miércoles, 4 de junio de 2014

Las casas del Cazador

Foto: Félix Gerardi
  • Aunque estas reflexiones son, con algunas variantes, las mismas que he pronunciado en las presentaciones de su novela-testimonio, “El llano era de nosotros”, siento que le debía y ahora le estoy pagando este texto escrito al Cazador Novato (Rafael Martínez Arteaga).

Primera casa

El día que vi el primer ejemplar impreso del libro “El llano era de nosotros” tuve un sobresalto, más bien una molestia, porque al revisar la contratapa me encontré con un dato erróneo, o eso me pareció. Decía que el lugar de nacimiento del autor era la “hacienda Jurapal, Arauca, Colombia”. El dato proporcionado por el propio Cazador Novato informaba que ese hato queda en el cajón del Arauca pero del lado venezolano, así que, en rigor, el editor se había equivocado. En unas pocas horas había que presentar esa novela en la Feria del Libro, capítulo Caracas, y me imaginé el arrecherón que iba a coger el coplero y declamador cuando viera ese dato choreto en su reseña biográfica.
Además del dato estricto que yo veía violentado, se me atravesaba también, inconsciente pero fatalmente, una incomodidad extra, y es esa partícula de nacionalismo que todos tenemos, incluso aquellos que clamamos y argumentamos por la eliminación de las fronteras y por la unidad de los pueblos fronterizos. De alguna manera, en algún recodo del cerebro, mi molestia fundamental tenía que ver más con eso de “Verga, cómo le vamos a atribuir a Colombia el haber sido la cuna de un emblema de lo venezolano”. Vainas que a uno le inculcan y le incrustan en el cerebro desde niño.

Agarré a Rafael Martínez antes de la presentación, lejos de la Feria por si acaso, y le mostré el error. Le dije que yo mismo escribí esa reseña y que después se me había creado la duda. El viejo llanero me respondió, con la tremenda seriedad con que es capaz de hablar cuando se lo propone (es decir, cuando no está jodiendo): “No, eso no es ningún error. Resulta que esa hacienda tiene un pedazo en territorio colombiano y otro en Venezuela. Es más: el cuarto de la casa donde yo nací queda en Venezuela, pero el fogón donde cocinaba mi mamá está en Colombia”.

Esa espectacular circunstancia ya lo monta a uno sobre la primera clave cultural (primera casa- primera clave) que gravita en torno a Rafael Martínez Arteaga, El Cazador Novato: de los íconos culturales humanos de los dos países no debe haber ninguno que sea tan genuinamente colombo-venezolano.

Destellos simbólicos aparte, el Cazador siempre cuenta por qué para la familia siempre ha sido una ventaja que él cargue encima una cédula colombiana: porque las vaquitas de la hacienda, ignorantes y desentendidas de ese asunto llamado línea fronteriza, a veces rompen o saltan una alambrada y se van a comer pasto en el lado colombiano, incluso fuera de la hacienda, y parece que no hay nada más desesperadamente indestructible que la burocracia colombiana a la hora de repatriar ganado a Venezuela.

La lógica jurídica (cree uno que es sólo jurídica, cómo no) sería esta: no se puede devolver a otro país algo que es imposible demostrar con papeles que pertenece a ese otro país. A Rafael le resulta entonces más fácil justificarse: “Yo soy un ciudadano colombiano y este es mi ganado, ustedes me lo dan y yo lo devuelvo a mi propiedad, que queda aquí mismito detrás de esa cerca”.

Ahí mismito; esa propiedad binacional que no es Colombia ni Venezuela sino las dos cosas a la vez. Como la música, la poesía y la vida del Cazador Novato.

Segunda casa

En los años 70 el Cazador estaba de moda, aunque proscrito de todas las emisoras debido a las letras muriáticas que son la marca del compositor: “Párate, coñoetumadre, pa date tu merecío”. Esto, después de haber sido una de las voces más recias del llano. De 1969 data el pajarillo que ponemos más abajo, cantado con garganta colosal (y en el intermedio el escalofriante solo de arpa, el bordoneo inclemente de Eudes Álvarez), que narra una tragedia espantosa, La masacre del Vichada.

Por favor, dediquen unos minutos a escuchar con atención la letra, porque la maniobra que realiza Rafael Martínez al final de la canción habla de alguien que ha detectado “cosas” en la historia del pueblo. Dice que lo peor de la masacre no fueron el bombardeo, la metralla, la degollina y las violaciones, sino lo que vino después:

“Ahora sí andan los guajibos con zapato y con polaina,
con cartucheras tercía’s, y sombreros pelo e guama
Se miran hasta bonitas las indias con minifalda,
usan medias, pantalón, y las uñas bien pintadas
El guayuco lo botaron porque era moda pasada.
Hasta se caen del chinchorro: tienen que dormir en cama”.

Ni más ni menos, la masacre cultural, el asesinato de lo que les quedaba de costumbre y uso ancestral como pueblo; el exterminio propiamente dicho.

La canción completa:




***
La gente se volcaba a las discotiendas a comprar los elepés del Cazador Novato, un fenómeno de popularidad creciente a pesar de que sólo una de sus declamaciones sonó alguna vez en las radios del país, y fue precisamente la pieza que le dio el nombre al cantautor. En tiempos en que existía una forma primitiva y doméstica del pirateo, las letras donde las “groserías” estallaban sin ningún freno ni pudor se escuchaban a todo volumen en las casas, botiquines y aparatos de esos que reproducían casettes.

Una vez lo citaron para que fuera al Ministerio de Transporte y Comunicaciones para que explicara por qué tanta virulencia, tanta palabra endemoniada y ofensiva, tanto ataque directo a la moral y las buenas costumbres; es decir: tanto atentado contra el habla pulcra y decente que debía inculcarse al ciudadano desde la familia, la escuela y los lugares públicos. Ante un grupo de ocho o diez directivos adecos de aquel ministerio, incluido el ministro, el Cazador dijo: “Bueno chico, porque mientras la gente culta quiere enseñar al pueblo a hablar mansito, el pueblo anda hablando como sabe hablar. En los pueblos nadie le dice a nadie ‘Eres un idiota’ sino ‘Eres un hijo de la gran puta’; nadie va a defecar sino a cagar, nadie dice afeminado sino marico; cuando una persona se pisa un dedo con un martillo no dice ‘Oh, me he lastimado’, sino ‘coooño maldita sea esta mierda’. Y por mucho que usted le dé clases a los muchachos para que hablen como patiquines ellos siempre van a hablar como el pueblo que los rodea”.

Los directivos lo escucharon entre carcajadas y terminaron dándole la razón. Pero le informaron que el ministerio seguiría prohibiendo difundir sus canciones por la radio. Parece que la sociedad no estaba preparada para escuchar por radio los contenidos que de todas formas escuchaba en la calle. Esto permanece idéntico e inamovible en la legislación actual.

***

Estaba en plena efervescencia esa fama underground del Cazador Novato cuando se encontró en el camino con otro loco irresponsable, otro cantor a quien, a pesar del enorme cariño que le profesaba el pueblo más pobre, también le tenían prohibidas sus canciones en las radios y televisoras. Y no era precisamente por decir groserías, sino por algo tanto más grave u ofensivo para la moral burguesa.

