lunes, 7 de marzo de 2016

"El buey se conoce por el cacho; el hombre, por la palabra"


Eugenio tenía meses padeciendo las molestias de la tensión arterial y la retención de líquidos. Todos esperaban que se recuperara, como se recuperó hace 3 años de un ACV que lo dejó en cama torcido y enflaquecido, y del que se levantó como buen montañés hecho para la guerra. Pero el 26 de diciembre, rodeado de familiares y vecinos suyos, lo recostaron en la perezosa que tenía en el zaguán y allí cerró los ojos plácidamente, sin dolores ni escándalos. Tenía 88 años y 5 meses. En 1971 había decidido instalarse en la comunidad La Quinta, en un sector del que fue fundador; apenas había dos ranchos a su llegada.

Nacido el 27 de  julio de 1927 en El Pagüey, pero trujillano por ascendencia y por cultura, José Eugenio Becerra Rivas parecía un ser sacado de una película mexicana. Era hijo de Segundo Becerra y Encarnación Rivas, señores del siglo XIX que le enseñaron el valor del trabajo y ese código de honor de los viejos de antes: nunca dejó de cumplir una promesa o saldar una deuda. “El buey por el cacho y el hombre por la palabra”, era su dicho favorito, pues resumía la ética del ser humano dispuesto a ganarse el respeto de todos.
Las proezas de este agricultor y obrero, sus hazañas verídicas, sólo se quedaban chiquitas cuando se ponía a echar los cuentos de las “otras” hazañas, las que soltaba con esa chispa propia de los antiguos aventureros para hacer reír a los oyentes. Sabroso era sentarse a escucharle la historia del día en que se metió en un río a pescar y salió con un pescado en cada mano, uno en la boca, uno en cada sobaco y seis más que traía sujetados entre los dedos de los pies.
Pero más allá de estos juegos verbales estaba la verdad de su inmensa fuerza física. Una vez llegó a la casa cargando un tronco enorme que rescató del río Santo Domingo. Cuando soltó el gigantesco árbol tenía la clavícula salida sobresaliendo por encima de la camisa.
Trabajó en las principales obras de ingeniería de Altamira y zonas cercanas: el complejo hidrológico Planta Páez, represa La Mitisús, malla de concreto armado de la Peña de la Yuca; obras de electrificación de Calderas, el muro del cementerio de Altamira. Así que fue uno de los protagonistas anónimos de esas obras colosales que le dieron la actual forma a este territorio.
De joven fue parrandero, mujeriego y coplero; a todo lo que sus interlocutores decían él les respondía con versos en rima. Peleador y poco dado a los juegos y bromas pesadas, a más de uno lo durmió de un solo derechazo. Tomaba hueso de salvaje (oso frontino) molido y solía tomarse la sangre de los animales que mataba en sus jornadas de cacería.
Sentía debilidad por el chimó, y cuando no encontraba su ración porque se le había extraviado en la casa decía una oración insólita: “Ánima del más vicioso, con tal que me aparezca le regalo una buena comía de chimó”. En el año 95 se hizo cristiano evangélico y “Adiós, botellas de vino...”.
Siempre trabajador y respetuoso de los lazos familiares, sus 7 hijos (Isidro, Domingo, Reyes, Victoria, Jacinto y Gregorio) los tuvo con su única esposa, María Florinda Ramírez. Esos 7 hijos le sobreviven, junto con 16 nietos y 3 bisnietos.
Reyes y José Gregorio recuerdan con agradecimiento como, desde que tenían 5 años, los ponía a cargar leña y a sembrar martinico y caraotas, para que aprendieran desde niños lo que le enseñaron a él: el amor por el trabajo y por la siembra.
En Piedemonte nos sentimos orgullosos de haber conocido a este formidable ejemplar de pueblo, patriarca de tiempos románticos y grandiosos. Eugenio fue uno de nuestros millones de padres y abuelos esclavizados por el capital, explotados pero íntegros en su dignidad.

Descanse en paz. Vaya nuestro abrazo fraterno a su familia.

Publicado en el periódico comunal Piedemonte. Enero de 2016

Yaya esperó 81 años




Iraida Soler nació en Altamira de Cáceres en 1934. Ella es una de las personas a quienes les serán entregados los materiales para construir su propia casa; la comunidad decidió que ella la necesita y la merece, pues la última en la que vivió se fracturó y derrumbó parcialmente a causa de los movimientos de la falla que atraviesa toda la carretera hacia Calderas. Yaya (como le dicen sus familiares y allegados) habitó en esa casa durante 45 años, desde 1966 hasta 2011.
Ella ha vivido toda su vida en El Cañito, sector a las afueras del casco urbano de Altamira. Nunca le ha faltado la atención de su familia, pero jamás un Gobierno le había dado la oportunidad de construir su propia casa, así que fueron  81 años de espera que acaban de concluir.
Apenas le dijeron que le iban a entregar esos materiales cogió unas herramientas de trabajo y se puso ella misma a replantear el terreno. Para los que digan que el altamireño es flojo aquí tienen el ejemplo de esta guerrera, que a su edad todavía tiene gasolina para entrarle a la construcción.
Cuando la casa se comenzó a derrumbar, el Viernes Santo de 2011, uno de sus hijos se se la llevó a vivir con él a Barinitas. Pero no se acostumbró nunca a estar allí, el amor por su terruño natal era demasiado fuerte. “Hasta el agua para tomar me la tenían que llevar de Altamira, hasta el agua la extrañaba”, dice la señora Yaya.
Recuerda cómo era su sector cuando ella era niña: “Había muchas casas y una capilla en este sector llamado El Bizcochito. Las casas las fueron abandonando y se fueron cayendo. Por ahí todavía quedan las de Ramón González y la de Oswaldo Jerez, el dueño era Gilberto Ávila”.
Se refiere la señora a un viejo caserón ubicado en el sector Potrerito, que es probablemente la casa de bahareque más antigua de Altamira: le han calculado más de 300 años de antigüedad y todavía conserva algunas de sus paredes originales.
La nueva casa de Iraida Soler será construida al lado de la de su hijo Félix, en El Campito, así que ya tendrá dónde recibir a su familia y amigos, y dónde practicar algo de lo que sabe mucho: “Me voy a dedicar a sembrar muchas maticas de remedios y flores”.

Publicado en el periódico comunal Piedemonte. Septiembre de 2015

domingo, 27 de diciembre de 2015

La venganza de Canelón

Natividad acaba de cumplir 80 años (el 25 de diciembre). Ha venido a esta montaña a celebrarlo, y lo ha hecho cumpliendo una especie de dulce venganza, tal vez sin darse cuenta.
Mi mamá es sobrina de dos seres legendarios. Por el lado materno es sobrina de Juan Esteban García, ícono y patrimionio cultural del pueblo venezolano; este caballero fue quien con más reciedumbre divulgó y le sacó matices a la bandola central o guaribeña.
Por el lado paterno es sobrina de un fantasma: su tío fue el guerrillero Desiderio Canelón, alzado en armas en el oriente venezolano en los años 60, y de quien se corrieron voces y cuentos asombrosos. Por ejemplo, que varias veces estuvo rodeado por el Ejército o la Guardia Nacional, y que cuando estaban a punto de liquidarlo o darle alcance en el lugar donde se encontraba se levantaba una nube de comején o saltaba un tigre: era el tío que huía transfigurado en bestia.
Una vez lo sorprendieron entrando clandestinamente a su casa en San José de Guaribe; los efectivos militares le gritaron desde afuera que se rindiera, que iban a entrar por él. Desiderio les pidió a su mujer e hijos que se metieran en un cuarto de la casa mientras él esperaba a los asesinos en la sala. Los soldados entraron, registraron, interrogaron y golpearon a la esposa, a los muchachos. Pero a Desiderio no lo vieron. A Canelón, que nunca se movió del centro de la sala, y allí mismo lo encontró la familia cuando los uniformados se hubieron ido y ellos pudieron salir del cuarto.

