes mágicas del tío abuelo. La mujer arrugó la cara y respondió: "Ay pero a la gente sí le gusta inventar cosas...". Me mostró un libro donde otro comandante guerrillero reseña episodios de su vida en fuga junto al fantasma: el hombre logró en un momento escapar de Venezuela con identidad y pasaporte falsos. Resulta que mientras los órganos de seguridad del Estado barrían las montañas de Guárico y Miranda en busca del peligroso, escurridizo y esotérico combatiente éste se encontraba en París, buscando apoyo entre los izquierdistas europeos y cogiéndose a unas cuantas francesas, de quienes decía: "Es el mismo hueco, camarada, la misma vaina".
***
Natividad ha venido entonces a este sistema de montañas, huyéndole a los calorones del Guárico y pidiendo a gritos que la llevaran a echarse un chapuzón en un río decente. La he llevado los más poderosos y fríos que conozco en la zona. Le he advertido dos cosas: que el agua es muy fría y que no es fácil llegarles a los pozos. Lo del agua fría me lo rebotó con ese cuento que todos sabemos o deberíamos saber: "Ah carajo, usted se le mete sin compasión y cuando sale del agua ya no siente frío". Lo de caminar sobre el piedrero sí se me antojaba un poco más engorroso. Aquí comenzó la venganza de la sangre marca Canelón.
Antes, el recuerdo de la experiencia de caminar al lado de mi vieja: en Caracas, tratando de hacerla ingresar a una escalera mecánica, el trauma de verla paralizada y sin coordinación, sudando, aferrada a mi brazo y cerrando los ojos mientras aquel espanto de aparato la subía hasta la salida de la estación Bellas Artes. Y antes de eso, el tratar de comprender su pánico y sus oraciones mientras el tren avanzaba por debajo de la tierra. Esto fue hace más de diez años y a mí me conmovía y me llenaba de tristeza el que ella, la señora que me parió, se viera tan desvencijada e incapaz de descifrar los artefactos citadinos en la relativamente cómoda edad de los 70.
Ah, pero una cosa es ver a una campesina tratando de entenderse con la urbe y otra muy distinta verla en su elemento, camarada.
Para empezar, no fue ella sino mi hermana, quien anda por los cincuenta y tantos pero con una operación espantosa en el fémur, la que anunció que no iba a poder llegar al primer pozo; el camino era empinado y lleno de piedras lisas y barranquitos respetables. Mi sobrina tampoco bajó a la quebrada, en solidaridad con su madre. Me fui entonces con mi vieja a sentirme perplejo y un poco culpable: aquella doña que una década atrás parecía tan inútil y desvalida en el Metro fluía y saltaba por aquel pedazo de bosque húmedo con una agilidad que me obligaba a apurarme, no para alcanzarla o ayudarla a nada, sino para no quedarme muy atrás.
Después vino el rico chapuzón, con la ropa puesta, y como quedó con ganas de más entonces la zumbé de cabeza en La Piedra del Patio, en Calderas.
En el camino de regreso, el ejercicio de identificar árboles y matas: la vista clarita, la mente alerta, el sentido del humor resplandeciente. Diez años más vieja y diez siglos más joven que aquella anciana de la que me llegué a compadecer en Caracas.
Rodeado de mi vieja y de mi hermana. Canelón en dos tiempos (Foto: Genesse Hernández, de otra generación de Canelón)

Ando entonces en el trance de disfrutarla en su nueva plenitud: andamos sembrando semillas olvidadas o desconocidas para la mayoría, aprendiendo con ella el arte de trabajar con arcilla, escuchándole sus cuentos, y malvada sea la gracia que me hace la forma en que narra vainas tan espantosas como cierto accidente de autobús en que pereció un gentío. Una verga de la que nadie debería reírse, da risa cuando ella la cuenta, afligida y adolorida, muy en serio.

