martes, 4 de agosto de 2015

Nosotros, los desechables

El capitalismo industrial produce, esencialmente, basura. Suavícese o humanícese la palabra (desechos, desperdicios) lo cierto es que la sociedad del "progreso" se las arregló para que todo en el planeta sea producido y usado en provecho de unos propietarios y luego arrojado a la naturaleza o a las calles.
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En la categoría "basura" que nos han impuesto entra todo lo que es susceptible de utilización y posterior desechado. Desechos: objetos de inmediata o más o menos prolongada obsolescencia, excluidos, ancianos jubilados, presos, enfermos, lumpen de todo pelaje, diletantes varios; animales en exhibición o abandonados, productos corporales, agua contaminada, escombros y cadáveres de la guerra; metales y sustancias tóxicas, espectáculos olvidables y decadentes.
Nos han acostumbrado a que todo tiene una "vida útil", y cuando no se consigue en el mercado entonces ya es basura y está mal visto seguir usándola. De ahí el bochorno de algunos lectores de un reciente artículo en esta página ( http://misionverdad.com/pais-adentro/como-y-donde-destruiremos-al-pais-de-mierda ), en el que hablaba en términos celebratorios de un muchacho que está perfeccionando una bomba de ariete con botellas de refrescos desechadas. Uno de esos lectores, estúpido por convicción, decía que eso era de marginales, que lo correcto era que ese muchacho trabajara, no con desechos sino con artefactos comprados a la industria (dónde mierda queda entonces el ingenio, cabría decirle, pero a ese pobre hombre ya lo perdimos como ser racional). 
Otro lector, con mejores intenciones, observaba que si seguimos promoviendo la cultura del reciclaje y la reutilización entonces va a llegar un momento en que esa cultura va a necesitar que el capitalismo siga produciendo basura. A esa sensata aunque incompleta visión del asunto es bueno proporcionarle algunos datros que probablemente el lector no tomó en cuenta.
Noventa por ciento por ciento de la "basura" doméstica y comercial, esa que uno ve normalmente en los containers, rellenos sanitarios y compactadoras; en los camiones y en las calles donde todavía no ha pasado el camión; en los lechos de los ríos, orillas de las playas, montañas, sabanas, océanos; noventa por ciento de esos objetos y materiales desechados está compuesto por envases (botellas, cajas, bolsas, cajones) de vidrio, plástico, papel, cartón, madera). Peculiaridad del capitalismo: se esmera en vendernos hasta el envase donde viene la mercancía (que también es basura).
Un recuento del año 2013 ( http://www.packaging.enfasis.com/articulos/65519-pet-el-ciclo-crecimiento-la-industria ) indica que América y Asia estaban en condiciones de producir y en efecto produjeron 23 mil toneladas de botellas plásticas para bebidas (botellas PET: polietilentereftalato), y el dato que le tenemos al lector es este: todas esas botellas ya existen. Cuando uno viaja por la carretera que lleva a las playas de Adícora y Buchuaco, rumbo al norte de esa península maravillosa aunque devastada que es Paraguaná, tiene la impresión de que la mayoría de esas botellas están ahí, esperando los 500 años de rigor para que se descompongan y se integren al suelo, así que ante esos y otros desechos masivos tiene uno tres opciones: 1) espera que se descompongan; 2) los incinera (y el daño a la atmósfera y a la capa de ozono sería irreversible); 3) los pone a ocupar más espacio en los rellenos sanitarios y vertederos de basura, lo cual es una manera muy elegante de ejecutar la opción 1; 4) toma una buena parte de es basura y construye con ella objetos utilitarios.
No hace falta que el capitalismo incremente la producción de basura: con la que ya produjo y que no desaparecerá tenemos para ponernos a trabajar, dejar la pereza y los prejuicios y lanzarnos a la aventura de hacer casas y otras obras que, según la muy conveniente visión del "progreso", sólo son viables si se hacen con cemento y otros productos industriales.
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Quien tiene incrustada en la mente la versión canónica del progreso cree que las cosas sólo tienen valor y son buenas si se consiguen en expendios, tienen una marca y vienen empaquetadas en envases (que luego irán a parar a la basura). Si usted anda por la calle recogiendo basura para tener con qué construirse una vivienda, un mueble u otro objeto usted está en una escala bajísima de la sociedad de consumo: usted es un indigente, alguien que en vez de comprar algo (porque no tiene con qué comprarlo, por ejemplo) va y lo hace con lo que los demás botan. Nada menos glamoroso y chic que una persona que anda echando ojo en los containers y acumulaciones de basura; lo correcto es que usted se asome en las vitrinas de los centros comerciales, en los mercados y en Amazon.
Clave importante: póngase a pensar qué tantas cosas está usted violentando, confrontando, cuestionando, discutiendo y abofeteando con sólo ponerse a pensar qué hacer con esas botellas de vidrio que recogió del pote de la basura en la licorería. No tengo respuestas al respecto, sólo esa pregunta.
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Decíamos por allá arriba que la sociedad del progreso capitalista industrial ha convertido el desechar en una de sus misiones fundamentales, y que a esa lógica que todo lo exprime para después ser defecado no escapamos nosotros, los seres humanos. Uno de los rituales más asquerosos y humillantes de la sociedad del progreso es la que jubila a las personas cuando apenas alcanzan o despuntan los 60 años de edad. La jubilación se les "vende" a los trabajadores como si fuera un regalo, un reconocimiento del Estado o la empresa para que esa persona que se acostumbró por décadas a ejercer una función se vaya a su casa, presuntamente a "descansar".
En la vida real, el mensaje intrínseco que recibe un jubilado cuando se le ordena que se largue a su casa, a su rancho o al coñísimo, es que ya cumplió su período de "vida útil" y entonces ahora se le está dando el mismo tratamiento que a las botellas de plástico: ya me serviste, ahora te lanzo al Guaire del olvido y del adiós, viejo güevón.
A causa de esto puede verse en las ciudades el espectáculo insólito y triste de unos "ancianos" humildes de 60-65 años, deprimidos, súbitamente enfermos y solitarios; seres entregados al ocio improductivo, al alcohol o al ostracismo, destruidos en su autoestima porque el sistema le está indicando que si no llegó a patrón o a dueño no sirve para nada. Pero también se encuentra uno con casos maravillosos y extraordinarios, sobre todo en los campos, de personas que están activas y esplendorosas en su fuerza física y mental porque tal vez fueron utilizadas por explotadores pero nunca se jubilaron de la vida: del trabajo para sí mismos, de la labor con las manos, del moverse y caminar así sea para disfrutar del aire puro y sembrar y cuidar alguna mata.
El caso más extremo que conozco se llama José Rondón, un joven del páramo merideño, de 99 años de edad, que comenzó a hacer su casa con objetos desechados (madera, botellas, arcilla, cortezas de árboles) cuando tenía 70 y cuyo plan maestro es dedicarle todas sus energías diariamente a esa casa-experimento. Siempre hay algo que hacer en su casa, siempre se le puede ver así sea clavando un clavo, y enseñándoles a los jóvenes que una casa se puede construir con lo que sea y no sólo con lo que venden las ferreterías.
Una vez le pregunté cuándo pensaba terminar la casa. Me respondió: "Nunca. Porque el día que sienta que ya está terminada, ese día me muero".
Moraleja: reutilizar materiales y reutilizar nuestra vida es una buena opción. Que los años finales no nos sorprendan en el geriátrico u otro depósito de gente desechada. Y que para usar los materiales disponibles no tengamos que seguir enriqueciendo a la industria.

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domingo, 12 de julio de 2015

Cómo y dónde destruiremos al país de mierda

El detonante, vamos a llamarlo "inmediato" (porque hay otros remotos) de estas reflexiones, se me atravesó el 5 de julio de este año. Vino envuelto en un mensaje de texto deWalter Lanz. Decía: "Marico, lo logramos. Acabamos de obtener la primera reproducción de cachamas allá en El Frío. Con una hormona alternativa". Como sé que se trata de un mensaje incomprensible para la mayoría, invertiré dos párrafos en explicarlo.

Ese Walter y otros sujetos más, campesinos embarcados en una aventura llamada Escuela Popular de Piscicultura, tienen unos años criando cachamas con alimentos y procedimientos alternativos, naturales y artesanales, limpios, agroecológicos, etcétera. Había un paso por dar para conseguir la soberanía plena en ese asunto: había que romper un eslabón tecnológico, y acá es cuando se medio enreda el relato. Sucede que las cachamas no se reproducen de manera natural en cautiverio porque la hipófisis de las hembras, antes de expulsar sus óvulos para ser fecundados, segregan una hormona sin la cual no hay fertilidad y eso sólo ocurre cuando están en los ríos o lagunas naturales. El punto es que esa hormona ha sido aislada y comercializada por años, y el precio actual en el mercado es de 120 mil bolívares el gramo. No un kilo: UN GRAMO de la hormona cuesta esa cantidad de plata.

