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sábado, 4 de julio de 2026

Anotaciones mentales rumbo a otra Venezuela




1) Este país no podrá ser el mismo después del año 2026.

2) No es nueva esa perspectiva ni nuevo ese anhelo: nos la pasamos diciendo que hay que cambiar y transformar al mundo. Se supone, o muchos suponemos, que una Revolución consiste precisamente en desajustarlo, descolocarlo, recomponerlo todo. La guerra nos ha desajustado como República; la naturaleza nos ha descolocado como territorio, otra vez. Toca ahora recomponer (nos). Este es el momento de decidir bajo qué criterios éticos y técnicos se hará esa reconstrucción.

3) Se supone, o algunos suponemos, que la actual situación de calamidad, presión extrema y profundización de toda contradicción es un momento propicio para irse al fondo del proyecto histórico que hemos olvidado, postergado o desviado. No hay que seguir insistiendo en mejorar el capitalismo, hay que abandonarlo o al menos empezar a demolerlo.

4) Es obvio que el enemigo está empujando dramáticamente a la República en sentido contrario: no Revolución, sí capitulación y entrega.

5) Mientras la República (y el Estado, y el Gobierno) se precipitan por ese barranco, los fragmentos de la fracción del pueblo que se sabe continuador de una corriente histórico-social disruptora del capitalismo y de todo colonialismo, tenemos la misión de mantener viva la brasa de la Revolución. ¿Ahora, cuando muchos ven señales de mutis y de retroceso? Sí, justamente ahora.

5a) El chavismo y la Revolución conservan ciertas sustancias adherentes que permiten decir que tiene todavía el control del Estado. Pero el chavismo y la Revolución no son un Estado ni un Gobierno, son una entidad cuya potencia y cuya sustancia reside en el pueblo. Pudieran derrocar al Gobierno, pero no acabar con el impulso revolucionario que está sembrado en el ser venezolano.

6) Estas cosas hay que decirlas precisamente ahora, cuando sobrevive la sensación de que perdimos muchas cosas que habíamos superado, y cuando arrecian los movimientos dirigidos a defenestrar al chavismo, a sacarlo del poder y de las instituciones.

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Paréntesis 1: los jóvenes formados para la revolución en estos 25 años parecen creer que la revolución y el socialismo consisten en lograr que las estructuras capitalistas funcionen bien. He oído a jóvenes pichones de revolucionario asegurar que China es comunista y que Austria y Suecia son modelos de socialismo porque en esos países ganaron partidos de izquierda. Eso es una señal de alerta más grave que el pitico ese de los teléfonos que informó que iba a temblar poco antes de que temblara. Del terremoto de la mediocridad y la ignorancia sí no se salva nadie.

Paréntesis 2: el modelo chino no nos sirve por la misma razón por la que no nos sirven el modelo europeo ni norteamericano: papi, no somos chinos ni europeos ni gringos. Aunque culturalmente estamos moldeados por gringos y europeos, somos estructuralmente y originalmente caribeños, amazónicos, andinos y afro. En esos universos culturales y espirituales debemos abrevar para obtener el nutriente histórico rumbo a la otra Venezuela.

Paréntesis 3: lo esencial del chavismo en proceso de reacomodo o de dislocación sigue vivo en varios territorios o estructuras: en la gente afecta al Gobierno Bolivariano, en los movimientos sociales y revolucionarios pre-chavistas, y en una inmensa masa a la que no le estamos parando bolas: gente que es chavista y no lo sabe o no lo cree. gente que se declara antichavistas e incluso "de derecha", pero cuando escarbas en su forma de vida, en su ética y su conducta, resulta que son expresión de lo más prístino y hermoso del chavismo.

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7) No deberíamos esperar otro coñazo, otra tragedia, otra lección planetaria y tectónica, para entender de una maldita vez que es necesario, preciso, urgente y crucial levantar un modelo de poblado distinto a la ciudad industrial capitalista. Vivir en grandes edificios no nos convierte en un país cosmopolita ni moderno ni desarrollado sino en una caricatura ridícula de las ciudades norteamericanas, nos convierte en seres que se enorgullecen de vivir en cajones de concreto que son una sentencia de muerte.

7a) La destrucción de edificios y ciudades en Venezuela es idéntica a la destrucción de cualquier otra ciudad producto de la arrogancia capitalista. Hace 5 años se cayó por sus cojones un edificio en Miami. El edificio no lo hizo el chavismo y no hubo un terremoto de 7.5 grados que lo desmamagüevara en segundos: el edificio se cayó porque los edificios capitalistas se van a caer todos, más temprano o más tarde. Ni los edificios de la Gran Misión Vivienda ni los que hicieron las constructoras antes de este siglo son socialistas, son capitalistas como todos los edificios del mundo y por eso se cayeron . En ese edificio mayamero hubo 98 muertos. Proporcionalmente, si se hubieran caído mil edificios hubiese habido cerca de 100 mil muertos. Pero no estaba Delcy Rodríguez ahí para culparla de la mortandad; de resto, todo igualito: hemos copiado al pelo la receta de una tragedia al peor estilo capitalista. Imitar al capitalismo nos convierte en seres que preferimos vivir esperando la inevitable desgracia, por asco o por vergüenza a una vida digna, solo porque hace 100 años los gringos nos ordenaron dejar de ser rurales y convertirnos a la fuerza en citadinos, en caricaturas de neoyorkinos.

