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viernes, 27 de mayo de 2016

Formación para todo combate, o muerte


Hace unos días decidí romper una especie de promesa personal, consistente en no volver a aceptar invitaciones donde se me anuncia como ponente, conferencista y mucho menos como "experto" en algún asunto. A alguna gente se le da muy bien este rol, le queda bien y (porque) lo disfruta. A mí, francamente, me incomoda, me hace sentir poco sincero conmigo y con los demás.

Anotación para los hipersensibles: no he dicho que para ser alguien honesto, sincero y revolucionario en la vida sea un requisito negarse a ser conferencista o a dar conferencias. Tan solo hablo de mi decisión y mi sentir personal; hay buenos conferencistas, conferencistas buenagente, conferencistas importantes y lúcidos, conferencistas revolucionarios. Yo vengo a hablar de mi caso y mi circunstancia: después de tanto echarle mierda a ese ser despreciable que es el "experto", ese estúpido casi arquetípico a quien presentan como sabio o conocedor de todo cuanto hay que conocer, y casi siempre se lo cree, no voy a venir yo a querer ser esa mierda, y mucho menos a aparentar que lo soy.

Por cierto que no siempre fue así. Hace diez años, y tal vez un poco menos, yo aceptaba asistir a cuanta conversa, encuentro o programa de radio y televisión sobre Comunicación y Medios me invitaran. Hasta que me percaté de algo maravilloso: entre las personas a quienes tenía de "público" siempre saltaban unas cuantas que sabían más que yo de ese tema, que mucha gente supone que es el que mejor domino, y de paso lo exponía más sabrosa y didácticamente. Así que poco a poco empecé a sacarles el cuerpo a esas cosas que llaman charlas, conferencias, ponencias, simposios, cátedras, clases magistrales o de las otras, al principio haciéndome el pendejo, luego aprendiendo a mentir diciendo "No puedo, tengo a mi perra enferma", y después diciendo francamente por todo el cañón que no quiero. Simpático nunca he sido, así que no me ha incomodado para nada que cada vez me inviten menos para ese tipo de eventos.

Creo que si un grupo de gente va a invertir su tiempo en una actividad o encuentro con alguien que sabe o dice saber mucho debería salir de allí con algo concreto en las manos. Cuando el invitado especial es un coñastre que se ha pasado la vida devorando libros y no ha hecho un coño con las manos, pues al final del encuentro la gente se irá para su casa con las manos vacías, y con la mente y el estómago vacíos también (no suelen dar comidas en esos actos).

De modo que, de un tiempo para acá, las invitaciones que suelo aceptar son sobre temas y ramas del saber que refieran a experiencias físicas y productivas (agricultura, construcción, gastronomía), útiles o tan siquiera divertidas; a sesiones en las que aportaré unos gramos de las cosas que sé y seguramente algún objeto material que ofrecer, y a cambió saldré enterado de al menos una cosa que no sabía. Intercambios de saberes e ignorares, pero con la condición de entregar algo físico o al menos útil para una aplicación práctica y real de ese presunto saber: eso me gusta.

Decía entonces que en estos días traicioné esa decisión de no volver a dictar charlas de nada, y fue porque los convocantes de esta vez fueron vecinos y compañeros comuneros, y porque la temperatura del momento actual hace casi imposible sostener conversaciones que no terminen en análisis crudos y contundentes sobre lo que ha pasado, sobre lo que está pasando y sobre lo que vamos a tener que hacer en Venezuela. Acepté entonces ir a participar como facilitador (qué más da) en un taller de formación dirigido a los Círculos de Lucha Popular (CLP) y las Unidades de Batalla Bolívar y Chávez (UBCh)de la Comuna en la que vivo, pero me llevé en la mente un cochino plan: yo no iba a ser facilitador de nada sino complicador o problematizador.