Ese es el escenario ideal para que la insolencia tecnocrática y burguesa imperante triunfe e imponga la ley: "Sólo el Estado, la Academia y las corporaciones podemos reproducir peces. Campesinos de mierda: mejor ni lo intenten". Pues en ese mismo escenario han irrumpido de pronto estos locos, que ya antes le cerraron el hocico a los "sabios" haciendo otras cosas que según éstos era imposible, y han logrado el prodigio de la fecundación sin necesidad de la hormona para millonarios.

¿Qué sustancia emplearon estos compañeros en sustitución de la hormona de hipófisis de pescado? Aquí es cuando uno decide entonces copiar la conducta y la actitud con que nos han tratado a los pelabolas los "sabios" de corbata, los que se sienten dueños de un conocimiento que debería ser patrimonio de la humanidad, a lo largo de siglos y siglos de dominación, y les respondemos igual que ellos a nosotros: si me lo mamáis en cruz te lo digo. Ya el Ministerio de Agricultura y Tierras está en contacto con la Escuela Popular de Piscicultura para hablar de esta historia, en la que todos los países (incluido el nuestro) y pueblos han sido sistemáticamente estafados por laboratorios y transnacionales de la producción de alimentos.

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Yo vivo en un país donde ocurre este tipo de prodigios, pero nosotros, los comunicadores al servicio de una Revolución, no lograremos que esta noticia, la más importante del año en el área de la Ciencia y la Tecnología, en Venezuela y tal vez en Latinoamérica, capte la atención de las mayorías (unas mayorías desesperadas porque creen que si no le venden carne ni pollo entonces ya no se puede acceder a la proteína animal). El titular de la noticia dice así: "Campesinos jediondos lograron, con unas poncheras y frascos de mayonesa, una hazaña que los científicos del mundo creen o nos han hecho creer que sólo se logra en laboratorios antisépticos, con guantes de látex y tubos de ensayo". Pero nadie le parará bolas a este notición, a este tubazo, por mucho que nos esforcemos en venderlo como la proeza científica que es. Lo bueno es que, con propaganda o sin ella, la ciencia en manos del pueblo sigue pateando a la ciencia en manos de burgueses.

Yo vivo en el país de José Rondón, hermano del páramo merideño que a pocos meses de cumplir los 100 años sigue haciendo planes para el futuro y enseñando a jóvenes de cualquier edad a hacer casas con cualquier tipo de materiales (madera, botellas, trapos viejos, calcreto, piedra, arcilla). Pero sólo a jóvenes de la mente: abstenerse ancianos güevones de 25 años que creen que al país lo salvarán los empresarios.

Yo vivo en el país del pueblo Añú, una gente casi extinguida como cultura que habita allá arriba, en las islas donde el Lago de Maracaibo taponea al Golfo de Venezuela, y que está decidida a recuperar su idioma después de tres generaciones de renegar de ella; pueblo pesquero que vive de vender camarones y de sobrevivir a un monstruo cementero que le clavaron en plena Isla de Toas.

Yo vivo en el país de las hermanas Alejandra y Mayra, unas indígenas mezcladas de los pueblos jibi y curripaco que hicieron otro experimento formidable y productivo, en unas sabanas presuntamente estériles de Amazonas: hicieron un tanque de peces sobre el cual pusieron una plataforma para criar patos; el alimento y las excretas de los patos alimentan o fertilizan el agua para los peces, y esta agua a su vez sirve para regar un conuco de verduras y frutales que sirve para darles alimentos a los patos y a los peces (y a la gente, por supuesto).

Yo vivo en el mismo país donde vive El Maracucho, un muchacho jodedorcito que estudió hasta hace poco en el IALA (Instituto Agroecológico Latinoamericano Paulo Freire, aquí en Barinas) y a quien, por pura intuición y por sus cojones, le dio por ponerse a fabricar y perfeccionar una bomba de ariete (un artificio que bombea agua a varios metros de altura sin necesidad de energía eléctrica o combustible) pero utilizando botellas plástica de refresco, de esas que uno bota porque cree o lo enseñaron a creer que esas botellas no sirven para nada después que uno se jarta el veneno marca cocacola.

Yo vivo en un país donde la comida es gratis: pase por los llanos en tiempo de ribazón (diciembre a febrero, más o menos) y llévese o cómase allá mismo todo el pescado que quiera, con sólo meterse en esos ríos estremecidos armado de un saco, una red o un tobo, antes que vengan los coñoemadres caveros (bachaqueros con cava) a hacerlo por usted y a venderle en 600 bolos el kilo esos mismos peces que la naturaleza regala.

Yo vivo en un país que me permitió agarrar una casa rural, de esas que hicieron los adecos en nuestros campos, caerle a mandarria, construirle al lado un rancho parecido a mí en muchas cosas (está hecho de objetos desechados pero con historia), renovar las amistades a punta de dialogar con esos montañeses fabulosos y enchinchorrarme allí a observar las aves.

Sí, cómo no, yo vivo en un país de pinga. Pero ese no es El País. Esa gente querida construye, inventa y diseña un país para el futuro, pero si cometo el error de aislarme en ese pedazo del futuro (hecho de tanta historia y cultura pasada) estaré dándole la espalda al otro país, al de la coñaza y la destrucción; ese otro país donde habrá que caerse a plomo y a cabilla para destruir lo que nos dejaron los ricos dueños de Venezuela.

Porque yo también vivo en un país de muchachos que en vez de estar honrando su herencia campesina andan imitando el habla, los vicios y la inercia de unas ciudades en decadencia. En estos días vino un joven andino a querer malandrearme en la entrada de Pueblo Llano para que le diera plata, y el patadón por el culo que le di a ese pobre muchacho le va a doler para sentarse más o menos hasta que tenga 60 años, si es que llega a esa edad.

La frase que me quedó roncando en el cerebro mientras bajaba es fea, egoísta, perversa y coñoemadrita, pero me hizo bajar también de mi fascinación por la paz de mi montaña, y aclarar (aclararme) las cosas: "Yo viví 30 años en barrios caraqueños; no va a venir esta caricatura de malandro a querer marearme con discursos". Con discursos que no nacieron en el páramo sino en la cochina urbe industrial capitalista: ese muchacho no es expresión de su hermoso pueblo sino de la ciudad que los medios le siguen vendiendo como opción a esta juventud indigestada por tanta información sin masticar.

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Mientras está en construcción el país bonito, el de la convivencia, la conciencia y las hechuras duraderas del pueblo, el otro hay que salir a reventarlo en las putas calles de las putas ciudades descompuestas. 

No me queda otra: vivo en un país de gente amable y laboriosa, y también en uno de gente violenta, "viva" y coñoemadre que considera derecho humano a su parasitismo. Las batallas de la construcción me quedan en el llano, en la costa, en la selva y en este piedemonte fenomenal donde gobiernan los pájaros, los ríos y las mapanares, pero las batallas de la destrucción del otro país, el país de mierda, las batallas fundamentales de este tiempo, me quedan en Caracas. Así que en Caracas nos seguiremos viendo, fatal e inevitablemente.

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miércoles, 24 de junio de 2015

El Negro Primero, los poderes marginales y la crisis del "experto"


Un experto es alguien a quien la universidad, la empresa privada o la anuencia de la burguesía le otorgan autorización y licencia para pontificar en determinada área del saber, sin que en la realidad haya hecho o demostrado saber hacer gran cosa al respecto. Los momentos de crisis social son buenos para que, en lugar de estos charlatanes de corbata y diploma, florezca el poder creador del pueblo, que al final es el único que se salva a sí mismo de las dificultades y tragedias.

El momento histórico venezolano anda hirviendo de ejemplos y casos de cómo la creatividad de la gente simple tiende a desplazar toda esa estructura de la sociedad llamada "formal", a la hora de las definiciones y construcciones más importantes. Perversos en algunos casos (el bachaqueo de dimensiones individuales o familiares, las elaboradas formas de estafar que perjudican a los más pobres e indefensos), más o menos inofensivos en otros y francamente gloriosos en la mejor de las situaciones, eso que Aquiles llamó los poderes creadores del pueblo andan sacando a flote las artes de la supervivencia en la actual guerra a gran escala.

Estamos en un punto de la historia idéntico al sabotaje de diciembre 2002-enero 2003, y tal como en ese momento estamos presenciando el resurgir de nuestro talento innato, que suele quedarse adormecido o atrofiado por grandes períodos cuando la abundancia y la aparente calma nos hacen bajar la guardia. Esos períodos en los que pocos se atreven o se sienten empujados a hacer una mesa porque hay con qué comprarla hecha, o se propaga la ilusoria sensación de que el mercado puede resolverlo todo, sin que en realidad las mayorías puedan comprar lo que sobreabunda en los abastois. Pregúntenles a los colombianos pobres qué tan bien les está yendo con esos anaqueles full de comida y productos.

