miércoles 17 de marzo de 2010

Nombres

Las carreteras venezolanas están llenas de hitos para el recuerdo. Cuando llegan los inevitables momentos en que la contemplación gana la partida comienza uno a detenerse en detalles como por ejemplo los nombres de los pueblos y caseríos. En la belleza de algunos, en su sonoridad (sin esfuerzo me remonto a Curimagua, Tucaní, Capatárida), y a veces también en los que desafinan, o tal vez es que lo agarran a uno con el oído desprevenido (Turturia, Bobures, Burere).
También están los nombres que lo enganchan a uno, no por su sonido armonioso o "desafinado" sino por lo que evocan. Tengo estos, a uno y otro extremos de las preferencias:

Agua Hedionda (Guárico)


El Desengaño (Falcón)

martes 9 de marzo de 2010

Adobes, conversa, canto, Cayapos y Tiuna El Fuerte (El Cogollo, Cojedes)

Temprano, tipo 6 am, preparando la tierra, la paja y el sancocho, y jodiendo:


Pisando barro y jodiendo:


Utilizando los moldes para los adobes, y jodiendo:


Llenando una carretilla con barro, y jodiendo:


Usando el molde, grabando, echando fotos y jodiendo:


Free Style con cuatro, mandolina, tobo, botella y maracas:


Hip Hop con cuatro y mandolina:




La hora de la conversa, en serio y jodiendo:







































La palabra

Ramón Mendoza me recordaba en estos días que en al principio fue el verbo, que al menos eso dice uno de los mitos fundacionales más galvanizados en nuestro subconsciente. Que es preciso serle responsablemente fiel a su contenido. Uno sabe que la acción no debe traicionar lo que el verbo echa a rodar por las calles y las conciencias. Pero tiene que producirse un percance doloroso o entristecedor para dar con toda la rotundidad de ese desafío. ¿Lo pensaste y lo dijiste? Hazte responsable de ello ahora. El pensamiento también es palabra.
Puedo decirlo sin pudor y sin modestia: esta palabra es poderosa, es cautivadora, es inmensa. Tanto, que cuesta mantener la lealtad a su estatura. Es la tarea revolucionaria de la segunda parte de mi vida: parecerme a lo que escribo.
Jamás seré idéntico a este verbo, pero en el banquillo de mis adentros pongo la promesa de no volver a traicionarlo, porque les duele a quienes me colocan en el mismo pedestal de mi palabra, y me duele profundamente a mí.
En esa dirección vamos caminando.

