lunes, 20 de febrero de 2017

Memoria del Chiclayano


Publicado originalmente en la revista Épale Ccs Nro. 216


El personaje se las traía; algo debía tener en el equipaje vital alguien que cultivó renombre y laureles en Suramérica y el Caribe, durante más de medio siglo, como luchador, torero, compositor, actor de televisión, periodista, guionista de cine, playboy, fotógrafo de famosos. Como fue fotógrafo en un tiempo en el que todavía se revelaba en cuarto oscuro y las fotos había que verlas y “trabajarlas” en papel, puede uno aventurar que el hombre además fue un adelantado en montaje y edición en la prehistoria del Photoshop. Alguna de sus extrañas piezas o montajes se incluye en estas páginas.
Un día de 1999 nos fuimos tras el caballero que ostentaba semejante historial o carta de presentación. Gustavo Séclen Ménchola, El Chiclayano, leyenda latinoamericana de la lucha, nos recibió en la planta alta de un viejo edificio ubicado entre las esquinas de Dolores y Quinta Crespo, cerca de la sede de aquel canal que se llamó RCTV. Aquí El Chiclayano mató uno de sus últimos tigres haciendo fotos de actores y actrices. Frente a su cámara desfiló toda la pléyade farandulera activa en los años 80 y 90. Pero frente a sus ojos y su memoria desfilaron personas más interesantes de muchos países.
Varias veces durante aquel encuentro nos dijo en tono menos confidencial que propagandístico: “Mire, hay cosas que uno, cuando es caballero, no debe andar diciendo por ahí. Yo guardo algo con mucho celo, y no sería correcto que se lo diga a usted”. La primera vez que me lo dijo le concedí la razón con un “Ah bueno, está bien”. A la tercera o cuarta vez fui comprendiendo: el hombre tenía algo atravesado entre el pecho y la espalda y quería darme la primicia. Al final la soltó. Por cierto que no la publiqué, por razones que me parecieron comprensibles hace 18 años. Pero ha pasado el tiempo, el señor Séclen ha fallecido (mayo de 2011, a los 89 años) y los otros participantes del cuento también, así que bueno, soltar aquella anécdota tardía como que no escandalizará o afectará a nadie a estas alturas.

Con la cara pelá

Fue un ídolo internacional de esa actividad que se llama popularmente Lucha Libre. Nuestros padres y abuelos se dejaron seducir también por su denominación anglosajona: Catch as catch can. Una vez venezolanizada, la expresión ponía a la gente a decir un corto trabalenguas, y no a todo el mundo le quedaba bien el acto de decir que se iba para la casa porque ya iba a empezar el Cachacascán. Era la Venezuela que se dejaba impresionar con cualquier cosa que saliera en la televisión, ese invento fenomenal recién llegado (años 50-60 del siglo XX). Pero para hacerle justicia a la época hay que decir que no es preciso ser muy impresionable para sentirse cautivado por un espectáculo consistente en ver a un montón de tipos enmascarados cayéndose a pingazos, patadas y llaves estranguladoras.
Gracias al cine y a las historietas o suplementos, la lucha libre (y el cachacascán) tuvo entre sus primeros ídolos mundiales a El Santo, un enmascarado mexicano a quien nadie nunca jamás le quitó la máscara en combate. Contrariando ese tremendo antecedente, en un espectáculo cuya identidad o parafernalia visual estaba basada en buena parte en lo original y único de cada máscara, Gustavo Séclen se daba el tupé de combatir con su cara al aire.
No era el único (hubo un Lotario y otros peleadores sin careta) pero tal vez sí el más famoso de los que participaban en esa fiesta de la fantasía, la invisibilidad y el simulacro mostrando rostro y señales. Una de las consecuencias más felices de esa decisión es que él mismo se hizo famoso, tal vez más que el personaje que encarnaba. Los demás luchadores sólo se ganaban aplausos o rechiflas mientras lucían sus trajes y disfraces, y al terminar el espectáculo volvían a ser señores comunes y corrientes, ciudadanos anónimos, un poco robustos ellos; en realidad más gordos que atléticos la mayoría. Al terminar el espectáculo dejaban guardado a su personaje en el ropero hasta el próximo show. El Chiclayano no: el hombre era un ídolo en el ring y cuando se bajaba de allí era más idolatrado todavía, porque era el mismo tipo: un peruano de mirada andina, buena gente, salido de aquellos montajes que calificaban y todavía califican como actividad a medio camino entre el teatro, la danza y el deporte.
Años después se hizo ídolo en Venezuela otro luchador sin máscara: Bassil Battah. Pero este era el dueño de la Liga Venezolana de Lucha: así cualquiera.

El Caribe a sus pies

“Desde mi debut formé parte del bando de los buenos”, decía con orgullo. La declaración (o el orgullo) cobra sentido cuando uno recuerda o se entera de que el ceremonial de la lucha libre está compuesto, como toda vida o ficción de aventuras que se precie, por buenos y malos, héroes y villanos. ¿Cómo logra un luchador ser declarado héroe (de los buenos) en un entramado donde no hay crimen que castigar, donde el anunciador informa que hay unos luchadores despreciables que el público debe odiar, pero nunca explica por qué? En la época del Chiclayano lo decidían estos factores: el carisma, ese misterioso encanto de las personalidades atractivas o magnéticas; las condiciones atléticas, la capacidad para inventar rutinas, llaves, coreografías acrobáticas, y lo que le salía de los cojones al empresario. El tipo que ponía los reales para montar eventos decidía quién ganaba y quién perdía (ve, el dudoso mérito de Bassil) y esa decisión la tomaba al ver las cualidades de los luchadores en el gimnasio.
En aquella conversación, ya retirado y a sus 77 años, evocó con todo detalle el momento de su debut allá en su Chiclayo (Perú) natal: cómo aquel muchacho de 64 kilos se hizo ídolo de multitudes al enfrentar a un gigante de 120 y no dejarse despescuezar. Contó las peregrinaciones y maromas que tuvo que hacer para que lo aceptaran y aplaudieran en Lima, luego en Argentina, Chile, Ecuador, Colombia. Sus dos destinos fundamentales, los de la gloria, fueron Venezuela (adonde llegó en 1949) y Cuba (1953). Cuando pronuncia el nombre de este último país carraspea, voltea a los lados y dice, bajando la voz: “Precisamente fue en Cuba donde ocurrió lo que no debería contarle, pero usted entenderá”. Y claro, yo lo entendía. Perfectamente.
Uno de los aportes de su paso por el Pancracio (eh: Pancracio se le llama al espectáculo y a la arena de combate en la lucha. Gracias, Google) fue la forma en que se especializó en una suerte o rutina llamada La Tijera Voladora, que se ejecuta así: usted se para sobre las cuerdas del ring, se eleva más de dos metros por los aires, atrapa con las dos piernas cruzadas el cuello de su rival y lo arroja como un vil muñeco hacia allá, en una proyección que emociona y enardece a todo el mundo menos al tipo que recibe la proyección y a sus allegados. Otro golpe con el que solía desbaratar a los malos era ligeramente menos espectacular pero su nombre era mucho más dramático y concluyente: El Salto de la Muerte. Chiclayano fue el primer luchador que empleó esta rutina en Venezuela.
“La lucha es como el ballet: si te falla el compañero fallas tú también”, explicaba. “Una vez en Barinas, peleando con Black Diablo, le hice El Salto de la Muerte. La cosa iba bien; él estaba acostado bocarriba en la lona, yo me subí a las cuerdas y le salté encima, y cuando ya iba en el aire el hombre decidió apartarse y yo caí en el piso. Me zafé la clavícula, y quince días estuve sin poder caminar”. En otra oportunidad lo lesionaron con un tackle, una patada que en el espectáculo se da con la punta del pie. Pero a él se la zamparon con el talón y le hundieron dos costillas. Tú sabes, jugandito. No se pelea de verdad y está prohibido ponerse bravo en la lucha libre.


La música. Y el secreto

La personalidad y el don de gentes de Chiclayano le abrieron puertas en otros ámbitos y facetas del mundo del espectáculo. Después de la lucha, la que le dio más proyección y dinero fue la de compositor. En algún momento comenzó a ofrecerles sus canciones a los grandes cantantes latinoamericanos de su tiempo. “Grandes” significa esto: sus piezas las grabaron Olga Guillot (Me acuerdo de ti), Daniel Santos (Divorciada), Orlando Contreras (Por puro despecho), Felipe Pirela (Amargo sabor), Leo Marini (Sin rencor), Tito Rodríguez (Los Toreros), Nelson Pinedo, Agustín Irusta, Porfi Jiménez, Odilio González, Estelita del Llano.
Perdón, se me quedaban por fuera Julio Jaramillo, Los Melódicos y Celia Cruz.
En los años 90, ya retirado de la lucha y más o menos olvidado por las nuevas generaciones de aficionados a lo que sea, Gustavo Séclen solía enviarles o entregarles a los músicos del momento (del nuevo momento: últimos años del siglo pasado y principios de este) una especie de volante promocional en el que anunciaba: “Conocido desde Argentina, México y Cuba tiene grabados más de 60 números de su autoría grabados por grandes orquestas y cantantes famosos (…) El Chiclayano compone desde un vals peruano hasta una ranchera mexicana pasando por los boleros, baladas, salsas, merengues dominicanos, congas cubanas, tangos, rap, pasodobles (…)  Todas las canciones que compone El Chiclayano tienen interés comercial para los países que se nombran. Si a usted le interesa algún número musical no tiene más que escribir a la siguiente dirección…”. La habilidad y la audacia puesta al servicio de esta faceta: el hombre les echaba fotos a los cantantes que iban a presentarse en RCTV, se las vendía, y acto seguido les entregaba el volante. Víctimas de esas patadas voladoras cayeron rendidos, que se sepa, Willie Chirinos y Elvis Crespo.
Dato: El Chiclayano no interpretaba ningún instrumento musical. Él tarareaba sus canciones y algún amigo músico se las convertía en partituras. “Lo único que toqué bien en mi vida fueron nalgas y piernas. Ah, porque también fui masajista”, dijo riéndose sabroso, como tiene que reírse uno cuando recuerda ese tipo de cosas. Parece que cuando dijo “nalgas” tuvo una revelación o epifanía, porque de pronto se puso muy serio, casi solemne, y soltó aquel secreto de medio siglo de antigüedad:
--Bueno, le voy a contar ese asunto de caballeros, pero le pido por favor que no lo publique. Estando en Cuba, yo me acosté con la mujer del presidente Prío Socarrás.
--¡Cómo va a ser!
***
El hijo del Chiclayano, Roberto Séclen (El Chiclayano Jr.) continuó la leyenda de su padre, participando en carteleras de lucha y entrenando al talento del futuro.

domingo, 8 de enero de 2017

Breve novelita feisbuquera



Hace dos noches realicé una movida cualquiera: eliminé la cuenta que administraba en Facebook (iba a decir "mi cuenta", pero ya tú sabes) con un fin oscuro y sombrío: animar a una cantidad de gente de esa que me sigue y a quien yo sigo (iba a decir: "mis seguidores", pero ya tú sabes) para que, en vez de seguir buscando artículos e informaciones de mi autoría en esa red social vaya y busque ahora por la red venezolana Manifiesto. Iba a decir: "porque en Manifiesto los usuarios son más numerosos y más interesantes y mejor formados y más de pinga que allá", pero eso no es verdad. A menos que uno ande jugando al estratega publicitario, y ya tú sabes.
En términos numéricos no parece ser "rentable" (sigamos con el fokin lenguaje neoliberal): cierro allá una cuenta en la que me han declarado su "amistad" más de 4 mil personas, para venir a echar mis cuentos, historias y opiniones, en un espacio donde a esta hora "mis" seguidores no llegan a 200. ¿Cuál es la jugada o la expectativa entonces? Pues, básicamente, que unas 200 personas, de aquellas 4 mil, se sumen a esta red o al menos se asomen por aquí para que verifiquen que se trata de una red parecida a las otras en su estructura, pero ligeramente más "nuestra" en lo que respecta a administración, lugar de irradiación y contenidos.
¿De 4 mil seguidores espero que vengan 200? Pues sí, porque esa es más o menos la cantidad de personas feisbuqueras con las que mantengo algún contacto, comunicación o "relación" (llamemos así a la danza que se produce apenas alguien pulsa "me gusta" en alguno de tus escritos, enlaces, fotos o pajas locas). Alguna vez leí o me contaron que Facebook está programado de manera tal que solo 5 por ciento de tus "amistades" llegan a ver tus publicaciones en medio del desfile de otras publicaciones que aparecen regularmente en su pantalla, y esa es la razón principal por la que alguna gente tiene 3 mil "amigos" y rara vez recibe 50 "me gusta". También sucede que las cosas que uno publica no tienen por qué gustarle a todos sus "amigos", y tampoco tienen por qué moverlos a comentarlas, pero se atraviesa ese otro detalle: en realidad más de 90 por ciento de tus 3 mil amigos no se enteran de que publicaste algo, y por lo tanto no leen jamás lo que publicas. En mi caso personal, cuando enlazo o publico algo lo suficientemente escandaloso o propicio para la discusión, el promedio de reacciones ("me gusta" y sus variables; comentarios y compartires) ronda los 80: 50 "me gusta" más la gente que se mete a opinar a favor o en contra, y la que comparte el material. En casos excepcionales por "exitosos" (perdonen que llene esto de comillas, pero es que si no las uso van a decir que yo de verdad creo en la terminología seudoempresarial utilizada en esa y otras redes), algunas fotografías o artículos han sobrepasado las 250 reacciones, y alguna vez una foto de portada o de perfil rebasó los 600. Pero, puestos a contar con los dedos, los usuarios más recurrentes rara vez llegan a 100 por publicación.
El caso es que se trata de un experimento o ejercicio simple, destinado básicamente a desplazar aunque sea a una poquita gente, desde una red social creada por el enemigo, a otra creada por aliados y camaradas. Es verdad que esta pequeña franja es apenas un rincón dentro del gigantesco planeta creado en su totalidad por el enemigo, pero vaya, que así hemos decidido pelear: en el territorio de ellos y con las armas de ellos.
***
Ahora, van dos asuntos anecdóticos, pero reveladores de otros más complejos, o tal vez solamente curiosos, peculiares. El primero tiene que ver con algo que pudiéramos llamar daños o efectos colaterales: gente que, sin mediar ninguna intención de mi parte, parece que se ha sentido herida o agredida a causa de mi movimiento y me ha lanzado algunos relámpagos desproporcionados, a causa de malas interpretaciones. Y el otro, con mi propia actitud frente al monstruo facebook. Vamos por partes.
Como yo decidí eliminar la cuenta que administraba sin avisarle a nadie, ha habido gente que cree o sospecha que yo "la eliminé de mis amistades", y ha procedido a reaccionar de diversas maneras, Unas, por lo general la gente que me conoce en la vida real (la vida real es una vaina que existe allá afuera, al margen de estas computadoras) me ha llamado o escrito con algo de tristeza y hasta preocupación para que le informe qué demonios ha pasado o qué me está pasando a mí, en lo personal. Imagínate; lo grave que hay que andar para venir a eliminar una cuenta que te proporciona tus raciones diarias de "me gusta", ¿ah? Y otra gente que, como he dicho arriba, cree, siente, sospecha o tiene ganas de decir que yo "la eliminé" y entonces se han desatado las especulaciones y ataques más o menos graciosos, más o menos amargos. Gente que no me conoce y no me ha visto nunca en persona de pronto siente que me odia profundamente porque supone o cree que la eliminé, y comienza a fabricar mitos: hace una semana me obsequiaban sus "me gusta" y ahora de pronto soy corrupto, cobarde, indecente, contrarrevolucionario, jalabolas, opinador a sueldo. Cosas que pasan.
En cuanto a mí mismo (hablemos claro: yo no creo estar menos jodido en mi neurosis y en mi alienación que esos ex-"amigos" indignados) he sentido en estas horas algo que pudiera denominar nostalgia cibernética. Como Facebook y su espectacular arquitectura visual y sicológica se me convirtieron en un vicio, en una adicción, entonces he debido batallar contra las ganas de reactivar la maldita cuenta y zambullirme de nuevo en ese fabuloso país de gente bonita y graciosa. Recuerdo que el sector de mensajes privados ha sido el único medio de contacto con dos o tres personas con quienes quiero seguir comunicándome; rememoro algunas páginas y grupos, como por ejemplo ese donde congregamos a los guardianes y propagadores de semillas, y empiezo a lamentarme de no poder continuar la tarea; recuerdo que alguna vez decreté que el face es el espacio donde he visto plasmado y desatado el humor y a los humoristas más sorprendentes de este tiempo, y que eso de quedarme horas curioseando en discusiones y memes brillantes ha sido uno de los entretenimientos ligeros más agradables de mis trasnochos; me pongo a pensar en lo divertido que resulta el simple recorrer con la mirada las fotografías de paisajes geográficos y humanos, incluidas las muchas mujeres que te alegran los minutos con solo mostrar su felicidad o aunque sea su sonrisa; las poses en las que aparecen mirando becerriao y poniendo la boca como si quisieran besar una burbuja pero sin romperla, y entonces caigo en cuenta: hermano, el vicio Facebook es arrecho, porque se nutre de la realidad, o de parcelas de la realidad que siempre quisieras tener a la mano.
Los que aprovechando la maquinaria Facebook se inventaron una vida puede que tengan alguna salvación, ya que abandonar la falsedad no tiene que ser doloroso. Pero quienes convertimos esa herramienta en un canal para informar y recibir información del mundo real estamos un poco más atrapados: tienes piezas allá que corresponden con piezas de aquí. Y así es como, poco a poco, entre excusas y debilidades, te van jodiendo, tragándote y empujándote a seguir aportando la información por la que un día no te dirán "me gusta" sino "gracias por ayudarnos a encontrarte".
Y sí, probablemente regrese al maldito face algún día. Ya veremos si antes de hacerlo logro desarrollar algo remotamente parecido a un antídoto o sistema de seguridad. Aunque, hacerlo a estas alturas del campeonato...

miércoles, 28 de diciembre de 2016

Mono: la fiesta más sensual

La fiesta popular más violentamente sensual de Venezuela no viene con ninguno de los tambores de la costa, ni siquiera en ese despliegue erótico en cámara lenta que son los chimbangles de Bobures. Ni carnavales, ni diablos ni locainas, nada de eso, no le den más vueltas: ya a esta hora y durante todo el día 28 estalla en Caicara de Maturín El Mono de Caicara.
La cosa va más o menos por aquí: usted llega, se emborracha y se deja llevar por una oleada humana que se entrega a un baile colectivo (epa: son varios miles de personas de toda Venezuela bailando en las calles de un pueblo pequeñito, y ahora en un "monódromo"), al disfrute de la improvisación de cantores y parranderos al ritmo de La Marisela y otros golpes, y a un ritual de embadurnamiento con añil, ese colorante azul que usaban los indígenas desde antes de la llegada de los europeos. El ceremonial protagonizado por los músicos y cultores incluye a un señor que se disfraza de mono y anda repartiendo correazos gratis, pero lo cierto del caso es que ya ese pobre señor no es el alma de la fiesta, que ha sido expropiada por el pueblo desbordado, feliz y lujurioso, como tiene que ser. Hablemos entonces de lujuria y reconozcámosle algo al señor del disfraz: en él reposa la importante función de recordarle a la gente cómo es que se llama la fiesta. Y listo, vamos ahora con el verdadero protagonista, ese monstruo de miles de manos y cuerpos.
Asómense un ratico antes de seguir leyendo (no le paren bolas a los escuálidos que se atraviesan por ahí, total esos bichos están en todos lados):
Usted se llena las manos de añil, ese tinte ancestral (hay gente que usa otras sustancias) y tiene derecho a untárselo en la cara, en la ropa o en la zona que le provoque, al culo o persona que le guste, pase o se le atraviese. El "problema" es que esos culos y personas también tienen derecho a fijarse en usted y pintarrajearlo como les dé la gana. Baile o no baile el Mono, allí gobierna el cuerpo y el sentido del tacto es uno de los más activos de la jornada. Y bueno, lo demás es una falta de ley o normativa de la que apenas se rescata un artículo: el que se arrecha, se pone celoso o violento, pierde. Dicen los moneros de casta con legítimo orgullo que nunca ha habido una pelea en el Mono, cosa que no me consta.
Es, ni más ni menos, una prueba de fuego para los que quieran ejercitar su capacidad para comprender y soportar ese par de días de libertad, ande solo o con "su" pareja, porque ahí el "su" queda derogado por una especie de suspensión temporal de las garantías constitucionales y zámpele, caballero, que no vienen carros. Ahora, si usted es de los que sienten o piensan que su mujer es suya y que nadie tiene derecho a mirársela por más de cinco segundos entonces mejor no vaya. Esta es una fiesta no apta para gente con la autoestima medio quebradiza y el sistema nervioso un poco oxidado. Acuda mejor al San Isidro de los páramos merideños, que ahí es probable que ni le digan "buenas noches" al pasar.
Dato: como es demasiadísima gente y Caicara tiene vericuetos y alrededores, es muy fácil "perderse" y aparecer horas después o al otro día con el cuento clásico: "Coño miamor, a mí me arrastró un gentío y de pronto no te vi más". Miéntale con confianza; es bastante probable que él (o ella) le agradezca eso de adelantársele y ahorrarle la incómoda escena de ponerse a inventar una excusa todo lleno de añil y otros fluidos. Hace poco le hice esta descripción a una compañera que le ha invertido varios años de su adolescencia al disfrute de esta parranda maravillosa ( Giorgina ) y ella resumió todo mi palabrerío en esta sentencia: "¿El Mono? Mire hermano, eso es una metedera de mano pero ¡DDDURA!". Gracias por ese resumen sencillito, incontrovertible, implacable: DURO. El Mono es como la materialización del extraño sueño de Jacqueline Faría : un vergueral de gente ansiosa de que le vendan sus kilos de comida, pero feliz porque de pronto aquella cola sabrosa se convierte en cogeculo, literalmente.
Definición de "cola sabrosa":

Entonces, si anda por el estado Monagas o cerca de Caicara, es imperdonable que deje de pasar por ahí. Yo ando demasiado lejos de por allá (no tanto como mi hija Yuli Duque , quien "casi nunca" ha moniao) pero Morella y Miguel Mendoza Barreto los van a atender bien. Quizá también Nodil Mendoza y Darwin Mendoza, pero eso va a ser antes que se desmayen de la pea.
Vayan, esa experiencia no se les va a olvidar nunca, en serio.

lunes, 19 de diciembre de 2016

Vivir, comer y morir



Los restos de un tronco en descomposición.
Arriba, a la derecha,
todavía conserva rasgos del árbol que fue;
a la izquierda,
la tierra en la que ha vuelto a convertirse.
Lo llamamos abono orgánico
El mejor sinónimo de comer es matar. Sin muerte de algo no hay transferencia de energía de un ser a otro. Es decir: sin muerte no hay manera de sostener y reproducir la vida.
***
Todo eso suena muy (o más o menos) lógico, hasta que viene un ser dotado de algo que llaman razón y de otro algo que son las convenciones sociales, y entonces comienzan los dilemas éticos. Porque si matar es malo y comer es bueno (perdón: esencial para la vida), entonces todo se nos empasticha: si alguien o algo debe morir para que YO viva, y como YO no puedo ser alguien malo (pero tengo que comer, qué vaina tan incómoda), pues mejor me fabrico una serie de conceptos y límites retóricos, seudo éticos, para sentirme más o menos a salvo de mi ansia vesánica y primitiva de destrucción. A saber: como eso de morir duele mucho, entonces establezco que matar sólo es malo si liquido a un ser que dispone de sistema nervioso central. Si no duele, no hay crimen, así que listo, ya puedo seguir devorando seres vivos.
Pero para ello tengo que derivar hacia algo llamado vegetarianismo o hacia otro algo llamado veganismo. Inscribirme en esos gremios me permite comer (y devorar a otras especies, presuntamente inferiores (!) al ser humano todas ellas) y quedar en paz con mi conciencia. Una lechuga puede albergar formas de vida por miles o millones, pero epa: los alaridos de esos microorganismos jamás llegarán a ser tan aterradores como los de las reses en el matadero o en los corrales domésticos, así que todo el mundo tranquilo. A comer vegetales en paz; destruir a un animal es un crimen espantoso; destruir un vegetal donde habitan millones de seres es algo limpio, sano y además no hay que lidiar con ese sangrero ni con la mirada triste del que es despojado de la vida.
***
Un interesante mito autoinfligido por algunos vegetarianos quiere hacer notar que los actuales seres humanos (seres sociales, racionales, civilizados) no somos carnívoros, y que hay una evidencia evolutiva que lo comprueba o al menos asoma como indicio: la progresiva atrofia o gradual desaparición de los colmillos. Dicen algunos antropólogos, defensores de la cultura o praxis o moda o razón vegetariana, que si la naturaleza nos está despojando de esos puñales naturales es porque ya nuestro cuerpo no necesita alimentarse de la carne animal.
Pero parece que esa observación ha sido incompleta, parcial o intencionalmente sesgada. Porque todo o casi todo indica que los colmillos no son precisamente para rasgar o triturar carne (para eso tenemos unos dientes que arrancan pedazos y unas muelas que muelen, y por eso se llaman así) sino para matar presas a la vieja usanza. Los colmillos son herramientas propicias para punzar en busca de las venas del cuello, esto es, para matar. Obsérvese a cualquier depredador en el acto de procurarse la comida; la zona del cuerpo a donde se dirige es el cuello, ese itsmo donde, entre otros conductos y ramales, transita la vena yugular. Usted perfora o se deja perforar esa superautopista de la sangre y en pocos segundos ya su cuerpo habrá dejado de funcionar, sentir y palpitar.
Con el tiempo, probablemente cuando se puso de pie y comenzó a usar las manos (y empezó el cerebro a trabajar para apartarse del asesino primitivo) el ser humano se dejó de eso (de matar a sus presas con los colmillos) pero comenzó a desarrollar métodos, herramientas e implementos para matar de otras formas. Y así, entonces, la evolución ya significa otra cosa o puede ser vista desde esta otra perspectiva: ¿para qué unos colmillos y unas mandíbulas grandes, si el acto de asesinar en masa se ha perfeccionado a tal punto que usted va al supermercado y ni se imagina de dónde vienen esos hermosos y pulcros churrascos empaquetados?
Asómese:


Nótese el detalle: no tenemos colmillos, pero los puñales que fabricamos van a parar igualmente a la yugular, al cuello.
Por lo demás, cuando sustituimos el acto de matar directamente por el de condenar a una clase social a mancharse las manos para que otras lo compren todo limpio en los expendios, estamos siendo devorados de otra forma: los asesinos llamados azúcares, colorantes, conservantes y grasas saturadas también nos agujerean el cuello en busca de nuestros órganos. Comer en este tiempo sigue siendo matar, pero ahora la presa somos nosotros mismos.
***
Todo proceso humano que se industrializa y se masifica con fines comerciales se pervierte y degenera en tragedia. Esto incluye la compra-venta de objetos, de comida, el entretenerse o entretener a los demás; el sexo, los pequeños ritos culturales convertidos luego en neurosis colectiva (llámanse religiones). Matar una cabra para alimentar por unas semanas a una familia no califica como crimen; asesinar a miles de animales, no para alimentar a millones sino para enriquecer a unos propietarios, tiene que convertirse en desgracia.
***
Eh; pero este no era el asunto específico que queríamos tratar (la inhumana matanza que el ser humano perpetra para que la humanidad pueda seguir existiendo) sino algo tan cotidiano y poco doloroso como la muerte de miles o millones de árboles, que con el tiempo se van convirtiendo en tierra. En una tierra tremendamente fértil y llena de nutrientes. Allá arriba al comienzo dejé una fotografía y una pequeña leyenda explicativa. 
En esa fotografía aparecen los restos de un árbol (probablemente un bucare) que hace meses o tal vez años se cayó, y nadie en la zona lo había descubierto, o tal vez se había olvidado de él. Ahora se encuentra en avanzado estado de descomposición, lo cual ha sido la mejor noticia para la venidera fase de mi huerto. Resalto una expresión en la idea anterior porque, con toda seguridad, usted la ha leído y oído en materiales informativos de la sección de sucesos. Ambos eventos contienen cadáveres (de un árbol, de personas) y al mismo tiempo, o precisamente por ello, están llenos de vida.
¿Cómo es la vaina? Así es la vaina.
***
La materia en que se ha convertido, o en la que se sigue convirtiendo el árbol caído, es uno de los tesoros más valiosos con que puede encontrarse alguien que se dedique a la agricultura, o que tan solo quiera sembrar y ver crecer unas matas. Pocos abonos terrestres son más fértiles y potentes que el palo podrido, y así le llaman en nuestros campos a esta mina de formidables sustancias alimenticias.
Cuando un árbol (o una persona o animal) cumple eso que nosotros consideramos el ciclo vital (la fase de su existencia que permite llamarlo árbol, animal o persona), comienza una fase que hemos denominado muerte. Nos acostumbramos o nos acostumbraron a creer que cuando sobreviene la muerte entonces ya se acabó todo y bórralo, el cuerpo empieza a corromperse irremediablemente y a llorar todo el mundo se ha dicho. El coñoesumadre: cuando muera Beyoncé en pocas horas esa piel perderá todo el colágeno y la tipa dejará de estar buenísima.
Pero lo que ocurre en realidad con lo que llamamos muerte es que ese proceso llamado vida ha entrado en un ciclo que, observado más de cerca, resulta más bien en explosión y multiplicación de otras formas de vida. Ahora mismo, cuando gozamos de vida, tenemos dentro una buena cantidad de seres con los que convivimos en armonía; cuando bajemos la guardia y nuestros procesos actuales se detengan comenzará la sublevación, el saqueo, el caos, la fiesta, el desorden, la revolución que volverá añicos el sistema que ya dejó de funcionar, y entonces de ese Caracazo corporal surgirá un reacomodo, una realidad distinta, una renovación de las tareas y procesos vitales. Nada desaparece o se extingue sin dejar rastro; todo abandona una forma energética y se convierte en otra (se transforma).
La muerte de un cuerpo (animal, persona, árbol) viene a ser un big bang de seres microscópicos, diminutos y notablemente grandes. En el cadáver de ese árbol están trabajando lombrices, arañas, alacranes, escarabajos, culebras, y fuera del alcance de la vista humana, una inmensa variedad de microorganismos insólitos. Esa intensa actividad es el matadero no industrial de las especies: la fiesta de la muerte se pone en marcha para cumplir la misión de multiplicar la vida, para lo cual ese cuerpo va siendo descompuesto y reducido a materia orgánica. Polvo eres y en polvo te convertirás, es la frase más rigurosamente científica empleada por los religiosos en sus ceremonias mortuorias.
***
Bregando con ese cadáver de árbol para trasladarlo en trozos y en sacos de materia (tierra) rica en sustancias nutritivas, me dio por cuestionar algunos términos o significados injustos. La muerte es uno de ellos. El otro es el concepto es el de corrupción o descomposición. En las sociedades llamamos corrupto al ser que se degrada y envilece moralmente y termina haciendo daño al colectivo. Trasladados al origen etimológico, resulta que algo corrupto es algo que se desintegra y convierte en muchos pedazos, lo cual sí viene a ser estrictamente correcto. Hora de volver a encontrar tensiones entre el ser natural y el ser social: así como la muerte y la corrupción nos espantan como seres sociales, no hay nada que haga multiplicarse y propagar con más potencia la vida que esos dos estados de la materia.
***
El conuquito que inauguraré al culminar este año se anuncia energéticamente bien dotado y alegre. La fiesta de la vida (o de la muerte) me hará crecer plantas comestibles y medicinales de una salud y una luminosidad esplendorosas, y cuando esos nutrientes hayan menguado volveré al lugar del bosque a aprovecharme del gigante caído, o de otros que me encuentre en el camino.

lunes, 14 de noviembre de 2016

Algo más sobre el miedo

Relacionadas: dos crónicas algo antiguas:

El miedo
El depredador

***

Por ejemplo, esta pobre culebrita.
"La tuve que matar" hace un rato. No porque representara un peligro real, sino porque el miedo (digámoslo más elegantemente: el instinto de preservación) me empujó a meterle unos chaparrazos con la primera cañabrava a la mano; al primer golpe ya tenía el cuello fracturado, pero le metí cuatro o cinco golpes más. ¿Por qué? ¿Porque yo soy un carajo muy aguerrido y combativo? ¿Porque ese enemigo salvaje venido del bosque húmedo es un monstruo resistente y violentísimo que ameritaba enfrentarlo con misiles, cuchillos y candela? No, me aseguré de que estaba bien muerta porque tenía miedo. La gente cuando se asusta es capaz de matar.

Diré un par de cosas en mi descargo. Una es la miopía. Otra, que los accidentes ofídicos (ataques de culebras venenosas) en la zona donde vivo son frecuentes. Mi vista hace rato no anda al cien por ciento, y tal vez ni siquiera al 50, y en un primer momento, al ver al animal serpenteando (eh, las serpientes serpentean) sobre una mesa del rancho el primer y único impulso fue disparar primero y averiguar después, porque los muchos vecinos atacados y mordidos por culebras los cargo a flor de alerta en el cerebro.

Por aquí abundan las mapanares, que por cierto son las culebras venenosas más abundantes en Venezuela (no se duela, por lo tanto, de tener que matar alguna, porque de esas hay en abundancia), y otra especie de veneno menos mortífero pero más peligrosas y violentas: las sapas manare (sapa a secas, para los amigos). Si una mapanare te detecta a cierta distancia su impulso será el de alejarse o quedarse quieta para que no la veas. Claro que si pisas una o le pasas demasiado cerca te va a atacar, pero ella no vendrá a buscarte pleito. En cambio, si una sapa siente que algo se mueve en su territorio irá tras ese algo y lo atacará. Peligrosas, porque en pleno monte o en la oscuridad es difícil saber por dónde aparecerá una loca de esas dispuesta a morderte.

Para completar ese cuadro del miedo o el odio automático a las culebras, a los seres humanos se nos ha impuesto el relato perturbador, incluso en clave bíblica y religiosa, que convirtió a los ofidios en nuestros enemigos naturales, y contra esa propaganda de guerra, contra esa inmensa operación sicológica de siglos o milenios, nadie ni nada se salva. Mucho menos las culebras, que no han tenido ni tendrán oportunidad alguna para defenderse.

En resumen, uno tiende por aquí a zamparle a todo lo que se arrastra.

A mi pobre víctima, cuando ya estaba muerta pude detallarla y entonces comencé a sentirme mal: no era la mapanare que yo supuse que era, sino una pobre cazadora. Es fácil reconocerlas cuando tienes la vista en buen estado. Las cazadoras tienen la cabeza alargada; las venenosas son "cachetonas", se les ven las bolsas de veneno en la parte de abajo o de atrás de la cabeza y esto hace que la cabeza parezca triangular. Esta que apareció en casa era entonces una bichita no venenosa ni agresiva, y con toda seguridad andaba por ahí limpiándome la casa de insectos y tal vez algún ratón. De eso se alimentan las culebras cazadoras. 

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"El animal que fuimos y la persona que aun no somos", dijo Gino en un poema o canción. Somos demasiado miedosos como para comprender o recordar que esos bichos son hermanos de uno. Como matar es el mejor sinónimo de comer (comer: transferir energía de un ser vivo a otro) es lógico que en esta guerra fratricida deban perpetrarse matanzas, pero eso de asesinar por placer o por miedo lleva a la otra parte del verso: la persona que deberíamos llegar a ser es una tan consciente, despíerta e informada como para saber cuándo es necesario quitarle la vida a otro animal, y cuándo la cosa resulta más o menos criminal o negligente, o al menos innecesaria.

miércoles, 12 de octubre de 2016

¿Parecernos al enemigo o descolonizarnos de verdad?

Justo el día que anunciaron el otorgamiento del Premio Nobel de la Paz a Juan Manuel Santos llegaba a Maiquetía el filósofo e historiador Enrique Dussel. Fueron dos eventos inconexos entre sí, por supuesto. Pero como en ese asunto llamado "dominación" intervienen factores tan colosalmente aplastantes se vale que uno eche mano, de vez en cuando y para orientarse en el camino de las explicaciones, de esas herramientas y sustancias invisibles llamadas símbolos. ¿O serán simples asociaciones casuales? Ya veremos.
Se vale también que uno manosee los resortes más o menos esotéricos de las casualidades, y lance con tono especulativo: el día que vino el hombre que ha indagado en la larga coreografía de siglos mediante la cual Europa se impuso al resto del mundo como referencia cultural, histórica y política, en nuestro país se produjo un raro debate que reveló, entre otras cosas, uno de los efectos de esa imposición eurocentrista sobre la psique ciudadana. Es en Estocolmo donde anuncian todos los premios Nobel (menos el de la Paz, que se origina en Noruega), y "Síndrome de Estocolmo" se le llama al insólito afecto que desarrollan los secuestrados hacia sus secuestradores, luego de un tiempo de permanecer juntos. Así, tal cual, el insólito anhelo de muchos de imitar y parecerse a quien lo ha oprimido por centurias: el latinoamericano o africano que sueña con ser o parecer neoyorkino o parisino con solo pasar por el trámite de la imitación y  la copia de unos modos y afectaciones. O peor: el latino que sabe que nunca será europeo y entonces se conforma con que Europa lo aplauda y enjabone de vez en cuando.
Dussel vino a disertar sobre el CÓMO de la dominación; la entrega del Nobel a Santos nos mostró algo de las CONSECUENCIAS de la dominación en el decir y sentir cotidiano de la gente. Hacen falta otras piezas del rompecabezas para acercarse un poco a la totalidad del fenómeno. Por ejemplo el HASTA CUÁNDO y el CÓMO DERROTARLA. Aquí apenas jugaremos a lamentarnos un poco al reconocer algunas de sus manifestaciones cotidianas.
***
Dussel llama giro o discurso decolonial al necesario proceso de liberación de las amarras ideológicas que nos ha puesto a pensar y hablar como al enemigo le da la gana que hablemos y pensemos. "El enemigo" es ese gigante imponente que, por ejemplo, quiso que creyéramos que somos sus hijos, sus subproductos, y que todo lo que merece llamarse civilización comenzó en Europa y a ella se lo debemos. Si le interesa escuchar al académico argentino dar algunos datos trágicos o graciosos de cómo ha sido ese proceso, vea y oiga lo que dijo en el programa Dossier, en lo que fue una clase magistral de historia de la humanidad, sin ninguna duda:



Deléitese con las preguntas idiotas de Walter Martínez; deléitese también con observaciones como esta: casi todo el mundo considera a Gutenberg el creador de la imprenta, siendo que un milenio antes de su nacimiento ya los chinos habían impreso libros y papel moneda. Y después deléitese preguntándose por qué si tanta gente le ha dicho tantas cosas sobre y contra la hegemonía europea a usted le maravilla y considera un baularte del pensamiento contrahegemónico a un académico con doctorado en La Sorbona (París), cada vez que venga y le diga las mismas cosas que tanta gente le ha dicho.
El pensamiento decolonial de Dussel explicándose a sí mismo en el ejemplo de su propulsor: al hombre que anda disertando contra Europa lo admiramos y respetamos porque estudió en Europa. De ese cariz son muchas de las manifestaciones domésticas del trabajo colonizador de nuestro pensamiento. Uno se da cuenta del éxito del largo proceso de dominación ideológica cuando ve a un colombiano feliz porque su presidente se ganó el premio Nobel, y a un venezolano indignado porque el nuestro no se lo va a ganar jamás. Pero un momento, que ya hablaremos del caso clínico extremo: el del militante contrahegemónico, anticapitalista, izquierdista, anarquista o diletante expreso, que protesta y se desgañita en reclamos porque ninguno de los suyos recibe un premio del enemigo.
Esa dominación colonial de nuestro pensamiento se manifiesta también en los lenguajes y códigos dominantes que utilizamos, muchas veces con ánimo e intención contrahegemónica. Por ejemplo, en la celebración de nuestras presuntas victorias en ámbitos y parámetros impuestos por las hegemonías: nos enorgullecemos del peloterazo venezolano que triunfa en las Grandes Ligas, consideramos revolucionario que exista un sistema de orquestas que desfiguran la música venezolana hasta convertirla en música académica; celebramos (porque lo hicimos, y mucho) que en los años luminosos del chavismo nuestra economía haya arrojado cifras de crecimiento y prosperidad (los revolucionarios anticapitalistas, contentos por lo bien que íbamos administrando el capitalismo). Una historieta llamada El Patriota exalta la figura de un prócer venezolano cuya masa muscular, vestimenta y estética general son las de un superhéroe gringo cualquiera.
Hubo momentos en que muchos chavistas, no me acuerdo bajo qué pretexto, proclamaron y propusieron que a Chávez le otorgaran el Nobel de la Paz, a lo cual dijimos en su momento ( ¿Y como para qué sompatizarle al enemigo? ) que si a Chávez le daban ese premio había que dejar de seguirlo, porque el Nobel es el máximo premio que honra a los constructores de la sociedad burguesa, y se supone que nosotros lo que queremos es destruirla, cambiarla por otra.
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Así que Dussel vino y habló de la forma en que Europa se nos impuso como referencia histórica (recordar: la historia de América nos ha sido vendida como un apéndice de la historia de Europa), cultural y moral. No explicó, y probablemente no le corresponde, cómo hacer para comenzar a revertir esa dominación. El argentino, un académico entregado a la academia al 100 por ciento, está haciendo su aporte, a su ritmo y a su manera: divulgando en círculos académicos y en cuanto auditorio lo dejen hablar la enorme farsa contenida en las cartas referenciales del eurocentrismo. Dussel va a las líneas gruesas, al megadiscurso, al mapamundi del problema, al árbol genealógico de la enfermedad. ¿Qué nos corresponde a nosotros? Ni más ni menos, atacar aunque sea los síntomas. Dussel ex un experto en mostrar el origen y avance de la infección; nosotros debemos convertirnos en expertos en atacar la fiebre, no desde la referencia y la tribuna académica sino en clave de gente común, en el pequeño espacio de la casa, la comunidad, el medio comunitario, la conversa cotidiana en el autobús y en la cola.

La forma y el contenido del lenguaje que nos va a despojar de tanta mancha colonial tenemos que inventarlo o ya está siendo inventado. Bonito desafío este de lanzarnos a la aventura de crear y pensar otra historia, con los códigos de los bichos decoloniales o descolonizadores que se supone que somos.

martes, 11 de octubre de 2016

Amar Haití es amar a la humanidad

Publicado originalmente en www.misionverdad.com
el 25/06/2013


Haití es el más claro ejemplo de cómo un país puede ser sistemáticamente vejado, aplastado económica y militarmente; zarandeado por las mafias bancarias del mundo, por huracanes y plagas bíblicas, y sin embargo sobrevivir como un ejemplo de resistencia, como la demostración de que la especie humana va a aferrarse a este planeta con la fuerza de los pobres que buscan su emancipación. Destruido pero no vencido: Haití parece que muere, pero está vivo.

Simplificando al extremo los movimientos demográficos que tuvieron lugar ahí desde la llegada de los europeos, puede decirse que este pequeño país que comparte una isla con República Dominicana fue la venganza de África a la humillación más grande y repulsiva de la historia del hombre. Se calcula que a finales del siglo 18 la población de esclavos y sirvientes sobrepasaba las 300 mil personas, y los dueños apenas llegaban a 15 mil. Sólo teniendo en cuenta esos números puede uno tener una idea de la dantesca desproporción del sistema esclavista que imperaba allí: más de 300 mil personas reducidas a la condición de bestias para que unos pocos franceses tuvieran privilegios señoriales.

Semejante caldo de cultivo no podía derivar sino en lo que efectivamente derivó: la desaparición (por exilio o exterminio) del invasor blanco, cuando sobrevino el estallido del pueblo de la mano y sobre el verbo del esclavo rebelde Toussaint-Louverture (héroe de los pueblos pobres del mundo, no sólo de Haití), y luego bajo las banderas de Dessalines, otro esclavo cuya memoria ha corrido la misma suerte que el anterior: el olvido y la ignorancia nuestra. Muchos de nosotros, habitantes y activadores de un país que gusta de decir que está en Revolución, ignoramos la grandeza y las hazañas de Toussaint, y esto es imperdonable.

Pero este olvido ha sido debidamente “trabajado” por una historiografía que gusta de esconder a los verdaderos héroes de los desposeídos. Cuando Haití declara (y se gana) su independencia, en 1804, se inició un largo proceso de aplastamiento contra esa república, que cometió un doble pecado: haberse desprendido del cordón umbilical de esa madre depredadora (Europa), y no sólo eso: lo hizo para darles patria a los negros.

Cuando Bolívar visitó Haití, derrotado y espantado por lo que Boves era capaz de hacer con un puñado de sirvientes y esclavos, una década y pico después, aprendió de labios del presidente Petión una lección decisiva: señor, usted no puede aspirar a tener patria si va a mantener la estructura esclavista. Si no le reconoce a la mayoría potestades usted está perdido. En Venezuela “la mayoría” era también negra y esclava.

La humillación atávica contra los haitianos recrudeció y se ha mantenido hasta nuestros días en formas muy perversas, de una elaboración casi matemática: la actitud de los países ricos hacia el pequeño país es la del caníbal de "inteligencia superior", que descuartiza minuciosamente, no sólo para mutilar la carne sino además la dignidad. Más de 80 por ciento de la población vive por debajo del umbral de pobreza, la devastación de las áreas vegetales, producto de la explotación de siglos, es de tal magnitud que sólo 2 por ciento del territorio haitiano se considera boscoso; más de 60 por ciento de la población vive (mejor dicho: come) de la agricultura y de la pesca.

Dos golpes de Estado en las décadas de los 80 y 90 sirvieron de excusa para que esa oficina de Estados Unidos llamada ONU” instalara allí un supragobierno que suprime todo intento de soberanía real: la Misión de Estabilización de las Naciones Unidas en Haití (MINUSTAH) es tan absurda que ya desde su nombre elimina el tenebroso “intervenir” por el hipócrita “estabilizar”.

Nada merece llamarse “estabilidad” cuando el problema de la sed lo resuelve la naturaleza con huracanes y ciclones. Nada de estabilidad, cuando el gran “benefactor” es la misma potencia que sostuvo allí por décadas una dictadura como la del sicópata asesino Duvalier; nada puede ser estable en un país cuyos contingentes militares invasores pagan el sexo a los niños y niñas con vasos de agua; nada puede llamarse “estable” en la relación entre este pequeño país y un Estados Unidos que, además de todo lo anterior, le arrebató una pequeña isla (La Navaza) que Haití de vez en cuando reclama, ya se imaginan ustedes con qué esperanzas de éxito. Nada puede estabilizarse, ni tan siquiera el derecho a la rabia, cuando, ante todo este drama humano, los criminales del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial le zampó a la media isla esta categoría: Haití entra en un programa llamado así: “Programa para los Países en vías de desarrollo altamente endeudados” (Highly-Indebted Poor Country, HIPC). Muy criminal, muy hijo de puta, tiene que ser un sistema para venir a declarar, después de siglos de espantosa tragedia, que Haití le debe algo a alguien en este puto planeta.

La conexión de Haití a Internet es la más precaria del mundo después de Sierra Leona, Angola y algún país que en este momento debe estar cambiando de nombre y de presidente, pues el actual debe estar siendo degollado. Aun así, cuando el 12 de marzo el presidente Hugo Chávez visitó esa isla, hubo un estallido de lágrimas, felicidad y ese enardecimiento propio de los pueblos rabiosos. A esa caminata-trote-abrazo formidable del Caribe creole al líder del llano adentro venezolano no la convocó nadie: simplemente la gente se enteró de que iba a ir de visita el cristo de los pobres del mundo, el hombre de la justicia y la palabra antiimperialista, y la intuición histórica del pueblo haitiano se activó, sola, se desbordó apasionadamente, como se desbordan los pueblos cuando aman a rabiar, así el amado venga de un lugar desconocido. El encuentro de Chávez con el pueblo de Haití dejó un documento audiovisual maravilloso; este video recoge unos pocos minutos de ese terremoto emocionante y emocional.

A esto nos referíamos en el primer párrafo, allá arriba: un pueblo con esta energía y esta pasión no puede llamarse muerto ni derrotado:



Aquí el Chávez amado por los pobres de la tierra, Chávez voceado y gritado en un acento y con una gestualidad africana que eriza la piel.

Ese es el Haití que hoy visitó el presidente Nicolás Maduro. El Haití que no hay que mirar con compasión ni misericordia sino con amor de hermanos oprimidos y en rebelión.

viernes, 27 de mayo de 2016

Formación para todo combate, o muerte


Hace unos días decidí romper una especie de promesa personal, consistente en no volver a aceptar invitaciones donde se me anuncia como ponente, conferencista y mucho menos como "experto" en algún asunto. A alguna gente se le da muy bien este rol, le queda bien y (porque) lo disfruta. A mí, francamente, me incomoda, me hace sentir poco sincero conmigo y con los demás.

Anotación para los hipersensibles: no he dicho que para ser alguien honesto, sincero y revolucionario en la vida sea un requisito negarse a ser conferencista o a dar conferencias. Tan solo hablo de mi decisión y mi sentir personal; hay buenos conferencistas, conferencistas buenagente, conferencistas importantes y lúcidos, conferencistas revolucionarios. Yo vengo a hablar de mi caso y mi circunstancia: después de tanto echarle mierda a ese ser despreciable que es el "experto", ese estúpido casi arquetípico a quien presentan como sabio o conocedor de todo cuanto hay que conocer, y casi siempre se lo cree, no voy a venir yo a querer ser esa mierda, y mucho menos a aparentar que lo soy.

Por cierto que no siempre fue así. Hace diez años, y tal vez un poco menos, yo aceptaba asistir a cuanta conversa, encuentro o programa de radio y televisión sobre Comunicación y Medios me invitaran. Hasta que me percaté de algo maravilloso: entre las personas a quienes tenía de "público" siempre saltaban unas cuantas que sabían más que yo de ese tema, que mucha gente supone que es el que mejor domino, y de paso lo exponía más sabrosa y didácticamente. Así que poco a poco empecé a sacarles el cuerpo a esas cosas que llaman charlas, conferencias, ponencias, simposios, cátedras, clases magistrales o de las otras, al principio haciéndome el pendejo, luego aprendiendo a mentir diciendo "No puedo, tengo a mi perra enferma", y después diciendo francamente por todo el cañón que no quiero. Simpático nunca he sido, así que no me ha incomodado para nada que cada vez me inviten menos para ese tipo de eventos.

Creo que si un grupo de gente va a invertir su tiempo en una actividad o encuentro con alguien que sabe o dice saber mucho debería salir de allí con algo concreto en las manos. Cuando el invitado especial es un coñastre que se ha pasado la vida devorando libros y no ha hecho un coño con las manos, pues al final del encuentro la gente se irá para su casa con las manos vacías, y con la mente y el estómago vacíos también (no suelen dar comidas en esos actos).

De modo que, de un tiempo para acá, las invitaciones que suelo aceptar son sobre temas y ramas del saber que refieran a experiencias físicas y productivas (agricultura, construcción, gastronomía), útiles o tan siquiera divertidas; a sesiones en las que aportaré unos gramos de las cosas que sé y seguramente algún objeto material que ofrecer, y a cambió saldré enterado de al menos una cosa que no sabía. Intercambios de saberes e ignorares, pero con la condición de entregar algo físico o al menos útil para una aplicación práctica y real de ese presunto saber: eso me gusta.

Decía entonces que en estos días traicioné esa decisión de no volver a dictar charlas de nada, y fue porque los convocantes de esta vez fueron vecinos y compañeros comuneros, y porque la temperatura del momento actual hace casi imposible sostener conversaciones que no terminen en análisis crudos y contundentes sobre lo que ha pasado, sobre lo que está pasando y sobre lo que vamos a tener que hacer en Venezuela. Acepté entonces ir a participar como facilitador (qué más da) en un taller de formación dirigido a los Círculos de Lucha Popular (CLP) y las Unidades de Batalla Bolívar y Chávez (UBCh)de la Comuna en la que vivo, pero me llevé en la mente un cochino plan: yo no iba a ser facilitador de nada sino complicador o problematizador.

Les propuse una introducción provocadora: la lectura en voz alta de un artículo que al chavismo de chapa y carnet suele arrecharle mucho (Este: http://tracciondesangre.blogspot.com/2012/10/y-entonces-que-cono-es-una-revolucion.html), comentada y enfatizada para jurungarles la llaga, y luego otra dinámica un poco rara: yo les hacía preguntas o reflexiones sobre lo que está pasando en el país y sobre lo que deberíamos ir preparando de cara a las peleas del futuro cercano. Una especie de entrevista colectiva, pero no de varias personas entrevistando a un sujeto, sino de un sujeto entrevistando a un montón de gente humilde, campesinos e hijos de campesinos, algunos más politizados y discurseadores que otros, y al final resultó lo que tenía que resultar: una discusión dura y a ratos amarga sobre lo que viene. Y dos documentos: uno que haremos público en el periódico comunero “Piedemonte”, y otro más o menos confidencial, una especie de informe de los comuneros de nuestro territorio a las autoridades del PSUV (los talleristas son todos militantes del PSUV, cosa que yo no soy), sobre el funcionamiento de las estructuras de base y el poder popular, y algunos datos locales sobre los movimientos de la derecha; datos importantes pero locales.

Más abajo hablaremos de situaciones actuales y concretas; antes, haremos un resumen de lo que aportó el pueblo del piedemonte en esa sesión de autodiagnóstico. Tomar en cuenta, por favor, que esta es una Comuna en la que el chavismo ganó con 57 por ciento de los votos el pasado 6 de diciembre, cuando en el resto del país sufríamos una aplastante derrota.

***
Lo que contienen los dos documentos generados en el mencionado encuentro es, simplificando un poco las cosas, el análisis y la visión que tiene el chavismo sobre sí mismo y sobre los procesos (violentos y de los otros) que se avecinan. Las líneas maestras del discurso aportadas por estos camaradas en pleno proceso de formación fueron más o menos las siguientes:
-Si la burguesía impone leyes contra el pueblo, habrá que rebelarse contra ellas. Arriesgarnos a convertirnos en ilegales y clandestinos si nos imponen leyes contrarrevolucionarias.
-La crisis ha dejado en evidencia quiénes somos revolucionarios y quiénes se han rendido o están a punto de rendirse; entre los revolucionarios auténticos hay gente que PARECIERA NO TENER FORMACIÓN (anoten esta expresión) mientras que otros que daban buenos discursos son incapaces de movilizarse si no le garantizan logística.
-La crisis nos ha obligado a: crear, producir, valorar lo que tenemos, activar la conciencia. Aunque nos ha arropado el facilismo porque “Papá Gobierno” nos ha garantizado todo y siempre es más fácil comprar que sembrar, aquí queda la memoria de las antiguas huertas, que ahora llaman huertos, y la gente está volviendo a entender que aquí se da de todo.
-Si la derecha está cogiendo oxígeno, ¿dónde está el pueblo que ha recibido beneficios de la Revolución? En vez de apoyar a los camaradas que trabajan gratis para traer mejoras a las comunidades los reciben con piedras.
-Habrá conflictos nacionales y seguiremos leales al PSUV al Gobierno, pero cuando lleguen los peores momentos las decisiones tendrán que tomarse en las comunidades sin consultar líneas ni instrucciones de las autoridades de Caracas. Somos Poder Popular, y el pueblo sustituiría al partido, que somos nosotros mismos.
-Seguiremos siendo revolucionarios, incluso si llega el momento de que el chavismo deba entregar el gobierno nacional.
-Cuando uno está a punto de entregarse y no seguir peleando uno lo que tiene que recordar es su origen: somos gente humilde y campesina como nuestros viejos, y nuestros viejos no se murieron de hambre. También tuvieron esa montaña donde irse a resistir cuando el ejército vino a reprimirlos. Ese es el ejemplo que deberemos seguir.
-Es preciso volver a la vieja forma de producir y cocinar alimentos, porque de esa manera el fascismo no nos podrá acorralar. Volver a la arepa de maíz para no depender de la harina industrial, que no es maíz ni sabe a maíz. El capitalismo nos arrebató esa cultura y por eso nos tienen sometidos.
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Esa Comuna cuyo chavismo organizado diserta y debate de esa forma sobre su situación entró en situación de alerta o de conciencia activa hace tres meses, cuando el precio de las caraotas rebasó por primera vez la barrera de los mil bolívares. Resultado: en un mes habrá sobreproducción de caraotas porque mucha gente se puso a sembrar (incluso alguna que nunca lo había hecho o no tenía previsto hacerlo), y ahora el único problema será movilizare el producto para venderlo fuera de la parroquia y el municipio. Precisamente al chavismo de esta Comuna le dije al final de la conversa-reunión: lo que ustedes dicen y hacen me hace imposible decir o tan siquiera pensar que yo vine a formarlos, porque de este territorio estoy obteniendo más conocimientos y claves para la vida que los que estoy en condiciones de aportar.

En este momento, entregado como estoy al aprendizaje del oficio más noble que puede aprender un ser humano, que es la agricultura, me siento seguro de tener de vecinos a los mejores maestros; a una gente que a simple vista PARECIERA NO TENER FORMACIÓN, pero que a la hora de la verdad son capaces de analizar y diseñar planes de acción en un papel o en una discusión, y además en la vida práctica y cotidiana.

¿Parecieran no tener formación? Si seguimos permitiendo que la convención burguesa nos estafe con el mito de que formarse es solamente leer, pues sí, consideraremos gente sin formación o poco formada a aquellos camaradas que no son capaces de dar grandes discursos en público ni de recitar pasajes de libros clásicos, manuales o mamotretos ladillas. En mi caso particular, hace rato dejé de mirar o escuchar con veneración a los fósiles del conocimiento, esos “expertos” que hablan en nombre de los obreros sin haber pegado nunca un bloque, o en nombre de los campesinos o sin haber pasado una jornada de trabajo en el campo. Me quedo con mi gente: la que hace agricultura limpia sin andar citando a Fukuoka ni llamando pachamama a la tierra; la que no se dice experta en movimientos guerrilleros ni anda diciendo que es capaz de agarrar un fusil para defender a la patria, pero conserva intacta la memoria de sus ancestros cercanos, que sí tomaron ese fusil y defendieron la vida.

La formación para el revolucionario de estos tiempos que se avecinan tiene que ser integral: productiva, militar; formación en recuperación de la historia de los países y de la gente, formación culinaria y emocional, formación para la cura y la sanación del cuerpo e incluso de los territorios espirituales. La figura romántica del hombre del fusil fue destruida en los años 60 venezolanos porque esos combatientes se alimentaban mayormente de productos enlatados que les llevaban de las ciudades. Echar tiros te otorga un aura de sujeto valiente y glorioso, cómo no. Pero a la hora del hambre no vayas a esperar que te traigan la sopa.

Leer mucho y saber echar discursos es importante y hace que la idea de la rebelión se difunda. Hasta que llega el momento incómodo en que el dicurseador debe procurarse alimento, vivienda y seguridad. Y entonces tendrán sus esclavos y sirvientes que procurarle todo lo que no es capaz de hacer.

O nos formamos para el combate, en las muchas formas y escenarios del combate, o nos condenamos a ser expertos en dar explicaciones sobre las razones de la derrota.

Se marchó un baluarte del miche callejonero


Foto familiar de Segundo Rangel
mucha gente todavía le cuesta entender o aceptar que la destilación de alcoholes por métodos artesanales forma parte de la cultura gastronómica de todos los pueblos de la tierra. Que se trata de un oficio tan antiguo como las sociedades humanas: ya en la Biblia se habla con toda naturalidad del consumo de vino y otros licores. Dicho esto, se puede decir sin exagerar que la muerte de Segundo Rangel el pasado viernes santo, a los 72 años, representa una pérdida para la cultura de esta región. El hombre del miche callejonero de La Bellaca, famoso y solicitado en varios lugares del país, falleció a causa de complicaciones surgidas después de una caída y una contusión de cráneo.
Le sobreviven su esposa Matilde García, cinco hijos y siete nietos. Cuando le preguntamos a Matilde si con Segundo se marcharon para siempre los secretos de la destilación del clarito y el “amorcito” (una mezcla o maceración del callejonero con varias ramas y raíces), ella responde con energía: “Pero si fue mi mamá la que nos enseñó a hacer miche, ¿cómo voy a dejar de hacerlo ahora?”.

Las persecuciones de antes
y los homenajes de ahora

Segundo nació y se crió en el sector La Aguada, en las afueras de Calderas. Hace 33 años decidió llevarse a vivir con él a Matilde, quien tenía 14, y comenzaron a levantar su familia en la casa que ocupó toda la vida y que todavía ocupan los suyos, junto al puente de La Bellaca. Allí se dedicaron a la agricultura y a la producción artesanal de las variedades del aguardiente emblemático de Los Andes.
Matilde recuerda la época dura en que esta práctica era perseguida y fichada como si fuera una actividad criminal. “La gente que se dedicaba a esto iba presa y tenía que pagar multas. Más de una vez nos tocó salir corriendo y pasar la noche en el monte, porque la Guardia Nacional nos llegaba y desmontaba el alambique”.
Matilde García, quien continuará destilando
y vendiendo el miche.
Aquí, acompañada de hija y nieta

Esta criminalización de los aguardientes hechos por el pueblo la impuso en nuestro país la industria licorera, dominada por familias millonarias que le exigieron al Estado hacer obligatorio un registro sanitario y una cantidad de permisos y controles imposibles de cumplir por productores y destiladores pobres. Tuvo que llegar la Revolución a considerar Patrimonio toda la producción artesanal para que cesaran las persecuciones y carcelazos contra los cultores.
Segundo Rangel consideraba el lugar de destilación un sitio secreto que no podía ser visto ni visitado por cualquier visitante, sólo su familia tenía acceso a ese santuario. Cada vez que uno le preguntaba por la receta del “amorcito” Segundo agregaba o quitaba ingredientes: Palo de Arco, cabeza de caribe molida, mistela, etcétera. Matilde, más abierta o menos misteriosa, nos invitó a pasar sin mayor problema y allí pudimos ver el fogón, las pailas, el sistema de condensación donde se enfría el vapor en el serpentín. Ella continuará destilando entonces el fragante y muy solicitado miche callejonero. De eso seguirá viviendo su familia.
Al despedirnos Matilde comenta: “Lo que son las cosas: cuando se murió Segundo por aquí vinieron unos Guardias. Pero no a meternos presos sino a darnos el pésame, y a decirnos: Sigan destilando, ese miche es el mejor”.


Historia y expectativa del viejo trapiche de La Soledad

Emma y su nieto Luis Alejandro
Se sube desde La Soledad por la cuesta que da hacia el sur; alejándose unos 100 metros de la carretera nacional se llega a la antigua casa donde levantaron su familia y su patrimonio Domingo Alarcón y Casimira Rondón, una robusta construcción de tapia y bahareque que todavía, a pesar del semiabandono, luce fuerte y señorial.
Detrás del caserón hay un conuco donde Emma Sánchez Alarcón y su nuera Rosa María Briceño mantienen viva la producción de yuca, ají y otras verduras y hortalizas, y por allá al fondo, en un rancho que pareciera una construcción de segunda, está el patriarca, el objeto central de toda una historia familiar y local: el viejo trapiche, que por muchas décadas llenó de panela, guarapo y melcocha toda esta zona del piedemonte.
Esta unidad de producción se encuentra inactiva desde hace más de una década, pero ya se están haciendo las gestiones para ponerla a funcionar nuevamente.

Una historia familiar

Emma Sánchez Alarcón relata dato por dato y nombre por nombre el árbol genealógico del viejo trapiche de bueyes, que es el mismo árbol de su familia: su abuelo Espíritu Alarcón le encomendó el terreno a su hijo Domingo para que fuera a talar y a levantar su propiedad cuando éste decidió irse a vivir con Casimira. Así que en los años 30 del siglo 20 Domingo levantó el potrero, la casa y el trapiche, y desarrolló la siembra original de caña de azúcar. Este sembradío, que hace 15 años ocupaba 2 hectáreas, fue arrasado por un incendio y este accidente paralizó las actividades del trapiche.
Emma recuerda el trabajo rudo para poner a girar el mecanismo de moler con pura tracción a sangre (la fuerza de las bestias), la faena pesada que significaba esa tarea tan aparentemente simple de moler caña para sacar los productos. “La máquina se le compró en Altamira a Cristóbal Rivas, quien se la trajo de Valera a Anselmo, hermano de Domingo. Cuando se molía había trabajo para un parrillero, un fondero, un prensador y un arriero; éste era el que ponía a girar a los bueyes. Una vez se desnucó uno de esos animales; ese era un trabajo fuerte”.
Por tratarse de una industria familiar lo ideal sería que hubiera en la familia continuadores, y sí los hay: por allí anda Luis Alejandro, nieto de Emma e hijo de Orángel Peña y Rosa Briceño, que a sus 12 años observa con interés y curiosidad los viejos objetos y presta atención a su historia.

Aunque están inactivos allí todavía pueden verse todos los implementos usados para procesar las panelas de papelón y otros productos: los calderos, la parrilla, la canoa de batir, las paletas y moldes. Emma y su familia están haciendo gestiones ante la Comuna y el Consejo Federal de Gobiernopara volver a poner a funcionar este trapiche, objeto patrimonial de La Soledad.

La canoa de batir, y sobre ella los restos de un caldero

El sistema de calderos, donde se calienta en diversas fases el jugo de la caña

Fogón de piedra remozado después con ladrillos

plano general de la cocina

Luis Alejandro manipulando los moldes de donde salieron miles de panelas de papelón