A ver qué se nos pega, así sea tardíamente, de esta limpia y ancestral sabiduría.

lunes, 22 de septiembre de 2014

El depredador


  • Esta crónica iba a debería titularse "El ignorante", rótulo más ajustado al episodio que le dio origen. Pero se atraviesan esas cosas del merchandising, la imagen personal que uno cree que debe defender y las ganas de captar lectores con cultura cinematográfica, y ustedes saben, cede la justicia y termina triunfando el espectacular lenguaje de la guerra


Llegué a mi casita de madera en construcción. Me alisté para trabajar, busqué las herramientas, me paré frente a una de las paredes, y vi que esta se movía. Se meneaba, culebreaba como una bandera. Me puse los lentes; lo que se movía no era la pared sino los millones de hormigas que la cubrían. Eran unas bichitas de culito rojo, no tan impresionantes como los clásicos bachacos, aunque pude distinguir algunas de grandes tenazas y supuse que eran los soldados de la partida.
Marea de innumerable vértigo, la hecatombe animal se apoderaba del ranchito. Y se me dispararon las sirenas de alarma; si esas bichas anidaban ahí yo no podría habitar nunca esa casa, que por cierto es la única que tengo.

***

Me armé entonces de lo más eficaz de lo que disponía para combatir a los bichos salvajes, esos enemigos incómodos que nos impiden construir nuestra casa: sustancias tóxicas. Gasolina, gasoil y creolina; un tobo entero de una mezcla de esas tres sustancias, que juntas seguramente son más venenosas y letales que lo que pueda tener una mapanare en sus pertrechos. Iba a usar candela también, pero fíjate tú, la mía es una construcción 90% de madera.
Les zumbé varias cargas con un vaso pequeño, así de lejitos; las hormigas se agitaron, comenzaron a correr en todas direcciones. Ya estábamos igualados en algo: yo estaba sobresaltado, ellas también.
Busqué un cepillo de barrer y una brocha para aplicar el resto del líquido directamente en las paredes. Barrí, cepillé, arrasé a lo macho a docenas, centenares, tal vez miles de las invasoras. Estaba en eso, más o menos eufórico y excitado, cuando recibí un gol en contra. Más bien dos: escuché claramente algo que me sonó tac, tac en la pantorrilla derecha; acto seguido un dolor lacerante y ardiente, y segundos después una sensación que no tengo por qué reservarme ni tratar de narrar de manera elegante (porque es imposible): esas dos pequeñas picaduras me dieron ganas de cagar.
Me imaginé la picadura de cien, doscientas o mil de esas hormigas en el cuerpo de alguien perdido o descuidado en estas montañas. Aplasté con más dolor que rabia a las dos agresoras y me vi las heridas: aquí las tengo. Muy grandes para ser infligidas por ese par de bichitas. Me acordé de la canción de Gino: "Solos somos la gota; juntos, el aguacero".
Hasta ese momento no se me había ocurrido pensar en la forma en que esas locas habían llegado allí, y por supuesto miré hacia el piso. No estaba cubierto totalmente como las paredes, pero había tres filas/oleadas de insectos trotando hacia su objetivo. A tener cuidado entonces con los puntos donde pisaba.
Vacié medio tobo del coctel tóxico dentro de la casa, salí y utilicé el otro medio tobo en la fachada principal. Se me acabó el combustible y pensé, optimista y más o menos orgulloso, que mi matanza y el olor de la mezcla iban a ser suficientes para espantarlas. Tuve entonces el impulso de seguir el rastro del río animal que subía desde la calle; miré con atención y vi algo que, debido al estado de alarma en que me encontraba, no me dediqué a contemplar con toda la atención que se merecía: imbuida en la marcha caminaba una hormiga perfecta, de unos 3 centímetros, casi animación 3D: una hormiga de plástico, blanca con lunares azules, que no sé si vuelva a ver en la vida.
Bajé las escaleras, miré la cuneta, me fijé en la enorme fila; las invasoras venían en correcta y torrencial formación desde allá, desde muy lejos, desde el coñísimo de su madre, y ni el movimiento ni el número de ellas se terminaba. Ni 100 tobos de combustible iban a acabar con esas diablas, y yo no tengo 100 tobos de combustible ni de nada.
Martín, un niño de 10 años, vecino de la comunidad, se acercó a curiosear y me preguntó en qué andaba. Después de mostrarle y comentarle el rollo me dijo: "Mi papá dice que a esas bichas hay que dejarlas tranquilas".
No le paré bolas. Nadie le hace caso a un niño de 10 años así esté citando a su papá.
¿Regalarles mi casa a las hormigas? Mamen.