Por cierto que el pueblo colombiano es un ejemplo formidable de cómo la necesidad y la miseria en medio de la prosperidad de su clase empresarial (que es la misma clase política) lo ha convertido en un creador-inventor-productor de manufacturas de alta calidad. El colombiano de a pie es un trabajador incansable y creativo a quien la industria de muchos países ha esclavizado y explotado a mansalva (eso le pasa al que acepta trabajar mucho por poco dinero, o a veces por un plato de comida y la seguridad de no ser deportado), y a quien la industria de su propio país utiliza en una tarea degradante: los colombianos deberían ser reconocidos mundialmente como los insignes creadores que son, y no como productores en serie de imitaciones y falsificaciones, que para eso es que los usan los esclavistas en el poder.

En la Venezuela de grandes masas inmovilizadas en su creatividad por la engañosa comodidad que daba el petróleo se está regenerando lentamente esa capacidad industriosa e inventiva, que en realidad nunca desapareció, pero que había sido relegada a pequeños espacios y a individualidades locales.

Cuento ilustrativo y más o menos personal. Existe en el país un problema evidente con el suministro de piezas y repuestos automotrices, producto de la misma dinámica de estrangulamiento político que está desviando los alimentos a manos de especuladores y contrabandistas. Hace unos meses, al carro en el que me desplazo (epa: no es mío, debo entregarlo cuando me lo pidan) se le averió un misterioso engranaje que mueve la bomba de aceite pero no pertenece a la bomba de aceite, y es movido por la leva, pero tampoco pertenece a la leva. El mecánico me entregó el perolito y con el mismo en la mano anduve recorriendo ventas de repuestos por siete ciudades, y nadie supo darme repuesta ni siquiera de cómo se llamaba.

Llegamos al momento de las nuevas tecnologías aplicadas al comercio: cuando usted va a comprar algo en una venta de repuestos de esas limpias y pulcras, atendidas por "expertos" que saben mucho de una cosa si tienen una computadora a la mano, debe decirle al vendedor al menos cómo se llama lo que va a comprar, porque la información de lo que hay en los inventarios se encuentra en una base de datos y no en la memoria del vendedor. El depósito está en un lado y la taquilla de atención en otro; dígale a quien despacha si lo puede ayudar a conseguir tal cosa y lo verá bostezando o diciéndole de una que no. Porque él, al igual que la computadora, está programado sólo para recordar lo que está catalogado y en orden. Llega entonces el momento de acudir a otro tipo de negocios y a otro tipo de saber: hay que ir al margen, allí donde está el creador y hacedor marginal.

Llego a una de esas tiendas llenas de grasa al igual que el almacén, el vendedor y el lugar donde reparan el carro, y te atiende un señor que al sifrino promedio le parecerá muy grosero. Agarra la pieza, le da vueltas y me dice: "Esta bicha se parece a la rueda que está debajo del distribuidor". Pero este carro es de un modelo que no trae distribuidor. Va y le pregunta a otro, intercambia con él dos palabras; pega un grito desde allá: "Epa, ¿esto es de una camioneta china, de esas Chery? Bueno, anda a una venta de repuestos Hylux, porque ese motor es el mismo y usa los mismos repuestos. Ni se te ocurra decir la marca de la camioneta, dile que es para una Hylux año 98". Eso ya es algo; el marginal al menos se tomó la molestia de pensar un momento y decirme algo que yo no sabía.

Me saltaré dos o tres diligencias más que hice en el mundo formal, donde gobierna el "experto" en carros que nunca ha desarmado un carro ni lo ha visto por dentro, y llegaré al momento en que fui a donde un tornero. El maldito engranaje inexistente es una pieza compleja, de precisión milimétrica, que debe soportar altas temperatura y presión. Todo el mundo me decía que si iba a un tornero iba a salir estafado o con una pieza defectuosa en las manos, que el carro no iba a poder rodar más que unos pocos kilómetros, o que tal vez me iba a destruir otras partes del motor. Pero ya la camioneta tenía dos meses paralizada y decidí acudir a esta medida extrema.

El hombre tenía una cola de gente que también había mandado a hacer repuestos automotrices de esos que "no hay" en las ventas formales. Miró el engranaje por diez segundos y me dijo que sí, cómo no, que él lo podía hacer. Pero que, en vista del gentío que esperaba, la cosa iba a tardar. Le pregunté cuánto; me dijo que 4 días. Me advirtió además que iba a trabajar con hierro colado, porque nadie o poca gente aquí trabaja con aleaciones de acero con otros metales, y que por lo tanto la pieza iba a tener una vida útil limitada. ¿De cuánto es esa vida útil? Tal vez unos 50 mil kilómetros. Era eso o ver la camioneta perderse en un estacionamiento o chivera. 

Existe un país de "expertos", un país que gradúa a cientos de ingenieros todos los años, unos ingenieros inútiles que no son capaces de diseñar una maldita parte automotriz tal vez porque no se sienten capaces (lo que dicen es que este país no les va a pagar los millones que su talento y su dedicación al estudio merecen), y otro país de creadores marginales, señores criminalizados por la propaganda y los miedos burgueses, que han divulgado que son ladrones y piratas; un país de gente que no estudió con libros sino con el hierro en las manos. Uno de estos señores marginales y satanizados puso a rodar el carro que los "expertos" desahuciaron, y por ahí anda comiendo kilómetros de carreteras. Este momento no es el de la crisis del pueblo sino el de la crisis de los expertos.

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En esta hora en que el marginal resurge y resuelve está activado hace rato el país del ser humano que ha construido toda la infraestructura vial, las casas y los edificios, pero es despreciado por el sifrino de apartamento (un apartamento hecho por obreros) porque no tiene un título universitario de arquitecto ni de ingeniero; el país del tecnólogo popular a quien las cúpulas de científicos menosprecian porque nunca ha visto un pulcro laboratorio pero anda reproduciendo peces comestibles en charcos y poncheras; el pueblo comunicador que no estudió periodismo pero anda difundiendo noticias e historias; el país del campesino custodio y reproductor de semillas de quien los tecnócratas se burlan porque no ha entendido la lógica de las grandes plantaciones; el país que entendió que es mentira que hay que ser doctor para poder legislar, hacer política y resolver problemas en dinámicas asamblearias.

Ese pueblo y ese país entra en estos días al Panteón Nacional, hasta ahora depósito de burgueses, aristócratas y engreídos gobernantes comemierdas: el Negro Primero es la encarnación del país marginal y adolorido que les está invadiendo los palacios y templos a quienes se sintieron por siglos los dueños de Venezuela.

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martes, 16 de junio de 2015

El (natural) terror a la naturaleza

Final del "caso acetaminofén": como no pudieron crucificar a la muchacha que les reveló algo que no sabían (hay una planta a la que llaman acetminofén) entonces hay que lapidarla porque, según la inmensa sabiduría de la "clase pensante", esa mata es mala y venenosa (http://www.portalntn24tv.info/noticia/advierten-que-las-maticas-de-acetaminofen-que-propuso-sembrar-candidata-chavista-podria-causar-la-55271 ).

Claro que basta con sentarlos recordándoles que todo en exceso es o puede ser nocivo, pero aquí no aplican la lógica ni la sensatez. Recordar: todo cuanto diga un chavista será criminalizado por el antichavismo. O casi todo; parece que hay chavistas soportables para el fascista promedio. Permítanme dejar para el final, para la post-data, un comentario u observación al respecto.

Que la conclusión del raro y muy gracioso debate sobre el acetaminofén haya llegado por allí, por la demonización casi unánime de la mata, no es algo que haya cobrado forma en esta discusión en particular. Hasta la pobre muchacha que hizo estallar la polémica, Rona del Valle Gómez, retrocedió uno o dos pasos en su propuesta: luego de su hermosísimo gesto, consistente en recomendarle al país que acudiera a una planta que sus viejos y la gente de su pueblo natal (El Socorro) suele consumir para curarse (y vaya usted a saber a cuántos miles de personas ha aliviado) se vio intimidada ante los ridículos pero tormentosos testimonios en contra y terminó dudando de las virtudes de la mata, sólo porque una parranda de güevones disfrazados de doctores se burlaron de ella desde las universidades y las ciudades, donde, como ustedes saben, sí proliferan los sabios en cuestiones de plantas http://www.el-nacional.com/politica/defiende-precandidata-PSUV-sembrar-acetaminofen_0_643735833.html

Decíamos arriba que ese tipo de actitudes tiene un origen muy anterior a esta discusión en particular. Comencemos por el desenlace: la planta llamada acetaminofén, atamel, ibuprofeno, bayer o boldo paraguayo ha sido catalogada como tóxica por una sola razón y es que no ha enriquecido ni empobrecido a nadie. Cuando una farmacéutica cualquier comience a procesar masivamente esta planta y a venderla en forma de cápsula o jarabe con toda seguridad volverá a ser "buena", nadie le tendrá miedo, muchos la comprarán y hablarán de sus virtudes, porque habrá sido tocada por la mano mágica del mercado, que todo lo purifica.

