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sábado, 17 de diciembre de 2011

La tarea

Entrenados para el consumo de cosas inútiles e innecesarias, tenemos la misión de construir una sociedad en la cual la felicidad no sea una mercancía. Donde los objetos no compren nuestras sonrisas.
Programados para el egoísmo y la santificación de la propiedad privada, tenemos por tarea reprogramar a la humanidad para que nadie sienta el deseo de matar a quien nos arrebate un objeto, que a fin de cuentas no tiene por qué pertenecerle a uno solo.
Adoctrinados por siglos para respetar a entidades y personajes que exigen que nos inclinemos, les recemos, les temamos y les rindamos culto, tenemos por meta el diseño de un mundo donde no haya seres humanos postrados sino gente libre de fantasmas y disfrutando la búsqueda colectiva de la felicidad.
Educados para pensar que el mucho estudiar hace superiores a unos y que la falta de estudio convierte en miserables a otros, tenemos el objetivo tremendo de fabricarnos un sistema donde todos produzcamos cosas con las manos y con el cerebro; donde todos podamos diseñar un puente, curar a un enfermo, sembrar una planta y limpiar las calles; donde nadie podrá sentirse humillado o superior al hacer una cosa u otra.
Engañados por siglos con la conseja según la cual el trabajo dignifica (sobre todo en un modelo de sociedad en el cual los que se parten el lomo son execrados y sacrificados en beneficio de los que no hacen nada) tenemos por delante un camino que ha de llevarnos a la valoración del ocio creador de todos, no el de una élite de privilegiados (porque esos privilegiados no existirán).
Empujados a creer, mediante ardides propagandísticos y una persistente cultura cinematográfica, que sólo los violentos son valientes y que sólo los que llevan fusiles y armas merecen y pueden conquistar el poder, estamos en la obligación de legarles a las generaciones que vienen la demostración de que la violencia es una vía para acabar con la opresión pero no para mantenerse en el poder, que al final puede terminar convirtiéndonos en hegemonía agresiva y depredadora.
En otras palabras: confeccionados, como de hecho lo estamos, para la vida en capitalismo, tenemos la tremenda tarea de construir un mundo que no es para nosotros, los seres vivos en este momento, sino para gente que todavía no ha nacido.
Llámese socialismo o como sea esa otra sociedad, la misma debe negarnos, rebasarnos, hacérsenos inhabitable, porque los humanos vivos a esta fecha somos capitalistas, incluso los que nos hemos declarado en rebelión.
Mientras nos manejemos con los actuales códigos, que son los que nos impusieron los poderosos, será difícil imaginarse siquiera el mundo que queremos, que por supuesto no es este. Es decir: si seguimos pensando que en la sociedad del futuro todos seremos licenciados o doctores y entonces tendremos carros, casas, recursos y tiempo para viajar por el mundo, seguiremos estancados aquí, en este tiempo miserable en el cual mucho “socialista” no se ha percatado de que el confort de unos pocos tiene su razón de ser, su explicación y sostén real en la existencia de esclavos.
