Mostrando entradas con la etiqueta Campo-Ciudad. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Campo-Ciudad. Mostrar todas las entradas

domingo, 22 de noviembre de 2015

Sobre la comunidad que decidió comer potaje gratis

Esta es una de las historias más hermosas que me puso en el camino mi año 2015. El resumen, en esta minientrevista:

***
En una carretera de Barinas que recorro varias veces a la semana hay un caserío llamado Vega del Puente. Destacan en la orilla de la vía unos gaviones (esas estructuras de piedra sujetada por redes de alambre que evitan o contienen los derrumbes). Pasé el viernes en la mañana por ahí y vi a unas personas montadas en el piedrero recogiendo algo. Seguí de largo pero, cuando regresé de mis diligencias, me paré en el lugar a ver qué vaina era aquella. Y sí, en efecto, eran vainas, miles de vainas: la gente que vi en la mañana estuvo ahí recogiendo tapiramas. Para nosotros, capitalistas por costumbre y formación, el titular de la noticia que funciona es este: en un país donde ciertos coñoemadres decidieron que la caraota cuesta 1.500 bolos la gente estaba recogiendo tapiramas gratis, nacidas en un piedrero infame.
Una tapirama, para no darle más vueltas cientificistas a la cosa, es una especie de caraota silvestre, una leguminosa que crece como monte y en efecto es monte. Un grano que nos alimentó durante cientos o miles de años hasta que llegó el mercado y nos dijo "Epa, tú tienes que ser una persona decente. No recojas granos del monte: cómpralos en el supermercado". Desde entonces se nos olvidó que existen docenas y docenas de variedades de estos granos comestibles, y nos aplicamos a comer sólo diez o doce pepas comerciales: caraotas negras, rojas y blancas; arvejas, un  par de frijoles, lentejas, quinchonchos y tres o cuatro más.
Una de las tapiramas encontradas aquí la conocía; es tapirama negra, muy parecida a esa caraota comercial que llevan los pabellones. La otra es para mí una novedad: una tapirama muy parecida a la paspasa "vaquita", popular en Sanare, pero no es una paspasa sino una tapirama.
Me bajé y les caí a preguntas a algunos habitantes, y los titulares son estos: la enfermera del dispensario del caserío, que vive en Barinitas y se llama Eloísa, recogió esas semillas y las llevó a la comunidad. Se las dio a varias familias para que procedieran a sembrarlas, y varias de ellas tienen su moño de caraotas en el patio, en la jardinera, en las áreas comunes.
***
Una coñita de 4 años llamada Chiquinquirá agarró por costumbre abrir huequitos en el patio de su casa y eso está ahora cundido de tapiramas, por su culpa. Y la culpa de las caraotas en la orilla de la carretera es de la enfermera Eloísa, que agarró varios puños de semillas y las tiró ahí en el bulto de piedras, donde se supone que sólo proleferan los lagartijos y el monte.



Chiquinquirá mostrando el producto de su sabroso juego: abrir huequitos y meter en ellos semillas
Y bueno, hay monte que se come, vaya sabiendo: la gente de Vega del Puente declara orgullosa que ahí ya nadie compra caraotas, y que es común que en esas casas preparen unos potajes bellos con los granos mezclados y la respectiva guarnición de papas, aliños (que también siembran ellos mismos) y más de un trozo de cochino.
El ciclo de estas leguminosas es un prodigio de generosidad: son plantas perennes, lo que quiere decir que nacen, florean ("florecen", dicen los poetas burgueses), echan sus vainas, y cuando ya las semillas comienzan a secarse empieza la floración otra vez. Eso ocurre hasta cinco veces en el año: de dos a tres kilos de comida echa cada una de estas enredaderas en cada carga. Así de violenta y fecunda es esta mata. Les dije a esas personas que eso que estaban haciendo es la cosa más importante que pueden hacer las comunidades de este país, que si todos los venezolanos estuviéramos haciendo esto no habría especulación ni escasez. Me miraron extrañados, así como diciendo "Ah verga y a este loco qué le pasa", pero no importa, ya les explicaré con más calma. Sé que entenderán mejor cuando les diga que si todo el mundo hiciera eso que ellos hacen derrotaríamos al mecanismo y a la clase criminal que han permitido que la comida no sea un derecho humano sino una mercancía, y bien cara.

Matas nobles como ellas solas: nacen en cualquier piedrero vil, son atacadas por insectos y sin embargo cargan cinco veces al año

Agarré a siete vecinos del caserío La Quinta (10 kilómetros más arriba), a quienes estoy adiestrando para que escriban para el periódico Piedemonte, y me los llevé para allá, con dos misiones. Una, que recabaran y escribieran ese cuento o noticia para nuestro periódico. Dos, que recolectaran de esas para que vengan y reproduzcan la experiencia en su caserío. Vega del Puente es una comunidad que espontáneamente decidió ser guardiana de semillas; vamos a ver si en La Quinta hay músculo y ganas para copiar el proceso. Allá los dejé conversando y bajé para Barinitas para hacer tiempo. No me preocupó para nada que esos aprendices de periodismo dejaran información sin recabar. ¿Por qué? Sencillo, papá: lo que dejé allí funcionando fue una conversa entre agricultores. Y, que se sepa, los agricultores saben de esas cosas más que los periodistas.


Sabes que uno anda por ahí tratando de organizarse y de animar a la gente para que identifique, recolecte y propague semillas nativas y/o en peligro de extinción (nos llaman "guardianes de semillas"; a mí me gusta el mancillado y casi olvidado término "catabre"). Pero es un hecho que, hagamos lo que hagamos, siempre habrá gente de nuestro pueblo que, sin andar reclamando títulos o denominaciones, nos lleva una morena.


domingo, 12 de julio de 2015

Cómo y dónde destruiremos al país de mierda

El detonante, vamos a llamarlo "inmediato" (porque hay otros remotos) de estas reflexiones, se me atravesó el 5 de julio de este año. Vino envuelto en un mensaje de texto deWalter Lanz. Decía: "Marico, lo logramos. Acabamos de obtener la primera reproducción de cachamas allá en El Frío. Con una hormona alternativa". Como sé que se trata de un mensaje incomprensible para la mayoría, invertiré dos párrafos en explicarlo.

Ese Walter y otros sujetos más, campesinos embarcados en una aventura llamada Escuela Popular de Piscicultura, tienen unos años criando cachamas con alimentos y procedimientos alternativos, naturales y artesanales, limpios, agroecológicos, etcétera. Había un paso por dar para conseguir la soberanía plena en ese asunto: había que romper un eslabón tecnológico, y acá es cuando se medio enreda el relato. Sucede que las cachamas no se reproducen de manera natural en cautiverio porque la hipófisis de las hembras, antes de expulsar sus óvulos para ser fecundados, segregan una hormona sin la cual no hay fertilidad y eso sólo ocurre cuando están en los ríos o lagunas naturales. El punto es que esa hormona ha sido aislada y comercializada por años, y el precio actual en el mercado es de 120 mil bolívares el gramo. No un kilo: UN GRAMO de la hormona cuesta esa cantidad de plata.

Ese es el escenario ideal para que la insolencia tecnocrática y burguesa imperante triunfe e imponga la ley: "Sólo el Estado, la Academia y las corporaciones podemos reproducir peces. Campesinos de mierda: mejor ni lo intenten". Pues en ese mismo escenario han irrumpido de pronto estos locos, que ya antes le cerraron el hocico a los "sabios" haciendo otras cosas que según éstos era imposible, y han logrado el prodigio de la fecundación sin necesidad de la hormona para millonarios.

¿Qué sustancia emplearon estos compañeros en sustitución de la hormona de hipófisis de pescado? Aquí es cuando uno decide entonces copiar la conducta y la actitud con que nos han tratado a los pelabolas los "sabios" de corbata, los que se sienten dueños de un conocimiento que debería ser patrimonio de la humanidad, a lo largo de siglos y siglos de dominación, y les respondemos igual que ellos a nosotros: si me lo mamáis en cruz te lo digo. Ya el Ministerio de Agricultura y Tierras está en contacto con la Escuela Popular de Piscicultura para hablar de esta historia, en la que todos los países (incluido el nuestro) y pueblos han sido sistemáticamente estafados por laboratorios y transnacionales de la producción de alimentos.

