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martes, 4 de agosto de 2015

Nosotros, los desechables

El capitalismo industrial produce, esencialmente, basura. Suavícese o humanícese la palabra (desechos, desperdicios) lo cierto es que la sociedad del "progreso" se las arregló para que todo en el planeta sea producido y usado en provecho de unos propietarios y luego arrojado a la naturaleza o a las calles.
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En la categoría "basura" que nos han impuesto entra todo lo que es susceptible de utilización y posterior desechado. Desechos: objetos de inmediata o más o menos prolongada obsolescencia, excluidos, ancianos jubilados, presos, enfermos, lumpen de todo pelaje, diletantes varios; animales en exhibición o abandonados, productos corporales, agua contaminada, escombros y cadáveres de la guerra; metales y sustancias tóxicas, espectáculos olvidables y decadentes.
Nos han acostumbrado a que todo tiene una "vida útil", y cuando no se consigue en el mercado entonces ya es basura y está mal visto seguir usándola. De ahí el bochorno de algunos lectores de un reciente artículo en esta página ( http://misionverdad.com/pais-adentro/como-y-donde-destruiremos-al-pais-de-mierda ), en el que hablaba en términos celebratorios de un muchacho que está perfeccionando una bomba de ariete con botellas de refrescos desechadas. Uno de esos lectores, estúpido por convicción, decía que eso era de marginales, que lo correcto era que ese muchacho trabajara, no con desechos sino con artefactos comprados a la industria (dónde mierda queda entonces el ingenio, cabría decirle, pero a ese pobre hombre ya lo perdimos como ser racional). 
Otro lector, con mejores intenciones, observaba que si seguimos promoviendo la cultura del reciclaje y la reutilización entonces va a llegar un momento en que esa cultura va a necesitar que el capitalismo siga produciendo basura. A esa sensata aunque incompleta visión del asunto es bueno proporcionarle algunos datros que probablemente el lector no tomó en cuenta.
Noventa por ciento por ciento de la "basura" doméstica y comercial, esa que uno ve normalmente en los containers, rellenos sanitarios y compactadoras; en los camiones y en las calles donde todavía no ha pasado el camión; en los lechos de los ríos, orillas de las playas, montañas, sabanas, océanos; noventa por ciento de esos objetos y materiales desechados está compuesto por envases (botellas, cajas, bolsas, cajones) de vidrio, plástico, papel, cartón, madera). Peculiaridad del capitalismo: se esmera en vendernos hasta el envase donde viene la mercancía (que también es basura).
Un recuento del año 2013 ( http://www.packaging.enfasis.com/articulos/65519-pet-el-ciclo-crecimiento-la-industria ) indica que América y Asia estaban en condiciones de producir y en efecto produjeron 23 mil toneladas de botellas plásticas para bebidas (botellas PET: polietilentereftalato), y el dato que le tenemos al lector es este: todas esas botellas ya existen. Cuando uno viaja por la carretera que lleva a las playas de Adícora y Buchuaco, rumbo al norte de esa península maravillosa aunque devastada que es Paraguaná, tiene la impresión de que la mayoría de esas botellas están ahí, esperando los 500 años de rigor para que se descompongan y se integren al suelo, así que ante esos y otros desechos masivos tiene uno tres opciones: 1) espera que se descompongan; 2) los incinera (y el daño a la atmósfera y a la capa de ozono sería irreversible); 3) los pone a ocupar más espacio en los rellenos sanitarios y vertederos de basura, lo cual es una manera muy elegante de ejecutar la opción 1; 4) toma una buena parte de es basura y construye con ella objetos utilitarios.
No hace falta que el capitalismo incremente la producción de basura: con la que ya produjo y que no desaparecerá tenemos para ponernos a trabajar, dejar la pereza y los prejuicios y lanzarnos a la aventura de hacer casas y otras obras que, según la muy conveniente visión del "progreso", sólo son viables si se hacen con cemento y otros productos industriales.