Les propuse una introducción provocadora: la lectura en voz alta de un artículo que al chavismo de chapa y carnet suele arrecharle mucho (Este: http://tracciondesangre.blogspot.com/2012/10/y-entonces-que-cono-es-una-revolucion.html), comentada y enfatizada para jurungarles la llaga, y luego otra dinámica un poco rara: yo les hacía preguntas o reflexiones sobre lo que está pasando en el país y sobre lo que deberíamos ir preparando de cara a las peleas del futuro cercano. Una especie de entrevista colectiva, pero no de varias personas entrevistando a un sujeto, sino de un sujeto entrevistando a un montón de gente humilde, campesinos e hijos de campesinos, algunos más politizados y discurseadores que otros, y al final resultó lo que tenía que resultar: una discusión dura y a ratos amarga sobre lo que viene. Y dos documentos: uno que haremos público en el periódico comunero “Piedemonte”, y otro más o menos confidencial, una especie de informe de los comuneros de nuestro territorio a las autoridades del PSUV (los talleristas son todos militantes del PSUV, cosa que yo no soy), sobre el funcionamiento de las estructuras de base y el poder popular, y algunos datos locales sobre los movimientos de la derecha; datos importantes pero locales.

Más abajo hablaremos de situaciones actuales y concretas; antes, haremos un resumen de lo que aportó el pueblo del piedemonte en esa sesión de autodiagnóstico. Tomar en cuenta, por favor, que esta es una Comuna en la que el chavismo ganó con 57 por ciento de los votos el pasado 6 de diciembre, cuando en el resto del país sufríamos una aplastante derrota.

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Lo que contienen los dos documentos generados en el mencionado encuentro es, simplificando un poco las cosas, el análisis y la visión que tiene el chavismo sobre sí mismo y sobre los procesos (violentos y de los otros) que se avecinan. Las líneas maestras del discurso aportadas por estos camaradas en pleno proceso de formación fueron más o menos las siguientes:
-Si la burguesía impone leyes contra el pueblo, habrá que rebelarse contra ellas. Arriesgarnos a convertirnos en ilegales y clandestinos si nos imponen leyes contrarrevolucionarias.
-La crisis ha dejado en evidencia quiénes somos revolucionarios y quiénes se han rendido o están a punto de rendirse; entre los revolucionarios auténticos hay gente que PARECIERA NO TENER FORMACIÓN (anoten esta expresión) mientras que otros que daban buenos discursos son incapaces de movilizarse si no le garantizan logística.
-La crisis nos ha obligado a: crear, producir, valorar lo que tenemos, activar la conciencia. Aunque nos ha arropado el facilismo porque “Papá Gobierno” nos ha garantizado todo y siempre es más fácil comprar que sembrar, aquí queda la memoria de las antiguas huertas, que ahora llaman huertos, y la gente está volviendo a entender que aquí se da de todo.
-Si la derecha está cogiendo oxígeno, ¿dónde está el pueblo que ha recibido beneficios de la Revolución? En vez de apoyar a los camaradas que trabajan gratis para traer mejoras a las comunidades los reciben con piedras.
-Habrá conflictos nacionales y seguiremos leales al PSUV al Gobierno, pero cuando lleguen los peores momentos las decisiones tendrán que tomarse en las comunidades sin consultar líneas ni instrucciones de las autoridades de Caracas. Somos Poder Popular, y el pueblo sustituiría al partido, que somos nosotros mismos.
-Seguiremos siendo revolucionarios, incluso si llega el momento de que el chavismo deba entregar el gobierno nacional.
-Cuando uno está a punto de entregarse y no seguir peleando uno lo que tiene que recordar es su origen: somos gente humilde y campesina como nuestros viejos, y nuestros viejos no se murieron de hambre. También tuvieron esa montaña donde irse a resistir cuando el ejército vino a reprimirlos. Ese es el ejemplo que deberemos seguir.
-Es preciso volver a la vieja forma de producir y cocinar alimentos, porque de esa manera el fascismo no nos podrá acorralar. Volver a la arepa de maíz para no depender de la harina industrial, que no es maíz ni sabe a maíz. El capitalismo nos arrebató esa cultura y por eso nos tienen sometidos.
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Esa Comuna cuyo chavismo organizado diserta y debate de esa forma sobre su situación entró en situación de alerta o de conciencia activa hace tres meses, cuando el precio de las caraotas rebasó por primera vez la barrera de los mil bolívares. Resultado: en un mes habrá sobreproducción de caraotas porque mucha gente se puso a sembrar (incluso alguna que nunca lo había hecho o no tenía previsto hacerlo), y ahora el único problema será movilizare el producto para venderlo fuera de la parroquia y el municipio. Precisamente al chavismo de esta Comuna le dije al final de la conversa-reunión: lo que ustedes dicen y hacen me hace imposible decir o tan siquiera pensar que yo vine a formarlos, porque de este territorio estoy obteniendo más conocimientos y claves para la vida que los que estoy en condiciones de aportar.