lunes 1 de febrero de 2010

Breve memoria del breve encuentro con Tomás Eloy Martínez y Susana Rotker

Del Tomás Eloy Martínez periodista, editor, novelista y humano se están ocupando desde ayer todos los medios de información de habla hispana, y seguramente otros de distintos idiomas. Eso le queda a la gente (ilustre o no) cuando muere, aparte de la tumba y lo inmortal calcáreo: las recordaciones y palabras de los vivos. Yo quiero evocar, como aporte mínimo a esa memoria, un par de detalles del momento y forma en que me tocó cruzar palabras con este caballero. También la impresión que me causó quien fue su esposa, Susana Rotker.
En octubre del año 1999 se organizó en Cuernavaca, México, un encuentro de especialistas en violencia urbana. A la profesora Susana le pareció que yo tenía algo que decir en ese encuentro (había leído mis crónicas policiales y antipoliciales en El Nacional, aquella sección llamada Guerra Nuestra), así que me contactó vía Boris Muñoz y Ana María Sanjuán, y allá fui a parar, con mi librito de crónicas bajo el brazo. Uno ha visto y conocido cientos de mujeres hermosas y dulces en la vida, cómo no. Pero no tengo forma de olvidar aquella actitud con que me recibió la Rotker (las manos en la cintura, la cabeza ladeada, la punta del pie derecho golpeteando el piso, mirándome por encima de los anteojos, con el gesto de la maestra que te espera para regañarte o reclamarte la travesura del día; una mueca de: Así que tú eres el bicho) y ese apretón de manos. Mierda, qué hermosa era la profe.
Para esa época yo todavía guardaba ese incomprensible y temeroso respeto que todo marginal guarda (¿guardaba?) hacia la academia y los intelectuales, y el resultado fue que hice silencio mientras los demás desarrollaban sus teorías e interpretaciones de la violencia criminal en las capitales latinoamericanas. Ellos hablaban; yo respondía que estaba de acuerdo o no, según fuera el caso.
La profesora, quien me había recibido muy entusiasmada, se decepcionó un poco (me lo dijo Boris más tarde). Al tercer día del encuentro me dio la impresión de que todos se estaban medio arrechando conmigo. Una muchacha gringa, asistente de Rotker, al principio me saludaba por cortesía y de pronto ni siquiera saludaba. Todos esperan del cronista de la violencia un ego de tamaño y lentejuelas suficientes para un despliegue de cuentos y análisis, y en cambio lo único que obtuvieron del Duque fue un desesperante catálogo de monosílabos. Hasta que llegó el momento en que me tocó leer una crónica caraqueña (ya habíamos oído relatos criminales de Medellín, México DF, Bogotá). Escogí una donde un escuadrón de tombos mató al muchacho equivocado: estaban buscando a un azote y ajusticiaron en su casa a un chamo sin líos con la justicia. Lo narré en clave malandra para recrear lo más fielmente posible la atmósfera del barrio, y la actitud de los señores especialistas cambió un poco. Susana me regaló media sonrisa. La muchacha gringa me ofreció un vaso de jugo. De naranja. No recuerdo la marca.
Creo que fue al cuarto día del encuentro cuando se presentó Tomás Eloy Martínez, y tuvo la ocurrencia de ponerse a hablar de lo jodida que se estaba poniendo la Venezuela de Chávez, y entonces se me desaparecieron los monosílabos. Como dice el Cazador Novato: le zumbé más lengua que a un caldero lleno e caldo. El escritor quiso impresionar al auditorio (y lo logró: era un auditorio de investigadores de clase media) con la leyenda urbana de moda: que los venezolanos no se atrevían a hablar con sus panas extranjeros sin quitarle la pila al celular, porque la Disip los estaba escuchando y grabando a todos. “Ajá”, le repliqué, “¿y cuántos son y dónde están los millones de espías que nos escuchan 24 horas a 25 millones de venezolanos?”. Al final el hombre dijo que la única certeza que tenía era que Venezuela estaba dividida en dos toletes desde que Chávez estaba en el poder (tenía menos de un año en la presidencia), y que eso era preocupante en un país con tradición democrática y desapego total de las guerras civiles, etcétera.
Al final supuse que mi participación y mis aportes al encuentro pasarían al anecdotario del mismo con más bostezos que afecto. Seguramente fue así, pero el profesor Tomás Eloy les dedicó a mis escritos un par de menciones en sus artículos, brevísimas pero positivas, creo (El periodismo vuelve a contar historias) y Susana Rotker unos comentarios que me conmovieron. Ah carajo: me estremecieron. Aparecen en la compilación de trabajos de aquel encuentro, titulada Ciudadanías del miedo, y dentro de ésta, un texto suyo, Nosotros somos los otros. Nunca pude agradecérselo personalmente, porque esa recopilación apareció luego de su muerte. Meses después del encuentro un carro fuera de control se llevó su fragilidad de maestra de escuela, le arrebató al mundo su inmensa ternura, en una calle de Nueva Jersey. Tomás Eloy Martínez andaba con ella. Siempre me espantó la gélida dureza del tono en que escribió la crónica de ese episodio.
En ese mismo encuentro conocí a Fernando Pizarro (maraca de señor investigador colombiano, perseguido político, hermano del inolvidable mártir del M-19), a Alonso Salazar, quien luego fue alcalde de Medellín, y antes autor del clásico de la literatura testimonial “No nacimos pa’ semilla”; a un José Navia, buen periodista también colombiano.
Y conocí a Susana Rotker. La profesora Susana.
Recuerdo que días después le escribí a su correo electrónico un mensaje tendencioso, más atrevido que galante, en el que le hablaba de cuánto me habían impresionado su belleza y su personalidad. La profe no respondió nunca ese correo. Hasta que llegaron los días infames de la tragedia de Vargas (15 de diciembre de 1999 y siguientes) y me escribió preguntando por familia y allegados: “Dime cómo y en qué medida puedo ayudar”. Fueron las últimas palabras que me dirigió.
***
Esta post-data no tiene que ver específicamente con los profesores Tomás Eloy y Susana, pero en estos días de pérdidas y partidas he estado pensando en las muchas formas en que uno pierde a la gente querida: porque cortan o cortamos la comunicación, porque envejecemos y ya no somos los mismos; porque nos arrechamos, porque mueren o morimos, porque se van o nos vamos, porque nunca estuvieron o nunca estuvimos. Y pana: a la gente que uno quiere tiene que decírselo. Ese simple gesto a veces tiene consecuencias y a veces no. Pero a la hora final uno no debería quedarse con el lamento miserable de no habérselo dicho nunca.