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Hace poco le decía a una interlocutora que para construir la otra sociedad será preciso acabar con Caracas, desmontar esta ciudad que le sirvió al capitalismo (y por lo tanto no nos sirve a nosotros). Me respondió como la mayoría de la gente que escucha ese tipo de cosas: “¿Y cómo hacer que el gentío se vaya de Caracas si aquí tiene a su familia, su trabajo y sus afectos? No, no es posible decirles a 5 millones de personas que abandonen toda esta infraestructura y se ponga a sembrar y a criar gallinas”. Mi interlocutora razona así porque cree que la tarea de desalojar las grandes ciudades nos corresponde a los venezolanos vivos en esta fecha.
Cree la dulce amiga que la otra sociedad debemos construirla para que estemos allí nosotros, los que estamos vivos aquí y ahora. Es fácil y automático pensar en la familia y los conocidos (imagínate: mi pobre tía que ha vivido toda la vida en Catia, ¿para qué y para dónde la voy a mandar?) pero es muy difícil pensar en términos de la especie humana, en ese conglomerado gigantesco de personas que no ha nacido todavía y que no tiene por qué recibir como herencia nuestros miserables códigos actuales. Se nos hace difícil pensar que dentro de 70 años ya ninguno de nosotros (digamos pues, los que hoy tenemos más de 20 años de edad) estará vivo, y que quienes estarán construyendo el mundo para entonces podrán hacer cosas que a nosotros hoy nos parecen inconcebibles. Por ejemplo, crear poblados amables y propicios para la vida humana, fuera de esta plasta de mierda donde las reglas de supervivencia consisten en pasarles por encima a los demás, liquidarlos física y moralmente, para poder llegar primero, comer más y “mejor”, vivir en las “mejores” zonas, cogerse a los mejores culos, tener el mejor carro, el mejor cargo, la mejor imagen.
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La Revolución entrará en su etapa creadora (ahora estamos en la etapa germinal) cuando al menos logremos soñar esa otra sociedad, y para que logremos eso tenemos que entender que esa sociedad futura no debe regirse por los cánones y criterios actuales de “éxito” y desarrollo. Mientras tanto, es preciso luchar con lo que hay y al lado de los que al menos ya se dieron cuenta de que esto anda mal. Pasarán muchas cosas y se derramará mucha sangre y lágrimas antes de que el ser humano pueda prescindir de los objetos y costumbres con que el capitalismo llenó la tierra. Mientras tanto estamos condenados a ser contradictorios, a renegar del capitalismo desde su entraña, e incluso desde sus comodidades y perversiones.
La difusión de este mensaje ha sido posible “gracias” al sistema esclavo que ha originado la existencia de Internet, de las computadoras y de sujetos con tiempo de sobra para dedicarse a la reflexión sobre el mundo y sus monstruosidades. Sujetos como el autor de este escrito no serán necesarios ni posibles en la sociedad que queremos, que será viable para la vida en dignidad. Pero en esta de ahora cumplimos un papel: poner sobre la mesa la reflexión incómoda que pocos se quieren hacer: que “triunfar” en el capitalismo es estancarnos. Que no debemos aspirar a ser capitalistas que hablan de socialismo sino a ser agentes capaces de acelerar la destrucción del capitalismo y sus dinámicas.