8) Caracas era hasta hace más o menos un siglo un valle fresco y de entorno amable, de ríos claritos y cantarinos. El capitalismo nos convenció de que lo civilizado y lo de avanzada era secuestrar a millones de personas en ese valle, ponerlos a cagarse masivamente en los ríos cantarinos y claritos en los que antes bebíamos agua, y preferir ser esclavos condenados en un cerro que campesinos apegados a la tierra y al trabajo productivo. La Guaira era o pudo ser un maravilloso territorio de pescadores pero el capitalismo lo convirtió en el barrio más frágil y más incongruente de Caracas.

9) No hay lógica comunera que prospere si nos negamos a abandonar la lógica de la ciudad que los gringos nos ordenaron construir. No hay Misión Vivienda que prospere si no entendemos que el cemento, la cabilla y el asfalto son un boleto directo a la tragedia, y si seguimos teniéndole asco, miedo o penita a la construcción con tierra, madera, bambú.

9a) Problema con el punto 9: cómo coño vas a hacer que florezca una idea de ese calibre si eso no le llena los bolsillos a ningún empresario o político.

 10) Nuestra misión más seria en las semanas, meses y años que vienen debería ser decirles a los niños de Caracas (y de su barrio más grande, La Guaira) que la culpa del trauma espantoso que están viviendo fue nuestro enorme culillo a hacer una Revolución anticapitalista de verdad, y que su formación de ahora en adelante incluirá técnicas constructivas ancestrales, estudio de materiales nobles, siembra de especies alimenticias y medicinales, aprendizaje de la electricidad, la carpintería, la albañilería, la herrería y toda disciplina útil para el trabajo y para la vida. Es bastante probable que, en lugar de eso, nos apliquemos a decirles a los muchachos que toca reconstruir la ciudad tal como estaba, con los mismos materiales y la misma filosofía de la competencia y la basura empresarial, y cuando en unos meses venga el consabido rebaño de arquitectos e ingenieros sifrinos y mamagüevos, probablemente gringos, a hacerse ricos con sus diseños chiquiluquis y gentrificadores, entonces ahora sí se estará labrando nuestra derrota secular más ignominiosa y habrán triunfado los hijos de la grandísima puta maricorinistas y proyanquis, empresarios y profesionales coños de su madre de todos los gremios; habrán triunfado los gurúes del capital, los corruptos de todos los bandos, tendencias y colores, los sucios mercaderes de la espiritualidad convertida en religiones, habrán triunfado los estafadores evangélicos y sus marioneteros sionistas, los católicos y sus marioneteros pedófilos, habrán triunfado los malditos seudorrevolucionarios que nunca renunciaron a sus riquezas, habrán triunfado los hijos de puta fabricantes de canciones y de culturas putrefactas, habrán triunfado todos esos coños de sus respectivas madres de uniforme o bata blanca o cuello blanco, y entonces los güevones y los justos tendremos que ver en quién inculcamos el germen de la rebelión otra vez, a ver si mantenemos viva la llama de la revolución verdadera, que tendrán que hacer las generaciones que vienen porque las actuales siguen o seguimos aferradas a tanta basura capitalista disfrazada de socialismo.


miércoles, 4 de junio de 2014

Las casas del Cazador

Foto: Félix Gerardi
  • Aunque estas reflexiones son, con algunas variantes, las mismas que he pronunciado en las presentaciones de su novela-testimonio, “El llano era de nosotros”, siento que le debía y ahora le estoy pagando este texto escrito al Cazador Novato (Rafael Martínez Arteaga).

Primera casa

El día que vi el primer ejemplar impreso del libro “El llano era de nosotros” tuve un sobresalto, más bien una molestia, porque al revisar la contratapa me encontré con un dato erróneo, o eso me pareció. Decía que el lugar de nacimiento del autor era la “hacienda Jurapal, Arauca, Colombia”. El dato proporcionado por el propio Cazador Novato informaba que ese hato queda en el cajón del Arauca pero del lado venezolano, así que, en rigor, el editor se había equivocado. En unas pocas horas había que presentar esa novela en la Feria del Libro, capítulo Caracas, y me imaginé el arrecherón que iba a coger el coplero y declamador cuando viera ese dato choreto en su reseña biográfica.
Además del dato estricto que yo veía violentado, se me atravesaba también, inconsciente pero fatalmente, una incomodidad extra, y es esa partícula de nacionalismo que todos tenemos, incluso aquellos que clamamos y argumentamos por la eliminación de las fronteras y por la unidad de los pueblos fronterizos. De alguna manera, en algún recodo del cerebro, mi molestia fundamental tenía que ver más con eso de “Verga, cómo le vamos a atribuir a Colombia el haber sido la cuna de un emblema de lo venezolano”. Vainas que a uno le inculcan y le incrustan en el cerebro desde niño.

Agarré a Rafael Martínez antes de la presentación, lejos de la Feria por si acaso, y le mostré el error. Le dije que yo mismo escribí esa reseña y que después se me había creado la duda. El viejo llanero me respondió, con la tremenda seriedad con que es capaz de hablar cuando se lo propone (es decir, cuando no está jodiendo): “No, eso no es ningún error. Resulta que esa hacienda tiene un pedazo en territorio colombiano y otro en Venezuela. Es más: el cuarto de la casa donde yo nací queda en Venezuela, pero el fogón donde cocinaba mi mamá está en Colombia”.