miércoles 27 de enero de 2010

Hasta la victoria siempre, comandante de la alborada

Acabo de enterarme, por un correo que me envió Raúl Cazal, y luego por una conversa con él mismo, de la muerte de su padre, Joel Atilio Cazal. A la hora de los resúmenes enumerativos da arrechera tener que encasillarlo así para su presentación: paraguayo, militante tupamaro y de las más altas causas del ser humano, fue editor de la revista Ko-eyú Latinoamericano (Ko-eyú significa "alborada" en guaraní). En el año 75, herido y preso en el hospital militar de La Asunción por el crimen de ladrarle en la cara a la dictadura de Stroessner y a todas las dictaduras del cono, se fugó de esa mierda y pidió asilo en Venezuela. En 1979 fundó la mencionada revista, ejemplo para las publicaciones alternativas en el país, en un tiempo en el cual andar repartiendo revistas y llamándose comunista era un crimen que se castigaba con persecución, allanamiento, cárcel, coñazo y con la muerte, y a veces con todos esos castigos.
Pero para las cuestiones del afecto y la recordación debo agregar que este sujeto fue el primer revolucionario internacionalista que conocí, el primer ser humano al que vi entusiasmado con una computadora (en el año 89: la prehistoria de estos artefactos), el que me mostró la existencia de la obra de un Ricardo Carpani, tan desconocido como inmenso. Sus hijos (Raúl y Arturo) los primeros cuadros en formación con los que compartí algo remotamente parecido a la militancia en el liceo Fermín Toro, por allá por los años 1981-1983. Ellos editaban un periódico y yo otro aparte, digamos que era la competencia. Con el tiempo todos seguimos en lo mismo, en el rol de comunicadores, y las muchachas (Rocío y Mariana) también. Lo mismo Blanca, la esposa y madre, doña que igual organiza el hogar y se monta a ayudar en la edición de las revistas. Así que por mucho que uno ande separado siempre quedan los residuos de aquella vieja y rara hermandad.
Creo que al final no escapé de la manía enumerativa. Y eso que estoy en un tiempo de ruptura con esta ciudad, y eterarme de la muerte de uno de los primeros seres que me deslumbraron aquí viene a ser una señal más de que Caracas ya no me pertenece, no me necesita, no me dice nada que no sea rabia y dolor. Quiero corregirlo con un testimonio emocionado, y no hay emoción más pura que la del hijo que despide al viejo roble caído. El texto de abajo lo envió Raúl Cazal a los amigos, y yo voy a socializarlo.

Se titula como titulé esta entrega:
Hasta la victoria siempre, comandante de la alborada

Les escribo para decirles que papá acaba de fallecer. Hace 8 meses aproximadamente le detectaron que tenía metástasis en el hígado debido a la aparición de un tumor gástrico que resultó maligno. Éste tumor se detectó muy tarde, lamentablemente.

Él no quería que nadie supiera de esta enfermedad porque es un hombre de hierro y aguantó todo el sufrimiento y no flaqueó hasta el minuto final. Tenía mucha esperanza y logró sobrevivir todos estos meses con entereza. Se sometió a la quimioterapia que le ayudó a vivir hasta que su cuerpo no respondió mas y eso fue hace apenas unas horas.

"Vámonos Patria a caminar / yo te acompaño…" era uno de los versos de Otto René Castillo que gustaba pronunciar. Camino a la consulta del médico se lo recordaba y seguramente con esos versos se fue...

Era un grande, un hombre de hierro, no se dejó amilanar por nada ni por nadie. Venció a la muerte en más de una oportunidad y en ese trance, en esos momentos en que ya se iba, le decía que debía fugarse nuevamente, como lo hizo de la dictadura de Stroessner y de sus torturadores en Uruguay. Le repetía que mamá ya estaba en camino con Arturo. Le imploraba que no era de morir y que ya venía Mariana y Rocío. Pero sólo pudo esperar a mamá que llegó con Arturo. Abrió los ojos nuevamente, respiró y se fue con toda la entereza. Sin quejarse, pero siempre con los ojos bien abiertos.

Queda en la memoria de todos los que lo queremos y admiramos.

Hasta la victoria siempre, Comandante de la alborada


Raúl

martes 29 de diciembre de 2009

Oficio puro - El mototaxista

Este relato es mi regalo de fin de año (y de navidad, para los que creen en esa mierda) para la parranda de coñoemadres que me han deseado mal toda la vida, y a quienes ahora, por fin, alguien en el infierno les ha escuchado sus plegarias.
Salud.


