sábado 10 de marzo de 2012

La Piedrita, la guerra mediática y la otra

  • Esta es la "lógica" que maneja el periodismo de cloaca hecho en las corporaciones de la información: "al colectivo La Piedrita le asesinaron a dos militantes. Por lo tanto hay que meter presos a los militantes de La Piedrita". Por su parte, mientras el enemigo hacía desastres con la información de los asesinatos en el 23 de Enero, el canal del Estado se dedicaba a reseñar una marcha en la Francisco de Miranda. En una guerra de mierda tenía que proliferar un periodismo de mierda, inservible unas veces, mentiroso y deformador las otras.


La dirigencia antichavista padece de un mal muy difícil de superar. Es una angustia, un plomo en el ala, una falla de origen, un defecto de fábrica: sabe que la democracia reside en el pueblo (en nosotros, los pobres explotados e hijos de pobres explotados) pero está imposibilitada para llegarle al pueblo, para comunicarse de manera eficiente con nosotros. Esa imposbilidad ha hecho que, durante muchos años, en lugar de hacer política se haya dedicado a hacer televisión. Es más cómodo discursear desde un estudio de televisión que hacer un transplante de clase y animarse a vivir en un barrio para poder hablar desde el barrio y no desde la chismografía y los prejuicios clasistas. Sifrino es sifrino y su apellido es mierda. Y si aparte de eso se dedica a hablar de los barrios pobres como si supieran qué significa eso, ya ustedes se imaginarán el tamaño de la aberración.

Esta es su "lógica" y su praxis. Esta madrugada ocurrió una tragedia en el 23 de Enero. Dos muchachos del sector La Piedrita fueron asesinados más arriba, hacia El Observatorio. Quienes hemos vivido en el 23 de Enero sabemos que en La Piedrita la comunidad ha logrado disminuir el crimen violento a cero. El crimen fuie cometido en otro sector. Como ningún dirigente antichavista puede saber eso, porque está física y sicológicamente imposibilitado para conocera esa parroquia desde sus resortes más profundos y en sus manifestaciones más visibles, porque el pueblo profundo los detesta a todos, entonces se inventa una historia ayudado por algún idiota del barrio que todavía se deja embelesar por la sifrinería perfumada que quiere ocupar cargos en las alcaldías de Caracas; acude a una empresa televisiva y desde ahí da la "primicia nacional": al colectivo La Piedrita el hampa o el narcotráfico le asesinó a dos militantes y por lo tanto hay que meter presos a los militantes de La Piedrita.

Por ahí anda el Ecarri, difundiendo una foto suya escoltado por cuatro comemierdas (porque hay mucho comemierda en los barrios dispuesto a entregarle la vida, los esfuerzos y el culo a los ricos) haciéndole creer a la gente que él sí sabe lo que pasó esta madrugada. Entonces hay que creerle a él, un sifrino mediopendejo que hasta hace un año no había pisado un sector pobre en Caracas ni en ninguna parte del mundo. Sifrino es sifrino y su apellido es mierda.
El panorama de la manipulación lo completa otro imbécil de apellido Torrealba, a quien le pagan en dólares un show llamado "Radar de los barrios", espacio destinado a convencer a una legión de estúpidos de cierta fantasía que da más risa que arrechera: según el tal radar toda la gente de los barrios es antichavista, y el que se atreva a decir algo a favor de Chávez en esos cerros es porque le pagaron y hay que lincharlo, primero mediáticamente; y después, ya veremos.
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La contralectura de todo este montaje infecto es la que nos envía el chavismo oficial y también da asco. Mientras Globovisión se daba banquete inventando, hurgando, teniendo orgasmos con la historia de unos pobres que mataron otros pobres, e insinuando que a las víctimas de esa masacre hay que meterlas presas (eso es lo que andan proponiendo Globovisión y todo el sistemita de mercachifles de la "información"), del lado de acá la contralectura era: la noticia más importante de Caracas es la marcha chavista que recorre la avenida Francisco de Miranda rumbo a Petare.

En un momento del mediodía el jefe, comisario o dueño del CICPC dio una rueda de prensa para informar lo que se supone que los investigadores saben mejor que mucha gente, que se informa por twitter, por radio o televisión, e increíblemente ahí TAMBIÉN Globovisión le robó el show a VTV y al sistema de medios públicos, pues ahí estaban sus sirvientes (por ahí los llaman "periodistas") bombardeando al comisario con preguntas pertinentes y de las otras. De los medios del Estado, que se sepa, no había ninguno cubriendo la rueda de prensa. Así que lo que publiquen o hayan publicado los medios públicos esta tarde sobre los eventos de La Piedrita, lo vieron por Globovisión.

Sí, es una verdad infecta, asquerosa, dolorosa y coñoemadre, pero es la verdad, y alguien tiene que decir una maldita verdad en este puto país una vez en la vida, así nos duela o nos arreche.
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En lo personal, manejo dos fuentes de información sobre lo ocurrido en La Piedrita. Una es el testimonio directo de Nelson Santana, militante de ese colectivo. Este compa me informa que los jóvenes Oscar Navas y Raymond Bustamante, militantes también, estaban en la parte alta, hacia El Mirador, y fueron emboscados por elementos del hampa común o el paramilitarismo (amenazas permanentes en las zonas donde no hay colectivos organizados) y asesinados a balazos. La Piedrita ha realizado las averiguaciones mínimas necesarias para dar con los asesinos, y en ese interin ha habido violencia y "ataques conra la propiedad": unas motos y unos carros incendiados en el 23 de Enero.
Santana informa que no ha sido el colectivo La Piedrita el que ha perpetrado esos destrozos. Las veces que La Piedrita ha cometido algún acto violento o que la sociedad califica como criminal, sus voceros lo han dicho por el medio del cañón y sin que quede lugar a dudas: los ataques a Globovisión, una cámara arrebatada a esta empresa criminal que se hace pasar por informativa, unas bombas lacrimógenas aquí, unas fotografías de muchachos armados acá. Cada vez que La Piedrita hace algo, La Piedrita lo informa. A veces esa comunidad y esa organización comete errores, algunos más graves y otros más ingenuos, pero ahí está esa gente inventando un país en los hechos mientras otros sólo lo inventan en el discurso y la habladera de paja. Así que yo no tengo ninguna razón para creerle más a Globovisión, al radar de mierda o al mamagüevo de Ecarri que a La Piedrita.
La otra fuente que tengo, y que me merece confianza porque se trata de gente que vive ahí (a ellos no les cuentan las vainas el amigo de un vecino del primo de la mujer de un pana: ellos VIVEN AHÍ) es la gente de el23.net, y este es el reporte que han hecho de los sucesos de hoy:


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Respecto a Chávez, ya antes fijé posición sobre una de sus frases favoritas respecto a Valentín Santana y la comunidad. Chávez dice, cada vez que Santana lo hace arrechar, que La Piedrita está infiltrada por la CIA. Si Chávez viviera en el 23 de Enero (y si no estuviera rodeado de sifrinos tan sifrinos como el Ecarri) sabría que eso no es verdad, que ahí lo que hay es trabajo comunitario y entronización y armonía con el tejido social de esa comunidad. De otra manera no hubiera ocurrido lo que ocurrió hace un mes: los cuerpos policiales fueron a ver si capturaban al "criminal" Valentín Santana y se encontraron con una comunidad de pie rechazando allanamientos y abusos.
La gente derrotando al Estado: cuando estemos más maduros como sociedad; cuando el pueblo comience a escribir su propia historia y se remonte a los orígenes e hitos de la sociedad comunal, acudirá a la historia de La Piedrita y se encontrará con que por allá, en los albores del siglo XXI, había una comunidad que ante la quiebra del Estado burgués decidió experimentar con otras estructuras organizativas, ganó algunas batallaso demás es fábula inventada por estúpidos mercenarios al servicio de los ricos, disfrazados de "profesionales de la comunicación" de clase media.