sábado, 5 de noviembre de 2011

Frente al hundimiento

En un barco que se está hundiendo usted tiene varias opciones y no sólo las dos que a uno le vienen primero a la mente. Usted puede: a) contratar otro barco para su salvación y la de su familia; b) resignarse y hundirse y morir al lado de los demás; c) recurrir a su imbecilidad intrínseca y creer que poniéndole paños y teipes al agujero que tiene el barco en el fondo puede llegar a salvarlo, y salvarse todo el mundo dentro de él; d) ponerse al lado del capitán (que, por cierto, hace rotundos esfuerzos por hundir más la nave y trata de convencer a los pasajeros de que van a salvarse si confían en él) con la esperanza de que él salve, no a todo el mundo sino a usted y a su gente querida; e) asumir con total gallardía que la maldita nave ya se está hundiendo, que en consecuencia un gentío muere y seguirá muriendo en esa tragedia y que por lo tanto hay que proceder a construir otro barco adonde llegará y vivirá otra gente, no necesariamente toda la que está en el barco actual. Y si la vida no nos alcanza para construir o empezar a construir ese otro barco, entonces al menos habrá que comenzar a soñarlo. Porque ese sueño puede que no lo salve a usted individualmente, pero es probable que salve a la raza humana.

Dentro del capitalismo sólo puede hablarse o pensarse en términos de sobrevivencia. Dentro de un sistema que está muriendo nadie puede pensar la vida en clave de mejoramiento personal o del “nivel o calidad de vida”, sin incurrir en el pequeño crimen cotidiano del individualismo y la entrada en competencia con el que no tiene oportunidades. Aunque pudiera ser también que alguien, en un acto experimental de construcción de micromundos, pueda legar un ejemplo, una clave, un manual de instrucciones para su uso en el momento en que toque construir. El tiempo actual es de destrucción; cualquiera que ande construyendo ese tipo de manuales prácticos, al margen de la pelea cotidiana, pudiera estar evadiéndose o dejando un ejemplo. La historia los absolverá o los juzgará.

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Ponerse hoy del lado de los amos del mundo, con la esperanza de que nos traten bien y no nos castiguen con la dureza del que no quiere salvar a los tripulantes sino al barco, es cobarde, repugnante, sucio y además inútil. Porque el capitán del barco morirá también con nosotros: “El mundo ya no se acaba solamente pa’l pendejo”, reza una reveladora canción de Gino González.

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Soñar la otra sociedad es un acto importante y necesario y además urgente. Hay un debate en curso acerca de si es procedente comenzar a construir un barco nuevo sin que el otro se haya hundido por completo. Venezuela es un peculiar caso de permanencia del capitalismo en medio de esfuerzos e intenciones por construir su barco antagónico. No tengo una bola de cristal para saber si este experimento será perdurable o efímero, pero este es el espacio de los que al menos están discutiendo la otra sociedad. Así que en este barco he de hundirme y con estos soñadores dejaré un legado.

sábado, 24 de septiembre de 2011

Las casas de ahora; las casas que vienen

La vivienda se convirtió en un problema por los mismos motivos que convirtieron en problemas a la alimentación, la recreación y la fabricación de bienes.
Nota para distraídos: no he dicho que los problemas sean la falta de viviendas, de alimentos, de opciones para el solaz o de objetos útiles. La insinuación que queda en el aire es el objeto de estas reflexiones, producto de conversas con gente que vive haceres orgánicos: en el capitalismo la vivienda es un problema porque el tipo de relaciones humanas que produce viviendas (y alimentos, y diversión, y objetos) en este sistema es perverso y criminal.


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Ningún individuo o familia humana puede vivir tranquilamente y sin sobresaltos en una vivienda capitalista, ya que ésta fue hecha por esclavos, por hombres atormentados, rabiosos, frustrados en las aspiraciones elementales de su vida. Los obreros que construyen las casas de este sistema por lo general viven en ranchos lamentables e insalubres, y no hay casi nada que agregar a la letra de aquella canción titulada “Juan Albañil”. El modo de producción capitalista ha “organizado” de tal manera sus dinámicas que no parece haber forma de escapar a lo que impone una vergonzosa división social del trabajo. La frase o idea: “El ser humano construye sus viviendas” se ha pervertido hasta convertirse en rigurosa mentira, porque la verdad es que una clase social esclavizada, excluida, expoliada, humillada y triturada le hace las casas a sujetos y familias que ganaron o ganan la plata suficiente para pagarlas, pero a cambio perdieron la capacidad de hacer cosas con las manos.
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¿Cuál es el origen de esta perversión y de cuándo data? Es muy antiguo, sí; lo colosal de Fenicia, Egipto, Grecia y Roma es obra de esclavos. Pero en el siglo XIX, el de la revolución sicópata que fue la Industrial, hay que buscar las claves y elementos que masificaron y multiplicaron lo munstruoso a escala planetaria: el perfeccionamiento del cemento y su mutación en hormigón o concreto armado. Y más tarde, en el XX, la apoteosis del acero y el asfalto.


