viernes, 24 de enero de 2014

A seis años de la "Plaza del Combatiente Revolucionario", ahora Plaza Fabricio Ojeda


Desde ayer, una plaza de la parroquia 23 de Enero de Caracas, la que queda frente al Rincón del Taxista, lleva el nombre de Fabricio Ojeda.

A causa de un bache informativo y cierta desidia militante, atribuibles a quienes fuimos activistas de una cosa denominada Misión Boves, la mayoría de las personas olvidó o no se enteró de un dato: el 23 de enero de 2008, luego de una asamblea de ciudadanas y ciudadanos, militantes de varios colectivos derribamos y retiramos de esa plaza el busto del genocida Diego de Losada (hasta ese día la plaza llevaba su nombre) y en su lugar colocamos una plancha de granito y en ella una placa que homenajeaba a Sergio Rodríguez, emblema de la juventud combativa sacrificada en la Cuarta República.

La cosa comenzó con la observación simple del camarada Jesús Arteaga: "Hay una plaza y una estatua de Diego de Losada en el Veintitrés. Esa mierda no debería estar ahí, es una ofensa y una humillación histórica". Al día siguiente comenzamos a conspirar y organizar una acción para sacar ese esperpento de allí sin que pareciera un acto vandálico sin contenido político. La idea inicial era que todos los colectivos del 23 de Enero colocaran en esa plaza placas o íconos de sus militantes caídos y convertir la plaza en un paseo o caminería que honrara la memoria de tanto luchador social asesinado. No tuvimos músculo, convocatoria o capacidad militante para aglutinar a todas las voluntades que hacían falta para concretar ese proyecto.
Por cierto que el día y a la hora en que colocábamos la placa de granito develábamos la placa en honor a Sergio los alrededores se empezaron a llenar de policías y soldados. Fresco estaba el recuerdo de los compañeros a quienes encarcelaron por derribar la estatua de Colón en Plaza Venezuela. Nos dijimos entre nosotros: "Bueno hermano, aquí vienen los coñazos". Pero no era para coñacearnos o detenernos que estaban allí los uniformados: estaban allí para resguardarle el paso a alguien que cerca del mediodía pasó por allí, manejando su volkswagen rojo: el comandante Hugo Chávez. Andaba con su hija María Gabriela y no recuerdo con qué funcionario de su gobierno. Pasó para arriba rumbo al acto que presidió ese día en el Cuartel de La Montaña, a pocos metros de allí, y luego para abajo al terminar, rumbo a Miraflores. Lo saludamos, nos saludó: fogonazos que duraron uno o dos segundos.
Luego llevamos la estatua al Instituto del Patrimonio Cultural, para que no fueran a decir que la fundimos para venderla como metal de chatarra, que por cierto era lo que se merecía. La misma asamblea decidió bautizar el lugar como "Plaza del Combatiente Revolucionario".
Seis años después el Gobierno bolivariano rebautiza la plaza, ya formalmente, como "Fabricio Ojeda", cosa que nos parece justiciera. Esto fue lo que hicimos el 23 de enero de 2008 y días previos y posteriores:



sábado, 4 de enero de 2014

Cabañuelas: en Altamira lloverá en abril

Altamira de Cáceres
Hoy fui testigo de un acto mágico del saber ancestral de los pueblos de la tierra: una conversa entre campesinos (montañeses de Altamira de Cáceres) sobre las cabañuelas para este año.

El milenario arte de predecir cuán lluviosos serán los meses del año que comienza tiene muchas variantes en muchos países. Al pueblo judío se le atribuye su origen o al menos la etimología de la palabra que lo designa, pero el caso es que los campesinos de cada región del planeta han desarrollado varias formas distintas de determinar cuándo entrará la temporada de lluvia, qué meses serán secos, etcétera. Yo había oído de un juego de doce granos de sal que deben "leerse" el 31 de diciembre cerca de la medianoche. En la conversa de hoy, el señor Samuel hablaba de un método simple que se ha usado toda la vida en esa montaña, y su resultado parcial es este: abril será un mes lluvioso en el eje Altamira de Cáceres - Calderas, porque el día de hoy, 4 de enero, corresponde en las predicciones al mes 4.
La cosa va así: como los días 1, 2 y 3 de enero no llovió, enero, febrero y marzo serán meses secos en esa región. Mañana, 5 de enero, nos enteraremos de lo que ocurrirá con el clima en mayo; el 6 sabremos si caerá agua en junio, y así hasta llegar al día 12 correspondiente a diciembre y se complete el ciclo de la predicción.
A cualquier habitante de las ciudades esto puede parecerle una pendejada mitad esotérica y mitad chiflada, pero váyanlo sabiendo: a estas predicciones de los campesinos dedicados a la siembra les debemos buena parte del alimento que se consumen en las ciudades. En mi caso personal he decidido entonces estar alerta: ya sé que el café que me he propuesto sembrar en esa zona debe estar en su lugar en el mes de abril, pues es el mes de la entrada de agua. Me lo dijeron hoy las cabañuelas, y ese saber está por encima de lo que diga cualquier cabeza e machete académico, meteorólogo o como se llamen esos tipos que estafan a la gente pretendiendo que les paremos más bolas a los satélites que a los campesinos.
Leer mal las cabañuelas, o no leerlas, puede derivar en un desastre pues las cosechas pueden perderse si se siembra o se recoge a destiempo. Hay que ser campesino para tener la exacta medida del comportamiento de las precipitaciones. A quienes nos dedicamos a consumir lo que otros siembran nos da igual qué mierda va a ocurrir en mayo con las lluvias: si se pierden las cosechas de café, maíz o papas no hay problema: el Gobierno traerá esos rubros importados de otros países. Pero para la gente que vive de la tierra y que, por lo tanto, ha adaptado los ritmos vitales de su vida a los ciclos de los elementos, una equivocación puede derivar en pequeña desgracia familiar.

viernes, 27 de diciembre de 2013

El turismo depredador y la destrucción del país

Se ha convertido en viral el fragmento de un programa de televisión en el que Valentina Quintero echa unas lágrimas hablando de lo jodida que encuentra a Venezuela. Esta periodista, que se ha hecho famosa (y se ha llenado de billetes) promocionando las posadas que la alojan y los comederos que le dan de comer en toda Venezuela, se refiere allí a la destrucción física y espiritual de un país que dice y cree conocer muy bien porque se ha dedicado a recorrerlo:


Tiene razón Valentina en buena parte de su diagnóstico, pero se equivoca al detectar el origen del desmadre. Ella es como el médico que te dice al revisarte: "Usted tiene gripe", y está en lo correcto. Pero acto seguido sentencia: "Y esa gripe le dio por comer espaguetis". No me refiero a algo que está de anteojito: como todo escuálido que se precie (o se desprecie) no aguanta las ganas de echarle al gobierno un tolete de la culpa por el deterioro de lo que sea; en este caso se refiere la periodista viajera al caso del contrabando de gasolina y el de la gente que va al exterior a buscar su cupo Cadivi y regresa al país a vender los dólares 10 veces más caros que como los compró. Pero como el antichavista promedio está entrenado para escuchar que alguien diga "Gobierno" y acto seguido volcar toda la catarata de mierda previa y posterior sobre el objeto de su odio, entonces tenemos que hay un gentío, que cree que sabe lo que dijo Valentina, regando por ahí que el turismo en Venmezuela se jodió por culpa de los gobiernos de Chávez y de Nicolás Maduro... y del pueblo venezolano (que se empeña en ser chavista).
A ver qué es lo que tenemos.
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Valentina se diferencia de la enorme mayoría de sus compañeros de clase sifrina en que ella, al menos, ha recorrido el país del que decidió ponerse a hablar en términos adoloridos. Esto es innegable: esa mujer cogió carretera hace más de dos décadas y prácticamente no ha parado (¿cómo va a parar si eso le ha proporcionado tanta plata?), y en eso se diferencia de la legión de imbéciles que creen que conocen ¡y quieren! a Venezuela sin haber salido de su maldita urbanización, como no sea para visitar un par de playas, media montaña y la décima parte de algún pueblo llanero.
A mí me consta que ella conoce la geografía venezolana y buena parte de su paisaje humano, y que tiene buenos motivos para tenerle afecto. Lo sé porque alguna vez compartí y conversé con ella sobre el par de cosas que tenemos en común (la carretera y la escritura) y porque en este video da una clave importantísima, y por cierto bastante hermosa, sobre lo que es y lo que debería ser el conocer al país: Valentina dice, en algún momento de su discurso, que para poder conectarse con la Venezuela profunda es poreciso conversar con la gente, detenerse a dedicarle tiempo al contacto humano, a la conversa, al conocer a las personas y no sólo al puto paisaje. Usted nunca va a conocer a Venezuela si se limita a viajar a 180 por hora por una autopista y a echarle fotos a unos tepuyes, a unas playas y a unos niños con los cachetes rosados. Venezuela es mucho más que una locación para caerse a fotos. Y mucho más que un escenario donde usted va a echar basura en forma de bolsas plásticas, en forma de maltrato y desprecio a la gente, y en forma de ruido.
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El rosario de inexactitudes de Valentina y de su clase social deriva del hecho de creer que es posible una práctica consumista y depredadora (eso que llaman "turismo") y sin embargo tener un país limpio y cordial. Lo que nuestras sociedades conocen como "turismo" es un acto vejatorio y depredador; vejatorio, porque el burgués o caricatura de burgués pretende que a cambio de su dinero los habitantes de un pueblo tienen que tratarlo a cuerpo de rey. Usted paga y los lugareños se convierten en sus esclavos: tienen que cocinarle, prepararle y mantenerle limpia una habitación, botarle la basura, darle seguridad. Cuando usted llega a un pueblo e informa que está dispuesto a dejar unos billetes piensa que los habitantes de ese pueblo tienen que someterse a su voluntad: me limpias aquí, me sacas a pasear, te calas mi música estridente, te me pones en cuatro, me lo mamas, me botas la basura y más te vale que esto esté limpio, bonito y la gente me reciba con una sonrisa la próxima vez que yo venga, porque si no hago un video donde digo que eres un pueblo de mierda.

Hace unos pocos años le oí decir a una señora francesa algo que quiso ser ofensivo, pero que me dio una clave fundamental para comprender qué cosa es lo que pasa por la mente del depredador y por la mente del depredado en esta relación perversa llamada "turismo". Dijo la mujer que Venezuela es un fracaso como destino turístico porque "No hay vocación de servicio". Se refería la doña específicamente al trato "inapropiado" que le dieron en un comedero en la costa del estado Sucre. La mujer leyó la carta y decidió pedir un mero (que costaba 180 bolos). Pues llegó el mesonero, un cumanés jodedor y confianzúo como todos los cumaneses humildes, caribe hasta las metras, y le dijo, después de golpetearle dos veces el hombro con el dorso de los dedos y acercársele a 20 centímetros de su blonda cabellera europea: "¡Muchiachia! ¿Por qué mejor no te comes un pargo, que es más sabroso y te cuesta 80 bolos? Además ese mero tiene como tres días en una nevera". Esta escena de espanto hizo que la francesa volara aterrada a decirles a sus compatriotas que el turismo en Venezuela es una mierda, y que nosotros necesitábamos E-DU-CA-CIÓN.
Es decir: si usted quiere satisfacer a un europeo (o a un burgués venezolano que se cree europeo) tiene que abstenerse de ser como es y comportarse conforme a unas normas, una etiqueta, un estudiado amaneramiento y una falsa amabilidad. Para los ricos y la clase media respeto significa buenos modales.
Me vienen a la mente los mexicanos, que sí tienen vocación de servicio: un mesonero mexicano te dice "Mande, patroncito" cada vez que levantas el dedo y tiene prohibido alzar los ojos del piso o de la mesa. Para los europeos un país exitoso es uno donde el verbo servir se parece tanto al adjetivo servil.
Por lo demás, cuando sólo las clases altas viajaban, el turismo era para éstas una delicia: había un país casi virgen, entregado a ellas; ahora que ha crecido la población, que la industria automotriz llenó de vehículos las carreteras y que la capacidad adquisitiva es alta, los lugares que eran más o menos recónditos se han llenado de gente con el chip consumista a toda mecha. Y donde hay consumismo hay basura; y donde hay basura y consumismo la tradicional serenidad de las culturas que vivían de sus oficios se convierte en impuesta velocidad: ya no hay que preparar media docena de sopas de pescao al día sino 600. Cuando una comunidad ya no cocina para alimentarse y obsequiar al viajero ocasional sino para vender y vender y vender y vender y vender su patrimonio culinario se deteriora y lo mismo le pasa al resto de su cultura.
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Por supuesto que de un tiempo para acá la hospitalidad natural de muchos pueblos de Venezuela se ha ido trastornando, pervirtiendo y luego extiguiendo a causa del mal mayor, el origen del desperfecto que Valentina desconoce o que no quiere ver: la dinámica que hizo del viajar un asunto mercantil. Nada puede darse hermoso, amistoso ni natural si su motor principal y razón de ser es el dinero. Usted no puede querer a Venezuela si la recorre exigiendo atención y servicios a cambio de sus billetes, de la misma manera que nunca obtendrá un amor limpio de una persona si le paga para que lo ame. "Te doy 500 si me acaricias y me dices: mande, patroncito": así no puede construirse una relación sana, ni entre las personas ni entre los pueblos.
Después de décadas de recibir a turistas ricos y de clase media que volvieron mierda infraestructura y relaciones a cambio de plata, los pueblos anfitriones copiaron la conducta y ahora están cobrando por el atropello. El turista robó, vejó y sometió a los pueblos porque tenía plata; ahora se queja cuando es vejado y estafado en los pueblos, en los que ya no abundan el desprendimiento y la entrega de antes. Todavía quedan lugares donde te ofrecen el plato de comida y la hamaca a cambio de nada, pero si llegas con la actitud del turista clásico, que paga para que le sirvan, la respuesta siempre será cobrarte con sobreprecio, y esa actitud puede que no sea correcta pero es justa: la especulación del vendedor de empanadas contra el burro engreído que quiere que le lengüetees los zapatos es un acto de justicia. El mesonero cumanés haría bien en servirles a las próximas francesas o turistas afrancesadas el pescado más chimbo y cobrárselo como si fuera mero. ¿Quedamos en que para los ricos y la clase media eso de respeto significa buenos modales? Entonces dígale buenos días y róbelo amable y respetuosamente (con modales refinados y distancia y categoría con los señores). Se lo van a agradecer toda la vida.
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¿Basura? La pulcritud de los lugares más hermosos de Venezuela se jodió porque, mientras al ciudadano lo ametrallan diciéndole que no arroje basura a la playa sino que la eche en bolsas plásticas, no termina de aflorar la voz que le grite en la oreja que las bolsas plásticas también son basura, y que una vez producida esa mierda no hay forma de esconderla
Valentina enumera, entre los males que ensombrecen el turismo, el estado de las carreteras del país. Es cierto que hay muchas carreteras jodidas, en efecto, pero esto no califica como problema mayor: si usted al viajar lleva en la mente la compra del cariño de los demás ya ese viaje es perverso, se desplace por una superautopista lisita o por una exposición de cráteres. El problema no está en el camino sino en lo que lleva en la cabeza el caminante.
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El metamensaje del discurso de Valentina dice: "Los venezolanos no queremos a nuestro país". La verdad es: "La clase media y los ricos, que son quienes han viajado y deteriorado al país, no quieren a Venezuela". El odio y la destrucción del país la diseñó y perpetró en primer término una clase social, que fue la clase dominante: la burguesía que para financiar su ascenso debió depredar y destruir la naturaleza y el precario tejido social venezolano durante el siglo pasado. Cierto es que los pobres nos aplicamos también a profundizar esa destrucción que es la nuestra, pero el origen de la hecatombe es claro: el capitalismo industrial llevó a cabo en el siglo XX una dantesca empresa de fomento y/o profundización del odio entre los pueblos, y esa es la razón por la que todas las regiones sienten prejuicios y odios insólitos e irracionales por las otras: nos inculcaron la idea de que los orientales son borrachos, los maracuchos pendencieros y gritones, los andinos (gochos) brutos, los caraqueños sifrinos, los llaneros flojos, los corianos asesinos, los valencianos maricones. Y nosotros, que en realidad somos jodedores, hemos hecho de este monstruoso paquete ideológico un chiste, no sé si para nuestra desgracia o para nuestra salvación. Pero el proceso de dividirnos como pueblo se ejecutó y las consecuencias están allí, visibles y dolorosas.
¿Queda algo de Venezuela después del festín? Sí: Venezuela está en esos pueblos que usted, sifrino y coñoemadre con plata, destruyó sistemáticamente. Esos pueblos están llenos de venezolanos pobres. Ningún lanchero o pescador de Mochima puede decir que un andino del páramo de La Culata le destruyó un pedazo de playa. No: la playa la destruyeron los ricos, los sifrinos y los malandros con plata mientras el andino soportaba también la destrucción de su páramo. Y la destrucción es no sólo de la infraestructura y el paisaje sino de los hábitos y costumbres, porque cuando un lanchero de Morrocoy arroja botellas de cerveza y envases de aceite al mar más hermoso del Caribe no está sino imitando al citadino depredador y engreído que vino a "enseñarlo" a comportarse como un patán de película gringa, como un hijo de la gran puta que desprecia a la naturaleza y por eso la atormenta con sus equipos de sonido y sus desechos.
Detrás de este escenario de descomposición, que cualquiera diagnosticaría como descomposición de la ciudadanía (caso Valentina Quintero) se esconde el gran culpable que es la industria que produce basura y pretende que los ciudadanos se la limpiemos y ocultemos. Al respecto, hace unos pocos años hice estos videos allá cerca de la entrada de Mochima: la empresa más contaminante de la zona (Cemex) regañando mediante pancartas a los turistas para que no boten chicles, botellas ni pilas en la playa. Uy, qué preocupada la cementera por la contaminación:



Eso fue lo que nos dejaron como país: un escenario donde ser amable y cordial es ser güevón, y donde hay que joder al otro para poder calificar como gente exitosa.
Pero no es que los venezolanos no amemos a Venezuela: es que unos venezolanos viajeros dejaron una estela de destrucción a su paso y le destrozaron pueblos, culturas y afectos a otros venezolanos.
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¿Tiene solución esta enfermedad social? La tiene: pasa por que los venezolanos pobres nos planteemos la tarea de ir a conocernos como venezolanos. No a punta de billete sino de afecto: viajar para conocer a la gente, que es la única forma de conocernos como país. Dialogar, compartir y participar en lo que sea preciso participar, no como turista que paga por ser servido sino como gente que va dispuesta a enseñar y a aprender oficios; a compartir saberes e ignorares, o aunque sea información sobre nuestros pueblos y nuestros seres humanos. Al respecto, está en imprenta un libro titulado "12 experiencias participativas: otro turismo es posible", autoría de Malú Rengifo y quien escribió estos párrafos; en enero debería estar en la calle. Allí les echamos el resto del cuento.

martes, 26 de noviembre de 2013

El miedo

Un caimán en el hato El Cedral
Hace tres años años iba caminando por el hato El Frío (o hato Marisela), en el estado Apure; me acompañaban unos trabajadores del hato. Era la primera vez que iba, así que no tenía forma de saber que en una pequeña laguna en el borde de un camino cualquiera, una vía de tierra que comunica el comedor con el área de dormitorios, vive una caimana respetable, de unos 3 metros de largo. Cuando pasaba al lado de la laguna uno de los jodedores lanzó una piedra en el agua y la caimana salió de pronto, violenta, con la boca abierta. No había peligro real en ese momento (yo estaría a unos 8 metros de la orilla) pero lo más grande que uno suele ver salir del agua en las ciudades son cucarachas, sapos y tal vez una rata perdida que huye, no un aparato lleno de dientes que te informa su arrechera porque le estás invadiendo el territorio. Así que pegué el brinco de ley, traté de burlarme de mi propio susto, me calé las carcajadas de los peones. La vida continuó normalmente. Bueno, normalmente, sólo un rato más.

Una hora después comencé a sentir escalofríos y un dolor de cabeza. Y un motorcito del coño ronroneándome en los oídos. Era como una de mis adorables migrañas, pero con un componente extra que no lograba identificar. Hasta que comencé a sentir un hormigueo en las manos y se me dispararon las alarmas: esos eran los síntomas que me habían descrito algunos amigos hipertensos. Les pedí a unos compañeros que me llevaran a algún ambulatorio o centro de salud cercano; había que ir a Mantecal, a 45 minutos. El médico cubano me informó que tenía la tensión en 145-100, y que eso se llamaba hipertensión arterial.
Resumen del chiste del mes entre mis panas: quien inauguró el CDI de Mantecal fue un caraqueño asustao.

