Mostrando entradas con la etiqueta Crónicas del Piedemonte. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Crónicas del Piedemonte. Mostrar todas las entradas

martes, 28 de febrero de 2017

Jiguao: historia y leyendas



Este gusano fue combustible de la victoria federal en la Batalla de Santa Inés. Más abajo hablaremos de este episodio, recopilado vía tradición oral por José León Tapia.
***

El jiguao (también llamado jiguá y chiguá según la zona de Venezuela donde lo nombren) es ese gusano cuya forma recuerda a los camarones, cuando está joven. En su adultez se convierte en un animal robusto, en una pelota de grasa. Es del color de los cadáveres exangües; a pesar del aspecto hubo ancestros que superaron esa impresión y nos legaron el dato de que son comestibles. En el llano y el piedemonte queda quien lo usa para freír. Se les arranca la cabeza y se les extrae el aparato digestivo, lleno siempre de restos vegetales, y se lanzan al sartén. Al calentarlos se ponen de color amarillento, y la grasa que chorrean es como cualquier manteca. Los jiguaos son entonces una mina de proteína dura, que no utilizamos por desconocimiento o porque culturalmente se nos ha convencido de que eso de andar comiendo gusanos e insectos no son cosas de gente civilizada. Civilizado es el que compra el aceite en 8 mil bolívares o le exige al Gobierno que obligue a venderlo más barato.
Puede uno encontrar jiguaos en las faenas agrícolas mientras se escarba en suelo lleno de nutrientes. Ese de las fotos se nos atravesó en Trujillo; mala noticia para la yuca que anduvimos sembrando, pues este animal en su estado larvario se alimenta de las raíces y tubérculos. Siente predilección por las raíces y semillas del árbol llamado yagrumo. Este gusto gastronómico fue origen de una leyenda que ha sido muy fácil de rebatir.
Al menos en lo que respecta al pie de monte barinés, la leyenda en torno al jiguá aseguraba que de sus entrañas nacían los yagrumos. La creencia en esta incongruencia biológica partía de la observación simple de este fenómeno: más de una vez algún agricultor o curioso se encontró bajo la tierra alguno de estos gusanos; por un lado del cuerpo destrozado le salía una raíz y por el otro un tallo, como si el gusano fuera la semilla. Esa primera y apresurada conclusión queda desechada con solo fijarse en que no era el cuerpo del animal lo que había germinado, sino las semillas que se había comido. No le da tiempo al organismo del gusano digerir la semilla, así que ésta revienta y se convierte en árbol inmenso. Extraño pacto el de estos seres: el jiguao se alimenta del yagrumo, pero cuando éste decide cobrársela es para siempre.

***

Días antes de la batalla de Santa Inés, según le contaron a José León Tapia (anécdota documentada en Por aquí pasó Zamora) una avanzada del ejército federal se detuvo en una hacienda en el pueblo de Corozal, y allí vio a un hombre batiendo alimentos en un gran caldero. El oficial al mando le ordenó al hombre que le diera alimentos a la tropa. El hombre no tuvo problema en compartir suculentas porciones de un chicharrón que los combatientes devoraron con ganas. Cuando terminaron de comer algunos soldados pidieron "Más chicharrón de cochino". El hombre les soltó la revelación: "¿Cochino? ¡De dónde! Estos son de jiguao". Y les mostró los gusanos. Estupefacción general, maldiciones, alguna carcajada, y el oficial indignado mandó a apresar al hombre y lo sentenció a morir fusilado, "por haberles hecho comer esa porquería".

Al día siguiente llegó Ezequiel Zamora con otra avanzada del ejército y preguntó por ese hombre amarrado y azotado que esperaba la muerte. Cuando escuchó el cuento reaccionó avergonzado: "¿El coronel va a fusilar a este hombre que le ha dado de comer? Deberían estarle agradecidos pues el jiguao es uno de los mejores bocados de los llanos de Barinas", y en seguida mandó a pedir varios de esos gusanos y se los comió con gusto. En el mismo acto mandó a soltar al prisionero y le pidió disculpas en nombre de la tropa.
Uno de sus espantados lugartenientes le preguntó que de dónde conocía ese manjar tan feo, que dónde lo había probado, y Zamora le dijo: "No, yo es primera vez que veo y me como un animal de esos, pero es que a ese hombre había que salvarle la vida".
Nos guste o no la forzosa asociación de ideas, si este episodio es cierto entonces el jiguao ganó la Batalla de Santa Inés, porque su proteína les aportó a los hombres de Zamora el combustible, la energía con que se desenvolvieron en la acción guerrera.