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El fenómeno de la quimera del cosmopolitismo de las grandes masas, hijo directo de la conversión del ser rural en ser urbano, arrastra otro tipo de desajustes afines: cuando se entra en la fase del aburguesamiento ya casi nadie quiere ser campesino, sembrar y cosechar alimentos, ensuciarse las manos, sudar a causa del trabajo físico. Quien no quiere ser profesional o patrón y dueño de la vida de gente esclavizada quiere ingresar en una categoría insólita: el “trabajo intelectual". Hay unos personajes que trabajan con las manos; hay otros, que se sienten superiores y consideran deleznables a aquéllos, y dicen "trabajar" con el cerebro. Unos construyen la sociedad mientras otros, que se dicen intelectuales (de izquierda o derecha, da lo mismo), sueñan otra: no-te-lle-vo-na-da.
De modo que ¿para qué voy a producir alimentos si se eso se encargan esos seres primitivos (el campesinado o lo que queda de él) que lo hacen por mí, y esos otros seres inferiores que los traen en camiones hasta el supermercado? ¿Para qué hacer mi casa si hay tanto obrero que las hace en serie por un sueldo miserable? ¿Para qué enseñarle a mi hijo cómo hacer una casa si cuando yo muera heredará el apartamento que compré? ¿Por qué decirle a mi hijo que es importante que haga su casa, si para eso él estudia (será un profesional de clase media y no necesitará ensuciarse las manos) y mientras tanto los esclavos de hoy también tienen hijos que harán las casas capitalistas del futuro?
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A principios de (2011) trabajé o intenté trabajar en un refugio para damnificados. En los sótanos del canal Venezolana de Televisión vivían entonces 52 familias (180 personas) a las que el Gobierno les garantizaba camas, espacios para cocinar y lavar y algunas actividades recreativas. Algunas de esas personas trabajaban y otras permanecían allí a la espera de una respuesta de las autoridades. Los compas encargados de organizar a esas personas hicieron un censo para obtener información básica sobre su condición socioeconómica. Ese censo arrojó varios resultados insólitos; de ellos, el que nos concierne reveló que, de 84 hombres, 57 afirmaron ser albañiles o ayudantes de albañilería. Ninguno de ellos fue convocado para que trabajara en la construcción de sus respectivas casas. Los esclavos que han dado forma e infraestructura a Caracas permanecen descansando en una cama mientras otros esclavos les hacen sus viviendas. El colmo de la estupidez. Una estupidez tan trágica que le congela a uno la risa en la boca.
Hacia el mes de marzo fui con varios de estos compatriotas al lugar donde perdieron sus viviendas (sector Macayapa, Lídice, Caracas) y que quedó devastado por sucesivas lluvias y derrumbes. Allí entrevistamos a varias personas que se negaban abandonar la zona. Un señor llamado Ender, colombiano, aportó ciertos datos también escalofriantes. La casa donde “vive” consiste en tres láminas de zinc; la cuarta pared era la ladera de un cerro que ya debe haberse venido abajo. Su oficio: la albañilería. Cada mañana tiene que bajar de ese escenario de guerra, tomar una camioneta hasta el metro. El tren lo dejará en una parada para tomar otra camioneta, que lo llevará hasta una quinta lujosa en Macaracuay.
Así transcurre un día en la “vida” de Ender, quien por cierto anda cerca de los 60 años: él ocupa de 8 horas diarias remodelando una casa ajena, más las dos horas que gasta en el transporte de ida y dos más en el de regreso. Son 12 horas invertidas en embellecerle la casa a un rico; si tiene “suerte” y consigue que lo contraten gastará la misma cantidad de tiempo y energía construyendo alguna casa o edificio nuevos. Ender debe además dormir unas siete horas porque al día siguiente continúa la faena: van 19 horas. Le quedan cinco horas del día para hacer algo más, y ya veremos si ese algo es importante: comprar alimentos, hablar con sus hijos y sus panas, hacerle el amor a su mujer, entretenerse, REPARAR SU PROPIA CASA. Y ya vendrán los adoradores de las letras y los libros y el “saber” académico, los que se hicieron “socialistas” a punta de leer y navegar por internet, a exigirle que lea un libro, que haga activismo a favor de un partido político, que fije posición sobre el país y sobre Libia, que vaya a una marcha o que integre un consejo comunal.