Cuando esos dos parranderos se juntaron se aplicaron a hacer lo que mejor sabían hacer: viajar y parrandear. Alquilaron una casa en Acarigua y la usaron como base de operaciones o plataforma de lanzamiento; como un respiradero donde llegar a recomponerse, echarse un baño, pensar, tomar nota, escribir y recuperarse antes de salir otra vez a recorrer los caminos del país. Eran un par de renegados, juglares nómadas y tormentosos que se metían a cantar gratis en cualquier tugurio, botiquín, plaza o patio donde los invitaran.

Por esto ambos eran famosos sin necesidad de radio o televisión. Los “artistas” que sí eran promocionados por todos los medios cobraban un dineral por sus presentaciones, así que resultaba impensable para la mayoría ver cantar en vivo alguna vez a Simón Díaz, Héctor Cabrera y esa clase de “ídolos” que sólo lo fueron porque a la industria musical le dio la gana de que lo fueran. ¿María Teresa Chacín en un solar lleno de borrachos en El Samán de Apure? ¿Simón Díaz cantándoles tonadas a los ordeñadores de verdad en Arismendi? Par favaaar, qué te has creído tú.

Al Cazador y a su amigo la gente iba a verlos y al finalizar las presentaciones se iba con ellos a seguir la canta y el parrando donde fuera. Inundaciones de aguardiente, amigos y mujeres los arropaban en caseríos y ciudades. Así se construyó el cariño gigantesco con que todavía la gente de todas partes los recuerda, a cada uno por su lado.

Por cierto que al otro parrandero un día le llegó la hora de parar un momento aquella máquina de recorrer caminos. Se enamoró de una bella muchacha, cantora también, y ya la casa de Acarigua no fue la misma, porque había una compañera que respetar y a la que no se le podían imponer agendas locas ni ritmos desaforados. Rafael se percató al instante de la nueva situación y decidió apartarse para dejar que los amantes se entregaran a lo suyo. Tomó su camino, y la pareja de cantores tomó otro.

Pero nunca dejaron ambos de honrar su oficio y su destino: su manera de lanzarse por las carreteras del país no era una borrachera estéril ni improductiva, sino el método más eficaz de la historia para adentrarse en el alma de los pueblos, conocerla y enamorarse de ella.

Segunda casa, segunda clave: nadie puede conocer (mucho menos amar) a un país si no lo recorre, lo vive y lo interroga en la piel de sus habitantes. La demostración de ello es la obra musical de esos dos parranderos que anduvieron juntos cantando gratis y recibiendo a cambio el conocimiento de la Venezuela profunda, y amor por toneladas: Rafael Martínez Arteaga y Alí Primera.

Luego de esa temporada al lado de Alí el Cazador Novato introdujo en su ardoroso fusil de versos la profundidad de un discurso político. No abandonó la copla jocosa ni la mamadera de gallo; no dejó de hacer reír con cuentos como este:

Ese tipo de recopilaciones del humor candeloso del pueblo llano siguió siendo un signo de su poesía, pero es evidente que la junta con el paraguanero lo marcó, lo revolucionó, lo puso a decir otro tipo de verdades:

Al hijo de mi compadre le pusieron Ronald Reagan
porque dizque al del vecino Richard Nixon lo llamaban.
Deberían tener presente que esa gente nos envaina
llevándose de este suelo las riquezas de la patria
que el único bien que hacen es comprar la mariguana.

Si hablamos de la ocasión los coños no dejan nada
del petróleo y el carbón nos dejan es la rezaga
y uno como un maricón riéndose a carcajadas.

Este poema (que no termina aquí, por supuesto), titulado “Señora democracia”, es quizá su alegato antiimperialista y antiburgués más contundente:


 
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Tercera casa

Desde el año 2006 el Cazador vive en una comunidad llamada La Quinta, cercana a Altamira de Cáceres, la primera capital del estado Barinas. Es una zona montañosa donde gobiernan los ríos, el café y las mapanares. Una hermosura de montaña.

Un día lo encontré dirigiendo unas remodelaciones en su casa. Estaba poniendo cemento y bloques, pero dijo que iba a conservar la construcción original o fundacional tal como estaba, porque el primer documento de propiedad data del año 1872 (quiere decir que la construyeron antes) y él quiere conservar lo que queda de este monumento de la construcción popular.

Se trata de un cajón de unos 3 x 4 metros hecho de bahareque, aunque frisado en otra época con capa de cemento. Como el concreto se ha caído en varios tramos de esas paredes puede verse adentro cómo y de qué estaba hecha esa casa que tiene siglo y medio: el barro, las cañabravas, y los amarres de bejuco. Esto del bejuco aporta la tercera clave en esta tercera casa del Cazador.

Cuando a un habitante cualquiera, de la ciudad o del campo venezolano, le mencionan la palabra “bahareque”, en seguida la reacción es de rechazo y tal vez algo de burla. “Bahareque” no sólo suena feo y campuruso, sino que la imagen mental que le trae a uno es la de un rancho todo torcido y vuelto mierda, lleno de gente muy jodida, carajitos barrigones de tantos parásitos, las gallinas y los perros disputándoles la comida. Un bahareque nos trae la representación mental de la miseria.

Pero pasa algo que a nadie o a casi nadie le explicaron: el por qué. En cierto momento del siglo XX, cuando el capitalismo industrial arropó el ensayo de país que teníamos en Venezuela, el proceso de negación de la naturaleza y de los materiales nobles (y gratis) con que se construyen las casas de verdad nos trajo al momento en que a todo el mundo se le convenció de que nada es más fuerte, resistente y duradero que el metal. El mismo proceso nos llevó a rendirle culto al cemento, cuando contábamos con algo tan recio como el barro para construir con distintas técnicas (tapia, adobe, bahareque). Esos bahareques que uno ve en la carretera doblados y desvencijados están así porque la estafa del capitalismo no tardó en quedar en evidencia: el esqueleto de esos bahaqueres fueron amarrados y sujetados con clavos y alambre, y ya todo el mundo sabe que los metales ferrosos se pudren, oxidan y descomponen, más temprano que tarde. Al contacto con el barro los clavos no duran más de cinco años antes de oxidarse, y el alambre se debilita y se parte un poco antes.

El bejuco con que está amarrada la casa del Cazador no se descompone con la tierra sino que, con el paso del tiempo, se endurece, casi se petrifica, se integra a la tierra y por lo tanto a la estructura. Las paredes originales de esa casa (que por cierto no es de las más viejas de Altamira: aquí hay casas sólidas de más de 300 años) se ven firmes. A su lado están las otras paredes de cemento y metal, pudriéndose lentamente; el viejo bahareque verá morir a la casa capitalista, y ojalá haya quien capte esta tercera clave: las casas del futuro tienen que ser como las de antes. Hay que ir olvidando poco a poco el cemento, abandonar poco a poco las casas enfermas que nos enfermaron y volver a experimentar con los materiales del entorno.

La sociedad capitalista desaparecerá, y la continuación de nuestra historia debe buscarse en aquel intento de país que fuimos: aquel país donde todavía sembrábamos para comer y no para vender; un país que no conocía el cemento y entonces hacía magia con la piedra, el barro y la madera.