lunes, 19 de diciembre de 2016

Vivir, comer y morir



Los restos de un tronco en descomposición.
Arriba, a la derecha,
todavía conserva rasgos del árbol que fue;
a la izquierda,
la tierra en la que ha vuelto a convertirse.
Lo llamamos abono orgánico
El mejor sinónimo de comer es matar. Sin muerte de algo no hay transferencia de energía de un ser a otro. Es decir: sin muerte no hay manera de sostener y reproducir la vida.
***
Todo eso suena muy (o más o menos) lógico, hasta que viene un ser dotado de algo que llaman razón y de otro algo que son las convenciones sociales, y entonces comienzan los dilemas éticos. Porque si matar es malo y comer es bueno (perdón: esencial para la vida), entonces todo se nos empasticha: si alguien o algo debe morir para que YO viva, y como YO no puedo ser alguien malo (pero tengo que comer, qué vaina tan incómoda), pues mejor me fabrico una serie de conceptos y límites retóricos, seudo éticos, para sentirme más o menos a salvo de mi ansia vesánica y primitiva de destrucción. A saber: como eso de morir duele mucho, entonces establezco que matar sólo es malo si liquido a un ser que dispone de sistema nervioso central. Si no duele, no hay crimen, así que listo, ya puedo seguir devorando seres vivos.
Pero para ello tengo que derivar hacia algo llamado vegetarianismo o hacia otro algo llamado veganismo. Inscribirme en esos gremios me permite comer (y devorar a otras especies, presuntamente inferiores (!) al ser humano todas ellas) y quedar en paz con mi conciencia. Una lechuga puede albergar formas de vida por miles o millones, pero epa: los alaridos de esos microorganismos jamás llegarán a ser tan aterradores como los de las reses en el matadero o en los corrales domésticos, así que todo el mundo tranquilo. A comer vegetales en paz; destruir a un animal es un crimen espantoso; destruir un vegetal donde habitan millones de seres es algo limpio, sano y además no hay que lidiar con ese sangrero ni con la mirada triste del que es despojado de la vida.
***
Un interesante mito autoinfligido por algunos vegetarianos quiere hacer notar que los actuales seres humanos (seres sociales, racionales, civilizados) no somos carnívoros, y que hay una evidencia evolutiva que lo comprueba o al menos asoma como indicio: la progresiva atrofia o gradual desaparición de los colmillos. Dicen algunos antropólogos, defensores de la cultura o praxis o moda o razón vegetariana, que si la naturaleza nos está despojando de esos puñales naturales es porque ya nuestro cuerpo no necesita alimentarse de la carne animal.
Pero parece que esa observación ha sido incompleta, parcial o intencionalmente sesgada. Porque todo o casi todo indica que los colmillos no son precisamente para rasgar o triturar carne (para eso tenemos unos dientes que arrancan pedazos y unas muelas que muelen, y por eso se llaman así) sino para matar presas a la vieja usanza. Los colmillos son herramientas propicias para punzar en busca de las venas del cuello, esto es, para matar. Obsérvese a cualquier depredador en el acto de procurarse la comida; la zona del cuerpo a donde se dirige es el cuello, ese itsmo donde, entre otros conductos y ramales, transita la vena yugular. Usted perfora o se deja perforar esa superautopista de la sangre y en pocos segundos ya su cuerpo habrá dejado de funcionar, sentir y palpitar.
Con el tiempo, probablemente cuando se puso de pie y comenzó a usar las manos (y empezó el cerebro a trabajar para apartarse del asesino primitivo) el ser humano se dejó de eso (de matar a sus presas con los colmillos) pero comenzó a desarrollar métodos, herramientas e implementos para matar de otras formas. Y así, entonces, la evolución ya significa otra cosa o puede ser vista desde esta otra perspectiva: ¿para qué unos colmillos y unas mandíbulas grandes, si el acto de asesinar en masa se ha perfeccionado a tal punto que usted va al supermercado y ni se imagina de dónde vienen esos hermosos y pulcros churrascos empaquetados?
Asómese:


Nótese el detalle: no tenemos colmillos, pero los puñales que fabricamos van a parar igualmente a la yugular, al cuello.
Por lo demás, cuando sustituimos el acto de matar directamente por el de condenar a una clase social a mancharse las manos para que otras lo compren todo limpio en los expendios, estamos siendo devorados de otra forma: los asesinos llamados azúcares, colorantes, conservantes y grasas saturadas también nos agujerean el cuello en busca de nuestros órganos. Comer en este tiempo sigue siendo matar, pero ahora la presa somos nosotros mismos.
***
Todo proceso humano que se industrializa y se masifica con fines comerciales se pervierte y degenera en tragedia. Esto incluye la compra-venta de objetos, de comida, el entretenerse o entretener a los demás; el sexo, los pequeños ritos culturales convertidos luego en neurosis colectiva (llámanse religiones). Matar una cabra para alimentar por unas semanas a una familia no califica como crimen; asesinar a miles de animales, no para alimentar a millones sino para enriquecer a unos propietarios, tiene que convertirse en desgracia.
***
Eh; pero este no era el asunto específico que queríamos tratar (la inhumana matanza que el ser humano perpetra para que la humanidad pueda seguir existiendo) sino algo tan cotidiano y poco doloroso como la muerte de miles o millones de árboles, que con el tiempo se van convirtiendo en tierra. En una tierra tremendamente fértil y llena de nutrientes. Allá arriba al comienzo dejé una fotografía y una pequeña leyenda explicativa. 
En esa fotografía aparecen los restos de un árbol (probablemente un bucare) que hace meses o tal vez años se cayó, y nadie en la zona lo había descubierto, o tal vez se había olvidado de él. Ahora se encuentra en avanzado estado de descomposición, lo cual ha sido la mejor noticia para la venidera fase de mi huerto. Resalto una expresión en la idea anterior porque, con toda seguridad, usted la ha leído y oído en materiales informativos de la sección de sucesos. Ambos eventos contienen cadáveres (de un árbol, de personas) y al mismo tiempo, o precisamente por ello, están llenos de vida.
¿Cómo es la vaina? Así es la vaina.
***
La materia en que se ha convertido, o en la que se sigue convirtiendo el árbol caído, es uno de los tesoros más valiosos con que puede encontrarse alguien que se dedique a la agricultura, o que tan solo quiera sembrar y ver crecer unas matas. Pocos abonos terrestres son más fértiles y potentes que el palo podrido, y así le llaman en nuestros campos a esta mina de formidables sustancias alimenticias.
Cuando un árbol (o una persona o animal) cumple eso que nosotros consideramos el ciclo vital (la fase de su existencia que permite llamarlo árbol, animal o persona), comienza una fase que hemos denominado muerte. Nos acostumbramos o nos acostumbraron a creer que cuando sobreviene la muerte entonces ya se acabó todo y bórralo, el cuerpo empieza a corromperse irremediablemente y a llorar todo el mundo se ha dicho. El coñoesumadre: cuando muera Beyoncé en pocas horas esa piel perderá todo el colágeno y la tipa dejará de estar buenísima.
Pero lo que ocurre en realidad con lo que llamamos muerte es que ese proceso llamado vida ha entrado en un ciclo que, observado más de cerca, resulta más bien en explosión y multiplicación de otras formas de vida. Ahora mismo, cuando gozamos de vida, tenemos dentro una buena cantidad de seres con los que convivimos en armonía; cuando bajemos la guardia y nuestros procesos actuales se detengan comenzará la sublevación, el saqueo, el caos, la fiesta, el desorden, la revolución que volverá añicos el sistema que ya dejó de funcionar, y entonces de ese Caracazo corporal surgirá un reacomodo, una realidad distinta, una renovación de las tareas y procesos vitales. Nada desaparece o se extingue sin dejar rastro; todo abandona una forma energética y se convierte en otra (se transforma).
La muerte de un cuerpo (animal, persona, árbol) viene a ser un big bang de seres microscópicos, diminutos y notablemente grandes. En el cadáver de ese árbol están trabajando lombrices, arañas, alacranes, escarabajos, culebras, y fuera del alcance de la vista humana, una inmensa variedad de microorganismos insólitos. Esa intensa actividad es el matadero no industrial de las especies: la fiesta de la muerte se pone en marcha para cumplir la misión de multiplicar la vida, para lo cual ese cuerpo va siendo descompuesto y reducido a materia orgánica. Polvo eres y en polvo te convertirás, es la frase más rigurosamente científica empleada por los religiosos en sus ceremonias mortuorias.
***
Bregando con ese cadáver de árbol para trasladarlo en trozos y en sacos de materia (tierra) rica en sustancias nutritivas, me dio por cuestionar algunos términos o significados injustos. La muerte es uno de ellos. El otro es el concepto es el de corrupción o descomposición. En las sociedades llamamos corrupto al ser que se degrada y envilece moralmente y termina haciendo daño al colectivo. Trasladados al origen etimológico, resulta que algo corrupto es algo que se desintegra y convierte en muchos pedazos, lo cual sí viene a ser estrictamente correcto. Hora de volver a encontrar tensiones entre el ser natural y el ser social: así como la muerte y la corrupción nos espantan como seres sociales, no hay nada que haga multiplicarse y propagar con más potencia la vida que esos dos estados de la materia.
***
El conuquito que inauguraré al culminar este año se anuncia energéticamente bien dotado y alegre. La fiesta de la vida (o de la muerte) me hará crecer plantas comestibles y medicinales de una salud y una luminosidad esplendorosas, y cuando esos nutrientes hayan menguado volveré al lugar del bosque a aprovecharme del gigante caído, o de otros que me encuentre en el camino.

lunes, 14 de noviembre de 2016

Algo más sobre el miedo

Relacionadas: dos crónicas algo antiguas:

El miedo
El depredador

***

Por ejemplo, esta pobre culebrita.
"La tuve que matar" hace un rato. No porque representara un peligro real, sino porque el miedo (digámoslo más elegantemente: el instinto de preservación) me empujó a meterle unos chaparrazos con la primera cañabrava a la mano; al primer golpe ya tenía el cuello fracturado, pero le metí cuatro o cinco golpes más. ¿Por qué? ¿Porque yo soy un carajo muy aguerrido y combativo? ¿Porque ese enemigo salvaje venido del bosque húmedo es un monstruo resistente y violentísimo que ameritaba enfrentarlo con misiles, cuchillos y candela? No, me aseguré de que estaba bien muerta porque tenía miedo. La gente cuando se asusta es capaz de matar.

Diré un par de cosas en mi descargo. Una es la miopía. Otra, que los accidentes ofídicos (ataques de culebras venenosas) en la zona donde vivo son frecuentes. Mi vista hace rato no anda al cien por ciento, y tal vez ni siquiera al 50, y en un primer momento, al ver al animal serpenteando (eh, las serpientes serpentean) sobre una mesa del rancho el primer y único impulso fue disparar primero y averiguar después, porque los muchos vecinos atacados y mordidos por culebras los cargo a flor de alerta en el cerebro.