También se dice de este guerrillero que solía esconder a sus compañeros de armas en el fogón donde se cocinaba, en esa misma casa. Alí Primera se enteró de estos prodigios y le dedicó aquella pieza, "Me lo contó Canelón", en la que narra alguno de estos cuentos y remata diciendo: "Y Canelón nunca miente. Si alguna vez él mintió dijo una mentira hermosa".


Nunca ningún cuerpo represivo pudo capturar a Canelón en dos décadas de clandestinidad (un sagaz campesino hecho combatiente del Frente Ezequiel Zamora, baquiano en todo el cerro El Bachiller) ni en las siguientes dos décadas de retiro en sana paz en el pueblo costero de Osma. En los años 70, quien llevaba ese apellido era perseguido, investigado y humillado donde se encontrara; ser familiar de Canelón era una marca horrible que te señalaba como criminal o cómplice de un criminal; varios Canelón fueron apresados, torturados y asesinados.
Su sobrino Cecilio (hermano de mi mamá) una vez apareció en Venezolana de Televisión contando cómo lo detuvieron y torturaron para tratar de sacarle información sobre el paradero de su tío; Cecilio solía subir a la montaña a llevarle información y alimentos al fugitivo y en una de esas lo pillaron ( aquí, el testimonio de Cecilio: "Lo que querían era matarme": Cecilio Canelón). Cuarenta años más tarde, en 2007, el comandante Chávez fue a Mango de Ocoita a entregar unos crédicos para el cultivo de cacao, y uno de los campesinos beneficiados por este programa fue Cecilio, quien ya estaba muy viejo pero activo y con la chispa intacta. Cuando le llegó el turno de recibir su cheque se le cuadró al comandante en un saludo militar, le entregó una bolsita de papel y le dijo ante las cámaras: "Chávez, llévese este jengibre para que se lo vaya masticando. Porque usted habla mucho y esto es bueno para mantenerle limpia la garganta". Acto seguido le contó cómo fue que la Guardia Nacional lo guindó de los pulgares durante todo un día para hacerlo delatar a Desiderio, y no lo lograron doblegar (en el enlace de arriba, el video que le hicieron en VTV ese mismo día).
Desiderio murió de plácida vejez en los años 90, y Cecilio unos pocos meses después de ese encuentro con Chávez.
Una vez le pregunté a Margarita, la hija de Desiderio, por las renombradas virtudes mágicas del tío abuelo. La mujer arrugó la cara y respondió: "Ay pero a la gente sí le gusta inventar cosas...". Me mostró un libro donde otro comandante guerrillero reseña episodios de su vida en fuga junto al fantasma: el hombre logró en un momento escapar de Venezuela con identidad y pasaporte falsos. Resulta que mientras los órganos de seguridad del Estado barrían las montañas de Guárico y Miranda en busca del peligroso, escurridizo y esotérico combatiente éste se encontraba en París, buscando apoyo entre los izquierdistas europeos y cogiéndose a unas cuantas francesas, de quienes decía: "Es el mismo hueco, camarada, la misma vaina".
***
Natividad ha venido entonces a este sistema de montañas, huyéndole a los calorones del Guárico y pidiendo a gritos que la llevaran a echarse un chapuzón en un río decente. La he llevado los más poderosos y fríos que conozco en la zona. Le he advertido dos cosas: que el agua es muy fría y que no es fácil llegarles a los pozos. Lo del agua fría me lo rebotó con ese cuento que todos sabemos o deberíamos saber: "Ah carajo, usted se le mete sin compasión y cuando sale del agua ya no siente frío". Lo de caminar sobre el piedrero sí se me antojaba un poco más engorroso. Aquí comenzó la venganza de la sangre marca Canelón.
Antes, el recuerdo de la experiencia de caminar al lado de mi vieja: en Caracas, tratando de hacerla ingresar a una escalera mecánica, el trauma de verla paralizada y sin coordinación, sudando, aferrada a mi brazo y cerrando los ojos mientras aquel espanto de aparato la subía hasta la salida de la estación Bellas Artes. Y antes de eso, el tratar de comprender su pánico y sus oraciones mientras el tren avanzaba por debajo de la tierra. Esto fue hace más de diez años y a mí me conmovía y me llenaba de tristeza el que ella, la señora que me parió, se viera tan desvencijada e incapaz de descifrar los artefactos citadinos en la relativamente cómoda edad de los 70.
Ah, pero una cosa es ver a una campesina tratando de entenderse con la urbe y otra muy distinta verla en su elemento, camarada.
Para empezar, no fue ella sino mi hermana, quien anda por los cincuenta y tantos pero con una operación espantosa en el fémur, la que anunció que no iba a poder llegar al primer pozo; el camino era empinado y lleno de piedras lisas y barranquitos respetables. Mi sobrina tampoco bajó a la quebrada, en solidaridad con su madre. Me fui entonces con mi vieja a sentirme perplejo y un poco culpable: aquella doña que una década atrás parecía tan inútil y desvalida en el Metro fluía y saltaba por aquel pedazo de bosque húmedo con una agilidad que me obligaba a apurarme, no para alcanzarla o ayudarla a nada, sino para no quedarme muy atrás.
Después vino el rico chapuzón, con la ropa puesta, y como quedó con ganas de más entonces la zumbé de cabeza en La Piedra del Patio, en Calderas.
En el camino de regreso, el ejercicio de identificar árboles y matas: la vista clarita, la mente alerta, el sentido del humor resplandeciente. Diez años más vieja y diez siglos más joven que aquella anciana de la que me llegué a compadecer en Caracas.
Rodeado de mi vieja y de mi hermana. Canelón en dos tiempos (Foto: Genesse Hernández, de otra generación de Canelón)

Ando entonces en el trance de disfrutarla en su nueva plenitud: andamos sembrando semillas olvidadas o desconocidas para la mayoría, aprendiendo con ella el arte de trabajar con arcilla, escuchándole sus cuentos, y malvada sea la gracia que me hace la forma en que narra vainas tan espantosas como cierto accidente de autobús en que pereció un gentío. Una verga de la que nadie debería reírse, da risa cuando ella la cuenta, afligida y adolorida, muy en serio.

A ver qué se nos pega, así sea tardíamente, de esta limpia y ancestral sabiduría.

domingo, 22 de noviembre de 2015

Sobre la comunidad que decidió comer potaje gratis

Esta es una de las historias más hermosas que me puso en el camino mi año 2015. El resumen, en esta minientrevista:

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En una carretera de Barinas que recorro varias veces a la semana hay un caserío llamado Vega del Puente. Destacan en la orilla de la vía unos gaviones (esas estructuras de piedra sujetada por redes de alambre que evitan o contienen los derrumbes). Pasé el viernes en la mañana por ahí y vi a unas personas montadas en el piedrero recogiendo algo. Seguí de largo pero, cuando regresé de mis diligencias, me paré en el lugar a ver qué vaina era aquella. Y sí, en efecto, eran vainas, miles de vainas: la gente que vi en la mañana estuvo ahí recogiendo tapiramas. Para nosotros, capitalistas por costumbre y formación, el titular de la noticia que funciona es este: en un país donde ciertos coñoemadres decidieron que la caraota cuesta 1.500 bolos la gente estaba recogiendo tapiramas gratis, nacidas en un piedrero infame.
Una tapirama, para no darle más vueltas cientificistas a la cosa, es una especie de caraota silvestre, una leguminosa que crece como monte y en efecto es monte. Un grano que nos alimentó durante cientos o miles de años hasta que llegó el mercado y nos dijo "Epa, tú tienes que ser una persona decente. No recojas granos del monte: cómpralos en el supermercado". Desde entonces se nos olvidó que existen docenas y docenas de variedades de estos granos comestibles, y nos aplicamos a comer sólo diez o doce pepas comerciales: caraotas negras, rojas y blancas; arvejas, un  par de frijoles, lentejas, quinchonchos y tres o cuatro más.
Una de las tapiramas encontradas aquí la conocía; es tapirama negra, muy parecida a esa caraota comercial que llevan los pabellones. La otra es para mí una novedad: una tapirama muy parecida a la paspasa "vaquita", popular en Sanare, pero no es una paspasa sino una tapirama.
Me bajé y les caí a preguntas a algunos habitantes, y los titulares son estos: la enfermera del dispensario del caserío, que vive en Barinitas y se llama Eloísa, recogió esas semillas y las llevó a la comunidad. Se las dio a varias familias para que procedieran a sembrarlas, y varias de ellas tienen su moño de caraotas en el patio, en la jardinera, en las áreas comunes.
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Una coñita de 4 años llamada Chiquinquirá agarró por costumbre abrir huequitos en el patio de su casa y eso está ahora cundido de tapiramas, por su culpa. Y la culpa de las caraotas en la orilla de la carretera es de la enfermera Eloísa, que agarró varios puños de semillas y las tiró ahí en el bulto de piedras, donde se supone que sólo proleferan los lagartijos y el monte.