Por cuestiones que tienen que ver con el desempleo y la mamazón (en primer lugar) y con esa atávica inclinación a coger calle y carretera así no tenga excusa para ello, los primeros días de diciembre los invertí, en buena parte, en ganarme unos centavos taxiando. Haciendo carreritas. En una de esas divisé a una amiga en una esquina y me sacó la mano, y la llevé, gustoso. La chama no paraba de preguntarme si no estaba jodiendo, si fue que al verla puse el aviso de taxi para echarle vaina un rato. De verdad-verdad, estaba sorprendida de que "un carajo como yo" (pobre güevón al fin) tuviera que acudir a trámite tan bastardo para ganarse el pan. "¿Tú? ¿Taxista?". Ah buena verga pues.
Lo tomé como un halago (según su punto de vista lo era, lo creo firmemente), y le conté algo en lo que ni siquiera había pensado: no tiene nada de raro o sorprendente que yo sea taxista, porque de hecho ya yo ejercía el oficio desde mucho antes de ejercer el de periodista o me metiera a escritor. Le pregunté a la amiga su año de nacimiento y me respondió 1985. "Pues ve la vaina: antes que tú nacieras ya yo andaba dando pingazos en un mustang 2 puertas y la carrera más barata costaba 10 bolos de los antiguos".
Si a ver vamos, por peso, jerarquía y marcas vitales de la antigüedad, cuando me pregunten por mi oficio o profesión yo debería responder: taxista. Lo que pasa es que esa otra inclinación burguesa a llamarse escritor o periodista, hermano...
La chama se bajó con una cara de conmoción bellísima, y me dijo: "Mira, pero entonces cobra lo que es, una cosa es la amistad etc etc.". La carrerita costaba más o menos 30 bolos. Le dije que eran 60. Se le borró la cara de compasión y puso una de asombro más arrecha todavía que la anterior. La disfruté unos segundos y después la convencí de que aceptara la cola, de pana: cortesía de Perromóvil, su línea de confianza.
***
Ahora, taxistas vergatarios, suicidas, homicidas y jodedores, los mototaxistas. El martes 22 (hace una semana) andaba sin carro y cogí uno en Sabana Grande rumbo al centro. El bicho dobló a 60 por detrás de El Recreo. Juro por mi madre que me puse a pensar en el puente de hierro que forma una joroba por encima de la calle de los hoteles, y en el rolitranco e vergajazo que nos podíamos dar si le caíamos a esa velocidad. Pero la infaltable vocesita interior me dijo: "Nah, tranquilo, este loco sabe lo que está haciendo".
Menos mal que no llegamos al maldito puente, porque por desgracia la vocesita no conocía al bicho y éste no sabía lo que estaba haciendo. Justo una cuadra antes se atravesó un carro y no había forma de esquivarlo. Bueno, el tipo encontró una: pisó el freno mientras la moto seguía directo al obstáculo, se inclinó hacia la izquierda y se lanzó al pavimento. La moto rodó bello como diez o quince metros más, encima de mi pierna izquierda. Más de uno de ustedes debe haber disfrutado esa sensación: cuando la pierna se dobla sobre su eje, se retuerce como cuando uno exprime una toalla para medio secarla, y no hay dolor. Se siente como de goma. Hasta que caes, verificas que está vivo pero no te puedes parar, y empieza la interesantísima batalla interna en la cual te debates entre pedirle ayuda a todo el mundo y tratar de no dar lástima.
Solidaridad no faltó (velocidad sí, porque estuve ahí acostado una hora esperando una ambulancia): me prestaron un teléfono para llamar a dos o tres panas de los que resuelven, me arrastraron hacia el borde de la calle para que mi repugnante cuerpo no rejodiera más el tráfico capitalino, y el mototaxista estaba de lo más amable (e ileso: no se rasguñó ni la ropa ese mamagüevo) y pendiente de mi estado físico. Qué solidario ese tipo, camarada, qué atento, qué amabilidad, qué cuidado en no rozarme mi pie, que a estas alturas estaba mirando así como pa atrás.
Cuando ya estaba preguntándome cómo era que ese carajo se veía más preocupado y atento que mis panas, se acercó un fiscal de tránsito y me resolvió el enigma: me preguntó si iba a levantar cargos contra el motorizado, porque como había un lesionado y tal el caso tenía que ir a Fiscalía. Le miré la cara al tipo, miré la aglomeración de motorizados alrededor, le escuché el argumento apagado al mío: "Me van a quitar la moto". Y también recordé que hace unos años hice el papel (la voz) de un fiscal de tránsito en la versión Hip Hop de El Motorizado, con María Rivas y los Vagos y Maleantes (el Nigga y el Budú):



Ser fiscal es ser pajúo. Decidí dejarlo de ese tamaño. Inventé una mentira: "No compa, a mí me jodió fue un carro que se dio a la fuga". El fiscal le dijo al motorizado "Te salvaste, rata".
El momento en que un bombero me torció el pie a lo arrecho para ponerlo en su sitio (en el tobillo fracturado y salido de su sitio) me duele todavía, y además si lo cuento ustedes van a pensar que estoy tratando de dármelas de héroe y vaina (y además la pinga, tendré que contar que no recuerdo haber gritado de esa manera desde que era muy muy chamo, y eso no es bueno pal prestigio) así que lo dejamos hasta ahí y saltamos al final: me operaron para meterme una ración de tornillos y la respectiva placa de titanio, y un alambre en un dedo para corregir otra fractura. Todo esto en el lado izquierdo. Así que ando derechista por la vida, e inmovilizado un rato.
Fuera de la calle, pero activo aquí adentro. Lo cual no está mal: las carreritas, viajes y mudanzas al interior.