Por aquí abundan las mapanares, que por cierto son las culebras venenosas más abundantes en Venezuela (no se duela, por lo tanto, de tener que matar alguna, porque de esas hay en abundancia), y otra especie de veneno menos mortífero pero más peligrosas y violentas: las sapas manare (sapa a secas, para los amigos). Si una mapanare te detecta a cierta distancia su impulso será el de alejarse o quedarse quieta para que no la veas. Claro que si pisas una o le pasas demasiado cerca te va a atacar, pero ella no vendrá a buscarte pleito. En cambio, si una sapa siente que algo se mueve en su territorio irá tras ese algo y lo atacará. Peligrosas, porque en pleno monte o en la oscuridad es difícil saber por dónde aparecerá una loca de esas dispuesta a morderte.

Para completar ese cuadro del miedo o el odio automático a las culebras, a los seres humanos se nos ha impuesto el relato perturbador, incluso en clave bíblica y religiosa, que convirtió a los ofidios en nuestros enemigos naturales, y contra esa propaganda de guerra, contra esa inmensa operación sicológica de siglos o milenios, nadie ni nada se salva. Mucho menos las culebras, que no han tenido ni tendrán oportunidad alguna para defenderse.

En resumen, uno tiende por aquí a zamparle a todo lo que se arrastra.

A mi pobre víctima, cuando ya estaba muerta pude detallarla y entonces comencé a sentirme mal: no era la mapanare que yo supuse que era, sino una pobre cazadora. Es fácil reconocerlas cuando tienes la vista en buen estado. Las cazadoras tienen la cabeza alargada; las venenosas son "cachetonas", se les ven las bolsas de veneno en la parte de abajo o de atrás de la cabeza y esto hace que la cabeza parezca triangular. Esta que apareció en casa era entonces una bichita no venenosa ni agresiva, y con toda seguridad andaba por ahí limpiándome la casa de insectos y tal vez algún ratón. De eso se alimentan las culebras cazadoras. 

***

"El animal que fuimos y la persona que aun no somos", dijo Gino en un poema o canción. Somos demasiado miedosos como para comprender o recordar que esos bichos son hermanos de uno. Como matar es el mejor sinónimo de comer (comer: transferir energía de un ser vivo a otro) es lógico que en esta guerra fratricida deban perpetrarse matanzas, pero eso de asesinar por placer o por miedo lleva a la otra parte del verso: la persona que deberíamos llegar a ser es una tan consciente, despíerta e informada como para saber cuándo es necesario quitarle la vida a otro animal, y cuándo la cosa resulta más o menos criminal o negligente, o al menos innecesaria.

viernes, 27 de mayo de 2016

Formación para todo combate, o muerte


Hace unos días decidí romper una especie de promesa personal, consistente en no volver a aceptar invitaciones donde se me anuncia como ponente, conferencista y mucho menos como "experto" en algún asunto. A alguna gente se le da muy bien este rol, le queda bien y (porque) lo disfruta. A mí, francamente, me incomoda, me hace sentir poco sincero conmigo y con los demás.

Anotación para los hipersensibles: no he dicho que para ser alguien honesto, sincero y revolucionario en la vida sea un requisito negarse a ser conferencista o a dar conferencias. Tan solo hablo de mi decisión y mi sentir personal; hay buenos conferencistas, conferencistas buenagente, conferencistas importantes y lúcidos, conferencistas revolucionarios. Yo vengo a hablar de mi caso y mi circunstancia: después de tanto echarle mierda a ese ser despreciable que es el "experto", ese estúpido casi arquetípico a quien presentan como sabio o conocedor de todo cuanto hay que conocer, y casi siempre se lo cree, no voy a venir yo a querer ser esa mierda, y mucho menos a aparentar que lo soy.

Por cierto que no siempre fue así. Hace diez años, y tal vez un poco menos, yo aceptaba asistir a cuanta conversa, encuentro o programa de radio y televisión sobre Comunicación y Medios me invitaran. Hasta que me percaté de algo maravilloso: entre las personas a quienes tenía de "público" siempre saltaban unas cuantas que sabían más que yo de ese tema, que mucha gente supone que es el que mejor domino, y de paso lo exponía más sabrosa y didácticamente. Así que poco a poco empecé a sacarles el cuerpo a esas cosas que llaman charlas, conferencias, ponencias, simposios, cátedras, clases magistrales o de las otras, al principio haciéndome el pendejo, luego aprendiendo a mentir diciendo "No puedo, tengo a mi perra enferma", y después diciendo francamente por todo el cañón que no quiero. Simpático nunca he sido, así que no me ha incomodado para nada que cada vez me inviten menos para ese tipo de eventos.

Creo que si un grupo de gente va a invertir su tiempo en una actividad o encuentro con alguien que sabe o dice saber mucho debería salir de allí con algo concreto en las manos. Cuando el invitado especial es un coñastre que se ha pasado la vida devorando libros y no ha hecho un coño con las manos, pues al final del encuentro la gente se irá para su casa con las manos vacías, y con la mente y el estómago vacíos también (no suelen dar comidas en esos actos).

De modo que, de un tiempo para acá, las invitaciones que suelo aceptar son sobre temas y ramas del saber que refieran a experiencias físicas y productivas (agricultura, construcción, gastronomía), útiles o tan siquiera divertidas; a sesiones en las que aportaré unos gramos de las cosas que sé y seguramente algún objeto material que ofrecer, y a cambió saldré enterado de al menos una cosa que no sabía. Intercambios de saberes e ignorares, pero con la condición de entregar algo físico o al menos útil para una aplicación práctica y real de ese presunto saber: eso me gusta.