En este momento, entregado como estoy al aprendizaje del oficio más noble que puede aprender un ser humano, que es la agricultura, me siento seguro de tener de vecinos a los mejores maestros; a una gente que a simple vista PARECIERA NO TENER FORMACIÓN, pero que a la hora de la verdad son capaces de analizar y diseñar planes de acción en un papel o en una discusión, y además en la vida práctica y cotidiana.

¿Parecieran no tener formación? Si seguimos permitiendo que la convención burguesa nos estafe con el mito de que formarse es solamente leer, pues sí, consideraremos gente sin formación o poco formada a aquellos camaradas que no son capaces de dar grandes discursos en público ni de recitar pasajes de libros clásicos, manuales o mamotretos ladillas. En mi caso particular, hace rato dejé de mirar o escuchar con veneración a los fósiles del conocimiento, esos “expertos” que hablan en nombre de los obreros sin haber pegado nunca un bloque, o en nombre de los campesinos o sin haber pasado una jornada de trabajo en el campo. Me quedo con mi gente: la que hace agricultura limpia sin andar citando a Fukuoka ni llamando pachamama a la tierra; la que no se dice experta en movimientos guerrilleros ni anda diciendo que es capaz de agarrar un fusil para defender a la patria, pero conserva intacta la memoria de sus ancestros cercanos, que sí tomaron ese fusil y defendieron la vida.

La formación para el revolucionario de estos tiempos que se avecinan tiene que ser integral: productiva, militar; formación en recuperación de la historia de los países y de la gente, formación culinaria y emocional, formación para la cura y la sanación del cuerpo e incluso de los territorios espirituales. La figura romántica del hombre del fusil fue destruida en los años 60 venezolanos porque esos combatientes se alimentaban mayormente de productos enlatados que les llevaban de las ciudades. Echar tiros te otorga un aura de sujeto valiente y glorioso, cómo no. Pero a la hora del hambre no vayas a esperar que te traigan la sopa.

Leer mucho y saber echar discursos es importante y hace que la idea de la rebelión se difunda. Hasta que llega el momento incómodo en que el dicurseador debe procurarse alimento, vivienda y seguridad. Y entonces tendrán sus esclavos y sirvientes que procurarle todo lo que no es capaz de hacer.

O nos formamos para el combate, en las muchas formas y escenarios del combate, o nos condenamos a ser expertos en dar explicaciones sobre las razones de la derrota.

Historia y expectativa del viejo trapiche de La Soledad

Emma y su nieto Luis Alejandro
Se sube desde La Soledad por la cuesta que da hacia el sur; alejándose unos 100 metros de la carretera nacional se llega a la antigua casa donde levantaron su familia y su patrimonio Domingo Alarcón y Casimira Rondón, una robusta construcción de tapia y bahareque que todavía, a pesar del semiabandono, luce fuerte y señorial.
Detrás del caserón hay un conuco donde Emma Sánchez Alarcón y su nuera Rosa María Briceño mantienen viva la producción de yuca, ají y otras verduras y hortalizas, y por allá al fondo, en un rancho que pareciera una construcción de segunda, está el patriarca, el objeto central de toda una historia familiar y local: el viejo trapiche, que por muchas décadas llenó de panela, guarapo y melcocha toda esta zona del piedemonte.
Esta unidad de producción se encuentra inactiva desde hace más de una década, pero ya se están haciendo las gestiones para ponerla a funcionar nuevamente.

