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lunes, 19 de diciembre de 2016

Vivir, comer y morir



Los restos de un tronco en descomposición.
Arriba, a la derecha,
todavía conserva rasgos del árbol que fue;
a la izquierda,
la tierra en la que ha vuelto a convertirse.
Lo llamamos abono orgánico
El mejor sinónimo de comer es matar. Sin muerte de algo no hay transferencia de energía de un ser a otro. Es decir: sin muerte no hay manera de sostener y reproducir la vida.
***
Todo eso suena muy (o más o menos) lógico, hasta que viene un ser dotado de algo que llaman razón y de otro algo que son las convenciones sociales, y entonces comienzan los dilemas éticos. Porque si matar es malo y comer es bueno (perdón: esencial para la vida), entonces todo se nos empasticha: si alguien o algo debe morir para que YO viva, y como YO no puedo ser alguien malo (pero tengo que comer, qué vaina tan incómoda), pues mejor me fabrico una serie de conceptos y límites retóricos, seudo éticos, para sentirme más o menos a salvo de mi ansia vesánica y primitiva de destrucción. A saber: como eso de morir duele mucho, entonces establezco que matar sólo es malo si liquido a un ser que dispone de sistema nervioso central. Si no duele, no hay crimen, así que listo, ya puedo seguir devorando seres vivos.
Pero para ello tengo que derivar hacia algo llamado vegetarianismo o hacia otro algo llamado veganismo. Inscribirme en esos gremios me permite comer (y devorar a otras especies, presuntamente inferiores (!) al ser humano todas ellas) y quedar en paz con mi conciencia. Una lechuga puede albergar formas de vida por miles o millones, pero epa: los alaridos de esos microorganismos jamás llegarán a ser tan aterradores como los de las reses en el matadero o en los corrales domésticos, así que todo el mundo tranquilo. A comer vegetales en paz; destruir a un animal es un crimen espantoso; destruir un vegetal donde habitan millones de seres es algo limpio, sano y además no hay que lidiar con ese sangrero ni con la mirada triste del que es despojado de la vida.
***
Un interesante mito autoinfligido por algunos vegetarianos quiere hacer notar que los actuales seres humanos (seres sociales, racionales, civilizados) no somos carnívoros, y que hay una evidencia evolutiva que lo comprueba o al menos asoma como indicio: la progresiva atrofia o gradual desaparición de los colmillos. Dicen algunos antropólogos, defensores de la cultura o praxis o moda o razón vegetariana, que si la naturaleza nos está despojando de esos puñales naturales es porque ya nuestro cuerpo no necesita alimentarse de la carne animal.
Pero parece que esa observación ha sido incompleta, parcial o intencionalmente sesgada. Porque todo o casi todo indica que los colmillos no son precisamente para rasgar o triturar carne (para eso tenemos unos dientes que arrancan pedazos y unas muelas que muelen, y por eso se llaman así) sino para matar presas a la vieja usanza. Los colmillos son herramientas propicias para punzar en busca de las venas del cuello, esto es, para matar. Obsérvese a cualquier depredador en el acto de procurarse la comida; la zona del cuerpo a donde se dirige es el cuello, ese itsmo donde, entre otros conductos y ramales, transita la vena yugular. Usted perfora o se deja perforar esa superautopista de la sangre y en pocos segundos ya su cuerpo habrá dejado de funcionar, sentir y palpitar.
Con el tiempo, probablemente cuando se puso de pie y comenzó a usar las manos (y empezó el cerebro a trabajar para apartarse del asesino primitivo) el ser humano se dejó de eso (de matar a sus presas con los colmillos) pero comenzó a desarrollar métodos, herramientas e implementos para matar de otras formas. Y así, entonces, la evolución ya significa otra cosa o puede ser vista desde esta otra perspectiva: ¿para qué unos colmillos y unas mandíbulas grandes, si el acto de asesinar en masa se ha perfeccionado a tal punto que usted va al supermercado y ni se imagina de dónde vienen esos hermosos y pulcros churrascos empaquetados?
Asómese:


Nótese el detalle: no tenemos colmillos, pero los puñales que fabricamos van a parar igualmente a la yugular, al cuello.
Por lo demás, cuando sustituimos el acto de matar directamente por el de condenar a una clase social a mancharse las manos para que otras lo compren todo limpio en los expendios, estamos siendo devorados de otra forma: los asesinos llamados azúcares, colorantes, conservantes y grasas saturadas también nos agujerean el cuello en busca de nuestros órganos. Comer en este tiempo sigue siendo matar, pero ahora la presa somos nosotros mismos.
***
Todo proceso humano que se industrializa y se masifica con fines comerciales se pervierte y degenera en tragedia. Esto incluye la compra-venta de objetos, de comida, el entretenerse o entretener a los demás; el sexo, los pequeños ritos culturales convertidos luego en neurosis colectiva (llámanse religiones). Matar una cabra para alimentar por unas semanas a una familia no califica como crimen; asesinar a miles de animales, no para alimentar a millones sino para enriquecer a unos propietarios, tiene que convertirse en desgracia.
***
Eh; pero este no era el asunto específico que queríamos tratar (la inhumana matanza que el ser humano perpetra para que la humanidad pueda seguir existiendo) sino algo tan cotidiano y poco doloroso como la muerte de miles o millones de árboles, que con el tiempo se van convirtiendo en tierra. En una tierra tremendamente fértil y llena de nutrientes. Allá arriba al comienzo dejé una fotografía y una pequeña leyenda explicativa. 
En esa fotografía aparecen los restos de un árbol (probablemente un bucare) que hace meses o tal vez años se cayó, y nadie en la zona lo había descubierto, o tal vez se había olvidado de él. Ahora se encuentra en avanzado estado de descomposición, lo cual ha sido la mejor noticia para la venidera fase de mi huerto. Resalto una expresión en la idea anterior porque, con toda seguridad, usted la ha leído y oído en materiales informativos de la sección de sucesos. Ambos eventos contienen cadáveres (de un árbol, de personas) y al mismo tiempo, o precisamente por ello, están llenos de vida.
¿Cómo es la vaina? Así es la vaina.
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La materia en que se ha convertido, o en la que se sigue convirtiendo el árbol caído, es uno de los tesoros más valiosos con que puede encontrarse alguien que se dedique a la agricultura, o que tan solo quiera sembrar y ver crecer unas matas. Pocos abonos terrestres son más fértiles y potentes que el palo podrido, y así le llaman en nuestros campos a esta mina de formidables sustancias alimenticias.
Cuando un árbol (o una persona o animal) cumple eso que nosotros consideramos el ciclo vital (la fase de su existencia que permite llamarlo árbol, animal o persona), comienza una fase que hemos denominado muerte. Nos acostumbramos o nos acostumbraron a creer que cuando sobreviene la muerte entonces ya se acabó todo y bórralo, el cuerpo empieza a corromperse irremediablemente y a llorar todo el mundo se ha dicho. El coñoesumadre: cuando muera Beyoncé en pocas horas esa piel perderá todo el colágeno y la tipa dejará de estar buenísima.
Pero lo que ocurre en realidad con lo que llamamos muerte es que ese proceso llamado vida ha entrado en un ciclo que, observado más de cerca, resulta más bien en explosión y multiplicación de otras formas de vida. Ahora mismo, cuando gozamos de vida, tenemos dentro una buena cantidad de seres con los que convivimos en armonía; cuando bajemos la guardia y nuestros procesos actuales se detengan comenzará la sublevación, el saqueo, el caos, la fiesta, el desorden, la revolución que volverá añicos el sistema que ya dejó de funcionar, y entonces de ese Caracazo corporal surgirá un reacomodo, una realidad distinta, una renovación de las tareas y procesos vitales. Nada desaparece o se extingue sin dejar rastro; todo abandona una forma energética y se convierte en otra (se transforma).
La muerte de un cuerpo (animal, persona, árbol) viene a ser un big bang de seres microscópicos, diminutos y notablemente grandes. En el cadáver de ese árbol están trabajando lombrices, arañas, alacranes, escarabajos, culebras, y fuera del alcance de la vista humana, una inmensa variedad de microorganismos insólitos. Esa intensa actividad es el matadero no industrial de las especies: la fiesta de la muerte se pone en marcha para cumplir la misión de multiplicar la vida, para lo cual ese cuerpo va siendo descompuesto y reducido a materia orgánica. Polvo eres y en polvo te convertirás, es la frase más rigurosamente científica empleada por los religiosos en sus ceremonias mortuorias.
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Bregando con ese cadáver de árbol para trasladarlo en trozos y en sacos de materia (tierra) rica en sustancias nutritivas, me dio por cuestionar algunos términos o significados injustos. La muerte es uno de ellos. El otro es el concepto es el de corrupción o descomposición. En las sociedades llamamos corrupto al ser que se degrada y envilece moralmente y termina haciendo daño al colectivo. Trasladados al origen etimológico, resulta que algo corrupto es algo que se desintegra y convierte en muchos pedazos, lo cual sí viene a ser estrictamente correcto. Hora de volver a encontrar tensiones entre el ser natural y el ser social: así como la muerte y la corrupción nos espantan como seres sociales, no hay nada que haga multiplicarse y propagar con más potencia la vida que esos dos estados de la materia.
***
El conuquito que inauguraré al culminar este año se anuncia energéticamente bien dotado y alegre. La fiesta de la vida (o de la muerte) me hará crecer plantas comestibles y medicinales de una salud y una luminosidad esplendorosas, y cuando esos nutrientes hayan menguado volveré al lugar del bosque a aprovecharme del gigante caído, o de otros que me encuentre en el camino.

viernes, 27 de mayo de 2016

Se marchó un baluarte del miche callejonero


Foto familiar de Segundo Rangel
A mucha gente todavía le cuesta entender o aceptar que la destilación de alcoholes por métodos artesanales forma parte de la cultura gastronómica de todos los pueblos de la tierra. Que se trata de un oficio tan antiguo como las sociedades humanas: ya en la Biblia se habla con toda naturalidad del consumo de vino y otros licores. Dicho esto, se puede decir sin exagerar que la muerte de Segundo Rangel el pasado viernes santo, a los 72 años, representa una pérdida para la cultura de esta región. El hombre del miche callejonero de La Bellaca, famoso y solicitado en varios lugares del país, falleció a causa de complicaciones surgidas después de una caída y una contusión de cráneo.
Le sobreviven su esposa Matilde García, cinco hijos y siete nietos. Cuando le preguntamos a Matilde si con Segundo se marcharon para siempre los secretos de la destilación del clarito y el “amorcito” (una mezcla o maceración del callejonero con varias ramas y raíces), ella responde con energía: “Pero si fue mi mamá la que nos enseñó a hacer miche, ¿cómo voy a dejar de hacerlo ahora?”.

Las persecuciones de antes
y los homenajes de ahora

Segundo nació y se crió en el sector La Aguada, en las afueras de Calderas. Hace 33 años decidió llevarse a vivir con él a Matilde, quien tenía 14, y comenzaron a levantar su familia en la casa que ocupó toda la vida y que todavía ocupan los suyos, junto al puente de La Bellaca. Allí se dedicaron a la agricultura y a la producción artesanal de las variedades del aguardiente emblemático de Los Andes.
Matilde recuerda la época dura en que esta práctica era perseguida y fichada como si fuera una actividad criminal. “La gente que se dedicaba a esto iba presa y tenía que pagar multas. Más de una vez nos tocó salir corriendo y pasar la noche en el monte, porque la Guardia Nacional nos llegaba y desmontaba el alambique”.
Matilde García, quien continuará destilando
y vendiendo el miche.
Aquí, acompañada de hija y nieta

Esta criminalización de los aguardientes hechos por el pueblo la impuso en nuestro país la industria licorera, dominada por familias millonarias que le exigieron al Estado hacer obligatorio un registro sanitario y una cantidad de permisos y controles imposibles de cumplir por productores y destiladores pobres. Tuvo que llegar la Revolución a considerar Patrimonio toda la producción artesanal para que cesaran las persecuciones y carcelazos contra los cultores.
Segundo Rangel consideraba el lugar de destilación un sitio secreto que no podía ser visto ni visitado por cualquier visitante, sólo su familia tenía acceso a ese santuario. Cada vez que uno le preguntaba por la receta del “amorcito” Segundo agregaba o quitaba ingredientes: Palo de Arco, cabeza de caribe molida, mistela, etcétera. Matilde, más abierta o menos misteriosa, nos invitó a pasar sin mayor problema y allí pudimos ver el fogón, las pailas, el sistema de condensación donde se enfría el vapor en el serpentín. Ella continuará destilando entonces el fragante y muy solicitado miche callejonero. De eso seguirá viviendo su familia.
Al despedirnos Matilde comenta: “Lo que son las cosas: cuando se murió Segundo por aquí vinieron unos Guardias. Pero no a meternos presos sino a darnos el pésame, y a decirnos: Sigan destilando, ese miche es el mejor”.


Historia y expectativa del viejo trapiche de La Soledad

Emma y su nieto Luis Alejandro
Se sube desde La Soledad por la cuesta que da hacia el sur; alejándose unos 100 metros de la carretera nacional se llega a la antigua casa donde levantaron su familia y su patrimonio Domingo Alarcón y Casimira Rondón, una robusta construcción de tapia y bahareque que todavía, a pesar del semiabandono, luce fuerte y señorial.
Detrás del caserón hay un conuco donde Emma Sánchez Alarcón y su nuera Rosa María Briceño mantienen viva la producción de yuca, ají y otras verduras y hortalizas, y por allá al fondo, en un rancho que pareciera una construcción de segunda, está el patriarca, el objeto central de toda una historia familiar y local: el viejo trapiche, que por muchas décadas llenó de panela, guarapo y melcocha toda esta zona del piedemonte.
Esta unidad de producción se encuentra inactiva desde hace más de una década, pero ya se están haciendo las gestiones para ponerla a funcionar nuevamente.

Una historia familiar

Emma Sánchez Alarcón relata dato por dato y nombre por nombre el árbol genealógico del viejo trapiche de bueyes, que es el mismo árbol de su familia: su abuelo Espíritu Alarcón le encomendó el terreno a su hijo Domingo para que fuera a talar y a levantar su propiedad cuando éste decidió irse a vivir con Casimira. Así que en los años 30 del siglo 20 Domingo levantó el potrero, la casa y el trapiche, y desarrolló la siembra original de caña de azúcar. Este sembradío, que hace 15 años ocupaba 2 hectáreas, fue arrasado por un incendio y este accidente paralizó las actividades del trapiche.
Emma recuerda el trabajo rudo para poner a girar el mecanismo de moler con pura tracción a sangre (la fuerza de las bestias), la faena pesada que significaba esa tarea tan aparentemente simple de moler caña para sacar los productos. “La máquina se le compró en Altamira a Cristóbal Rivas, quien se la trajo de Valera a Anselmo, hermano de Domingo. Cuando se molía había trabajo para un parrillero, un fondero, un prensador y un arriero; éste era el que ponía a girar a los bueyes. Una vez se desnucó uno de esos animales; ese era un trabajo fuerte”.
Por tratarse de una industria familiar lo ideal sería que hubiera en la familia continuadores, y sí los hay: por allí anda Luis Alejandro, nieto de Emma e hijo de Orángel Peña y Rosa Briceño, que a sus 12 años observa con interés y curiosidad los viejos objetos y presta atención a su historia.

Aunque están inactivos allí todavía pueden verse todos los implementos usados para procesar las panelas de papelón y otros productos: los calderos, la parrilla, la canoa de batir, las paletas y moldes. Emma y su familia están haciendo gestiones ante la Comuna y el Consejo Federal de Gobiernopara volver a poner a funcionar este trapiche, objeto patrimonial de La Soledad.

La canoa de batir, y sobre ella los restos de un caldero

El sistema de calderos, donde se calienta en diversas fases el jugo de la caña

Fogón de piedra remozado después con ladrillos

plano general de la cocina

Luis Alejandro manipulando los moldes de donde salieron miles de panelas de papelón


domingo, 22 de noviembre de 2015

Sobre la comunidad que decidió comer potaje gratis

Esta es una de las historias más hermosas que me puso en el camino mi año 2015. El resumen, en esta minientrevista:

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En una carretera de Barinas que recorro varias veces a la semana hay un caserío llamado Vega del Puente. Destacan en la orilla de la vía unos gaviones (esas estructuras de piedra sujetada por redes de alambre que evitan o contienen los derrumbes). Pasé el viernes en la mañana por ahí y vi a unas personas montadas en el piedrero recogiendo algo. Seguí de largo pero, cuando regresé de mis diligencias, me paré en el lugar a ver qué vaina era aquella. Y sí, en efecto, eran vainas, miles de vainas: la gente que vi en la mañana estuvo ahí recogiendo tapiramas. Para nosotros, capitalistas por costumbre y formación, el titular de la noticia que funciona es este: en un país donde ciertos coñoemadres decidieron que la caraota cuesta 1.500 bolos la gente estaba recogiendo tapiramas gratis, nacidas en un piedrero infame.
Una tapirama, para no darle más vueltas cientificistas a la cosa, es una especie de caraota silvestre, una leguminosa que crece como monte y en efecto es monte. Un grano que nos alimentó durante cientos o miles de años hasta que llegó el mercado y nos dijo "Epa, tú tienes que ser una persona decente. No recojas granos del monte: cómpralos en el supermercado". Desde entonces se nos olvidó que existen docenas y docenas de variedades de estos granos comestibles, y nos aplicamos a comer sólo diez o doce pepas comerciales: caraotas negras, rojas y blancas; arvejas, un  par de frijoles, lentejas, quinchonchos y tres o cuatro más.
Una de las tapiramas encontradas aquí la conocía; es tapirama negra, muy parecida a esa caraota comercial que llevan los pabellones. La otra es para mí una novedad: una tapirama muy parecida a la paspasa "vaquita", popular en Sanare, pero no es una paspasa sino una tapirama.
Me bajé y les caí a preguntas a algunos habitantes, y los titulares son estos: la enfermera del dispensario del caserío, que vive en Barinitas y se llama Eloísa, recogió esas semillas y las llevó a la comunidad. Se las dio a varias familias para que procedieran a sembrarlas, y varias de ellas tienen su moño de caraotas en el patio, en la jardinera, en las áreas comunes.
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Una coñita de 4 años llamada Chiquinquirá agarró por costumbre abrir huequitos en el patio de su casa y eso está ahora cundido de tapiramas, por su culpa. Y la culpa de las caraotas en la orilla de la carretera es de la enfermera Eloísa, que agarró varios puños de semillas y las tiró ahí en el bulto de piedras, donde se supone que sólo proleferan los lagartijos y el monte.



Chiquinquirá mostrando el producto de su sabroso juego: abrir huequitos y meter en ellos semillas
Y bueno, hay monte que se come, vaya sabiendo: la gente de Vega del Puente declara orgullosa que ahí ya nadie compra caraotas, y que es común que en esas casas preparen unos potajes bellos con los granos mezclados y la respectiva guarnición de papas, aliños (que también siembran ellos mismos) y más de un trozo de cochino.
El ciclo de estas leguminosas es un prodigio de generosidad: son plantas perennes, lo que quiere decir que nacen, florean ("florecen", dicen los poetas burgueses), echan sus vainas, y cuando ya las semillas comienzan a secarse empieza la floración otra vez. Eso ocurre hasta cinco veces en el año: de dos a tres kilos de comida echa cada una de estas enredaderas en cada carga. Así de violenta y fecunda es esta mata. Les dije a esas personas que eso que estaban haciendo es la cosa más importante que pueden hacer las comunidades de este país, que si todos los venezolanos estuviéramos haciendo esto no habría especulación ni escasez. Me miraron extrañados, así como diciendo "Ah verga y a este loco qué le pasa", pero no importa, ya les explicaré con más calma. Sé que entenderán mejor cuando les diga que si todo el mundo hiciera eso que ellos hacen derrotaríamos al mecanismo y a la clase criminal que han permitido que la comida no sea un derecho humano sino una mercancía, y bien cara.

Matas nobles como ellas solas: nacen en cualquier piedrero vil, son atacadas por insectos y sin embargo cargan cinco veces al año

Agarré a siete vecinos del caserío La Quinta (10 kilómetros más arriba), a quienes estoy adiestrando para que escriban para el periódico Piedemonte, y me los llevé para allá, con dos misiones. Una, que recabaran y escribieran ese cuento o noticia para nuestro periódico. Dos, que recolectaran de esas para que vengan y reproduzcan la experiencia en su caserío. Vega del Puente es una comunidad que espontáneamente decidió ser guardiana de semillas; vamos a ver si en La Quinta hay músculo y ganas para copiar el proceso. Allá los dejé conversando y bajé para Barinitas para hacer tiempo. No me preocupó para nada que esos aprendices de periodismo dejaran información sin recabar. ¿Por qué? Sencillo, papá: lo que dejé allí funcionando fue una conversa entre agricultores. Y, que se sepa, los agricultores saben de esas cosas más que los periodistas.


Sabes que uno anda por ahí tratando de organizarse y de animar a la gente para que identifique, recolecte y propague semillas nativas y/o en peligro de extinción (nos llaman "guardianes de semillas"; a mí me gusta el mancillado y casi olvidado término "catabre"). Pero es un hecho que, hagamos lo que hagamos, siempre habrá gente de nuestro pueblo que, sin andar reclamando títulos o denominaciones, nos lleva una morena.


sábado, 4 de enero de 2014

Cabañuelas: en Altamira lloverá en abril

Altamira de Cáceres
Hoy fui testigo de un acto mágico del saber ancestral de los pueblos de la tierra: una conversa entre campesinos (montañeses de Altamira de Cáceres) sobre las cabañuelas para este año.

El milenario arte de predecir cuán lluviosos serán los meses del año que comienza tiene muchas variantes en muchos países. Al pueblo judío se le atribuye su origen o al menos la etimología de la palabra que lo designa, pero el caso es que los campesinos de cada región del planeta han desarrollado varias formas distintas de determinar cuándo entrará la temporada de lluvia, qué meses serán secos, etcétera. Yo había oído de un juego de doce granos de sal que deben "leerse" el 31 de diciembre cerca de la medianoche. En la conversa de hoy, el señor Samuel hablaba de un método simple que se ha usado toda la vida en esa montaña, y su resultado parcial es este: abril será un mes lluvioso en el eje Altamira de Cáceres - Calderas, porque el día de hoy, 4 de enero, corresponde en las predicciones al mes 4.
La cosa va así: como los días 1, 2 y 3 de enero no llovió, enero, febrero y marzo serán meses secos en esa región. Mañana, 5 de enero, nos enteraremos de lo que ocurrirá con el clima en mayo; el 6 sabremos si caerá agua en junio, y así hasta llegar al día 12 correspondiente a diciembre y se complete el ciclo de la predicción.
A cualquier habitante de las ciudades esto puede parecerle una pendejada mitad esotérica y mitad chiflada, pero váyanlo sabiendo: a estas predicciones de los campesinos dedicados a la siembra les debemos buena parte del alimento que se consumen en las ciudades. En mi caso personal he decidido entonces estar alerta: ya sé que el café que me he propuesto sembrar en esa zona debe estar en su lugar en el mes de abril, pues es el mes de la entrada de agua. Me lo dijeron hoy las cabañuelas, y ese saber está por encima de lo que diga cualquier cabeza e machete académico, meteorólogo o como se llamen esos tipos que estafan a la gente pretendiendo que les paremos más bolas a los satélites que a los campesinos.
Leer mal las cabañuelas, o no leerlas, puede derivar en un desastre pues las cosechas pueden perderse si se siembra o se recoge a destiempo. Hay que ser campesino para tener la exacta medida del comportamiento de las precipitaciones. A quienes nos dedicamos a consumir lo que otros siembran nos da igual qué mierda va a ocurrir en mayo con las lluvias: si se pierden las cosechas de café, maíz o papas no hay problema: el Gobierno traerá esos rubros importados de otros países. Pero para la gente que vive de la tierra y que, por lo tanto, ha adaptado los ritmos vitales de su vida a los ciclos de los elementos, una equivocación puede derivar en pequeña desgracia familiar.

jueves, 10 de octubre de 2013

Catabres y resistencia cultural

Walterio Lanz en una carretera de Apure
En aquel proyecto de país que el capitalismo industrial nos hizo abortar existía una figura romántica, importantísima, que empezó a ser mal vista cuando estalló la bomba de lo que llamaron “modernidad”: el paso de la sociedad rural a la despiadada urbanización: el intento de convertirnos en urbanos y cosmopolitas: Santos Luzardo asesinando una y otra vez a Doña Bárbara cuando ya antes había liquidado a los indígenas. Esa figura era el catabre o cataure.
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“Catabre”, hablando estrictamente de su significado original, es la totuma, vasija o recipiente donde los campesinos guardan las semillas que sembrarán cuando llegue el momento, pero esa palabra se trasladó por extensión a unos señores que iban por los pueblos repartiendo semillas. Algunas las vendían, otras las intercambiaban por las que no tenían o les pedían en otros pueblos, algunas más las regalaban.
Esos señores cumplían la labor de los pájaros y algunos insectos: propagaban por donde pasaban el germen de lo que después serán especies alimenticias.
Dicen quienes los vieron por esos caminos que se trataba de señores con aspecto de mendigos, barbudos y de vestir descuidado, pero llevaban su tesoro en los bolsillos o en pequeños sacos o mapires; sus catabres para nómadas. La sociedad industrial banalizó esa función y la convirtió en objeto de burla o vergüenza, que es lo mismo que decir que los criminalizó y los condenó a muerte.
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Cuando los burgueses y aristócratas decidieron que para ser “gente decente” había que enrollarse una maldita corbata en el pescuezo la palabra “catabre” empezó a convertirse en insulto. En la Carora de mi juventud oí decir de mucha gente que andaba con la ropa sucia o rota que “parecía un cataure”. Aunque la mayoría no sabía qué significaba eso exactamente, a los muchachos nos daba risa, tal vez porque el nombrecito era feo y así como campuruso (quizá el mismo proceso sociológico y mental que lleva a muchos a tenerle verguita a la palabra y la idea de conuco). Cataure: viejo loco que en vez de ir a comprar caraotas al supermercado trata de enseñarle a la gente que puede sembrar matas en el patio de su casa, que hay cientos de variedades de granos y que son gratis.
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El proceso de destrucción moral de los catabres es el mismo que, con los años y mientras avanza el empeño en alejarnos de la naturaleza/urbanizarnos, ha hecho que odiemos o nos avergüencen nuestra forma de hablar, nuestros olores corporales, nuestro impulso a jugar (¿trabajar?) con tierra, los muchos colores de nuestra piel, nuestras comidas originarias, nuestra música, nuestras costumbres, nuestras formas de procurarnos los alimentos y la vivienda. ¿Para qué sembrar una mata de aguacate si en Central Madeirense venden los aguacates que antes sembraron unos campesinos feos, desconocidos y jediondos? ¿Para qué hacer una casa si para eso quedaron los ignorantes de mierda, esos esclavos albañiles que no estudiaron como estudié YO y por lo tanto merecen el trabajo esclavo que lo humilla (y YO el trabajo intelectual que me enaltece)? ¿Para qué enseñarles a mis hijos a sembrar y construir su casa, si los hijos de los actuales esclavos seguirán el ejemplo de sus padres para que los míos sean profesionales e intelectuales sifrinos, de esos que citan a Marx campaneando un güisqui? ¿Para qué enseñarles a los muchachos urbanos a ordeñar una cabra o una vaca y con ello enseñarles el origen profundamente amoroso y humano de componer tonadas, si para eso están los muchos Simón Díaz que les roban la expresión artística a los miles de artistas genuinos pero anónimos? ¿Para qué andar por la vida oliendo a ser humano si hay tanto desodorante, perfume y colonia en el mercado?
Es la misma razón por la que cierto compañero soñador, audaz y revolucionario recibió tantas burlas, ataques, acusaciones de insania mental y pensamiento retrógrado cuando le propuso al país masificar en las viviendas urbanas los gallineros verticales y los conucos en cada balcón y azotea de casa o edificio. Sospechaba ese llanero humilde que si todas las comunidades producían casa por casa sus alimentos ya más nunca habría escasez de nada; que si en cada barrio hubiera suficientes productores de maíz Lorenzo Mendoza tendría que meterse sus quintales de harina inorgánica por el hueco del culo. Pero no, no seas güevón, Chávez: los señores intelectuales tienen que pensar, los administradores tienen que echar números, los abogados tienen que hacer leyes, los méedicos tienen que estafar a los pacientes/clientes y para ello tienen que andar pulcramente vestidos y olorosos a fragancias caras, no con las uñas sucias de tierra ni hediondos a gallina. Hazme tú el favor. Así que hazme la revolución y garantízame la soberanía alimentaria: que los campesinos sigan sembrando y criando animales que serán asesinados en mataderos, porque lo mío es el barrio, la urbanización y el centro comercial. Siasmaricotú.
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Por ahí cargo un  montón de semillas nativas (al final, algunas fotos con sus leyendas informativas). La mayoría, leguminosas (familias de las caraotas). Ando organizando un par de viveros (Barinas y Yaracuy) para reproducirlas y propagarlas; mientras tanto, se las regalo a quien tenga dónde y cómo sembrarlas y cuidarlas mientras paren. Suena fácil y lo es, pero es una tremenda responsabilidad.
De una larga lista de campesinas y campesinos que recuerdan y añoran el viejo arte de comer y dar de comer sin pagar ni cobrar he aprendido lo poco que sé sobre un asunto crucial: la resistencia cultural basada en el reconocimiento y la propagación de nuestras semillas autóctonas.
Hace unas horas realicé una jugada peligrosa. Convencí a las maestras del Simoncito ubicado en Altamira de Cáceres (Barinas) para que me permitan entregarles un puñado de semillas y poner a los niños a germinarlas, y luego a sembrarlas en un  pedazo de terreno que tienen allí mismo. Es peligrosa la jugada porque de esas semillas, casi extintas o en vías de extinción, no sé cuántas pudieran prosperar o perderse. Dependerá de cuánto convenza a esa gente de lo importante y trascendental de cuidar esas matas hasta que den alimentos y nuevas semillas. Confío en la buena vibra de los niños y en la sensibilidad de las maestras. Habrá que poner énfasis en el punto central: tan importante es la semilla como estimular en los chamos el impulso de conocerlas y sembrarlas cuando crezcan. La semilla física acompañada de la semilla ideológica: esos chamos tendrán que comprender un día que sembrar esas bichas extrañas es peligroso, audaz, contracultural, emocionante, útil, importante: revolucionario. Que en México ya no puedes tener unas semillas en tu casa porque vas preso, y que si nos apendejeamos nos zampan una legislación similar en Venezuela.
Soy un aprendiz de catabre. Sí, me siento orgulloso de serlo.
***
La variedad de estas especies comestibles es incalculable; en Venezuela hay centenares de ellas, casi perdidas, perdiéndose en la orilla de las carreteras y los terrenos baldíos, donde crecen y se reproducen como lo que son: como monte. Y como monte son despreciadas o desconocidas: como nos enseñaron que lo que tiene valor es lo que viene empacado y se cobra por kilos, entonces les pasamos por un lado a las muchas caraotas callejeras que se nos ofrecen gratis, camino al supermercado que vende otras menos sabrosas.
Esas bichas callejeras tienen un nombre más o menos genérico: se llaman tapiramas o tapiramos.
Las tapiramas nos alimentaron por cientos o miles de años, hasta que el mercado nos ordenó que comiéramos y consideráramos comestibles sólo a las caraotas negras, blancas y rojas, y no más de seis especies de otros granos comerciales (lentejas, arvejas, frijoles, quinchonchos). La razón: los granos que usted compra en el mercado pueden sembrarse y prosperar a punta de fertilizantes y otros tóxicos, y hacen ricos a unos tipos y unas corporaciones. Su proceso de cosecha es mecanizable porque la mata suele ser pequeña y de tallo alto, y por lo tanto pueden recogerse muchos miles de toneladas en poco tiempo. Las semillas nativas, en cambio:

  1. Son gratis: usted puede sembrarlas en cualquier patio o pedazo de tierra. Propagar esas especies no enriquece ni empobrece a nadie, así que ¿para qué sembrar unas vainas que no tienen valor comercial (precio)? ¿Para comer? ¡JA! ¿Y quién necesita comer algo que nunca escaseará y por lo tanto nunca será negocio?
  2. Su cosecha no es mecanizable, ya que crecen como enredaderas y la recolección tiene que ser necesariamente a mano.
  3. Son limpias: nadie necesita fumigar con agrotóxicos (pesticidas o abonos químicos) unas matas domésticas sembradas sin criterio industrial. TODO lo que usted consigue en cualquier bodega, abasto, supermercado o mercado (popular o de los otros) viene con veneno.

Existe una Red de Truekeros, un Frente Antitransgénico y unas cuantas docenas de catabres que llevan por ahí semillas nativas para regalar o intercambiar. También hay cientos de campesinos que guardan sus mejores semillas para sembrar en la temporada siguiente. ¿Un eslogan para concluir? No compres vegetales comestibles: siémbralos. O uno más inmediato: todos a propagar nuestras semillas nativas u originarias (antes que nos lo prohíban, y después también). Son sabrosas, alimenticias y son gratis.
Post data: o recuperamos, propagamos y masificamos nuestras semillas originarias o Monsanto u otra potencia nos seguirá imponiendo mierdas tóxicas como alimento.


Maíz criollo amarillo, cosechado en El Cogollo (Tinaquillo, Cojedes), en el conuco de Santos y Aníbal (según indicación de Walterio Lanz). Me las han traído a Barinas y prometo sacarles cría. Les enviaré de vueltas hijas y nietas.

1) Emperatriz escarlata, un grano gigante (La Azulita, Mérida); 2) Todi negro o mucuna (La Chigüira, Socopó, Barinas); 3) Paspasa rayada negra (Sanare, Lara); 4) Tartaguita morada (Cumanacoa, Sucre, y replicada en Aroa, Yaracuy).
Dos variedades de paspasa: la "vaquita" (no será difícil adivinar cuales son y por qué se llaman así) y la morada. Se las robé a Gaudy García allá en Monte Carmelo, Sanare, estado Lara.

1) Tapirama negra (San Diego, Carabobo); 2) tapiramos o frijoles jabaos (Sanare, Lara); 3) un grano blanco y negro, espectacular, del que desconozco el nombre o procedencia. Me la traje de Monte Carmelo (Lara); 3) Otro frijol cuyo nombre desconozco; parece un huevito de pavo pero pequeño (0,5 a 1 cmt).
1) Tuca verde (Gaudy García dice que se la trajeron de África); 2) Tapirama blanca (San Diego, Carabobo); 3) Tapirama chancleta (es obvio por qué le dicen así), de Sanare; 4) el célebre y generoso Maíz Cariaco blanco (Cumanacoa, Sucre), que alimentó a parturientas y niños recién nacidos en cantidad, hasta que el mercado nos enyucó con las fórmulas lácteas, la "leche" en polvo y otras mierdas; 5) Tapirusa (otros lo llaman "cabello de ángel" o frijolito bembón blanco), de San Diego (carabobo); 6) frijol o tapiramo bayo (Charallave, Miranda).
Esa mata de tres tallos en ese vasito es una de las bombas de proteínas más poderosas del planeta. Dentro de unos meses será un arbusto, y en un par de años un señor árbol de unos 12 metros de altura. Se llama chachafruto y en siglos pasados poblaba la cordillera andina, desde Venezuela hasta Argentina. Dicen que cuando los genocidas españoles quisieron reducir a los incas se aplicaron al exterminio sistemático de esta planta, pues esa era la principal fuente de alimentos de esa cultura. Hoy mucha gente de montaña la anda recuperando (la planta, una leguminosa gigante, da frutos sólo cuando se le siembra a zonas ubicadas a mil metros o más de altitud).
Esta planta llegó a Barinas así: Malú se trajo de Mérida varias vainas de chachafruto, se comió como tres docenas y guardó una semilla. Esta muchacha, que no es agricultora pero tiene en las manos una magia extraña, agarró ese vasito donde acababa de tomarse un café, le abrió unos huecos por debajo, lo llenó de una tierra mala que encontró por ahí en la calle y metió la pepa. Al día siguiente había que salir de viaje y el vaso se quedó en una mesa cualquiera, sin sol y sin nadie que la regara.
Dos semanas después la magia había funcionado: el chachafruto tiene más de 15 centímetros y va pa arriba. Ahora sí está llevando sol y agua, pero hay que resembrarla en una zona alta; Barinas es llano, aquí no prosperará. Creo que su destino será Altamira de Cáceres.

domingo, 2 de junio de 2013

Todi: sabor que nos alimentaba



Esto es un agregado o complemento de las recientes reflexiones-acciones sobre la forma en que distorsionaron y despedazaron nuestra cultura, sobre todo desde sus manifestaciones culinarias o gastronómicas, cuando ésta estaba en etapa germinal (un feto apenas que jamás nació ni se desarrolló, porque el petróleo lo volvió mierda).

Semillas de todi o mucuna
Sobrevive entre alguna gente del campo venezolano, mayoritariamente de más de 45-50 años, el recuerdo de una bebida que antiguamente se tomaba en lugar del café, y también en forma de merengada riquísima hecha con leche de vaca recién ordeñada, con sabor a chocolate. La llamaban todi. No, güevones, no me corrijan: se escribe todi porque así lo pronuncian nuestros viejos. Tampoco lo busquen en Google, ya dejemos el arrodillamiento y la sumisión: es mentira que todo el saber humano se encuentra en internet. El dato venezolano que acompaña la historia del asesinato de esta rara leguminosa (una especie de caraota grande, robusta y con "bemba") es una demostración de ello.
Se trata de la especie llamada Mucuna (no confundir con la mucuna pruriens, que ha sido prácticamente proscrita como alimento para humanos debido a su contenido de un tóxico llamado dopamina). Eso sí se consigue en Google: la información, veraz o no tanto, que criminaliza y condena a las semillas originarias, ya que esto "obliga" o empuja a las masas de consumidores a comprar sólo las que son comerciales y le inflan el bolsillo a alguien. La mucuna (todi) es monte y crece como monte; las caraotas negras, rojas y otros granos comerciales, no se consiguen en cualquier solar y para comerlas hay que pagar. Resultado: para el "saber" generalizado, el todi o mucuna es maligno, es mierdero, es monte; la caraota negra, en cambio, es el grano nacional, y quien siendo venezolano no coma pabellón o declare que le importan una pinga las caraotas negras es marico, vendepatria o loco. Como si ese grano de mierda fuera de aquí (el todi tampoco lo es pero nadie lo está promoviendo como plato nacional obligatorio).
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Miles de personas del campo, de una generación anterior a la nuestra, sabe lo que es todi y muchos lo probaron y disfrutaron. Esa popularidad  sobrevivió hasta que llegó el Toddy con su sabor colosal, producto de la muy eficaz alquimia a que es sometido el cacao. Lo cierto es que el todi original ha caído casi en el olvido. Casi lo mismo que ocurrió con las arepas de verdad, piladas, o peladas, a causa de la hegemonía industrial de la harina precocida de maíz (no olvidar: http://tracciondesangre.blogspot.com/2013/05/alguna-vez-fuimos-de-maiz.html).
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Hay que darle el beneficio de la duda a una duda: no sabemos con precisión si el término se utilizó antes para la leguminosa que para el producto comercial. Dos datos nos hacen sospechar que la industria se apropió del nombre que el pueblo le daba a la merengada, y no al revés. La marca comercial y el producto Toddy llegaron a Venezuela en 1939. Ya saben quién se enyucó a la marca y al producto en Venezuela, ¿cierto? ¿O no? ¿No lo saben? Está bien. Búsquenlo en Google: "Toddy Venezuela".
Desde la década de los 20 el sujeto que "inventó" la fórmula, un puertorriqueño nombrado Pedro Erasmo Santiago, se dedicó a recorrer toda Suramérica registrando a su nombre la marca "Toddy", que al parecer antes fue una marca de una bebida alcohólica escocesa con toque achocolatado. El otro dato es el paralelismo de esta historia nominal con el caso mexicano, donde la mucuna también se toma hace décadas mezclada con leche de vaca (como aquí) pero su denominación entre la gente suena también conocida: los campesinos de México le dicen a la mucuna nescafé.
Tanto en México como aquí la mucuna es aprovechada sólo en una de sus facetas, que por cierto de desdeñable no tiene nada: se siembra en algunas plantaciones y conucos para enriquecer y nutrir los suelos, ya que, como toda leguminosa, tiene la propiedad de inocular nitrógeno en cantidad a la tierra, dejándola fértil y rica para la siembra que viene. Esta utilidad es noble y resulta un alivio saber que al menos para eso se esté usando; lo malo es que hay enredaderas de estas en muchas partes (las he visto hace poco en varios caseríos y haciendas de Barinas, en el llano y en la montaña), pero quienes las ven crecer perdieron el impulso ancestral de recogerlas, tostarlas, molerlas y mezclarlas con leche y azúcar o papelón para tomar. Cuando uno viene con toda aquella pose y aquella actitud de tipo sabio y les dice a esas hermosas doñas septuagenarias del campo: "Señora, présteme una paila para poner a tostar estas semillas", casi siempre la señora responde: "Ah, ¿vas a hacer todi?", y le cede a uno la bendita olla con un bostezo y una mirada de lástima. Segundos después termina de soltar la información: "Eso lo preparaba mi mamá hace años, ahora la arrancamos porque ahí en la tierra que dejan crece un maíz muy bueno".
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El todi es apenas una de las muchas leguminosas que, de manera sistematizada, han sido desaparecidas o liquidadas de nuestra memoria colectiva como pueblo. Como muchos de los productos de la tierra que pueden conseguirse gratis (es decir, sin hacer rico ni pobre a nadie) se creó una leyenda oprobiosa a su alrededor para que la gente termine por aborrecerla y considerarla chimba, tierrúa, poco glamorosa o directamente venenosa. Así como puede conseguirse mucuna en cantidad, afinando el ojo y preguntando, pueden conseguirse tapiramas (granos) en una variedad formidable; la parte cruel del cuento es que muchos campesinos ya no comen "de eso" porque es dizque es venenoso. Es verdad que si no se calientan lo suficiente y no se les cambia el agua algunos de estos granos pueden ser tóxicos o quedar muy amargos, pero la solución es tan sencilla como esa que se insinuó arriba: usted las remoja en agua en la noche y les bota el agua en la mañana, o las hierve, les bota el agua y las vuelve a hervir. Ningún secreto; es lo mismo que debe hacerse con los quinchonchos y cualquier otro grano si no queremos inflarnos como un globo.
Yo me precio de ser aprendiz de catabre (esos sujetos que andan por ahí repartiendo semillas a quien quiera sembrarlas o regalarlas a gente que las cuiden, se las coma y me guarde unas cuantas para seguir propagándolas), y en el poquísimo tiempo que tengo en eso han pasado por mis manos unas siete variedades de semillas nativas, orgánicas, sanas, y sobre todo no comerciales porque crecen en enredaderas y es muy difícil mecanizar su cosecha. He visto y difundido entre gente que siembra tapiramas negras, moradas, bayas, manchadas, marrones, blancas (tapirusa o cabelo de ángel) y dos especies de paspasas (negra y marrón), todi en cantidad. Por aquí cargo algunas paspasas y semillas de todi. Si tienes dónde sembrarlas y cuidarlas hasta que den sus frutos, te las regalo.
No creo que eso sea suficiente para  roncarles en la cueva a las semillas comerciales (lentejas, arvejas, caraotas negras, blancas o rojas), esas que son muy populares y vienen hasta el seguegue de venenos, fertilizantes e insecticidas, pero que la gente considera emblemas de la nacionalidad y hacen que uno piense orgulloso, cuando se mete una cucharada de caraotas, "coño, qué venezolano y qué tipo del pueblo soy".
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En Venezuela hay una pujante red de Guardianes o Custodios de Semillas. El año pasado realizaron un encuentro en Monte Carmelo, estado Lara, y allí se tomaron decisiones importantes: http://www.docuven.org.ve/video/178/Guardianes-de-Semillas

domingo, 26 de mayo de 2013

Alguna vez fuimos de maíz

De cómo el capitalismo nos arrebató lo que casi fue nuestra cultura.
Especie de complemento de aquel otro artículo: 
Puerde leerse también en la revista Épale Ccs Nro 31 http://www.ciudadccs.org.ve/?cat=430


A finales de 2011 visité el Complejo Agroindustrial José Inacio Abreu e Lima, allá en Anzoátegui. Trabajaba entonces para el Instituto Nacional de Desarrollo Rural, y se suponía que había buenas noticias para difundir; por ejemplo, que estaban por cosecharse las primeras 12 mil hectáreas de soya, una leguminosa que no es de por estos lados (tranquilos: el mango y el arroz tampoco lo son y la gente los cree o los considera autóctonos, nomás porque caen bien).
Bastante se ha hablado sobre la devastación de los frágiles suelos de la mesa de Guanipa. También sobre el dato insólito de que en pocos años ya no serán 12 mil sino 32 mil las hectáreas de soya por sembrar (por cierto que le conté esto a un brasileño, y el hombre, después de mirarme con lástima, se me rió en la cara: en su país ya rebasaron el millón de hectáreas de sembradíos).
Así que, morboso y malintencionado como me criaron, comencé a fijarme en otra dimensión del fenómeno: el dato sociocultural adjunto al hecho económico-productivo. Como es de esperarse, en ese complejísimo complejo trabajan personas que, en su mayoría, viven cerca de las instalaciones. Muchas de esas personas pertenecen al pueblo kariña, y uno las ve allí desempeñando labores de vigilancia, limpieza; algunos son operadores de maquinaria. Allí están, orgullosos de sus uniformes, de sus carnets, de sus radios transmisores; agradecidos por su sueldo y sus cestatiquets. Muchos no hacen en todo el día más que mirar la inmensidad en busca de alguna eventualidad que casi nunca se produce, y eso está bien: de alguna manera hay que pagarles a los pueblos originarios el genocidio de siglos.
El momento culminante de la observación sobreviene cuando uno de los compañeros del complejo me informa, todavía más orgulloso que los hermanos kariña, que en esos días unos técnicos del Ministerio de Agricultura y Tierras iban a comenzar a dictar en las comunidades cercanas un taller de cultivo de yuca. Había que hacer una nota de prensa sobre eso.
Los chistes, cuando son malos, hay que explicarlos. Y este chiste es espantosamente cruel, amargo, repulsivo, desesperadamente grave: muy rejodida tiene que haber quedado una cultura; muy desmoralizado y neutralizado tiene que estar un pueblo; muy hondo tiene que estar sepultado el cadáver de un país, para que hayamos llegado al punto en que unos técnicos caraqueños les enseñen a los inventores del casabe cómo se siembra y se cosecha una mata de yuca.

Hablando de yuca

Ese caso es actual y es una muestra microscópica, una maqueta muy pequeña, de cómo nos enyucó el capitalismo como pueblo y como cultura, hasta llegar al momento inaceptable, triste y miserable en que un hijo de la gran puta, el habitante más multimillonario de Venezuela, genere pánico y desasosiego con sólo dar la orden de no distribuir en los puntos de venta la harina pan.
Explicación del chiste: un coñoemadre que en su perra vida habrá tocado una maldita mazorca de maíz, nos ha hecho creer a nosotros, los inventores de la arepa, que sin la harina inorgánica esa que mientan “precocida” nos moriremos de hambre. El disparate tiene su origen en un crimen originario, que fue separarnos del país que estábamos a punto de ser, y empujarnos a la imitación forzosa de un país industrial, urbano y cosmopolita que nunca seremos. Puede que echándole mucha bola y sacrificando mucha dignidad a ratos parezcamos neoyorkinos o parisienses, pero nosotros no somos parisienses ni neoyorkinos sino una caricatura de esas ciudadanías. Nosotros teníamos un país apegado a la tierra, a unas tradiciones, muchas de ellas españolas pero por cierto bastante nobles y tiernas, porque estaban dirigidas al vivir y no al enriquecer a un explotador; teníamos un país en el que la gente no tenía vergüenza de sembrar unas matas, levantar una casa y coser unas ropas, pero cuando estalló el boom petrolero y la orden de los dueños de nuestro petróleo fue emigrar en masa hacia las grandes ciudades y convertirnos en urbanos, empezaron a darnos asco todas esas cosas.
En 1929 se publicó una novela llamada “Doña Bárbara”, obra cuya metáfora esencial se nos ha impuesto como emblema de la venezolanidad: hay un ser salvaje por derrotar (el campesino feo, jediondo a humo y a monte, a sudor) y un Santos Luzardo que lo domina (el caraqueño blanco, bien vestido y mejor hablado que no olía a sudor sino a perfume) a punta de civilización y buenos modales. Menos de veinte años después Caracas pasó de 300 mil a un millón de habitantes.
El citadino de los años 40 todavía era un campesino pero estaba aprendiendo a vivir conforme a las normas y el ritmo de la ciudad; de esa época data la aparición en el habla popular de dos dichos lamentables: “Aquí, jodido pero en Caracas” y “Caracas es Caracas y lo demás es monte y culebra”. Entre la Doña Bárbara de Rómulo Gallegos y la Venezuela protourbana de Medina Angarita un Luis Caballero Mejías inventó la fórmula de la harina precocida de maíz, y a los pocos años el derecho de masificar y explotar esta fórmula pasó a las manos de la familia de Lorenzo Mendoza. El negocio del año: cómo hacer desaparecer los vestigios de ruralidad para adaptarse a las necesidades del capitalismo industrial y comercial.

La arepa que no es arepa

Muchos venezolanos, más ingenuos que desinformados, creen que comiéndose una arepa en una arepera en lugar de una hamburguesa en cualquier hamburguesería les están siendo fieles de alguna manera a lo venezolano. Pero el éxito de la harina precocida de maíz es de la misma índole que el de la hamburguesa: ambas son fórmulas que no le sirven a la gente sino al capitalismo.
En los años 30 del siglo XX, cuando a los genios de Roosevelt se les ocurrió la idea de preñar de rascacielos a Nueva York y otras ciudades para sacar a EEUU de la Gran Depresión (ser esclavo albañil se puso de moda, pues miles de hombres desempleados se lanzaban a la aventura de pegar bloques, vigas y cabillas por un sueldo miserable, mientras creaban megalópolis de concreto armado) cobró auge el objeto-alimento más exitoso de la centuria: el famoso emparedado, un truco tan sencillo como meter la comida dentro de un pan para efectos de la comodidad y el no tener que bajar 70 pisos de andamios para sentarse a comer (o evitar caerse por andar manipulando platos, cubiertos y vasos en esas altitudes).
Mientras el acto de nombrar al emparedado (o sándwich o hamburguesa) obliga al honesto y correctísimo hecho de referirse al bojote completo, es decir, al pan y a lo que lleva adentro, con la “arepa” de harina precocida se nos ha empujado a una cándida y a la vez monstruosa trampa: uno dice “voy a comerme una arepa”, pero en realidad nadie va a una arepera pensando en zamparse la arepa sola. La arepa pelá y la arepa de maíz pilado sí fueron el bocado nacional por antonomasia y sí puede comerse sin relleno alguno, porque son de maíz y saben a maíz. Pero la arepa de harina precocida no sabe a nada, así que hay que rellenarla con algo que le dé gusto y sentido. Contra lo que dice Empresas Polar, la arepa de harina precocida no es el plato nacional, la vedette de nuestra mesa, la novia esplendorosa, sino de vaina la muchachita que va a tras sosteniéndole el velo.
Hace poco tuve una revelación en una casa en el asentamiento campesino La Chigüira, en Barinas. Después que hubimos comido la gente de la casa trajo el postre; era un plato con tres arepas para compartir entre seis personas. Estaban frías, pero mi media arepa me supo a gloria: por primera vez en mucho tiempo me estaba comiendo media arepa de verdad. Los anfitriones de esa casa (Juancho, Laura) son colombianos.

¿A quién le sirve una “arepa” así?

Lo que llaman “comida rápida” tiene la sospechosa virtud de ahorrarnos tiempo y esfuerzo, y ese es el mismo concepto que se le explota a la harina precocida. ¿A quién se le ahorra tiempo? ¿A usted? Póngase a ver: usted ya no tiene que sembrar, cosechar, sancochar, moler o pilar y amasar el maíz, pero ese tiempo que se ahorra no lo está invirtiendo en usted sino en cumplir con el requisito de la puntualidad. El signo distintivo de la gente que sobrevive en capitalismo es la rapidez; cuando usted sale a las 12 y regresa a la 1:30 se siente satisfecho, no de haber almorzado sino de haberlo hecho antes de que el aparato o persona que le vigila el horario empiece a decir que usted es un irresponsable. Como “el trabajo dignifica” y ser vago es una mancha horrorosa en su biografía usted termina dándole más importancia al trabajar que al comer.
Pero el capitalismo ya pensó en eso y no va a permitir que usted se angustie: para eso creó la vianda o lonchera, ese ataúd contentivo de la “comida” que usted hizo a los coñazos la noche anterior o el fin de semana, y que, como a cualquier cadáver, la saca del congelador al crematorio (el horno microondas) y de ahí a la triste mesa dentro de la oficina, de donde no saldrá para evitar llegar tarde. ¿Y en la casa, qué? ¿Y mi arepita casera? Ahí tiene el tostiarepa, un artefacto diseñado para que ni siquiera tenga que tomarse el trabajo de acariciar la masa y de lubricar el budare.
Cierto que todos o casi todos terminamos aceptando y naturalizando este ritual inhumano y vejatorio; una sociedad que le da más importancia a la puntualidad en el trabajo que a la comida es una sociedad de esclavos. ¿Usted de verdad necesita esa forma de vida? No: la necesita la empresa, ministerio, fábrica o maquila donde le exprimen su fuerza de trabajo.

El resto del crimen

El crimen que nos despojó de nuestra cultura en formación tiene muchos rastros y señales; la clave gastronómica es apenas una de ellas. Así como los agroindustriales nos convencieron de que el conuco es prehistórico, cochino, chabacano e indigno, esas y otras hegemonías nos han inculcado el asco, el desprecio y el temor a las casas de barro (para vendernos cemento), a la caza y la pesca como cultura cinegética (para vendernos carne de vaca), a la posibilidad de hacer con nuestras manos lo que en capitalismo se compra ya hecho (por esclavos y para esclavos). Y así, nos enseñaron también a detestar nuestros olores corporales (oler a ser humano es oler a mierda: usa jabón y desodorante), nuestro color (tintes, maquillajes), nuestra forma de hablar (diccionarios, cursos y policías del lenguaje “correcto” como lo habla y escribe una élite de españoles de academia), nuestra música.
Cuando Chávez propuso llenar las azoteas de los edificios de sembradíos y gallineros verticales la reacción generalizada fue de asco, risa y pena ajena, porque para unos seudocosmopolitas acostumbrados a la sifrina idea de que sólo se puede ser gente si se es profesional o intelectual, está bien el orden que divide a la humanidad en esclavos (pobres), amos (ricos) y parásitos (clase media). ¿Para qué enseñar a mi hijo a hacer casas si ya hay niños de su edad, hijos de esclavos albañiles, que se la harán en el futuro? ¿Para qué enseñarlo a sembrar si ya hay hijos de campesinos condenados a no saber hacer otra cosa sino regar unas plantas de las que no van a comer porque le pertenecen a la agroindustria? ¿Para qué enseñar a mis hijos a hacer una mesa o silla o casa si esas cosas ya las venden hechas, y de polietileno? ¿Para qué enseñarles a hacer zapatos o pantalones, si cuando sean profesionales van a poder ir a tiendas renombradas? ¿Para qué enseñarles a tocar un cuatro o una bandola si por una módica suma aportada por el Estado puede aprender a tocar violín o corno francés, cosa que da más caché y es más currrrta que andar tocando tambores?
De esto, y no de otra cosa, está hecha la afrenta del empresario bobo (uno llama “bobos” a quienes nos someten y nos aplastan a nosotros los vivos, y de paso se enriquecen con ello, ustedes me entienden) que nos convenció de que la comida sólo es comida si se compra y se vende masivamente.

lunes, 10 de septiembre de 2012

Historia de una gente, una laguna y unas cachamas

  • Esto es una bofetada para quienes todavía no creen que en Venezuela hay una Revolución, o que no hay experiencias revolucionarias que mostrar. Y es también una sacudida ligeramente más cordial a quienes creen que sólo se puede ser anarquista leyendo a Bakunin, Proudhom y todo ese cementerio de europeos empaquetados en libros. El cuento revuelca por el piso algunos mitos que tienen que ver con la cría de cachamas. Según los sabios (académicos, tecnócratas, biólogos y demás etcéteras) en la materia, no se puede reproducir ni criar esos peces sino mediante una inversión millonaria, un método y una tecnología sofisticadísimas que sólo conocen los graduados en universidades y tal. Ya veremos qué están haciendo al respecto este montón de campesinos y soñadores.


¿Ustedes son arrechos?


La comunidad se llama El Zancudo. Queda en Apurito, municipio Achaguas del estado Apure. Allí viven 120 familias; unas 450 personas. Frente al núcleo más grande de casas de esa comunidad hay un préstamo (esos huecos enormes que dejaron las maquinarias al construir las carreteras llaneras, y que con el tiempo se llenaron de agua y se convirtieron en lagunas). Con los años esa laguna se fue cubriendo de vegetación y hacia 2010 ya casi no se veía el agua debajo de la capa vegetal. Los habitantes de vez en cuando limpiaban una parte de esa laguna y los muchachos se metían ahí para bañarse. Esa la única utilidad que le daba la gente de El Zancudo a ese "charco".
Hasta que Walter pasó por Apure y se encontró con Pedro Nieves, uno de los jóvenes que activan políticamente en El Zancudo. Pedro le contó de esa laguna, y le informó a Walter que había diez más en todo el caserío. Entonces Walter le dijo a Pedro:

--Dime algo. ¿Ustedes son arrechos?
--¿Cómo?
--Necesito saber si esta comunidad es arrecha. ¿La gente de aquí es capaz de echarle bolas a un proyecto comunitario?
--Claro que sí (Pedro, picao, no podía responder de otra forma).
--Bueno, vamos a hacer un trato: limpien esa laguna y yo les regalo unos peces para que los críen.

En dos meses la gente de El Zancudo cumplió con lo de la limpieza de la laguna y empezó a meterle presión a Walter para que llevara los pescados. "Epa, pero ya va: hay que esperar el ciclo de reproducción de las cachamas".
Hagamos un paréntesis para presentarles a Walter. Pero por favor, después de enterarse del factor Walter regrese al cuento de El Zancudo, que es más complejo y hermoso de lo que aparenta.
Coño, qué fastidioso es Walter.

Gente que trabaja gratis


Walter Lanz es un agroecólogo de toda la vida; es esa clase de gente que se enamora de cuanto tema contracultural, proyecto raro, lucha de los pobres o acción antisistema se consigue en la carretera, y ha andado suficiente país y carretera como para estar enamorado y activo todo el tiempo. Hace unos años conoció a un tipo tan emprendedor y enamorado como él de la otra sociedad. Ese señor se llama Genaro Díaz y tiene en su casa de Aroa (Yaracuy) una especie de laboratorio donde reproduce y cría unos pescados gordos llamados cachamas. Este es el dato raro que hermanó a esos dos sujetos: Genaro se ha dedicado por años a ese esfuerzo, y su punto de honor es que los peces que reproduce no están a la venta: el hombre se los regala a las comunidades que estén dispuestas a criarlos. Gente que trabaja gratis.
Walter aprendió con Genaro la técnica de la reproducción de cachamas y entre ambos crearon algo llamado Escuela Popular de Piscicultura. Digo algo, porque eso no existe ni como figura jurídica ni como estructura ni como nada, sino apenas como concepto y acción: usted va, le dice o le demuestra a Genaro que tiene dónde meter unos peces y Genaro le regala tantos alevines (pescados jóvenes) como quepan con holgura en su laguna, charco o pote acondicionado. Precisamente en Genaro estaba pensando Walter cuando le formuló aquella provocación a la gente de El Zancudo. 
Luego volveremos con Walter para que nos explique por qué es tan importante y revolucionario el ensayo de El Zancudo; por qué las cachamas en manos de las comunidades se están convirtiendo en un arma de creación espeluznante que asusta a académicos, técnicos y tecnócratas, economistas y sabios de todo pelaje.

El chapuzón

Finalmente, en octubre  de 2011, la gente de la comunidad recibió los alevines y los metió en la laguna. Freddy Cortés, un habitante de El Zancudo, refiere un tropiezo que tuvieron a los pocos meses de depositados los alevines: “Nosotros no teníamos idea de cómo criar las cachamas. Un día los pescados empezaron a ‘boquear’, a salir a la superficie como buscando aire”. La razón era que esos peces necesitan que el agua esté en movimiento, porque si no les falta el oxígeno. Nadie por ahí cerca tenía una bomba de agua y mucho menos un aireador.

Walter les dijo por teléfono que tenían que poner el agua en movimiento, como fuera. Lo resolvieron con más alegría que técnica: llamaron a todo el que quisiera para darse un chapuzón en la laguna. Docenas de muchachos y adultos se metieron a bañarse y a retozar en el agua y con esta “técnica” ya no les faltó oxígeno a las cachamas, ni excusas a los muchachos para estar ahí metidos de cabeza cada vez que les provoque. A un lado del préstamo hay un samán gigante; desde sus ramas se lanzan los carajitos en permanente certamen de clavados.

Derrotado el capitalismo: no hizo falta comprar una bomba de agua ni algo tan sifrinamente sofisticado como un aireador para darles oxígeno a los peces.

Inversión: cero. Ganancia: 30 mil


Otro de los mitos que quedaron derribados en El Zancudo es el que refiere Luis Cardoza, otro habitante de El Zancudo. La pregunta del momento: "¿Dónde consiguieron el alimento para las cachamas?". La respuesta: "Les echamos restos de comida, frutas picadas como mango y guayaba, pepinillo; maíz, la planta pequeña de maíz y otras cosas".
Consultado Walter acerca de la producción, su costo y sus ganancias, dijo: "Esta comunidad derrotó esa visión que propone que sólo haciendo una gran inversión se puede obtener ganancias. Aquí la gente sin invertir un solo bolívar ha producido cerca de 30 mil bolívares; en esta laguna hay cerca de mil cachamas. Que vean los economistas qué hacen con este ejemplo".
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El pasado fin de semana hubo una singular fiesta en El Zancudo. Había gente de la comunidad, funcionarios de Insopesca, el INIA (Instituto Nacional de Investigaciones Agrícolas), la Corporación Venezolana de Alimentos (CVAL) y unos cuantos cantores. Pero el Walter (coño, qué fastidioso es Walter) se encargó también de que estuviera gente de otras comunidades que también están criando cachamas con métodos raros: la familia Gaviria (unos ocho coñitos de 3 a 17 años de los que hablaré en otra entrega; los venezolanos merecemos saber de estos muchachos campesinos de la sabana apureña), miembros de la primera promoción de Agroecólogos del IALA (Instituto Agroecológico "Paulo Freire"). Ellos hablaron de su experiencia en la crianza no convencional de cachamas. Dice Rubén Barráez: "Gente que le ha encontrado alternativas al uso del alimento concentrado, y les están inculcando a los niños en edad escolar el interés por la cría con métodos artesanales o agroecológicos".
También hubo una jornada de pesca: a anzuelazo limpio la gente sacó varios ejemplares de cachama. Sorpresa: se sacaron pescados de entre 800 gramos y 2 kilos 100 grs. Así que debe haber peces más grandes en esa laguna. Sin un solo gramo de alimento concentrado.




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Apéndice: lo que comemos y cómo lo producimos

Retazos de una conversa con Walter Lanz
En Venezuela andamos hablando desde hace unos pocos años de soberanía alimentaria, de la necesidad de producir los alimentos que consumimos o al menos de ser capaces de lograrlo. Uno de los obstáculos para lograr esto es la creencia generalizada de que la fuente ideal de proteína animal es la carne de bovinos (vacas, toros). Casi nadie se imagina una dieta o un mercadito familiar que no incluya unos kilos de carne bovina al mes; la competencia son el pollo (beneficiado y full de hormonas) y el cerdo (igual).
Cuando el Walter llegó a este punto del discurso lo interrumpí para decirle: "Sí, es una costumbre, un patrón cultural que nos incrustaron. Y eso es muy difícil de derrotar". El tipo me miró unos segundos y me dijo: "Marico, en Venezuela estamos comiendo carne de bovino desde hace un poco más de 200 años, pero antes de eso teníamos 7 mil años pescando y comiendo pescado".
***

En el estado Apure la producción de carne bovina alcanza en promedio los 40 kilos/hectárea/año. Con ese modelo se pretende consolidar la soberanía alimentaria. "Si llenamos de cachamas los cientos de préstamos del estado Apure, hasta alcanzar una superficie de una hectárea de espejo de agua, la producción sería de 300 kilos/hectárea/año: de 800% a 1.000% más que el modelo bovino". Usando otro tipo de alimentos se puede aumentar esa brecha a 3.000 ó 4.000 kilos/hectárea/año.
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¿Cómo se impuso el modelo de la producción y consumo de bovino? Los mecanismos son muchos, pero hay uno que se relaciona con la percepción impuesta de lo que es un hombre exitoso. Cuando uno pronuncia la palabra Pescador hay una imagen que viene sola a la mente: un sujeto pobre, probablemente un indígena, con el pantalón enrollado hasta la rodilla, tirando un anzuelo con carrete o una red para sacar pescado. Luego, uno pronuncia la palabra Ganadero y aparece un hombre rico, blanco, vestido con camisa a cuadros, bluejeans nuevos, un gran sombrero, una correa con una cabilla metálica impresionante y fumando un cigarro que seguramente es Marlboro. A mucha gente no le guste que asocien su imagen a la de un pobre pescador. Pero hay algo, que no hemos investigado pero las claves andan por ahí: cuando hay temporada de ribazón esos llanos se llenan de gente y es una gran fiesta, vienen cientos de personas a pescar. Esa información viene de muy adentro: ese impulso que nos lleva a vivir de lo que nos regala el agua es más profundo y humano que este mecanismo artificial, antinatural e insostenible que es la cría de ganado. Tras ese dato y esa huella ancestral deberíamos ir, si de verdad queremos lograr la soberanía alimentaria.
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Próximo atentado de la Escuela Popular de Piscicultura: la creación de un laboratorio móvil para la reproducción de cachamas. La tecnología en manos del pueblo: ya la gente no tendrá que esperar que le lleven los alevines: ellos/nosotros/ustedes mismos podemos hacer reproducciones de cachamas en laboratorios artesanales. A la mierda otro mito: el que nos hace creer que sólo se puede propiciar el nacimiento de larvas de pescado en laboratorios sofisticadísimos. ¿Cómo lo hacía la naturaleza antes que existieran los científicos? Ganas de joder...