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Quien tiene incrustada en la mente la versión canónica del progreso cree que las cosas sólo tienen valor y son buenas si se consiguen en expendios, tienen una marca y vienen empaquetadas en envases (que luego irán a parar a la basura). Si usted anda por la calle recogiendo basura para tener con qué construirse una vivienda, un mueble u otro objeto usted está en una escala bajísima de la sociedad de consumo: usted es un indigente, alguien que en vez de comprar algo (porque no tiene con qué comprarlo, por ejemplo) va y lo hace con lo que los demás botan. Nada menos glamoroso y chic que una persona que anda echando ojo en los containers y acumulaciones de basura; lo correcto es que usted se asome en las vitrinas de los centros comerciales, en los mercados y en Amazon.
Clave importante: póngase a pensar qué tantas cosas está usted violentando, confrontando, cuestionando, discutiendo y abofeteando con sólo ponerse a pensar qué hacer con esas botellas de vidrio que recogió del pote de la basura en la licorería. No tengo respuestas al respecto, sólo esa pregunta.
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Decíamos por allá arriba que la sociedad del progreso capitalista industrial ha convertido el desechar en una de sus misiones fundamentales, y que a esa lógica que todo lo exprime para después ser defecado no escapamos nosotros, los seres humanos. Uno de los rituales más asquerosos y humillantes de la sociedad del progreso es la que jubila a las personas cuando apenas alcanzan o despuntan los 60 años de edad. La jubilación se les "vende" a los trabajadores como si fuera un regalo, un reconocimiento del Estado o la empresa para que esa persona que se acostumbró por décadas a ejercer una función se vaya a su casa, presuntamente a "descansar".
En la vida real, el mensaje intrínseco que recibe un jubilado cuando se le ordena que se largue a su casa, a su rancho o al coñísimo, es que ya cumplió su período de "vida útil" y entonces ahora se le está dando el mismo tratamiento que a las botellas de plástico: ya me serviste, ahora te lanzo al Guaire del olvido y del adiós, viejo güevón.
A causa de esto puede verse en las ciudades el espectáculo insólito y triste de unos "ancianos" humildes de 60-65 años, deprimidos, súbitamente enfermos y solitarios; seres entregados al ocio improductivo, al alcohol o al ostracismo, destruidos en su autoestima porque el sistema le está indicando que si no llegó a patrón o a dueño no sirve para nada. Pero también se encuentra uno con casos maravillosos y extraordinarios, sobre todo en los campos, de personas que están activas y esplendorosas en su fuerza física y mental porque tal vez fueron utilizadas por explotadores pero nunca se jubilaron de la vida: del trabajo para sí mismos, de la labor con las manos, del moverse y caminar así sea para disfrutar del aire puro y sembrar y cuidar alguna mata.
El caso más extremo que conozco se llama José Rondón, un joven del páramo merideño, de 99 años de edad, que comenzó a hacer su casa con objetos desechados (madera, botellas, arcilla, cortezas de árboles) cuando tenía 70 y cuyo plan maestro es dedicarle todas sus energías diariamente a esa casa-experimento. Siempre hay algo que hacer en su casa, siempre se le puede ver así sea clavando un clavo, y enseñándoles a los jóvenes que una casa se puede construir con lo que sea y no sólo con lo que venden las ferreterías.
Una vez le pregunté cuándo pensaba terminar la casa. Me respondió: "Nunca. Porque el día que sienta que ya está terminada, ese día me muero".
Moraleja: reutilizar materiales y reutilizar nuestra vida es una buena opción. Que los años finales no nos sorprendan en el geriátrico u otro depósito de gente desechada. Y que para usar los materiales disponibles no tengamos que seguir enriqueciendo a la industria.