Esa espectacular circunstancia ya lo monta a uno sobre la primera clave cultural (primera casa- primera clave) que gravita en torno a Rafael Martínez Arteaga, El Cazador Novato: de los íconos culturales humanos de los dos países no debe haber ninguno que sea tan genuinamente colombo-venezolano.

Destellos simbólicos aparte, el Cazador siempre cuenta por qué para la familia siempre ha sido una ventaja que él cargue encima una cédula colombiana: porque las vaquitas de la hacienda, ignorantes y desentendidas de ese asunto llamado línea fronteriza, a veces rompen o saltan una alambrada y se van a comer pasto en el lado colombiano, incluso fuera de la hacienda, y parece que no hay nada más desesperadamente indestructible que la burocracia colombiana a la hora de repatriar ganado a Venezuela.

La lógica jurídica (cree uno que es sólo jurídica, cómo no) sería esta: no se puede devolver a otro país algo que es imposible demostrar con papeles que pertenece a ese otro país. A Rafael le resulta entonces más fácil justificarse: “Yo soy un ciudadano colombiano y este es mi ganado, ustedes me lo dan y yo lo devuelvo a mi propiedad, que queda aquí mismito detrás de esa cerca”.

Ahí mismito; esa propiedad binacional que no es Colombia ni Venezuela sino las dos cosas a la vez. Como la música, la poesía y la vida del Cazador Novato.

Segunda casa

En los años 70 el Cazador estaba de moda, aunque proscrito de todas las emisoras debido a las letras muriáticas que son la marca del compositor: “Párate, coñoetumadre, pa date tu merecío”. Esto, después de haber sido una de las voces más recias del llano. De 1969 data el pajarillo que ponemos más abajo, cantado con garganta colosal (y en el intermedio el escalofriante solo de arpa, el bordoneo inclemente de Eudes Álvarez), que narra una tragedia espantosa, La masacre del Vichada.

Por favor, dediquen unos minutos a escuchar con atención la letra, porque la maniobra que realiza Rafael Martínez al final de la canción habla de alguien que ha detectado “cosas” en la historia del pueblo. Dice que lo peor de la masacre no fueron el bombardeo, la metralla, la degollina y las violaciones, sino lo que vino después:

“Ahora sí andan los guajibos con zapato y con polaina,
con cartucheras tercía’s, y sombreros pelo e guama
Se miran hasta bonitas las indias con minifalda,
usan medias, pantalón, y las uñas bien pintadas
El guayuco lo botaron porque era moda pasada.
Hasta se caen del chinchorro: tienen que dormir en cama”.

Ni más ni menos, la masacre cultural, el asesinato de lo que les quedaba de costumbre y uso ancestral como pueblo; el exterminio propiamente dicho.

La canción completa:




***
La gente se volcaba a las discotiendas a comprar los elepés del Cazador Novato, un fenómeno de popularidad creciente a pesar de que sólo una de sus declamaciones sonó alguna vez en las radios del país, y fue precisamente la pieza que le dio el nombre al cantautor. En tiempos en que existía una forma primitiva y doméstica del pirateo, las letras donde las “groserías” estallaban sin ningún freno ni pudor se escuchaban a todo volumen en las casas, botiquines y aparatos de esos que reproducían casettes.

Una vez lo citaron para que fuera al Ministerio de Transporte y Comunicaciones para que explicara por qué tanta virulencia, tanta palabra endemoniada y ofensiva, tanto ataque directo a la moral y las buenas costumbres; es decir: tanto atentado contra el habla pulcra y decente que debía inculcarse al ciudadano desde la familia, la escuela y los lugares públicos. Ante un grupo de ocho o diez directivos adecos de aquel ministerio, incluido el ministro, el Cazador dijo: “Bueno chico, porque mientras la gente culta quiere enseñar al pueblo a hablar mansito, el pueblo anda hablando como sabe hablar. En los pueblos nadie le dice a nadie ‘Eres un idiota’ sino ‘Eres un hijo de la gran puta’; nadie va a defecar sino a cagar, nadie dice afeminado sino marico; cuando una persona se pisa un dedo con un martillo no dice ‘Oh, me he lastimado’, sino ‘coooño maldita sea esta mierda’. Y por mucho que usted le dé clases a los muchachos para que hablen como patiquines ellos siempre van a hablar como el pueblo que los rodea”.

Los directivos lo escucharon entre carcajadas y terminaron dándole la razón. Pero le informaron que el ministerio seguiría prohibiendo difundir sus canciones por la radio. Parece que la sociedad no estaba preparada para escuchar por radio los contenidos que de todas formas escuchaba en la calle. Esto permanece idéntico e inamovible en la legislación actual.

***

Estaba en plena efervescencia esa fama underground del Cazador Novato cuando se encontró en el camino con otro loco irresponsable, otro cantor a quien, a pesar del enorme cariño que le profesaba el pueblo más pobre, también le tenían prohibidas sus canciones en las radios y televisoras. Y no era precisamente por decir groserías, sino por algo tanto más grave u ofensivo para la moral burguesa.