Chiquinquirá mostrando el producto de su sabroso juego: abrir huequitos y meter en ellos semillas
Y bueno, hay monte que se come, vaya sabiendo: la gente de Vega del Puente declara orgullosa que ahí ya nadie compra caraotas, y que es común que en esas casas preparen unos potajes bellos con los granos mezclados y la respectiva guarnición de papas, aliños (que también siembran ellos mismos) y más de un trozo de cochino.
El ciclo de estas leguminosas es un prodigio de generosidad: son plantas perennes, lo que quiere decir que nacen, florean ("florecen", dicen los poetas burgueses), echan sus vainas, y cuando ya las semillas comienzan a secarse empieza la floración otra vez. Eso ocurre hasta cinco veces en el año: de dos a tres kilos de comida echa cada una de estas enredaderas en cada carga. Así de violenta y fecunda es esta mata. Les dije a esas personas que eso que estaban haciendo es la cosa más importante que pueden hacer las comunidades de este país, que si todos los venezolanos estuviéramos haciendo esto no habría especulación ni escasez. Me miraron extrañados, así como diciendo "Ah verga y a este loco qué le pasa", pero no importa, ya les explicaré con más calma. Sé que entenderán mejor cuando les diga que si todo el mundo hiciera eso que ellos hacen derrotaríamos al mecanismo y a la clase criminal que han permitido que la comida no sea un derecho humano sino una mercancía, y bien cara.

Matas nobles como ellas solas: nacen en cualquier piedrero vil, son atacadas por insectos y sin embargo cargan cinco veces al año

Agarré a siete vecinos del caserío La Quinta (10 kilómetros más arriba), a quienes estoy adiestrando para que escriban para el periódico Piedemonte, y me los llevé para allá, con dos misiones. Una, que recabaran y escribieran ese cuento o noticia para nuestro periódico. Dos, que recolectaran de esas para que vengan y reproduzcan la experiencia en su caserío. Vega del Puente es una comunidad que espontáneamente decidió ser guardiana de semillas; vamos a ver si en La Quinta hay músculo y ganas para copiar el proceso. Allá los dejé conversando y bajé para Barinitas para hacer tiempo. No me preocupó para nada que esos aprendices de periodismo dejaran información sin recabar. ¿Por qué? Sencillo, papá: lo que dejé allí funcionando fue una conversa entre agricultores. Y, que se sepa, los agricultores saben de esas cosas más que los periodistas.


Sabes que uno anda por ahí tratando de organizarse y de animar a la gente para que identifique, recolecte y propague semillas nativas y/o en peligro de extinción (nos llaman "guardianes de semillas"; a mí me gusta el mancillado y casi olvidado término "catabre"). Pero es un hecho que, hagamos lo que hagamos, siempre habrá gente de nuestro pueblo que, sin andar reclamando títulos o denominaciones, nos lleva una morena.


lunes, 2 de noviembre de 2015

Para derrotar al coloso (entrada a mi segundo medio siglo)

Hacía años ya me había acostumbrado a ver de lejos aquel mollejón de montaña, allá después del abismo que nos deslumbra cuando subimos de Barinas a Mérida, y me decía o les decía a los demás: "Si yo tuviera 20 años menos, 20 kilos menos y 20 fracturas menos, subiría hasta allá". Es ese majestuoso precipicio en cuyo fondo el turbulento río Santo Domingo se atisba como un vil chorrito, alimentado desde las alturas por unas caídas de agua insólitas, y que lo hace a uno repetir el viejo chiste-comentario: "Si uno se cae por ahí no se muere del vergajazo al caer, sino del hambre".

En la falda de la vertiente izquierda queda la carretera Barinas-Mérida; a la derecha, La Cuchilla (clic para ampliar la foto)

Esa actitud ante lo inmensamente grande, colosal o intimidante, es lo que lo detiene a uno cuando se supone que debería animarlo a echarle piernas, o a tan siquiera intentarlo. Hay un dicho muy gracioso pero también triste y lamentable, por endorracista, que les oí a varios compañeros: "Negro cobarde no empreña catira". Por autodescalificarse así es por lo que uno morirá sin haberle metido nunca a Shakira ni a Beyoncé (ellas no son catiras pero son hembras que uno sabe o cree imposibles de revolcar). Normal.

Pero menos mal que uno anda por ahi agradecido de poder seguir aprendiendo cosas (esto, a pesar de que nos criamos rodeados de mitos acerca de cuándo se pone uno demasiado viejo para seguir asumiéndose ignorante o aprendiz de cosas) y la maestra vida se ha portado bien con uno y cada tantos metros nos para en seco para darnos una clase más. Así que un buen día me encontré viviendo en la Comuna en cuyo territorio se levanta (o se zambulle) el mencionado abismo, y conociendo a gente que vive por allá arriba. Por ejemplo, el señor Jesús Alberto Barrueta. a quien le debo en buena medida el surgimiento, la aparición en mi vida, de esta metáfora o lección.

En una conversa con ese montañés en la comunidad de El Castillo, varios kilómetros más abajo por esa misma carretera, me comencé a enterar de algunas cuestiones, a saber:

  • que esa montaña se llama La Cuchilla.
  • Que allí viven dos docenas de familias, compuestas por campesinos productores de café.
  • Que bordeando ese filo hacia el noroeste (es decir, hacia Mérida) se encuentra una quebrada llamada La Bellaca (no confundir con la quebrada y caserío La Bellaca, a medio camino entre Calderas y Altamira de Cáceres), y que en esa quebrada se desarrolló una rarísima batalla: Ezequiel Zamora obteniendo un triunfo sobervio.
  • Que de esa batalla quedan el testimonio de la memoria de los hombres y mujeres que viven en esas laderas, y más de un objeto alucinante: el viejo Barrueta se encontró hace años una bola de plomo perfecta, que todo el mundo asume que se trata de un cañonazo disparado en aquella batalla, y los vecinos de La Cuchilla la usan como mingo para jugar bolas criollas: esa reliquia histórica formidable se ha convertido en el mingo con más valor patrimonial del puto país.
  • Que para llegar a lo alto de La Cuchilla hay que atravesar dos puentes colgantes y los comuneros están solicitando recursos para construir un tercero, ya que las mulas con frecuencia se resbalan al atravesar la quebrada de Los Horumos, y cuando a esta le da por crecer es imposible movilizar por allí a gente o mercancías.
  • Que la gente de allí ha realizado proezas ejemplares, como por ejemplo haber levantado a músculo y tracción a sangre la estructura que permitió llevar allá arriba la electricidad, hace apenas 7 años (antes las noches se alumbraban con la luna y con lámparas de kerosén o gasoil): fueron 20 postes de 300 kilogramos cada uno, y 16 hombres debieron subirlos uno por uno.
  • Que, en vista de que esa comunidad se ganó hace poco un reconocimiento como la zona con mayor producción de café en todo el estado, los comuneros están pidiendo también los materiales para instalar allí un funicular o teleférico para no seguir bajando la producción de café a lomo de bestia, y para ver si atraen turistas hacia aquellas cascadas y universos de agua mineral.