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viernes, 7 de junio de 2013

El pico

El pico es probablemente el implemento más importante al que acudimos los hombres en estos lados del mundo. Sobre todo en sus facetas metafóricas: el instrumento de trabajo no es usado por tanta gente, así que el pico dejó de ser sólo ese poderoso aparato para perforar, arrastrar, desgarrar y partir, y ha alcanzado la categoría de elemento sicológico asociado al dominio, al poder, a la posesión, a la fuerza y a la inteligencia; a la lucha (cuerpo físico) y también al ajedrez (elaboración mental de estrategias).
Contra lo que pudiera sugerir el pensamiento más directo o simple (y también el idioma: “machete” parece un anuncio, apodo o maqueta de “macho”) no es el machete sino el pico el instrumento que sintetiza las aptitudes de la hombría, entendida ésta en su acepción machista: el ejercicio vital de los “hombres de verdad”.
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Traen su carga patriarcal el concepto "pico" y la explosión de símbolos alrededor. Esto tal vez provenga del hecho de que el pico se llame como se llama. Que se utilice para ciertas cosas el nombre de la protuberancia que tienen las aves en la boca marcó de significados viriles a la simple pieza de hierro, porque el ser humano, en sus modalidades rurales y urbanas, se la pasa imitando, prefigurando o intuyendo a los pájaros en muchas de sus manifestaciones cotidianas.
Gallos se les llama a los aguerridos peleadores y gallina a los cobardes (llámase cobarde al tipo que no se atreve a pelear con otro); pico de oro y pico ‘e plata es el sujeto que tiene labia, seduce, convence, dirige, influye, manda y se impone: el poder se ejerce fundamentalmente con la palabra (la boca, que es el pico), no hay don de mando sin voz recia. Por eso la conmoción general cuando el comandante Chávez salió del quirófano sin poder hablar (mandar).
En sus connotaciones sexuales también hay un despliegue de aves y sus partes corporales. La cinematografía que formó sentimental o emocionalmente a nuestra generación y a la de nuestros padres (la mexicana) está llena de gavilanes, gallos y palomas. No hay nada más parecido al breve y violento cortejo de los gallos sobre las gallinas que ciertos bailes como el joropo llanero, los tambores y la danza wayúu; el grito altanero con que suele empezar la canta de los copleros imita el grito madrugador del gallo que quiere dejar constancia de su señorío sobre los pollos y las pollas de los alrededores. Picaflor es el hombre que anda cogiendo hembras por todos lados y del hombre afeminado se dice que suelta las plumas. El viejo José Rondón, montañés de 97 años que todavía se entusiasma al ver a alguna hembra vistosa, dice de su capacidad para “cumplirle” a una mujer: “Los gallos finos de pelea lo que no pueden hacer con la espuela lo hacen con el pico”.
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Usar el pico para convencer es el acto diametralmente opuesto al “echar pico y pala”. Así como es celebrado el hablar mucho y sabroso hay un límite difuso que convierte esa práctica en despreciable: al que habla mucha paja provoca partirle el pico. Cuando el parlanchín no sabe hacer otra cosa en la vida y permite que se le note queda reducido a su vergonzoso nivel: no hace nada, es un hablador de paja. El hablar y hablar y hablar sin sustancia es inorgánico e inferior frente al hacer. La gente que hace es o debería ser más importante que la que sólo habla.