jueves 1 de marzo de 2012

Febreristas y ardorosos

Sí, este artículo debí escribirlo y publicarlo al comenzar febrero y no cuando ya se fue. Pero aquí hablaremos de la muerte, y lanzar epitafios al vuelo a veces es pertinente.
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Todas las sociedades y culturas del mundo industrializado muestran con orgullo sus heridas y sufrimientos. En el lenguaje de la locura civilizatoria, invocar una historia heroica significa recordar que se ha tenido una historia dolorosa. Tal cual los hombres envejecidos o en proceso de envejecer, los países, pueblos y naciones le otorgan al sufrimiento el carácter de maestro terrible y por eso las cicatrices se muestran con orgullo. Civilización: el duro y largo camino desde el salvajismo hacia la paz, con escala indefinida en la barbarie.
He dicho “los hombres” porque no es femenina la exhibición de heridas y deformidades, y ya no hay enigma o misterio alguno en el hecho de concluir que la machista historia de la humanidad guarda relación directa con los golpes propinados y recibidos: a carajazos se ha construido y destruido la raza humana, la muerte se llora y se celebra porque de eso está hecha la Gloria y construirla ha sido tarea de varones, jefes y esclavos que en su guerra secular han levantado obras monumentales y descendido a abismos espantosos.
Los golpes y accidentes forjan el carácter, son el alimento de la templanza. Los tiempos de paz son el presunto premio al final de la apoteosis guerrera, pero ningún conglomerado humano se enorgullece de su vocación pacífica (a pesar de la propaganda cristiana y las muchas adulancias a un Ghandi) sino de su capacidad para guerrear, de sus verídicas o más o menos exageradas epopeyas.
El pueblo de Venezuela, como cualquier otro, tiene atrás (y adelante) un notable tránsito por esos duros derroteros del dolor. Como cualquier otro (hay que insistir en esto), rinde culto a héroes cuyo renombre está asociado al mucho matar y al terrible morir. Desde Guaicaipuro hasta los mártires de abril 2002, pasando por Bolívar, Ribas, Zamora y todo ese catálogo de nombres galvanizados en la conciencia colectiva de los venezolanos figuran en las narraciones básicas de nuestra formación ciudadana con alguna mención a la sangre y la destrucción. Es verdad que otros íconos genuinos o impuestos (Reverón, Carreño, los muchos músicos, artistas y figuras queridas) vienen a matizar ese colosal cementerio de descuartizados, pero nunca verá usted a nadie mencionado por encima de Bolívar, Páez y los otros; la memoria del quehacer y el fundar tiene el ancla clavada en la muerte y no en el disfrute o la contemplación.
Estas cosas me vienen a la memoria porque recién culmina febrero. Y febrero resume buena parte de lo que fuimos construyendo, de las veces que tuvimos esperanzas y de las veces en que fuimos masacrados. Febrero es la síntesis del relampagueante y ardoroso camino que ha sido forjar historia en Venezuela.

miércoles 29 de febrero de 2012

Reflexión precocida sobre las arepas de verdad y las arepas de embuste

En algún momento de la primera mitad del siglo 20 el capitalismo industrial no había entrado con toda su potencia en Venezuela y nuestro país podía jactarse de conservar algunos rasgos culinarios propios, por ejemplo la arepa pelá: esas arepas de verdad con maíz de vedad y hecha por unas mujeres tiernas (nuestras bisabuelas) que cortaban las mazorcas, las desgranaban, pilaban el maíz (primero con pilones de madera y luego con molinos manuales), hacían la masa, la amasaban, la ponían en el fogón.
Eran procesos caseros y artesanales y tenían carácter ritual, porque mientras estaba lista la arepa se conversaba, se tomaba café, la gente entraba en comunión. Eso era una arepa: más que un alimento, un objeto cultural en el que se invertía tiempo, esfuerzo y mucho cariño.
Hacia los años 40 se disparó el éxodo masivo hacia las grandes ciudades, donde a la gente se le ofrecían oportunidades dizque para trabajar. Pero "trabajar" ya no era lo que fue en algunas parcelas no latifundizadas del campo sino que pasaba por un trámite de mierda: cumplir un horario, marcarle tarjeta a un patrón. Como verás, ya no quedaba tiempo ni para sembrar y cosechar el maíz, y tampoco para desgranarlo, pilarlo y ponerla al budare; en la ciudad ya no hay tiempo para echar la conversa en el desayuno ni para tomarse el cafesito, porque si sales 5 minutos después de lo previsto te agarra la maldita cola y llegas tarde al trabajo.
En aquel contexto del comienzo de la locura metropolitana aparece un señor llamado Luis Caballero Mejías, quien inventa, descubre o sistematiza uin proceso industrial para producir harina de maíz precocida. A ese viejo de mierda, quien con su hallazgo se llevó en los cachos cientos de años de cultura y de ternura de abuelas (luego aparece la tostiarepa y ya de las abuelas no queda ni siquiera el olor a budare), se le recuerda con cariño como el "inventor" de lo que hoy conocemos como arepa: una mierda blanca-pálida que no sabe a nada a menos que le eches mil rellenos (de ahí el éxito de las areperas y sus combinaciones insólitas y "con bastante mantequilla"). Pues bien, ese tipo le hizo el gran favor al capitalismo emergente, la familia Mendoza le hizo el favor de comprarle al Caballero Mejías, en cinco centavos, la patente de su invento, se hizo millonaria vendiéndonos esa mierda de la que la gente hoy está orgullosa porque cree (de verdad cree, como Rossana y como millones de nosotros) que
ESA MIERDA que nos estamos comiendo a diario son arepas. Vacila el resto de la tragedia: en algún momento la población venezolana empezó a crecer exponencialmente y la familia Mendoza, dueña de la nueva "arepa", se encontró con un detallazo: ya no era posible cubrir la demanda a punta de granos de maíz. No había ni habrá granos suficientes para producir la cantidad industrial de harina que se necesita para cubrir la demanda de arepas express: arepas sin esfuerzo ni cariño.
Entonces algún sabio que no sé quién coño es dio con la solución: agregarle algunas cositas a los granos, para "rendirlos" (así como cuando usted le echa agua y azúcar blanca (otra aberración) al batido de lechosa y lo convierte en una vaina aguada que remotamente recuerda a la fruta original, pero no es la fruta original ni de vaina). Ese "algo" es la mazorca completa, con todo y tusa, y parte de la planta. Usted echa todo eso en un horno industrial a 1.300 grados de temperatura y al rato sale una harina blanca, muerta, inorgánica, insulsa: eso ya no es maíz, eso es casi cal o talco, más bien almidón; eso no tiene ni proteínas ni fibra ni nutrientes ni nada.
Dato aparte: cuando usted siembra hectáreas y hectáreas y hectáreas de un solo rubro, maíz en este caso, también está "sembrando" enjambres y enjambres de plagas, y a estas sólo puede combatírseles con veneno, químicos: la muerte y la enfermedad empaquetadas elegantemente. Así que la harina precocida mata y no alimenta pero cumple con una función (que no es una necesidad de la persona sino del capitalismo): le llena el estómago al trabajador con una pelota que se queda ahí dando vueltas un rato y le quita la sensación de hambre, pero no lo nutre, no lo alimenta, no le aorta nada a su cuerpo. Si usted pasa un mes comiendo arepas de esas terminará desnutrido aunque convertido en una pelota de harina convertida en grasa, triglicéridos y arterias tapadas.
Ese es el cuentico resumido. Los datos sobre cómo se produce la harina precocida son orales, de compas del Movimiento Campesino Jirajara que trabajan en esas procesadoras de material inerte y que han estudiado y discutido esos procesos. Ya hay algo escrito sobre la maniobra mediante la cual los Mendoza le robaron a Luis Caballero Mejías su invento. Y el cuento de las abuelas es algo que se deduce fácilmente de cómo el capitalismo acabó con la poquita estructura cultural que teníamos como país antes de la industrialización de TODO lo que consumimos. Ayúdenme a averiguar más datos, pues.