Ejemplo práctico. Muchas ramas maravillosas y comestibles que pueblan las jardineras, aceras, islas y patios de Caracas y otras ciudades han sido reducidas también a la condición de bichos peligrosos sólo porque nadie se ha dedicado a venderlas (y nadie las compraría porque están en todas partes). Agarre usted cualquier trébol que encuentre a su paso (hay tres tipos que sobreabundan en Caracas; usted debe haberlos visto) y cómaselo, con todo y tallo; deguste ese sabor caribe, explosivo, sensual, acidito, y compárelo con las tristes lechugas que le obligan a comprar en el mercado, que no saben a la milésima parte de un coño de nada pero vienen empaquetadas y se ven chéveres, y reflexione acerca de qué ingrediente quedaría mejor en su ensalada, sánduche o arepa.

Ahora vaya a donde uno de esos sabios de la botánica entregada al mercado y pregúntele por qué no recomendar el consumo masivo de esa noble y hasta bonita planta que son los tréboles. Seguramente el sabio le responderá: "No, esa planta no es comestible, porque tiene ácido oxálico". Replíquele usted a ese maldito farsante de universidad por qué recontra mother fucker entonces no hace una campaña en contra del tomate, uno de los alimentos con más ácido oxálido en la naturaleza. La respuesta no se la dará él sino una simple visita a los expendios: ¿usted cree que el sistema de estafadores y estafados que somos sacaría de las estanterías este veneno, que tan caro se compra y se vende? ¿Usted sabe cuántos millones de toneladas de fertilizantes químicos e insecticidas se venden al año para mantener las siembras de tomate? ¿Usted cree que sólo porque el tomate envenene lentamente a las personas va a haber alguien dispuesto a declararle la guerra? Tas loco: que se joda la gente, las ganancias son más importantes.

Otra buena cantidad de plantas contienen sustancias que pueden crear cianuro en el cuerpo y por lo tanto son potencialmente mortales si no se manipulan correctamente. Pregunte por ahí por la yuca. Ahora pregunte cómo y por qué los pueblos kariña, que no fueron a la universidad, inventaron a partir de la yuca hace siglos algo llamado casabe. Y ahora pregunte por qué si la toxicidad de algunas plantas se elimina con tan sólo aplicarle calor existen tantas leguminosas (docenas de tapiramas y frijoles) satanizadas por el mercado, mietras que otras se han impuesto y vendido exitosamente como platos "emblemáticos de la mesa del venezolano", como las caraotas.

Recordar: lo que es gratis y usted puede tener en la jardinera de su casa es malo; lo que se compra y se vende es de pinga, civilizado, chic, guao, o sea. 

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La pobre planta llamada acetaminofén, y millones más, han sido víctimas de un fantasma que comenzó por recorrer la Europa del siglo 19 y que alcanzó dimensiones planetarias aplastantes en el siglo 20; la Revolución Industrial y la creación de megalópolis fueron los puntos de partida de un muy difundido espanto a la naturaleza, de la cual esas ciudades gigantes son la negación.

Cuando el capitalismo y las burguesías nacionales comenzaron a secuestrar masivamente la mano de obra desde el campo hacia las ciudades la propaganda de los secuestradores convenció a millones de personas de que eran los pioneros de un nuevo, avanzado, más limpio, más decente y por lo tanto superior tipo de ciudadanía: un tipo de gente que debía renegar de la condición rural y campesina. Gente que debía dejarle la tarea de sembrar a otra gente rezagada, primitiva y deleznable que se quedó allá en el monte (y culebra). Usted se va a la ciudad y se lleva el impulso y la recomendación de que en ese lugar debe esforzarse para convertirse en gente, en alguien en la vida, y para eso tiene que olvidarse de andar manoseando plantas (para eso las venden en forma de pastillas). Esto, en lo que se refierea las clases medias y pudientes; a los obreros se les confina en lugares "que ellos mismos se buscaron" por no quemarse las pestañas para ser abogados o a médicos.

En la ciudad a usted se le informa en los libros de primaria que el ser humano pertenece a algo llamado "el reino animal". Pero en la propaganda cotidiana, en el bombardeo mediático y en el discurso a flor de labios que nos pone en la cúspide de la pirámide del planeta a causa de nuestro "proceso civilizatorio" (o gracias a Dios, dicen otros) afloran el odio y la fobia al resto de los animales. La mayoría de los insultos en nuestro idioma se refieren a cualidades presuntamente no humanas: burro, cochino, rata, perro, perra, zorra, gusano, víbora, mono, gallina. A alguien extremadamente torpe o ignorante se le suele llamar animal, y al criminal violento se le dice bestia.

En la ciudad a usted se le informa que para que le huela bien la boca debe cepillarse con una cosa llamada pasta dental y que casi siempre sabe a menta; al cabo de unos años usted y su descendencia se burlarán del ignorante de mierda que venga a decirles que la menta es una matica que usted puede tener en una maceta, y no un invento de la Colgate.

En la ciudad a usted se le informa que para que su casa burguesa no huela a gallina ni a pisadas de campesino debe limpiar el piso con una sustancia desinfectante que casi siempre huele a lavanda. Búrlese, escupa, cachetee, métale una patada por el culo al asqueroso campesino iletrado, al repugnante gocho, indio o llanero vulgar y prehistórico que venga a decirle que la lavanda no es una sustancia química inventada por los creadores de Mistolín sino otra planta que usted puede sembrar en cualquier pedazo de tierra o en cualquier pote o envase.

En la ciudad a usted se le informa que su dieta estará incompleta y mal proporcionada si no incluye carne de vaca o de un engendro mutante, a reventar de hormonas, remotamente parecido al pollo (y hasta lo llaman así: pollo). Ríase, considere ridículo, desprecie: cáguese en el bobo sabanetero que venga a decirle que en lugar de depender de esas fuentes perversas de proteínas tenga en el patio o el techo de su casa un gallinero vertical o un tanque con cachamas.

No olvide que usted se fue a la ciudad a ser un señor intelectual o profesional, no un conuquero mierdero que anda por la vida con las uñas llenas de tierra. Pero eso sí: asuma gallardamente su condición de profesional o de intelectual cuando venga la industria a venderle un kilo de carne a mil bolívares o cuando desaparezca la pasta dental para su pulcra boca y la cosa esa que hace que el piso de su casa huela sabroso. La elegancia y el confort tienen un precio. Digo, porque esa ciudad que el capitalismo industrial hizo a la medida de sus gustos exigentes y refinados es bastante confortable, ¿o no?

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Post data. Decía por allá arriba que parece haber chavistas soportables para el fascista promedio, y son aquellos propensos a defender el mercado aunque digan combatirlo. Uno puede entender que haya antichavistas dispuestos a enfrentarnos en todo, a no otorgarnos la razón en nada. Es normal: para algo se es "anti" lo que sea. Así que estas líneas, escritas quizá en un tono no conciliador sino confrontacional (y esto es probablemente un error de método: dicen que al interlocutor hay que endulzarlo y adularlo antes de proponerle una sana conversa, pero yo no sé mucho de eso) están dirigidas sobre todo a los compañeros que, por chavistas, supone uno que captaron del comandante la invitación a construir un planeta distinto, una forma de sociedad que nos salve como especie.

Este artículo está dirigido entonces a los compañeros que, siendo chavistas, discrepan o se burlan abiertamente de todo cuanto sugiera o proponga acercarnos (devolvernos) a la tierra y al trabajo manual, para nosotros y no para un explotador, como una forma de enfrentar algunas llagas del capitalismo. A esos que, a falta de un rótulo más desagradable que estamparnos, no se cansan de llamarnos "conuqueros", con lo cual queda claro, no nuestra inferioridad sino su insólito desprecio clasista y seguramente racista a la gente del campo.

A ellos. Porque lo que es a los otros, hace rato que los perdimos.