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Y sí, esa ha sido la vez que he sentido más miedo en mi vida. No me lo dicen los recuerdos: me lo dijo el cuerpo al manifestársele un episodio que nunca en más de 40 años había padecido.
Una cosa es asustarse porque se está a punto de sufrir un accidente, o porque un tipo te pone una pistola en la cabeza; una cosa es el susto enorme, el terror y el pánico de que a alguien querido le esté ocurriendo algo grave; el temor cotidiano de no poder llegar a tiempo o la angustia por las deudas; los temores a veces infundados (y a veces no) a la oscuridad, a las alturas, a la violencia, a las pérdidas. Pero otra cosa distinta es ese terror profundo que no viene de la conciencia, del saber que algo anda mal, sino de los adentros, del instinto, de algo más íntimo y primitivo que todo lo que podamos describir con palabras, y es la presencia de un depredador natural. No hay miedo más profundo, más primario y más fulminante que ese.
La naturaleza diseñó de tal forma el sistema de relaciones entre los seres vivos que, cuando aparece el animal cuya misión es destruir a otro más débil, éste se paraliza o huye, nunca se queda imperturbable. Cuando se encuentran esos dos seres uno siente fruición y el otro siente pavor. Esta "información" tiene millones de años poblando la tierra y nuestro cuerpo es depositario de ella. El ser humano, animal desvalido que teme ser herido incluso por otros de menor tamaño o dotación, ha construido lo que ha construido debido al miedo profundo a la naturaleza; el absurdo proceso civilizatorio exacerbado en el capitalismo ha tenido por objeto suprimir toda referencia a esa naturaleza llena de peligros. El reino vegetal y el animal nos parecen sucios, amenazantes y despreciables, por eso nos construimos nuestra peculiar jungla llamada ciudad. Logramos mantener a raya a los depredadores naturales (del conocido enunciado que nos recuerda que somos autodepredadores hablamos después) pero el miedo está aquí. Es decir, adonde vayamos.

Tres años más tarde
(como en las películas...)

“Agárralo por el pescuezo con la mano derecha”, me dijo Carlos Chávez; yo acaté la instrucción. “Con la izquierda lo agarras por aquí”, me dijo; lo tomé por la zona del cuerpo donde se junta la cola con las patas traseras. El caimán (¿caimán o cocodrilo?, más abajo explicaremos esto), un joven de 90 centímetros de largo, ejecutó un movimiento reptante y casi se me sale de las manos. Los entendidos comenzaron a darme indicaciones contradictorias: Agárralo duro. No lo estrangules. Que no se te salga. No lo lastimes. La compacta masa de músculos decidió reservar para otro momento la exhibición de su potencia y pude entonces cargarlo sin ayuda, rumbo hacia el lugar donde debía soltarlo, una ensenada del caño Guaritico dentro del hato San Francisco,en Apure.
Era uno de los 45 ejemplares jóvenes de Caimán del Orinoco que estaba liberando ese día, 24 de noviembre, el ministerio del Ambiente, en el marco de un programa que busca repoblar las zonas donde este animal abundaba, y que hoy está amenazado de extinción. Había otras personas con su respectivo caimán en las manos; yo tuve unos pocos minutos para observar el mío (nótese la violenta idea de poder, propiedad y apropiación: lo tengo agarrado por el pescuezo, así que ya es mío). Animal poderoso, una de las máquinas de triturar más antiguas y perfectas de la naturaleza, ahora estaba inmovilizado por un bicho que en otras circunstancias vendría a ser su desayuno.


Tenía el hocico cerrado por un teipe, un triste teipe negro. Es fácil evitar que la boca de un caimán (¿o cocodrilo?) se abra, ya que los músculos que ejecutan esa función son débiles, y tan relajados como para permitir esos largos bostezos de horas; el problema es cuando esa boca se abre y decide cerrarse sobre una presa o enemigo. No hay un animal sobre el planeta con una mordida más fuerte que la de los cocodrilos y caimanes. Olvídense de leones, osos, hipopótamos o monstruos marinos: los primos adultos de este caimán (los de agua salada) ejercen una presión de más de 250 atmósferas o 1.700 newtons , lo que equivale a decir que, por cada centímetro cuadrado de carne que estos camaradas muerden, cae un peso de 270 kilos. No es que si un caimán le agarra un brazo éste va a soportar 270 kilos de dientes y jalones, no: esa presión recaerá en cada centímetro de la zona mordida. Digamos que usted pone un clavo o espina gruesa y afilada en el piso, con la punta hacia arriba, y encima coloca la uña del dedo meñique (que mide más o menos un centímetro cúbico). Encima de la uña coloca una tabla o plataforma, y encima de esta tabla se paran al mismo tiempo tres personas gordas de 90 kilos cada una: esa es la presión que ejerce un caimán adulto por cada centímetro cuadrado al morder. Si los caimanes le hubiesen descubierto algún valor gastronómico al hierro las cabillas de construcción se partirían en sus fauces como en nuestras miserables bocas se parten las paletas de helados.

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“Estos son animales rezagados, aquí los llamamos sutes”, dice Carlos Chávez. “Nacieron en mayo de 2012 y no habían alcanzado la talla en julio de 2013, cuando liberamos a los primeros 60 de esta camada. En estos meses los alimentamos dos veces por semana y les dimos complementos vitamínicos, y ahora miden entre 85 y 115 centímetros”. Chávez es el funcionario del Ministerio del Ambiente encargado del proyecto de conservación del Caimán del Orinoco o Cocodrilo Intermedio.
Estrictamente hablando, un tecnicismo que los biólogos sabrán explicar obliga a considerarlo como una de las 23 especies de cocodrilos existentes en todo el planeta; 5 de ellas se encuentran en Venezuela. Pero acá se operó un triunfo del habla popular sobre la terminología científica, pues luego de varios siglos de oír a los habitantes del llano hablar del “caimán” en conversaciones cotidianas, en cuentos y leyendas, la convención académica y científica ha terminado por aceptar, sin escandalizarse, la denominación Caimán del Orinoco para este enorme reptil.
Estos que fueron liberados en una ensenada del caño Guaritico, en predios del hato San Francisco (municipio Muñoz del estado Apure) provienen de un zoocriadero ubicado en Puerto Miranda (Camaguán, Guárico) donde se encuentran 11 machos y 12 hembras reproductores, cuyos huevos son incubados artificialmente y sus crías liberadas en distintos puntos de la cuenca del Orinoco, su hábitat original.