Una historia familiar

Emma Sánchez Alarcón relata dato por dato y nombre por nombre el árbol genealógico del viejo trapiche de bueyes, que es el mismo árbol de su familia: su abuelo Espíritu Alarcón le encomendó el terreno a su hijo Domingo para que fuera a talar y a levantar su propiedad cuando éste decidió irse a vivir con Casimira. Así que en los años 30 del siglo 20 Domingo levantó el potrero, la casa y el trapiche, y desarrolló la siembra original de caña de azúcar. Este sembradío, que hace 15 años ocupaba 2 hectáreas, fue arrasado por un incendio y este accidente paralizó las actividades del trapiche.
Emma recuerda el trabajo rudo para poner a girar el mecanismo de moler con pura tracción a sangre (la fuerza de las bestias), la faena pesada que significaba esa tarea tan aparentemente simple de moler caña para sacar los productos. “La máquina se le compró en Altamira a Cristóbal Rivas, quien se la trajo de Valera a Anselmo, hermano de Domingo. Cuando se molía había trabajo para un parrillero, un fondero, un prensador y un arriero; éste era el que ponía a girar a los bueyes. Una vez se desnucó uno de esos animales; ese era un trabajo fuerte”.
Por tratarse de una industria familiar lo ideal sería que hubiera en la familia continuadores, y sí los hay: por allí anda Luis Alejandro, nieto de Emma e hijo de Orángel Peña y Rosa Briceño, que a sus 12 años observa con interés y curiosidad los viejos objetos y presta atención a su historia.

Aunque están inactivos allí todavía pueden verse todos los implementos usados para procesar las panelas de papelón y otros productos: los calderos, la parrilla, la canoa de batir, las paletas y moldes. Emma y su familia están haciendo gestiones ante la Comuna y el Consejo Federal de Gobiernopara volver a poner a funcionar este trapiche, objeto patrimonial de La Soledad.

La canoa de batir, y sobre ella los restos de un caldero

El sistema de calderos, donde se calienta en diversas fases el jugo de la caña

Fogón de piedra remozado después con ladrillos

plano general de la cocina

Luis Alejandro manipulando los moldes de donde salieron miles de panelas de papelón


domingo, 22 de noviembre de 2015

Sobre la comunidad que decidió comer potaje gratis

Esta es una de las historias más hermosas que me puso en el camino mi año 2015. El resumen, en esta minientrevista:

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En una carretera de Barinas que recorro varias veces a la semana hay un caserío llamado Vega del Puente. Destacan en la orilla de la vía unos gaviones (esas estructuras de piedra sujetada por redes de alambre que evitan o contienen los derrumbes). Pasé el viernes en la mañana por ahí y vi a unas personas montadas en el piedrero recogiendo algo. Seguí de largo pero, cuando regresé de mis diligencias, me paré en el lugar a ver qué vaina era aquella. Y sí, en efecto, eran vainas, miles de vainas: la gente que vi en la mañana estuvo ahí recogiendo tapiramas. Para nosotros, capitalistas por costumbre y formación, el titular de la noticia que funciona es este: en un país donde ciertos coñoemadres decidieron que la caraota cuesta 1.500 bolos la gente estaba recogiendo tapiramas gratis, nacidas en un piedrero infame.
Una tapirama, para no darle más vueltas cientificistas a la cosa, es una especie de caraota silvestre, una leguminosa que crece como monte y en efecto es monte. Un grano que nos alimentó durante cientos o miles de años hasta que llegó el mercado y nos dijo "Epa, tú tienes que ser una persona decente. No recojas granos del monte: cómpralos en el supermercado". Desde entonces se nos olvidó que existen docenas y docenas de variedades de estos granos comestibles, y nos aplicamos a comer sólo diez o doce pepas comerciales: caraotas negras, rojas y blancas; arvejas, un  par de frijoles, lentejas, quinchonchos y tres o cuatro más.
Una de las tapiramas encontradas aquí la conocía; es tapirama negra, muy parecida a esa caraota comercial que llevan los pabellones. La otra es para mí una novedad: una tapirama muy parecida a la paspasa "vaquita", popular en Sanare, pero no es una paspasa sino una tapirama.
Me bajé y les caí a preguntas a algunos habitantes, y los titulares son estos: la enfermera del dispensario del caserío, que vive en Barinitas y se llama Eloísa, recogió esas semillas y las llevó a la comunidad. Se las dio a varias familias para que procedieran a sembrarlas, y varias de ellas tienen su moño de caraotas en el patio, en la jardinera, en las áreas comunes.
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Una coñita de 4 años llamada Chiquinquirá agarró por costumbre abrir huequitos en el patio de su casa y eso está ahora cundido de tapiramas, por su culpa. Y la culpa de las caraotas en la orilla de la carretera es de la enfermera Eloísa, que agarró varios puños de semillas y las tiró ahí en el bulto de piedras, donde se supone que sólo proleferan los lagartijos y el monte.