Cuando esos dos parranderos se juntaron se aplicaron a hacer lo que mejor sabían hacer: viajar y parrandear. Alquilaron una casa en Acarigua y la usaron como base de operaciones o plataforma de lanzamiento; como un respiradero donde llegar a recomponerse, echarse un baño, pensar, tomar nota, escribir y recuperarse antes de salir otra vez a recorrer los caminos del país. Eran un par de renegados, juglares nómadas y tormentosos que se metían a cantar gratis en cualquier tugurio, botiquín, plaza o patio donde los invitaran.

Por esto ambos eran famosos sin necesidad de radio o televisión. Los “artistas” que sí eran promocionados por todos los medios cobraban un dineral por sus presentaciones, así que resultaba impensable para la mayoría ver cantar en vivo alguna vez a Simón Díaz, Héctor Cabrera y esa clase de “ídolos” que sólo lo fueron porque a la industria musical le dio la gana de que lo fueran. ¿María Teresa Chacín en un solar lleno de borrachos en El Samán de Apure? ¿Simón Díaz cantándoles tonadas a los ordeñadores de verdad en Arismendi? Par favaaar, qué te has creído tú.

Al Cazador y a su amigo la gente iba a verlos y al finalizar las presentaciones se iba con ellos a seguir la canta y el parrando donde fuera. Inundaciones de aguardiente, amigos y mujeres los arropaban en caseríos y ciudades. Así se construyó el cariño gigantesco con que todavía la gente de todas partes los recuerda, a cada uno por su lado.

Por cierto que al otro parrandero un día le llegó la hora de parar un momento aquella máquina de recorrer caminos. Se enamoró de una bella muchacha, cantora también, y ya la casa de Acarigua no fue la misma, porque había una compañera que respetar y a la que no se le podían imponer agendas locas ni ritmos desaforados. Rafael se percató al instante de la nueva situación y decidió apartarse para dejar que los amantes se entregaran a lo suyo. Tomó su camino, y la pareja de cantores tomó otro.

Pero nunca dejaron ambos de honrar su oficio y su destino: su manera de lanzarse por las carreteras del país no era una borrachera estéril ni improductiva, sino el método más eficaz de la historia para adentrarse en el alma de los pueblos, conocerla y enamorarse de ella.

Segunda casa, segunda clave: nadie puede conocer (mucho menos amar) a un país si no lo recorre, lo vive y lo interroga en la piel de sus habitantes. La demostración de ello es la obra musical de esos dos parranderos que anduvieron juntos cantando gratis y recibiendo a cambio el conocimiento de la Venezuela profunda, y amor por toneladas: Rafael Martínez Arteaga y Alí Primera.

Luego de esa temporada al lado de Alí el Cazador Novato introdujo en su ardoroso fusil de versos la profundidad de un discurso político. No abandonó la copla jocosa ni la mamadera de gallo; no dejó de hacer reír con cuentos como este:

Ese tipo de recopilaciones del humor candeloso del pueblo llano siguió siendo un signo de su poesía, pero es evidente que la junta con el paraguanero lo marcó, lo revolucionó, lo puso a decir otro tipo de verdades:

Al hijo de mi compadre le pusieron Ronald Reagan
porque dizque al del vecino Richard Nixon lo llamaban.
Deberían tener presente que esa gente nos envaina
llevándose de este suelo las riquezas de la patria
que el único bien que hacen es comprar la mariguana.

Si hablamos de la ocasión los coños no dejan nada
del petróleo y el carbón nos dejan es la rezaga
y uno como un maricón riéndose a carcajadas.

Este poema (que no termina aquí, por supuesto), titulado “Señora democracia”, es quizá su alegato antiimperialista y antiburgués más contundente:


 
***

Tercera casa

Desde el año 2006 el Cazador vive en una comunidad llamada La Quinta, cercana a Altamira de Cáceres, la primera capital del estado Barinas. Es una zona montañosa donde gobiernan los ríos, el café y las mapanares. Una hermosura de montaña.

Un día lo encontré dirigiendo unas remodelaciones en su casa. Estaba poniendo cemento y bloques, pero dijo que iba a conservar la construcción original o fundacional tal como estaba, porque el primer documento de propiedad data del año 1872 (quiere decir que la construyeron antes) y él quiere conservar lo que queda de este monumento de la construcción popular.

Se trata de un cajón de unos 3 x 4 metros hecho de bahareque, aunque frisado en otra época con capa de cemento. Como el concreto se ha caído en varios tramos de esas paredes puede verse adentro cómo y de qué estaba hecha esa casa que tiene siglo y medio: el barro, las cañabravas, y los amarres de bejuco. Esto del bejuco aporta la tercera clave en esta tercera casa del Cazador.

Cuando a un habitante cualquiera, de la ciudad o del campo venezolano, le mencionan la palabra “bahareque”, en seguida la reacción es de rechazo y tal vez algo de burla. “Bahareque” no sólo suena feo y campuruso, sino que la imagen mental que le trae a uno es la de un rancho todo torcido y vuelto mierda, lleno de gente muy jodida, carajitos barrigones de tantos parásitos, las gallinas y los perros disputándoles la comida. Un bahareque nos trae la representación mental de la miseria.