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Las razones por las que el Caimán del Orinoco comenzó a escasear hasta casi extinguirse fueron, sucesivamente, el miedo y la codicia. En la Venezuela preindustrial, al llanero que transitaba por esas sabanas no tenía por qué caerle simpática la presencia de un animal de seis metros de largo y una fiereza comprobada. El dato del miedo estaba en su cuerpo, en la sabana era frecuente la vieja danza del depredador y su presa, y la del hombre que para probar su virilidad se sentía obligado a enfrentar al matador. Toparse con un animal de esas características, huir de él o darle muerte para comer (y también para exhibir su piel como trofeo) era un asunto inherente a la cultura de esas zonas, pero no era una práctica masiva ni descontrolada; nunca el caimán iba a exterminar a los seres humanos ni éstos al caimán. Se trataba de una tensión que no era de guerra sino una lógica de coexistencia.
Esa relación humano-caimán se pervirtió por las mismas razones que han pervertido a casi todas las manifestaciones autóctonas en cualquier parte del mundo: el ingreso del capitalismo industrial, la explotación masiva y el comercio de pieles hicieron disminuir la población de caimanes en cuatro décadas del siglo 20. De pronto, encontrarse con un caimán dejó de ser un episodio fortuito que ponía a prueba la valentía del veguero y pasó a ser una actividad comercial más, un negocio: ahora el caimán se escondía y el mercader iba con sus baquianos a asesinarlos en masa.
“Quien quiera saber a dónde fueron a parar esas decenas de miles de caimanes exterminados vaya a los países europeos y a Estados Unidos. Ahí están, convertidos en carteras y objetos para disfrute de la burguesía”, reflexiona Miguel Rodríguez, ministro del Ambiente. “Cuando uno habla del tema del Caimán del Orinoco se da cuenta de que no fue ociosa ni caprichosa la formulación del comandante Chávez del Quinto Objetivo del Plan de la Patria. Antes de ser redactado este plan ya el comandante hablaba en términos de mucho afecto del Patrullero, ese caimán legendario de 20 metros que los llaneros de Elorza han convertido en patrimonio cultural inasible. Chávez no se refería a esa fiera en términos de odio al monstruo sino de remembranza tierna, y esa fue una base muy sólida para después proponer como objetivo importante dar pasos para la defensa de la vida en el planeta”.
Pero el Patrullero es también producto del miedo. A los grandes caimanes suelen quedárseles en el lomo, cuando salen del agua, matas de bora y otras plantas acuáticas. El colosal cocodrilo del imaginario llanero tiene en el lomo, no unas matas de bora sino una palmera.
Así que ese día unos pocos privilegiados nos disponíamos a echar al agua 45 caimanes. La incomodidad inicial se me fue quitando poco a poco al ver que, a mi lado, había otras personas con la misma actitud de crispación que yo. A pesar de la nobleza del acto eso que se veía en el rostro de todos también se llama miedo.
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Miré a mi caimancito, al que uno de los compañeros le había quitado el teipe de la boca. Justo en ese momento, cuando ya faltaban unos segundos para su liberación, el caimancito se orinó. Corrijo: me orinó. El líquido caliente me bañó la mano y parte del pantalón. Después de todo el ser humano es el mayor depredador de la historia, y ese pobre animal tenía muchas razones para sentir miedo también. Al lado del dato ancestral de su enorme poder viaja con sus genes el reconocimiento de la bestia que lo exterminó metódicamente, por miedo y por dinero, en el último siglo.
Hay en estas iniciativas algo de reconocimiento entre depredadores, un acuerdo tácito y sin palabras; a estos caimanes los estresamos y asustamos un rato y luego les regalamos su caño y su sabana, su libertad. Nos corresponde hacerlo, se lo debemos. Porque al final, poniéndonos a observar las cosas con serenidad, resulta que los animales y nosotros somos la misma gente, estamos hechos de la misma materia. La naturaleza toma unos materiales, los mismos para nosotros y para ellos, y los procesa a nivel molecular de manera distinta; de una combinación salen caimanes, de otra combinación nacemos los seres humanos. El orden de los factores altera el producto, pero lo cierto es que estamos fabricados con las mismas cosas, así que todos esos seres: insectos, cuadrúpedos, aves, bípedos, magallaneros, reptiles, escualos, escuálidos, peces; depredadores y mansos, cantarinos y violentos, todos esos bichos son hermanos nuestros. Hermosa o fatalmente, estamos todos aquí y ellos son de los nuestros.
***
Me acerqué a la orilla del caño, lo lancé como me indicaron hacia el agua liberadora, y el bichito se echó a nadar.
En un segundo me salió del cerebro otra información, seguramente obtenida de algún programa de National Geographic: los jugos gástricos de los caimanes y cocodrilos son tan devastadores que ninguna bacteria puede sobrevivir en su estómago. Los grandes animales que padecen el verano africano a veces son azotados por epidemias de cólera y mueren por docenas. Ningún animal carroñero come de esa carne envenenada; los cocodrilos, armados con un coctel disolvente perfeccionado por millones de años de evolución devoran esos cadáveres sin problema; lo que se le salva al artefacto de su boca pletórica de colmillos y fuerza inaudita sucumbe en el estómago lleno de los ácidos más corrosivos del reino animal.

Me olí la mano orinada: no olía a nada. Se lo comenté a Jesús Ernesto, a quien su caimán le había defecado la camisa, y quien tenía una explicación al respecto:

--Esos animales comen más limpio que nosotros. Su orina no puede oler mal, no es tóxica: ellos no andan bebiendo cocacola ni comiendo mayonesa.
--Sí, güevón. Los gatos tampoco comen mayonesa y el miao de gato huele más mal que el coño.

APÉNDICE----------------------------

José Ramos trabaja en el zoocriadero de Puerto Miranda. Es el encargado de alimentar a los caimanes en cautiverio desde hace 17 años. Discreto y cauteloso como todo llanero (“¿Son peligrosos los caimanes? –Sí, peligrosos son. “¿Pero no recuerda ningún accidente, alguien que haya sido herido por descuido?” –No, no me acuerdo de nada de eso) a medida que se relaja y toma confianza va revelando detalles del trato con los caimanes.
–Les ponemos nombres a las hembras para controlar mejor los nidos y el número de nacimientos. Las caimanas se llaman Elena, Julia, Panchita, Paquita, Petra, Josefina. La Negra Rosa tiene un récord: uno de estos años puso 51 huevos y nacieron 50 caimanes. Me acuerdo también de Carmen, murió por una pelea con otras caimanas cuidando su territorio.
Las hembras ponen sus huevos entre febrero y marzo, los criadores toman los huevos y los ponen a incubar durante 3 meses.

Los machos también han sido “bautizados”: Perucho, el Catire Páez, Siete Machos, Pedrito, Pepe, Juancho, Pancho, Francisco. Negrín es el caimán más viejo: tiene 40 años y mide más de 5 metros. 

lunes, 11 de noviembre de 2013

El pobre flaco agüevoniao

Una versión recortada fue publicada en Épale Ccs Nro.55: http://www.ciudadccs.info/?p=499139



Era febrero de 1989 y los adecos estaban contentos porque Carlos Andrés Pérez acababa de asumir la presidencia de la República. Felices y en clave de fiesta, organizaron un concierto gratuito en el Nuevo Circo de Caracas, como gratitud al pueblo que eligió por segunda vez a ese coñoemadre. Anunciaron a un montón de cantantes y grupos nacionales y extranjeros, exponentes de varios géneros musicales, algunos de ellos de mucho renombre. Por ejemplo, el “Manos Duras” Ray Barretto. Yo en ese tiempo andaba embullado con la salsa y el jazz latino y nunca había visto tocar a ese tipo en vivo, así que no quería perdérmelo. Me junté con varios locos del 23 de Enero y me fui para el venerable lugar.

El grueso del público era de San Agustín del Sur, así que obviamente la mayoría iba a ver también al rey de las tumbadoras. Cantaron los teloneros (creo recordar que se presentaron Soledad Bravo y el grupo Madera, entre otros). Era temprano en la noche cuando se subió el legendario salsero. El Nuevo Circo se convirtió en fiera atronadora. Primera canción: una versión de “Si me voy para mi islita”:


Pero con la letra amoldada a las circunstancias: “YO ME VOY PA VENEZUELA”.