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La vida y la obra musical y escrita de Rafael Martínez Arteaga se parecen entonces a sus tres casas: son un desafío a las convenciones y a las líneas imaginarias que separan a nuestros pueblos, una comprobación de que a Venezuela sólo la quiere quien la conoce, y quien se lanza a conocerla encontrará al pueblo y a la poesía; y un triunfo sobre el paso del tiempo y sobre el capitalismo industrial. 

viernes, 30 de mayo de 2014

Sembrar y empreñar

El verano extremo es la ovulación de la tierra. En la víspera de la temporada lluviosa la tierra seca tiene rato diciendo: “Fecúndame”, y lo pide o lo ordena con tanta violencia que cada contacto termina en preñez. La tierra y la lluvia se aman con furia.
El habla popular en tono de jodedera ha dado con esa clave: no hay fornicación más rabiosa que esa que nos saca de un largo verano. El veraniao entrompa ardorosamente a la hembra y la impregna o inocula con copiosas leches de varón, de esas que dan vida.
Aunque el compai Gino ha descubierto que la imagen de esos encuentros tiene algo de lésbico (“La lluvia extiende el cabello sobre el pecho de la tierra”) no es de ninguna manera estéril. Millones de hijos vegetales y animales vendrán gracias a estos retozos en forma de tormenta. Las semillas germinan al contacto con el agua y nuestras hormonas se estremecen cuando los chaparrones del frío y el relámpago nos arrastran en pareja hacia la cama.

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La canción de Jorge Guerrero dice: “Por lo recio del verano / la vaca vieja Merey /murió atorada en un pozo /cerquita del terraplén. / Ya se me enflacó el caballo / tengo la esperanza en mayo / que venga a reverdecer /para que no se me sequen / los retoños del laurel”. En Altamira de Cáceres empezó a llover en abril (tal como lo predijeron las cabañuelas); en las zonas no montañosas del país parece que está tardando un poco ese evento, pero tengan por seguro que viene pronto. A menos que tengamos otro espantoso año como el 2009-2010, el de la larga sequía.

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La llegada de los aguaceros, acontecimiento que para los campesinos significa el comienzo de la fiesta de la producción, la bendición del rito planetario que ha de facilitar eso de producir siembras y cosechas (alimentos) por montones, para los habitantes de las grandes ciudades anuncia más bien algo de alarma, miedo e incomodidades.
La razón está a la vista y hay que decirla aunque a muchos citadinos les moleste: la lluvia causa estragos en las urbes porque éstas son la negación de la naturaleza, el desafío del capitalismo industrial a lo que antes era armonía con el hábitat original de todo bicho viviente. Al ser humano que vive respetando y aprovechando el curso de las aguas suele irle mejor que aquel que decidió someterlo a lo arrecho.
El hombre “civilizado” se ha apartado de la naturaleza con una violencia y una saña que tiene su origen y procedimientos en una lógica de guerra y por necesidades mercantiles de la guerra: si un maldito río se atraviesa en la ciudad que Dios y el capital me encomendaron construir aquí para hacinar esclavos y consumidores, pues que se joda el río. Cambie la palabra río por la expresión “indio de mierda” y verá que funciona, porque es la misma lógica: yo domino, tú obedeces o desapareces. Si la naturaleza (el indio de mierda) se opone, lucharemos contra ella (contra el indio de mierda) y haremos que nos obedezca. Eso que llaman proceso civilizatorio (más bien urbanizador) consiste, en el capítulo agua, en que yo me cago en el río que tengo más cerca para que mi propia mierda no me perturbe. Yo jodo al río y lo encajono en un cauce de cemento creyendo que con eso lo estoy dominando. Hasta que viene la mamá de todos los ríos, que es la lluvia, y me pasa factura. Y como no encuentro explicación ni respuestas a mi tragedia entonces culpo a Dios o al alcalde Jorge Rodríguez por no controlarme ese palo de agua, vengador del Guaire y sus quebradas tributarias.

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Por muy recios, pragmáticos o insensibles que seamos o queramos aparentar ser, esto de la lluvia nos afecta y nos conmueve de alguna forma. El campesino tiene a la mano y a la vista la explicación: llueve y es hora de sembrar, y en pocas semanas o meses veré el resultado de esta ceremonia.
En cambio el citadino, por mucho google que consulte, difícilmente dará con la explicación de la profunda melancolía, la rara ternura y la suspiradera que le produce la lluvia, a pesar de que ésta sólo le trae desgracias y calles que no lo dejan pasar porque los ríos son de basura y sustancias horribles. Pero así la sociedad industrial le haya hecho a usted eso (convertirlo en un ser desapegado de los elementos; de la piedra, la mata, la bestia y el agua que son sus hermanos) hay algo que no le ha podido borrar de los adentros, y es cierta información primitiva que viene en sus genes.
Urbano o campesino, vegano o cosmopolita, usted sigue siendo animal hecho de tierra y vendavales; por eso a los habitantes de la ciudad el coito que es la lluvia lo entristece, le remueve “cosas”, lo llama a la cama y al calor de esa otra piel a la que extraña. Cosa rara: así esa piel esté al lado usted seguirá poniéndose triste con la lluvia, y por eso el éxito de la clásica y millones de veces repetida escena del cine de todos los tiempos y latitudes: el personaje lloroso y fulminado por la melancolía mientras ve las gotas de agua resbalando por el vidrio, ese cristal coñoemadre que se interpone entre usted y el elemento que lo llama. Su cuerpo está triste porque, en lugar de estar metido en esa maldita oficina o ese maldito apartamento, usted debería estar en un lugar más silvestre, sembrando o revolcándose con alguien para darle continuidad al juego perpetuador de las especies, de la nuestra y la de otros seres vivos, compañeros de viaje planetario.
Sembrar y revolcarse con alguien en un lecho son una misma cosa. Sembrar: penetrar. Son actos que, si usted se lo propone, sirven para lo mismo: en la cama usted preña o se deja preñar; en el campo o el conuco usted mete las manos y la intención en el fornicio del agua con la semilla. La persona que siembra participa en un trío maravilloso, o al menos en una suerte de voyeurismo activo. En la cama y en el suelo jugamos a la peligrosa o sublime coreografía de la fertilidad.

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En estos días de recio temporal o sabrosita llovizna montañera he sembrado piña, plátano, yuca, frijoles, tomate, aromáticas varias; he puesto a germinar unos aguacates, lechosas, una guama, unos árboles de ben (moringa). No he tenido tiempo ni pretextos para ponerme nostálgico, ya que mi cuerpo y mi mente andan en esto.
Traducción y advertencia para mi chiquita: estoy sembrando, así que si vienes por ahí te germino, o lo intento.

viernes, 24 de enero de 2014

A seis años de la "Plaza del Combatiente Revolucionario", ahora Plaza Fabricio Ojeda


Desde ayer, una plaza de la parroquia 23 de Enero de Caracas, la que queda frente al Rincón del Taxista, lleva el nombre de Fabricio Ojeda.

A causa de un bache informativo y cierta desidia militante, atribuibles a quienes fuimos activistas de una cosa denominada Misión Boves, la mayoría de las personas olvidó o no se enteró de un dato: el 23 de enero de 2008, luego de una asamblea de ciudadanas y ciudadanos, militantes de varios colectivos derribamos y retiramos de esa plaza el busto del genocida Diego de Losada (hasta ese día la plaza llevaba su nombre) y en su lugar colocamos una plancha de granito y en ella una placa que homenajeaba a Sergio Rodríguez, emblema de la juventud combativa sacrificada en la Cuarta República.