Aprendí o recordé o me convencí entonces de que, aparte de las condiciones físicas, hacen falta un estímulo, una razón o motivación y medio paquete de voluntad para al menos intentarlo. Y caramba, verifiqué y confirmé que morbo, lujuria y curiosidad quedan en este saco de huesos, músculo y grasa, suficientes como para escuchar esos titulares y salir en busca de esa gente, esas historias y esas noticias.

Llegando al fondo del precipicio: el lecho del río Santo Domingo (clic para ampliar la foto)

En la víspera de mi arribo a mi primer medio siglo de vida me despojé de aquella actitud de derrota en forma de dicho llamativo pero paralizante y vergonzoso (Si tuviera 20 años menos...) me fui hasta el caserío El Celoso (último centro poblado de Barinas, antes de entrar a Mérida), dejé ahí el automóvil del sedentarismo y me lancé por el abismo de mis terrores artificales. Llegué en media hora al fondo del abismo, al primer puente, que cruza el río Santo Domingo (un pozo profundo y cristalino cuyo lecho se ve nítido, seguramente a tres o cuatro metros de la superficie) y comencé a subir. Y a boquear. Y a sudar. Y a recordar que hace 20 años y más solía lanzarme este tipo de caminatas en el Ávila, que no es poca cosa pero no es esta cosa, ni de vaina; y a detenerme para recuperar la respiración y las ganas de continuar; y a pelear con las ganas de devolverme; y a agradecer que no hubiera ningún acompañante burlándose de mis mareos y palideces, de mi lentitud.
Fue una tortura controlada con pequeñas (¡enormes!) recompensas: encontrar quebradas y manantiales de agua limpia, la más limpia que había tomado jamás, para calmar la sed. Atormentarme con un inusual solazo en aquellos parajes casi siempre cubiertos de neblina, pero agradecer al mismo tiempo que no lloviera y que el clima despejado me regalara tanto paisaje sublime. Encontrarme también con montañeses que me animaban con un par de cuentos y mentiras piadosas ("ya va a llegar, compai, le falta como media horita de camino"; media hora antes otros me habían dicho que me faltaban 20 minutos).

La mitad del camino. Al fondo, la carretera nacional Barinas-Mérida: a la derecha, el camino por el que se baja al río (clic para ampliar la foto)

Llegué al filo de La Cuchilla cuatro horas después.
Jesús Alberto Barrueta, quien me esperaba en su casa, en el punto más alto de la travesía, me había asegurado que él cubre ese recorrido a pie en una hora y media, y mucho menos de eso en mula.
Jesús Alberto tiene 65 años de edad.

Jesús Barrueta en su plantación. Al fondo, en el círculo rojo, el lugar donde hay que dejar el carro y echarse  a caminar. Este, desde donde tomé la fotografía, es el punto donde yo me había autocondenado a no llegar jamás (clic para ampliar la foto)

Ah, pero de alguna manera tenía yo que vengarme de Jesús Alberto, esto no se podía quedar así. Estábamos en el cafetal de su familia cuando empecé a fijarme en la fascinación que le producía mi camarita digital. Le pedí que se acercara, le indiqué una plántula de café recién sembrada y le dije: "Mire, necesito una foto de esa matica, y que se vean las matas grandes allá atrás". El viejo no quiso agarrar la cámara: "No compañero, yo nunca he usado estas bichas". Le insistí: "Dele ahí que eso no es tan difícil como parece. Uno a veces no hace las vainas porque cree que no puede, pero sí puede".
Jesús empuñó la cámara, se inclinó cerca de la matica e hizo esta foto:

(clic para ampliar la foto)

Tengo todo mi próximo medio siglo de vida para seguir intentando cosas que son o parecen difíciles: ya conquisté al coloso en forma de montaña con aspecto de bestia inalcanzable.
Sí, un día de estos me animo y salgo a cogerme a Shakira.

Debo instalarme a escribir las noticias e historias recogidas en ese lugar. Esto es apenas el esbozo del cómo y el por qué.