sábado 11 de febrero de 2012

Nuestra edad de oro

La más reciente película de Woody Allen, nombrada en español “Medianoche en París”, se pasea por una metáfora que quizá no ha sido debidamente escudriñada: la persistente tendencia humana a creer o sospechar que todo tiempo pasado fue mejor. La película se concentra en el ámbito de la literatura y las artes, y busca mostrar cómo la gente se deslumbra y emociona en presencia o ante la sola mención de vacas sagradas como Hemingway, Scott Fitzgerald, Picasso, Dalí, Buñuel. A esa conclusión había llegado un turista del tiempo que se movió desde el presente hacia los años 20 parisinos y allí conoció a esos y otros consagrados. Hasta que conoció a una personaja (digo, creo que así se dice ahora) que fornicó con todos ellos y se la llevó a hacer un tour que la muchacha quería hacer: viajar a la Belle epoque, al tiempo de esplendor del Moulin Rouge (finales del XIX y principios del XX), donde se topó con Gauguin y otros vergajos. Entonces la muchacha del siglo XX y el tipo del XXI producen la discusión central de la historia: él creía que la época más brillante de la humanidad era el siglo XX, donde la había encontrado a ella, y la joven decía que la época de oro era aquella otra, más atrás.
El sujeto, brillante y maduro aunque norteamericano y de clase media-alta, decide mandar todo a la mierda y acostumbrarse a la perra vida real: regresó a su época y se enamoró de la humilde francesa que le vendía libros baratos en un kiosco equis.
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El pueblo venezolano está viviendo su época de oro, y muchos no lo creemos o no nos damos cuenta porque tenemos el cerebro y las percepciones atiborradas de epopeyas independentistas, nombres fastuosos e intocables, deslumbramientos inculcados desde la escuela. Si usted dice que en El Socorro (Guárico) hay un viejo campesino que echa cuentos formidables que hacen palidecer a los bodrios escritos desde Caracas por un burgués llamado Rómulo Gallegos, capaz que viene cualquier intelectual (y más de un camarada) y lo condena al silencio, lo fusila moralmente: qué bolas tiene éste, venir a decir que hay un campesino jediondo que narra mejor que Gallegos. Los códigos que nos incrustaron en la escuela adeca en que estudiamos (a ver: TODOS los que estamos leyendo este artículo estudiamos en una escuela adeca, burguesa, formadora de esclavos o amos, capitalistas todos) han alcanzado categoría de tótem.
Quien se aplica a derribar un tótem por lo general sale aplastado por éste y sus defensores. Por eso la tarea de derribar dioses (mitos) y fantasmas tiene que ser colectiva, no de individuos aislados y segregados.
La buena noticia es que nuestro pueblo ha entrado, lenta pero sostenidamente, en una dinámica de derribamiento icoloclasta o desacralización de figurones y figurines que nos impusieron como sagrados.
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La mala noticia es que, paralelo a esa política ciudadana de transgresión, ha venido a cobrar fuerza en el seno de pretendidas vanguardias políticas o ideológicas cierto espíritu tenebroso que les exige a los demás una pureza y una perfección que nadie en este tiempo capitalista puede sostener a cabalidad. Hablar desde presuntas convicciones es fácil. “Presuntas convicciones”: las cosas que uno dice con el hocico en forma de discursos revolucionarios o libertarios, pero que para sus voceadores y voceros son difíciles e imposibles de sostener.
Ejemplo práctico. Hace poco hubo en las redes sociales una especie de debate sobre una práctica de este Gobierno de querer vender como logros de la Revolución algunos éxitos conseguidos en territorios que son del enemigo: un piloto en fórmula 1, un golfista, una miss, unos grandeligas, una carroza en el carnaval de Río de Janeiro. Cuando la miss en cuestión visitó Miraflores se desataron los demonios: Chávez, acusado de tener debilidades por emblemas de un mundo corrompido que queremos destruir y no fortalecer.
En ese debate participé con una reflexión más o menos en estos términos: Chávez ha cometido enormes equivocaciones últimamente. Chávez es contradictorio, comete errores, incurre en devaneos pequeñoburgueses insoportables. He presenciado todo eso y he tomado una decisión: yo sigo siendo chavista. Primero, porque para yo hacerle un juicio sumario a ese tipo tengo que demostrar que yo soy mejor o más revolucionario que él, y no lo soy: yo también cometo errores y la cago con frecuencia. Yo tomo cerveza Polar (la cerveza del enemigo), me gusta Shakira, ayer me jarté un perrocaliente, uso ropas hechas por esclavos y quiero comprarme un carro. Y segundo, porque las otras opciones son indignas: meterme a escuálido o ponerme a soñar con el revolucionario perfecto, el que nunca se equivoca y no habla con misses sino con revolucionarias impolutas (¿y dónde están esas bichas, por cierto?). Yo soy chavista. Chávez es un tipo como yo: se equivoca.
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Chávez no es igual, mejor o peor que ninguna figura histórica registrada bibliográficamente: sencillamente, a Chávez le tocó ser presidente de la época más esplendorosa del pueblo venezolano; si le exigimos perfección o lo “compramos” como es, es nuestra discusión, y ese discutir es una de las aristas de nuestro experimento. Es un sujeto como nosotros, bichos imperfectos y metidos en el trance de sacarnos del cuerpo este capitalismo, que casi siempre nos gana individualmente pero que a la larga perderá.

domingo 5 de febrero de 2012

El carnaval y las tánganas

Vienen los carnavales.
Como usted sabrá, si vive en Caracas o ha pasado aquí estas festividades, en el bulevar de Sabana Grande y otras zonas se han venido presentando unas coñazas colectivas espontáneas. Si nos hacemos los pendejos y nos quedamos en la superficie del fenómeno llegaremos fácilmente a la conclusión de que el origen de esas peleas está en la venta masiva de un producto llamado Tángana, una especie de esprai que dispara un chorro de plástico más o menos líquido, y que a los carajitos les encanta echárselo en la cara a la gente que va pasando.
Una de esas cándidas personas que creen que el origen de la violencia es el envase ese (y los papelillos y tal) es una Beatrice Sansó de Ramírez, jefa de Pdvsa-La Estancia y a quien parece que la han nombrado dueña del Bulevar de Sabana Grande.