Echar pico y pala: expresión genérica que designa el hacer un trabajo manual duro, casi siempre de agricultores y albañiles. Recuerdo las amargas recomendaciones de mi viejo: “Estudie para que no tenga que ganarse el pan echando pico y pala”. Aunque ese y otros millones de seres humanos se levantaron a sí mismos y a sus familias haciendo trabajos pesados y dicen estar orgullosos de esa hazaña, la verdad es que nuestra sociedad se ha construido sobre un sustrato muy hondo de desprecio hacia los obreros y campesinos, de quienes el hombre de oficina, el que hace trabajo intelectual o el entregado al ocio improductivo suelen decir que son brutos, malolientes y primitivos.
Es muy fácil que ese desprecio se convierta en autodesprecio, aunque también hay un dato animal formidable, que reivindica y levanta la moral del trabajador manual. Lea el siguiente testimonio, invalorable credo de hembritud. Es una gallarda y romántica confesión, contentiva de cosas que uno sabe o sospecha sobre el pensar y el sentir femeninos, pero que es muy estimulante leerlo escrito o dicho por  una mujer:
Así que el pico metafórico del que tiene labia, domina y conmueve es al mismo tiempo premonición del pico físico, del utensilio de trabajo tosco y potente: ese hierro se hizo para llevar a cabo en la vida real algo que los aficionados al revoloteo metafísico dicen que sólo se hace con algo que llaman fe: el pico mueve montañas. Literalmente: las carreteras del país, muchas casas, plantaciones y ciudades no hubieran podido construirse sin que el pico de verdad hubiera entrado en acción. El pico destroza el suelo ancestral, resquebraja la piedra; la pala mueve para otra parte los restos devastados de esos trozos heridos de planeta.
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Enamorado como estoy de un pedazo de montaña barinesa, esa zona mágica donde el llano empieza a desaparecer y se convierte en Los Andes, quise convertirme en custodio y habitante de un pedazo de terreno. No es tan directo el trámite. Tuve que fajarme a contarle al Consejo Comunal qué pensaba hacer con esa parcela. Hablarles de lo que pienso sobre la siembra sin veneno, del cuido del bosque y el río, de las casas orgánicas hechas con el mismo material con que fuimos fabricados nosotros (barro). También les hablé de lo que puede hacerse con un poco de ganas de comunicar noticias e historias (les hice un facsímil de una especie de boletín que esa comunidad puede hacer si se lo propone y me dejan explicarles cómo).
Tras unas buenas sesiones de poner a funcionar el pico y de escuchar las réplicas de un vocero de lujo, que me da clases a mí y a cualquiera en eso del palabreo inclemente (vaya: ese Consejo Comunal tiene entre sus voceros a Rafael Martínez, “El Cazador Novato”) me han concedido el privilegio de formar parte de la comunidad. No sé qué cataclismo tendrá que ocurrir para que algo me empuje a irme de ese territorio maravilloso. Y sí: me siento propietario, vicio humano de los que crecimos en capitalismo. Siento haber dado con eso que llaman “el pedazo de tierra para caerse muerto”. Pero antes de que ello ocurra viviré. No sólo existiré (que es lo que uno hace en las grandes ciudades), sino que me lanzaré a vivir.
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Todo lo anterior, porque la primera herramienta que he comprado expresamente para la primera faena que viene (replantear un terreno, terracear, preparar el lugar donde estará la casa) ha sido un pico. Las heridas que me ha dejado en las manos la primera jornada de entrarle a la tierra son hondas y dolorosas. Tengo un triste orgullo de esas heridas; hubiera querido ahorrarme muchos de los placeres fatuos de la juventud, esos premios por haber puesto a andar el pico metafórico, y haber invertido más tiempo y esfuerzo en las heridas corporales que deja el pico de levantar casas y conucos.