Decía entonces que en estos días traicioné esa decisión de no volver a dictar charlas de nada, y fue porque los convocantes de esta vez fueron vecinos y compañeros comuneros, y porque la temperatura del momento actual hace casi imposible sostener conversaciones que no terminen en análisis crudos y contundentes sobre lo que ha pasado, sobre lo que está pasando y sobre lo que vamos a tener que hacer en Venezuela. Acepté entonces ir a participar como facilitador (qué más da) en un taller de formación dirigido a los Círculos de Lucha Popular (CLP) y las Unidades de Batalla Bolívar y Chávez (UBCh)de la Comuna en la que vivo, pero me llevé en la mente un cochino plan: yo no iba a ser facilitador de nada sino complicador o problematizador.

Les propuse una introducción provocadora: la lectura en voz alta de un artículo que al chavismo de chapa y carnet suele arrecharle mucho (Este: http://tracciondesangre.blogspot.com/2012/10/y-entonces-que-cono-es-una-revolucion.html), comentada y enfatizada para jurungarles la llaga, y luego otra dinámica un poco rara: yo les hacía preguntas o reflexiones sobre lo que está pasando en el país y sobre lo que deberíamos ir preparando de cara a las peleas del futuro cercano. Una especie de entrevista colectiva, pero no de varias personas entrevistando a un sujeto, sino de un sujeto entrevistando a un montón de gente humilde, campesinos e hijos de campesinos, algunos más politizados y discurseadores que otros, y al final resultó lo que tenía que resultar: una discusión dura y a ratos amarga sobre lo que viene. Y dos documentos: uno que haremos público en el periódico comunero “Piedemonte”, y otro más o menos confidencial, una especie de informe de los comuneros de nuestro territorio a las autoridades del PSUV (los talleristas son todos militantes del PSUV, cosa que yo no soy), sobre el funcionamiento de las estructuras de base y el poder popular, y algunos datos locales sobre los movimientos de la derecha; datos importantes pero locales.

Más abajo hablaremos de situaciones actuales y concretas; antes, haremos un resumen de lo que aportó el pueblo del piedemonte en esa sesión de autodiagnóstico. Tomar en cuenta, por favor, que esta es una Comuna en la que el chavismo ganó con 57 por ciento de los votos el pasado 6 de diciembre, cuando en el resto del país sufríamos una aplastante derrota.

***
Lo que contienen los dos documentos generados en el mencionado encuentro es, simplificando un poco las cosas, el análisis y la visión que tiene el chavismo sobre sí mismo y sobre los procesos (violentos y de los otros) que se avecinan. Las líneas maestras del discurso aportadas por estos camaradas en pleno proceso de formación fueron más o menos las siguientes:
-Si la burguesía impone leyes contra el pueblo, habrá que rebelarse contra ellas. Arriesgarnos a convertirnos en ilegales y clandestinos si nos imponen leyes contrarrevolucionarias.
-La crisis ha dejado en evidencia quiénes somos revolucionarios y quiénes se han rendido o están a punto de rendirse; entre los revolucionarios auténticos hay gente que PARECIERA NO TENER FORMACIÓN (anoten esta expresión) mientras que otros que daban buenos discursos son incapaces de movilizarse si no le garantizan logística.
-La crisis nos ha obligado a: crear, producir, valorar lo que tenemos, activar la conciencia. Aunque nos ha arropado el facilismo porque “Papá Gobierno” nos ha garantizado todo y siempre es más fácil comprar que sembrar, aquí queda la memoria de las antiguas huertas, que ahora llaman huertos, y la gente está volviendo a entender que aquí se da de todo.
-Si la derecha está cogiendo oxígeno, ¿dónde está el pueblo que ha recibido beneficios de la Revolución? En vez de apoyar a los camaradas que trabajan gratis para traer mejoras a las comunidades los reciben con piedras.
-Habrá conflictos nacionales y seguiremos leales al PSUV al Gobierno, pero cuando lleguen los peores momentos las decisiones tendrán que tomarse en las comunidades sin consultar líneas ni instrucciones de las autoridades de Caracas. Somos Poder Popular, y el pueblo sustituiría al partido, que somos nosotros mismos.
-Seguiremos siendo revolucionarios, incluso si llega el momento de que el chavismo deba entregar el gobierno nacional.
-Cuando uno está a punto de entregarse y no seguir peleando uno lo que tiene que recordar es su origen: somos gente humilde y campesina como nuestros viejos, y nuestros viejos no se murieron de hambre. También tuvieron esa montaña donde irse a resistir cuando el ejército vino a reprimirlos. Ese es el ejemplo que deberemos seguir.
-Es preciso volver a la vieja forma de producir y cocinar alimentos, porque de esa manera el fascismo no nos podrá acorralar. Volver a la arepa de maíz para no depender de la harina industrial, que no es maíz ni sabe a maíz. El capitalismo nos arrebató esa cultura y por eso nos tienen sometidos.
***
Esa Comuna cuyo chavismo organizado diserta y debate de esa forma sobre su situación entró en situación de alerta o de conciencia activa hace tres meses, cuando el precio de las caraotas rebasó por primera vez la barrera de los mil bolívares. Resultado: en un mes habrá sobreproducción de caraotas porque mucha gente se puso a sembrar (incluso alguna que nunca lo había hecho o no tenía previsto hacerlo), y ahora el único problema será movilizare el producto para venderlo fuera de la parroquia y el municipio. Precisamente al chavismo de esta Comuna le dije al final de la conversa-reunión: lo que ustedes dicen y hacen me hace imposible decir o tan siquiera pensar que yo vine a formarlos, porque de este territorio estoy obteniendo más conocimientos y claves para la vida que los que estoy en condiciones de aportar.