***

Yo vivo en un país donde ocurre este tipo de prodigios, pero nosotros, los comunicadores al servicio de una Revolución, no lograremos que esta noticia, la más importante del año en el área de la Ciencia y la Tecnología, en Venezuela y tal vez en Latinoamérica, capte la atención de las mayorías (unas mayorías desesperadas porque creen que si no le venden carne ni pollo entonces ya no se puede acceder a la proteína animal). El titular de la noticia dice así: "Campesinos jediondos lograron, con unas poncheras y frascos de mayonesa, una hazaña que los científicos del mundo creen o nos han hecho creer que sólo se logra en laboratorios antisépticos, con guantes de látex y tubos de ensayo". Pero nadie le parará bolas a este notición, a este tubazo, por mucho que nos esforcemos en venderlo como la proeza científica que es. Lo bueno es que, con propaganda o sin ella, la ciencia en manos del pueblo sigue pateando a la ciencia en manos de burgueses.

Yo vivo en el país de José Rondón, hermano del páramo merideño que a pocos meses de cumplir los 100 años sigue haciendo planes para el futuro y enseñando a jóvenes de cualquier edad a hacer casas con cualquier tipo de materiales (madera, botellas, trapos viejos, calcreto, piedra, arcilla). Pero sólo a jóvenes de la mente: abstenerse ancianos güevones de 25 años que creen que al país lo salvarán los empresarios.

Yo vivo en el país del pueblo Añú, una gente casi extinguida como cultura que habita allá arriba, en las islas donde el Lago de Maracaibo taponea al Golfo de Venezuela, y que está decidida a recuperar su idioma después de tres generaciones de renegar de ella; pueblo pesquero que vive de vender camarones y de sobrevivir a un monstruo cementero que le clavaron en plena Isla de Toas.

Yo vivo en el país de las hermanas Alejandra y Mayra, unas indígenas mezcladas de los pueblos jibi y curripaco que hicieron otro experimento formidable y productivo, en unas sabanas presuntamente estériles de Amazonas: hicieron un tanque de peces sobre el cual pusieron una plataforma para criar patos; el alimento y las excretas de los patos alimentan o fertilizan el agua para los peces, y esta agua a su vez sirve para regar un conuco de verduras y frutales que sirve para darles alimentos a los patos y a los peces (y a la gente, por supuesto).

Yo vivo en el mismo país donde vive El Maracucho, un muchacho jodedorcito que estudió hasta hace poco en el IALA (Instituto Agroecológico Latinoamericano Paulo Freire, aquí en Barinas) y a quien, por pura intuición y por sus cojones, le dio por ponerse a fabricar y perfeccionar una bomba de ariete (un artificio que bombea agua a varios metros de altura sin necesidad de energía eléctrica o combustible) pero utilizando botellas plástica de refresco, de esas que uno bota porque cree o lo enseñaron a creer que esas botellas no sirven para nada después que uno se jarta el veneno marca cocacola.

Yo vivo en un país donde la comida es gratis: pase por los llanos en tiempo de ribazón (diciembre a febrero, más o menos) y llévese o cómase allá mismo todo el pescado que quiera, con sólo meterse en esos ríos estremecidos armado de un saco, una red o un tobo, antes que vengan los coñoemadres caveros (bachaqueros con cava) a hacerlo por usted y a venderle en 600 bolos el kilo esos mismos peces que la naturaleza regala.

Yo vivo en un país que me permitió agarrar una casa rural, de esas que hicieron los adecos en nuestros campos, caerle a mandarria, construirle al lado un rancho parecido a mí en muchas cosas (está hecho de objetos desechados pero con historia), renovar las amistades a punta de dialogar con esos montañeses fabulosos y enchinchorrarme allí a observar las aves.

Sí, cómo no, yo vivo en un país de pinga. Pero ese no es El País. Esa gente querida construye, inventa y diseña un país para el futuro, pero si cometo el error de aislarme en ese pedazo del futuro (hecho de tanta historia y cultura pasada) estaré dándole la espalda al otro país, al de la coñaza y la destrucción; ese otro país donde habrá que caerse a plomo y a cabilla para destruir lo que nos dejaron los ricos dueños de Venezuela.

Porque yo también vivo en un país de muchachos que en vez de estar honrando su herencia campesina andan imitando el habla, los vicios y la inercia de unas ciudades en decadencia. En estos días vino un joven andino a querer malandrearme en la entrada de Pueblo Llano para que le diera plata, y el patadón por el culo que le di a ese pobre muchacho le va a doler para sentarse más o menos hasta que tenga 60 años, si es que llega a esa edad.

La frase que me quedó roncando en el cerebro mientras bajaba es fea, egoísta, perversa y coñoemadrita, pero me hizo bajar también de mi fascinación por la paz de mi montaña, y aclarar (aclararme) las cosas: "Yo viví 30 años en barrios caraqueños; no va a venir esta caricatura de malandro a querer marearme con discursos". Con discursos que no nacieron en el páramo sino en la cochina urbe industrial capitalista: ese muchacho no es expresión de su hermoso pueblo sino de la ciudad que los medios le siguen vendiendo como opción a esta juventud indigestada por tanta información sin masticar.

***

Mientras está en construcción el país bonito, el de la convivencia, la conciencia y las hechuras duraderas del pueblo, el otro hay que salir a reventarlo en las putas calles de las putas ciudades descompuestas. 

No me queda otra: vivo en un país de gente amable y laboriosa, y también en uno de gente violenta, "viva" y coñoemadre que considera derecho humano a su parasitismo. Las batallas de la construcción me quedan en el llano, en la costa, en la selva y en este piedemonte fenomenal donde gobiernan los pájaros, los ríos y las mapanares, pero las batallas de la destrucción del otro país, el país de mierda, las batallas fundamentales de este tiempo, me quedan en Caracas. Así que en Caracas nos seguiremos viendo, fatal e inevitablemente.

_____________

martes, 16 de junio de 2015

El (natural) terror a la naturaleza

Final del "caso acetaminofén": como no pudieron crucificar a la muchacha que les reveló algo que no sabían (hay una planta a la que llaman acetminofén) entonces hay que lapidarla porque, según la inmensa sabiduría de la "clase pensante", esa mata es mala y venenosa (http://www.portalntn24tv.info/noticia/advierten-que-las-maticas-de-acetaminofen-que-propuso-sembrar-candidata-chavista-podria-causar-la-55271 ).

Claro que basta con sentarlos recordándoles que todo en exceso es o puede ser nocivo, pero aquí no aplican la lógica ni la sensatez. Recordar: todo cuanto diga un chavista será criminalizado por el antichavismo. O casi todo; parece que hay chavistas soportables para el fascista promedio. Permítanme dejar para el final, para la post-data, un comentario u observación al respecto.

Que la conclusión del raro y muy gracioso debate sobre el acetaminofén haya llegado por allí, por la demonización casi unánime de la mata, no es algo que haya cobrado forma en esta discusión en particular. Hasta la pobre muchacha que hizo estallar la polémica, Rona del Valle Gómez, retrocedió uno o dos pasos en su propuesta: luego de su hermosísimo gesto, consistente en recomendarle al país que acudiera a una planta que sus viejos y la gente de su pueblo natal (El Socorro) suele consumir para curarse (y vaya usted a saber a cuántos miles de personas ha aliviado) se vio intimidada ante los ridículos pero tormentosos testimonios en contra y terminó dudando de las virtudes de la mata, sólo porque una parranda de güevones disfrazados de doctores se burlaron de ella desde las universidades y las ciudades, donde, como ustedes saben, sí proliferan los sabios en cuestiones de plantas http://www.el-nacional.com/politica/defiende-precandidata-PSUV-sembrar-acetaminofen_0_643735833.html

Decíamos arriba que ese tipo de actitudes tiene un origen muy anterior a esta discusión en particular. Comencemos por el desenlace: la planta llamada acetaminofén, atamel, ibuprofeno, bayer o boldo paraguayo ha sido catalogada como tóxica por una sola razón y es que no ha enriquecido ni empobrecido a nadie. Cuando una farmacéutica cualquier comience a procesar masivamente esta planta y a venderla en forma de cápsula o jarabe con toda seguridad volverá a ser "buena", nadie le tendrá miedo, muchos la comprarán y hablarán de sus virtudes, porque habrá sido tocada por la mano mágica del mercado, que todo lo purifica.