sábado, 24 de septiembre de 2011

Las casas de ahora; las casas que vienen

La vivienda se convirtió en un problema por los mismos motivos que convirtieron en problemas a la alimentación, la recreación y la fabricación de bienes.
Nota para distraídos: no he dicho que los problemas sean la falta de viviendas, de alimentos, de opciones para el solaz o de objetos útiles. La insinuación que queda en el aire es el objeto de estas reflexiones, producto de conversas con gente que vive haceres orgánicos: en el capitalismo la vivienda es un problema porque el tipo de relaciones humanas que produce viviendas (y alimentos, y diversión, y objetos) en este sistema es perverso y criminal.


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Ningún individuo o familia humana puede vivir tranquilamente y sin sobresaltos en una vivienda capitalista, ya que ésta fue hecha por esclavos, por hombres atormentados, rabiosos, frustrados en las aspiraciones elementales de su vida. Los obreros que construyen las casas de este sistema por lo general viven en ranchos lamentables e insalubres, y no hay casi nada que agregar a la letra de aquella canción titulada “Juan Albañil”. El modo de producción capitalista ha “organizado” de tal manera sus dinámicas que no parece haber forma de escapar a lo que impone una vergonzosa división social del trabajo. La frase o idea: “El ser humano construye sus viviendas” se ha pervertido hasta convertirse en rigurosa mentira, porque la verdad es que una clase social esclavizada, excluida, expoliada, humillada y triturada le hace las casas a sujetos y familias que ganaron o ganan la plata suficiente para pagarlas, pero a cambio perdieron la capacidad de hacer cosas con las manos.
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¿Cuál es el origen de esta perversión y de cuándo data? Es muy antiguo, sí; lo colosal de Fenicia, Egipto, Grecia y Roma es obra de esclavos. Pero en el siglo XIX, el de la revolución sicópata que fue la Industrial, hay que buscar las claves y elementos que masificaron y multiplicaron lo munstruoso a escala planetaria: el perfeccionamiento del cemento y su mutación en hormigón o concreto armado. Y más tarde, en el XX, la apoteosis del acero y el asfalto.


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El fenómeno de la quimera del cosmopolitismo de las grandes masas, hijo directo de la conversión del ser rural en ser urbano, arrastra otro tipo de desajustes afines: cuando se entra en la fase del aburguesamiento ya casi nadie quiere ser campesino, sembrar y cosechar alimentos, ensuciarse las manos, sudar a causa del trabajo físico. Quien no quiere ser profesional o patrón y dueño de la vida de gente esclavizada quiere ingresar en una categoría insólita: el “trabajo intelectual". Hay unos personajes que trabajan con las manos; hay otros, que se sienten superiores y consideran deleznables a aquéllos, y dicen "trabajar" con el cerebro. Unos construyen la sociedad mientras otros, que se dicen intelectuales (de izquierda o derecha, da lo mismo), sueñan otra: no-te-lle-vo-na-da.
De modo que ¿para qué voy a producir alimentos si se eso se encargan esos seres primitivos (el campesinado o lo que queda de él) que lo hacen por mí, y esos otros seres inferiores que los traen en camiones hasta el supermercado? ¿Para qué hacer mi casa si hay tanto obrero que las hace en serie por un sueldo miserable? ¿Para qué enseñarle a mi hijo cómo hacer una casa si cuando yo muera heredará el apartamento que compré? ¿Por qué decirle a mi hijo que es importante que haga su casa, si para eso él estudia (será un profesional de clase media y no necesitará ensuciarse las manos) y mientras tanto los esclavos de hoy también tienen hijos que harán las casas capitalistas del futuro?
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A principios de (2011) trabajé o intenté trabajar en un refugio para damnificados. En los sótanos del canal Venezolana de Televisión vivían entonces 52 familias (180 personas) a las que el Gobierno les garantizaba camas, espacios para cocinar y lavar y algunas actividades recreativas. Algunas de esas personas trabajaban y otras permanecían allí a la espera de una respuesta de las autoridades. Los compas encargados de organizar a esas personas hicieron un censo para obtener información básica sobre su condición socioeconómica. Ese censo arrojó varios resultados insólitos; de ellos, el que nos concierne reveló que, de 84 hombres, 57 afirmaron ser albañiles o ayudantes de albañilería. Ninguno de ellos fue convocado para que trabajara en la construcción de sus respectivas casas. Los esclavos que han dado forma e infraestructura a Caracas permanecen descansando en una cama mientras otros esclavos les hacen sus viviendas. El colmo de la estupidez. Una estupidez tan trágica que le congela a uno la risa en la boca.
Hacia el mes de marzo fui con varios de estos compatriotas al lugar donde perdieron sus viviendas (sector Macayapa, Lídice, Caracas) y que quedó devastado por sucesivas lluvias y derrumbes. Allí entrevistamos a varias personas que se negaban abandonar la zona. Un señor llamado Ender, colombiano, aportó ciertos datos también escalofriantes. La casa donde “vive” consiste en tres láminas de zinc; la cuarta pared era la ladera de un cerro que ya debe haberse venido abajo. Su oficio: la albañilería. Cada mañana tiene que bajar de ese escenario de guerra, tomar una camioneta hasta el metro. El tren lo dejará en una parada para tomar otra camioneta, que lo llevará hasta una quinta lujosa en Macaracuay.
Así transcurre un día en la “vida” de Ender, quien por cierto anda cerca de los 60 años: él ocupa de 8 horas diarias remodelando una casa ajena, más las dos horas que gasta en el transporte de ida y dos más en el de regreso. Son 12 horas invertidas en embellecerle la casa a un rico; si tiene “suerte” y consigue que lo contraten gastará la misma cantidad de tiempo y energía construyendo alguna casa o edificio nuevos. Ender debe además dormir unas siete horas porque al día siguiente continúa la faena: van 19 horas. Le quedan cinco horas del día para hacer algo más, y ya veremos si ese algo es importante: comprar alimentos, hablar con sus hijos y sus panas, hacerle el amor a su mujer, entretenerse, REPARAR SU PROPIA CASA. Y ya vendrán los adoradores de las letras y los libros y el “saber” académico, los que se hicieron “socialistas” a punta de leer y navegar por internet, a exigirle que lea un libro, que haga activismo a favor de un partido político, que fije posición sobre el país y sobre Libia, que vaya a una marcha o que integre un consejo comunal.