martes, 4 de agosto de 2015

Nosotros, los desechables

El capitalismo industrial produce, esencialmente, basura. Suavícese o humanícese la palabra (desechos, desperdicios) lo cierto es que la sociedad del "progreso" se las arregló para que todo en el planeta sea producido y usado en provecho de unos propietarios y luego arrojado a la naturaleza o a las calles.
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En la categoría "basura" que nos han impuesto entra todo lo que es susceptible de utilización y posterior desechado. Desechos: objetos de inmediata o más o menos prolongada obsolescencia, excluidos, ancianos jubilados, presos, enfermos, lumpen de todo pelaje, diletantes varios; animales en exhibición o abandonados, productos corporales, agua contaminada, escombros y cadáveres de la guerra; metales y sustancias tóxicas, espectáculos olvidables y decadentes.
Nos han acostumbrado a que todo tiene una "vida útil", y cuando no se consigue en el mercado entonces ya es basura y está mal visto seguir usándola. De ahí el bochorno de algunos lectores de un reciente artículo en esta página ( http://misionverdad.com/pais-adentro/como-y-donde-destruiremos-al-pais-de-mierda ), en el que hablaba en términos celebratorios de un muchacho que está perfeccionando una bomba de ariete con botellas de refrescos desechadas. Uno de esos lectores, estúpido por convicción, decía que eso era de marginales, que lo correcto era que ese muchacho trabajara, no con desechos sino con artefactos comprados a la industria (dónde mierda queda entonces el ingenio, cabría decirle, pero a ese pobre hombre ya lo perdimos como ser racional). 
Otro lector, con mejores intenciones, observaba que si seguimos promoviendo la cultura del reciclaje y la reutilización entonces va a llegar un momento en que esa cultura va a necesitar que el capitalismo siga produciendo basura. A esa sensata aunque incompleta visión del asunto es bueno proporcionarle algunos datros que probablemente el lector no tomó en cuenta.
Noventa por ciento por ciento de la "basura" doméstica y comercial, esa que uno ve normalmente en los containers, rellenos sanitarios y compactadoras; en los camiones y en las calles donde todavía no ha pasado el camión; en los lechos de los ríos, orillas de las playas, montañas, sabanas, océanos; noventa por ciento de esos objetos y materiales desechados está compuesto por envases (botellas, cajas, bolsas, cajones) de vidrio, plástico, papel, cartón, madera). Peculiaridad del capitalismo: se esmera en vendernos hasta el envase donde viene la mercancía (que también es basura).
Un recuento del año 2013 ( http://www.packaging.enfasis.com/articulos/65519-pet-el-ciclo-crecimiento-la-industria ) indica que América y Asia estaban en condiciones de producir y en efecto produjeron 23 mil toneladas de botellas plásticas para bebidas (botellas PET: polietilentereftalato), y el dato que le tenemos al lector es este: todas esas botellas ya existen. Cuando uno viaja por la carretera que lleva a las playas de Adícora y Buchuaco, rumbo al norte de esa península maravillosa aunque devastada que es Paraguaná, tiene la impresión de que la mayoría de esas botellas están ahí, esperando los 500 años de rigor para que se descompongan y se integren al suelo, así que ante esos y otros desechos masivos tiene uno tres opciones: 1) espera que se descompongan; 2) los incinera (y el daño a la atmósfera y a la capa de ozono sería irreversible); 3) los pone a ocupar más espacio en los rellenos sanitarios y vertederos de basura, lo cual es una manera muy elegante de ejecutar la opción 1; 4) toma una buena parte de es basura y construye con ella objetos utilitarios.
No hace falta que el capitalismo incremente la producción de basura: con la que ya produjo y que no desaparecerá tenemos para ponernos a trabajar, dejar la pereza y los prejuicios y lanzarnos a la aventura de hacer casas y otras obras que, según la muy conveniente visión del "progreso", sólo son viables si se hacen con cemento y otros productos industriales.
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Quien tiene incrustada en la mente la versión canónica del progreso cree que las cosas sólo tienen valor y son buenas si se consiguen en expendios, tienen una marca y vienen empaquetadas en envases (que luego irán a parar a la basura). Si usted anda por la calle recogiendo basura para tener con qué construirse una vivienda, un mueble u otro objeto usted está en una escala bajísima de la sociedad de consumo: usted es un indigente, alguien que en vez de comprar algo (porque no tiene con qué comprarlo, por ejemplo) va y lo hace con lo que los demás botan. Nada menos glamoroso y chic que una persona que anda echando ojo en los containers y acumulaciones de basura; lo correcto es que usted se asome en las vitrinas de los centros comerciales, en los mercados y en Amazon.
Clave importante: póngase a pensar qué tantas cosas está usted violentando, confrontando, cuestionando, discutiendo y abofeteando con sólo ponerse a pensar qué hacer con esas botellas de vidrio que recogió del pote de la basura en la licorería. No tengo respuestas al respecto, sólo esa pregunta.
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Decíamos por allá arriba que la sociedad del progreso capitalista industrial ha convertido el desechar en una de sus misiones fundamentales, y que a esa lógica que todo lo exprime para después ser defecado no escapamos nosotros, los seres humanos. Uno de los rituales más asquerosos y humillantes de la sociedad del progreso es la que jubila a las personas cuando apenas alcanzan o despuntan los 60 años de edad. La jubilación se les "vende" a los trabajadores como si fuera un regalo, un reconocimiento del Estado o la empresa para que esa persona que se acostumbró por décadas a ejercer una función se vaya a su casa, presuntamente a "descansar".
En la vida real, el mensaje intrínseco que recibe un jubilado cuando se le ordena que se largue a su casa, a su rancho o al coñísimo, es que ya cumplió su período de "vida útil" y entonces ahora se le está dando el mismo tratamiento que a las botellas de plástico: ya me serviste, ahora te lanzo al Guaire del olvido y del adiós, viejo güevón.
A causa de esto puede verse en las ciudades el espectáculo insólito y triste de unos "ancianos" humildes de 60-65 años, deprimidos, súbitamente enfermos y solitarios; seres entregados al ocio improductivo, al alcohol o al ostracismo, destruidos en su autoestima porque el sistema le está indicando que si no llegó a patrón o a dueño no sirve para nada. Pero también se encuentra uno con casos maravillosos y extraordinarios, sobre todo en los campos, de personas que están activas y esplendorosas en su fuerza física y mental porque tal vez fueron utilizadas por explotadores pero nunca se jubilaron de la vida: del trabajo para sí mismos, de la labor con las manos, del moverse y caminar así sea para disfrutar del aire puro y sembrar y cuidar alguna mata.
El caso más extremo que conozco se llama José Rondón, un joven del páramo merideño, de 99 años de edad, que comenzó a hacer su casa con objetos desechados (madera, botellas, arcilla, cortezas de árboles) cuando tenía 70 y cuyo plan maestro es dedicarle todas sus energías diariamente a esa casa-experimento. Siempre hay algo que hacer en su casa, siempre se le puede ver así sea clavando un clavo, y enseñándoles a los jóvenes que una casa se puede construir con lo que sea y no sólo con lo que venden las ferreterías.
Una vez le pregunté cuándo pensaba terminar la casa. Me respondió: "Nunca. Porque el día que sienta que ya está terminada, ese día me muero".
Moraleja: reutilizar materiales y reutilizar nuestra vida es una buena opción. Que los años finales no nos sorprendan en el geriátrico u otro depósito de gente desechada. Y que para usar los materiales disponibles no tengamos que seguir enriqueciendo a la industria.

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domingo, 12 de julio de 2015

Cómo y dónde destruiremos al país de mierda

El detonante, vamos a llamarlo "inmediato" (porque hay otros remotos) de estas reflexiones, se me atravesó el 5 de julio de este año. Vino envuelto en un mensaje de texto deWalter Lanz. Decía: "Marico, lo logramos. Acabamos de obtener la primera reproducción de cachamas allá en El Frío. Con una hormona alternativa". Como sé que se trata de un mensaje incomprensible para la mayoría, invertiré dos párrafos en explicarlo.

Ese Walter y otros sujetos más, campesinos embarcados en una aventura llamada Escuela Popular de Piscicultura, tienen unos años criando cachamas con alimentos y procedimientos alternativos, naturales y artesanales, limpios, agroecológicos, etcétera. Había un paso por dar para conseguir la soberanía plena en ese asunto: había que romper un eslabón tecnológico, y acá es cuando se medio enreda el relato. Sucede que las cachamas no se reproducen de manera natural en cautiverio porque la hipófisis de las hembras, antes de expulsar sus óvulos para ser fecundados, segregan una hormona sin la cual no hay fertilidad y eso sólo ocurre cuando están en los ríos o lagunas naturales. El punto es que esa hormona ha sido aislada y comercializada por años, y el precio actual en el mercado es de 120 mil bolívares el gramo. No un kilo: UN GRAMO de la hormona cuesta esa cantidad de plata.

Ese es el escenario ideal para que la insolencia tecnocrática y burguesa imperante triunfe e imponga la ley: "Sólo el Estado, la Academia y las corporaciones podemos reproducir peces. Campesinos de mierda: mejor ni lo intenten". Pues en ese mismo escenario han irrumpido de pronto estos locos, que ya antes le cerraron el hocico a los "sabios" haciendo otras cosas que según éstos era imposible, y han logrado el prodigio de la fecundación sin necesidad de la hormona para millonarios.

¿Qué sustancia emplearon estos compañeros en sustitución de la hormona de hipófisis de pescado? Aquí es cuando uno decide entonces copiar la conducta y la actitud con que nos han tratado a los pelabolas los "sabios" de corbata, los que se sienten dueños de un conocimiento que debería ser patrimonio de la humanidad, a lo largo de siglos y siglos de dominación, y les respondemos igual que ellos a nosotros: si me lo mamáis en cruz te lo digo. Ya el Ministerio de Agricultura y Tierras está en contacto con la Escuela Popular de Piscicultura para hablar de esta historia, en la que todos los países (incluido el nuestro) y pueblos han sido sistemáticamente estafados por laboratorios y transnacionales de la producción de alimentos.

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Yo vivo en un país donde ocurre este tipo de prodigios, pero nosotros, los comunicadores al servicio de una Revolución, no lograremos que esta noticia, la más importante del año en el área de la Ciencia y la Tecnología, en Venezuela y tal vez en Latinoamérica, capte la atención de las mayorías (unas mayorías desesperadas porque creen que si no le venden carne ni pollo entonces ya no se puede acceder a la proteína animal). El titular de la noticia dice así: "Campesinos jediondos lograron, con unas poncheras y frascos de mayonesa, una hazaña que los científicos del mundo creen o nos han hecho creer que sólo se logra en laboratorios antisépticos, con guantes de látex y tubos de ensayo". Pero nadie le parará bolas a este notición, a este tubazo, por mucho que nos esforcemos en venderlo como la proeza científica que es. Lo bueno es que, con propaganda o sin ella, la ciencia en manos del pueblo sigue pateando a la ciencia en manos de burgueses.