La cosa comenzó con la observación simple del camarada Jesús Arteaga: "Hay una plaza y una estatua de Diego de Losada en el Veintitrés. Esa mierda no debería estar ahí, es una ofensa y una humillación histórica". Al día siguiente comenzamos a conspirar y organizar una acción para sacar ese esperpento de allí sin que pareciera un acto vandálico sin contenido político. La idea inicial era que todos los colectivos del 23 de Enero colocaran en esa plaza placas o íconos de sus militantes caídos y convertir la plaza en un paseo o caminería que honrara la memoria de tanto luchador social asesinado. No tuvimos músculo, convocatoria o capacidad militante para aglutinar a todas las voluntades que hacían falta para concretar ese proyecto.
Por cierto que el día y a la hora en que colocábamos la placa de granito develábamos la placa en honor a Sergio los alrededores se empezaron a llenar de policías y soldados. Fresco estaba el recuerdo de los compañeros a quienes encarcelaron por derribar la estatua de Colón en Plaza Venezuela. Nos dijimos entre nosotros: "Bueno hermano, aquí vienen los coñazos". Pero no era para coñacearnos o detenernos que estaban allí los uniformados: estaban allí para resguardarle el paso a alguien que cerca del mediodía pasó por allí, manejando su volkswagen rojo: el comandante Hugo Chávez. Andaba con su hija María Gabriela y no recuerdo con qué funcionario de su gobierno. Pasó para arriba rumbo al acto que presidió ese día en el Cuartel de La Montaña, a pocos metros de allí, y luego para abajo al terminar, rumbo a Miraflores. Lo saludamos, nos saludó: fogonazos que duraron uno o dos segundos.
Luego llevamos la estatua al Instituto del Patrimonio Cultural, para que no fueran a decir que la fundimos para venderla como metal de chatarra, que por cierto era lo que se merecía. La misma asamblea decidió bautizar el lugar como "Plaza del Combatiente Revolucionario".
Seis años después el Gobierno bolivariano rebautiza la plaza, ya formalmente, como "Fabricio Ojeda", cosa que nos parece justiciera. Esto fue lo que hicimos el 23 de enero de 2008 y días previos y posteriores:



sábado, 4 de enero de 2014

Cabañuelas: en Altamira lloverá en abril

Altamira de Cáceres
Hoy fui testigo de un acto mágico del saber ancestral de los pueblos de la tierra: una conversa entre campesinos (montañeses de Altamira de Cáceres) sobre las cabañuelas para este año.

El milenario arte de predecir cuán lluviosos serán los meses del año que comienza tiene muchas variantes en muchos países. Al pueblo judío se le atribuye su origen o al menos la etimología de la palabra que lo designa, pero el caso es que los campesinos de cada región del planeta han desarrollado varias formas distintas de determinar cuándo entrará la temporada de lluvia, qué meses serán secos, etcétera. Yo había oído de un juego de doce granos de sal que deben "leerse" el 31 de diciembre cerca de la medianoche. En la conversa de hoy, el señor Samuel hablaba de un método simple que se ha usado toda la vida en esa montaña, y su resultado parcial es este: abril será un mes lluvioso en el eje Altamira de Cáceres - Calderas, porque el día de hoy, 4 de enero, corresponde en las predicciones al mes 4.
La cosa va así: como los días 1, 2 y 3 de enero no llovió, enero, febrero y marzo serán meses secos en esa región. Mañana, 5 de enero, nos enteraremos de lo que ocurrirá con el clima en mayo; el 6 sabremos si caerá agua en junio, y así hasta llegar al día 12 correspondiente a diciembre y se complete el ciclo de la predicción.
A cualquier habitante de las ciudades esto puede parecerle una pendejada mitad esotérica y mitad chiflada, pero váyanlo sabiendo: a estas predicciones de los campesinos dedicados a la siembra les debemos buena parte del alimento que se consumen en las ciudades. En mi caso personal he decidido entonces estar alerta: ya sé que el café que me he propuesto sembrar en esa zona debe estar en su lugar en el mes de abril, pues es el mes de la entrada de agua. Me lo dijeron hoy las cabañuelas, y ese saber está por encima de lo que diga cualquier cabeza e machete académico, meteorólogo o como se llamen esos tipos que estafan a la gente pretendiendo que les paremos más bolas a los satélites que a los campesinos.
Leer mal las cabañuelas, o no leerlas, puede derivar en un desastre pues las cosechas pueden perderse si se siembra o se recoge a destiempo. Hay que ser campesino para tener la exacta medida del comportamiento de las precipitaciones. A quienes nos dedicamos a consumir lo que otros siembran nos da igual qué mierda va a ocurrir en mayo con las lluvias: si se pierden las cosechas de café, maíz o papas no hay problema: el Gobierno traerá esos rubros importados de otros países. Pero para la gente que vive de la tierra y que, por lo tanto, ha adaptado los ritmos vitales de su vida a los ciclos de los elementos, una equivocación puede derivar en pequeña desgracia familiar.

viernes, 27 de diciembre de 2013

El turismo depredador y la destrucción del país

Se ha convertido en viral el fragmento de un programa de televisión en el que Valentina Quintero echa unas lágrimas hablando de lo jodida que encuentra a Venezuela. Esta periodista, que se ha hecho famosa (y se ha llenado de billetes) promocionando las posadas que la alojan y los comederos que le dan de comer en toda Venezuela, se refiere allí a la destrucción física y espiritual de un país que dice y cree conocer muy bien porque se ha dedicado a recorrerlo:


Tiene razón Valentina en buena parte de su diagnóstico, pero se equivoca al detectar el origen del desmadre. Ella es como el médico que te dice al revisarte: "Usted tiene gripe", y está en lo correcto. Pero acto seguido sentencia: "Y esa gripe le dio por comer espaguetis". No me refiero a algo que está de anteojito: como todo escuálido que se precie (o se desprecie) no aguanta las ganas de echarle al gobierno un tolete de la culpa por el deterioro de lo que sea; en este caso se refiere la periodista viajera al caso del contrabando de gasolina y el de la gente que va al exterior a buscar su cupo Cadivi y regresa al país a vender los dólares 10 veces más caros que como los compró. Pero como el antichavista promedio está entrenado para escuchar que alguien diga "Gobierno" y acto seguido volcar toda la catarata de mierda previa y posterior sobre el objeto de su odio, entonces tenemos que hay un gentío, que cree que sabe lo que dijo Valentina, regando por ahí que el turismo en Venmezuela se jodió por culpa de los gobiernos de Chávez y de Nicolás Maduro... y del pueblo venezolano (que se empeña en ser chavista).
A ver qué es lo que tenemos.
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Valentina se diferencia de la enorme mayoría de sus compañeros de clase sifrina en que ella, al menos, ha recorrido el país del que decidió ponerse a hablar en términos adoloridos. Esto es innegable: esa mujer cogió carretera hace más de dos décadas y prácticamente no ha parado (¿cómo va a parar si eso le ha proporcionado tanta plata?), y en eso se diferencia de la legión de imbéciles que creen que conocen ¡y quieren! a Venezuela sin haber salido de su maldita urbanización, como no sea para visitar un par de playas, media montaña y la décima parte de algún pueblo llanero.
A mí me consta que ella conoce la geografía venezolana y buena parte de su paisaje humano, y que tiene buenos motivos para tenerle afecto. Lo sé porque alguna vez compartí y conversé con ella sobre el par de cosas que tenemos en común (la carretera y la escritura) y porque en este video da una clave importantísima, y por cierto bastante hermosa, sobre lo que es y lo que debería ser el conocer al país: Valentina dice, en algún momento de su discurso, que para poder conectarse con la Venezuela profunda es poreciso conversar con la gente, detenerse a dedicarle tiempo al contacto humano, a la conversa, al conocer a las personas y no sólo al puto paisaje. Usted nunca va a conocer a Venezuela si se limita a viajar a 180 por hora por una autopista y a echarle fotos a unos tepuyes, a unas playas y a unos niños con los cachetes rosados. Venezuela es mucho más que una locación para caerse a fotos. Y mucho más que un escenario donde usted va a echar basura en forma de bolsas plásticas, en forma de maltrato y desprecio a la gente, y en forma de ruido.
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El rosario de inexactitudes de Valentina y de su clase social deriva del hecho de creer que es posible una práctica consumista y depredadora (eso que llaman "turismo") y sin embargo tener un país limpio y cordial. Lo que nuestras sociedades conocen como "turismo" es un acto vejatorio y depredador; vejatorio, porque el burgués o caricatura de burgués pretende que a cambio de su dinero los habitantes de un pueblo tienen que tratarlo a cuerpo de rey. Usted paga y los lugareños se convierten en sus esclavos: tienen que cocinarle, prepararle y mantenerle limpia una habitación, botarle la basura, darle seguridad. Cuando usted llega a un pueblo e informa que está dispuesto a dejar unos billetes piensa que los habitantes de ese pueblo tienen que someterse a su voluntad: me limpias aquí, me sacas a pasear, te calas mi música estridente, te me pones en cuatro, me lo mamas, me botas la basura y más te vale que esto esté limpio, bonito y la gente me reciba con una sonrisa la próxima vez que yo venga, porque si no hago un video donde digo que eres un pueblo de mierda.