Sin ir más hondo en la vida personal de este caballero, le preguntamos si no le parece que algo anda mal con eso de invertir más energía en la mansión de un rico que en la suya propia. Quisimos provocarlo con la paradoja espantosa de que un albañil viva en una barraca porque no tiene tiempo para reconstruirla, o para mudarse a otro lugar y construir un espacio digno (porque ese de Macayapa de todas formas iba a derrumbarse o ya se derrumbó). Respondió: “Pero para hacer eso necesito reunir unos reales para comprar material”. La pregunta siguiente iba a ser: “¿Y cuánto dinero puede acumular usted?”, pero ya eso hubiera sido una falta de respeto.
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En esta fase angustiosa y terminal del capitalismo la vivienda y lo demás son problemas porque ya el ser humano no piensa en satisfacer necesidades reales SUYAS, sino en cubrir necesidades del capital y de su espacio territorial por excelencia: la megalópolis, la urbe, la gran ciudad. Ninguna persona tiene la necesidad real de vivir en una ciudad monstruosa donde no hay convivencia sino competencia entre millones de seres humanos. Ese estado de cosas sólo le viene bien al capitalismo, y por supuesto a sus beneficiarios: el amo, el vendedor, el que se hace rico con las ansias de consumo de millones de esclavos apretados en un campo de concentración.
¿Soluciones o propuestas? Las hay por montones, pero el fantasma que empuja a la gente a despreciar el campo y a volverse un cosmopolita o su caricatura termina por ver estas experiencias como hechos marginales y sin vocación propagadora. Entre las que conozco me han entusiasmado el proyecto o concepto “Poblados Integrales” de Los Cayapos y El Arca de José. El primero es una propuesta de poblado de unos pocos grupos o familias (con la idea de que se multiplique en varias experiencias) autogestionario y cuestionador del capitalismo y sus mecánicas. Un poblado donde la gente genere alimentos, discusión política, espacios propios para la formación (para lo cual tiene que ponerse al margen del sistema educativo tradicional, fábrica de burgueses y esclavos por antonomasia) y que reinvente las formas de organización para el trabajo y el entretenimiento. Las casas son de barro y materiales desechados por el capitalismo; los constructores son gente sin complejos ni pruritos burgueses: usted debe hacer una casa así sea médico, ingeniero o indigente, y esa casa no la heredarán sus hijos, porque éstos participarán en su construcción y por lo tanto ya tendrán en la mente y el cuerpo la información necesaria para construir la suya propia después, con su gente cercana. Con sus hijos (los nietos de usted), que en el siglo XXII harán otras casas con esos muchachos y muchachas que todavía no han nacido.
Y la segunda propuesta, quizá menos colectivista pero igualmente revolucionaria, es el hombre-casa que mantiene vivo y activo a José Rondón para desafiar unas cuantas “verdades” establecidas acerca del ser humano y su vida útil. Rondón comenzó a hacer esa casa a la edad de 64 años, ya tiene 95 (en 2011) y decidió que no dejará de construirla nunca. Es decir, trabajará en ella hasta el último día de su vida. El Cayapo ha dicho al respecto que es una decisión anticapitalista porque “en las grandes ciudades las personas mayores se jubilan cuando dejan de producirle al sistema; en cambio, en el campo muchos viejos entienden naturalmente que nadie se jubila de la vida”.







Una interesante trampa para ganarle a la vejez entendida como fase en que el ser humano se vuelve inútil: si en lugar de empezar a hacer una casa para no terminar nunca de hacerla José la hubiera construido con el criterio de culminarla para echarse a morir en una cama, el tipo ya hubiera muerto o estaría permanentemente acostado y convertido en un anciano inmóvil (casi un cuerpo inerte).
En la síntesis o combinación de esas dos propuestas puede encontrarse el posible germen de una tarea decisiva: empezar a soñar y a construir la otra forma de convivencia, esa donde en lugar de exigirle al gobierno o a las empresas que nos regalen viviendas o nos den créditos para seguir alimentando al capital se nos convierta en costumbre el acto noble de hacer casas (y otras cosas) con nuestras manos.
La tarea nuestra (y hablo de este ser nómada, más testigo que protagonista de estas experiencias) es masificar el conocimiento y discusión de estas experiencias. Tratar de que sean objeto de análisis, práctica y enriquecimiento por parte de mucha gente. Cuando se me ocurra otra la abordaré con mucho gusto.