Yo vivo en el país de José Rondón, hermano del páramo merideño que a pocos meses de cumplir los 100 años sigue haciendo planes para el futuro y enseñando a jóvenes de cualquier edad a hacer casas con cualquier tipo de materiales (madera, botellas, trapos viejos, calcreto, piedra, arcilla). Pero sólo a jóvenes de la mente: abstenerse ancianos güevones de 25 años que creen que al país lo salvarán los empresarios.

Yo vivo en el país del pueblo Añú, una gente casi extinguida como cultura que habita allá arriba, en las islas donde el Lago de Maracaibo taponea al Golfo de Venezuela, y que está decidida a recuperar su idioma después de tres generaciones de renegar de ella; pueblo pesquero que vive de vender camarones y de sobrevivir a un monstruo cementero que le clavaron en plena Isla de Toas.

Yo vivo en el país de las hermanas Alejandra y Mayra, unas indígenas mezcladas de los pueblos jibi y curripaco que hicieron otro experimento formidable y productivo, en unas sabanas presuntamente estériles de Amazonas: hicieron un tanque de peces sobre el cual pusieron una plataforma para criar patos; el alimento y las excretas de los patos alimentan o fertilizan el agua para los peces, y esta agua a su vez sirve para regar un conuco de verduras y frutales que sirve para darles alimentos a los patos y a los peces (y a la gente, por supuesto).

Yo vivo en el mismo país donde vive El Maracucho, un muchacho jodedorcito que estudió hasta hace poco en el IALA (Instituto Agroecológico Latinoamericano Paulo Freire, aquí en Barinas) y a quien, por pura intuición y por sus cojones, le dio por ponerse a fabricar y perfeccionar una bomba de ariete (un artificio que bombea agua a varios metros de altura sin necesidad de energía eléctrica o combustible) pero utilizando botellas plástica de refresco, de esas que uno bota porque cree o lo enseñaron a creer que esas botellas no sirven para nada después que uno se jarta el veneno marca cocacola.

Yo vivo en un país donde la comida es gratis: pase por los llanos en tiempo de ribazón (diciembre a febrero, más o menos) y llévese o cómase allá mismo todo el pescado que quiera, con sólo meterse en esos ríos estremecidos armado de un saco, una red o un tobo, antes que vengan los coñoemadres caveros (bachaqueros con cava) a hacerlo por usted y a venderle en 600 bolos el kilo esos mismos peces que la naturaleza regala.

Yo vivo en un país que me permitió agarrar una casa rural, de esas que hicieron los adecos en nuestros campos, caerle a mandarria, construirle al lado un rancho parecido a mí en muchas cosas (está hecho de objetos desechados pero con historia), renovar las amistades a punta de dialogar con esos montañeses fabulosos y enchinchorrarme allí a observar las aves.

Sí, cómo no, yo vivo en un país de pinga. Pero ese no es El País. Esa gente querida construye, inventa y diseña un país para el futuro, pero si cometo el error de aislarme en ese pedazo del futuro (hecho de tanta historia y cultura pasada) estaré dándole la espalda al otro país, al de la coñaza y la destrucción; ese otro país donde habrá que caerse a plomo y a cabilla para destruir lo que nos dejaron los ricos dueños de Venezuela.

Porque yo también vivo en un país de muchachos que en vez de estar honrando su herencia campesina andan imitando el habla, los vicios y la inercia de unas ciudades en decadencia. En estos días vino un joven andino a querer malandrearme en la entrada de Pueblo Llano para que le diera plata, y el patadón por el culo que le di a ese pobre muchacho le va a doler para sentarse más o menos hasta que tenga 60 años, si es que llega a esa edad.

La frase que me quedó roncando en el cerebro mientras bajaba es fea, egoísta, perversa y coñoemadrita, pero me hizo bajar también de mi fascinación por la paz de mi montaña, y aclarar (aclararme) las cosas: "Yo viví 30 años en barrios caraqueños; no va a venir esta caricatura de malandro a querer marearme con discursos". Con discursos que no nacieron en el páramo sino en la cochina urbe industrial capitalista: ese muchacho no es expresión de su hermoso pueblo sino de la ciudad que los medios le siguen vendiendo como opción a esta juventud indigestada por tanta información sin masticar.

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Mientras está en construcción el país bonito, el de la convivencia, la conciencia y las hechuras duraderas del pueblo, el otro hay que salir a reventarlo en las putas calles de las putas ciudades descompuestas. 

No me queda otra: vivo en un país de gente amable y laboriosa, y también en uno de gente violenta, "viva" y coñoemadre que considera derecho humano a su parasitismo. Las batallas de la construcción me quedan en el llano, en la costa, en la selva y en este piedemonte fenomenal donde gobiernan los pájaros, los ríos y las mapanares, pero las batallas de la destrucción del otro país, el país de mierda, las batallas fundamentales de este tiempo, me quedan en Caracas. Así que en Caracas nos seguiremos viendo, fatal e inevitablemente.

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miércoles, 24 de junio de 2015

El Negro Primero, los poderes marginales y la crisis del "experto"


Un experto es alguien a quien la universidad, la empresa privada o la anuencia de la burguesía le otorgan autorización y licencia para pontificar en determinada área del saber, sin que en la realidad haya hecho o demostrado saber hacer gran cosa al respecto. Los momentos de crisis social son buenos para que, en lugar de estos charlatanes de corbata y diploma, florezca el poder creador del pueblo, que al final es el único que se salva a sí mismo de las dificultades y tragedias.

El momento histórico venezolano anda hirviendo de ejemplos y casos de cómo la creatividad de la gente simple tiende a desplazar toda esa estructura de la sociedad llamada "formal", a la hora de las definiciones y construcciones más importantes. Perversos en algunos casos (el bachaqueo de dimensiones individuales o familiares, las elaboradas formas de estafar que perjudican a los más pobres e indefensos), más o menos inofensivos en otros y francamente gloriosos en la mejor de las situaciones, eso que Aquiles llamó los poderes creadores del pueblo andan sacando a flote las artes de la supervivencia en la actual guerra a gran escala.

Estamos en un punto de la historia idéntico al sabotaje de diciembre 2002-enero 2003, y tal como en ese momento estamos presenciando el resurgir de nuestro talento innato, que suele quedarse adormecido o atrofiado por grandes períodos cuando la abundancia y la aparente calma nos hacen bajar la guardia. Esos períodos en los que pocos se atreven o se sienten empujados a hacer una mesa porque hay con qué comprarla hecha, o se propaga la ilusoria sensación de que el mercado puede resolverlo todo, sin que en realidad las mayorías puedan comprar lo que sobreabunda en los abastois. Pregúntenles a los colombianos pobres qué tan bien les está yendo con esos anaqueles full de comida y productos.

Por cierto que el pueblo colombiano es un ejemplo formidable de cómo la necesidad y la miseria en medio de la prosperidad de su clase empresarial (que es la misma clase política) lo ha convertido en un creador-inventor-productor de manufacturas de alta calidad. El colombiano de a pie es un trabajador incansable y creativo a quien la industria de muchos países ha esclavizado y explotado a mansalva (eso le pasa al que acepta trabajar mucho por poco dinero, o a veces por un plato de comida y la seguridad de no ser deportado), y a quien la industria de su propio país utiliza en una tarea degradante: los colombianos deberían ser reconocidos mundialmente como los insignes creadores que son, y no como productores en serie de imitaciones y falsificaciones, que para eso es que los usan los esclavistas en el poder.

En la Venezuela de grandes masas inmovilizadas en su creatividad por la engañosa comodidad que daba el petróleo se está regenerando lentamente esa capacidad industriosa e inventiva, que en realidad nunca desapareció, pero que había sido relegada a pequeños espacios y a individualidades locales.