En este momento, entregado como estoy al aprendizaje del oficio más noble que puede aprender un ser humano, que es la agricultura, me siento seguro de tener de vecinos a los mejores maestros; a una gente que a simple vista PARECIERA NO TENER FORMACIÓN, pero que a la hora de la verdad son capaces de analizar y diseñar planes de acción en un papel o en una discusión, y además en la vida práctica y cotidiana.

¿Parecieran no tener formación? Si seguimos permitiendo que la convención burguesa nos estafe con el mito de que formarse es solamente leer, pues sí, consideraremos gente sin formación o poco formada a aquellos camaradas que no son capaces de dar grandes discursos en público ni de recitar pasajes de libros clásicos, manuales o mamotretos ladillas. En mi caso particular, hace rato dejé de mirar o escuchar con veneración a los fósiles del conocimiento, esos “expertos” que hablan en nombre de los obreros sin haber pegado nunca un bloque, o en nombre de los campesinos o sin haber pasado una jornada de trabajo en el campo. Me quedo con mi gente: la que hace agricultura limpia sin andar citando a Fukuoka ni llamando pachamama a la tierra; la que no se dice experta en movimientos guerrilleros ni anda diciendo que es capaz de agarrar un fusil para defender a la patria, pero conserva intacta la memoria de sus ancestros cercanos, que sí tomaron ese fusil y defendieron la vida.

La formación para el revolucionario de estos tiempos que se avecinan tiene que ser integral: productiva, militar; formación en recuperación de la historia de los países y de la gente, formación culinaria y emocional, formación para la cura y la sanación del cuerpo e incluso de los territorios espirituales. La figura romántica del hombre del fusil fue destruida en los años 60 venezolanos porque esos combatientes se alimentaban mayormente de productos enlatados que les llevaban de las ciudades. Echar tiros te otorga un aura de sujeto valiente y glorioso, cómo no. Pero a la hora del hambre no vayas a esperar que te traigan la sopa.

Leer mucho y saber echar discursos es importante y hace que la idea de la rebelión se difunda. Hasta que llega el momento incómodo en que el dicurseador debe procurarse alimento, vivienda y seguridad. Y entonces tendrán sus esclavos y sirvientes que procurarle todo lo que no es capaz de hacer.

O nos formamos para el combate, en las muchas formas y escenarios del combate, o nos condenamos a ser expertos en dar explicaciones sobre las razones de la derrota.

Se marchó un baluarte del miche callejonero


Foto familiar de Segundo Rangel
A mucha gente todavía le cuesta entender o aceptar que la destilación de alcoholes por métodos artesanales forma parte de la cultura gastronómica de todos los pueblos de la tierra. Que se trata de un oficio tan antiguo como las sociedades humanas: ya en la Biblia se habla con toda naturalidad del consumo de vino y otros licores. Dicho esto, se puede decir sin exagerar que la muerte de Segundo Rangel el pasado viernes santo, a los 72 años, representa una pérdida para la cultura de esta región. El hombre del miche callejonero de La Bellaca, famoso y solicitado en varios lugares del país, falleció a causa de complicaciones surgidas después de una caída y una contusión de cráneo.
Le sobreviven su esposa Matilde García, cinco hijos y siete nietos. Cuando le preguntamos a Matilde si con Segundo se marcharon para siempre los secretos de la destilación del clarito y el “amorcito” (una mezcla o maceración del callejonero con varias ramas y raíces), ella responde con energía: “Pero si fue mi mamá la que nos enseñó a hacer miche, ¿cómo voy a dejar de hacerlo ahora?”.

Las persecuciones de antes
y los homenajes de ahora

Segundo nació y se crió en el sector La Aguada, en las afueras de Calderas. Hace 33 años decidió llevarse a vivir con él a Matilde, quien tenía 14, y comenzaron a levantar su familia en la casa que ocupó toda la vida y que todavía ocupan los suyos, junto al puente de La Bellaca. Allí se dedicaron a la agricultura y a la producción artesanal de las variedades del aguardiente emblemático de Los Andes.
Matilde recuerda la época dura en que esta práctica era perseguida y fichada como si fuera una actividad criminal. “La gente que se dedicaba a esto iba presa y tenía que pagar multas. Más de una vez nos tocó salir corriendo y pasar la noche en el monte, porque la Guardia Nacional nos llegaba y desmontaba el alambique”.
Matilde García, quien continuará destilando
y vendiendo el miche.
Aquí, acompañada de hija y nieta