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domingo, 10 de mayo de 2015

Mayweather o la crisis de la industria del espectáculo

Desde que el milenario arte del teatro mutó hacia la televisión y el cine (y luego a sus variantes marca internet) algunas de las formas de divertir a los demás en un espectáculo han florecido y caído en desuso, pero siempre han mantenido unos códigos. En algunas de esas actividades (casos del cine, el teatro, la lucha libre, algunos programas de TV; por allá lejos la literatura) el espectador está dispuesto a dejarse engañar, a pagar y aplaudir para que le mientan, para que le inventen una fantasía que lo haga llorar, reír o reflexionar. El espectáculo (palabra que, por cierto, tiene la misma raíz etimológica que la palabra "espejo") puede entonces hacer que el espectador se sienta representado en esos seres que le caen a mentiras. Como si se tratara de un espejo embustero y estafador: eres el más lindo y popular, Capriles, sigue cagándola que vas bien.

En el caso de los deportes la cosa es un poquito distinta: la gente espera que los jonrones, nocáuts, goles y demás marcadores de la victoria sean reales y no prefabricados, trajinados o amañados. Los ídolos y hazañas deportivas tienen que ser reales; la pérdida de la credibilidad puede significar el fin del espectáculo (del negocio), de allí que a Pete Rose y a Ben Johnson los hayan borrado de todos los récords e historias deportivas, como si ellos fueran los únicos tramposos de la historia del deporte.

De todas formas en esas contiendas se gesta otro tipo de mentiras. Por ejemplo aquella monstruosa y sutil que empuja al público a creer que las victorias deportivas son reflejo o comprobación de la superioridad de una facción, llámese escuela, equipo callejero, municipio, estado, país o cultura. Venezuela no necesita que la Vinotinto vaya a un mundial o que Pastor Maldonado termine una carrera sin chocar ese maldito carro, pero parece que hay cosas que levantan la autoestima de los pueblos, y esas cosas hay que respetarlas.

Vinimos a hablar de boxeo, así que digámoslo de una buena vez: en la bárbara antigüedad romana los esclavos devenidos gladiadores peleaban y mataban a cambio de conservar una vida precaria, mientras que en el avanzado y civilizadísimo capitalismo industrial algunos de esos esclavos lo hacen por millones de dólares (que luego derrocharán para regresar sin remedio a una vida precaria). En otra variante remota del mismo espectáculo los animales salvajes despedazaban a personas desarmadas o provistas de armas, para solaz y excitación de una aristocracia enferma; los gladiadores de hoy se despedazan entre sí ante las cámaras para que millones de enfermos nos emocionemos y unos pocos empresarios se lleven la colosal tajada. Espectáculo=espejo: nos sentimos impotentemente Pacquiao al no poder reventar a golpes al gringo pedante, y mire lo grave de nuestra enfermedad que no sabemos ni queremos explicar por qué queríamos que perdiera ese coñastre insípido, tan parecido al presidente de su país, pero tan parecido también a tantos panas del barrio y la esquina.

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Se lo dijo Sugar Ray Robinson a Herbert Kretzmer durante una entrevista. El periodista le preguntó por qué había decidido meterse a boxeador. Sugar Ray respondió: "Un día me miré la mano izquierda. Después me miré la derecha. En ninguna había dinero". Los boxeadores pelean y quedan reducidos a despojos humanos por plata, esto ha sido así toda la vida. En toda su carrera bosxística que duró un cuarto de siglo (1940-1965) Robinson, de quien se dice que ha sido el mejor peleador de todas las épocas, declaró haber acumulado una fortuna de 5 millones de dólares. En 1974 Muhammad Alí y George Foreman se ganaron cada uno esa cantidad por pelear poco más de 20 minutos; 31 años después Mayweather y Pacquiao se acaban de repartir 300 millones: el filipino por tratar de pelear con el norteamericano y éste por huir durante los 12 rounds que duró el "combate".

Volvemos al espectáculo-espejo de nuestra miserable formación capitalista: halamos de Mayweather en tono de burla y desilusión porque estamos entrenados para emocionarnos al ver a dos seres humanos cayéndose a coñazo limpio o sucio. El gringo aplicó a cabalidad una regla universal del boxeo (que consiste en pegar y no dejarse pegar) pero nuestra condición de espectadores de la violencia esperaba que esos gladiadores hubieran terminado bañados en sangre. En nuestra defensa pudiera decirse que la pulsión primitiva que nos hace enardecer ante las masacres y el dolor ajeno es muy anterior al capital: el mejor sinónimo de "comer" es "matar" (en una próxima entrega nos regodearemos en esa cruel pero irrefutable verdad) así que no hay nada que nos estremezca, tanto como el hambre y la necesidad de morder, que el espectáculo de un depredador destrozando a su presa.

Tuve una revelación al respecto hace años, leyendo sobre la vez que Roberto Mano'e Piedra Durán ganó uno de sus títulos mundiales. El panameño tenía problemas para mantenerse en el peso de su categoría, así que debía someterse a una dieta muy rigurosa. Su entrenador (perdonen el lapsus, no recuerdo quién era en ese momento) contaba varios años más tarde en una entrevista que a Mano'e Piedra le deban para que probara un churrasco a "término medio", pero le indicaban que sólo lo masticara, se tragara el jugo y botara la parte sólida. Esto era importante (decía el preparador): que el boxeador se enfrentara con frecuencia en la mesa a un pedazo de carne roja, sangrienta, ya que esto mantenía en los seres humanos el instinto depredador vivo, a flor de piel, esa cosa que necesitan los boxeadores y que es alimento del "pundonor". Recuerdo que esa fue la palabra que utilizó el entrenador.

Lo llamé "pundonor" hasta que di con el el sustantivo correcto "encarnizamiento". La forma en que Roberto Durán peleaba da pistas certeras sobre el significado exacto de la palabra (https://youtu.be/ugGNKHrJXbE?t=14s ). El que se encarniza es el opuesto exacto del "comeflor", y habrá que estudiar si esta otra palabra obedece sólo a una observación superficial de ciertas conductas relajadas o si de verdad el forzarnos a ser vegetarianos termina por apaciguar alguna bestia de los adentros.

Espejo-espectáculo: nos vemos en el vencedor porque anhelamos ser el depredador y nunca la presa. Es fácil explicarse desde este punto el triunfo global del capitalismo: quienes nos estimulan para que destruyamos al otro están acudiendo a atavismos biológicos quizá mal sepultados. A lo más primario que tenemos, al motor fundamental de la especie que es el hambre (de comida, de sexo, de supervivencia, de reconocimiento, de dominio territorial, de victoria), esa cosa que sólo la conciencia puede convertir en combustible para la vida en dignidad.

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La industria del espectáculo deportivo, tal como la conocemos, tiene poco menos de 100 años de desarrollo y consolidación. En ese interín ha visto florecer momentos y personalidades grandiosas y ha visto venir una lenta pero sostenida debacle; hoy proliferan las marcas y récords pero van desapareciendo las personalidades magnéticas, los ídolos de verdad, los que eran representación (espejo) de sus pueblos. Unas cosas eran el deporte y el boxeo amateur, y otras esencialmente distintas el espectáculo del deporte por dinero, por millonarias bolsas, el deporte-negocio. Hubo una etapa del boxeo profesional en que los combatientes luchaban por algo relacionado con el patriotismo y el honor, algo que parecía gallardo y grandioso así en el fondo también fuera miseria e ignominia. Esto se ha ido deteriorando y envileciendo a una velocidad monstruosa.

Caso Mayweather: cuando a un señor lo presentan como al "mejor boxeador del planeta" y el hombre termina dando una lección de danza contemporánea para no dejarse lastimar el rostro está rompiendo uno de aquellos códigos del espectáculo de los que hablábamos arriba: los ídolos del deporte y sus hazañas tienen que ser reales, patentes y convincentes. ¿Somos enfermos espectadores sedientos de sangre? Lo somos: el que se lleva los dólares, la fama y la "gloria" aceptó satisfacer a esa fanaticada y haría bien en atenerse a las normas del show. O concretar la estafa y convertirse en agente del fin del espectáculo.

La danza de los millones de dólares puede darle un respiro un rato más al boxeo-espectáculo, pero un escenario en el que cualquier boxeador (no es exageración: cualquiera) puede ser campeón de cualquiera de las muchas organizaciones de boxeo existentes no parece un buen síntoma de lo que viene. La humanidad pudiera estar encaminándose a otras formas de generación de emociones.

Necesaria post data: existe otra industria floreciente, llena de gladiadores que no huyen y que sí le tributan sangre y dolor en vivo al monstruo consumidor de violencia: el Mixed Martial Arts (MMA) y el Ultimate Fighting Championship (UFC) https://www.youtube.com/watch?v=CccrlsxnwV4 .

A ver cuánto les dura el prestigio y la fama (y la vida útil) a sus cultores.

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miércoles, 1 de abril de 2015

Curso práctico para querer a Venezuela

No es un contrasentido venir a hablar de un libro (de este en particular) cuando en el ánimo general está instalado el impulso de hablar de la guerra. Porque, precisamente en lo que esta publicación revela, escudriña y difunde, se encuentra la clave que nos puede permitir ganar guerras económicas, informativas, culturales o abiertamente bélicas.