Pero pasa algo que a nadie o a casi nadie le explicaron: el por qué. En cierto momento del siglo XX, cuando el capitalismo industrial arropó el ensayo de país que teníamos en Venezuela, el proceso de negación de la naturaleza y de los materiales nobles (y gratis) con que se construyen las casas de verdad nos trajo al momento en que a todo el mundo se le convenció de que nada es más fuerte, resistente y duradero que el metal. El mismo proceso nos llevó a rendirle culto al cemento, cuando contábamos con algo tan recio como el barro para construir con distintas técnicas (tapia, adobe, bahareque). Esos bahareques que uno ve en la carretera doblados y desvencijados están así porque la estafa del capitalismo no tardó en quedar en evidencia: el esqueleto de esos bahaqueres fueron amarrados y sujetados con clavos y alambre, y ya todo el mundo sabe que los metales ferrosos se pudren, oxidan y descomponen, más temprano que tarde. Al contacto con el barro los clavos no duran más de cinco años antes de oxidarse, y el alambre se debilita y se parte un poco antes.

El bejuco con que está amarrada la casa del Cazador no se descompone con la tierra sino que, con el paso del tiempo, se endurece, casi se petrifica, se integra a la tierra y por lo tanto a la estructura. Las paredes originales de esa casa (que por cierto no es de las más viejas de Altamira: aquí hay casas sólidas de más de 300 años) se ven firmes. A su lado están las otras paredes de cemento y metal, pudriéndose lentamente; el viejo bahareque verá morir a la casa capitalista, y ojalá haya quien capte esta tercera clave: las casas del futuro tienen que ser como las de antes. Hay que ir olvidando poco a poco el cemento, abandonar poco a poco las casas enfermas que nos enfermaron y volver a experimentar con los materiales del entorno.

La sociedad capitalista desaparecerá, y la continuación de nuestra historia debe buscarse en aquel intento de país que fuimos: aquel país donde todavía sembrábamos para comer y no para vender; un país que no conocía el cemento y entonces hacía magia con la piedra, el barro y la madera.

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La vida y la obra musical y escrita de Rafael Martínez Arteaga se parecen entonces a sus tres casas: son un desafío a las convenciones y a las líneas imaginarias que separan a nuestros pueblos, una comprobación de que a Venezuela sólo la quiere quien la conoce, y quien se lanza a conocerla encontrará al pueblo y a la poesía; y un triunfo sobre el paso del tiempo y sobre el capitalismo industrial. 

sábado, 24 de septiembre de 2011

Las casas de ahora; las casas que vienen

La vivienda se convirtió en un problema por los mismos motivos que convirtieron en problemas a la alimentación, la recreación y la fabricación de bienes.
Nota para distraídos: no he dicho que los problemas sean la falta de viviendas, de alimentos, de opciones para el solaz o de objetos útiles. La insinuación que queda en el aire es el objeto de estas reflexiones, producto de conversas con gente que vive haceres orgánicos: en el capitalismo la vivienda es un problema porque el tipo de relaciones humanas que produce viviendas (y alimentos, y diversión, y objetos) en este sistema es perverso y criminal.


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Ningún individuo o familia humana puede vivir tranquilamente y sin sobresaltos en una vivienda capitalista, ya que ésta fue hecha por esclavos, por hombres atormentados, rabiosos, frustrados en las aspiraciones elementales de su vida. Los obreros que construyen las casas de este sistema por lo general viven en ranchos lamentables e insalubres, y no hay casi nada que agregar a la letra de aquella canción titulada “Juan Albañil”. El modo de producción capitalista ha “organizado” de tal manera sus dinámicas que no parece haber forma de escapar a lo que impone una vergonzosa división social del trabajo. La frase o idea: “El ser humano construye sus viviendas” se ha pervertido hasta convertirse en rigurosa mentira, porque la verdad es que una clase social esclavizada, excluida, expoliada, humillada y triturada le hace las casas a sujetos y familias que ganaron o ganan la plata suficiente para pagarlas, pero a cambio perdieron la capacidad de hacer cosas con las manos.
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¿Cuál es el origen de esta perversión y de cuándo data? Es muy antiguo, sí; lo colosal de Fenicia, Egipto, Grecia y Roma es obra de esclavos. Pero en el siglo XIX, el de la revolución sicópata que fue la Industrial, hay que buscar las claves y elementos que masificaron y multiplicaron lo munstruoso a escala planetaria: el perfeccionamiento del cemento y su mutación en hormigón o concreto armado. Y más tarde, en el XX, la apoteosis del acero y el asfalto.