Ejemplo práctico. Muchas ramas maravillosas y comestibles que pueblan las jardineras, aceras, islas y patios de Caracas y otras ciudades han sido reducidas también a la condición de bichos peligrosos sólo porque nadie se ha dedicado a venderlas (y nadie las compraría porque están en todas partes). Agarre usted cualquier trébol que encuentre a su paso (hay tres tipos que sobreabundan en Caracas; usted debe haberlos visto) y cómaselo, con todo y tallo; deguste ese sabor caribe, explosivo, sensual, acidito, y compárelo con las tristes lechugas que le obligan a comprar en el mercado, que no saben a la milésima parte de un coño de nada pero vienen empaquetadas y se ven chéveres, y reflexione acerca de qué ingrediente quedaría mejor en su ensalada, sánduche o arepa.

Ahora vaya a donde uno de esos sabios de la botánica entregada al mercado y pregúntele por qué no recomendar el consumo masivo de esa noble y hasta bonita planta que son los tréboles. Seguramente el sabio le responderá: "No, esa planta no es comestible, porque tiene ácido oxálico". Replíquele usted a ese maldito farsante de universidad por qué recontra mother fucker entonces no hace una campaña en contra del tomate, uno de los alimentos con más ácido oxálido en la naturaleza. La respuesta no se la dará él sino una simple visita a los expendios: ¿usted cree que el sistema de estafadores y estafados que somos sacaría de las estanterías este veneno, que tan caro se compra y se vende? ¿Usted sabe cuántos millones de toneladas de fertilizantes químicos e insecticidas se venden al año para mantener las siembras de tomate? ¿Usted cree que sólo porque el tomate envenene lentamente a las personas va a haber alguien dispuesto a declararle la guerra? Tas loco: que se joda la gente, las ganancias son más importantes.

Otra buena cantidad de plantas contienen sustancias que pueden crear cianuro en el cuerpo y por lo tanto son potencialmente mortales si no se manipulan correctamente. Pregunte por ahí por la yuca. Ahora pregunte cómo y por qué los pueblos kariña, que no fueron a la universidad, inventaron a partir de la yuca hace siglos algo llamado casabe. Y ahora pregunte por qué si la toxicidad de algunas plantas se elimina con tan sólo aplicarle calor existen tantas leguminosas (docenas de tapiramas y frijoles) satanizadas por el mercado, mietras que otras se han impuesto y vendido exitosamente como platos "emblemáticos de la mesa del venezolano", como las caraotas.

Recordar: lo que es gratis y usted puede tener en la jardinera de su casa es malo; lo que se compra y se vende es de pinga, civilizado, chic, guao, o sea. 

***

La pobre planta llamada acetaminofén, y millones más, han sido víctimas de un fantasma que comenzó por recorrer la Europa del siglo 19 y que alcanzó dimensiones planetarias aplastantes en el siglo 20; la Revolución Industrial y la creación de megalópolis fueron los puntos de partida de un muy difundido espanto a la naturaleza, de la cual esas ciudades gigantes son la negación.

Cuando el capitalismo y las burguesías nacionales comenzaron a secuestrar masivamente la mano de obra desde el campo hacia las ciudades la propaganda de los secuestradores convenció a millones de personas de que eran los pioneros de un nuevo, avanzado, más limpio, más decente y por lo tanto superior tipo de ciudadanía: un tipo de gente que debía renegar de la condición rural y campesina. Gente que debía dejarle la tarea de sembrar a otra gente rezagada, primitiva y deleznable que se quedó allá en el monte (y culebra). Usted se va a la ciudad y se lleva el impulso y la recomendación de que en ese lugar debe esforzarse para convertirse en gente, en alguien en la vida, y para eso tiene que olvidarse de andar manoseando plantas (para eso las venden en forma de pastillas). Esto, en lo que se refierea las clases medias y pudientes; a los obreros se les confina en lugares "que ellos mismos se buscaron" por no quemarse las pestañas para ser abogados o a médicos.

En la ciudad a usted se le informa en los libros de primaria que el ser humano pertenece a algo llamado "el reino animal". Pero en la propaganda cotidiana, en el bombardeo mediático y en el discurso a flor de labios que nos pone en la cúspide de la pirámide del planeta a causa de nuestro "proceso civilizatorio" (o gracias a Dios, dicen otros) afloran el odio y la fobia al resto de los animales. La mayoría de los insultos en nuestro idioma se refieren a cualidades presuntamente no humanas: burro, cochino, rata, perro, perra, zorra, gusano, víbora, mono, gallina. A alguien extremadamente torpe o ignorante se le suele llamar animal, y al criminal violento se le dice bestia.

En la ciudad a usted se le informa que para que le huela bien la boca debe cepillarse con una cosa llamada pasta dental y que casi siempre sabe a menta; al cabo de unos años usted y su descendencia se burlarán del ignorante de mierda que venga a decirles que la menta es una matica que usted puede tener en una maceta, y no un invento de la Colgate.

En la ciudad a usted se le informa que para que su casa burguesa no huela a gallina ni a pisadas de campesino debe limpiar el piso con una sustancia desinfectante que casi siempre huele a lavanda. Búrlese, escupa, cachetee, métale una patada por el culo al asqueroso campesino iletrado, al repugnante gocho, indio o llanero vulgar y prehistórico que venga a decirle que la lavanda no es una sustancia química inventada por los creadores de Mistolín sino otra planta que usted puede sembrar en cualquier pedazo de tierra o en cualquier pote o envase.

En la ciudad a usted se le informa que su dieta estará incompleta y mal proporcionada si no incluye carne de vaca o de un engendro mutante, a reventar de hormonas, remotamente parecido al pollo (y hasta lo llaman así: pollo). Ríase, considere ridículo, desprecie: cáguese en el bobo sabanetero que venga a decirle que en lugar de depender de esas fuentes perversas de proteínas tenga en el patio o el techo de su casa un gallinero vertical o un tanque con cachamas.

No olvide que usted se fue a la ciudad a ser un señor intelectual o profesional, no un conuquero mierdero que anda por la vida con las uñas llenas de tierra. Pero eso sí: asuma gallardamente su condición de profesional o de intelectual cuando venga la industria a venderle un kilo de carne a mil bolívares o cuando desaparezca la pasta dental para su pulcra boca y la cosa esa que hace que el piso de su casa huela sabroso. La elegancia y el confort tienen un precio. Digo, porque esa ciudad que el capitalismo industrial hizo a la medida de sus gustos exigentes y refinados es bastante confortable, ¿o no?

***

Post data. Decía por allá arriba que parece haber chavistas soportables para el fascista promedio, y son aquellos propensos a defender el mercado aunque digan combatirlo. Uno puede entender que haya antichavistas dispuestos a enfrentarnos en todo, a no otorgarnos la razón en nada. Es normal: para algo se es "anti" lo que sea. Así que estas líneas, escritas quizá en un tono no conciliador sino confrontacional (y esto es probablemente un error de método: dicen que al interlocutor hay que endulzarlo y adularlo antes de proponerle una sana conversa, pero yo no sé mucho de eso) están dirigidas sobre todo a los compañeros que, por chavistas, supone uno que captaron del comandante la invitación a construir un planeta distinto, una forma de sociedad que nos salve como especie.

Este artículo está dirigido entonces a los compañeros que, siendo chavistas, discrepan o se burlan abiertamente de todo cuanto sugiera o proponga acercarnos (devolvernos) a la tierra y al trabajo manual, para nosotros y no para un explotador, como una forma de enfrentar algunas llagas del capitalismo. A esos que, a falta de un rótulo más desagradable que estamparnos, no se cansan de llamarnos "conuqueros", con lo cual queda claro, no nuestra inferioridad sino su insólito desprecio clasista y seguramente racista a la gente del campo.

A ellos. Porque lo que es a los otros, hace rato que los perdimos.