Dice:

El viejo chiste: usted sorprende a su pareja fornicando con otro/a en el sofá, y para evitar que aquello se repita va y bota el sofá.

Las coñazas en cuestión son estas:


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Vienen a mi memoria y a mis ganas de escribir algo escrito en 2009 con el título de Currtura (clic aquí)

Retomo el hilo de lo dicho en ese entonces para desarrollarlo más abajo:
  • Seguimos creyendo que la cultura es algo que debe mostrarse en una tarima, en un anfiteatro, en un proscenio, y les negamos a ciertas manifestaciones de la cultura cimarrona, bravía y poderosa de nuestra gente, la condición misma de expresión genuina de una herencia social. En lo personal, yo llevo más de 20 años presenciando (y recordando el día infame en que debí caer en plan de víctima, pobre montuno recién llegado de Carora) la manifestación más ruda y vigorosa del carnaval caraqueño: La Piscina, esa práctica indolente en la cual los muchachos de ciertas zonas abren un hueco gigante en la tierra, lo llenan de orines, pintura, harina, huevo y en ocasiones hasta agua y otros líquidos innobles, esperan a que pase cerca de ahí alguien vestido para otra ocasión que no sea el bravo carnaval caraqueño y lo arrastran sin misericordia hacia la fulana piscina, donde su vestimenta y su dignidad quedan literalmente hechas mierda.
  • (Dije misericordia, y bien puesto está ahí: la misericordia es un sentimiento asociado a la lástima del que tiene por el que no tiene; el ser que da limosnas puede que sea un hijueputa pero es misericordioso, y misericordia es lo que exige el catolicismo a sus oficiantes).
  • El Estado jamás reconocerá ese tipo de manifestación popular como cultura. Quizá tenga que ver con que no hay forma de financiar ni de sacar provecho económico de ella. Cosa que sí es viable y factible con esperpentos ajenos a nosotros como pueblo tipo carrozas, reinas del carnaval, bailes, conciertos. Jamás verá usted una pancarta de Polar que anuncie: “Este sábado 8, gran bañada de pintura y guerra de bombas de agua contra los güevones que pasan”. No, siempre es más “culto” y susceptible de financiamiento coronar a una “reina” que lance caramelos y papelillos.
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Ideas clave:
  • El "carnaval" ese sabanagrandero de las batallas campales es una expresión popular de la cultura urbana caraqueña, pero como no es financiable ni administrable; como no es susceptible de ser burocratizado, es más fácil criminalizarlo. Es lo más genuino del carnaval de Caracas; mientras otras versiones (casi todas) consisten en disfrazarse, ocultarse y simular, este evento consiste en lo contrario, en algo más que salir con la cara descubierta: pocos momentos nos descubren tan desnudos como cuando echamos para afuera las furias y la violencia, porque estallar de arrechera es desenmascarar los adentros (esos que la moral y las convenciones nos obligan a disfrazar).
  • Caramelo: bomba de azúcar colores artificiales y sustancias tóxicas, que les gusta a los carajitos casi tanto como esa costumbre que desarrollarán después: el caerse a coñazos.
  • Reina de carnaval: muchacha a quien han convencido de que disfrazarse de reina o de princesa europea y montarse en una carroza europea a lanzar caramelos es chévere y muy venezolano.

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Eso que sucede en el bulevar de Sabana Grande cada carnaval tiene parangón en otras manifestaciones populares callejeras en otras partes del mundo. Algunas tienen carácter ritual asociado a lo místico, pero en la práctica no dejan de ser vulgares peleas a carajazos entre tipos que se creen más arrechos que los demás y tienen ganas de demostrarlo. Por ejemplo el electrizante Tinkú boliviano:



Sólo que allá lo han reconocido como tradición y las autoridades lo permiten hasta cierto punto de la sangría. Sangrar significa para los Aymara estimular a la Pachamama para que los imite y se desangre en hemorragias de agua y frutos. La ceremonia tiene además el dato del cuerpo a cuerpo, del uno contra uno (hombres o mujeres, pero uno/a contra uno/a); en Caracas la zaparapanda involucra a quien quiere y a quien se atraviese.
Eso que ocurre en el bulevar de Sabana Grande es lo que nos dejaron los europeos y angloamericanos después de llevarse todo lo que teníamos: se llevaron los minerales, se llevaron idiomas, se llevaron vidas humanas, se llevaron tradiciones, se llevaron culturas, se llevaron memoria, y lo único que nos quedó fue la rabia.
Eso que ocurre en el bulevar de Sabana Grande cada carnaval se llama rabia y violencia, y por supuesto que usted tiene el derecho y los buenos motivos para condenarlo, rechazarlo, denunciarlo. Para eso estamos los domesticados: para asustarnos cuando los cimarrones arman su maravillosa fiesta de piedras y cuchillos.
Eso que ocurre en Sabana Grande es de la misma naturaleza que aquel otro fenómeno que se lleva decenas de vidas humanas todas las semanas. Es una manifestación no apta para sifrinos, intelectuales, aburguesados de todo tipo. Es algo entronizado en la cultura bravía de nuestras sociedades a punto de estallar junto con el capitalismo del cual es víctima y producto monstruoso. Esas coñazas colectivas son una manifestación de lo más primitivo, lo primario, lo genuinamente animal que tenemos, exacerbado por una visión (también impuesta) de lo que significa hombría y lo que significa valentía: nos caemos a coñazos o participamos en enfrentamientos entre clanes porque para eso nos han entrenado a punta de películas, competencias deportivas, incitaciones a aplastar al adversario para salir victoriosos y exitosos.
No hay ganadores sin perdedores, y el capitalismo se sustenta anímicamente en el deseo de casi todos de ganar y derrotar al compañero. De allí la gigantesca tarea de imponer la solidaridad sobre el ansia de competir (que nos está costando y nos costará más de una bola).

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¿Y qué tienen de "bueno" o importante esas tánganas?
Querámoslo o no, la violenta juventud caraqueña tiene en este tipo de tradiciones no convencionales un importante desahogo. La violencia que se drena en esas tánganas sin árbitro ni administración es energía que no se invertirá en asesinatos. No hay nada más relajante para el individuo humano sometido a altísimas tensiones que echarse a correr, golpear paredes, practicar algún deporte, tener sexo con más furia que ternura o echarse tragos hasta el llanto y el ridículo. Prohíbale a alguien muy presionado y alterado que se desahogue y tendrá un asesino en potencia. Igual pasa con las sociedades: reprímalas y dígales que es mejor tocar violín que tambores, y prepárese para un sacudón.
Es feo ver a unos muchachos enardecidos carajeándose por nada, pero esa energía social que allí se libera puede usarse también para matar, y con casi toda seguridad eso no sucederá en el bulevar. Así que, ¿realmente es deseable que se acabe esa forma de violencia maravillosamente autogestionada en anarquía?