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El fenómeno de la quimera del cosmopolitismo de las grandes masas, hijo directo de la conversión del ser rural en ser urbano, arrastra otro tipo de desajustes afines: cuando se entra en la fase del aburguesamiento ya casi nadie quiere ser campesino, sembrar y cosechar alimentos, ensuciarse las manos, sudar a causa del trabajo físico. Quien no quiere ser profesional o patrón y dueño de la vida de gente esclavizada quiere ingresar en una categoría insólita: el “trabajo intelectual". Hay unos personajes que trabajan con las manos; hay otros, que se sienten superiores y consideran deleznables a aquéllos, y dicen "trabajar" con el cerebro. Unos construyen la sociedad mientras otros, que se dicen intelectuales (de izquierda o derecha, da lo mismo), sueñan otra: no-te-lle-vo-na-da.
De modo que ¿para qué voy a producir alimentos si se eso se encargan esos seres primitivos (el campesinado o lo que queda de él) que lo hacen por mí, y esos otros seres inferiores que los traen en camiones hasta el supermercado? ¿Para qué hacer mi casa si hay tanto obrero que las hace en serie por un sueldo miserable? ¿Para qué enseñarle a mi hijo cómo hacer una casa si cuando yo muera heredará el apartamento que compré? ¿Por qué decirle a mi hijo que es importante que haga su casa, si para eso él estudia (será un profesional de clase media y no necesitará ensuciarse las manos) y mientras tanto los esclavos de hoy también tienen hijos que harán las casas capitalistas del futuro?
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A principios de (2011) trabajé o intenté trabajar en un refugio para damnificados. En los sótanos del canal Venezolana de Televisión vivían entonces 52 familias (180 personas) a las que el Gobierno les garantizaba camas, espacios para cocinar y lavar y algunas actividades recreativas. Algunas de esas personas trabajaban y otras permanecían allí a la espera de una respuesta de las autoridades. Los compas encargados de organizar a esas personas hicieron un censo para obtener información básica sobre su condición socioeconómica. Ese censo arrojó varios resultados insólitos; de ellos, el que nos concierne reveló que, de 84 hombres, 57 afirmaron ser albañiles o ayudantes de albañilería. Ninguno de ellos fue convocado para que trabajara en la construcción de sus respectivas casas. Los esclavos que han dado forma e infraestructura a Caracas permanecen descansando en una cama mientras otros esclavos les hacen sus viviendas. El colmo de la estupidez. Una estupidez tan trágica que le congela a uno la risa en la boca.
Hacia el mes de marzo fui con varios de estos compatriotas al lugar donde perdieron sus viviendas (sector Macayapa, Lídice, Caracas) y que quedó devastado por sucesivas lluvias y derrumbes. Allí entrevistamos a varias personas que se negaban abandonar la zona. Un señor llamado Ender, colombiano, aportó ciertos datos también escalofriantes. La casa donde “vive” consiste en tres láminas de zinc; la cuarta pared era la ladera de un cerro que ya debe haberse venido abajo. Su oficio: la albañilería. Cada mañana tiene que bajar de ese escenario de guerra, tomar una camioneta hasta el metro. El tren lo dejará en una parada para tomar otra camioneta, que lo llevará hasta una quinta lujosa en Macaracuay.
Así transcurre un día en la “vida” de Ender, quien por cierto anda cerca de los 60 años: él ocupa de 8 horas diarias remodelando una casa ajena, más las dos horas que gasta en el transporte de ida y dos más en el de regreso. Son 12 horas invertidas en embellecerle la casa a un rico; si tiene “suerte” y consigue que lo contraten gastará la misma cantidad de tiempo y energía construyendo alguna casa o edificio nuevos. Ender debe además dormir unas siete horas porque al día siguiente continúa la faena: van 19 horas. Le quedan cinco horas del día para hacer algo más, y ya veremos si ese algo es importante: comprar alimentos, hablar con sus hijos y sus panas, hacerle el amor a su mujer, entretenerse, REPARAR SU PROPIA CASA. Y ya vendrán los adoradores de las letras y los libros y el “saber” académico, los que se hicieron “socialistas” a punta de leer y navegar por internet, a exigirle que lea un libro, que haga activismo a favor de un partido político, que fije posición sobre el país y sobre Libia, que vaya a una marcha o que integre un consejo comunal.



Sin ir más hondo en la vida personal de este caballero, le preguntamos si no le parece que algo anda mal con eso de invertir más energía en la mansión de un rico que en la suya propia. Quisimos provocarlo con la paradoja espantosa de que un albañil viva en una barraca porque no tiene tiempo para reconstruirla, o para mudarse a otro lugar y construir un espacio digno (porque ese de Macayapa de todas formas iba a derrumbarse o ya se derrumbó). Respondió: “Pero para hacer eso necesito reunir unos reales para comprar material”. La pregunta siguiente iba a ser: “¿Y cuánto dinero puede acumular usted?”, pero ya eso hubiera sido una falta de respeto.
***
En esta fase angustiosa y terminal del capitalismo la vivienda y lo demás son problemas porque ya el ser humano no piensa en satisfacer necesidades reales SUYAS, sino en cubrir necesidades del capital y de su espacio territorial por excelencia: la megalópolis, la urbe, la gran ciudad. Ninguna persona tiene la necesidad real de vivir en una ciudad monstruosa donde no hay convivencia sino competencia entre millones de seres humanos. Ese estado de cosas sólo le viene bien al capitalismo, y por supuesto a sus beneficiarios: el amo, el vendedor, el que se hace rico con las ansias de consumo de millones de esclavos apretados en un campo de concentración.
¿Soluciones o propuestas? Las hay por montones, pero el fantasma que empuja a la gente a despreciar el campo y a volverse un cosmopolita o su caricatura termina por ver estas experiencias como hechos marginales y sin vocación propagadora. Entre las que conozco me han entusiasmado el proyecto o concepto “Poblados Integrales” de Los Cayapos y El Arca de José. El primero es una propuesta de poblado de unos pocos grupos o familias (con la idea de que se multiplique en varias experiencias) autogestionario y cuestionador del capitalismo y sus mecánicas. Un poblado donde la gente genere alimentos, discusión política, espacios propios para la formación (para lo cual tiene que ponerse al margen del sistema educativo tradicional, fábrica de burgueses y esclavos por antonomasia) y que reinvente las formas de organización para el trabajo y el entretenimiento. Las casas son de barro y materiales desechados por el capitalismo; los constructores son gente sin complejos ni pruritos burgueses: usted debe hacer una casa así sea médico, ingeniero o indigente, y esa casa no la heredarán sus hijos, porque éstos participarán en su construcción y por lo tanto ya tendrán en la mente y el cuerpo la información necesaria para construir la suya propia después, con su gente cercana. Con sus hijos (los nietos de usted), que en el siglo XXII harán otras casas con esos muchachos y muchachas que todavía no han nacido.
Y la segunda propuesta, quizá menos colectivista pero igualmente revolucionaria, es el hombre-casa que mantiene vivo y activo a José Rondón para desafiar unas cuantas “verdades” establecidas acerca del ser humano y su vida útil. Rondón comenzó a hacer esa casa a la edad de 64 años, ya tiene 95 (en 2011) y decidió que no dejará de construirla nunca. Es decir, trabajará en ella hasta el último día de su vida. El Cayapo ha dicho al respecto que es una decisión anticapitalista porque “en las grandes ciudades las personas mayores se jubilan cuando dejan de producirle al sistema; en cambio, en el campo muchos viejos entienden naturalmente que nadie se jubila de la vida”.