Sin ir más hondo en la vida personal de este caballero, le preguntamos si no le parece que algo anda mal con eso de invertir más energía en la mansión de un rico que en la suya propia. Quisimos provocarlo con la paradoja espantosa de que un albañil viva en una barraca porque no tiene tiempo para reconstruirla, o para mudarse a otro lugar y construir un espacio digno (porque ese de Macayapa de todas formas iba a derrumbarse o ya se derrumbó). Respondió: “Pero para hacer eso necesito reunir unos reales para comprar material”. La pregunta siguiente iba a ser: “¿Y cuánto dinero puede acumular usted?”, pero ya eso hubiera sido una falta de respeto.
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En esta fase angustiosa y terminal del capitalismo la vivienda y lo demás son problemas porque ya el ser humano no piensa en satisfacer necesidades reales SUYAS, sino en cubrir necesidades del capital y de su espacio territorial por excelencia: la megalópolis, la urbe, la gran ciudad. Ninguna persona tiene la necesidad real de vivir en una ciudad monstruosa donde no hay convivencia sino competencia entre millones de seres humanos. Ese estado de cosas sólo le viene bien al capitalismo, y por supuesto a sus beneficiarios: el amo, el vendedor, el que se hace rico con las ansias de consumo de millones de esclavos apretados en un campo de concentración.
¿Soluciones o propuestas? Las hay por montones, pero el fantasma que empuja a la gente a despreciar el campo y a volverse un cosmopolita o su caricatura termina por ver estas experiencias como hechos marginales y sin vocación propagadora. Entre las que conozco me han entusiasmado el proyecto o concepto “Poblados Integrales” de Los Cayapos y El Arca de José. El primero es una propuesta de poblado de unos pocos grupos o familias (con la idea de que se multiplique en varias experiencias) autogestionario y cuestionador del capitalismo y sus mecánicas. Un poblado donde la gente genere alimentos, discusión política, espacios propios para la formación (para lo cual tiene que ponerse al margen del sistema educativo tradicional, fábrica de burgueses y esclavos por antonomasia) y que reinvente las formas de organización para el trabajo y el entretenimiento. Las casas son de barro y materiales desechados por el capitalismo; los constructores son gente sin complejos ni pruritos burgueses: usted debe hacer una casa así sea médico, ingeniero o indigente, y esa casa no la heredarán sus hijos, porque éstos participarán en su construcción y por lo tanto ya tendrán en la mente y el cuerpo la información necesaria para construir la suya propia después, con su gente cercana. Con sus hijos (los nietos de usted), que en el siglo XXII harán otras casas con esos muchachos y muchachas que todavía no han nacido.
Y la segunda propuesta, quizá menos colectivista pero igualmente revolucionaria, es el hombre-casa que mantiene vivo y activo a José Rondón para desafiar unas cuantas “verdades” establecidas acerca del ser humano y su vida útil. Rondón comenzó a hacer esa casa a la edad de 64 años, ya tiene 95 (en 2011) y decidió que no dejará de construirla nunca. Es decir, trabajará en ella hasta el último día de su vida. El Cayapo ha dicho al respecto que es una decisión anticapitalista porque “en las grandes ciudades las personas mayores se jubilan cuando dejan de producirle al sistema; en cambio, en el campo muchos viejos entienden naturalmente que nadie se jubila de la vida”.