____________

viernes, 27 de diciembre de 2013

El turismo depredador y la destrucción del país

Se ha convertido en viral el fragmento de un programa de televisión en el que Valentina Quintero echa unas lágrimas hablando de lo jodida que encuentra a Venezuela. Esta periodista, que se ha hecho famosa (y se ha llenado de billetes) promocionando las posadas que la alojan y los comederos que le dan de comer en toda Venezuela, se refiere allí a la destrucción física y espiritual de un país que dice y cree conocer muy bien porque se ha dedicado a recorrerlo:


Tiene razón Valentina en buena parte de su diagnóstico, pero se equivoca al detectar el origen del desmadre. Ella es como el médico que te dice al revisarte: "Usted tiene gripe", y está en lo correcto. Pero acto seguido sentencia: "Y esa gripe le dio por comer espaguetis". No me refiero a algo que está de anteojito: como todo escuálido que se precie (o se desprecie) no aguanta las ganas de echarle al gobierno un tolete de la culpa por el deterioro de lo que sea; en este caso se refiere la periodista viajera al caso del contrabando de gasolina y el de la gente que va al exterior a buscar su cupo Cadivi y regresa al país a vender los dólares 10 veces más caros que como los compró. Pero como el antichavista promedio está entrenado para escuchar que alguien diga "Gobierno" y acto seguido volcar toda la catarata de mierda previa y posterior sobre el objeto de su odio, entonces tenemos que hay un gentío, que cree que sabe lo que dijo Valentina, regando por ahí que el turismo en Venezuela se jodió por culpa de los gobiernos de Chávez y de Nicolás Maduro... y del pueblo venezolano (que se empeña en ser chavista).
A ver qué es lo que tenemos.
***
Valentina se diferencia de la enorme mayoría de sus compañeros de clase sifrina en que ella, al menos, ha recorrido el país del que decidió ponerse a hablar en términos adoloridos. Esto es innegable: esa mujer cogió carretera hace más de dos décadas y prácticamente no ha parado (¿cómo va a parar si eso le ha proporcionado tanta plata?), y en eso se diferencia de la legión de imbéciles que creen que conocen ¡y quieren! a Venezuela sin haber salido de su maldita urbanización, como no sea para visitar un par de playas, media montaña y la décima parte de algún pueblo llanero.
A mí me consta que ella conoce la geografía venezolana y buena parte de su paisaje humano, y que tiene buenos motivos para tenerle afecto. Lo sé porque alguna vez compartí y conversé con ella sobre el par de cosas que tenemos en común (la carretera y la escritura) y porque en este video da una clave importantísima, y por cierto bastante hermosa, sobre lo que es y lo que debería ser el conocer al país: Valentina dice, en algún momento de su discurso, que para poder conectarse con la Venezuela profunda es preciso conversar con la gente, detenerse a dedicarle tiempo al contacto humano, a la conversa, al conocer a las personas y no sólo al puto paisaje. Usted nunca va a conocer a Venezuela si se limita a viajar a 180 por hora por una autopista y a echarle fotos a unos tepuyes, a unas playas y a unos niños con los cachetes rosados. Venezuela es mucho más que una locación para caerse a fotos. Y mucho más que un escenario donde usted va a echar basura en forma de bolsas plásticas, en forma de maltrato y desprecio a la gente, y en forma de ruido.
***
El rosario de inexactitudes de Valentina y de su clase social deriva del hecho de creer que es posible una práctica consumista y depredadora (eso que llaman "turismo") y sin embargo tener un país limpio y cordial. Lo que nuestras sociedades conocen como "turismo" es un acto vejatorio y depredador; vejatorio, porque el burgués o caricatura de burgués pretende que a cambio de su dinero los habitantes de un pueblo tienen que tratarlo a cuerpo de rey. Usted paga y los lugareños se convierten en sus esclavos: tienen que cocinarle, prepararle y mantenerle limpia una habitación, botarle la basura, darle seguridad. Cuando usted llega a un pueblo e informa que está dispuesto a dejar unos billetes piensa que los habitantes de ese pueblo tienen que someterse a su voluntad: me limpias aquí, me sacas a pasear, te calas mi música estridente, te me pones en cuatro, me lo mamas, me botas la basura y más te vale que esto esté limpio, bonito y la gente me reciba con una sonrisa la próxima vez que yo venga, porque si no hago un video donde digo que eres un pueblo de mierda.

Hace unos pocos años le oí decir a una señora francesa algo que quiso ser ofensivo, pero que me dio una clave fundamental para comprender qué cosa es lo que pasa por la mente del depredador y por la mente del depredado en esta relación perversa llamada "turismo". Dijo la mujer que Venezuela es un fracaso como destino turístico porque "No hay vocación de servicio". Se refería la doña específicamente al trato "inapropiado" que le dieron en un comedero en la costa del estado Sucre. La mujer leyó la carta y decidió pedir un mero (que costaba 180 bolos). Pues llegó el mesonero, un cumanés jodedor y confianzúo como todos los cumaneses humildes, caribe hasta las metras, y le dijo, después de golpetearle dos veces el hombro con el dorso de los dedos y acercársele a 20 centímetros de su blonda cabellera europea: "¡Muchiachia! ¿Por qué mejor no te comes un pargo, que es más sabroso y te cuesta 80 bolos? Además ese mero tiene como tres días en una nevera". Esta escena de espanto hizo que la francesa volara aterrada a decirles a sus compatriotas que el turismo en Venezuela es una mierda, y que nosotros necesitábamos E-DU-CA-CIÓN.
Es decir: si usted quiere satisfacer a un europeo (o a un burgués venezolano que se cree europeo) tiene que abstenerse de ser como es y comportarse conforme a unas normas, una etiqueta, un estudiado amaneramiento y una falsa amabilidad. Para los ricos y la clase media respeto significa buenos modales.
Me vienen a la mente los mexicanos, que sí tienen vocación de servicio: un mesonero mexicano te dice "Mande, patroncito" cada vez que levantas el dedo y tiene prohibido alzar los ojos del piso o de la mesa. Para los europeos un país exitoso es uno donde el verbo servir se parece tanto al adjetivo servil.
Por lo demás, cuando sólo las clases altas viajaban, el turismo era para éstas una delicia: había un país casi virgen, entregado a ellas; ahora que ha crecido la población, que la industria automotriz llenó de vehículos las carreteras y que la capacidad adquisitiva es alta, los lugares que eran más o menos recónditos se han llenado de gente con el chip consumista a toda mecha. Y donde hay consumismo hay basura; y donde hay basura y consumismo la tradicional serenidad de las culturas que vivían de sus oficios se convierte en impuesta velocidad: ya no hay que preparar media docena de sopas de pescao al día sino 600. Cuando una comunidad ya no cocina para alimentarse y obsequiar al viajero ocasional sino para vender y vender y vender y vender y vender su patrimonio culinario se deteriora y lo mismo le pasa al resto de su cultura. Porque cuando se torna imposible cocinar con cariño ya el cariño desaparece de todo lo demás: del trato, del resultado de la cocina, de la calidad de los recuerdos que te quedan de la experiencia.
***
Por supuesto que de un tiempo para acá la hospitalidad natural de muchos pueblos de Venezuela se ha ido trastornando, pervirtiendo y luego extiguiendo a causa del mal mayor, el origen del desperfecto que Valentina desconoce o que no quiere ver: la dinámica que hizo del viajar un asunto mercantil. Nada puede darse hermoso, amistoso ni natural si su motor principal y razón de ser es el dinero. Usted no puede querer a Venezuela si la recorre exigiendo atención y servicios a cambio de sus billetes, de la misma manera que nunca obtendrá un amor limpio de una persona si le paga para que lo ame. "Te doy 500 si me acaricias y me dices: mande, patroncito": así no puede construirse una relación sana, ni entre las personas ni entre los pueblos.
Después de décadas de recibir a turistas ricos y de clase media que volvieron mierda infraestructura y relaciones a cambio de plata, los pueblos anfitriones copiaron la conducta y ahora están cobrando por el atropello. El turista robó, vejó y sometió a los pueblos porque tenía plata; ahora se queja cuando es vejado y estafado en los pueblos, en los que ya no abundan el desprendimiento y la entrega de antes. Todavía quedan lugares donde te ofrecen el plato de comida y la hamaca a cambio de nada, pero si llegas con la actitud del turista clásico, que paga para que le sirvan, la respuesta siempre será cobrarte con sobreprecio, y esa actitud puede que no sea correcta pero es justa: la especulación del vendedor de empanadas contra el burro engreído que quiere que le lengüetees los zapatos porque él te está pagando es un acto de justicia. De amarga justicia. El mesonero cumanés haría bien en servirles a las próximas francesas o turistas afrancesadas el pescado más chimbo y cobrárselo como si fuera mero (total, los burgueses que dicen o creen tener el paladar muy bien entrenado no saben distinguir entre un mero y un bagre). ¿Quedamos en que para los ricos y la clase media eso de respeto significa buenos modales? Entonces dígale buenos días y róbelo amable y respetuosamente (con modales refinados y distancia y categoría con los señores). Se lo van a agradecer toda la vida.
***
¿Basura? La pulcritud de los lugares más hermosos de Venezuela se jodió porque, mientras al ciudadano lo ametrallan diciéndole que no arroje basura a la playa sino que la eche en bolsas plásticas, no termina de aflorar la voz que le grite en la oreja que las bolsas plásticas también son basura, y que una vez producida esa mierda no hay forma de esconderla
Valentina enumera, entre los males que ensombrecen el turismo, el estado de las carreteras del país. Es cierto que hay muchas carreteras jodidas, en efecto, pero esto no califica como problema mayor: si usted al viajar lleva en la mente la compra del cariño de los demás ya ese viaje es perverso, se desplace por una superautopista lisita o por una exposición de cráteres. El problema no está en el camino sino en lo que lleva en la cabeza el caminante.
***
El metamensaje del discurso de Valentina dice: "Los venezolanos no queremos a nuestro país". La verdad es: "La clase media y los ricos, que son quienes han viajado y deteriorado al país, no quieren a Venezuela". El odio y la destrucción del país la diseñó y perpetró en primer término una clase social, que fue la clase dominante: la burguesía que para financiar su ascenso debió depredar y destruir la naturaleza y el precario tejido social venezolano durante el siglo pasado. Cierto es que los pobres nos aplicamos también a profundizar esa destrucción que es la nuestra, pero el origen de la hecatombe es claro: el capitalismo industrial llevó a cabo en el siglo XX una dantesca empresa de fomento y/o profundización del odio entre los pueblos, y esa es la razón por la que todas las regiones sienten prejuicios y odios insólitos e irracionales por las otras: nos inculcaron la idea de que los orientales son borrachos, los maracuchos pendencieros y gritones, los andinos (gochos) brutos, los caraqueños sifrinos, los llaneros flojos, los corianos asesinos, los valencianos maricones. Y nosotros, que en realidad somos jodedores, hemos hecho de este monstruoso paquete ideológico un chiste, no sé si para nuestra desgracia o para nuestra salvación. Pero el proceso de dividirnos como pueblo se ejecutó y las consecuencias están allí, visibles y dolorosas.
¿Queda algo de Venezuela después del festín? Sí: Venezuela está en esos pueblos que usted, sifrino y coñoemadre con plata, destruyó sistemáticamente. Esos pueblos están llenos de venezolanos pobres. Ningún lanchero o pescador de Mochima puede decir que un andino del páramo de La Culata le destruyó un pedazo de playa. No: la playa la destruyeron los ricos, los sifrinos y los malandros con plata mientras el andino soportaba también la destrucción de su páramo. Y la destrucción es no sólo de la infraestructura y el paisaje sino de los hábitos y costumbres, porque cuando un lanchero de Morrocoy arroja botellas de cerveza y envases de aceite al mar más hermoso del Caribe no está sino imitando al citadino depredador y engreído que vino a "enseñarlo" a comportarse como un patán de película gringa, como un hijo de la gran puta que desprecia a la naturaleza y por eso la atormenta con sus equipos de sonido y sus desechos.
Detrás de este escenario de descomposición, que cualquiera diagnosticaría como descomposición de la ciudadanía (caso Valentina Quintero) se esconde el gran culpable que es la industria que produce basura y pretende que los ciudadanos se la limpiemos y ocultemos. Al respecto, hace unos pocos años hice estos videos allá cerca de la entrada de Mochima: la empresa más contaminante de la zona (Cemex) regañando mediante pancartas a los turistas para que no boten chicles, botellas ni pilas en la playa. Uy, qué preocupada la cementera por la contaminación:



Eso fue lo que nos dejaron como país: un escenario donde ser amable y cordial es ser güevón, y donde hay que joder al otro para poder calificar como gente exitosa.
Pero no es que los venezolanos no amemos a Venezuela: es que unos venezolanos viajeros dejaron una estela de destrucción a su paso y le destrozaron pueblos, culturas y afectos a otros venezolanos.
***
¿Tiene solución esta enfermedad social? La tiene: pasa por que los venezolanos pobres nos planteemos la tarea de ir a conocernos como venezolanos. No a punta de billete sino de afecto: viajar para conocer a la gente, que es la única forma de conocernos como país. Dialogar, compartir y participar en lo que sea preciso participar, no como turista que paga por ser servido sino como gente que va dispuesta a enseñar y a aprender oficios; a compartir saberes e ignorares, o aunque sea información sobre nuestros pueblos y nuestros seres humanos.

domingo, 26 de mayo de 2013

Alguna vez fuimos de maíz

De cómo el capitalismo nos arrebató lo que casi fue nuestra cultura.
Especie de complemento de aquel otro artículo: 
Puerde leerse también en la revista Épale Ccs Nro 31 http://www.ciudadccs.org.ve/?cat=430


A finales de 2011 visité el Complejo Agroindustrial José Inacio Abreu e Lima, allá en Anzoátegui. Trabajaba entonces para el Instituto Nacional de Desarrollo Rural, y se suponía que había buenas noticias para difundir; por ejemplo, que estaban por cosecharse las primeras 12 mil hectáreas de soya, una leguminosa que no es de por estos lados (tranquilos: el mango y el arroz tampoco lo son y la gente los cree o los considera autóctonos, nomás porque caen bien).
Bastante se ha hablado sobre la devastación de los frágiles suelos de la mesa de Guanipa. También sobre el dato insólito de que en pocos años ya no serán 12 mil sino 32 mil las hectáreas de soya por sembrar (por cierto que le conté esto a un brasileño, y el hombre, después de mirarme con lástima, se me rió en la cara: en su país ya rebasaron el millón de hectáreas de sembradíos).
Así que, morboso y malintencionado como me criaron, comencé a fijarme en otra dimensión del fenómeno: el dato sociocultural adjunto al hecho económico-productivo. Como es de esperarse, en ese complejísimo complejo trabajan personas que, en su mayoría, viven cerca de las instalaciones. Muchas de esas personas pertenecen al pueblo kariña, y uno las ve allí desempeñando labores de vigilancia, limpieza; algunos son operadores de maquinaria. Allí están, orgullosos de sus uniformes, de sus carnets, de sus radios transmisores; agradecidos por su sueldo y sus cestatiquets. Muchos no hacen en todo el día más que mirar la inmensidad en busca de alguna eventualidad que casi nunca se produce, y eso está bien: de alguna manera hay que pagarles a los pueblos originarios el genocidio de siglos.
El momento culminante de la observación sobreviene cuando uno de los compañeros del complejo me informa, todavía más orgulloso que los hermanos kariña, que en esos días unos técnicos del Ministerio de Agricultura y Tierras iban a comenzar a dictar en las comunidades cercanas un taller de cultivo de yuca. Había que hacer una nota de prensa sobre eso.
Los chistes, cuando son malos, hay que explicarlos. Y este chiste es espantosamente cruel, amargo, repulsivo, desesperadamente grave: muy rejodida tiene que haber quedado una cultura; muy desmoralizado y neutralizado tiene que estar un pueblo; muy hondo tiene que estar sepultado el cadáver de un país, para que hayamos llegado al punto en que unos técnicos caraqueños les enseñen a los inventores del casabe cómo se siembra y se cosecha una mata de yuca.