Chiquinquirá mostrando el producto de su sabroso juego: abrir huequitos y meter en ellos semillas
Y bueno, hay monte que se come, vaya sabiendo: la gente de Vega del Puente declara orgullosa que ahí ya nadie compra caraotas, y que es común que en esas casas preparen unos potajes bellos con los granos mezclados y la respectiva guarnición de papas, aliños (que también siembran ellos mismos) y más de un trozo de cochino.
El ciclo de estas leguminosas es un prodigio de generosidad: son plantas perennes, lo que quiere decir que nacen, florean ("florecen", dicen los poetas burgueses), echan sus vainas, y cuando ya las semillas comienzan a secarse empieza la floración otra vez. Eso ocurre hasta cinco veces en el año: de dos a tres kilos de comida echa cada una de estas enredaderas en cada carga. Así de violenta y fecunda es esta mata. Les dije a esas personas que eso que estaban haciendo es la cosa más importante que pueden hacer las comunidades de este país, que si todos los venezolanos estuviéramos haciendo esto no habría especulación ni escasez. Me miraron extrañados, así como diciendo "Ah verga y a este loco qué le pasa", pero no importa, ya les explicaré con más calma. Sé que entenderán mejor cuando les diga que si todo el mundo hiciera eso que ellos hacen derrotaríamos al mecanismo y a la clase criminal que han permitido que la comida no sea un derecho humano sino una mercancía, y bien cara.

Matas nobles como ellas solas: nacen en cualquier piedrero vil, son atacadas por insectos y sin embargo cargan cinco veces al año

Agarré a siete vecinos del caserío La Quinta (10 kilómetros más arriba), a quienes estoy adiestrando para que escriban para el periódico Piedemonte, y me los llevé para allá, con dos misiones. Una, que recabaran y escribieran ese cuento o noticia para nuestro periódico. Dos, que recolectaran de esas para que vengan y reproduzcan la experiencia en su caserío. Vega del Puente es una comunidad que espontáneamente decidió ser guardiana de semillas; vamos a ver si en La Quinta hay músculo y ganas para copiar el proceso. Allá los dejé conversando y bajé para Barinitas para hacer tiempo. No me preocupó para nada que esos aprendices de periodismo dejaran información sin recabar. ¿Por qué? Sencillo, papá: lo que dejé allí funcionando fue una conversa entre agricultores. Y, que se sepa, los agricultores saben de esas cosas más que los periodistas.


Sabes que uno anda por ahí tratando de organizarse y de animar a la gente para que identifique, recolecte y propague semillas nativas y/o en peligro de extinción (nos llaman "guardianes de semillas"; a mí me gusta el mancillado y casi olvidado término "catabre"). Pero es un hecho que, hagamos lo que hagamos, siempre habrá gente de nuestro pueblo que, sin andar reclamando títulos o denominaciones, nos lleva una morena.


lunes, 2 de noviembre de 2015

Para derrotar al coloso (entrada a mi segundo medio siglo)

Hacía años ya me había acostumbrado a ver de lejos aquel mollejón de montaña, allá después del abismo que nos deslumbra cuando subimos de Barinas a Mérida, y me decía o les decía a los demás: "Si yo tuviera 20 años menos, 20 kilos menos y 20 fracturas menos, subiría hasta allá". Es ese majestuoso precipicio en cuyo fondo el turbulento río Santo Domingo se atisba como un vil chorrito, alimentado desde las alturas por unas caídas de agua insólitas, y que lo hace a uno repetir el viejo chiste-comentario: "Si uno se cae por ahí no se muere del vergajazo al caer, sino del hambre".