Una interesante trampa para ganarle a la vejez entendida como fase en que el ser humano se vuelve inútil: si en lugar de empezar a hacer una casa para no terminar nunca de hacerla José la hubiera construido con el criterio de culminarla para echarse a morir en una cama, el tipo ya hubiera muerto o estaría permanentemente acostado y convertido en un anciano inmóvil (casi un cuerpo inerte).
En la síntesis o combinación de esas dos propuestas puede encontrarse el posible germen de una tarea decisiva: empezar a soñar y a construir la otra forma de convivencia, esa donde en lugar de exigirle al gobierno o a las empresas que nos regalen viviendas o nos den créditos para seguir alimentando al capital se nos convierta en costumbre el acto noble de hacer casas (y otras cosas) con nuestras manos.
La tarea nuestra (y hablo de este ser nómada, más testigo que protagonista de estas experiencias) es masificar el conocimiento y discusión de estas experiencias. Tratar de que sean objeto de análisis, práctica y enriquecimiento por parte de mucha gente. Cuando se me ocurra otra la abordaré con mucho gusto.







domingo, 25 de abril de 2010

Instrucciones para ahorrar energía

Esta es de José Rondón, el compa nonagenario del Arca de José, singular casa-proyecto de vida allá en el páramo.
Al hombre lo tropezó un carro hace un par de meses y le fracturó un brazo. José se siente cansado, dice que sabe que es un anciano y necesita ciertas comodidades. "Yo siempre he vivido al ritmo de mi edad", dice. "La habitación que tengo ahora para dormir ya me está quedando incómoda: tengo que subir 21 escalones para llegar allá arriba. Voy a hacer una nueva habitación en donde está aquel balcón. Hasta ahí sólo tengo que subir 6 escalones".
"Será distinta a todas las demás habitaciones que han visto en la casa. Si quieren se vienen para enseñarles esa técnica, cómo trabajar con esos materiales".
Ya lo sabe: si siente que llegó la vejez y se siente cansado, construya una habitación donde pueda llegarle con más comodidad. Eso es adorar el descanso.

martes, 9 de marzo de 2010

Adobes, conversa, canto, Cayapos y Tiuna El Fuerte (El Cogollo, Cojedes)

Temprano, tipo 6 am, preparando la tierra, la paja y el sancocho, y jodiendo:


Pisando barro y jodiendo:


Utilizando los moldes para los adobes, y jodiendo:


Llenando una carretilla con barro, y jodiendo:


Usando el molde, grabando, echando fotos y jodiendo:


Free Style con cuatro, mandolina, tobo, botella y maracas:


Hip Hop con cuatro y mandolina:




La hora de la conversa, en serio y jodiendo:







































lunes, 23 de noviembre de 2009

Al barro vamos (3): empañetar e impermeabilizar

Pasos previos:

Al barro vamos (1)
Al barro vamos (2)

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El empañetao: suena hasta sabroso. Después viene la impermeabilización: agua y cola plástica en este caso, para que la lluvia no haga desastres con los adobes de barro. Empañetar es alisar la superficie de los adobes, tapar huecos, emparejar, todo esto con un barro más líquido que el usado para hacer los adobes.
En la construcción de este simple anexo en San Diego participamos haciendo adobes, pisando barro y metiendo mano en otras etapas del proceso Matilde, Ramón, Armando Casi Cura, Ángel David, Josefina Payró, Moriva Armas, Manuel Armas, Héizel P., Gustavo B., Carlos, Luis Cedeño, Vilma y un gentío más. No los recuerdo a todos.
Las paredes exteriores quedarán como las de adentro cuando se termine el proceso. Un acabado arrecho que puede rematarse con pintura. La señora Teresa decidió dejar las paredes así tal cual, la tierra con su color natural.




martes, 17 de noviembre de 2009

José Rondón: La casa del hombre

Clic en cada foto para verlas más grandes.