Hablando de yuca

Ese caso es actual y es una muestra microscópica, una maqueta muy pequeña, de cómo nos enyucó el capitalismo como pueblo y como cultura, hasta llegar al momento inaceptable, triste y miserable en que un hijo de la gran puta, el habitante más multimillonario de Venezuela, genere pánico y desasosiego con sólo dar la orden de no distribuir en los puntos de venta la harina pan.
Explicación del chiste: un coñoemadre que en su perra vida habrá tocado una maldita mazorca de maíz, nos ha hecho creer a nosotros, los inventores de la arepa, que sin la harina inorgánica esa que mientan “precocida” nos moriremos de hambre. El disparate tiene su origen en un crimen originario, que fue separarnos del país que estábamos a punto de ser, y empujarnos a la imitación forzosa de un país industrial, urbano y cosmopolita que nunca seremos. Puede que echándole mucha bola y sacrificando mucha dignidad a ratos parezcamos neoyorkinos o parisienses, pero nosotros no somos parisienses ni neoyorkinos sino una caricatura de esas ciudadanías. Nosotros teníamos un país apegado a la tierra, a unas tradiciones, muchas de ellas españolas pero por cierto bastante nobles y tiernas, porque estaban dirigidas al vivir y no al enriquecer a un explotador; teníamos un país en el que la gente no tenía vergüenza de sembrar unas matas, levantar una casa y coser unas ropas, pero cuando estalló el boom petrolero y la orden de los dueños de nuestro petróleo fue emigrar en masa hacia las grandes ciudades y convertirnos en urbanos, empezaron a darnos asco todas esas cosas.
En 1929 se publicó una novela llamada “Doña Bárbara”, obra cuya metáfora esencial se nos ha impuesto como emblema de la venezolanidad: hay un ser salvaje por derrotar (el campesino feo, jediondo a humo y a monte, a sudor) y un Santos Luzardo que lo domina (el caraqueño blanco, bien vestido y mejor hablado que no olía a sudor sino a perfume) a punta de civilización y buenos modales. Menos de veinte años después Caracas pasó de 300 mil a un millón de habitantes.
El citadino de los años 40 todavía era un campesino pero estaba aprendiendo a vivir conforme a las normas y el ritmo de la ciudad; de esa época data la aparición en el habla popular de dos dichos lamentables: “Aquí, jodido pero en Caracas” y “Caracas es Caracas y lo demás es monte y culebra”. Entre la Doña Bárbara de Rómulo Gallegos y la Venezuela protourbana de Medina Angarita un Luis Caballero Mejías inventó la fórmula de la harina precocida de maíz, y a los pocos años el derecho de masificar y explotar esta fórmula pasó a las manos de la familia de Lorenzo Mendoza. El negocio del año: cómo hacer desaparecer los vestigios de ruralidad para adaptarse a las necesidades del capitalismo industrial y comercial.

La arepa que no es arepa

Muchos venezolanos, más ingenuos que desinformados, creen que comiéndose una arepa en una arepera en lugar de una hamburguesa en cualquier hamburguesería les están siendo fieles de alguna manera a lo venezolano. Pero el éxito de la harina precocida de maíz es de la misma índole que el de la hamburguesa: ambas son fórmulas que no le sirven a la gente sino al capitalismo.
En los años 30 del siglo XX, cuando a los genios de Roosevelt se les ocurrió la idea de preñar de rascacielos a Nueva York y otras ciudades para sacar a EEUU de la Gran Depresión (ser esclavo albañil se puso de moda, pues miles de hombres desempleados se lanzaban a la aventura de pegar bloques, vigas y cabillas por un sueldo miserable, mientras creaban megalópolis de concreto armado) cobró auge el objeto-alimento más exitoso de la centuria: el famoso emparedado, un truco tan sencillo como meter la comida dentro de un pan para efectos de la comodidad y el no tener que bajar 70 pisos de andamios para sentarse a comer (o evitar caerse por andar manipulando platos, cubiertos y vasos en esas altitudes).
Mientras el acto de nombrar al emparedado (o sándwich o hamburguesa) obliga al honesto y correctísimo hecho de referirse al bojote completo, es decir, al pan y a lo que lleva adentro, con la “arepa” de harina precocida se nos ha empujado a una cándida y a la vez monstruosa trampa: uno dice “voy a comerme una arepa”, pero en realidad nadie va a una arepera pensando en zamparse la arepa sola. La arepa pelá y la arepa de maíz pilado sí fueron el bocado nacional por antonomasia y sí puede comerse sin relleno alguno, porque son de maíz y saben a maíz. Pero la arepa de harina precocida no sabe a nada, así que hay que rellenarla con algo que le dé gusto y sentido. Contra lo que dice Empresas Polar, la arepa de harina precocida no es el plato nacional, la vedette de nuestra mesa, la novia esplendorosa, sino de vaina la muchachita que va a tras sosteniéndole el velo.
Hace poco tuve una revelación en una casa en el asentamiento campesino La Chigüira, en Barinas. Después que hubimos comido la gente de la casa trajo el postre; era un plato con tres arepas para compartir entre seis personas. Estaban frías, pero mi media arepa me supo a gloria: por primera vez en mucho tiempo me estaba comiendo media arepa de verdad. Los anfitriones de esa casa (Juancho, Laura) son colombianos.

¿A quién le sirve una “arepa” así?

Lo que llaman “comida rápida” tiene la sospechosa virtud de ahorrarnos tiempo y esfuerzo, y ese es el mismo concepto que se le explota a la harina precocida. ¿A quién se le ahorra tiempo? ¿A usted? Póngase a ver: usted ya no tiene que sembrar, cosechar, sancochar, moler o pilar y amasar el maíz, pero ese tiempo que se ahorra no lo está invirtiendo en usted sino en cumplir con el requisito de la puntualidad. El signo distintivo de la gente que sobrevive en capitalismo es la rapidez; cuando usted sale a las 12 y regresa a la 1:30 se siente satisfecho, no de haber almorzado sino de haberlo hecho antes de que el aparato o persona que le vigila el horario empiece a decir que usted es un irresponsable. Como “el trabajo dignifica” y ser vago es una mancha horrorosa en su biografía usted termina dándole más importancia al trabajar que al comer.
Pero el capitalismo ya pensó en eso y no va a permitir que usted se angustie: para eso creó la vianda o lonchera, ese ataúd contentivo de la “comida” que usted hizo a los coñazos la noche anterior o el fin de semana, y que, como a cualquier cadáver, la saca del congelador al crematorio (el horno microondas) y de ahí a la triste mesa dentro de la oficina, de donde no saldrá para evitar llegar tarde. ¿Y en la casa, qué? ¿Y mi arepita casera? Ahí tiene el tostiarepa, un artefacto diseñado para que ni siquiera tenga que tomarse el trabajo de acariciar la masa y de lubricar el budare.
Cierto que todos o casi todos terminamos aceptando y naturalizando este ritual inhumano y vejatorio; una sociedad que le da más importancia a la puntualidad en el trabajo que a la comida es una sociedad de esclavos. ¿Usted de verdad necesita esa forma de vida? No: la necesita la empresa, ministerio, fábrica o maquila donde le exprimen su fuerza de trabajo.

El resto del crimen

El crimen que nos despojó de nuestra cultura en formación tiene muchos rastros y señales; la clave gastronómica es apenas una de ellas. Así como los agroindustriales nos convencieron de que el conuco es prehistórico, cochino, chabacano e indigno, esas y otras hegemonías nos han inculcado el asco, el desprecio y el temor a las casas de barro (para vendernos cemento), a la caza y la pesca como cultura cinegética (para vendernos carne de vaca), a la posibilidad de hacer con nuestras manos lo que en capitalismo se compra ya hecho (por esclavos y para esclavos). Y así, nos enseñaron también a detestar nuestros olores corporales (oler a ser humano es oler a mierda: usa jabón y desodorante), nuestro color (tintes, maquillajes), nuestra forma de hablar (diccionarios, cursos y policías del lenguaje “correcto” como lo habla y escribe una élite de españoles de academia), nuestra música.
Cuando Chávez propuso llenar las azoteas de los edificios de sembradíos y gallineros verticales la reacción generalizada fue de asco, risa y pena ajena, porque para unos seudocosmopolitas acostumbrados a la sifrina idea de que sólo se puede ser gente si se es profesional o intelectual, está bien el orden que divide a la humanidad en esclavos (pobres), amos (ricos) y parásitos (clase media). ¿Para qué enseñar a mi hijo a hacer casas si ya hay niños de su edad, hijos de esclavos albañiles, que se la harán en el futuro? ¿Para qué enseñarlo a sembrar si ya hay hijos de campesinos condenados a no saber hacer otra cosa sino regar unas plantas de las que no van a comer porque le pertenecen a la agroindustria? ¿Para qué enseñar a mis hijos a hacer una mesa o silla o casa si esas cosas ya las venden hechas, y de polietileno? ¿Para qué enseñarles a hacer zapatos o pantalones, si cuando sean profesionales van a poder ir a tiendas renombradas? ¿Para qué enseñarles a tocar un cuatro o una bandola si por una módica suma aportada por el Estado puede aprender a tocar violín o corno francés, cosa que da más caché y es más currrrta que andar tocando tambores?
De esto, y no de otra cosa, está hecha la afrenta del empresario bobo (uno llama “bobos” a quienes nos someten y nos aplastan a nosotros los vivos, y de paso se enriquecen con ello, ustedes me entienden) que nos convenció de que la comida sólo es comida si se compra y se vende masivamente.

jueves, 2 de agosto de 2012

Adorar a Rómulo Gallegos (despreciar al país que destruimos)


Falsa tumba de "Doña Bárbara" en La Trinidad de Arauca; fue una construcción improvisada para grabar una telenovela en los años 70. Los restos de Pancha Vásquez (la mujer en cuya historia y carácter se inspiró Gallegos para crear "su" personaje) reposan cerca de allí.