En la falda de la vertiente izquierda queda la carretera Barinas-Mérida; a la derecha, La Cuchilla (clic para ampliar la foto)

Esa actitud ante lo inmensamente grande, colosal o intimidante, es lo que lo detiene a uno cuando se supone que debería animarlo a echarle piernas, o a tan siquiera intentarlo. Hay un dicho muy gracioso pero también triste y lamentable, por endorracista, que les oí a varios compañeros: "Negro cobarde no empreña catira". Por autodescalificarse así es por lo que uno morirá sin haberle metido nunca a Shakira ni a Beyoncé (ellas no son catiras pero son hembras que uno sabe o cree imposibles de revolcar). Normal.

Pero menos mal que uno anda por ahí agradecido de poder seguir aprendiendo cosas (esto, a pesar de que nos criamos rodeados de mitos acerca de cuándo se pone uno demasiado viejo para seguir asumiéndose ignorante o aprendiz de cosas) y la maestra vida se ha portado bien con uno y cada tantos metros nos para en seco para darnos una clase más. Así que un buen día me encontré viviendo en la Comuna en cuyo territorio se levanta (o se zambulle) el mencionado abismo, y conociendo a gente que vive por allá arriba. Por ejemplo, el señor Jesús Alberto Barrueta. a quien le debo en buena medida el surgimiento, la aparición en mi vida, de esta metáfora o lección.

En una conversa con ese montañés en la comunidad de El Castillo, varios kilómetros más abajo por esa misma carretera, me comencé a enterar de algunas cuestiones, a saber:

  • que esa montaña se llama La Cuchilla.
  • Que allí viven dos docenas de familias, compuestas por campesinos productores de café.
  • Que bordeando ese filo hacia el noroeste (es decir, hacia Mérida) se encuentra una quebrada llamada La Bellaca (no confundir con la quebrada y caserío La Bellaca, a medio camino entre Calderas y Altamira de Cáceres), y que en esa quebrada se desarrolló una rarísima batalla: Ezequiel Zamora obteniendo un triunfo soberbio.
  • Que de esa batalla quedan el testimonio de la memoria de los hombres y mujeres que viven en esas laderas, y más de un objeto alucinante: el viejo Barrueta se encontró hace años una bola de plomo perfecta, que todo el mundo asume que se trata de un cañonazo disparado en aquella batalla, y los vecinos de La Cuchilla la usan como mingo para jugar bolas criollas: esa reliquia histórica formidable se ha convertido en el mingo con más valor patrimonial del puto país.
  • Que para llegar a lo alto de La Cuchilla hay que atravesar dos puentes colgantes y los comuneros están solicitando recursos para construir un tercero, ya que las mulas con frecuencia se resbalan al atravesar la quebrada de Los Orumos, y cuando a esta le da por crecer es imposible movilizar por allí a gente o mercancías.
  • Que la gente de allí ha realizado proezas ejemplares, como por ejemplo haber levantado a músculo y tracción a sangre la estructura que permitió llevar allá arriba la electricidad, hace apenas 7 años (antes las noches se alumbraban con la luna y con lámparas de kerosén o gasoil): fueron 20 postes de 300 kilogramos cada uno, y 16 hombres debieron subirlos uno por uno.
  • Que, en vista de que esa comunidad se ganó hace poco un reconocimiento como la zona con mayor producción de café en todo el estado, los comuneros están pidiendo también los materiales para instalar allí un funicular o teleférico para no seguir bajando la producción de café a lomo de bestia, y para ver si atraen turistas hacia aquellas cascadas y universos de agua mineral.