***

Bajé al pueblo a buscar ayuda y asesoría; los campesinos altamireños han sido durante más de un año mis maestros en materia de siembra, alimentación, construcción y otros aspectos de la vida en la montaña, así que ellos debían saber cómo combatir esta plaga. Me encontré con la señora María y el compai Angelón y les pregunté si tenían algún insecticida que pudiera aplicar en grandes cantidades, con asperjadora. Les describí el problema que tenía y les mostré unos pocos cadáveres de los insectos que me azotaban. Los dos hablaron al mismo tiempo, pero a los dos los oí por separado:

--Ay, señor Duque...
--¿Tú eres güevón?

***

Sucede que, entre los muchos rituales populares del pueblo de Altamira, se encuentra uno del que yo no tenía noticias: de vez en cuando, en tiempo de lluvia, aparece una bandada de hormigas cazadoras (así las llaman) en una casa cualquiera. Este es un acontecimiento fortuito que algunas veces le sucede a una casa y a veces a varias; a otras no les ocurre nunca. En cualquier caso, es una bendición. Un súbito regalo de la selva a los seres humanos que tienen aquí sus viviendas: las hormigas no llegan para anidar o quedarse allí sino para limpiar la casa. Este depredador multitudinario se mete en todos los rincones y arrasa con cuanto alacrán, culebra, ratón, polilla, termita y animal nocivo o buen culo se atraviese.
Cuando sucede esto es común que la familia premiada desaloje la vivienda durante todo el día, hasta que llega la noche; en ese intervalo de tiempo la gente se instala en una casa vecina mientras las cazadoras hacen su trabajo, se llevan lo que encuentren por ahí mal parado y siguen su camino. Son nómadas, un río constante que no hace nidos ni madrigueras sino que surca lo inmenso del húmedo y frío bosque del piedemonte, cumple su misión de profilaxis y sigue para allá, para donde sea y para más nunca.
En términos abstractos es temible su potencia; un cocodrilo, león o jaguar se burlaría de un encuentro con una, dos o diez de estas hormigas. Pero ningún ser viviente sobreviviría al ataque de 30 millones de ellas. Sólo que ellas no vienen a atacarte, estúpido: vienen a limpiarte la casa, a hacértela más habitable.

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Y sí, me siento mal, culpable, profundamente ignorante; están los depredadores que cazan para comer y estamos los que matamos porque le tememos a lo que no conocemos.

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Anoten los datos centrales del cuento: miedo, sentido de la propiedad. De ser un carajo que defiende la causa de los débiles me convertí de pronto en un amo con miedo; en un propietario dispuesto a defender con violencia sus dominios.
Yo estoy haciendo una casa ahí en el territorio donde ellas vivían primero. Aun así no vinieron a desalojarme sino a hacerme tremenda segunda, pero del lado de allá lo que vi fueron soldados; uno prefiere llamar soldado a una legión de animalitos con tal de anunciar que lo que viene es el relato de una guerra espantosa, una coñacera épica. Como la formación emocional y sentimental de nosotros, los esclavos del capital, proviene en buena parte del cine gringo, no es difícil adivinar qué cosa produjeron en nuestros adentros las películas sobre esos seres malditos llamados tarántulas, marabuntas, anacondas, tiburones y cualquier iguana o lagartija transfigurada en Godzilla.
Eso de ser urbano o citadino consiste en buena parte en negar el ser natural que somos (proceso civilizatorio llaman a eso), así que se van entendiendo el desapego a la tierra y el terror a la naturaleza de nosotros, los que fuimos secuestrados por la ciudad.
Esa fobia contra nuestros hermanos tiene un síntoma evidentísimo en el lenguaje: el peor insulto que usted puede proferir contra alguien en cualquier idioma moderno es animal. Si alguien no se altera porque usted lo llame así puede ser más específico e intentar con algo como burro, zorra, cerdo, gallina, gusano, chigüire o pato.