El sonido estaba perfecto; yo estaba en la tercera o cuarta línea de gente, abajo en la olla, cerquita de la tarima.
Segunda canción: Indestructible. Tercera canción: Cocinando. Terminada esta pieza el hombre se paró, levantó una mano, dijo “Chao” en castellano neoyorkino y desapareció junto con los músicos. Yo no entendía muy bien qué cosa era esa de “coitus interruptus” hasta ese momento. La gente empezó a pedir otra, otra, otra, por supuesto. Pasaron unos segundos. Luego unos minutos. Y la gente se empezó a arrechar. Poco después se arrechó por completo. Y empezó la botellamentazón y se formó el tumulto. Eran los salseros indignados porque Barretto los despachó con tres piezas apenas.
Transcurridos unos instantes más, para terminar de cagar la jaula, salió a la tarima un flaco esmirriado, pálido, drogado hasta las metras, más devastado por la sífilis que por el hambre. Agarró el micrófono y dijo: “Buenas noches. Me disculpan, pero es que ahora me toca cantar a mí”. Ahí sí fue que la gente estalló en serio: era un maldito rockero profanando un templo de la salsa. Pocas semanas después de ese evento estallaba el Sacudón; creo que éste hubiera sido más violento si no se hubiera producido antes este drenaje de energía. Esa noche hubo en el Nuevo Circo un ensayo del Caracazo.
El flaco agüevoniao esquivó unos botellazos y pedradas, con una mano en la melena desordenada y con la otra tapándose la luz de un reflector que lo encandilaba a pesar de los lentes oscuros. En un reflujo de la marejada furiosa alcanzó a decir: “Bueno, vamos a hacer algo: desahóguense ahí mientras yo acomodo a los músicos, y ustedes me avisan cuando pueda empezar”. Increíblemente, la gente se calmó. Increíblemente también, la banda del pedazo de flaco empezó a tocar. E increíblemente, la gente aplaudió y se puso a corear lo que cantaba el tipo, una canción que decía: “EN ESTA PUTA CIUDAD”.
A mí no me gustan las canciones de Fito Páez, pero esa noche empecé a respetar a ese valiente flaco agüevoniao, y empecé a escuchar con más atención a los clásicos del género.

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Vainas de la memoria: acabo de encontrar (horas después de publicada esta crónica) un video del inicio de ese concierto, y resulta que no fue en febrero 1989 sino en diciembre de 1988, días después de las elecciones que ganó CAP. Igual, así cantó el flaco agüevoniao:

Algunos tips para entender esta fase de la guerra en y contra Venezuela

En Venezuela hay una guerra declarada entre el fascismo empresarial y el Gobierno de Nicolás Maduro. El Gobierno de Nicolás Maduro conserva en lo esencial la vocación antiimperialista y de corte social del gobierno de Hugo Chávez Frías, así que el pueblo chavista debe asumir que esta guerra es contra nosotros, los chavistas, y contra la Venezuela que se quiere soberana.
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Nosotros, pueblo de a pie, sin altas responsabilidades ni intereses en ninguno de los dos bandos, debemos: A) tomar partido por alguno de esos factores; estos tips van dirigidos a quienes toman partido por el factor Gobierno Bolivariano; B) ir creando las condiciones y la estructura que nos convierta en el futuro (tal vez un futuro todavía lejano) en pueblo organizado al margen de los dos factores. Esto no choca con el Gobierno nacional porque la construcción del Estado Comunal (propuesta fundamental del chavismo) nos abre las puertas para que funcionemos como conglomerado de gobiernos locales.
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Lo que aquí llamamos el enemigo, fascismo empresarial o poder económico es la estructura de dominación más perfectamente engrasada de la historia humana. Dentro de esa estructura hay un montón de factores que le dan movilidad y penetración universal; un tejido social complejo, unas instituciones, corporaciones y vocerías, que van desde las grandes empresas transnacionales hasta el estúpido a quien le pagan por echar discursos antichavistas y proempresariales en el metro, y al otro estúpido que lo hace gratis sin darse cuenta de que también le colabora al fascismo.
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El enemigo es una construcción mucho más poderosa, macabra, perversa y eficiente en la conspiración que el enemigo al que nos acostumbramos a enfrentar, y al que nos acostumbramos también a llamar "los adecos". Lo que representan los grupos económicos detrás de Primero Justicia y Voluntad Popular (partidos neonazis proempresariales por excelencia) es mucho más peligroso y tóxico que los factores más visibles de la llamada "Cuarta República". Esos grupos tienen historia, tienen siglos de maceración, tienen el apoyo de las hegemonías más poderosas del mundo. Al lado de ellos, los adecos son unos simples payasos que a veces les son útiles y a veces inútiles a esos enemigos inmensos.
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El Gobierno (el de Maduro y antes el o los de Chávez) hicieron lo correcto cuando negociaron con el enemigo, es decir, con el poder empresarial que quiere derrocarlo. Las sucesivas reuniones con Mendoza y Cisneros eran procedentes, inteligentes, necesarias, y además provechosas para nosotros, los ciudadanos de a pie. ¿Por qué? Porque en toda guerra los ciudadanos comunes llevamos la peor parte, así que es bueno que los factores en pugna (Estado y fascismo empresarial) conversen y traten de resolverlo todo por las buenas. Agotado el recurso de la negociación y el acuerdo toca entonces arremeter contra el enemigo. Eso es lo que está haciendo ahora el Gobierno nacional.
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Amarrarles las agallas a los empresarios y comerciantes y ponerle límite a su hambre de enriquecimiento es una acción justiciera y necesaria. Es un acto de guerra. Hay que contentarse, sí, pero no echarse en la hamaca a pensar que con esto derrotaremos al poder económico: ese acto de guerra es la respuesta a uno anterior y será respondido con otro. Es la lógica de la guerra: ellos disparan, nosotros disparamos; ellos tienen bajas, nosotros también.
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Es ingenuo y estúpido pensar que los especuladores y acaparadores recibirán esta bofetada del Gobierno con esta actitud: "Oh, qué fuerte me han pegado, yo mejor acato las leyes, me vuelvo chavista y me dedico a construir el socialismo". No seas güevón, camarada: esta coñaza seguirá y será dura. El enemigo no es cobarde ni débil, es un poder gigantesco cuyo sustrato no es Daka ni Pablo Electrónica: es un enemigo poderoso, insolente y coñoemadre que ya se llevó en los cachos a muchos países y que viene por el nuestro.
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Ya estamos oyendo decir al antichavismo: "A los empresarios no hay que estrangularlos sino estimularlos para que aumente la producción". Esa premisa podía interpretarse como lógica (no correcta pero sí lógica) en los países donde los empresarios no han declarado que quieren derrocar al Gobierno. En nuestro país no, porque ningún gobierno está obligado a seguir haciendo millonarios a los empresarios que lo quieren tumbar. Eso también es lógico (y correcto).
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Cuando hablamos del enemigo nos referimos al fascismo empresarial que quiere derrocar al Gobierno como sea, para poner en Miraflores a un monigote que les abra el chorro de la "libre empresa". No nos referimos al pelabolas que, por confusión, ignorancia o interés personal ha decidido apoyar a su enemigo histórico de clase, que es el empresariado.
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¿Llevaremos leña los ciudadanos comunes ahora que recrudecerá la guerra entre los dos factores enfrentados (el Estado y fascismo empresarial)? Pues sí, como siempre. Hoy podemos comprar productos baratos; mañana desaparecerán esos productos. Es normal: no hay guerra sin dolor.
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Después discutimos si conviene encender en Venezuela miles de electrodomésticos MÁS en tiempos de vulnerabilidad del sistema eléctrico. Sí, después lo discutimos, pero hay que discutirlo. Mientras tanto, vigilar y controlar precios de electrodomésticos es una medida radical justa.
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Los privilegios del empresariado no son los derechos del pueblo. El enemigo nos ha vendido ambas cosas como si fueran una misma. La ecuación es: si el empresariado está bien el pueblo está mal, y viceversa.
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Los empresarios han esgrimido algo que es verdad, es rigurosamente cierto: ningún empresario está obligado a producir si su empresa o fábrica da pérdidas. ¿No da plata producir espaguetis? Pues no se produce más y hay escasez o desabastecimiento de espaguetis. ¿Qué debemos discutir nosotros como pueblo y como clase? Lo siguiente: ¿por qué mother fucker un país que no produce trigo tiene que consumir masivamente espaguetis? ¿Qué deben discutir los empresarios como clase? Esto otro: ¿Por qué en vez de estar explotando obreros no te pones a trabajar, coñoetumadre?
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Cuando esta guerra entre en la inevitable fase bélica o de confrontación callejera tendremos una situación lamentable que ha sido constante en nuestra historia: quienes estaremos en las calles dando y llevando coñazos o tiros seremos los pobres. Los pobres que estamos conscientes de nuestro rol y nuestra posición en la historia, y los que, pasándose por el forro de las bolas el dato histórico de que el enemigo son los empresarios, se ponen del lado de ellos. Mientras nosotros estemos arriesgando el pellejo en las calles habrá una clase social y política (empresarios, "dirigentes", echadores de discursos viendo el peo por televisión y cobrando. Sí, hay una clase a la que le va bien cuando al común de la gente le va mal: los beneficiarios de las crisis. Por estas razones, entre muchas otras, la guerra siempre será una mala noticia para nosotros los pobres.