Hace unos pocos años le oí decir a una señora francesa algo que quiso ser ofensivo, pero que me dio una clave fundamental para comprender qué cosa es lo que pasa por la mente del depredador y por la mente del depredado en esta relación perversa llamada "turismo". Dijo la mujer que Venezuela es un fracaso como destino turístico porque "No hay vocación de servicio". Se refería la doña específicamente al trato "inapropiado" que le dieron en un comedero en la costa del estado Sucre. La mujer leyó la carta y decidió pedir un mero (que costaba 180 bolos). Pues llegó el mesonero, un cumanés jodedor y confianzúo como todos los cumaneses humildes, caribe hasta las metras, y le dijo, después de golpetearle dos veces el hombro con el dorso de los dedos y acercársele a 20 centímetros de su blonda cabellera europea: "¡Muchiachia! ¿Por qué mejor no te comes un pargo, que es más sabroso y te cuesta 80 bolos? Además ese mero tiene como tres días en una nevera". Esta escena de espanto hizo que la francesa volara aterrada a decirles a sus compatriotas que el turismo en Venezuela es una mierda, y que nosotros necesitábamos E-DU-CA-CIÓN.
Es decir: si usted quiere satisfacer a un europeo (o a un burgués venezolano que se cree europeo) tiene que abstenerse de ser como es y comportarse conforme a unas normas, una etiqueta, un estudiado amaneramiento y una falsa amabilidad. Para los ricos y la clase media respeto significa buenos modales.
Me vienen a la mente los mexicanos, que sí tienen vocación de servicio: un mesonero mexicano te dice "Mande, patroncito" cada vez que levantas el dedo y tiene prohibido alzar los ojos del piso o de la mesa. Para los europeos un país exitoso es uno donde el verbo servir se parece tanto al adjetivo servil.
Por lo demás, cuando sólo las clases altas viajaban, el turismo era para éstas una delicia: había un país casi virgen, entregado a ellas; ahora que ha crecido la población, que la industria automotriz llenó de vehículos las carreteras y que la capacidad adquisitiva es alta, los lugares que eran más o menos recónditos se han llenado de gente con el chip consumista a toda mecha. Y donde hay consumismo hay basura; y donde hay basura y consumismo la tradicional serenidad de las culturas que vivían de sus oficios se convierte en impuesta velocidad: ya no hay que preparar media docena de sopas de pescao al día sino 600. Cuando una comunidad ya no cocina para alimentarse y obsequiar al viajero ocasional sino para vender y vender y vender y vender y vender su patrimonio culinario se deteriora y lo mismo le pasa al resto de su cultura.
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Por supuesto que de un tiempo para acá la hospitalidad natural de muchos pueblos de Venezuela se ha ido trastornando, pervirtiendo y luego extiguiendo a causa del mal mayor, el origen del desperfecto que Valentina desconoce o que no quiere ver: la dinámica que hizo del viajar un asunto mercantil. Nada puede darse hermoso, amistoso ni natural si su motor principal y razón de ser es el dinero. Usted no puede querer a Venezuela si la recorre exigiendo atención y servicios a cambio de sus billetes, de la misma manera que nunca obtendrá un amor limpio de una persona si le paga para que lo ame. "Te doy 500 si me acaricias y me dices: mande, patroncito": así no puede construirse una relación sana, ni entre las personas ni entre los pueblos.
Después de décadas de recibir a turistas ricos y de clase media que volvieron mierda infraestructura y relaciones a cambio de plata, los pueblos anfitriones copiaron la conducta y ahora están cobrando por el atropello. El turista robó, vejó y sometió a los pueblos porque tenía plata; ahora se queja cuando es vejado y estafado en los pueblos, en los que ya no abundan el desprendimiento y la entrega de antes. Todavía quedan lugares donde te ofrecen el plato de comida y la hamaca a cambio de nada, pero si llegas con la actitud del turista clásico, que paga para que le sirvan, la respuesta siempre será cobrarte con sobreprecio, y esa actitud puede que no sea correcta pero es justa: la especulación del vendedor de empanadas contra el burro engreído que quiere que le lengüetees los zapatos es un acto de justicia. El mesonero cumanés haría bien en servirles a las próximas francesas o turistas afrancesadas el pescado más chimbo y cobrárselo como si fuera mero. ¿Quedamos en que para los ricos y la clase media eso de respeto significa buenos modales? Entonces dígale buenos días y róbelo amable y respetuosamente (con modales refinados y distancia y categoría con los señores). Se lo van a agradecer toda la vida.
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¿Basura? La pulcritud de los lugares más hermosos de Venezuela se jodió porque, mientras al ciudadano lo ametrallan diciéndole que no arroje basura a la playa sino que la eche en bolsas plásticas, no termina de aflorar la voz que le grite en la oreja que las bolsas plásticas también son basura, y que una vez producida esa mierda no hay forma de esconderla
Valentina enumera, entre los males que ensombrecen el turismo, el estado de las carreteras del país. Es cierto que hay muchas carreteras jodidas, en efecto, pero esto no califica como problema mayor: si usted al viajar lleva en la mente la compra del cariño de los demás ya ese viaje es perverso, se desplace por una superautopista lisita o por una exposición de cráteres. El problema no está en el camino sino en lo que lleva en la cabeza el caminante.
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El metamensaje del discurso de Valentina dice: "Los venezolanos no queremos a nuestro país". La verdad es: "La clase media y los ricos, que son quienes han viajado y deteriorado al país, no quieren a Venezuela". El odio y la destrucción del país la diseñó y perpetró en primer término una clase social, que fue la clase dominante: la burguesía que para financiar su ascenso debió depredar y destruir la naturaleza y el precario tejido social venezolano durante el siglo pasado. Cierto es que los pobres nos aplicamos también a profundizar esa destrucción que es la nuestra, pero el origen de la hecatombe es claro: el capitalismo industrial llevó a cabo en el siglo XX una dantesca empresa de fomento y/o profundización del odio entre los pueblos, y esa es la razón por la que todas las regiones sienten prejuicios y odios insólitos e irracionales por las otras: nos inculcaron la idea de que los orientales son borrachos, los maracuchos pendencieros y gritones, los andinos (gochos) brutos, los caraqueños sifrinos, los llaneros flojos, los corianos asesinos, los valencianos maricones. Y nosotros, que en realidad somos jodedores, hemos hecho de este monstruoso paquete ideológico un chiste, no sé si para nuestra desgracia o para nuestra salvación. Pero el proceso de dividirnos como pueblo se ejecutó y las consecuencias están allí, visibles y dolorosas.
¿Queda algo de Venezuela después del festín? Sí: Venezuela está en esos pueblos que usted, sifrino y coñoemadre con plata, destruyó sistemáticamente. Esos pueblos están llenos de venezolanos pobres. Ningún lanchero o pescador de Mochima puede decir que un andino del páramo de La Culata le destruyó un pedazo de playa. No: la playa la destruyeron los ricos, los sifrinos y los malandros con plata mientras el andino soportaba también la destrucción de su páramo. Y la destrucción es no sólo de la infraestructura y el paisaje sino de los hábitos y costumbres, porque cuando un lanchero de Morrocoy arroja botellas de cerveza y envases de aceite al mar más hermoso del Caribe no está sino imitando al citadino depredador y engreído que vino a "enseñarlo" a comportarse como un patán de película gringa, como un hijo de la gran puta que desprecia a la naturaleza y por eso la atormenta con sus equipos de sonido y sus desechos.
Detrás de este escenario de descomposición, que cualquiera diagnosticaría como descomposición de la ciudadanía (caso Valentina Quintero) se esconde el gran culpable que es la industria que produce basura y pretende que los ciudadanos se la limpiemos y ocultemos. Al respecto, hace unos pocos años hice estos videos allá cerca de la entrada de Mochima: la empresa más contaminante de la zona (Cemex) regañando mediante pancartas a los turistas para que no boten chicles, botellas ni pilas en la playa. Uy, qué preocupada la cementera por la contaminación:



Eso fue lo que nos dejaron como país: un escenario donde ser amable y cordial es ser güevón, y donde hay que joder al otro para poder calificar como gente exitosa.
Pero no es que los venezolanos no amemos a Venezuela: es que unos venezolanos viajeros dejaron una estela de destrucción a su paso y le destrozaron pueblos, culturas y afectos a otros venezolanos.
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¿Tiene solución esta enfermedad social? La tiene: pasa por que los venezolanos pobres nos planteemos la tarea de ir a conocernos como venezolanos. No a punta de billete sino de afecto: viajar para conocer a la gente, que es la única forma de conocernos como país. Dialogar, compartir y participar en lo que sea preciso participar, no como turista que paga por ser servido sino como gente que va dispuesta a enseñar y a aprender oficios; a compartir saberes e ignorares, o aunque sea información sobre nuestros pueblos y nuestros seres humanos. Al respecto, está en imprenta un libro titulado "12 experiencias participativas: otro turismo es posible", autoría de Malú Rengifo y quien escribió estos párrafos; en enero debería estar en la calle. Allí les echamos el resto del cuento.

martes, 26 de noviembre de 2013

El miedo

Un caimán en el hato El Cedral
Hace tres años años iba caminando por el hato El Frío (o hato Marisela), en el estado Apure; me acompañaban unos trabajadores del hato. Era la primera vez que iba, así que no tenía forma de saber que en una pequeña laguna en el borde de un camino cualquiera, una vía de tierra que comunica el comedor con el área de dormitorios, vive una caimana respetable, de unos 3 metros de largo. Cuando pasaba al lado de la laguna uno de los jodedores lanzó una piedra en el agua y la caimana salió de pronto, violenta, con la boca abierta. No había peligro real en ese momento (yo estaría a unos 8 metros de la orilla) pero lo más grande que uno suele ver salir del agua en las ciudades son cucarachas, sapos y tal vez una rata perdida que huye, no un aparato lleno de dientes que te informa su arrechera porque le estás invadiendo el territorio. Así que pegué el brinco de ley, traté de burlarme de mi propio susto, me calé las carcajadas de los peones. La vida continuó normalmente. Bueno, normalmente, sólo un rato más.

Una hora después comencé a sentir escalofríos y un dolor de cabeza. Y un motorcito del coño ronroneándome en los oídos. Era como una de mis adorables migrañas, pero con un componente extra que no lograba identificar. Hasta que comencé a sentir un hormigueo en las manos y se me dispararon las alarmas: esos eran los síntomas que me habían descrito algunos amigos hipertensos. Les pedí a unos compañeros que me llevaran a algún ambulatorio o centro de salud cercano; había que ir a Mantecal, a 45 minutos. El médico cubano me informó que tenía la tensión en 145-100, y que eso se llamaba hipertensión arterial.
Resumen del chiste del mes entre mis panas: quien inauguró el CDI de Mantecal fue un caraqueño asustao.

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Y sí, esa ha sido la vez que he sentido más miedo en mi vida. No me lo dicen los recuerdos: me lo dijo el cuerpo al manifestársele un episodio que nunca en más de 40 años había padecido.
Una cosa es asustarse porque se está a punto de sufrir un accidente, o porque un tipo te pone una pistola en la cabeza; una cosa es el susto enorme, el terror y el pánico de que a alguien querido le esté ocurriendo algo grave; el temor cotidiano de no poder llegar a tiempo o la angustia por las deudas; los temores a veces infundados (y a veces no) a la oscuridad, a las alturas, a la violencia, a las pérdidas. Pero otra cosa distinta es ese terror profundo que no viene de la conciencia, del saber que algo anda mal, sino de los adentros, del instinto, de algo más íntimo y primitivo que todo lo que podamos describir con palabras, y es la presencia de un depredador natural. No hay miedo más profundo, más primario y más fulminante que ese.
La naturaleza diseñó de tal forma el sistema de relaciones entre los seres vivos que, cuando aparece el animal cuya misión es destruir a otro más débil, éste se paraliza o huye, nunca se queda imperturbable. Cuando se encuentran esos dos seres uno siente fruición y el otro siente pavor. Esta "información" tiene millones de años poblando la tierra y nuestro cuerpo es depositario de ella. El ser humano, animal desvalido que teme ser herido incluso por otros de menor tamaño o dotación, ha construido lo que ha construido debido al miedo profundo a la naturaleza; el absurdo proceso civilizatorio exacerbado en el capitalismo ha tenido por objeto suprimir toda referencia a esa naturaleza llena de peligros. El reino vegetal y el animal nos parecen sucios, amenazantes y despreciables, por eso nos construimos nuestra peculiar jungla llamada ciudad. Logramos mantener a raya a los depredadores naturales (del conocido enunciado que nos recuerda que somos autodepredadores hablamos después) pero el miedo está aquí. Es decir, adonde vayamos.

Tres años más tarde
(como en las películas...)