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Al igual que con la política del desarme (tema aparte, aunque relacionado) puede que usted logre quitarle la pistola a alguien y evitar que mate a otras personas. Pero la rabia, ese animal primitivo que es la violencia, está allí, y no se irá detrás de la pistola. Este carnaval, como en los anteriores, veremos mucha represión, muchos detenidos, muchos sancionados por el tema de las coñazas callejeras.
Pero la violencia está ahí. La violencia no viene en una lata de esprai.

sábado 21 de enero de 2012

El mago que les sacaba secretos a las palabras

Ha muerto Gustavo Díaz Solís, a los 91 años de edad. De la pluma de ese caballero obtuve una clave: existe la magia de escribir desde rincones inesperados del idioma castellano.
Esto me ha ocurrido no más de tres o cuatro veces en mi vida. Puedo contarlas: una, cuando, en algún momento de los 80, supe que García Márquez había tenido un "descubrimiento" parecido, al leer a Franz Kafka. Parece que al colombiano le rebullían ideas raras en la cabeza pero no sabía cómo narrarlas, o más bien no sabía si narrarlas porque no tenía clara la diferencia entre echar cualquier embuste y escribir un cuento o una novela. Entonces cayó en sus manos la novelita del atormentado alemán (perdón: checo. Gracias, Eduardo Febres), aquella que empieza así de fácil y así de cautivadora: Al despertar Gregorio Samsa una mañana, tras un sueño intranquilo, se encontró en su cama convertido en un monstruoso insecto. Cuenta García Márquez que al leer aquello pensó: "Ah, ¿así que eso se vale? ¿Esto se puede hacer?".
Me ocurrió otra vez en algún momento de esa misma década, cuando me tropecé con unos ejercicios de Darío Lancini: palíndromos y bifrónticos. Una experiencia espeluznante que mejor no les explico ahora, porque se me va todo el espacio de esta nota que no es para Lancini sino para Díaz Solís.
Luego, entrados los años 90, tuve ocasión de encontrar a otro mago de la palabra, el mexicano Juan Villoro, a quien le debo además la manía (insana y perturbadora como toda manía) de andar por la calle buscándoles conexiones e informaciones reales o imaginarias a las cosas y a sus nombres. Desde que lo leí me siento capaz de encontrarle la materia noticiosa, histórica, simbólica o poética a cualquier lugar por muy desértico o insignificante que parezca. Ejercicio de locos.
Entre Lancini y Villoro se me apareció este Díaz Solís, autor del cuento más enigmático, desolador y maravillosamente escrito que conozco. Siempre que digo esto salta alguien a chapearme con Meneses y su La mano junto al muro. Me quedo con Arco secreto, entre otras cosas porque su autor nunca se cogió a Sofía Imber. Era más serio que el otro.

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Arco secreto fue escrito en 1947. Desde el título, el cuento es una invitación a descubrir que el mundo que nos rodea y el lenguaje con que lo nombramos pueden ser desformados, modificados, re-significados. En ese cuento uno descubre o comienza a pensar muy bien las múltiples formas que existen de entrompar una metáfora, un sustantivo, una atmósfera. A mitad del cuento se atraviesa un lagarto y el autor quiere que el lector lo vea vibrando bajo el sol. Entonces echa mano de su alquimia y lo dice de esta manera: Espejeaba de sol, como untado de colibrí. Y nos jodimos todos, porque usted también se jodió: usted lee eso y se da cuenta de que hasta este momento ha sido un imbécil que ha usado apenas una fracción de las posibilidades del idioma.
Un gato negro (si fuera de otro color no tendría misterio) está expectante, midiendo al lagarto para atraparlo y comérselo, y de pronto se da cuenta de que el protagonista lo está mirando a él; el gato voltea y lo taladra con el fuego frío de dos almendras de azufre. Eso no es literatura ni poesía ni un coño: eso es magia.
Lo mismo la descripción del estado sicológico del protagonista en una noche de mierda, agobiante, con ese calorón de San Tomé; una noche en la que estallan burbujas de lenta gelatina y en el silencio que se rehace el reloj destila el tiempo; una noche sucia en la cual se escucha todo, incluso el bendito reloj que en el delirio del carajo que intenta dormir ya no es un reloj: galopa un caballo de plata, pequeñito. En medio del bochorno y del estado de trance religioso o sicotrópico entra un murciélago a la habitación. Y esa batalla entre el hombre y el murciélago (ya antes hubo una lucha entre un murciélago y aquel gato de fantasía) ya es algo que usted debe leer directamente, porque si se la cuento aquí no me la va a creer y además no es lo mismo.

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De esa fascinación por el arte de redescubrir el verbo nacieron dos iniciativas: una, plagiar vilmente varias de esas imágenes fantasmales para alimentar ciertos pasajes de Salsa y Control. Y luego, ir a visitar al señor Díaz Solís en su casa de Bello Monte, hacia 1997. Era ya entonces un caballero taciturno que declaró haber perdido el morbo y la frescura para intentar otra aventura escritural.
Sostuvimos una extraña conversación sobre la juventud y las generaciones. Le pregunté sobre su obra algunas cosas descabelladas que no supo cómo responder, y tuvo la honestidad de decirme que no sabía. Él me preguntó cosas que tampoco supe responder: "¿Qué significa esa frase de un cuento de Salsa y Control?: Gustavo Díaz Solis, la única rumba posible a veces". Estábamos en eso cuando de pronto se atravesó un gato en la sala; un gato negro. Le pregunté si por casualidad ese bicho no cazaba murciélagos. Me respondió sin mucho interés que no, que más bien lo había visto cazando lagartos, de los que sólo se comía la cola y desechaba el resto. Diez segundos después, dándose cuenta de algo en lo que seguramente no había pensado, exclamó: "¡Ah, caramba!".
Salí de esa casa contento de haberle indicado al mago que allí mismo, viviendo con él y como salido del cuento, estaba la materialización de su escalofriante personaje.

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En las Librerías del Sur hay libros de Gustavo Díaz Solís en cantidad. Recomiendo una antología en particular: Ophidia y otras personas. Allí están Arco secreto y otros cuentos. Por ejemplo ese titulado Ophidia: una culebra (uno presume que es una culebra, aunque allí nunca se dice de qué animal se trata) en cuya entraña cobra forma algo parecido al odio porque le asesinaron a su pareja. ¿Cómo describe el mago la presencia del odio en el cuerpo del reptil? Dice: Hielo en el hielo.
Mortal.

sábado 14 de enero de 2012

Cómo ganar una batalla sin disparar el primer tiro

Para efectos de esta circunstancia y este texto, "política" significará: "estrategias, acciones y ardides para captar votantes". La Política es mucho más que eso, pero por ahora simplifiquemos.
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En la presentación de la Memoria y Cuenta de Hugo Chávez ante la Asamblea Nacional, el Presidente recibió un ataque que emocionó al antichavismo. María Corina Machado le dijo en su cara una fracción de lo que muchos antichavistas quisieran decirle, y eso tuvo o tendrá para ella un impacto político negativo y uno positivo:



En ese ámbito en el cual la palabra y el gesto (pretendida o genuinamente heroico) van en busca de adeptos, cuando alguien dice o hace algo con su buena dosis de dramatismo o contundencia pueden ocurrir dos cosas:

  1. Impresiona a una cantidad de gente que antes no simpatizaba con el político-actor: éste termina captando popularidad, es decir, votos y voluntades. Es el caso del "Por ahora" aquel 4-F: nadie sabía quién era Chávez y de pronto se convirtió en el personaje de esa década, y de esta otra.
  2. Enardece sólo a los que ya están convencidos o captados: es el tipo de gestos que no capta más gente que la que ya está convencida. Caso Machado: ella logró elevar el encarnizamiento verbal y emocional del antichavismo, pero ningún chavista o indeciso se pasará a su bando por haberle dicho ladrón a Chávez.
Resumen: la Machado consiguió que muchos antichavistas la consideren valiente. Pero no logrará traspasar el umbral de popularidad impuesto por su mediocridad o falsedad. Las masas no se volcarán a apoyar a María Corina, quien por cierto lo único que hizo ayer fue decir algo cien veces más tibio o light que lo que se le dice cotidianamente a Chávez a través de todos los medios.
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Después de la intervención de la Machado, María León, indignada, solicitó a la Asamblea sancionar de alguna manera a su colega. Aplausos se escucharon, consignas, gritos. Si esa moción prosperara significaría un enorme favor, una bendición para la Machado: la diputada que quedó reducida a cadáver político luego de sus dentelladas contra el Presidente pasaría a ser una víctima del rrrrégimen, una valiente y sufrida mujer a quien le están castigando el gesto de opinar. Así lo leería cualquiera. Chávez se dio cuenta de ello y toreó la propuesta con sutiles pinzas: "No hagan nada contra ella, el Pueblo me recompensará" etcétera. Evidentemente, Chávez ha aprendido cosas sobre política, como por ejemplo la máxima que indica que el autocontrol gana más batallas que la exasperación y el desenfreno.
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Hace unos pocos días, tres marines norteamericanos han sido llevados a juicio por orinarse sobre los cadáveres de unos soldados afganos. Singular detalle: no se juzga a los tipos por haberles dado muerte a otros, sino por humillarlos después de muertos. Según cierto sistema de códigos y seudoéticas de la guerra, hay algo más grave que la muerte y es la humillación. Así que esos soldados afganos han ganado una batalla después de muertos. Las balas los convirtieron en cadáveres anónimos; el gesto perverso de sus matadores los convirtió en depositarios de condolencias, dolores y rabiosa solidaridad.
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Muerta políticamente María Corina Machado, si el chavismo en funciones de Gobierno comete el error de orinarse sobre ese cadáver, lo resucitará, y los cadáveres resurrectos pueden ser temibles.
Política: el arte de desarmar al enemigo sin necesidad de encañonarlo.
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Esto es algo más que un juego de ajedrez: es Guerra de Cuarta Generación. En una guerra convencional gana el bando que mata más enemigos. En una de Cuarta Generación, el que mata, ataca o causa daño antes que el rival, pierde.
Extraña guerra, sí: gana el que se deja pegar. Por esa razón EEUU desata sus guerras genocidas solamente después que ha difundido las "razones" por las cuales sus víctimas se merecen la destrucción: "Ellos nos atacaron primero, o se están preparando para atacarnos". Irak, Afganistán y mucho antes Japón, son ejemplos de cómo todo se puede justificar después que un bando recibe un ataque o la opinión pública es convencida de que ese ataque existió. Saddam no tenía armas biológicas pero las masas creían que sí, porque el Pentágono se encargó de difundir especies en ese sentido. En Libia, Khadafi no bombardeó a EEUU pero la maquinaria de propaganda bélica propagó una especie peor: el tipo bombardeó al pueblo, es decir a La Democracia. Y Europa y EEUU, ustedes saben, son los guardianes de la Democracia en el mundo.
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Sucede también que, a causa de nuestro temperamento, producto a su vez de una amplia y galvanizada cultura cinematográfica suele empujarnos desde la juventud a otorgarle a la violencia, al excesivo dramatismo y a los desafueros varios el carácter de ingredientes vitales para construir una imagen respetable. Mediante un interesante mecanismo sobre el que valdría la pena profundizar, la violencia o la visceralidad son asociadas automáticamente con el concepto “valentía”. Valiente: hombre de pelo en pecho que se cae a coñazos con cualquiera, va siempre adelante, no tiene miedo o cuando lo siente lo disimula muy bien. No solo el cine ha ayudado a consolidar esa figura; el heroísmo nos vino antes por la literatura y la tradición oral, y seguramente sus códigos vienen paralelos a la idea de machismo y virilidad: hay mujeres tan arrechas que parecen machos.
Cuando uno traslada ese síndrome a la interpretación de la Historia comienzan a torcerse también algunos conceptos, percepciones y aspiraciones como pueblo y como país. Así, no es difícil encontrar entre nosotros (llamémonos gente antihegemónica; por ahí nos llamarán “de izquierda”) hermanos militantes que todavía sueñan con el episodio inmortal, glorioso y supremo en el que nos metemos en la montaña con un fusil, bajamos al pueblo de su letargo y conquistamos la ciudad y el palacio de Gobierno, y triunfó la Revolución. No hay que ser muy sagaz para detectar en esa narrativa las claves de un romanticismo más cercano a los superhéroes que a los revolucionarios (el pueblo en su letargo y YO, poderosísimo y valiente, voy y lo rescato para hacer el socialismo). Ni hay que andar muy al día en materia de historia y noticias del momento para saber que ese tipo de luchas y procedimientos pertenecen a otra etapa. Que ya el poder no se conquista así (o no necesariamente) y que las tareas para ganar en el ajedrez geopolítico son más de contacto humano y de sudar procesos con nuestra gente, que de fastuosas batallas entre hombres barbudos y gringos trogloditas.
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Otro ámbito. ¿En qué se parecen el Vietnam de hace medio siglo, el Irak de la última década y la Libia que viene? En que el ser humano rebelde ha demostrado que a las grandes potencias se les derrota con guerras no convencionales, mediante la organización del pueblo y no necesariamente con la consolidación de ejércitos convencionales.
No queda más nada que decir entonces sobre los camaradas que todavía sueñan con “tomar el poder” por las armas, cuando ya tenemos un aliado en el poder. Discusión para otras entregas.