jueves, 10 de octubre de 2013

Catabres y resistencia cultural

Walterio Lanz en una carretera de Apure
En aquel proyecto de país que el capitalismo industrial nos hizo abortar existía una figura romántica, importantísima, que empezó a ser mal vista cuando estalló la bomba de lo que llamaron “modernidad”: el paso de la sociedad rural a la despiadada urbanización: el intento de convertirnos en urbanos y cosmopolitas: Santos Luzardo asesinando una y otra vez a Doña Bárbara cuando ya antes había liquidado a los indígenas. Esa figura era el catabre o cataure.
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“Catabre”, hablando estrictamente de su significado original, es la totuma, vasija o recipiente donde los campesinos guardan las semillas que sembrarán cuando llegue el momento, pero esa palabra se trasladó por extensión a unos señores que iban por los pueblos repartiendo semillas. Algunas las vendían, otras las intercambiaban por las que no tenían o les pedían en otros pueblos, algunas más las regalaban.
Esos señores cumplían la labor de los pájaros y algunos insectos: propagaban por donde pasaban el germen de lo que después serán especies alimenticias.
Dicen quienes los vieron por esos caminos que se trataba de señores con aspecto de mendigos, barbudos y de vestir descuidado, pero llevaban su tesoro en los bolsillos o en pequeños sacos o mapires; sus catabres para nómadas. La sociedad industrial banalizó esa función y la convirtió en objeto de burla o vergüenza, que es lo mismo que decir que los criminalizó y los condenó a muerte.
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Cuando los burgueses y aristócratas decidieron que para ser “gente decente” había que enrollarse una maldita corbata en el pescuezo la palabra “catabre” empezó a convertirse en insulto. En la Carora de mi juventud oí decir de mucha gente que andaba con la ropa sucia o rota que “parecía un cataure”. Aunque la mayoría no sabía qué significaba eso exactamente, a los muchachos nos daba risa, tal vez porque el nombrecito era feo y así como campuruso (quizá el mismo proceso sociológico y mental que lleva a muchos a tenerle verguita a la palabra y la idea de conuco). Cataure: viejo loco que en vez de ir a comprar caraotas al supermercado trata de enseñarle a la gente que puede sembrar matas en el patio de su casa, que hay cientos de variedades de granos y que son gratis.
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El proceso de destrucción moral de los catabres es el mismo que, con los años y mientras avanza el empeño en alejarnos de la naturaleza/urbanizarnos, ha hecho que odiemos o nos avergüencen nuestra forma de hablar, nuestros olores corporales, nuestro impulso a jugar (¿trabajar?) con tierra, los muchos colores de nuestra piel, nuestras comidas originarias, nuestra música, nuestras costumbres, nuestras formas de procurarnos los alimentos y la vivienda. ¿Para qué sembrar una mata de aguacate si en Central Madeirense venden los aguacates que antes sembraron unos campesinos feos, desconocidos y jediondos? ¿Para qué hacer una casa si para eso quedaron los ignorantes de mierda, esos esclavos albañiles que no estudiaron como estudié YO y por lo tanto merecen el trabajo esclavo que lo humilla (y YO el trabajo intelectual que me enaltece)? ¿Para qué enseñarles a mis hijos a sembrar y construir su casa, si los hijos de los actuales esclavos seguirán el ejemplo de sus padres para que los míos sean profesionales e intelectuales sifrinos, de esos que citan a Marx campaneando un güisqui? ¿Para qué enseñarles a los muchachos urbanos a ordeñar una cabra o una vaca y con ello enseñarles el origen profundamente amoroso y humano de componer tonadas, si para eso están los muchos Simón Díaz que les roban la expresión artística a los miles de artistas genuinos pero anónimos? ¿Para qué andar por la vida oliendo a ser humano si hay tanto desodorante, perfume y colonia en el mercado?
Es la misma razón por la que cierto compañero soñador, audaz y revolucionario recibió tantas burlas, ataques, acusaciones de insania mental y pensamiento retrógrado cuando le propuso al país masificar en las viviendas urbanas los gallineros verticales y los conucos en cada balcón y azotea de casa o edificio. Sospechaba ese llanero humilde que si todas las comunidades producían casa por casa sus alimentos ya más nunca habría escasez de nada; que si en cada barrio hubiera suficientes productores de maíz Lorenzo Mendoza tendría que meterse sus quintales de harina inorgánica por el hueco del culo. Pero no, no seas güevón, Chávez: los señores intelectuales tienen que pensar, los administradores tienen que echar números, los abogados tienen que hacer leyes, los méedicos tienen que estafar a los pacientes/clientes y para ello tienen que andar pulcramente vestidos y olorosos a fragancias caras, no con las uñas sucias de tierra ni hediondos a gallina. Hazme tú el favor. Así que hazme la revolución y garantízame la soberanía alimentaria: que los campesinos sigan sembrando y criando animales que serán asesinados en mataderos, porque lo mío es el barrio, la urbanización y el centro comercial. Siasmaricotú.
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Por ahí cargo un  montón de semillas nativas (al final, algunas fotos con sus leyendas informativas). La mayoría, leguminosas (familias de las caraotas). Ando organizando un par de viveros (Barinas y Yaracuy) para reproducirlas y propagarlas; mientras tanto, se las regalo a quien tenga dónde y cómo sembrarlas y cuidarlas mientras paren. Suena fácil y lo es, pero es una tremenda responsabilidad.
De Nacho Tapía, Walterio Lanz, Gaudy García, Olga Domené y una larga lista de campesinas y campesinos que recuerdan y añoran el viejo arte de comer y dar de comer sin pagar ni cobrar he aprendido lo poco que sé sobre un asunto crucial: la resistencia cultural basada en el reconocimiento y la propagación de nuestras semillas autóctonas.
Hace unas horas realicé una jugada peligrosa. Convencí a las maestras del Simoncito ubicado en Altamira de Cáceres (Barinas) para que me permitan entregarles un puñado de semillas y poner a los niños a germinarlas, y luego a sembrarlas en un  pedazo de terreno que tienen allí mismo. Es peligrosa la jugada porque de esas semillas, casi extintas o en vías de extinción, no sé cuántas pudieran prosperar o perderse. Dependerá de cuánto convenza a esa gente de lo importante y trascendental de cuidar esas matas hasta que den alimentos y nuevas semillas. Confío en la buena vibra de los niños y en la sensibilidad de las maestras. Habrá que poner énfasis en el punto central: tan importante es la semilla como estimular en los chamos el impulso de conocerlas y sembrarlas cuando crezcan. La semilla física acompañada de la semilla ideológica: esos chamos tendrán que comprender un día que sembrar esas bichas extrañas es peligroso, audaz, contracultural, emocionante, útil, importante: revolucionario. Que en México ya no puedes tener unas semillas en tu casa porque vas preso, y que si nos apendejeamos nos zampan una legislación similar en Venezuela.
Soy un aprendiz de catabre. Sí, me siento orgulloso de serlo.
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La variedad de estas especies comestibles es incalculable; en Venezuela hay centenares de ellas, casi perdidas, perdiéndose en la orilla de las carreteras y los terrenos baldíos, donde crecen y se reproducen como lo que son: como monte. Y como monte son despreciadas o desconocidas: como nos enseñaron que lo que tiene valor es lo que viene empacado y se cobra por kilos, entonces les pasamos por un lado a las muchas caraotas callejeras que se nos ofrecen gratis, camino al supermercado que vende otras menos sabrosas.
Esas bichas callejeras tienen un nombre más o menos genérico: se llaman tapiramas o tapiramos.
Las tapiramas nos alimentaron por cientos o miles de años, hasta que el mercado nos ordenó que comiéramos y consideráramos comestibles sólo a las caraotas negras, blancas y rojas, y no más de seis especies de otros granos comerciales (lentejas, arvejas, frijoles, quinchonchos). La razón: los granos que usted compra en el mercado pueden sembrarse y prosperar a punta de fertilizantes y otros tóxicos, y hacen ricos a unos tipos y unas corporaciones. Su proceso de cosecha es mecanizable porque la mata suele ser pequeña y de tallo alto, y por lo tanto pueden recogerse muchos miles de toneladas en poco tiempo. Las semillas nativas, en cambio:

  1. Son gratis: usted puede sembrarlas en cualquier patio o pedazo de tierra. Propagar esas especies no enriquece ni empobrece a nadie, así que ¿para qué sembrar unas vainas que no tienen valor comercial (precio)? ¿Para comer? ¡JA! ¿Y quién necesita comer algo que nunca escaseará y por lo tanto nunca será negocio?
  2. Su cosecha no es mecanizable, ya que crecen como enredaderas y la recolección tiene que ser necesariamente a mano.
  3. Son limpias: nadie necesita fumigar con agrotóxicos (pesticidas o abonos químicos) unas matas domésticas sembradas sin criterio industrial. TODO lo que usted consigue en cualquier bodega, abasto, supermercado o mercado (popular o de los otros) viene con veneno.

Existe una Red de Truekeros, un Frente Antitransgénico y unas cuantas docenas de catabres que llevan por ahí semillas nativas para regalar o intercambiar. También hay cientos de campesinos que guardan sus mejores semillas para sembrar en la temporada siguiente. ¿Un eslogan para concluir? No compres vegetales comestibles: siémbralos. O uno más inmediato: todos a propagar nuestras semillas nativas u originarias (antes que nos lo prohíban, y después también). Son sabrosas, alimenticias y son gratis.
Post data: o recuperamos, propagamos y masificamos nuestras semillas originarias o Monsanto u otra potencia nos seguirá imponiendo mierdas tóxicas como alimento.


Maíz criollo amarillo, cosechado en El Cogollo (Tinaquillo, Cojedes), en el conuco de Santos y Aníbal (según indicación de Walterio Lanz). Me las han traído a Barinas y prometo sacarles cría. Les enviaré de vueltas hijas y nietas.

1) Emperatriz escarlata, un grano gigante (La Azulita, Mérida); 2) Todi negro o mucuna (La Chigüira, Socopó, Barinas); 3) Paspasa rayada negra (Sanare, Lara); 4) Tartaguita morada (Cumanacoa, Sucre, y replicada en Aroa, Yaracuy).
Dos variedades de paspasa: la "vaquita" (no será difícil adivinar cuales son y por qué se llaman así) y la morada. Se las robé a Gaudy García allá en Monte Carmelo, Sanare, estado Lara.

1) Tapirama negra (San Diego, Carabobo); 2) tapiramos o frijoles jabaos (Sanare, Lara); 3) un grano blanco y negro, espectacular, del que desconozco el nombre o procedencia. Me la traje de Monte Carmelo (Lara); 3) Otro frijol cuyo nombre desconozco; parece un huevito de pavo pero pequeño (0,5 a 1 cmt).
1) Tuca verde (Gaudy García dice que se la trajeron de África); 2) Tapirama blanca (San Diego, Carabobo); 3) Tapirama chancleta (es obvio por qué le dicen así), de Sanare; 4) el célebre y generoso Maíz Cariaco blanco (Cumanacoa, Sucre), que alimentó a parturientas y niños recién nacidos en cantidad, hasta que el mercado nos enyucó con las fórmulas lácteas, la "leche" en polvo y otras mierdas; 5) Tapirusa (otros lo llaman "cabello de ángel" o frijolito bembón blanco), de San Diego (carabobo); 6) frijol o tapiramo bayo (Charallave, Miranda).
Esa mata de tres tallos en ese vasito es una de las bombas de proteínas más poderosas del planeta. Dentro de unos meses será un arbusto, y en un par de años un señor árbol de unos 12 metros de altura. Se llama chachafruto y en siglos pasados poblaba la cordillera andina, desde Venezuela hasta Argentina. Dicen que cuando los genocidas españoles quisieron reducir a los incas se aplicaron al exterminio sistemático de esta planta, pues esa era la principal fuente de alimentos de esa cultura. Hoy mucha gente de montaña la anda recuperando (la planta, una leguminosa gigante, da frutos sólo cuando se le siembra a zonas ubicadas a mil metros o más de altitud).
Esta planta llegó a Barinas así: Malú se trajo de Mérida varias vainas de chachafruto, se comió como tres docenas y guardó una semilla. Esta muchacha, que no es agricultora pero tiene en las manos una magia extraña, agarró ese vasito donde acababa de tomarse un café, le abrió unos huecos por debajo, lo llenó de una tierra mala que encontró por ahí en la calle y metió la pepa. Al día siguiente había que salir de viaje y el vaso se quedó en una mesa cualquiera, sin sol y sin nadie que la regara.
Dos semanas después la magia había funcionado: el chachafruto tiene más de 15 centímetros y va pa arriba. Ahora sí está llevando sol y agua, pero hay que resembrarla en una zona alta; Barinas es llano, aquí no prosperará. Creo que su destino será Altamira de Cáceres.