lunes 14 de diciembre de 2009

Radio Carora, la nostalgia y la niñez que se fue

Hace como cinco años años el pana y paisano caroreño Edgar Vargas perpetró un atentado contra mi cajón de nostalgia. Me regaló un CD llamado "50 años en una hora", una recopilación de los momentos, jingles, promociones y música que le dieron personalidad a Radio Carora. Yo, la verdad, guardé el CD porque no terminaba de interesarme, no le veía la gracia al cuento. Además, uno tocado de la respectiva coraza política me dejaba llevar por un dato amargo: esa radio era (y sigue siendo) la voz de la godarria, de los ricos de Carora, de una renombrada casta de racistas, del enemigo. Y a esa gente no hay que hacerle concesiones. Hasta que un domingo me puse a escuchar el maldito CD, y me jodí. Tan sencillo como eso. Me volvió mierda.
Ah, pero yo no podía quedarme solo con esa vaina atrevesada en la garganta, así que cogí un editor de sonido, hice una selección de poco más de cinco minutos de la grabación, y se la mandé a un grupo de panas caroreños, casi todos residentes en otras ciudades y países. Subo aquí ahora el archivo de sonido, y más abajo el texto que les mandé a los panas.
Si usted no nació o vivió en Carora en los años 70 seguramente la grabación no le dirá nada. Tal vez sí la reflexión, porque la nostalgia fabricada a punta de radio es un síndrome universal. Todos llevamos nuestra Radio Carora encima, adentro, incrustada como un software en la memoria o disco no tan duro:



Alexis, Rafael Pompilio, Edgar, Luis; demás compas caroreños y/o larenses: allí les anexo un archivo de sonido. Una grabación de cinco minutos y pico que les pido (por favor, de pana) que escuchen. Después les paso los créditos debidos. Les explico de qué se trata.

El hermano Edgar Vargas me regaló el año pasado un CD del cual sólo quiero decir por ahora que me dio en la madre. O sea, me escoñetó anímicamente. Es decir: cuando me instalé a escucharlo me puse a pensar, con las bolas en la garganta, en las coñoemadrísimas trampas que nos tiende la memoria, o mejor dicho: la aparición súbita de los recuerdos después de un tiempo de haber olvidado. La infancia es una vaina que uno almacena en ciertas gavetas; cuando éstas se abren inevitablemente nos pasa la consabida película frente a los ojos y retumba la frase: "Maldita sea, ¿cuándo se me fue la niñez?". O bien: "Qué jodido estaba todo en aquellos tiempos", tras lo cual uno termina recordando a la miseria con ternura y agradecimiento, porque esto que es uno hoy se lo debe a las coñazones de aquellos días.

A lo mejor muchos de ustedes escuchaban Radio Juventud, Radio Universo o Cristal; quizá Rafael Pompilio no escuchaba radio porque hacía su propia música. Si es así estoy frito y solo con esta mierda, pero igual corro el riesgo, que no se diga que no intenté compartirla.

El punto es que ayer agarré el CD que me dio el pana Edgar, me puse a hacerle cortes y ediciones con un editor de sonido e hice una selección de los momentos que me parecieron más "fuertes" del disco. "Fuertes" porque, en mi caso, me agarran y me trasladan sin escalas a la Carora de los años 70. Allá se quedó la niñez de este animal caraqueñizado; allá debo ir a rescatarla.

Yo no sé si estos ejercicios son buenos o malos. Algo me dice que buenos no son, visto el "efecto RCTV": esa cuerda de bichos que nos moldearon, jurungaron y mediatizaron los afectos y después quisieron cobrárnoslo. Un pana me decía hace poco que la nostalgia es una debilidad pequeñoburguesa y "una traición al proceso", porque le hace concesiones al país que debemos dejar atrás. Si el compa tiene razón, pues aquí perpetro esa traición con gusto. El futuro soporta correcciones y disculpas; la niñez, jamás.