martes, 9 de marzo de 2010

Adobes, conversa, canto, Cayapos y Tiuna El Fuerte (El Cogollo, Cojedes)

Temprano, tipo 6 am, preparando la tierra, la paja y el sancocho, y jodiendo:


Pisando barro y jodiendo:


Utilizando los moldes para los adobes, y jodiendo:


Llenando una carretilla con barro, y jodiendo:


Usando el molde, grabando, echando fotos y jodiendo:


Free Style con cuatro, mandolina, tobo, botella y maracas:


Hip Hop con cuatro y mandolina:




La hora de la conversa, en serio y jodiendo:







































martes, 17 de noviembre de 2009

José Rondón: La casa del hombre

Clic en cada foto para verlas más grandes.

Si por “joven” definimos a un ser humano en la plenitud de su vigor físico y mental; a alguien que está pensando en el futuro y trabajando para que éste le sea más soportable a la humanidad; a alguien que está en el momento más formidable de su aporte de ideas y acciones de avanzada (revolucionarias); si un joven es alguien cuya potencia te hace pensar: “Con diez carajos como éste le cambiamos el rumbo al país”, entonces el hombre más joven que conozco tiene 93 años. Se llama José Rondón y vive en un recodo de los páramos merideños.

Tiene una casa que se parece a él (El Arca de José): aunque parece que ya está terminada, en realidad se encuentra en permanente construcción. Se trata de una vaina amorfa y gigantesca. Si uno la evalúa con los parámetros de armonía y belleza que nos impusieron desde niños, tendremos que decir que es fea. No hay nada allí que recuerde al ideal de casa de campo o de residencia por el que los privilegiados pagan millones. Pero hay ciertos datos mágicos que hacen de esa casa un asunto superior: uno, que está hecha por un hombre que la está haciendo con amor y entrega, no por esclavos que trabajan por comida o plata; dos, que gracias a la alquimia de la construcción alternativa usted nunca morirá allí de frío a pesar de estar en medio de un valle donde el viento helado sopla en serio; y tres, que al llegar al lugar José le advierte sobre algunas reglas del lugar. “La condición para estar aquí es que usted se apodere del lugar. Esto es de mis amigos y mis amigos hacen aquí lo que quieran. Cuando viene gente me gusta que la visita sea una siembra de recuerdos. Si hay algo que me moleste yo no se lo voy a mandar a decir: yo se lo digo”.
El Arca de José fue hasta hace poco una posada, pero José decidió o descubrió que ya no estaba en condiciones de sostenerla como tal. “Una posada requiere de mucha energía y atención. A mí me gusta hacer las cosas bien, que la gente se sienta atendida y satisfecha. Ya no es un trabajo para mí, así que antes de desmejorar el servicio prefiero no prestarlo más”. Cuenta que él en realidad es campesino, agricultor, “Pero en esta etapa de mi vida soy constructor”. Los títulos que lo acreditan como tal son el Arca y otras casas más que ha construido o ayudado a construir en varios lugares. Los reconocimientos del país formal incluyen foros al lado de Fruto Vivas, “él explicando su visión de la arquitectura y yo diciéndole a la gente cómo hacer una casa con lo que sea”.
Uno se tropieza con ella si se dedica a asomarse por las veredas de San Javier, rumbo al páramo de La Culata. Una edificación hecha de materiales desechables, o más bien desechados por gente que bota los objetos cuando los cree inútiles. El Arca es un templo donde ofician la madera, las botellas, el hierro, el barro, troncos de varios tipos de árboles, y sobre todo el ingenio y las ganas de construir de su creador. Como cualquier otra gesta, la de construir una casa tiene secretos. José no tiene problema alguno en revelar algunos de los suyos:
Más adelante muestra un ropero o armario que (vaya, revelación del idioma) puede desarmarse, trasladarse fácilmente. Y una pared que separa un salón grande de su habitación: “Una vez hubo un encuentro aquí, había como cien personas. En hora y media quitamos esta pared, apartamos unos muebles y ya teníamos espacio para esa reunión grande”.
José no mide más de 1 metro 60 pero su voz y su personalidad hacen que se vea inmenso, como la casa. Le hablé de Ramón Mendoza (El Cayapo) y resulta que lo conoce. “Le debo una visita. Cualquier día de estos cojo un autobús para hablar con él. Tenemos cosas que hacer juntos”. Era lo que estaba esperando: me ofrecí para llevarlo hasta San Diego para propiciar ese encuentro entre los dos maestros que conozco en las artes de construir para la vida. Nos dijo: “Maravilloso. Vayan buscando entonces la ropa más sucia que tengan, porque voy a enseñarlos a hacer cosas con barro y con arcilla. Cuando yo visito a los amigos no me gusta ir a perder el tiempo. Si voy para allá será para enseñarlos a hacer cosas, para dejar hecho algo”.