Esta criminalización de los aguardientes hechos por el pueblo la impuso en nuestro país la industria licorera, dominada por familias millonarias que le exigieron al Estado hacer obligatorio un registro sanitario y una cantidad de permisos y controles imposibles de cumplir por productores y destiladores pobres. Tuvo que llegar la Revolución a considerar Patrimonio toda la producción artesanal para que cesaran las persecuciones y carcelazos contra los cultores.
Segundo Rangel consideraba el lugar de destilación un sitio secreto que no podía ser visto ni visitado por cualquier visitante, sólo su familia tenía acceso a ese santuario. Cada vez que uno le preguntaba por la receta del “amorcito” Segundo agregaba o quitaba ingredientes: Palo de Arco, cabeza de caribe molida, mistela, etcétera. Matilde, más abierta o menos misteriosa, nos invitó a pasar sin mayor problema y allí pudimos ver el fogón, las pailas, el sistema de condensación donde se enfría el vapor en el serpentín. Ella continuará destilando entonces el fragante y muy solicitado miche callejonero. De eso seguirá viviendo su familia.
Al despedirnos Matilde comenta: “Lo que son las cosas: cuando se murió Segundo por aquí vinieron unos Guardias. Pero no a meternos presos sino a darnos el pésame, y a decirnos: Sigan destilando, ese miche es el mejor”.


Historia y expectativa del viejo trapiche de La Soledad

Emma y su nieto Luis Alejandro
Se sube desde La Soledad por la cuesta que da hacia el sur; alejándose unos 100 metros de la carretera nacional se llega a la antigua casa donde levantaron su familia y su patrimonio Domingo Alarcón y Casimira Rondón, una robusta construcción de tapia y bahareque que todavía, a pesar del semiabandono, luce fuerte y señorial.
Detrás del caserón hay un conuco donde Emma Sánchez Alarcón y su nuera Rosa María Briceño mantienen viva la producción de yuca, ají y otras verduras y hortalizas, y por allá al fondo, en un rancho que pareciera una construcción de segunda, está el patriarca, el objeto central de toda una historia familiar y local: el viejo trapiche, que por muchas décadas llenó de panela, guarapo y melcocha toda esta zona del piedemonte.
Esta unidad de producción se encuentra inactiva desde hace más de una década, pero ya se están haciendo las gestiones para ponerla a funcionar nuevamente.

Una historia familiar

Emma Sánchez Alarcón relata dato por dato y nombre por nombre el árbol genealógico del viejo trapiche de bueyes, que es el mismo árbol de su familia: su abuelo Espíritu Alarcón le encomendó el terreno a su hijo Domingo para que fuera a talar y a levantar su propiedad cuando éste decidió irse a vivir con Casimira. Así que en los años 30 del siglo 20 Domingo levantó el potrero, la casa y el trapiche, y desarrolló la siembra original de caña de azúcar. Este sembradío, que hace 15 años ocupaba 2 hectáreas, fue arrasado por un incendio y este accidente paralizó las actividades del trapiche.
Emma recuerda el trabajo rudo para poner a girar el mecanismo de moler con pura tracción a sangre (la fuerza de las bestias), la faena pesada que significaba esa tarea tan aparentemente simple de moler caña para sacar los productos. “La máquina se le compró en Altamira a Cristóbal Rivas, quien se la trajo de Valera a Anselmo, hermano de Domingo. Cuando se molía había trabajo para un parrillero, un fondero, un prensador y un arriero; éste era el que ponía a girar a los bueyes. Una vez se desnucó uno de esos animales; ese era un trabajo fuerte”.
Por tratarse de una industria familiar lo ideal sería que hubiera en la familia continuadores, y sí los hay: por allí anda Luis Alejandro, nieto de Emma e hijo de Orángel Peña y Rosa Briceño, que a sus 12 años observa con interés y curiosidad los viejos objetos y presta atención a su historia.

Aunque están inactivos allí todavía pueden verse todos los implementos usados para procesar las panelas de papelón y otros productos: los calderos, la parrilla, la canoa de batir, las paletas y moldes. Emma y su familia están haciendo gestiones ante la Comuna y el Consejo Federal de Gobiernopara volver a poner a funcionar este trapiche, objeto patrimonial de La Soledad.

La canoa de batir, y sobre ella los restos de un caldero

El sistema de calderos, donde se calienta en diversas fases el jugo de la caña

Fogón de piedra remozado después con ladrillos

plano general de la cocina

Luis Alejandro manipulando los moldes de donde salieron miles de panelas de papelón


lunes, 7 de marzo de 2016

"El buey se conoce por el cacho; el hombre, por la palabra"


Eugenio tenía meses padeciendo las molestias de la tensión arterial y la retención de líquidos. Todos esperaban que se recuperara, como se recuperó hace 3 años de un ACV que lo dejó en cama torcido y enflaquecido, y del que se levantó como buen montañés hecho para la guerra. Pero el 26 de diciembre, rodeado de familiares y vecinos suyos, lo recostaron en la perezosa que tenía en el zaguán y allí cerró los ojos plácidamente, sin dolores ni escándalos. Tenía 88 años y 5 meses. En 1971 había decidido instalarse en la comunidad La Quinta, en un sector del que fue fundador; apenas había dos ranchos a su llegada.