Vaya compas, échenle un oído a eso. Y si quieren lo comentan; así sea para decirme que el ejercicio no les dice nada.

pd: Pompilio: en el último minuto de la grabación aparece un J.T. Santeliz que es, con casi toda seguridad, familiar tuyo. Es el que recita: "¡Salve, Carora invicta!" ¿Nos confirmas eso?

jueves 3 de diciembre de 2009

Tamunangue en La Primavera (estado Lara)

Matilde Mendoza le paga un tamunangue cada año a San Antonio de Padua. La ceremonia tiene lugar casi siempre en casa de su mamá, Teresa, allá en el caserío La Primavera, en las montañas del estado Lara. El grupo encargado de interpretar los "sones de negros" es Los Camacaro, gente de allá mismo de Guarico (no "Guárico" sino Guarico; observación para descuidados).
Teresa cumplió 81 años unos días antes del tamunangue de este año, y ahí la verán bailando como ya quisiera hacerlo una chama de 25. Ocurrió el 19 de octubre. Entre cerveza y cerveza les hice estos videítos:











lunes 23 de noviembre de 2009

Al barro vamos (3): empañetar e impermeabilizar

Pasos previos:

Al barro vamos (1)
Al barro vamos (2)

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El empañetao: suena hasta sabroso. Después viene la impermeabilización: agua y cola plástica en este caso, para que la lluvia no haga desastres con los adobes de barro. Empañetar es alisar la superficie de los adobes, tapar huecos, emparejar, todo esto con un barro más líquido que el usado para hacer los adobes.
En la construcción de este simple anexo en San Diego participamos haciendo adobes, pisando barro y metiendo mano en otras etapas del proceso Matilde, Ramón, Armando Casi Cura, Ángel David, Josefina Payró, Moriva Armas, Manuel Armas, Héizel P., Gustavo B., Carlos, Luis Cedeño, Vilma y un gentío más. No los recuerdo a todos.
Las paredes exteriores quedarán como las de adentro cuando se termine el proceso. Un acabado arrecho que puede rematarse con pintura. La señora Teresa decidió dejar las paredes así tal cual, la tierra con su color natural.




martes 17 de noviembre de 2009

José Rondón: La casa del hombre

Clic en cada foto para verlas más grandes.

Si por “joven” definimos a un ser humano en la plenitud de su vigor físico y mental; a alguien que está pensando en el futuro y trabajando para que éste le sea más soportable a la humanidad; a alguien que está en el momento más formidable de su aporte de ideas y acciones de avanzada (revolucionarias); si un joven es alguien cuya potencia te hace pensar: “Con diez carajos como éste le cambiamos el rumbo al país”, entonces el hombre más joven que conozco tiene 93 años. Se llama José Rondón y vive en un recodo de los páramos merideños.

Tiene una casa que se parece a él (El Arca de José): aunque parece que ya está terminada, en realidad se encuentra en permanente construcción. Se trata de una vaina amorfa y gigantesca. Si uno la evalúa con los parámetros de armonía y belleza que nos impusieron desde niños, tendremos que decir que es fea. No hay nada allí que recuerde al ideal de casa de campo o de residencia por el que los privilegiados pagan millones. Pero hay ciertos datos mágicos que hacen de esa casa un asunto superior: uno, que está hecha por un hombre que la está haciendo con amor y entrega, no por esclavos que trabajan por comida o plata; dos, que gracias a la alquimia de la construcción alternativa usted nunca morirá allí de frío a pesar de estar en medio de un valle donde el viento helado sopla en serio; y tres, que al llegar al lugar José le advierte sobre algunas reglas del lugar. “La condición para estar aquí es que usted se apodere del lugar. Esto es de mis amigos y mis amigos hacen aquí lo que quieran. Cuando viene gente me gusta que la visita sea una siembra de recuerdos. Si hay algo que me moleste yo no se lo voy a mandar a decir: yo se lo digo”.

El Arca de José fue hasta hace poco una posada, pero José decidió o descubrió que ya no estaba en condiciones de sostenerla como tal. “Una posada requiere de mucha energía y atención. A mí me gusta hacer las cosas bien, que la gente se sienta atendida y satisfecha. Ya no es un trabajo para mí, así que antes de desmejorar el servicio prefiero no prestarlo más”. Cuenta que él en realidad es campesino, agricultor, “Pero en esta etapa de mi vida soy constructor”. Los títulos que lo acreditan como tal son el Arca y otras casas más que ha construido o ayudado a construir en varios lugares. Los reconocimientos del país formal incluyen foros al lado de Fruto Vivas, “él explicando su visión de la arquitectura y yo diciéndole a la gente cómo hacer una casa con lo que sea”.

Uno se tropieza con ella si se dedica a asomarse por las veredas de San Javier, rumbo al páramo de La Culata. Una edificación hecha de materiales desechables, o más bien desechados por gente que bota los objetos cuando los cree inútiles. El Arca es un templo donde ofician la madera, las botellas, el hierro, el barro, troncos de varios tipos de árboles, y sobre todo el ingenio y las ganas de construir de su creador. Como cualquier otra gesta, la de construir una casa tiene secretos. José no tiene problema alguno en revelar algunos de los suyos:


Más adelante muestra un ropero o armario que (vaya, revelación del idioma) puede desarmarse, trasladarse fácilmente. Y una pared que separa un salón grande de su habitación: “Una vez hubo un encuentro aquí, había como cien personas. En hora y media quitamos esta pared, apartamos unos muebles y ya teníamos espacio para esa reunión grande”.