Una pregunta provocadora para ponerlo bravo (ya nos habían contado que cuando su reciedumbre se convertía en mal humor podía ser temible, y queríamos verlo en esas): “¿Y usted hasta cuándo piensa trabajar? ¿Cuándo va a terminar de construir la casa?”. Tal vez estimulado por la atención con que lo escuchaban mis panas y compañeras de viaje (uno junta sus edades y no suman 50 entre las dos) no reviró sino que habló de él y de la casa como de un mismo proceso vital: “Esta casa es un proyecto que no se termina. Siempre hay algo que acomodar o que hacer aquí. A mi edad hay que estar trabajando siempre, hay que mantenerse activo para no perder facultades. No voy a retirarme, esta casa está en construcción permanente, ese es el proyecto”.
Los suspiros de admiración de las muchachas hacen derivar la conversa por un derrotero afín. “Una vez vinieron unas monjas y yo me fijé en una. Le dije: ‘Usted no sabe lo feliz que me haría si la viera sin ese hábito’. Y bueno, por lo menos me regaló una sonrisa”. Se ríe breve y silenciosamente para celebrar su propio triunfo, y remata con una reflexión. “Hay gente que dice que uno es hombre mientras se le para el pipí. Yo he demostrado que eso no es verdad. Hay gente que formula esas teorías locas, nadie sabe basadas en qué”.








domingo, 15 de noviembre de 2009

Al barro vamos (2)

Decía hace unos días que buena parte del vacilón de hacer casas de barro es que escapa a lo que entendemos por trabajo. El trabajo aquí no es un martirio físico y sicológico a cambio de comida o dinero, sino una oportunidad para juntarse con gente buena o con ganas de jugar a serlo. Una ocasión para la jodienda, el sancocho, el trago y la construcción con las manos y el cerebro: lo que debería ser el trabajo en la sociedad que soñamos.
Todo esto sucedió el 24 de octubre allá en predios de Los Cayapos en San Diego (Carabobo):
















lunes, 5 de octubre de 2009

Al barro vamos

Esto lo he aprendido en la voz y en la acción de los Cayapos. A ellos les gusta sentir y decir que uno les roba las ideas para después echársela por ahí de sabihondo y tal. Pero igual nos han transmitido y nos siguen transmitiendo a unos cuantos el saber y el ignorar de la otra sociedad, esa que no conocemos pero que (precisamente) debemos soñar antes de construirla.