Aprendí o recordé o me convencí entonces de que, aparte de las condiciones físicas, hacen falta un estímulo, una razón o motivación y medio paquete de voluntad para al menos intentarlo. Y caramba, verifiqué y confirmé que morbo, lujuria y curiosidad quedan en este saco de huesos, músculo y grasa, suficientes como para escuchar esos titulares y salir en busca de esa gente, esas historias y esas noticias.

Llegando al fondo del precipicio: el lecho del río Santo Domingo (clic para ampliar la foto)

En la víspera de mi arribo a mi primer medio siglo de vida me despojé de aquella actitud de derrota en forma de dicho llamativo pero paralizante y vergonzoso (Si tuviera 20 años menos...) me fui hasta el caserío El Celoso (último centro poblado de Barinas, antes de entrar a Mérida), dejé ahí el automóvil del sedentarismo y me lancé por el abismo de mis terrores artificales. Llegué en media hora al fondo del abismo, al primer puente, que cruza el río Santo Domingo (un pozo profundo y cristalino cuyo lecho se ve nítido, seguramente a tres o cuatro metros de la superficie) y comencé a subir. Y a boquear. Y a sudar. Y a recordar que hace 20 años y más solía lanzarme este tipo de caminatas en el Ávila, que no es poca cosa pero no es esta cosa, ni de vaina; y a detenerme para recuperar la respiración y las ganas de continuar; y a pelear con las ganas de devolverme; y a agradecer que no hubiera ningún acompañante burlándose de mis mareos y palideces, de mi lentitud.
Fue una tortura controlada con pequeñas (¡enormes!) recompensas: encontrar quebradas y manantiales de agua limpia, la más limpia que había tomado jamás, para calmar la sed. Atormentarme con un inusual solazo en aquellos parajes casi siempre cubiertos de neblina, pero agradecer al mismo tiempo que no lloviera y que el clima despejado me regalara tanto paisaje sublime. Encontrarme también con montañeses que me animaban con un par de cuentos y mentiras piadosas ("ya va a llegar, compai, le falta como media horita de camino"; media hora antes otros me habían dicho que me faltaban 20 minutos).

La mitad del camino. Al fondo, la carretera nacional Barinas-Mérida: a la derecha, el camino por el que se baja al río (clic para ampliar la foto)

Llegué al filo de La Cuchilla cuatro horas después.
Jesús Alberto Barrueta, quien me esperaba en su casa, en el punto más alto de la travesía, me había asegurado que él cubre ese recorrido a pie en una hora y media, y mucho menos de eso en mula.
Jesús Alberto tiene 65 años de edad.

Jesús Barrueta en su plantación. Al fondo, en el círculo rojo, el lugar donde hay que dejar el carro y echarse  a caminar. Este, desde donde tomé la fotografía, es el punto donde yo me había autocondenado a no llegar jamás (clic para ampliar la foto)

Ah, pero de alguna manera tenía yo que vengarme de Jesús Alberto, esto no se podía quedar así. Estábamos en el cafetal de su familia cuando empecé a fijarme en la fascinación que le producía mi camarita digital. Le pedí que se acercara, le indiqué una plántula de café recién sembrada y le dije: "Mire, necesito una foto de esa matica, y que se vean las matas grandes allá atrás". El viejo no quiso agarrar la cámara: "No compañero, yo nunca he usado estas bichas". Le insistí: "Dele ahí que eso no es tan difícil como parece. Uno a veces no hace las vainas porque cree que no puede, pero sí puede".
Jesús empuñó la cámara, se inclinó cerca de la matica e hizo esta foto:

(clic para ampliar la foto)

Tengo todo mi próximo medio siglo de vida para seguir intentando cosas que son o parecen difíciles: ya conquisté al coloso en forma de montaña con aspecto de bestia inalcanzable.
Sí, un día de estos me animo y salgo a cogerme a Shakira.

Debo instalarme a escribir las noticias e historias recogidas en ese lugar. Esto es apenas el esbozo del cómo y el por qué.