Cuento ilustrativo y más o menos personal. Existe en el país un problema evidente con el suministro de piezas y repuestos automotrices, producto de la misma dinámica de estrangulamiento político que está desviando los alimentos a manos de especuladores y contrabandistas. Hace unos meses, al carro en el que me desplazo (epa: no es mío, debo entregarlo cuando me lo pidan) se le averió un misterioso engranaje que mueve la bomba de aceite pero no pertenece a la bomba de aceite, y es movido por la leva, pero tampoco pertenece a la leva. El mecánico me entregó el perolito y con el mismo en la mano anduve recorriendo ventas de repuestos por siete ciudades, y nadie supo darme repuesta ni siquiera de cómo se llamaba.

Llegamos al momento de las nuevas tecnologías aplicadas al comercio: cuando usted va a comprar algo en una venta de repuestos de esas limpias y pulcras, atendidas por "expertos" que saben mucho de una cosa si tienen una computadora a la mano, debe decirle al vendedor al menos cómo se llama lo que va a comprar, porque la información de lo que hay en los inventarios se encuentra en una base de datos y no en la memoria del vendedor. El depósito está en un lado y la taquilla de atención en otro; dígale a quien despacha si lo puede ayudar a conseguir tal cosa y lo verá bostezando o diciéndole de una que no. Porque él, al igual que la computadora, está programado sólo para recordar lo que está catalogado y en orden. Llega entonces el momento de acudir a otro tipo de negocios y a otro tipo de saber: hay que ir al margen, allí donde está el creador y hacedor marginal.

Llego a una de esas tiendas llenas de grasa al igual que el almacén, el vendedor y el lugar donde reparan el carro, y te atiende un señor que al sifrino promedio le parecerá muy grosero. Agarra la pieza, le da vueltas y me dice: "Esta bicha se parece a la rueda que está debajo del distribuidor". Pero este carro es de un modelo que no trae distribuidor. Va y le pregunta a otro, intercambia con él dos palabras; pega un grito desde allá: "Epa, ¿esto es de una camioneta china, de esas Chery? Bueno, anda a una venta de repuestos Hylux, porque ese motor es el mismo y usa los mismos repuestos. Ni se te ocurra decir la marca de la camioneta, dile que es para una Hylux año 98". Eso ya es algo; el marginal al menos se tomó la molestia de pensar un momento y decirme algo que yo no sabía.

Me saltaré dos o tres diligencias más que hice en el mundo formal, donde gobierna el "experto" en carros que nunca ha desarmado un carro ni lo ha visto por dentro, y llegaré al momento en que fui a donde un tornero. El maldito engranaje inexistente es una pieza compleja, de precisión milimétrica, que debe soportar altas temperatura y presión. Todo el mundo me decía que si iba a un tornero iba a salir estafado o con una pieza defectuosa en las manos, que el carro no iba a poder rodar más que unos pocos kilómetros, o que tal vez me iba a destruir otras partes del motor. Pero ya la camioneta tenía dos meses paralizada y decidí acudir a esta medida extrema.

El hombre tenía una cola de gente que también había mandado a hacer repuestos automotrices de esos que "no hay" en las ventas formales. Miró el engranaje por diez segundos y me dijo que sí, cómo no, que él lo podía hacer. Pero que, en vista del gentío que esperaba, la cosa iba a tardar. Le pregunté cuánto; me dijo que 4 días. Me advirtió además que iba a trabajar con hierro colado, porque nadie o poca gente aquí trabaja con aleaciones de acero con otros metales, y que por lo tanto la pieza iba a tener una vida útil limitada. ¿De cuánto es esa vida útil? Tal vez unos 50 mil kilómetros. Era eso o ver la camioneta perderse en un estacionamiento o chivera. 

Existe un país de "expertos", un país que gradúa a cientos de ingenieros todos los años, unos ingenieros inútiles que no son capaces de diseñar una maldita parte automotriz tal vez porque no se sienten capaces (lo que dicen es que este país no les va a pagar los millones que su talento y su dedicación al estudio merecen), y otro país de creadores marginales, señores criminalizados por la propaganda y los miedos burgueses, que han divulgado que son ladrones y piratas; un país de gente que no estudió con libros sino con el hierro en las manos. Uno de estos señores marginales y satanizados puso a rodar el carro que los "expertos" desahuciaron, y por ahí anda comiendo kilómetros de carreteras. Este momento no es el de la crisis del pueblo sino el de la crisis de los expertos.

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En esta hora en que el marginal resurge y resuelve está activado hace rato el país del ser humano que ha construido toda la infraestructura vial, las casas y los edificios, pero es despreciado por el sifrino de apartamento (un apartamento hecho por obreros) porque no tiene un título universitario de arquitecto ni de ingeniero; el país del tecnólogo popular a quien las cúpulas de científicos menosprecian porque nunca ha visto un pulcro laboratorio pero anda reproduciendo peces comestibles en charcos y poncheras; el pueblo comunicador que no estudió periodismo pero anda difundiendo noticias e historias; el país del campesino custodio y reproductor de semillas de quien los tecnócratas se burlan porque no ha entendido la lógica de las grandes plantaciones; el país que entendió que es mentira que hay que ser doctor para poder legislar, hacer política y resolver problemas en dinámicas asamblearias.

Ese pueblo y ese país entra en estos días al Panteón Nacional, hasta ahora depósito de burgueses, aristócratas y engreídos gobernantes comemierdas: el Negro Primero es la encarnación del país marginal y adolorido que les está invadiendo los palacios y templos a quienes se sintieron por siglos los dueños de Venezuela.

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martes, 16 de junio de 2015

El (natural) terror a la naturaleza

Final del "caso acetaminofén": como no pudieron crucificar a la muchacha que les reveló algo que no sabían (hay una planta a la que llaman acetminofén) entonces hay que lapidarla porque, según la inmensa sabiduría de la "clase pensante", esa mata es mala y venenosa (http://www.portalntn24tv.info/noticia/advierten-que-las-maticas-de-acetaminofen-que-propuso-sembrar-candidata-chavista-podria-causar-la-55271 ).

Claro que basta con sentarlos recordándoles que todo en exceso es o puede ser nocivo, pero aquí no aplican la lógica ni la sensatez. Recordar: todo cuanto diga un chavista será criminalizado por el antichavismo. O casi todo; parece que hay chavistas soportables para el fascista promedio. Permítanme dejar para el final, para la post-data, un comentario u observación al respecto.

Que la conclusión del raro y muy gracioso debate sobre el acetaminofén haya llegado por allí, por la demonización casi unánime de la mata, no es algo que haya cobrado forma en esta discusión en particular. Hasta la pobre muchacha que hizo estallar la polémica, Rona del Valle Gómez, retrocedió uno o dos pasos en su propuesta: luego de su hermosísimo gesto, consistente en recomendarle al país que acudiera a una planta que sus viejos y la gente de su pueblo natal (El Socorro) suele consumir para curarse (y vaya usted a saber a cuántos miles de personas ha aliviado) se vio intimidada ante los ridículos pero tormentosos testimonios en contra y terminó dudando de las virtudes de la mata, sólo porque una parranda de güevones disfrazados de doctores se burlaron de ella desde las universidades y las ciudades, donde, como ustedes saben, sí proliferan los sabios en cuestiones de plantas http://www.el-nacional.com/politica/defiende-precandidata-PSUV-sembrar-acetaminofen_0_643735833.html

Decíamos arriba que ese tipo de actitudes tiene un origen muy anterior a esta discusión en particular. Comencemos por el desenlace: la planta llamada acetaminofén, atamel, ibuprofeno, bayer o boldo paraguayo ha sido catalogada como tóxica por una sola razón y es que no ha enriquecido ni empobrecido a nadie. Cuando una farmacéutica cualquier comience a procesar masivamente esta planta y a venderla en forma de cápsula o jarabe con toda seguridad volverá a ser "buena", nadie le tendrá miedo, muchos la comprarán y hablarán de sus virtudes, porque habrá sido tocada por la mano mágica del mercado, que todo lo purifica.