José no mide más de 1 metro 60 pero su voz y su personalidad hacen que se vea inmenso, como la casa. Le hablé de Ramón Mendoza (El Cayapo) y resulta que lo conoce. “Le debo una visita. Cualquier día de estos cojo un autobús para hablar con él. Tenemos cosas que hacer juntos”. Era lo que estaba esperando: me ofrecí para llevarlo hasta San Diego para propiciar ese encuentro entre los dos maestros que conozco en las artes de construir para la vida. Nos dijo: “Maravilloso. Vayan buscando entonces la ropa más sucia que tengan, porque voy a enseñarlos a hacer cosas con barro y con arcilla. Cuando yo visito a los amigos no me gusta ir a perder el tiempo. Si voy para allá será para enseñarlos a hacer cosas, para dejar hecho algo”.




Una pregunta provocadora para ponerlo bravo (ya nos habían contado que cuando su reciedumbre se convertía en mal humor podía ser temible, y queríamos verlo en esas): “¿Y usted hasta cuándo piensa trabajar? ¿Cuándo va a terminar de construir la casa?”. Tal vez estimulado por la atención con que lo escuchaban mis panas y compañeras de viaje (uno junta sus edades y no suman 50 entre las dos) no reviró sino que habló de él y de la casa como de un mismo proceso vital: “Esta casa es un proyecto que no se termina. Siempre hay algo que acomodar o que hacer aquí. A mi edad hay que estar trabajando siempre, hay que mantenerse activo para no perder facultades. No voy a retirarme, esta casa está en construcción permanente, ese es el proyecto”.


Los suspiros de admiración de las muchachas hacen derivar la conversa por un derrotero afín. “Una vez vinieron unas monjas y yo me fijé en una. Le dije: ‘Usted no sabe lo feliz que me haría si la viera sin ese hábito’. Y bueno, por lo menos me regaló una sonrisa”. Se ríe breve y silenciosamente para celebrar su propio triunfo, y remata con una reflexión. “Hay gente que dice que uno es hombre mientras se le para el pipí. Yo he demostrado que eso no es verdad. Hay gente que formula esas teorías locas, nadie sabe basadas en qué”.

Una de las muchachas lo soltó: “Qué hermoso. Qué hombre”.









domingo 15 de noviembre de 2009

Al barro vamos (2)

Decía hace unos días que buena parte del vacilón de hacer casas de barro es que escapa a lo que entendemos por trabajo. El trabajo aquí no es un martirio físico y sicológico a cambio de comida o dinero, sino una oportunidad para juntarse con gente buena o con ganas de jugar a serlo. Una ocasión para la jodienda, el sancocho, el trago y la construcción con las manos y el cerebro: lo que debería ser el trabajo en la sociedad que soñamos.
Todo esto sucedió el 24 de octubre allá en predios de Los Cayapos en San Diego (Carabobo):
















martes 20 de octubre de 2009

Quiénes leen mis blogs

Cada vez que abro un blog le coloco su contador. Sea manía o curiosidad, siempre es bueno averiguar de dónde viene la gente que visita, a través de qué buscador y buscando qué cosa. En el contador que utilizo (Webstats motigo, se llama) hay una sección particularmente reveladora llamada A través de qué enlace, es decir, el sitio desde donde la gente vino a caer en este blog o en los otros.
Hoy estuve revisando el contador del blog No escuches su canción de trueno, contentivo de mi novela del mismo nombre. Y verga. La sensación fue una mezcla de risa con desazón. A ver. Uno espera que la gente que lee el blog esté interesada en lo que dice el blog. Pero resulta que entre la gente que aterrizó en ese en particular hay quienes lo hicieron buscando estas palabras o frases:

  • Caricaturas animadas convulsionando
  • Culos de mujeres venezolanas metiéndose una botella
  • Sirenas aparecidas en playas de Higuerote
  • Letra de la canción el tartamudo de Ernesto Caballero
  • Canción del aborto: dónde estabas mamá cuando me partieron en pedazos
  • Dedicatoria para amigas distanciadas pidiendo disculpas
  • Letra de la canción Escapó de nuestras manos no pudimos detenernos
  • Campeones serie del Caribe narrada por carlos Tovar Bracho
El contador es este: http://webstats.motigo.com/s?tab=1&link=4&id=3514778
Ya tengo otra excusa para una sección fija de este blog.
Mientras tanto, va la aclaratoria: en mi novela no encontrarán alusiones a esos temas. Lo siento mucho. Hubiera querido, pero.