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Otro impulso galvanizado en el cerebro, o tal vez sólo en la superficie de la piel de casi todo el mundo, es ese que nos empuja a decir "Yo amo a mi país". Esto es así incluso cuando es obvio que no lo conocemos; imagínense cuando nos hemos dedicado a recorrerlo. La rara noción de "patria" instalada en la psique colectiva es tan fuerte que incluso un imbécil como Ricardo Sánchez es capaz de vociferar un violento amor a Venezuela, cuando es evidente que ese saco de grasa y ruidos intestinales nunca ha rebasado las fronteras de Tazón y tal vez Guatire.

Es verdad que a punta de consignas, lecturas más o menos dirigidas, degustaciones del himno nacional y retazos de la epopeya de Bolívar se ha levantado una ciudadanía capaz de indignarse contra cualquier amenaza de ataque a Venezuela, como en efecto procede y es necesario. Pero un momento, mi compai: si usted no conoce a una persona no puede estar tan perdidamente enamorado de ella, y si no conoce un país no puede amarlo hasta el punto de querer ofrendar su vida por él si un maldito yanqui osa mancillar su sagrado suelo.

Como este tipo de discusiones casi siempre se queda en el terreno de la especulación y las suposiciones, ya que nadie está obligado a ir a despescuezar al embajador gringo para demostrarle a otro cuán venezolanista y patriótico es, viene al pelo la publicación que acaba de presentar la editorial Estrella Roja en la Filven, esa titulada "Historias de Comunas. Donde Chávez vive". Este libro, cuyo contenido y alcance rebasa el simple objeto editorial y sus 24 crónicas publicadas (ya veremos que es producto de un trabajo que se inició hace un año y medio y cuyo espíritu y músculo continúa produciendo material) es el más importante de los publicados en ese siglo, por dos o tres razones que tiene mucho sentido discutir y profundizar en este momento.

La recopilación puntual de historias de la gente que protagoniza el proceso de construcción del Estado comunal se inició el año 2013, cuando Reinaldo Iturriza era ministro de Comunas. El equipo que se instaló en ese ministerio convocó a un montón de jóvenes comunicadores, les explicó en qué consistía el asunto de las comunas en formación y los mandó a viajar por toda Venezuela en busca del cuento fundacional de ese otro país que estamos empezando a gestar.

Hay un blog ( http://comunaadentro.blogspot.com/ ) que recoge un puñado de esos cuentos, recabados y escritos por jóvenes con sensibilidad para captar la esencia de las historias, destreza para construir buenas crónicas escritas y ganas de seguir hurgando en la memoria viva de nuestro pueblo. La experiencia produjo también materiales fotográficos y audiovisuales (https://www.youtube.com/watch?v=Hjn3HjfCXn8 ), así que la experiencia ha sido más dinámica que el simple recorrido de un lánguido periodista por algunas comunidades.

Lo que me parece extraordinario del libro es precisamente la dinámica que le da o está dando cuerpo: el ejercicio consistente en enviar gente joven de una ciudad para otras u otras; en estimular a muchachos citadinos talentosos para la escritura y con hambre de relatos de carne y hueso, para que se zambullan en el pueblo del que tanto hablamos, a veces sin conocerlo realmente en su grandiosa complejidad. Uno de esos cronistas de la nueva generación ha declarado que en el estado ideal de esta iniciativa las propias comunidades deberían producir y procesar en materiales informativos sus propias historias. No le falta razón, pero la dinámica que promueve el contacto directo entre gente de unas regiones y otras debe mantenerse, como en efecto parece que se proyecta mantener.

El Perro y la Rana ha publicado docenas de historias locales escritas por las comunidades y por sus propios recopiladores, pero el concepto de ahora es distinto: la historia del pueblo debe propagarse, pero hay que ir prescindiendo de los métodos que promueven el autoencierro y el aislamiento físico: más que sentarse en Maturín a leer el cuento del páramo trujillano, vale la pena enviar al muchacho monaguense a Trujillo para que intercambie con el andino mi cuento por el tuyo: Niquitao dialogando con el Guarapiche cara a cara, cuerpo a cuerpo.

Sólo multiplicando esta forma de recorrernos y reconocernos podremos vencer el inmenso daño que nos produjo el capitalismo industrial, la forzosa urbanización del país, cuando secuestró a nuestros abuelos rurales para hacinar a toda su descendencia en ciudades hipertofiadas. De ese secuestro masivo proviene la insólita manera de odiarnos hasta tal punto de admitir, ya no como chiste sino como hecho verídico, que el gocho es bruto igual que el barloventeño, el maracucho grotesco y atropellador; el caraqueño sifrino, el valenciano débil, cobarde y maricón; el oriental borracho, el llanero flojo al igual que los indios: así nos quebraron el mapa humano y el derecho a conocernos y a querernos los mismos que han dicho que Chávez inventó el odio entre los venezolanos.

Tarea urgente en desarrollo: que los chamos, antes de seguir diciendo que aman a Venezuela, salgan a conocerla en serio. Que un puñado de cronistas jóvenes inicie esa misión no cumplirá el objetivo, pero sí lo puede iniciar y estimular, mucho más que la lectura semanal del mismo sesentón encorbatao hablando de la Batalla de Santa Inés sin haberse acercado nunca a menos de 400 kilómetros del sitio. Un equipo de jóvenes que se quede a compartir y conversar unos días con la gente en el eje El Real-La Luz-Santa Inés entenderá y hará entender mejor a Zamora que el sabio cabeceverga que se enteró de algunas cosas leyendo en su biblioteca de El Cafetal a José León Tapia. Tan chavista el viejo, vale.

En eso anda este equipo que ahora se instaló en Min Cultura, y reconforta, además, que las firmas que han salido a recorrer los caminos son nombres nuevos, voces no consagradas por el estatus, ni por clanes, ni por la industria cultural; muchachos cuya edad promedio no llega a 28 años y que están llamados a ir revitalizando las publicaciones y espacios de difusión. La Revolución debe demostrar, también en este ámbito, que es capaz de sacar sangre nueva a librar las batallas del verbo. En el borde de mi medio siglo creo saber de qué estoy hablando cuando me refiero a la necesidad de ir sustituyendo por nuevos guerreros de la palabra a esos nombres y discursos ya cansones: esos que deberíamos andar figurando menos y estimulando más a los que vienen.

Post data individualista y personal: tengo rato echando discursos sobre la profunda estupidez de quien se cree superior (a otros) por haber leído y escrito mucho; sobre la horrenda frivolidad del que siente que esos "otros" encerrados entre paréntesis en la oración anterior deberían considerarlo a él, al intelectual formado más a punta de libros que de vivencias, el conductor y sujeto más importante de la Revolución. A causa de esto casi siempre me acusan de haber dicho que leer es malo, lo cual me reconfirma esa profunda estupidez, la del que sólo sabe o cree que sabe leer. Al que tuvo la cortesía de llegar hasta este punto del artículo le digo: vale más el que vive la historia que el que la cuenta, pero un cronista-recopilador consciente de su misión (prestarle su voz de pueblo al resto del pueblo) es un soldado muy valioso para nosotros, y muy peligroso para ellos. Peligroso para la seguridad nacional de todo imperio o hegemonía nacional, transnacional o ideológica que nos prefiere divididos y mirándonos como desconocidos.

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viernes, 20 de febrero de 2015

Aquella entrevista con Argenis


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Con odio y con frenesí

  • Una entrevista al escritor venezolano Argenis Rodríguez 25 años después




Está en proceso de producción la segunda parte de un libro que estremeció a la izquierda, a la política y a la intelectualidad venezolana de los años 70. Su autor, un exguerrillero, desempleado y escritor de furiosa pluma, dice que seguirá en lo mismo: hurgando llagas, lanzando anatemas sin compasión “hasta que me muera o me maten”. Para tenerlo en cuenta.

Aquel libro, Escrito con odio, publicado por la editorial Fuentes cuando todavía el mundo se dividía entre comunistas y capitalistas, y cuando todavía los escritores venezolanos se desvelaban con la posibilidad de ser tardíos representantes del boom de la novela latinoamericana, barría literalmente el piso con algunos nombres prominentes de las letras y la política. Uno a uno fueron recibiendo su respectiva descarga de denuestos, no con la prosa elegante del que insulta sin nombrar al destinatario, sino con los aspavientos furiosos y directos del mecánico o pulpero metedor de chismes, varios personajes con nombre y apellido: allí llevaron plomo verbal Caupolicán Ovalles, Jesús Sanoja Hernández, Teodoro y Luben Petkoff, Douglas Bravo, Pompeyo Márquez, Ramón Bravo, Lucila Velásquez, Adriano González León y Arturo Uslar Pietri, entre otros. Y lo más interesante de todo es que la mayoría de los aludidos fueron sus amigos antes -y algunos después- de la publicación del explosivo libro-testimonio-panfleto, cuyo párrafo final guarda proporción con la intensidad del resto de las páginas: "Venezuela es del cabrón, del chulo, del ladrón, del que traiciona; es de la cantidad de chulos y cabrones, Venezuela es del cabrón, del cabrón, del cabrón...".
El libro ha agotado 14 ediciones, más unas cuantas reimpresiones informales. Hay alguna gente que debería estar preocupada en este momento. Porque Argenis Rodríguez acaba de desperezarse de un largo trasnocho existencial con intento de suicidio incluido -en su muñeca puede verse, blanquecina y terrible, la marca del hojillazo que se infligió en 1990, en un momento borrascoso de su larga depresión- y acaba de entregar un libro cuyo título lo anuncia todo: Escrito con odio (II). La primera frase del libro marca la pauta de lo que sigue: “Soy malo, infínitamente malo, pero cuánto no daría por ser peor”. Suenan las campanas: Argenis Rodríguez ha regresado a las guerrillas de tinta y papel.

-¿Con quién se mete esta vez? Ya no hay comunistas en el panorama.
-Bueno, lee el libro. Yo no tengo por qué estar anunciando a quién menciono. Es verdad que ya no hay comunistas, pero en el país siguen pasando cosas indignas.

-¿Se ha reconciliado con alguna de las personas que abofeteó en el primer libro, o en la primera parte del libro? La gente de la República del Este, por ejemplo, ha vuelto a reunirse...
-Me he encontrado con algunos por ahí; cuando me ven dicen: "¡Coño, Argenis!", y se asustan todos.

-Pero Caupolicán Ovalles ha dicho que usted lo abordó para pedirle disculpas después de llamarlo chulo, cabrón y traidor en el libro.
-Eso es mentira. Yo no le pido disculpas a nadie. Y ese tipo de problemas no se arreglan con palabras sino a tiros o a trompadas. A todos los desafié, con algunos me caí a golpes. Pero todos tenían el libro y lo comentaban. Algunos querían que publicara otro libro y los nombrara otra vez, ¿no ves que los hice famosos, y hasta cargos les daban por haber sido insultados por mí? Hay dos libros que me han dado de comer: Escrito con odio y Relajo con energía. Este último lo publicó De Armas y agotó cuatro ediciones en un mes. Pero un día fue Morales Bello a su oficina, lo amenazó y le puso una pistola en el pecho; entonces ya no lo reeditaron más.

-¿A usted lo han amenazado de muerte?
-Bueno, cada vez que sacaba un libro me amenazaban. Cuando publiqué La amante del presidente, que es la historia de Cecilia Matos, los adecos me andaban buscando para matarme. Otros me veían por ahí y lo que hacían era brindarme caña. Una vez un tipo llamado Néstor Tablante Garrido me sacó un arma en la librería El Gusano de Luz. Yo le dije: "Mira, es mejor que guardes eso, porque se te va a escapar un tiro y te vas a malograr esas bolas que nunca has usado".

-¿A cuál de los personajes que ha mencionado en sus libros reivindica hoy?
-Creo que a ninguno. Yo no acostumbro retractarme de lo que digo. Para eso sirve la palabra escrita: uno habla en un bar y al otro día no hay forma de confirmar nada, pero uno escribe algo y así queda registrado para siempre.

-¿Todos le parecen tan indignos como antes?
-Bueno, no todos. Jesús Sanoja Hernández es un hombre dedicado seriamente a su oficio, que es el periodismo, y también hace poesía. Es el único tipo serio que queda de la izquierda.

-¿Qué opinión le merece Teodoro Petkoff?
-A Teodoro lo conocí en el PCV, cuando yo pertenecía a la Juventud Comunista. De él escribí que fundó el primer partido anticomunista de Venezuela, que es el MAS. Hoy cualquiera puede ver lo que ha pasado con el tiempo. Yo estoy acostumbrado a decir lo que pienso, y a decir la verdad.

-¿Usted es un hombre feliz?
-Bueno, he tenido mis momentos de depresión, de soledad; he pasado hambre. Pero puedo decir algo que no puede decir cualquiera: las mujeres que he tenido me han amado, se han acostado conmigo por amor. Porque nunca he tenido dinero. 

YO, EL SUPREMO

A sus 63 años, Argenis Rodríguez ha publicado 40 libros entre novelas, noveletas y testimonios; tiene 20 novelas inéditas y un diario que comenzó a escribir a los 14 años, y que "debe tener cerca de 10 mil páginas: es más largo que el diario de Miranda". Los títulos de las dos últimas no­velas anuncian tempestades: una se llama La toma de posesión del presidente Chávez y el secuestro del inge­niero Nagen. La otra: De asesinos, lesbianas, prostitutas y barraganas. Ambas están pobladas de personajes reales, ampliamente conocidos en Venezuela, y las situaciones están llenas de un agrio desparpajo. En De asesinos... un renombrado empresario fornica con una conocida diputa­da en un baño del Congreso. De pronto se abre la puerta; es el doctor Ramón J. Velásquez, quien con su proverbial capacidad para emitir sentencias comenta: "Estas cosas sólo pasan en Venezuela". Los otros dos personajes también son reales, y aparecen con sus nombres.

-¿Usted hace literatura o periodismo, o simplemente nos cae a chismes?
-Yo escribo. Y no hay un escritor en este país que lo haga como yo.

-Usted acostumbra a ponerse por encima de varios escritores venezolanos emblemáticos. Se los voy a nombrar uno por uno, y usted me dice por qué son inferiores a usted.
-De acuerdo.

-Rómulo Gallegos.
-Cantaclaro empieza bien, pero Gallegos creía en la virginidad. Dígame Santos Luzardo: él es un santo, lo di­ce su nombre. No le hace nada a Ma­risela, que estaba bien buena; no le hace nada a Doña Bárbara, que se le ofrecía. Así no se puede.

-Rufino Blanco Fombona.
-Me gusta Rufino porque era recio, macho, escribía violento, pero era racista.

-Mariano Picón Salas.
 -Mucha palabrería. A Mariano le sobraba ramaje y le faltaba cultura.

-UslarPietri.
-A Uslar le falta todo. Un hombre que trata de usted a todo el mundo, que es inaccesible, que no te deja llegar a él, no puede conocer el alma de la gente.

-Adriano González León.
-El es clase media baja; esa es la gente más vulgar y llena de prejuicios. Y un escritor con prejuicios no funciona.

-Rafael Arraiz Lucca.

-Yo desconfío de la gente que anda bien vestida y con corbata. No lo he leído. Para ser escritor es preciso haber conocido la vida desde muy abajo y desde muy arriba, y el único que ha cumplido con ese requisito he sido yo.

viernes, 23 de enero de 2015

Rafael de reposo; nace El Cazador

Empezando el año 2015 la cultura de este país sufrió un percance: Rafael Martínez Arteaga, "El Cazador Novato", tuvo un accidente cerebro-vascular (ACV). El hombre se está recuperando en el hospital Luis Razzeti de Barinas y no le han faltado el apoyo ni la compañía de familiares, amigos e instituciones. Tiene todavía inestable la tensión pero va bien el ilustre compañero, cronista y palabreador de este pueblo.
Como ustedes saben, este tipo de percances deja secuelas. La que anda enfrentando el amigo dan para una pequeña historia.
Los ACV por lo general afectan alguna función motora o cognitiva de los afectados. Hay quienes quedan sufriendo parálisis parcial del cuerpo, pérdida de la memoria o del habla, desperfectos varios. El Cazador, quien es un caballero sereno, recio pero dueño de una humildad y de una dulzura que resulta insólita para quienes sólo lo conocen por sus electrizantes declamaciones, está padeciendo el siguiente efecto secundario: un mal humor del coñísimo, una agresividad que nadie nunca le había conocido. En palabras de los familiares que lo atienden, es como si fuera otra persona.
Mi lectura, tal vez irresponsable pero tal vez optimista, es esta: mientras el compañero Rafael Martínez se recupera se encuentra entre nosotros, sustituyéndolo, el Cazador Novato, su creación, su personaje, su leyenda; el bicho que cuenta que le decían "Párate, coñoetumadre, pa darte tu merecío" la vez que intentó cogerse a la mujer de un tipo violento. Porque en realidad se trata de dos hombres distintos.
Así que Rafael anda de vacaciones, y ahora, por primera vez en la historia, anda por allí cobrando vida en el hospital El Cazador Novato. Este sujeto áspero y antipático. Tan antipático que nos resulta agradable como pueblo llano, porque en el fondo es nuestra síntesis, nuestra definición, nuestro moldeado cultural en este crisol machista y pendenciero que somos:


lunes, 22 de septiembre de 2014

El depredador


  • Esta crónica iba a debería titularse "El ignorante", rótulo más ajustado al episodio que le dio origen. Pero se atraviesan esas cosas del merchandising, la imagen personal que uno cree que debe defender y las ganas de captar lectores con cultura cinematográfica, y ustedes saben, cede la justicia y termina triunfando el espectacular lenguaje de la guerra


Llegué a mi casita de madera en construcción. Me alisté para trabajar, busqué las herramientas, me paré frente a una de las paredes, y vi que esta se movía. Se meneaba, culebreaba como una bandera. Me puse los lentes; lo que se movía no era la pared sino los millones de hormigas que la cubrían. Eran unas bichitas de culito rojo, no tan impresionantes como los clásicos bachacos, aunque pude distinguir algunas de grandes tenazas y supuse que eran los soldados de la partida.
Marea de innumerable vértigo, la hecatombe animal se apoderaba del ranchito. Y se me dispararon las sirenas de alarma; si esas bichas anidaban ahí yo no podría habitar nunca esa casa, que por cierto es la única que tengo.

***

Me armé entonces de lo más eficaz de lo que disponía para combatir a los bichos salvajes, esos enemigos incómodos que nos impiden construir nuestra casa: sustancias tóxicas. Gasolina, gasoil y creolina; un tobo entero de una mezcla de esas tres sustancias, que juntas seguramente son más venenosas y letales que lo que pueda tener una mapanare en sus pertrechos. Iba a usar candela también, pero fíjate tú, la mía es una construcción 90% de madera.
Les zumbé varias cargas con un vaso pequeño, así de lejitos; las hormigas se agitaron, comenzaron a correr en todas direcciones. Ya estábamos igualados en algo: yo estaba sobresaltado, ellas también.
Busqué un cepillo de barrer y una brocha para aplicar el resto del líquido directamente en las paredes. Barrí, cepillé, arrasé a lo macho a docenas, centenares, tal vez miles de las invasoras. Estaba en eso, más o menos eufórico y excitado, cuando recibí un gol en contra. Más bien dos: escuché claramente algo que me sonó tac, tac en la pantorrilla derecha; acto seguido un dolor lacerante y ardiente, y segundos después una sensación que no tengo por qué reservarme ni tratar de narrar de manera elegante (porque es imposible): esas dos pequeñas picaduras me dieron ganas de cagar.
Me imaginé la picadura de cien, doscientas o mil de esas hormigas en el cuerpo de alguien perdido o descuidado en estas montañas. Aplasté con más dolor que rabia a las dos agresoras y me vi las heridas: aquí las tengo. Muy grandes para ser infligidas por ese par de bichitas. Me acordé de la canción de Gino: "Solos somos la gota; juntos, el aguacero".
Hasta ese momento no se me había ocurrido pensar en la forma en que esas locas habían llegado allí, y por supuesto miré hacia el piso. No estaba cubierto totalmente como las paredes, pero había tres filas/oleadas de insectos trotando hacia su objetivo. A tener cuidado entonces con los puntos donde pisaba.
Vacié medio tobo del coctel tóxico dentro de la casa, salí y utilicé el otro medio tobo en la fachada principal. Se me acabó el combustible y pensé, optimista y más o menos orgulloso, que mi matanza y el olor de la mezcla iban a ser suficientes para espantarlas. Tuve entonces el impulso de seguir el rastro del río animal que subía desde la calle; miré con atención y vi algo que, debido al estado de alarma en que me encontraba, no me dediqué a contemplar con toda la atención que se merecía: imbuida en la marcha caminaba una hormiga perfecta, de unos 3 centímetros, casi animación 3D: una hormiga de plástico, blanca con lunares azules, que no sé si vuelva a ver en la vida.
Bajé las escaleras, miré la cuneta, me fijé en la enorme fila; las invasoras venían en correcta y torrencial formación desde allá, desde muy lejos, desde el coñísimo de su madre, y ni el movimiento ni el número de ellas se terminaba. Ni 100 tobos de combustible iban a acabar con esas diablas, y yo no tengo 100 tobos de combustible ni de nada.
Martín, un niño de 10 años, vecino de la comunidad, se acercó a curiosear y me preguntó en qué andaba. Después de mostrarle y comentarle el rollo me dijo: "Mi papá dice que a esas bichas hay que dejarlas tranquilas".
No le paré bolas. Nadie le hace caso a un niño de 10 años así esté citando a su papá.
¿Regalarles mi casa a las hormigas? Mamen.

***

Bajé al pueblo a buscar ayuda y asesoría; los campesinos altamireños han sido durante más de un año mis maestros en materia de siembra, alimentación, construcción y otros aspectos de la vida en la montaña, así que ellos debían saber cómo combatir esta plaga. Me encontré con la señora María y el compai Angelón y les pregunté si tenían algún insecticida que pudiera aplicar en grandes cantidades, con asperjadora. Les describí el problema que tenía y les mostré unos pocos cadáveres de los insectos que me azotaban. Los dos hablaron al mismo tiempo, pero a los dos los oí por separado:

--Ay, señor Duque...
--¿Tú eres güevón?

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Sucede que, entre los muchos rituales populares del pueblo de Altamira, se encuentra uno del que yo no tenía noticias: de vez en cuando, en tiempo de lluvia, aparece una bandada de hormigas cazadoras (así las llaman) en una casa cualquiera. Este es un acontecimiento fortuito que algunas veces le sucede a una casa y a veces a varias; a otras no les ocurre nunca. En cualquier caso, es una bendición. Un súbito regalo de la selva a los seres humanos que tienen aquí sus viviendas: las hormigas no llegan para anidar o quedarse allí sino para limpiar la casa. Este depredador multitudinario se mete en todos los rincones y arrasa con cuanto alacrán, culebra, ratón, polilla, termita y animal nocivo o buen culo se atraviese.
Cuando sucede esto es común que la familia premiada desaloje la vivienda durante todo el día, hasta que llega la noche; en ese intervalo de tiempo la gente se instala en una casa vecina mientras las cazadoras hacen su trabajo, se llevan lo que encuentren por ahí mal parado y siguen su camino. Son nómadas, un río constante que no hace nidos ni madrigueras sino que surca lo inmenso del húmedo y frío bosque del piedemonte, cumple su misión de profilaxis y sigue para allá, para donde sea y para más nunca.
En términos abstractos es temible su potencia; un cocodrilo, león o jaguar se burlaría de un encuentro con una, dos o diez de estas hormigas. Pero ningún ser viviente sobreviviría al ataque de 30 millones de ellas. Sólo que ellas no vienen a atacarte, estúpido: vienen a limpiarte la casa, a hacértela más habitable.

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Y sí, me siento mal, culpable, profundamente ignorante; están los depredadores que cazan para comer y estamos los que matamos porque le tememos a lo que no conocemos.

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Anoten los datos centrales del cuento: miedo, sentido de la propiedad. De ser un carajo que defiende la causa de los débiles me convertí de pronto en un amo con miedo; en un propietario dispuesto a defender con violencia sus dominios.
Yo estoy haciendo una casa ahí en el territorio donde ellas vivían primero. Aun así no vinieron a desalojarme sino a hacerme tremenda segunda, pero del lado de allá lo que vi fueron soldados; uno prefiere llamar soldado a una legión de animalitos con tal de anunciar que lo que viene es el relato de una guerra espantosa, una coñacera épica. Como la formación emocional y sentimental de nosotros, los esclavos del capital, proviene en buena parte del cine gringo, no es difícil adivinar qué cosa produjeron en nuestros adentros las películas sobre esos seres malditos llamados tarántulas, marabuntas, anacondas, tiburones y cualquier iguana o lagartija transfigurada en Godzilla.
Eso de ser urbano o citadino consiste en buena parte en negar el ser natural que somos (proceso civilizatorio llaman a eso), así que se van entendiendo el desapego a la tierra y el terror a la naturaleza de nosotros, los que fuimos secuestrados por la ciudad.
Esa fobia contra nuestros hermanos tiene un síntoma evidentísimo en el lenguaje: el peor insulto que usted puede proferir contra alguien en cualquier idioma moderno es animal. Si alguien no se altera porque usted lo llame así puede ser más específico e intentar con algo como burro, zorra, gallina, chigüire o pato.

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Solos somos la gota; juntos, el aguacero: aquello fue una lección de trabajo colectivo. Táctica o estrategia que sirve para la destrucción y también para la construcción.

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Nota mental, por enésima vez: no combatir a la naturaleza sino adaptarse a ella. Si la naturaleza se opone, mejor apartarse y dejar que se le pase la furia o la traslade para otro lado. "Hacer que nos obedezca" es imposible; nosotros no somos los papás de la naturaleza sino uno de sus interesantes (y a veces muy miserables) productos.