Ejemplo práctico. Muchas ramas maravillosas y comestibles que pueblan las jardineras, aceras, islas y patios de Caracas y otras ciudades han sido reducidas también a la condición de bichos peligrosos sólo porque nadie se ha dedicado a venderlas (y nadie las compraría porque están en todas partes). Agarre usted cualquier trébol que encuentre a su paso (hay tres tipos que sobreabundan en Caracas; usted debe haberlos visto) y cómaselo, con todo y tallo; deguste ese sabor caribe, explosivo, sensual, acidito, y compárelo con las tristes lechugas que le obligan a comprar en el mercado, que no saben a la milésima parte de un coño de nada pero vienen empaquetadas y se ven chéveres, y reflexione acerca de qué ingrediente quedaría mejor en su ensalada, sánduche o arepa.

Ahora vaya a donde uno de esos sabios de la botánica entregada al mercado y pregúntele por qué no recomendar el consumo masivo de esa noble y hasta bonita planta que son los tréboles. Seguramente el sabio le responderá: "No, esa planta no es comestible, porque tiene ácido oxálico". Replíquele usted a ese maldito farsante de universidad por qué recontra mother fucker entonces no hace una campaña en contra del tomate, uno de los alimentos con más ácido oxálido en la naturaleza. La respuesta no se la dará él sino una simple visita a los expendios: ¿usted cree que el sistema de estafadores y estafados que somos sacaría de las estanterías este veneno, que tan caro se compra y se vende? ¿Usted sabe cuántos millones de toneladas de fertilizantes químicos e insecticidas se venden al año para mantener las siembras de tomate? ¿Usted cree que sólo porque el tomate envenene lentamente a las personas va a haber alguien dispuesto a declararle la guerra? Tas loco: que se joda la gente, las ganancias son más importantes.

Otra buena cantidad de plantas contienen sustancias que pueden crear cianuro en el cuerpo y por lo tanto son potencialmente mortales si no se manipulan correctamente. Pregunte por ahí por la yuca. Ahora pregunte cómo y por qué los pueblos kariña, que no fueron a la universidad, inventaron a partir de la yuca hace siglos algo llamado casabe. Y ahora pregunte por qué si la toxicidad de algunas plantas se elimina con tan sólo aplicarle calor existen tantas leguminosas (docenas de tapiramas y frijoles) satanizadas por el mercado, mietras que otras se han impuesto y vendido exitosamente como platos "emblemáticos de la mesa del venezolano", como las caraotas.

Recordar: lo que es gratis y usted puede tener en la jardinera de su casa es malo; lo que se compra y se vende es de pinga, civilizado, chic, guao, o sea. 

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La pobre planta llamada acetaminofén, y millones más, han sido víctimas de un fantasma que comenzó por recorrer la Europa del siglo 19 y que alcanzó dimensiones planetarias aplastantes en el siglo 20; la Revolución Industrial y la creación de megalópolis fueron los puntos de partida de un muy difundido espanto a la naturaleza, de la cual esas ciudades gigantes son la negación.

Cuando el capitalismo y las burguesías nacionales comenzaron a secuestrar masivamente la mano de obra desde el campo hacia las ciudades la propaganda de los secuestradores convenció a millones de personas de que eran los pioneros de un nuevo, avanzado, más limpio, más decente y por lo tanto superior tipo de ciudadanía: un tipo de gente que debía renegar de la condición rural y campesina. Gente que debía dejarle la tarea de sembrar a otra gente rezagada, primitiva y deleznable que se quedó allá en el monte (y culebra). Usted se va a la ciudad y se lleva el impulso y la recomendación de que en ese lugar debe esforzarse para convertirse en gente, en alguien en la vida, y para eso tiene que olvidarse de andar manoseando plantas (para eso las venden en forma de pastillas). Esto, en lo que se refierea las clases medias y pudientes; a los obreros se les confina en lugares "que ellos mismos se buscaron" por no quemarse las pestañas para ser abogados o a médicos.

En la ciudad a usted se le informa en los libros de primaria que el ser humano pertenece a algo llamado "el reino animal". Pero en la propaganda cotidiana, en el bombardeo mediático y en el discurso a flor de labios que nos pone en la cúspide de la pirámide del planeta a causa de nuestro "proceso civilizatorio" (o gracias a Dios, dicen otros) afloran el odio y la fobia al resto de los animales. La mayoría de los insultos en nuestro idioma se refieren a cualidades presuntamente no humanas: burro, cochino, rata, perro, perra, zorra, gusano, víbora, mono, gallina. A alguien extremadamente torpe o ignorante se le suele llamar animal, y al criminal violento se le dice bestia.

En la ciudad a usted se le informa que para que le huela bien la boca debe cepillarse con una cosa llamada pasta dental y que casi siempre sabe a menta; al cabo de unos años usted y su descendencia se burlarán del ignorante de mierda que venga a decirles que la menta es una matica que usted puede tener en una maceta, y no un invento de la Colgate.

En la ciudad a usted se le informa que para que su casa burguesa no huela a gallina ni a pisadas de campesino debe limpiar el piso con una sustancia desinfectante que casi siempre huele a lavanda. Búrlese, escupa, cachetee, métale una patada por el culo al asqueroso campesino iletrado, al repugnante gocho, indio o llanero vulgar y prehistórico que venga a decirle que la lavanda no es una sustancia química inventada por los creadores de Mistolín sino otra planta que usted puede sembrar en cualquier pedazo de tierra o en cualquier pote o envase.

En la ciudad a usted se le informa que su dieta estará incompleta y mal proporcionada si no incluye carne de vaca o de un engendro mutante, a reventar de hormonas, remotamente parecido al pollo (y hasta lo llaman así: pollo). Ríase, considere ridículo, desprecie: cáguese en el bobo sabanetero que venga a decirle que en lugar de depender de esas fuentes perversas de proteínas tenga en el patio o el techo de su casa un gallinero vertical o un tanque con cachamas.

No olvide que usted se fue a la ciudad a ser un señor intelectual o profesional, no un conuquero mierdero que anda por la vida con las uñas llenas de tierra. Pero eso sí: asuma gallardamente su condición de profesional o de intelectual cuando venga la industria a venderle un kilo de carne a mil bolívares o cuando desaparezca la pasta dental para su pulcra boca y la cosa esa que hace que el piso de su casa huela sabroso. La elegancia y el confort tienen un precio. Digo, porque esa ciudad que el capitalismo industrial hizo a la medida de sus gustos exigentes y refinados es bastante confortable, ¿o no?

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Post data. Decía por allá arriba que parece haber chavistas soportables para el fascista promedio, y son aquellos propensos a defender el mercado aunque digan combatirlo. Uno puede entender que haya antichavistas dispuestos a enfrentarnos en todo, a no otorgarnos la razón en nada. Es normal: para algo se es "anti" lo que sea. Así que estas líneas, escritas quizá en un tono no conciliador sino confrontacional (y esto es probablemente un error de método: dicen que al interlocutor hay que endulzarlo y adularlo antes de proponerle una sana conversa, pero yo no sé mucho de eso) están dirigidas sobre todo a los compañeros que, por chavistas, supone uno que captaron del comandante la invitación a construir un planeta distinto, una forma de sociedad que nos salve como especie.

Este artículo está dirigido entonces a los compañeros que, siendo chavistas, discrepan o se burlan abiertamente de todo cuanto sugiera o proponga acercarnos (devolvernos) a la tierra y al trabajo manual, para nosotros y no para un explotador, como una forma de enfrentar algunas llagas del capitalismo. A esos que, a falta de un rótulo más desagradable que estamparnos, no se cansan de llamarnos "conuqueros", con lo cual queda claro, no nuestra inferioridad sino su insólito desprecio clasista y seguramente racista a la gente del campo.

A ellos. Porque lo que es a los otros, hace rato que los perdimos.

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