Si por “joven” definimos a un ser humano en la plenitud de su vigor físico y mental; a alguien que está pensando en el futuro y trabajando para que éste le sea más soportable a la humanidad; a alguien que está en el momento más formidable de su aporte de ideas y acciones de avanzada (revolucionarias); si un joven es alguien cuya potencia te hace pensar: “Con diez carajos como éste le cambiamos el rumbo al país”, entonces el hombre más joven que conozco tiene 93 años. Se llama José Rondón y vive en un recodo de los páramos merideños.

Tiene una casa que se parece a él (El Arca de José): aunque parece que ya está terminada, en realidad se encuentra en permanente construcción. Se trata de una vaina amorfa y gigantesca. Si uno la evalúa con los parámetros de armonía y belleza que nos impusieron desde niños, tendremos que decir que es fea. No hay nada allí que recuerde al ideal de casa de campo o de residencia por el que los privilegiados pagan millones. Pero hay ciertos datos mágicos que hacen de esa casa un asunto superior: uno, que está hecha por un hombre que la está haciendo con amor y entrega, no por esclavos que trabajan por comida o plata; dos, que gracias a la alquimia de la construcción alternativa usted nunca morirá allí de frío a pesar de estar en medio de un valle donde el viento helado sopla en serio; y tres, que al llegar al lugar José le advierte sobre algunas reglas del lugar. “La condición para estar aquí es que usted se apodere del lugar. Esto es de mis amigos y mis amigos hacen aquí lo que quieran. Cuando viene gente me gusta que la visita sea una siembra de recuerdos. Si hay algo que me moleste yo no se lo voy a mandar a decir: yo se lo digo”.
El Arca de José fue hasta hace poco una posada, pero José decidió o descubrió que ya no estaba en condiciones de sostenerla como tal. “Una posada requiere de mucha energía y atención. A mí me gusta hacer las cosas bien, que la gente se sienta atendida y satisfecha. Ya no es un trabajo para mí, así que antes de desmejorar el servicio prefiero no prestarlo más”. Cuenta que él en realidad es campesino, agricultor, “Pero en esta etapa de mi vida soy constructor”. Los títulos que lo acreditan como tal son el Arca y otras casas más que ha construido o ayudado a construir en varios lugares. Los reconocimientos del país formal incluyen foros al lado de Fruto Vivas, “él explicando su visión de la arquitectura y yo diciéndole a la gente cómo hacer una casa con lo que sea”.
Uno se tropieza con ella si se dedica a asomarse por las veredas de San Javier, rumbo al páramo de La Culata. Una edificación hecha de materiales desechables, o más bien desechados por gente que bota los objetos cuando los cree inútiles. El Arca es un templo donde ofician la madera, las botellas, el hierro, el barro, troncos de varios tipos de árboles, y sobre todo el ingenio y las ganas de construir de su creador. Como cualquier otra gesta, la de construir una casa tiene secretos. José no tiene problema alguno en revelar algunos de los suyos:
Más adelante muestra un ropero o armario que (vaya, revelación del idioma) puede desarmarse, trasladarse fácilmente. Y una pared que separa un salón grande de su habitación: “Una vez hubo un encuentro aquí, había como cien personas. En hora y media quitamos esta pared, apartamos unos muebles y ya teníamos espacio para esa reunión grande”.
José no mide más de 1 metro 60 pero su voz y su personalidad hacen que se vea inmenso, como la casa. Le hablé de Ramón Mendoza (El Cayapo) y resulta que lo conoce. “Le debo una visita. Cualquier día de estos cojo un autobús para hablar con él. Tenemos cosas que hacer juntos”. Era lo que estaba esperando: me ofrecí para llevarlo hasta San Diego para propiciar ese encuentro entre los dos maestros que conozco en las artes de construir para la vida. Nos dijo: “Maravilloso. Vayan buscando entonces la ropa más sucia que tengan, porque voy a enseñarlos a hacer cosas con barro y con arcilla. Cuando yo visito a los amigos no me gusta ir a perder el tiempo. Si voy para allá será para enseñarlos a hacer cosas, para dejar hecho algo”.


Una pregunta provocadora para ponerlo bravo (ya nos habían contado que cuando su reciedumbre se convertía en mal humor podía ser temible, y queríamos verlo en esas): “¿Y usted hasta cuándo piensa trabajar? ¿Cuándo va a terminar de construir la casa?”. Tal vez estimulado por la atención con que lo escuchaban mis panas y compañeras de viaje (uno junta sus edades y no suman 50 entre las dos) no reviró sino que habló de él y de la casa como de un mismo proceso vital: “Esta casa es un proyecto que no se termina. Siempre hay algo que acomodar o que hacer aquí. A mi edad hay que estar trabajando siempre, hay que mantenerse activo para no perder facultades. No voy a retirarme, esta casa está en construcción permanente, ese es el proyecto”.
Los suspiros de admiración de las muchachas hacen derivar la conversa por un derrotero afín. “Una vez vinieron unas monjas y yo me fijé en una. Le dije: ‘Usted no sabe lo feliz que me haría si la viera sin ese hábito’. Y bueno, por lo menos me regaló una sonrisa”. Se ríe breve y silenciosamente para celebrar su propio triunfo, y remata con una reflexión. “Hay gente que dice que uno es hombre mientras se le para el pipí. Yo he demostrado que eso no es verdad. Hay gente que formula esas teorías locas, nadie sabe basadas en qué”.