____________
Hoy cumple años uno de los emblemas de la destrucción de la cultura venezolana, o lo que quedaba de ella a principios del siglo 20. Rómulo Gallegos fue el narrador (por ahí dicen que el autor, y este es uno de los mitos que hay que comenzar a demoler urgentemente) de unos relatos a los que la sociedad burguesa de la segunda mitad del siglo 20 convirtió en emblema de la nacionalidad, lo mismo que su "autor".

***
Lo detestable no es tanto el sujeto Gallegos sino el método de imposición de una visión parcial, antipopular y elitista de la cultura cultura que ejecutó el Estado Burgués en manos de los adecos. Gallegos fue dos semanas a un hato en Apure (La Trinidad) y una semana a un campo en La Guajira (Alitasía). En el hato apureño emborrachó a unos obreros y peones para sacarles (robarles) sus historias, memorias de personajes; copió o intentó copiar su habla y sus giros lingüísticos, se enteró de unas cuantas leyendas y coplas, que no son propiedad de nadie sino hechura colectiva de los pueblos. Con ese arsenal de historias y cantares escribió unas novelas, de las cuales se declaró autor, y por ellas fue proclamado emblema de la nacionalidad. Esas historias y decires y cuentos no le pertenecen a nadie, no tienen dueño, pero la gente las escucha y se las atribuye automáticamente a Gallegos. Doña Bárbara no es Pancha Vásquez, no señor: ese es un personaje creado por la mente prolífica y excepcional de ese maldito burgés coñoesumadre y ladrón. ¡Perdón!: de un genio de nuestra literatura, orgullo de la cultura venezolana (pa mis cojones).
***
Dicen sus defensores, adoradores y aduladores que Gallegos sacó del silencio a esas y otras regiones, como si los apureños y wayúus no tuvieran nada que decir sobre sí mismos. Es el caraqueño rico, intelectual, engreído y dominante imponiendo su discurso ayudado por una Academia, unas instituciones y un sistema educativo que no dudaron en zamparle la etiqueta de lo venezolano por antonomasia.
***
Y de paso está el asunto del contenido y de cómo ha sido utilizado para imponerle al pueblo el autodesprecio por lo que pudimos ser (un país que produce lo que consume), y para zamparle la adoración por la imitación o el remedo de algo que nunca seremos (europeos constructores de ciudades que medio funcionan). Mediante un artificio "educativo" (adoctrinador, es lo mismo) financiado por el chorro de petróleo que se desató el siglo pasado, a los venezolanos se nos convenció de que ser campesino (y parecerlo: hablar, vestir, trabajar, pensar como campesino) es una mancha asquerosa de la cual es preciso despojarse, porque gente civilizada, chévere, bonita, desarrollada y "de avanzada" que se respete no anda sembrando matas ni criando animales (es decir: produciendo alimentos) sino estudiando para ser profesional o intelectual, o preparándose para la misión mega-hiper-guao de ser un empresario exitoso: un coño de esos que tienen esclavos y se hace rico a partir de la explotación de éstos.
La idea de desarrollo que nos impusieron (la transformación en un país inserto en el modelo industrial capitalista) pasaba por un trámite migratorio descomunal, y vaya si el capitalismo lo logró. La masa que se trasladó a las ciudades lo hizo para cumplir con un requisito o necesidad del capital: tener a enormes cantidades de personas aglutinadas en espacios donde cumplir sus roles: el trabajo esclavo y el consumo.
Los productos y mercancías capitalistas se distribuyen con menos costo para el industrial si en lugar de tener a 5 millones de personas (esclavos y consumidores) disgregadas en un amplio territorio (donde no estén hacinadas ni luchando entre sí ni contra el reloj) sino en un solo campo de concentración, una mierda que llaman urbe, donde usted es cosmopolita (sifrino) o debe tratar de serlo, porque si no lo hace es un segregado y un excluido. Las cárceles (y las tumbas) están llenas de gente que no quiso ser cosmopolita, o no pudo y lo intentó por las malas.
Por eso los barrios y sus habitantes en rebeldía están siendo los destructores de la ciudad capitalista post-industrial: los barrios no son lugares para acomodarse y aburguesarse sino para ejercer la resistencia política y cultural, y esas cosas sólo se ejercen con violencia. A veces con violencia creadora y emancipadora, pero violencia.
***
El prócer emblemático y simbólico del proceso de urbanización del país; el paladín, arquetipo, estereotipo, prototipo y pinga e burro que nos explicó a los salvajes pata en el suelo que éramos cómo dejar de ser campesinos y empezar a ser gente, no es otro sino Santos Luzardo. Tú sabes: el patiquín caraqueño que se fue al monte a poner orden en aquella mierda (perdón: a inculcar valores civilizatorios allá donde sólo había barbarie). Doña Bárbara es la metáfora de cómo la civilización (la urbe cosmopolita al borde del estallido demográfico) derrota a la barbarie. Treinta años después de la aparición de Doña Bárbara ya 70 por ciento de la población venezolana vivía en ciudades y a 99,99% de esa población sentía risa o asco de la palabra conuco. Todavía hoy, en las fiestas urbanas, cuando alguien pone música llanera es la señal de que se acabó la fiesta, y muchos todavía no se explican qué tiene de raro que mantengamos vivo el eslogan Caracas es Caracas y lo demás monte y culebra. La idea de barbarie se sigue asociando al conuco y al campesino con machete y escardilla, y no a las balaceras y mortandades colectivas de las urbes. Como si un espíritu anglosajón se empeñara en convencernos de que los campesinos viven feo y los citadinos mueren de pinga.
***
Gallegos es lectura obligatoria en las escuelas y liceos venezolanos, y esa es la razón por la cual a cualquier compatriota tú le preguntas quién es el mejor escritor venezolano y te responde que es él, el Gallegos. Igual si preguntas quién es el mejor tenor (Sadel), el mejor poeta (Andrés Eloy), el mejor torero (Girón), el padre de la OPEP (Pérez Alfonzo), el canciller por antonomasia (Calvani). Qué casualidad que todos esos bichos fueron adecos, ¿no? Y algunos de los nuestros siguen adorando y rindiéndole homenajes a esos bichos. Así de recontrajodidos estamos.
***
Estas reflexiones me sorprenden viajando precisamente hacia el estado Apure. Entre Mantecal y Elorza se despliega el que fue uno de los latifundios más grandes de Venezuela, el hato El Cedral: 55 mil hectáreas recientemente recuperadas por el Gobierno venezolano para ensayar allí otra forma de organización de la gente y de la producción. El recorrido depara sensaciones fuertes, que van desde la presencia de una fauna extraordinaria y unos paisajes naturales de asombro, hasta un paisaje humano que guerrea contra la costumbre capitalista instalada en el cuerpo (más allá del cerebro): vegueros dispuestos a reorganizarse en clave de socialismo y autogestión, pero personal e íntimamente agradecidos con los antiguos dueños del hato, porque nos ayudaron y eran gente buena. Esclavos e hijos de esclavos agradecidos con sus antiguos amos. Gente preocupada porque, acostumbrados por siglos a trabajar por una paga, ahora están siendo invitados a ser co-responsables de la producción de alimentos y de la organización humana (social)...
***
...coño, perdón, debo interrumpir estas reflexiones. Estoy entrando al municipio Rómulo Gallegos. A los apureños también les impusieron (perdón: les enseñaron) la adoración y el agradecimiento a Rómulo Gallegos.

miércoles, 29 de febrero de 2012

Reflexión precocida sobre las arepas de verdad y las arepas de embuste


En algún momento de la primera mitad del siglo 20 el capitalismo industrial no había entrado con toda su potencia en Venezuela y nuestro país podía jactarse de conservar algunos rasgos culinarios propios, por ejemplo la arepa pelá: esas arepas de verdad con maíz de vedad y hecha por unas mujeres tiernas (nuestras bisabuelas) que cortaban las mazorcas, las desgranaban, pilaban el maíz (primero con pilones de madera y luego con molinos manuales), hacían la masa, la amasaban, la ponían en el fogón. Todavía hay quienes hacen estas arepas (las de verdad) en varios lugares de Venezuela, pero la norma es otra. La que nos empuja a los supermercados en busca de harina precocida.
Aquellos de la arepa pelá eran procesos caseros y artesanales y tenían carácter ritual, porque mientras estaba lista la arepa se conversaba, se tomaba café, la gente entraba en comunión. Eso era una arepa: más que un alimento, un objeto cultural en el que se invertía tiempo, esfuerzo y mucho cariño.
Hacia los años 40 se disparó el éxodo masivo hacia las grandes ciudades, donde a la gente se le ofrecían oportunidades dizque para trabajar. Pero "trabajar" ya no era lo que fue en algunas parcelas no latifundizadas del campo sino que pasaba por un trámite de mierda: cumplir un horario, marcarle tarjeta a un patrón. Como verás, ya no quedaba tiempo ni para sembrar y cosechar el maíz, y tampoco para desgranarlo, pilarlo y ponerla al budare; en la ciudad ya no hay tiempo para echar la conversa en el desayuno ni para tomarse el cafesito, porque si sales 5 minutos después de lo previsto te agarra la maldita cola y llegas tarde al trabajo.
En aquel contexto del comienzo de la locura metropolitana aparece un señor llamado Luis Caballero Mejías, quien inventa, descubre o sistematiza un proceso industrial para producir harina de maíz precocida. A ese viejo de mierda, quien con su hallazgo se llevó en los cachos cientos de años de cultura y de ternura de abuelas (luego aparece la tostiarepa y ya de las abuelas no queda ni siquiera el olor a budare), se le recuerda con cariño como el "inventor" de lo que hoy conocemos como arepa: una mierda blanca-pálida que no sabe a nada a menos que le eches mil rellenos (de ahí el éxito de las areperas y sus combinaciones insólitas y "con bastante mantequilla"). Pues bien, ese tipo le hizo el gran favor al capitalismo emergente, la familia Mendoza le hizo el favor de comprarle al Caballero Mejías, en cinco centavos, la patente de su invento, se hizo millonaria vendiéndonos esa mierda de la que la gente hoy está orgullosa porque cree (como millones de nosotros) que ESA MIERDA que nos estamos comiendo a diario son arepas. Vacila el resto de la tragedia: en algún momento la población venezolana empezó a crecer exponencialmente y la familia Mendoza, dueña de la nueva "arepa", se encontró con un detallazo: ya no era posible cubrir la demanda a punta de granos de maíz. No había ni habrá granos suficientes para producir la cantidad industrial de harina que se necesita para cubrir la demanda de arepas express: arepas sin esfuerzo ni cariño.
Entonces algún sabio que no sé quién coño es dio con la solución: agregarle algunas cositas a los granos, para "rendirlos" (así como cuando usted le echa agua y azúcar blanca (otra aberración) al batido de lechosa y lo convierte en una vaina aguada que remotamente recuerda a la fruta original, pero no es la fruta original ni de vaina). Ese "algo" es la mazorca completa, con todo y tusa, y parte de la planta. Usted echa todo eso en un horno industrial y al rato sale una harina blanca, muerta, inorgánica, insulsa: eso ya no es maíz, eso es casi cal o talco, más bien almidón; eso no tiene ni proteínas ni fibra ni nutrientes ni nada.
Dato aparte: cuando usted siembra hectáreas y hectáreas y hectáreas de un solo rubro, maíz en este caso, también está "sembrando" enjambres y enjambres de plagas, y a estas sólo puede combatírseles con veneno, químicos: la muerte y la enfermedad empaquetadas elegantemente. Así que la harina precocida mata y no alimenta pero cumple con una función (que no es una necesidad de la persona sino del capitalismo): le llena el estómago al trabajador con una pelota que se queda ahí dando vueltas un rato y le quita la sensación de hambre, pero no lo nutre, no lo alimenta, no le aporta nada a su cuerpo. Si usted pasa un mes comiendo arepas de esas terminará desnutrido aunque convertido en una pelota de harina convertida en grasa, triglicéridos y arterias tapadas.
Ese es el cuentico resumido. Los datos sobre cómo se produce la harina precocida son orales, de compas del Movimiento Campesino Jirajara que trabajan en esas procesadoras de material inerte y que han estudiado y discutido esos procesos. Ya hay algo escrito sobre la maniobra mediante la cual los Mendoza le robaron a Luis Caballero Mejías su invento. Y el cuento de las abuelas es algo que se deduce fácilmente de cómo el capitalismo acabó con la poquita estructura cultural que teníamos como país antes de la industrialización de TODO lo que consumimos. Ayúdenme a averiguar más datos, pues.

sábado, 5 de noviembre de 2011

La barbarie cosmopolita

Cierto discurso interesado y bastante torpe pretende asociar las ideas de progreso, desarrollo y avance a las de urbe, gerente eficiente y confort capitalista. Pudiera bastar con recordar que el capitalismo, para sostenerse, necesita de millones de esclavos y otros tantos excluidos. Las grandes mayorías expoliadas garantizan a una minoría poderosa e implacable el disfrute de recursos y privilegios, y el escenario donde esa relación aberrante ha alcanzado mayores niveles de monstruosidad es en las grandes ciudades, asiento por excelencia de esclavos hacinados y pudientes cosmopolitas.
Pero el análisis no debe detenerse allí, porque tampoco termina allí el macabro discurso-acción de la hegemonía. El bombardeo propagandístico que considera superior a lo que ocurre y se produce en las grandes ciudades, también sugiere que lo que ocurre en los campos y pequeños pueblos de provincia es inferior, balurdo, feo, de mala calidad. No es casual que el adjetivo “folclórico” se haya instalado en el habla común de mucha gente, asociado a lo que el engreído habitante de la urbe considera chimbo y maluco: En muchos círculos ya ganó la idea de que si usted vive en el campo es inferior, menos inteligente, menos avispado; que habla sin propiedad, no conoce de tecnología, no tiene a la mano los servicios y posibilidades que otorga la vida urbana. “Caracas es Caracas y lo demás es monte y culebra” es un dicho que resume en buena medida ese desprecio, esa segregación impuesta, ese mirar por encima del hombro.
De carambola, o tal vez de manera planificada, ha venido a explotarse también en estos años, el rumor sociológico, seudoerudito, según el cual el chavismo ha venido perdiendo terreno (electoralmente) en las principales capitales del país, debido precisamente a ese presunto carácter superior del citadino: Dice este discurso racista y tiránico, que en Maracaibo, Valencia y Caracas, por ejemplo, nunca cuajará un modelo socialista porque ahí la gente “sabe más”, está más enterada de las cosas que suceden en el mundo; es gente estudiada y por lo tanto más analítica y preparada para empujar al país hacia modelos eficientes de gestión y bla, bla, bla. Justo el dato que hacía falta conocer para entender por qué los insultos preferidos del antichavista promedio contra el Presidente y sus seguidores refiere a la idea del salvaje, el animal, el campesino bruto.
Sobre el origen de esa animadversión ya se ha dicho que vivimos en un país urbanizado vertiginosamente a punta de barriles de petróleo. El mito del ser que va a estudiar y a vivir en la urbe en busca de superación y termina yéndole mejor que en el pueblo de donde se largó, ha sido millones de veces rebatido por los hechos, pero todavía se sigue educando a los niños a partir de una novela que dice que la civilización (Santos Luzardo) está destinada a barrer con la barbarie (Doña Bárbara).
Pocos cosmopolitas o aspirantes a serlo se han dado cuenta de que la barbarie no está en el conuco sino en la matanza de personas a balazos en las grandes ciudades, a razón de 150 por semana, y esa ignorancia o ceguera seguirá fortaleciendo el mito de la superioridad del citadino hasta que la historia nos devuelva a la tierra que abandonamos soñando con oro, lujo y plástico.