Uno de esos saberes-ignorares tiene que ver con la vivienda y el hábitat, y parte de aquí: si las casas de la sociedad actual le han servido a ésta, ¿cómo y con qué materiales construir la casa del futuro?
Ando montado o intentando montarme en una cruzada que parece muy pendeja y seguramente lo es: quiero hacer casas de barro. Aprender el simple arte de levantar la concha donde ha de transcurrir mi vejez, si es que completo la proeza de llegar allá. El ensayo quiere ser un poco menos individualista: entusiasmar a un poco de muchachos para que le echen bolas por ahí y dejen de estar soñando con el apartamento o la casa en la gran ciudad. Estas ciudades hay que desalojarlas urgentemente. Ya hay media docena animada y dándole con furia.
El experimento llamado "otra sociedad" está fuera de estos dinosaurios de concreto que ya se tragó el capitalismo. Aquí perdimos la batalla.
Pero ¿por qué de barro?
***
El cemento enferma. El barro es lo que somos. El cemento es contranatura, es un monstruo que ha destruido seres humanos y ha enriquecido a monstruos; el barro es esa materia de la que estamos hechos. Nada nos recuerda más qué somos que el moldear cosas con barro, jugar con barro, em-ba-rrar-se: lo que nos han impuesto como sinónimo de sucio termina purificándonos. Trabajar (jugar) con barro nos hermana con la tierra.
Las casas producidas en cantidades industriales y con criterio mercantilista y de industrialización las hacen obreros vejados, humillados, explotados, arrechos, frustrados, golpeados, esclavizados por el capitalismo. Un obrero-albañil está obligado a construir o ayudar a construir, por comida y un sueldo miserable, una casa que no será de él. Junto con su sudor, en ese cemento de la ignominia se quedan mezcladas sus rabias y quejas de seres humanos atormentados, así que nadie podrá vivir feliz nunca en esas casas y apartamentos. Esas paredes rezumarán por siempre tristezas y lamentaciones.
Por eso (continúa hablando El Cayapo) tu casa debes construirla tú mismo. Lo que se mezclará con el barro de la construcción será tu sudor y con él irá tu ternura, la ternura y las risas de tu familia y tus amigos. También se colarán allí tuas rabias y fantasmas, pero esos bichos son tuyos y ya no te harán daño.
Es un trabajito pesao, jodedor. Pisas barro quince minutos, haces adobes otros diez minutos y ya te quieres regresar a Caracas. A menos que te lo tomes como lo que debería ser todo trabajo: como una joda, como una oportunidad para echar vaina e intercambiarse burlas con el güevón y la güevona que están ahí haciendo lo mismo que tú. El trabajo te divierte o te esclaviza: si lo haces por comida o porque el patrón te está vigilando y tomándote el tiempo es una tortura coñoemadre. Trabajar viene de Tripaliare y tripaliare de tripalium: instrumento de tortura, y eso es una carga demasiado vergonzosa para la humanidad como para dejarla pasar debajo de la mesa. La cultura dominante de mierda te adoctrinó para que creas que el trabajo (tripalium, para enriquecer a otros) dignifica, cuando en realidad te humilla y te reduce a bicho sin dignidad.
Pero si trabajas para ti y tu gente es una gozadera, una fiesta y una dinámica infantil (jugar con barro es una nota):





En la segunda mitad de mi vida le dedicaré tiempo a este proyecto: llevarme a varios sitios a un equipo móvil para aprender conmigo, mientras aprendo con ellos, a hacer casas de adobe. Estamos comenzando en una construcción pequeña en San Diego (Carabobo), un simple anexo de la casa de Ramón Mendoza. El próximo espacio a colonizar será en la Fila Maestra, donde Miranda conecta en una vuelta insólita con Vargas. Hay otro terreno para lo mismo en El Guapo, otro en Yaracuy. Lugares varios para hacer músculo y aprender. Quitarse el capitalismo de encima (del cuerpo: quitárselo de la cabeza es más engorroso) lleva trabajo, esfuerzo.
Es un ejercicio bravo.