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Solos somos la gota; juntos, el aguacero: aquello fue una lección de trabajo colectivo. Táctica o estrategia que sirve para la destrucción y también para la construcción.

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Nota mental, por enésima vez: no combatir a la naturaleza sino adaptarse a ella. Si la naturaleza se opone, mejor apartarse y dejar que se le pase la furia o la traslade para otro lado. "Hacer que nos obedezca" es imposible; nosotros no somos los papás de la naturaleza sino uno de sus interesantes (y a veces muy miserables) productos.

sábado, 4 de enero de 2014

Cabañuelas: en Altamira lloverá en abril

Altamira de Cáceres
Hoy fui testigo de un acto mágico del saber ancestral de los pueblos de la tierra: una conversa entre campesinos (montañeses de Altamira de Cáceres) sobre las cabañuelas para este año.

El milenario arte de predecir cuán lluviosos serán los meses del año que comienza tiene muchas variantes en muchos países. Al pueblo judío se le atribuye su origen o al menos la etimología de la palabra que lo designa, pero el caso es que los campesinos de cada región del planeta han desarrollado varias formas distintas de determinar cuándo entrará la temporada de lluvia, qué meses serán secos, etcétera. Yo había oído de un juego de doce granos de sal que deben "leerse" el 31 de diciembre cerca de la medianoche. En la conversa de hoy, el señor Samuel hablaba de un método simple que se ha usado toda la vida en esa montaña, y su resultado parcial es este: abril será un mes lluvioso en el eje Altamira de Cáceres - Calderas, porque el día de hoy, 4 de enero, corresponde en las predicciones al mes 4.
La cosa va así: como los días 1, 2 y 3 de enero no llovió, enero, febrero y marzo serán meses secos en esa región. Mañana, 5 de enero, nos enteraremos de lo que ocurrirá con el clima en mayo; el 6 sabremos si caerá agua en junio, y así hasta llegar al día 12 correspondiente a diciembre y se complete el ciclo de la predicción.
A cualquier habitante de las ciudades esto puede parecerle una pendejada mitad esotérica y mitad chiflada, pero váyanlo sabiendo: a estas predicciones de los campesinos dedicados a la siembra les debemos buena parte del alimento que se consumen en las ciudades. En mi caso personal he decidido entonces estar alerta: ya sé que el café que me he propuesto sembrar en esa zona debe estar en su lugar en el mes de abril, pues es el mes de la entrada de agua. Me lo dijeron hoy las cabañuelas, y ese saber está por encima de lo que diga cualquier cabeza e machete académico, meteorólogo o como se llamen esos tipos que estafan a la gente pretendiendo que les paremos más bolas a los satélites que a los campesinos.
Leer mal las cabañuelas, o no leerlas, puede derivar en un desastre pues las cosechas pueden perderse si se siembra o se recoge a destiempo. Hay que ser campesino para tener la exacta medida del comportamiento de las precipitaciones. A quienes nos dedicamos a consumir lo que otros siembran nos da igual qué mierda va a ocurrir en mayo con las lluvias: si se pierden las cosechas de café, maíz o papas no hay problema: el Gobierno traerá esos rubros importados de otros países. Pero para la gente que vive de la tierra y que, por lo tanto, ha adaptado los ritmos vitales de su vida a los ciclos de los elementos, una equivocación puede derivar en pequeña desgracia familiar.