“Agárralo por el pescuezo con la mano derecha”, me dijo Carlos Chávez; yo acaté la instrucción. “Con la izquierda lo agarras por aquí”, me dijo; lo tomé por la zona del cuerpo donde se junta la cola con las patas traseras. El caimán (¿caimán o cocodrilo?, más abajo explicaremos esto), un joven de 90 centímetros de largo, ejecutó un movimiento reptante y casi se me sale de las manos. Los entendidos comenzaron a darme indicaciones contradictorias: Agárralo duro. No lo estrangules. Que no se te salga. No lo lastimes. La compacta masa de músculos decidió reservar para otro momento la exhibición de su potencia y pude entonces cargarlo sin ayuda, rumbo hacia el lugar donde debía soltarlo, una ensenada del caño Guaritico dentro del hato San Francisco,en Apure.
Era uno de los 45 ejemplares jóvenes de Caimán del Orinoco que estaba liberando ese día, 24 de noviembre, el ministerio del Ambiente, en el marco de un programa que busca repoblar las zonas donde este animal abundaba, y que hoy está amenazado de extinción. Había otras personas con su respectivo caimán en las manos; yo tuve unos pocos minutos para observar el mío (nótese la violenta idea de poder, propiedad y apropiación: lo tengo agarrado por el pescuezo, así que ya es mío). Animal poderoso, una de las máquinas de triturar más antiguas y perfectas de la naturaleza, ahora estaba inmovilizado por un bicho que en otras circunstancias vendría a ser su desayuno.


Tenía el hocico cerrado por un teipe, un triste teipe negro. Es fácil evitar que la boca de un caimán (¿o cocodrilo?) se abra, ya que los músculos que ejecutan esa función son débiles, y tan relajados como para permitir esos largos bostezos de horas; el problema es cuando esa boca se abre y decide cerrarse sobre una presa o enemigo. No hay un animal sobre el planeta con una mordida más fuerte que la de los cocodrilos y caimanes. Olvídense de leones, osos, hipopótamos o monstruos marinos: los primos adultos de este caimán (los de agua salada) ejercen una presión de más de 250 atmósferas o 1.700 newtons , lo que equivale a decir que, por cada centímetro cuadrado de carne que estos camaradas muerden, cae un peso de 270 kilos. No es que si un caimán le agarra un brazo éste va a soportar 270 kilos de dientes y jalones, no: esa presión recaerá en cada centímetro de la zona mordida. Digamos que usted pone un clavo o espina gruesa y afilada en el piso, con la punta hacia arriba, y encima coloca la uña del dedo meñique (que mide más o menos un centímetro cúbico). Encima de la uña coloca una tabla o plataforma, y encima de esta tabla se paran al mismo tiempo tres personas gordas de 90 kilos cada una: esa es la presión que ejerce un caimán adulto por cada centímetro cuadrado al morder. Si los caimanes le hubiesen descubierto algún valor gastronómico al hierro las cabillas de construcción se partirían en sus fauces como en nuestras miserables bocas se parten las paletas de helados.

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“Estos son animales rezagados, aquí los llamamos sutes”, dice Carlos Chávez. “Nacieron en mayo de 2012 y no habían alcanzado la talla en julio de 2013, cuando liberamos a los primeros 60 de esta camada. En estos meses los alimentamos dos veces por semana y les dimos complementos vitamínicos, y ahora miden entre 85 y 115 centímetros”. Chávez es el funcionario del Ministerio del Ambiente encargado del proyecto de conservación del Caimán del Orinoco o Cocodrilo Intermedio.
Estrictamente hablando, un tecnicismo que los biólogos sabrán explicar obliga a considerarlo como una de las 23 especies de cocodrilos existentes en todo el planeta; 5 de ellas se encuentran en Venezuela. Pero acá se operó un triunfo del habla popular sobre la terminología científica, pues luego de varios siglos de oír a los habitantes del llano hablar del “caimán” en conversaciones cotidianas, en cuentos y leyendas, la convención académica y científica ha terminado por aceptar, sin escandalizarse, la denominación Caimán del Orinoco para este enorme reptil.
Estos que fueron liberados en una ensenada del caño Guaritico, en predios del hato San Francisco (municipio Muñoz del estado Apure) provienen de un zoocriadero ubicado en Puerto Miranda (Camaguán, Guárico) donde se encuentran 11 machos y 12 hembras reproductores, cuyos huevos son incubados artificialmente y sus crías liberadas en distintos puntos de la cuenca del Orinoco, su hábitat original.

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Las razones por las que el Caimán del Orinoco comenzó a escasear hasta casi extinguirse fueron, sucesivamente, el miedo y la codicia. En la Venezuela preindustrial, al llanero que transitaba por esas sabanas no tenía por qué caerle simpática la presencia de un animal de seis metros de largo y una fiereza comprobada. El dato del miedo estaba en su cuerpo, en la sabana era frecuente la vieja danza del depredador y su presa, y la del hombre que para probar su virilidad se sentía obligado a enfrentar al matador. Toparse con un animal de esas características, huir de él o darle muerte para comer (y también para exhibir su piel como trofeo) era un asunto inherente a la cultura de esas zonas, pero no era una práctica masiva ni descontrolada; nunca el caimán iba a exterminar a los seres humanos ni éstos al caimán. Se trataba de una tensión que no era de guerra sino una lógica de coexistencia.
Esa relación humano-caimán se pervirtió por las mismas razones que han pervertido a casi todas las manifestaciones autóctonas en cualquier parte del mundo: el ingreso del capitalismo industrial, la explotación masiva y el comercio de pieles hicieron disminuir la población de caimanes en cuatro décadas del siglo 20. De pronto, encontrarse con un caimán dejó de ser un episodio fortuito que ponía a prueba la valentía del veguero y pasó a ser una actividad comercial más, un negocio: ahora el caimán se escondía y el mercader iba con sus baquianos a asesinarlos en masa.
“Quien quiera saber a dónde fueron a parar esas decenas de miles de caimanes exterminados vaya a los países europeos y a Estados Unidos. Ahí están, convertidos en carteras y objetos para disfrute de la burguesía”, reflexiona Miguel Rodríguez, ministro del Ambiente. “Cuando uno habla del tema del Caimán del Orinoco se da cuenta de que no fue ociosa ni caprichosa la formulación del comandante Chávez del Quinto Objetivo del Plan de la Patria. Antes de ser redactado este plan ya el comandante hablaba en términos de mucho afecto del Patrullero, ese caimán legendario de 20 metros que los llaneros de Elorza han convertido en patrimonio cultural inasible. Chávez no se refería a esa fiera en términos de odio al monstruo sino de remembranza tierna, y esa fue una base muy sólida para después proponer como objetivo importante dar pasos para la defensa de la vida en el planeta”.
Pero el Patrullero es también producto del miedo. A los grandes caimanes suelen quedárseles en el lomo, cuando salen del agua, matas de bora y otras plantas acuáticas. El colosal cocodrilo del imaginario llanero tiene en el lomo, no unas matas de bora sino una palmera.
Así que ese día unos pocos privilegiados nos disponíamos a echar al agua 45 caimanes. La incomodidad inicial se me fue quitando poco a poco al ver que, a mi lado, había otras personas con la misma actitud de crispación que yo. A pesar de la nobleza del acto eso que se veía en el rostro de todos también se llama miedo.
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Miré a mi caimancito, al que uno de los compañeros le había quitado el teipe de la boca. Justo en ese momento, cuando ya faltaban unos segundos para su liberación, el caimancito se orinó. Corrijo: me orinó. El líquido caliente me bañó la mano y parte del pantalón. Después de todo el ser humano es el mayor depredador de la historia, y ese pobre animal tenía muchas razones para sentir miedo también. Al lado del dato ancestral de su enorme poder viaja con sus genes el reconocimiento de la bestia que lo exterminó metódicamente, por miedo y por dinero, en el último siglo.
Hay en estas iniciativas algo de reconocimiento entre depredadores, un acuerdo tácito y sin palabras; a estos caimanes los estresamos y asustamos un rato y luego les regalamos su caño y su sabana, su libertad. Nos corresponde hacerlo, se lo debemos. Porque al final, poniéndonos a observar las cosas con serenidad, resulta que los animales y nosotros somos la misma gente, estamos hechos de la misma materia. La naturaleza toma unos materiales, los mismos para nosotros y para ellos, y los procesa a nivel molecular de manera distinta; de una combinación salen caimanes, de otra combinación nacemos los seres humanos. El orden de los factores altera el producto, pero lo cierto es que estamos fabricados con las mismas cosas, así que todos esos seres: insectos, cuadrúpedos, aves, bípedos, magallaneros, reptiles, escualos, escuálidos, peces; depredadores y mansos, cantarinos y violentos, todos esos bichos son hermanos nuestros. Hermosa o fatalmente, estamos todos aquí y ellos son de los nuestros.
***
Me acerqué a la orilla del caño, lo lancé como me indicaron hacia el agua liberadora, y el bichito se echó a nadar.
En un segundo me salió del cerebro otra información, seguramente obtenida de algún programa de National Geographic: los jugos gástricos de los caimanes y cocodrilos son tan devastadores que ninguna bacteria puede sobrevivir en su estómago. Los grandes animales que padecen el verano africano a veces son azotados por epidemias de cólera y mueren por docenas. Ningún animal carroñero come de esa carne envenenada; los cocodrilos, armados con un coctel disolvente perfeccionado por millones de años de evolución devoran esos cadáveres sin problema; lo que se le salva al artefacto de su boca pletórica de colmillos y fuerza inaudita sucumbe en el estómago lleno de los ácidos más corrosivos del reino animal.