sábado 17 de diciembre de 2011

La tarea

Entrenados para el consumo de cosas inútiles e innecesarias, tenemos la misión de construir una sociedad en la cual la felicidad no sea una mercancía. Donde los objetos no compren nuestras sonrisas.
Programados para el egoísmo y la santificación de la propiedad privada, tenemos por tarea reprogramar a la humanidad para que nadie sienta el deseo de matar a quien nos arrebate un objeto, que a fin de cuentas no tiene por qué pertenecerle a uno solo.
Adoctrinados por siglos para respetar a entidades y personajes que exigen que nos inclinemos, les recemos, les temamos y les rindamos culto, tenemos por meta el diseño de un mundo donde no haya seres humanos postrados sino gente libre de fantasmas y disfrutando la búsqueda colectiva de la felicidad.
Educados para pensar que el mucho estudiar hace superiores a unos y que la falta de estudio convierte en miserables a otros, tenemos el objetivo tremendo de fabricarnos un sistema donde todos produzcamos cosas con las manos y con el cerebro; donde todos podamos diseñar un puente, curar a un enfermo, sembrar una planta y limpiar las calles; donde nadie podrá sentirse humillado o superior al hacer una cosa u otra.
Engañados por siglos con la conseja según la cual el trabajo dignifica (sobre todo en un modelo de sociedad en el cual los que se parten el lomo son execrados y sacrificados en beneficio de los que no hacen nada) tenemos por delante un camino que ha de llevarnos a la valoración del ocio creador de todos, no el de una élite de privilegiados (porque esos privilegiados no existirán).
Empujados a creer, mediante ardides propagandísticos y una persistente cultura cinematográfica, que sólo los violentos son valientes y que sólo los que llevan fusiles y armas merecen y pueden conquistar el poder, estamos en la obligación de legarles a las generaciones que vienen la demostración de que la violencia es una vía para acabar con la opresión pero no para mantenerse en el poder, que al final puede terminar convirtiéndonos en hegemonía agresiva y depredadora.
En otras palabras: confeccionados, como de hecho lo estamos, para la vida en capitalismo, tenemos la tremenda tarea de construir un mundo que no es para nosotros, los seres vivos en este momento, sino para gente que todavía no ha nacido.
Llámese socialismo o como sea esa otra sociedad, la misma debe negarnos, rebasarnos, hacérsenos inhabitable, porque los humanos vivos a esta fecha somos capitalistas, incluso los que nos hemos declarado en rebelión.
Mientras nos manejemos con los actuales códigos, que son los que nos impusieron los poderosos, será difícil imaginarse siquiera el mundo que queremos, que por supuesto no es este. Es decir: si seguimos pensando que en la sociedad del futuro todos seremos licenciados o doctores y entonces tendremos carros, casas, recursos y tiempo para viajar por el mundo, seguiremos estancados aquí, en este tiempo miserable en el cual mucho “socialista” no se ha percatado de que el confort de unos pocos tiene su razón de ser, su explicación y sostén real en la existencia de esclavos.
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Hace poco le decía a una interlocutora que para construir la otra sociedad será preciso acabar con Caracas, desmontar esta ciudad que le sirvió al capitalismo (y por lo tanto no nos sirve a nosotros). Me respondió como la mayoría de la gente que escucha ese tipo de cosas: “¿Y cómo hacer que el gentío se vaya de Caracas si aquí tiene a su familia, su trabajo y sus afectos? No, no es posible decirles a 5 millones de personas que abandonen toda esta infraestructura y se ponga a sembrar y a criar gallinas”. Mi interlocutora razona así porque cree que la tarea de desalojar las grandes ciudades nos corresponde a los venezolanos vivos en esta fecha.
Cree la dulce amiga que la otra sociedad debemos construirla para que estemos allí nosotros, los que estamos vivos aquí y ahora. Es fácil y automático pensar en la familia y los conocidos (imagínate: mi pobre tía que ha vivido toda la vida en Catia, ¿para qué y para dónde la voy a mandar?) pero es muy difícil pensar en términos de la especie humana, en ese conglomerado gigantesco de personas que no ha nacido todavía y que no tiene por qué recibir como herencia nuestros miserables códigos actuales. Se nos hace difícil pensar que dentro de 70 años ya ninguno de nosotros (digamos pues, los que hoy tenemos más de 20 años de edad) estará vivo, y que quienes estarán construyendo el mundo para entonces podrán hacer cosas que a nosotros hoy nos parecen inconcebibles. Por ejemplo, crear poblados amables y propicios para la vida humana, fuera de esta plasta de mierda donde las reglas de supervivencia consisten en pasarles por encima a los demás, liquidarlos física y moralmente, para poder llegar primero, comer más y “mejor”, vivir en las “mejores” zonas, cogerse a los mejores culos, tener el mejor carro, el mejor cargo, la mejor imagen.
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La Revolución entrará en su etapa creadora (ahora estamos en la etapa germinal) cuando al menos logremos soñar esa otra sociedad, y para que logremos eso tenemos que entender que esa sociedad futura no debe regirse por los cánones y criterios actuales de “éxito” y desarrollo. Mientras tanto, es preciso luchar con lo que hay y al lado de los que al menos ya se dieron cuenta de que esto anda mal. Pasarán muchas cosas y se derramará mucha sangre y lágrimas antes de que el ser humano pueda prescindir de los objetos y costumbres con que el capitalismo llenó la tierra. Mientras tanto estamos condenados a ser contradictorios, a renegar del capitalismo desde su entraña, e incluso desde sus comodidades y perversiones.
La difusión de este mensaje ha sido posible “gracias” al sistema esclavo que ha originado la existencia de Internet, de las computadoras y de sujetos con tiempo de sobra para dedicarse a la reflexión sobre el mundo y sus monstruosidades. Sujetos como el autor de este escrito no serán necesarios ni posibles en la sociedad que queremos, es que será viable para la vida en dignidad. Pero en esta de ahora cumplimos un papel: poner sobre la mesa la reflexión incómoda que pocos se quieren hacer: que “triunfar” en el capitalismo es estancarnos. Que no debemos aspirar a ser capitalistas que hablan de socialismo sino a ser agentes capaces de acelerar la destrucción del capitalismo y sus dinámicas.

martes 29 de noviembre de 2011

Politiquear

Cierta percepción ciudadana acerca de lo que es la política relaciona esta actividad, parcela u ocupación, con la destreza para mentir. Político: embaucador y mentiroso. La asociación es vieja y probablemente tenga su origen en el talante (poco comprendido por cierto) de la obra que dio inicio a la ciencia política, entendida como construcción filosófica: el nombre de Maquiavelo es asociado automáticamente con las nociones de perversidad, maldad y trampa, así poca gente haya leído El Príncipe o sepa de qué se trata, qué contiene o qué propone.
En algún momento se acuñó la idea de que para ser un político exitoso hay que ser maquiavélico, lo cual en sentido estricto puede significar que el aludido está siguiendo las instrucciones o enseñanzas de Maquiavelo. Pero para efectos del habla común de las personas, que no tenemos por qué haber leído los clásicos de la filosofía para tener derecho a usar ciertos términos, lo que estamos queriendo decir es que el mundo de la élite política y el de los aspirantes a vivir de la política está lleno de seres repugnantes, militantes de una antiética capaz de moverlos a hacer cualquier suciedad con tal de conseguir sus objetivos (ser diputados, presidentes, alcaldes o amantes de todos los anteriores).
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Es mentira que maquiavelo haya dicho algo que quienes no lo leyeron le atribuyen con una facilidad deslumbrante: “El fin justifica los medios”: Y en caso de que lo hubiera escrito sigue siendo fascinante la manera en que algunos se han amoldado a ese precepto. Que María Corina Machado haya inventado un tiroteo para hacerse la víctima; que cada semana Julio Borges haga una rueda de prensa para presentar cifras forjadas acerca de la presunta destrucción de Venezuela; que la hegemonía anglosajona haya inventado que en Irak había armas químicas y que Khadafi dizque bombardeó con aviones una marcha pacífica, antes de proceder a invadir esos países; que la prensa burguesa promueva día a día una imagen dantesca y terrorífica de Venezuela; que ayer mismo Antonio Ledezma haya dicho que Chávez mandó a suspender para siempre las elecciones. Todo “eso”, ese despliegue que no puede llamarse sino asesinato moral (paso previo para el asesinato físico) forma parte de una misma praxis política: creo una imagen espantosa del enemigo para así justificar su destrucción física, su muerte efectiva.
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A Kissinger se le atribuye el haber dicho: “Acusa a tu enemigo de fornicar con cerdos y luego siéntate a ver cómo lo desmiente”. Aplica muy bien para la forma en que el poder económico en decadencia y sus sirvientes ejercen la política. Por fortuna vivimos en un país en el cual la verdadera política la están ejerciendo el hombre y la mujer humildes, y no los aspirantes a ricos o a gobernantes de un país previa invasión y bombardeo de sus tutores internacionales.

viernes 25 de noviembre de 2011

Salsa y control: quinceañero del Veintitrés en Buenos Aires

Mañana (sábado 26) presentan en Buenos Aires, Argentina, una edición marginal de Salsa y Control, el libro de cuentos gracias al cual la gente empezó a decir y a creer que soy escritor.
Esta es la tripa de esa edición:
Y este es el blog en el cual los chamos de la editorial dicen lo que piensan del librito y del autor:
Y acá abajo está lo que me ha provocado expresar a propósito de ese acontecimiento, aparte de la contentura y el agradecimiento enorme que siento por el gesto de los compas Eduardo Febres, Giordana García Sojo y todos los que participaron en la conspiración.