Nacido el 27 de  julio de 1927 en El Pagüey, pero trujillano por ascendencia y por cultura, José Eugenio Becerra Rivas parecía un ser sacado de una película mexicana. Era hijo de Segundo Becerra y Encarnación Rivas, señores del siglo XIX que le enseñaron el valor del trabajo y ese código de honor de los viejos de antes: nunca dejó de cumplir una promesa o saldar una deuda. “El buey por el cacho y el hombre por la palabra”, era su dicho favorito, pues resumía la ética del ser humano dispuesto a ganarse el respeto de todos.
Las proezas de este agricultor y obrero, sus hazañas verídicas, sólo se quedaban chiquitas cuando se ponía a echar los cuentos de las “otras” hazañas, las que soltaba con esa chispa propia de los antiguos aventureros para hacer reír a los oyentes. Sabroso era sentarse a escucharle la historia del día en que se metió en un río a pescar y salió con un pescado en cada mano, uno en la boca, uno en cada sobaco y seis más que traía sujetados entre los dedos de los pies.
Pero más allá de estos juegos verbales estaba la verdad de su inmensa fuerza física. Una vez llegó a la casa cargando un tronco enorme que rescató del río Santo Domingo. Cuando soltó el gigantesco árbol tenía la clavícula salida sobresaliendo por encima de la camisa.
Trabajó en las principales obras de ingeniería de Altamira y zonas cercanas: el complejo hidrológico Planta Páez, represa La Mitisús, malla de concreto armado de la Peña de la Yuca; obras de electrificación de Calderas, el muro del cementerio de Altamira. Así que fue uno de los protagonistas anónimos de esas obras colosales que le dieron la actual forma a este territorio.
De joven fue parrandero, mujeriego y coplero; a todo lo que sus interlocutores decían él les respondía con versos en rima. Peleador y poco dado a los juegos y bromas pesadas, a más de uno lo durmió de un solo derechazo. Tomaba hueso de salvaje (oso frontino) molido y solía tomarse la sangre de los animales que mataba en sus jornadas de cacería.
Sentía debilidad por el chimó, y cuando no encontraba su ración porque se le había extraviado en la casa decía una oración insólita: “Ánima del más vicioso, con tal que me aparezca le regalo una buena comía de chimó”. En el año 95 se hizo cristiano evangélico y “Adiós, botellas de vino...”.
Siempre trabajador y respetuoso de los lazos familiares, sus 7 hijos (Isidro, Domingo, Reyes, Victoria, Jacinto y Gregorio) los tuvo con su única esposa, María Florinda Ramírez. Esos 7 hijos le sobreviven, junto con 16 nietos y 3 bisnietos.
Reyes y José Gregorio recuerdan con agradecimiento como, desde que tenían 5 años, los ponía a cargar leña y a sembrar martinico y caraotas, para que aprendieran desde niños lo que le enseñaron a él: el amor por el trabajo y por la siembra.
En Piedemonte nos sentimos orgullosos de haber conocido a este formidable ejemplar de pueblo, patriarca de tiempos románticos y grandiosos. Eugenio fue uno de nuestros millones de padres y abuelos esclavizados por el capital, explotados pero íntegros en su dignidad.

Descanse en paz. Vaya nuestro abrazo fraterno a su familia.

Publicado en el periódico comunal Piedemonte. Enero de 2016

Yaya esperó 81 años




Iraida Soler nació en Altamira de Cáceres en 1934. Ella es una de las personas a quienes les serán entregados los materiales para construir su propia casa; la comunidad decidió que ella la necesita y la merece, pues la última en la que vivió se fracturó y derrumbó parcialmente a causa de los movimientos de la falla que atraviesa toda la carretera hacia Calderas. Yaya (como le dicen sus familiares y allegados) habitó en esa casa durante 45 años, desde 1966 hasta 2011.
Ella ha vivido toda su vida en El Cañito, sector a las afueras del casco urbano de Altamira. Nunca le ha faltado la atención de su familia, pero jamás un Gobierno le había dado la oportunidad de construir su propia casa, así que fueron  81 años de espera que acaban de concluir.
Apenas le dijeron que le iban a entregar esos materiales cogió unas herramientas de trabajo y se puso ella misma a replantear el terreno. Para los que digan que el altamireño es flojo aquí tienen el ejemplo de esta guerrera, que a su edad todavía tiene gasolina para entrarle a la construcción.
Cuando la casa se comenzó a derrumbar, el Viernes Santo de 2011, uno de sus hijos se se la llevó a vivir con él a Barinitas. Pero no se acostumbró nunca a estar allí, el amor por su terruño natal era demasiado fuerte. “Hasta el agua para tomar me la tenían que llevar de Altamira, hasta el agua la extrañaba”, dice la señora Yaya.
Recuerda cómo era su sector cuando ella era niña: “Había muchas casas y una capilla en este sector llamado El Bizcochito. Las casas las fueron abandonando y se fueron cayendo. Por ahí todavía quedan las de Ramón González y la de Oswaldo Jerez, el dueño era Gilberto Ávila”.
Se refiere la señora a un viejo caserón ubicado en el sector Potrerito, que es probablemente la casa de bahareque más antigua de Altamira: le han calculado más de 300 años de antigüedad y todavía conserva algunas de sus paredes originales.
La nueva casa de Iraida Soler será construida al lado de la de su hijo Félix, en El Campito, así que ya tendrá dónde recibir a su familia y amigos, y dónde practicar algo de lo que sabe mucho: “Me voy a dedicar a sembrar muchas maticas de remedios y flores”.

Publicado en el periódico comunal Piedemonte. Septiembre de 2015