Me olí la mano orinada: no olía a nada. Se lo comenté a Jesús Ernesto, a quien su caimán le había defecado la camisa, y quien tenía una explicación al respecto:

--Esos animales comen más limpio que nosotros. Su orina no puede oler mal, no es tóxica: ellos no andan bebiendo cocacola ni comiendo mayonesa.
--Sí, güevón. Los gatos tampoco comen mayonesa y el miao de gato huele más mal que el coño.

APÉNDICE----------------------------

José Ramos trabaja en el zoocriadero de Puerto Miranda. Es el encargado de alimentar a los caimanes en cautiverio desde hace 17 años. Discreto y cauteloso como todo llanero (“¿Son peligrosos los caimanes? –Sí, peligrosos son. “¿Pero no recuerda ningún accidente, alguien que haya sido herido por descuido?” –No, no me acuerdo de nada de eso) a medida que se relaja y toma confianza va revelando detalles del trato con los caimanes.
–Les ponemos nombres a las hembras para controlar mejor los nidos y el número de nacimientos. Las caimanas se llaman Elena, Julia, Panchita, Paquita, Petra, Josefina. La Negra Rosa tiene un récord: uno de estos años puso 51 huevos y nacieron 50 caimanes. Me acuerdo también de Carmen, murió por una pelea con otras caimanas cuidando su territorio.
Las hembras ponen sus huevos entre febrero y marzo, los criadores toman los huevos y los ponen a incubar durante 3 meses.

Los machos también han sido “bautizados”: Perucho, el Catire Páez, Siete Machos, Pedrito, Pepe, Juancho, Pancho, Francisco. Negrín es el caimán más viejo: tiene 40 años y mide más de 5 metros. 

lunes, 11 de noviembre de 2013

El pobre flaco agüevoniao

Una versión recortada fue publicada en Épale Ccs Nro.55: http://www.ciudadccs.info/?p=499139



Era febrero de 1989 y los adecos estaban contentos porque Carlos Andrés Pérez acababa de asumir la presidencia de la República. Felices y en clave de fiesta, organizaron un concierto gratuito en el Nuevo Circo de Caracas, como gratitud al pueblo que eligió por segunda vez a ese coñoemadre. Anunciaron a un montón de cantantes y grupos nacionales y extranjeros, exponentes de varios géneros musicales, algunos de ellos de mucho renombre. Por ejemplo, el “Manos Duras” Ray Barretto. Yo en ese tiempo andaba embullado con la salsa y el jazz latino y nunca había visto tocar a ese tipo en vivo, así que no quería perdérmelo. Me junté con varios locos del 23 de Enero y me fui para el venerable lugar.

El grueso del público era de San Agustín del Sur, así que obviamente la mayoría iba a ver también al rey de las tumbadoras. Cantaron los teloneros (creo recordar que se presentaron Soledad Bravo y el grupo Madera, entre otros). Era temprano en la noche cuando se subió el legendario salsero. El Nuevo Circo se convirtió en fiera atronadora. Primera canción: una versión de “Si me voy para mi islita”:


Pero con la letra amoldada a las circunstancias: “YO ME VOY PA VENEZUELA”.

El sonido estaba perfecto; yo estaba en la tercera o cuarta línea de gente, abajo en la olla, cerquita de la tarima.
Segunda canción: Indestructible. Tercera canción: Cocinando. Terminada esta pieza el hombre se paró, levantó una mano, dijo “Chao” en castellano neoyorkino y desapareció junto con los músicos. Yo no entendía muy bien qué cosa era esa de “coitus interruptus” hasta ese momento. La gente empezó a pedir otra, otra, otra, por supuesto. Pasaron unos segundos. Luego unos minutos. Y la gente se empezó a arrechar. Poco después se arrechó por completo. Y empezó la botellamentazón y se formó el tumulto. Eran los salseros indignados porque Barretto los despachó con tres piezas apenas.
Transcurridos unos instantes más, para terminar de cagar la jaula, salió a la tarima un flaco esmirriado, pálido, drogado hasta las metras, más devastado por la sífilis que por el hambre. Agarró el micrófono y dijo: “Buenas noches. Me disculpan, pero es que ahora me toca cantar a mí”. Ahí sí fue que la gente estalló en serio: era un maldito rockero profanando un templo de la salsa. Pocas semanas después de ese evento estallaba el Sacudón; creo que éste hubiera sido más violento si no se hubiera producido antes este drenaje de energía. Esa noche hubo en el Nuevo Circo un ensayo del Caracazo.
El flaco agüevoniao esquivó unos botellazos y pedradas, con una mano en la melena desordenada y con la otra tapándose la luz de un reflector que lo encandilaba a pesar de los lentes oscuros. En un reflujo de la marejada furiosa alcanzó a decir: “Bueno, vamos a hacer algo: desahóguense ahí mientras yo acomodo a los músicos, y ustedes me avisan cuando pueda empezar”. Increíblemente, la gente se calmó. Increíblemente también, la banda del pedazo de flaco empezó a tocar. E increíblemente, la gente aplaudió y se puso a corear lo que cantaba el tipo, una canción que decía: “EN ESTA PUTA CIUDAD”.
A mí no me gustan las canciones de Fito Páez, pero esa noche empecé a respetar a ese valiente flaco agüevoniao, y empecé a escuchar con más atención a los clásicos del género.

***

Vainas de la memoria: acabo de encontrar (horas después de publicada esta crónica) un video del inicio de ese concierto, y resulta que no fue en febrero 1989 sino en diciembre de 1988, días después de las elecciones que ganó CAP. Igual, así cantó el flaco agüevoniao: