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viernes, 7 de junio de 2013

El pico

El pico es probablemente el implemento más importante al que acudimos los hombres en estos lados del mundo. Sobre todo en sus facetas metafóricas: el instrumento de trabajo no es usado por tanta gente, así que el pico dejó de ser sólo ese poderoso aparato para perforar, arrastrar, desgarrar y partir, y ha alcanzado la categoría de elemento sicológico asociado al dominio, al poder, a la posesión, a la fuerza y a la inteligencia; a la lucha (cuerpo físico) y también al ajedrez (elaboración mental de estrategias).
Contra lo que pudiera sugerir el pensamiento más directo o simple (y también el idioma: “machete” parece un anuncio, apodo o maqueta de “macho”) no es el machete sino el pico el instrumento que sintetiza las aptitudes de la hombría, entendida ésta en su acepción machista: el ejercicio vital de los “hombres de verdad”.
***
Traen su carga patriarcal el concepto "pico" y la explosión de símbolos alrededor. Esto tal vez provenga del hecho de que el pico se llame como se llama. Que se utilice para ciertas cosas el nombre de la protuberancia que tienen las aves en la boca marcó de significados viriles a la simple pieza de hierro, porque el ser humano, en sus modalidades rurales y urbanas, se la pasa imitando, prefigurando o intuyendo a los pájaros en muchas de sus manifestaciones cotidianas.
Gallos se les llama a los aguerridos peleadores y gallina a los cobardes (llámase cobarde al tipo que no se atreve a pelear con otro); pico de oro y pico ‘e plata es el sujeto que tiene labia, seduce, convence, dirige, influye, manda y se impone: el poder se ejerce fundamentalmente con la palabra (la boca, que es el pico), no hay don de mando sin voz recia. Por eso la conmoción general cuando el comandante Chávez salió del quirófano sin poder hablar (mandar).
En sus connotaciones sexuales también hay un despliegue de aves y sus partes corporales. La cinematografía que formó sentimental o emocionalmente a nuestra generación y a la de nuestros padres (la mexicana) está llena de gavilanes, gallos y palomas. No hay nada más parecido al breve y violento cortejo de los gallos sobre las gallinas que ciertos bailes como el joropo llanero, los tambores y la danza wayúu; el grito altanero con que suele empezar la canta de los copleros imita el grito madrugador del gallo que quiere dejar constancia de su señorío sobre los pollos y las pollas de los alrededores. Picaflor es el hombre que anda cogiendo hembras por todos lados y del hombre afeminado se dice que suelta las plumas. El viejo José Rondón, montañés de 97 años que todavía se entusiasma al ver a alguna hembra vistosa, dice de su capacidad para “cumplirle” a una mujer: “Los gallos finos de pelea lo que no pueden hacer con la espuela lo hacen con el pico”.
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Usar el pico para convencer es el acto diametralmente opuesto al “echar pico y pala”. Así como es celebrado el hablar mucho y sabroso hay un límite difuso que convierte esa práctica en despreciable: al que habla mucha paja provoca partirle el pico. Cuando el parlanchín no sabe hacer otra cosa en la vida y permite que se le note queda reducido a su vergonzoso nivel: no hace nada, es un hablador de paja. El hablar y hablar y hablar sin sustancia es inorgánico e inferior frente al hacer. La gente que hace es o debería ser más importante que la que sólo habla.
Echar pico y pala: expresión genérica que designa el hacer un trabajo manual duro, casi siempre de agricultores y albañiles. Recuerdo las amargas recomendaciones de mi viejo: “Estudie para que no tenga que ganarse el pan echando pico y pala”. Aunque ese y otros millones de seres humanos se levantaron a sí mismos y a sus familias haciendo trabajos pesados y dicen estar orgullosos de esa hazaña, la verdad es que nuestra sociedad se ha construido sobre un sustrato muy hondo de desprecio hacia los obreros y campesinos, de quienes el hombre de oficina, el que hace trabajo intelectual o el entregado al ocio improductivo suelen decir que son brutos, malolientes y primitivos.
Es muy fácil que ese desprecio se convierta en autodesprecio, aunque también hay un dato animal formidable, que reivindica y levanta la moral del trabajador manual. Lea el siguiente testimonio, invalorable credo de hembritud. Es una gallarda y romántica confesión, contentiva de cosas que uno sabe o sospecha sobre el pensar y el sentir femeninos, pero que es muy estimulante leerlo escrito o dicho por  una mujer:
Así que el pico metafórico del que tiene labia, domina y conmueve es al mismo tiempo premonición del pico físico, del utensilio de trabajo tosco y potente: ese hierro se hizo para llevar a cabo en la vida real algo que los aficionados al revoloteo metafísico dicen que sólo se hace con algo que llaman fe: el pico mueve montañas. Literalmente: las carreteras del país, muchas casas, plantaciones y ciudades no hubieran podido construirse sin que el pico de verdad hubiera entrado en acción. El pico destroza el suelo ancestral, resquebraja la piedra; la pala mueve para otra parte los restos devastados de esos trozos heridos de planeta.
***
Enamorado como estoy de un pedazo de montaña barinesa, esa zona mágica donde el llano empieza a desaparecer y se convierte en Los Andes, quise convertirme en custodio y habitante de un pedazo de terreno. No es tan directo el trámite. Tuve que fajarme a contarle al Consejo Comunal qué pensaba hacer con esa parcela. Hablarles de lo que pienso sobre la siembra sin veneno, del cuido del bosque y el río, de las casas orgánicas hechas con el mismo material con que fuimos fabricados nosotros (barro). También les hablé de lo que puede hacerse con un poco de ganas de comunicar noticias e historias (les hice un facsímil de una especie de boletín que esa comunidad puede hacer si se lo propone y me dejan explicarles cómo).
Tras unas buenas sesiones de poner a funcionar el pico y de escuchar las réplicas de un vocero de lujo, que me da clases a mí y a cualquiera en eso del palabreo inclemente (vaya: ese Consejo Comunal tiene entre sus voceros a Rafael Martínez, “El Cazador Novato”) me han concedido el privilegio de formar parte de la comunidad. No sé qué cataclismo tendrá que ocurrir para que algo me empuje a irme de ese territorio maravilloso. Y sí: me siento propietario, vicio humano de los que crecimos en capitalismo. Siento haber dado con eso que llaman “el pedazo de tierra para caerse muerto”. Pero antes de que ello ocurra viviré. No sólo existiré (que es lo que uno hace en las grandes ciudades), sino que me lanzaré a vivir.
***
Todo lo anterior, porque la primera herramienta que he comprado expresamente para la primera faena que viene (replantear un terreno, terracear, preparar el lugar donde estará la casa) ha sido un pico. Las heridas que me ha dejado en las manos la primera jornada de entrarle a la tierra son hondas y dolorosas. Tengo un triste orgullo de esas heridas; hubiera querido ahorrarme muchos de los placeres fatuos de la juventud, esos premios por haber puesto a andar el pico metafórico, y haber invertido más tiempo y esfuerzo en las heridas corporales que deja el pico de levantar casas y conucos.

domingo, 1 de julio de 2012

Entrevista más o menos relajada

Agradecido con Rocío Cazal, Etten Carvallo y el diario Ciudad Caracas por esta entrevista aparecida el día de hoy. Agradecido también con el compai cantor Sandino Primera, quien emitió ahí unos comentarios tendenciosos pero fraternos sobre el Duque.

Está en la página 8 del sumpelento Épale de esta edición (CLIC ACÁ)



Abajo, la transcripción:

José Roberto Duque:
Feliz de vivir este tiempo


Rocío Cazal
_______________


—¿Qué recuerdas de tu infancia?
—Dos madres, un papá nómada y estrambótico; las canciones de
Tania, Claudia de Colombia y Leonardo Favio; el desierto de
Carora y otro montón de paisajes.
 

—¿Cuál es el mejor libro que has leído?
 

—Escritos para sabernos de El Cayapo. Mención especial para El largo adiós, de
Raymond Chandler.
 

—¿Cuál es tu tipo de música favorita?
 

—Música llanera y vallenato del viejo. Cuando el pobre lava, llueve, de Dámaso
Figueredo. Mención especial: Alfredo Gutiérrez, La cañaguatera.
 

—¿Cuál es tu lugar favorito?
Uno con ríos y perros de agua. El Tomate, por Caicara de Maturín.
 

—¿Practicas o practicaste algún deporte? ¿Cuál?
De chamo practiqué judo, boxeo, gimnasia, beisbol, pelotica’e goma.
Ahora veo a unos tipos corriendo en la televisión y me canso.
 

—¿Cuál es el mejor consejo que has recibido? ¿Aún lo utilizas?
“Pídala, que si no le dan por lo menos se lo van a agradecer”. A veces lo
aplico, a veces funciona.
 

—¿Qué sientes por la Revolución?
Hasta hace poco, una angustia por querer verlo todo hecho YA, una
indignación por lo que creo que va lento o mal. Ahora, felicidad de estar
viviendo este tiempo.
 

—¿Qué has hecho por la Revolución?
Recoger y difundir los testimonios de un pueblo y un país. Violentar mi
cuerpo capitalista y ponerlo a hacer experimentos: sembrar, trabajar con
barro y otros materiales. Discutir el futuro.
 

—¿Cuál ha sido tu mayor satisfacción personal y profesional?
Comprobar que cuando lanzo una reflexión, la gente la detesta, la
respalda o la discute, pero no queda indiferente.
 

—¿Dónde, cómo y con quién te ves en diez años?
Al paso que vamos, mi hermana, me veo en una tumba.
 

—¿Cuándo fue la última vez que lloraste?
Hace ratico, cuando me preguntaste por mi infancia.
 

—¿Cuál es tu película favorita?
Pulp fiction. Mención especial: Sin City. Los gringos son arrechos haciendo
películas.
 

—¿Alguna vez pensaste que ibas a ser escritor o comunicador?
Desde que a los seis años leí De la tierra a la luna y quise imitar esa forma
de echar cuentos.
 

—¿Qué te hace falta hacer para la Revolución?
Esto poquito que estoy haciendo, no hay más. Un carajo formado en capitalismo
hace lo que puede o logra hacer, y ya. De todas formas la Revolución
es un hecho colectivo, no una tarea del Duque.
 

—¿Cuál es el personaje de la historia que admiras?
José Tomás Boves y la horda que se fue con él a desguazar a los propietarios,
incluso a Bolívar.
 

—Di una metáfora de lo que has vivido.
El hombre se hizo siempre de todo material / de villas señoriales o barrio marginal...
 

—¿Piensas en la muerte?
Sí. Cuando uno piensa en el futuro eso es inevitable.
 

—¿Has pensado en tu epitafio?
“Ya se nos adelantó este güevón otra vez. Ay sí, ay sí: como si todos no
fuéramos para allá igualito”.
 

—¿Te arrepientes de algo en tu vida?
Una vez, en una entrevista como esta, el periodista me preguntó cuál era
mi misión en la Revolución. Dije: “Calentarle la cabeza a un poco de
muchachos…”. Me detuve porque recordé que ese día me acompañaban
Gino González, un compa maracucho y uno oriental. Ha sido el peor error
de mi vida.
 

—En tres palabras, ¿Cómo te defines?
José Roberto Duque.

______________________


Biografía
mínima:


De cariño le dicen El
Duque, Gran Duque o
El Perro. Nació en
Carora, estado Lara, el
30 de octubre de 1965.
Cursó primaria entre
su ciudad natal y San
Cristóbal. Luego hizo el
bachillerato en
Caracas. En el Liceo
Fermín Toro publicó el
periódico Sangre Joven,
pero fue en el Liceo 5
de Julio donde se
graduó. En la UCV
cursó Historia, la cual
dejó en tesis, pero su
mayor inquietud
siempre fue la de
escribir, comunicar.
Trabajó en los diarios El
Nacional, El Universal,
2001, Tal Cual y Así es la
noticia. Fue fundador de
los periódicos Temas-Venezuela,
Patriadentro y
Pueblo en Revolución.
Asimismo, se destacó
en el programa de
radio Periodista y medio
en Al Son del 23. Fue
jefe de Información en
Venpres (ahora AVN) y
coordinador del
Informativo de Ávila
TV. Entre sus obras
publicadas: No escuches
su canción de trueno, Del
11 al 13 y Vivir en
frontera.

________________________

“Mucha
acción en
su pluma”

Es de pocas
palabras y de
mucha acción, sobre
todo de acción a partir
de la pluma. Sabe
recoger y escribir el
sentimiento de los que
estamos comprometidos
con los procesos
revolucionarios del
mundo. Quizá su amor
por el cochino frito ha
hecho que pierda un
poco la habilidad, pero
sigue siendo muy ágil
en su pensamiento. Es
uno de los escritores
más importantes que
tenemos y no se le ha
reconocido aún”.

Sandino Primera, músico.

domingo, 19 de diciembre de 2010

Mi amada Marisol no existió nunca

Creo haber leído que nuestros recuerdos más lejanos están asociados a canciones y melodías. En mi caso, aplica para los más lejanos y para los fijados con más fuerza en la memoria: yo recuerdo lo sombrío de una habitación, la voz de mis hermanas y de una madre postiza, un reguero de olores, conversaciones y escenas que datan seguramente de los años 1968 a 1970 (mis 3 a 5 años de edad). Seguramente había una dura competencia entre los temas que más sonaban en la radio, pero a mí se me fijaron unas que no sé o no creo que califiquen como inmortales. O como dignas de recordación por mucha otra gente. Por ejemplo, Leonardo Favio en pleno y unos instrumentales escalofriantes (feos, quiero decir) perpetrados por un Frank Pourcel y su orquesta. Ah carajo, estamos en onda confesional, así que ahí va: todavía a estas alturas no quisiera estar solo o triste si algún día vuelvo a escuchar la versión de El Gavilán interpretada por ese sueco de mierda. Acabo de buscarlo en Google y resulta que es francés, pero para mí seguirá siendo sueco. Es mi venganza por haberme atormentado así la tierna infancia.
Luego vinieron otras épocas y canciones, y acá aterrizo en el tema (musical). Mucho de la formación sentimental de los venezolanos mayores de 30 años (y seguramente también de unos cuantos más jóvenes) pasó por las aulas melódicas de de la Billo's Caracas Boys. No estoy seguro de la cantidad de años hace de la grabación de uno de sus merengues inmortalizados por la memoria colectiva: La Negrita de Cheo. El caso es que hace apenas unos días he sufrido un golpe más o menos fulminante en ese ámbito remoto, en esa profunda gaveta donde la nostalgia tiene señorío. El sonido digital, la tecnología actual, me ha rejodido un personaje de mi infancia (así que no sólo Frank Pourcel me la debe).
No sé si alguien compartirá conmigo esta manía, pero yo cuando chamo solía asociar ciertas canciones con cierta gente, real o imaginaria. Así que yo tuve mi propia, íntima y personalísima Negrita Marisol. ¿Marisol? Sí, porque desde el año 1973 he estado recordando y guardando en la memoria y volviendo a recordar un estribillo que decía:

Qué suerte tiene el viejo Cheo
con la negrita Marisol...

Y aquí el espantoso atentado: la semana pasada compré un reproductor nuevo y par de cornetas para mi carro, y uno de los primeros cds que puse fue una recopilación de la Billo's. El maldito equipo de sonido suena bello, con todos los sonidos de cada instrumento, con una fidelidad del coño. Iba por la autopista Francisco Fajardo cuando sonó por primera vez el estribillo, y les juro por mis hijos que pegué un frenazo urgente cuando oí al difunto Cheo García bajarme a coñazos de mi fascinación:

Qué suerte tiene el viejo Cheo
con la negrita Mariflor...

Fue una sensación hija de puta, supongo que casi como descubrir de pronto que la mujer a la que amas desde hace años es tu hermana, un fantasma o un travesti. Como si un pana de pronto se apiadara de uno y le dijera un día, poniéndole una mano en el hombro en plan confidente: Pues sí, Roberto, pedazo de pendejo: Marisol no existe. En su lugar lo que existe es una Mariflor que a lo mejor está más buena, pero que me importa una mierda, porque no es la misma jeva. Treinta y siete años estuve adorando a una caraja que no existe ni siquiera en canciones, o al menos en esa canción:



Un poco para respirar por la herida o para pasar el trago amargo, me puse a conversar con los panas sobre mi caso, y sobre las vainas que el sonido digital nos ha hecho a muchos de nosotros: corregir ese tipo de fallas de toda la vida, producto del pésimo sonido de las radios, reproductores de cassettes o longplays en los que escuchábamos música en tiempos idos. Muchos de nosotros cantamos canciones de una forma pero en realidad la canción dice otra. La recopilación de estos errores ancestrales da para un curioso catálogo. Va una pequeña muestra de lo que yo y los panas creíamos, y lo que los artefactos de hoy nos revelaron:

El grito de Ismael Miranda en la canción Arsenio:
Al señooooooorrr...
En realidad dice:
Arsenioooo...

En la parte final de Pedro Navaja, un coro dice:
I like to live in América
Y un pana lo cantaba así:
Baila insulina en América...

El Gato en la oscuridad:
Cuando era un chiquillo, qué alegría
jugando a la guerra noche y día
La versión pre-digital:
Cuando era un chiquillo, qué alegría
jugando con tierra noche y día

Decía Lalo Rodríguez:
Ven devórame otra vez, ven devórame otra vez
ven castígame con tus deseos más
que el vigor lo guardé para ti...
La versión equivocada:
...ven castígame con tus deseos más
que mi gorro guardé para ti...

Héctor Lavoe:
Comíamos llorando el pan mugriente y duro...
Oscar Palacios:
Comíamos con hambre el pan mugiente y duro...

Sí, todo muy gracioso.
Todo, menos la forma vil en que la tecnología asesinó a mi negrita Marisol.

miércoles, 7 de julio de 2010

Memoria de Don Pío

El domingo estuve en Carora. En Caracas me entero de dos noticias aparentemente inconexas: murió Pedro López Mogollón, fundador de Los Golperos de El Tocuyo, y hubo hace unas horas un temblor de tierra allá mismo en Carora. No debe ser casual que en ese viaje haya recibido yo mi propio estremecimiento: la tierra y los afectos suelen venir de la mano.
De aquella niñez alborotada y esquizofrénica que me tocó interpretar en esos calorones rescato algunas maldades, estúpidas pero crueles como las de los niños, como aquella de buscarle bronca a los locos del pueblo. "Eso" se define con un verbo que hasta donde sé se usa sólo en Lara: cuquear. Cuquear a un perro bravo o a una persona con gestos o insultos, para que se arrechara y nos persiguiera, nos ponía a fluir la adrenalina, y seguramente nos inculcó las nociones primeras de la audacia. Ante el miedo más o menos autoinducido, había que correr. Y correr duro, porque a veces la gracia salía mal y había que pedir perdón o llevar coñazos.
Entre los personajes a quienes de vez en cuando fastidiábamos estaba un hombre viejo, altísimo y flaco, desgarbado, que pasaba caminando con un cuatro en la mano. De haber tenido lecturas en la niñez lo hubiéramos comparado con el Quijote; el cuatro era la lanza. Mucho lo ladillamos, pero nunca perdió el aplomo, nunca reaccionó con violencia. En el fondo del ensañamiento contra ese anciano había un sedimento de desprecio por lo que hacía, es decir, era una forma de autodesprecio porque ese hombre nos representaba: al menos en Carora y sus alrededores Don Pío Alvarado era la más alta expresión del tamunangue, del golpe curarigüeño. Entre los niños y jóvenes entre quienes yo andaba este género era mal visto, nos sonaba feo, nos olía a cocuy y a borracho fulminado en la plaza.
Los niños y jóvenes caroreños de entonces, afectados ya en los años 70 por remedos y caricaturas de lo urbano (en Carora el primer semáforo llegó en el 78 y mucha gente se paraba durante horas en la maldita esquina a verlo cambiar de luces) la música larense nos provocaba más burlas que emoción. En especial nos reíamos de una canción que ya desde el título nos sonaba a viejo, rancio y decadente como aquella voz chillona del viejo que la interpretaba: La Chuchurucha. Nos parecía el colmo de la ridiculez cantarle a algo que se llamara así, o tan siquiera nombrarlo. Yo mismo, que aprendí a tocar el cuatro a instancias de mi viejo, empecé a aborrecerlo y a abandonarlo. Por allá quedó el cascarón vacío del último que tuve, con las cuerdas reventadas, colgado en algún clavo o sepultado en el cajón de la ropa sucia.
Además, de los toques de tamunangue (que solían hacerlos en actos públicos, o en cervecerías y arrabales) se decía que terminaban a botellazos y en riñas colectivas con heridos graves, y a veces en efecto era así. Era gravísimo el estado de la música larense en aquella Carora, pero yo no tenía herramientas para sospechar siquiera lo que estaba pasando: cuando una manifestación cultural o musical es odiada por los niños y jóvenes de su entorno vital pasa a ser un género muerto o en proceso de extinción. Y eso era el golpe curarigüeño (entonces lo llamábamos genéricamente "tamunangue", sin tomar en cuenta el detalle del culto a San Antonio etc.).
Pasados los años, instalado ya en Caracas y por lo tanto sometido ya a una lamentable caraqueñización (yo me fui a Caracas porque creía que ahí sí podía estudiar y ser "alguien importante", como si ser campesino no lo fuera) supe de la muerte de Pío Alvarado. Sólo después escuché la hermosísima canción que le dedicó Alí Primera:



Y entonces algo se me quebró por dentro. Aquel hombre que de niños despreciábamos, el Turpial de los cardones, no era ningún perro digno de ser cuqueao sino un coloso de nuestra cultura, hacedor de música y por lo tanto patrimonio cultural de la humanidad. Más tarde supe también de la muerte de La Chía, su cuatrista más notable y carismático (y a cuya hija le echábamos los perros sin fortuna en el liceo Egidio Montesinos). Otro golpe mortal: acudí un día a ver a Los Golperos de El Tocuyo en toque abierto y gratuito en la esquina de El Chorro. Y vaya: metido entre los edificios de El Silencio los sones me llevaron al terruño y cogí el arrecherón culposo de mi vida, al ver lo que me había perdido por andar detrás de la salsa, el jazz y los ritmos que me siguen gustando, pero que ya más nunca me dijeron nada importante.
Y de colofón, este viaje a Carora, para reencontrarme con un gentío olvidado, muchachos quizá tan irresponsables como yo en aquel tiempo y ahora cultores del tamunangue. El hervidero de niños y niñas que hoy tocan, bailan y cantan el golpe y los sones de negros me dicen que el proceso de extinción de esa música no se completó: aquello que yo dejé moribundo ha renacido con una potencia inusitada. Allá está instalada la generación que evitó y evitará que esta manifestación muera, al menos en el próximo siglo. La cuenta es fácil. El hombre que enseñó a tocar cuatro a Pío Alvarado seguramente nació a mediados del siglo 19. Hoy, en el 21, hay muchachos aprendiendo y enseñando a tocar cuatro y a interpretar esos sones añejos. Así que hay música y cultura larense para el siglo 22 y más.
En la casa de Carlos Alejo Ramírez, otra institución cultural de cepa caroreña, hubo el pago de una promesa a San Antonio y después una presentación de fotos viejas de familia: ahí recuperé la imagen de Pío Alvarado; esa que puse arriba es una de esas fotografías familiares, inéditas. Todavía no se me destraba el nudo en la garganta. Ese es el viejo roble, ese anciano que yo, en lugar de adoptarlo como tutor para que me diera unas clases sobre cómo amar a la tierra, espanté a pedradas en las calles de Carora.
Creo que ya nada me detiene en mi regreso a la tierra, por no decir a las raíces. Tras 29 años sin rasgar un cuatro he vuelto a hacerlo. Lo hago torpemente; son casi tres décadas perdidas adorando una música de afuera, no de los adentros. Así que mi homenaje y desagravio no será tocando la música que abandoné por meterme a caraqueño, pero sí colocándola acá en toda su grandeza, con la voz aguda de Don Pío sobresaliendo por encima del grupo, inconfundible e inimitable (y a la salud de ustedes, me suelto a escuchar esto con una garrafa de cocuy de Hermes Chávez agarrada por el pescuezo):

La Chuchurucha:


La mujer es lo más bueno:


El Gavilán:

lunes, 14 de diciembre de 2009

Radio Carora, la nostalgia y la niñez que se fue

Hace como cinco años años el pana y paisano caroreño Edgar Vargas perpetró un atentado contra mi cajón de nostalgia. Me regaló un CD llamado "50 años en una hora", una recopilación de los momentos, jingles, promociones y música que le dieron personalidad a Radio Carora. Yo, la verdad, guardé el CD porque no terminaba de interesarme, no le veía la gracia al cuento. Además, uno tocado de la respectiva coraza política me dejaba llevar por un dato amargo: esa radio era (y sigue siendo) la voz de la godarria, de los ricos de Carora, de una renombrada casta de racistas, del enemigo. Y a esa gente no hay que hacerle concesiones. Hasta que un domingo me puse a escuchar el maldito CD, y me jodí. Tan sencillo como eso. Me volvió mierda.
Ah, pero yo no podía quedarme solo con esa vaina atrevesada en la garganta, así que cogí un editor de sonido, hice una selección de poco más de cinco minutos de la grabación, y se la mandé a un grupo de panas caroreños, casi todos residentes en otras ciudades y países. Subo aquí ahora el archivo de sonido, y más abajo el texto que les mandé a los panas.
Si usted no nació o vivió en Carora en los años 70 seguramente la grabación no le dirá nada. Tal vez sí la reflexión, porque la nostalgia fabricada a punta de radio es un síndrome universal. Todos llevamos nuestra Radio Carora encima, adentro, incrustada como un software en la memoria o disco no tan duro:

Alexis, Rafael Pompilio, Edgar, Luis; demás compas caroreños y/o larenses: allí les anexo un archivo de sonido. Una grabación de cinco minutos y pico que les pido (por favor, de pana) que escuchen. Después les paso los créditos debidos. Les explico de qué se trata.

El hermano Edgar Vargas me regaló el año pasado un CD del cual sólo quiero decir por ahora que me dio en la madre. O sea, me escoñetó anímicamente. Es decir: cuando me instalé a escucharlo me puse a pensar, con las bolas en la garganta, en las coñoemadrísimas trampas que nos tiende la memoria, o mejor dicho: la aparición súbita de los recuerdos después de un tiempo de haber olvidado. La infancia es una vaina que uno almacena en ciertas gavetas; cuando éstas se abren inevitablemente nos pasa la consabida película frente a los ojos y retumba la frase: "Maldita sea, ¿cuándo se me fue la niñez?". O bien: "Qué jodido estaba todo en aquellos tiempos", tras lo cual uno termina recordando a la miseria con ternura y agradecimiento, porque esto que es uno hoy se lo debe a las coñazones de aquellos días.

A lo mejor muchos de ustedes escuchaban Radio Juventud, Radio Universo o Cristal; quizá Rafael Pompilio no escuchaba radio porque hacía su propia música. Si es así estoy frito y solo con esta mierda, pero igual corro el riesgo, que no se diga que no intenté compartirla.

El punto es que ayer agarré el CD que me dio el pana Edgar, me puse a hacerle cortes y ediciones con un editor de sonido e hice una selección de los momentos que me parecieron más "fuertes" del disco. "Fuertes" porque, en mi caso, me agarran y me trasladan sin escalas a la Carora de los años 70. Allá se quedó la niñez de este animal caraqueñizado; allá debo ir a rescatarla.

Yo no sé si estos ejercicios son buenos o malos. Algo me dice que buenos no son, visto el "efecto RCTV": esa cuerda de bichos que nos moldearon, jurungaron y mediatizaron los afectos y después quisieron cobrárnoslo. Un pana me decía hace poco que la nostalgia es una debilidad pequeñoburguesa y "una traición al proceso", porque le hace concesiones al país que debemos dejar atrás. Si el compa tiene razón, pues aquí perpetro esa traición con gusto. El futuro soporta correcciones y disculpas; la niñez, jamás.

Vaya compas, échenle un oído a eso. Y si quieren lo comentan; así sea para decirme que el ejercicio no les dice nada.

pd: Pompilio: en el último minuto de la grabación aparece un J.T. Santeliz que es, con casi toda seguridad, familiar tuyo. Es el que recita: "¡Salve, Carora invicta!" ¿Nos confirmas eso?

lunes, 5 de octubre de 2009

Al barro vamos

Esto lo he aprendido en la voz y en la acción de los Cayapos. A ellos les gusta sentir y decir que uno les roba las ideas para después echársela por ahí de sabihondo y tal. Pero igual nos han transmitido y nos siguen transmitiendo a unos cuantos el saber y el ignorar de la otra sociedad, esa que no conocemos pero que (precisamente) debemos soñar antes de construirla.



Uno de esos saberes-ignorares tiene que ver con la vivienda y el hábitat, y parte de aquí: si las casas de la sociedad actual le han servido a ésta, ¿cómo y con qué materiales construir la casa del futuro?
Ando montado o intentando montarme en una cruzada que parece muy pendeja y seguramente lo es: quiero hacer casas de barro. Aprender el simple arte de levantar la concha donde ha de transcurrir mi vejez, si es que completo la proeza de llegar allá. El ensayo quiere ser un poco menos individualista: entusiasmar a un poco de muchachos para que le echen bolas por ahí y dejen de estar soñando con el apartamento o la casa en la gran ciudad. Estas ciudades hay que desalojarlas urgentemente. Ya hay media docena animada y dándole con furia.
El experimento llamado "otra sociedad" está fuera de estos dinosaurios de concreto que ya se tragó el capitalismo. Aquí perdimos la batalla.
Pero ¿por qué de barro?
***
El cemento enferma. El barro es lo que somos. El cemento es contranatura, es un monstruo que ha destruido seres humanos y ha enriquecido a monstruos; el barro es esa materia de la que estamos hechos. Nada nos recuerda más qué somos que el moldear cosas con barro, jugar con barro, em-ba-rrar-se: lo que nos han impuesto como sinónimo de sucio termina purificándonos. Trabajar (jugar) con barro nos hermana con la tierra.
Las casas producidas en cantidades industriales y con criterio mercantilista y de industrialización las hacen obreros vejados, humillados, explotados, arrechos, frustrados, golpeados, esclavizados por el capitalismo. Un obrero-albañil está obligado a construir o ayudar a construir, por comida y un sueldo miserable, una casa que no será de él. Junto con su sudor, en ese cemento de la ignominia se quedan mezcladas sus rabias y quejas de seres humanos atormentados, así que nadie podrá vivir feliz nunca en esas casas y apartamentos. Esas paredes rezumarán por siempre tristezas y lamentaciones.
Por eso (continúa hablando El Cayapo) tu casa debes construirla tú mismo. Lo que se mezclará con el barro de la construcción será tu sudor y con él irá tu ternura, la ternura y las risas de tu familia y tus amigos. También se colarán allí tuas rabias y fantasmas, pero esos bichos son tuyos y ya no te harán daño.
Es un trabajito pesao, jodedor. Pisas barro quince minutos, haces adobes otros diez minutos y ya te quieres regresar a Caracas. A menos que te lo tomes como lo que debería ser todo trabajo: como una joda, como una oportunidad para echar vaina e intercambiarse burlas con el güevón y la güevona que están ahí haciendo lo mismo que tú. El trabajo te divierte o te esclaviza: si lo haces por comida o porque el patrón te está vigilando y tomándote el tiempo es una tortura coñoemadre. Trabajar viene de Tripaliare y tripaliare de tripalium: instrumento de tortura, y eso es una carga demasiado vergonzosa para la humanidad como para dejarla pasar debajo de la mesa. La cultura dominante de mierda te adoctrinó para que creas que el trabajo (tripalium, para enriquecer a otros) dignifica, cuando en realidad te humilla y te reduce a bicho sin dignidad.
Pero si trabajas para ti y tu gente es una gozadera, una fiesta y una dinámica infantil (jugar con barro es una nota):





En la segunda mitad de mi vida le dedicaré tiempo a este proyecto: llevarme a varios sitios a un equipo móvil para aprender conmigo, mientras aprendo con ellos, a hacer casas de adobe. Estamos comenzando en una construcción pequeña en San Diego (Carabobo), un simple anexo de la casa de Ramón Mendoza. El próximo espacio a colonizar será en la Fila Maestra, donde Miranda conecta en una vuelta insólita con Vargas. Hay otro terreno para lo mismo en El Guapo, otro en Yaracuy. Lugares varios para hacer músculo y aprender. Quitarse el capitalismo de encima (del cuerpo: quitárselo de la cabeza es más engorroso) lleva trabajo, esfuerzo.
Es un ejercicio bravo.

domingo, 18 de enero de 2009

Adiós al Pulpo

Publicado originalmente en El Discurso del Oeste,
el 18 de octubre de 2008.
Se murió el viejo Ezio Duque, mi papá. Ocurrió el 9 de septiembre. Y la semana pasada se fue tras él la mujer que me crió de pequeño, la señora que me enseñó a leer y a escribir, una madre de emergencia llamada Bertha Rodríguez. La pobre entró en una dura depresión por la muerte del Duque y sucumbió a la tristeza. El acta de defunción dice otra cosa más técnica y clínicamente exacta, pero la verdad es esta: la vieja murió porque murió el viejo.

***

El Duque se llevó un puñado de historias, la personalidad más avasallante, el fenómeno físico y sicológico más asombroso que he conocido hasta la fecha. Yo he conocido gente de enorme fuerza interior y corporal, de gran reciedumbre de cuerpo y mente, y he conocido almas dulces y nobles. Pero nunca he sabido de nadie que albergara ambas cualidades humanas: la capacidad física y mental para destruir y doblegar a la adversidad, y la vocación para hacer el bien. Y también para cometer equivocaciones monumentales. Vaya que se equivocó Ezio Duque. Vaya ejemplar humano.
Mi papá era un carajo enorme, con el gocho y el negro a flor de piel, profundamente intimidante y profundamente bueno. ¿Ya lo dije? Sí, creo que ya lo dije. Es probable que lo repita unas cuantas veces más.
Con la mitad de esa maquinaria vital yo habría conducido una revolución de verdad hace rato. Yo solo con los tres o cuatro seres iguales o parecidos que debe haber en el mundo. Él no pudo ni quiso porque su visión de la política era más bien simple y pragmática y le ladillaban los enredos teóricos y retóricos. No podía ser un buen político quien me inculcó la importancia de decir las vergas en lenguaje llano, simple y duro. Muy mal político hubiera sido quien tronaba las verdades más bellas y también las más monstruosas en alta e inteligible voz, mirando a los ojos del interlocutor y obligándolo a confrontarse consigo mismo. Quien se plantaba frente al Duque a discutir cualquier cosa a los dos minutos ya estaba bajando la cabeza, desmoralizado, y desviando la ruta de la conversa, haciéndose el güevón.
Yo sé que todo esto suena a homenaje patético y gratuito a alguien a quien se adora, pero necesito decirlo con estas palabras y no con otras: mi viejo te fulminaba porque era incapaz de mentir, era totalmente inútil para engañar, para hacer fintas, para trazar alguna estrategia exitosa. Nada de ajedrez: el Duque era un tanque de guerra, o quizá un tractor, palante es pa allá y si te atraviesas te jodiste. Me dan risa los que piensan que José Arcadio Buendía era un carajo imponente.
Algo de esa pulsión heredamos sus hijos, algo de esa secreta potencia. Pero este caballero de 1 metro 90 de estatura, vozarrón telúrico y apego patológico a la justicia, al trabajo y a la bondad, se me antoja irrepetible.

***

El Duque fue camionero fundador de Aerocav, la compañía de encomiendas. Creo que fue en el año 52 cuando llegó allá a ofrecerse como caletero, pero un día le dieron la oportunidad de manejar uno de aquellos bichos marca International y a partir de entonces se pasó su buen medio siglo rodando por las carreteras de Venezuela. No había pueblo, caserío, vía alterna o camino verde que no fuera capaz de recordar casi curva por curva. Varias veces entablé con él duelos de memoria a ver dónde quedaba la población tal, la esquina equis en Caracas, la forma más rápida de llegar a San Juan de Los Morros viniendo de oriente. Marinero del asfalto, en cada puerto dejaba amores, recuerdos y muchachos. De sus hijos, Julio César es el que más se le parece y anda en lo mismo que él, bebiéndose los aires del país a bordo de una gandola de cerveza.

Fue en Aerocav donde lo bautizaron El Pulpo, porque a pesar de su condición de camionero (hay jerarquías en esas líneas de encomiendas) no se le quitaba el placer de retar, impresionar y destruir la moral de los demás caleteros a punta de hazañas de terror: el hombre podía cargar una nevera, una lavadora u ocho cajas grandes en un solo envión y subirlas en la maldita gandola. De chamo lo acompañé en más de una travesía, y no tengo que esforzarme mucho para entender que mi manía compulsiva de coger carretera hasta que el carro pida perdón me viene de aquellas jornadas de horas, madrugadas, días, kilómetros y soles de recorridos. Tampoco tuve que esforzarme mucho para encontrar la canción más obvia con que homenajearlo:




Esos son quizá los recuerdos más intensos que guardo de su compañía: los viajes que se hacían eternos, el aprendizaje a mansalva de lo que era partirse el lomo para ganarse el pan.
También estaba la forma quizá inconsciente en que ejercía su rebeldía de clase. Allá en Carora hizo magia para comprar una casa en una zona llena de comemierdas de clase media y aristócratas venidos a menos, ese tipo de gente que cree que la sangre azul se adquiere o se manifiesta a través de la falsa cortesía de quien da las buenas tardes sin voltear a mirarte, la asistencia puntual a misa y ese remilgo insoportable del pendejo que se cree superior. Mi papá los desafiaba y los silenciaba, sobre todo en las tardes de sábado y domingo en que se instalaba a engrasar o reparar el motor de su camión, en plena calle de la "nobleza" caroreña, y cada vez que una tuerca o una pieza se le ponían difíciles echaba unas mentadas de madre que retumbaban a tres cuadras, "El coñísimo de tu puta maaadreeee".
Yo siempre disfruté de esas afrentas por intuición de muchacho malo que goza con la incomodidad ajena. Luego, cuando tuve una mejor conciencia del "problema", lo disfruté más: los Duque éramos unos pobres transplantados en un mundo de gente rica o que creía serlo. Unos invasores, unos indeseables. A las "familias de bien", a los profesionales, militares y hacendados de los alrededores les molestaba aquel simple trabajador lleno de grasa, aquel energúmeno cuyos insultos bárbaros y dolorosos a pulmón pelao marchitaban las cayenas en toda la cuadra. Estoy seguro de que el tipo y su familia les inspirábamos respeto, miedo o repulsión, o las tres cosas a la vez. Éramos el Guasón en la película de Batman, Los Monsters en la plácida y conservadora sociedad, la pata de cucaracha en el plato de atol.
¿Conciencia de clase? El hombre intentó (sin éxito, al menos en vida) hacerme entender que el trabajo es una cosa buena y necesaria, y logró inculcarme algo esencial: hacerlo para enriquecer a otros es una pérdida de tiempo; trabajar para la gente querida, sin jefe ni horario, es lo más parecido a la felicidad.

***

Aunque en el último año lo visité más que en años anteriores, me duele no haber disfrutado más de su sabiduría y no haberlo puesto al tanto de mi propio crecimiento. Despechado porque sus hijos mayores no lo visitábamos y arrecho con los menores porque los veía todo el tiempo (fueron éstos quienes lo soportaron, lo quisieron y cuidaron de él en sus momentos finales), entabló una profunda amistad con Juan Carlos, el hijo de su compadre Gabriel. Imposibilitado ya para manejar, se fue de copiloto con este compa a quien consideraba el hijo ideal, para ver las señales de una Venezuela distinta a la que él había conocido de punta a punta: fue a ver el segundo puente sobre el Orinoco, se montó en el tren Caracas - Valles del Tuy; fue a ver el Viaducto 1 no más para luego restregarles en la cara a sus panas escuálidos lo arrecho que había quedado ese puente.

***

Nuestras últimas conversas y sesiones transcurrían con bastante serenidad y cordialidad (cosa casi imposible en otras épocas). Me impresionó y me aleccionó su actitud ante la proximidad de la muerte. Básicamente, tenía conciencia de haber vivido intensamente sus 72 años y por lo tanto la llegada de "la doña" (así llamaba a la hora final) era un asunto que no lo angustiaba. Supe de gente con familiares enfermos que acudía a él para que los consolara con su fulminante lógica de sentenciado digno. Nada mejor para el ánimo y la resignación que ver y escuchar a un hombre asediado por tres enfermedades mortales, burlándose del cáncer porque "La diábetes es la que más me jode: ahora no me puedo tomar un refresco porque me mareo".
Una de las últimas veces que fui a verlo le puse al teléfono a Alicia (a quien llamaba en joda "María Corina", por su presunto parecido con la Machado de Súmate). Ella le dijo: "Bueno, recupérese porque cuando vaya para allá quiero verlo como un toro".
Él respondió:
--Sí, como un toro, pero después de la faena.

***

Me dediqué a sorprenderlo con la única cosa de este mundo capaz de lograrlo: la tecnología.
Hacía mucho tiempo yo me había declarado incompetente para enseñarle nada al pure, así que fue una delicia verlo maravillarse con la herramienta llamada Google Earth, con la magia de internet. Quise reeditar los viejos duelos de identificación de pueblos y caseríos, pero en la pantalla de la computadora, y descubrí un detalle: la intuición geográfica, el sentido exacto de las distancias y de la ubicación, el GPS biológico de este animal de las carreteras, quedaban suprimidos en presencia de un mapa: Ezio Duque anduvo por todo el país con los ojos cerrados sin tener nunca la noción de los puntos cardinales. Para él no tenía sentido hablar en términos de norte o sur, y cuando traté de explicárselo reconoció con grandes risotadas que para él el Táchira quedaba "más arriba" de Maracaibo. Le parecía incongruente que en el mapa de Google San Cristóbal se viera "abajo" y Maracaibo "arriba".
Luego le hice otras demostraciones menores: enseñarle a navegar por la página de Aporrea (de la cual oía hablar en VTV sin saber exactamente de qué se trataba) haciendo clic en los titulares que le interesaban, invitarlo a que pidiera cualquier clásico del boxeo de los 50, 60 ó 70 e instalarnos a ver esas peleas en Youtube; hacerle varios videos al lado de sus hijos y nietos. Al ver este video en particular me dijo, cuando estuvimos solos: "Verga, yo no sabía que me veía tan jodido". Jodido se veía. Pero nótese la risa y la voz, más recias y profundas que las de los jóvenes alrededor:



Cierto. Es quizá una de las pocas veces que lo vi bajar la cabeza.

***

El día que le diagnosticaron el cáncer de próstata el médico no quería darle a él solo la mala noticia, así que quiso obligarlo a llevar a un familiar o acompañante. El Duque le gritó en la cara que no fuera pendejo, que él tenía derecho a saber qué verga era lo que tenía y que para eso le estaba pagando. El médico se arrechó, le llenó un récipe de mala gana y se lo entregó con las indicaciones de rigor: "Tómese eso hasta que se muera".
Varios meses después, cansado de ir a Barquisimeto a buscar sus dosis de pastillas, un médico amigo le informó que había una manera de ahorrarse el viaje y la medicación. Parece que cuando alguien padece de cáncer de próstata y ésta le es extirpada, los testículos siguen segregando una sustancia bastante tóxica, que es lo que contrarrestan la fulanas pastillas. La opción era extirparle los testículos. El viejo aceptó operarse y era un gustazo para él, además, preguntarle a quienes iban a visitarlo si querían verle las bolas. Uno se negaba y él soltaba la carcajada, porque igual las bichas estaban ahí a la vista en un frasco de mayonesa lleno de formol.
Luego vino la diábetes y con ella la letanía de la comida sana, sin azúcar, sin sal y sin nada. Y la sentencia del Duque: "Yo estoy viejo y me estoy muriendo, ¿encima me van a poner a comer monte?, ¿Por qué tanta tortura si igual me voy a morir?". Julio César le concedió la gracia de su última o penúltima voluntad: fumarse un cigarro, ir al restaurant del Morocho a meterse un churrasco sangriento.

***

Para llevárselo de este mundo tuvieron que confabularse el cáncer de próstata, la diábetes, la leucemia y una afección del corazón. Al ver que con semejantes sicarios no pudo quitarle ni el vozarrón, ni el insólito sentido del humor ni el aplomo con que esperaba a la muerte, la naturaleza le mandó dos ACV. Con el primero logró zamparle algunas alucinaciones, como el súbito temor a Dios y la visita de su madre, Josefa Lina, muerta 18 años antes. Con el segundo lo dejó sin voz y sin otras facultades. Fui a verlo allá en Carora dos días antes del desenlace. Me hizo una seña con la única mano que podía mover. La seña decía: "Estoy listo, esto se acabó".
Las únicas lágrimas de adulto que derramé en su presencia le hicieron coger un arrecherón y me pidió que saliera del cuarto. Le indignaba que los hombres mostraran debilidad.

***

Estuve en su funeral. No sé por qué me sentí tan bien cuando una gente le fue a cantar. Cargué su ataúd con mis hermanos para llevarlo a su lecho final, un cementerio nuevo en la vía Carora-Aregue desde donde se ve a lo lejos la serranía falconiana. Los entierros de ahora parecen más bien una faena de albañiles: cinco paneles de concreto y sobre éstos una mezcla de cemento. Sobre la mezcla unas flores, el llanto de uno, empequeñecido y triste a pesar de la enseñanza: "Prepárate, güevón, la muerte viene". Vendrá la muerte y tendrá sus ojos.
Dormí un par de horas y me desboqué a buscarlo por esas carreteras.
Lo encontré en la nobleza de mi hijo Alejandro, allá en Puerto Ordaz, a donde volé atizado tal vez por la estrofa final de aquella canción de Diomedes:




Encontré su rastro también en el sencillo, cruel y limpísimo sentido del humor de mi vieja viva allá en San José de Guaribe, mi mamá Natividad, la que me parió.
Lo encontré en los atardeceres, anocheceres y amaneceres de la carretera, viajando a 140 por hora y a veces a 20 y a 60, recreándome en la gastronomía de los pueblos, en los accidentes feos de la vía, en los nombres hermosos de las poblaciones de Venezuela.
Y lo encontré finalmente casi exactamente retratado en una canción que a ratos se le parece, que a ratos se me parece, que nos recoge en espíritu y en personalidad, así nada tengamos que ver con hatos, vacas y faenas del campo:



Carora, a secas

Publicado originalmente en aquel entrañable y maldecido blog, La Casa del Perro, el 26 de marzo de 2006.

De vez en cuando voy a Carora, el pueblo donde nací. De vez en cuando significa, en el idioma de quienes nos acostumbramos a sembrar raíces pero no a aferrarnos a ellas, algo así como seis o siete veces en los últimos diez años. No más que eso; el desarraigo viene en envoltorio de ingratitud, y eso pega. De vez en cuando.
Siempre que regreso allá (esta semana lo hice) entro en un interesante túnel del tiempo; a mi viejo lo encuentro más viejo, más enfermo y más digno, y al pueblo lo encuentro más grande y más ciudad. Pero por allí permanecen, inalterables, los detonantes del recuerdo.
Hace unos días hablaba, en mi blog sobre música de años pasados, del cine Bolívar. Fui a su encuentro, y aunque ya no existe queda un letrero con su nombre adosado a la pared.
También me reencontré con la demoledora soledad de La Otra Banda, en esa carretera larga, angosta y calcinada que lleva a los viñedos de Altagracia. El tiempo estaba nublado, evento muy extraño en una región que normalmente arde a 40 grados. No resistí la tentación de hacer unas fotos en blanco y negro, los matices que hablan de los tiempos idos.
la otra banda
la otra banda(2)

Luego, en la carretera Lara-Zulia, la emboscada mayor hecha cosa concreta en los nombres de las haciendas y pueblos cercanos: un recorrido de cien kilómetros me bastó para desengavetar de los sótanos de la mente esa sonoridad que relampaguea en forma de voces indígenas: lo que recuerdo de Carora está impregnado de Sicare, Puricaure, Sicarigua, Los Quediches, Los Arangues, Morere, Aregue, Burere, Curarigua, Guarimure.

Sicare

En estos días se celebra además un concurso internacional que lleva el nombre de Alirio Díaz, posiblemente el caroreño más universal. Un mural de Dalita Colombo lo convirtió en emblema inseparable, ya no de la cultura sino además del paisaje ciudadano:

aliriodiaz