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Unos chamos venezolanos acaban de reeditar en Argentina el libro de cuentos Salsa y control, aquella obra que escribí cuando todavía era un muchacho y se me notaba. Esencialmente sigo siendo aquel muchacho pero ahora me desplazo en un cuerpo de 46 años, así que la muchachez sólo se me nota cuando hablo, cuando cometo irresponsabilidades y cuando me enamoro.
Sobre el libro y las circunstancias en que fue escrito y publicado creo que ya dije bastante en esta entrevista:

http://www.platanoverde.com/pulpa_detalle.php?id=71 .

Agregaré que en estos días están cumpliéndose 15 años desde que apareció la primera edición, más o menos 20 desde que entregué el manuscrito en la editorial, y unos 25 desde la vez que agarré un bolígrafo en mi cuarto, allá en el bloque 20-21 de La Cañada, y empecé a garrapatear algo que decía: "Antes de comenzar el tráfago de andamiajes y cornetas en la cancha...". Tráfago. Maldita sea. Qué pretencioso y cabeza e machete era yo en ese tiempo, cuánto daño me hizo leer a García Márquez. Pido perdón a mis muertos por haber usado ese tipo de expresiones en mi juventud.
Por cierto que ese cuento iba a titularse Guerra en La Silsa, y se suponía que allí iba a reeditarse el duelo de tumbadoras entre Mongo Santamaría y Ray Barretto mientras en otro lugar, dentro del bloque, se desarrollaba otro duelo donde mataban a Primito. Pero no, la vaina se me fue por otro rumbo y terminé contando el chisme del personaje a quien la chama de sus sueños se le entregó en unas escaleras y al hombre no se le paró el machete. A cualquiera le pasa, y también por eso le pido perdón a mis muertos.
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Esa que acaba de salir es una edición artesanal o al menos hecha con criterios artesanales, es decir, con las uñas. Me consta porque los compas que han hecho posible esa travesura andan en una mamazón todo el tiempo, y yo sé que al publicar ese libro no andan buscando ganarse unos reales sino más bien quedar igual de mamando y además endeudados.
Mencioné la muy burguesa palabra "travesura". Lo es: según las leyes y la convención y tal los derechos de publicación de Salsa y Control los tiene Monte Ávila Editores Latinoamericana, así que, si nos apegamos a las leyes y normas vigentes, esos carajos están incurriendo en un delito. Si algún abogado trasnochado de la editorial del Estado decide un día de estos ponerse a trabajar o a justificar su sueldo pudiera meterles un susto, porque todavía en este tiempo la gente cree natural, lógico y defendible el hecho de que un producto cultural (en este caso un libro) tenga dueño.
Sobre las artes pesa todavía, y parece que pesará aun por varias generaciones, el criterio de propiedad: mucho tiempo y mucha sangre ha de costarnos entender y aceptar que la cultura no puede ser una mercancía, que nadie debería pagar por leer un libro, escuchar música, disfrutar de una obra audiovisual. Pero si se da la coñaza y vienen y los demandan pues jugaremos con las armas del enemigo y entonces vendré yo, más burgués que nadie, a decir en el tribunal que la editorial no es la dueña de ese libro sino yo mesmo, compadre: yo escribí la verga esa y soy su propietario, y me dio la gana de regalarles el libro a los chamos de La Barbarie Buhonera junto con el derecho a quedar endeudados por publicarlo.
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Sobre el libro, aparte de otras cosas tantas veces dichas, quisiera agregar algo que seguramente ya dije antes pero no tan seguido. Me parece un libro aparatoso y con más pretenciones que logros, pero del cual me resulta muy difícil renegar porque ya mucha gente se refiere a él con cariño y agradecimiento, y yo no soy quién para venir a exponer razones para odiarlo. Por supuesto que hoy lo escribiría distinto, con otro lenguaje, con otro ritmo, con más "relax"; sería un libro conversado más que escrito.
Además (y esto es fundamental) como ese es el libro de mi juventud, y en la juventud uno está formándose y descubriéndose al mismo tiempo que descubre al mundo, Salsa y Control viene a ser el testimonio del muchacho desubicado, torpe y libre de obligaciones o convicciones políticas que yo era en los años 80. Paréntesis: no me parece en lo absoluto casual el que yo haya llegado a Caracas a los 15 años y que hoy ese libro quinceañero esté llegando a Buenos Aires: nuestras obras imitan a veces nuestros pasos viajeros.
Los primeros cuentos que escribí allí pertenecen a la visión del mundo de un coñito a quien le interesaba más la playa que el activismo político. De pronto sucedió el 27 de febrero y me agarró en la avenida Sucre, no pude entrar a La Cañada; de pronto la masacre, los muertos y el tiroteo más espantoso de mi vida, en el que no hice sino huir mientras otros chamos de mi edad se fajaban a tiros con los cuerpos represivos; de pronto la anarquía del 28 y yo me apliqué al disfrute irresponsable del saqueo mientras otros chamos de mi edad intentaban organizar a la gente para que lo hiciera todo con orden antes que llegaran los pacos; de pronto el metralleteo serio con fusiles y cañones punto cincuenta, yo tirado en el piso del apartamento mientras otros chamos de mi edad caían asesinados por racimos; de pronto el regreso a la universidad luego de los días de suspensión de las clases, yo desconectado de los acontecimientos macro mientras otros chamos de mi edad daban las noticias de que habían muerto unos compas con quienes nunca compartí, una Yulimar que lleva el nombre de mi hija, unos conocidos Yanco y Roland a quienes tortuaron y volvieron mierda en la DIM. Los primeros cuentos del libro fueron escritos antes del apocalipsis de febrero de 1989, y los otros después. Unos cuentos de Salsa y Control los escribió un muchacho y el resto los escribió otro distinto.
Ciertos cuentos de Salsa y control ya no podían ser entonces los mismos que otros, como no fue la misma mi vida desenfadada: ese año crucial me volvió político y politizado pero conservé la fobia a los jefes y subalternos, a las jerarquías y a la disciplina. Resultado: un carajo transgresor pero (o tal vez por ello mismo) incapaz para la vida en militancia y para la construcción de colectivos.
Ese año la historia de mi país le estalló en la cara a aquel carajito playero (el país estaba cambiando con él, o al mismo tiempo), oprimido pero sin criterio de clase y sin noción de lo que eran las luchas populares, y lo sedujo con un beso que sabe a humo, a sangre, a cera, a cosa que arde, a lágrima, a beso, a mujer prohibida, a Sóngoroconsongo, a muerte, a flores secas, a mierda, a perfume, a ropa de mujer que tiembla, a trabajo en cauchera; a hombre maldito, a hombre sentenciado, a amenaza, a gobierno que tambalea, a piedra, cuero y bongó...