lunes 19 de octubre de 2009

martes 13 de octubre de 2009

El Gabán Tacateño

Joropo mirandino, golpe tuyero, joropo tuyero central: es lo mismo y da lo mismo cuando se tiene la oportunidad de ver cómo se vuelca el pueblo de Miranda a bailar con Enemesio Sánchez, El Gabán Tacateño. Lo grabé el el Museo de Bellas Artes de Caracas el 27 de octubre de 2007:






lunes 5 de octubre de 2009

Al barro vamos

Esto lo he aprendido en la voz y en la acción de los Cayapos. A ellos les gusta sentir y decir que uno les roba las ideas para después echársela por ahí de sabihondo y tal. Pero igual nos han transmitido y nos siguen transmitiendo a unos cuantos el saber y el ignorar de la otra sociedad, esa que no conocemos pero que (precisamente) debemos soñar antes de construirla.



Uno de esos saberes-ignorares tiene que ver con la vivienda y el hábitat, y parte de aquí: si las casas de la sociedad actual le han servido a ésta, ¿cómo y con qué materiales construir la casa del futuro?
Ando montado o intentando montarme en una cruzada que parece muy pendeja y seguramente lo es: quiero hacer casas de barro. Aprender el simple arte de levantar la concha donde ha de transcurrir mi vejez, si es que completo la proeza de llegar allá. El ensayo quiere ser un poco menos individualista: entusiasmar a un poco de muchachos para que le echen bolas por ahí y dejen de estar soñando con el apartamento o la casa en la gran ciudad. Estas ciudades hay que desalojarlas urgentemente. Ya hay media docena animada y dándole con furia.
El experimento llamado "otra sociedad" está fuera de estos dinosaurios de concreto que ya se tragó el capitalismo. Aquí perdimos la batalla.
Pero ¿por qué de barro?
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El cemento enferma. El barro es lo que somos. El cemento es contranatura, es un monstruo que ha destruido seres humanos y ha enriquecido a monstruos; el barro es esa materia de la que estamos hechos. Nada nos recuerda más qué somos que el moldear cosas con barro, jugar con barro, em-ba-rrar-se: lo que nos han impuesto como sinónimo de sucio termina purificándonos. Trabajar (jugar) con barro nos hermana con la tierra.
Las casas producidas en cantidades industriales y con criterio mercantilista y de industrialización las hacen obreros vejados, humillados, explotados, arrechos, frustrados, golpeados, esclavizados por el capitalismo. Un obrero-albañil está obligado a construir o ayudar a construir, por comida y un sueldo miserable, una casa que no será de él. Junto con su sudor, en ese cemento de la ignominia se quedan mezcladas sus rabias y quejas de seres humanos atormentados, así que nadie podrá vivir feliz nunca en esas casas y apartamentos. Esas paredes rezumarán por siempre tristezas y lamentaciones.
Por eso (continúa hablando El Cayapo) tu casa debes construirla tú mismo. Lo que se mezclará con el barro de la construcción será tu sudor y con él irá tu ternura, la ternura y las risas de tu familia y tus amigos. También se colarán allí tuas rabias y fantasmas, pero esos bichos son tuyos y ya no te harán daño.
Es un trabajito pesao, jodedor. Pisas barro quince minutos, haces adobes otros diez minutos y ya te quieres regresar a Caracas. A menos que te lo tomes como lo que debería ser todo trabajo: como una joda, como una oportunidad para echar vaina e intercambiarse burlas con el güevón y la güevona que están ahí haciendo lo mismo que tú. El trabajo te divierte o te esclaviza: si lo haces por comida o porque el patrón te está vigilando y tomándote el tiempo es una tortura coñoemadre. Trabajar viene de Tripaliare y tripaliare de tripalium: instrumento de tortura, y eso es una carga demasiado vergonzosa para la humanidad como para dejarla pasar debajo de la mesa. La cultura dominante de mierda te adoctrinó para que creas que el trabajo (tripalium, para enriquecer a otros) dignifica, cuando en realidad te humilla y te reduce a bicho sin dignidad.
Pero si trabajas para ti y tu gente es una gozadera, una fiesta y una dinámica infantil (jugar con barro es una nota):





En la segunda mitad de mi vida le dedicaré tiempo a este proyecto: llevarme a varios sitios a un equipo móvil para aprender conmigo, mientras aprendo con ellos, a hacer casas de adobe. Estamos comenzando en una construcción pequeña en San Diego (Carabobo), un simple anexo de la casa de Ramón Mendoza. El próximo espacio a colonizar será en la Fila Maestra, donde Miranda conecta en una vuelta insólita con Vargas. Hay otro terreno para lo mismo en El Guapo, otro en Yaracuy. Lugares varios para hacer músculo y aprender. Quitarse el capitalismo de encima (del cuerpo: quitárselo de la cabeza es más engorroso) lleva trabajo, esfuerzo.
Es un ejercicio bravo.