Una interesante trampa para ganarle a la vejez entendida como fase en que el ser humano se vuelve inútil: si en lugar de empezar a hacer una casa para no terminar nunca de hacerla José la hubiera construido con el criterio de culminarla para echarse a morir en una cama, el tipo ya hubiera muerto o estaría permanentemente acostado y convertido en un anciano inmóvil (casi un cuerpo inerte).
En la síntesis o combinación de esas dos propuestas puede encontrarse el posible germen de una tarea decisiva: empezar a soñar y a construir la otra forma de convivencia, esa donde en lugar de exigirle al gobierno o a las empresas que nos regalen viviendas o nos den créditos para seguir alimentando al capital se nos convierta en costumbre el acto noble de hacer casas (y otras cosas) con nuestras manos.
La tarea nuestra (y hablo de este ser nómada, más testigo que protagonista de estas experiencias) es masificar el conocimiento y discusión de estas experiencias. Tratar de que sean objeto de análisis, práctica y enriquecimiento por parte de mucha gente. Cuando se me ocurra otra la abordaré con mucho gusto.







domingo, 25 de abril de 2010

Instrucciones para ahorrar energía

Esta es de José Rondón, el compa nonagenario del Arca de José, singular casa-proyecto de vida allá en el páramo.
Al hombre lo tropezó un carro hace un par de meses y le fracturó un brazo. José se siente cansado, dice que sabe que es un anciano y necesita ciertas comodidades. "Yo siempre he vivido al ritmo de mi edad", dice. "La habitación que tengo ahora para dormir ya me está quedando incómoda: tengo que subir 21 escalones para llegar allá arriba. Voy a hacer una nueva habitación en donde está aquel balcón. Hasta ahí sólo tengo que subir 6 escalones".
"Será distinta a todas las demás habitaciones que han visto en la casa. Si quieren se vienen para enseñarles esa técnica, cómo trabajar con esos materiales".
Ya lo sabe: si siente que llegó la vejez y se siente cansado, construya una habitación donde pueda llegarle con más comodidad. Eso es adorar el descanso.

martes, 17 de noviembre de 2009

José Rondón: La casa del hombre

Clic en cada foto para verlas más grandes.

Si por “joven” definimos a un ser humano en la plenitud de su vigor físico y mental; a alguien que está pensando en el futuro y trabajando para que éste le sea más soportable a la humanidad; a alguien que está en el momento más formidable de su aporte de ideas y acciones de avanzada (revolucionarias); si un joven es alguien cuya potencia te hace pensar: “Con diez carajos como éste le cambiamos el rumbo al país”, entonces el hombre más joven que conozco tiene 93 años. Se llama José Rondón y vive en un recodo de los páramos merideños.

Tiene una casa que se parece a él (El Arca de José): aunque parece que ya está terminada, en realidad se encuentra en permanente construcción. Se trata de una vaina amorfa y gigantesca. Si uno la evalúa con los parámetros de armonía y belleza que nos impusieron desde niños, tendremos que decir que es fea. No hay nada allí que recuerde al ideal de casa de campo o de residencia por el que los privilegiados pagan millones. Pero hay ciertos datos mágicos que hacen de esa casa un asunto superior: uno, que está hecha por un hombre que la está haciendo con amor y entrega, no por esclavos que trabajan por comida o plata; dos, que gracias a la alquimia de la construcción alternativa usted nunca morirá allí de frío a pesar de estar en medio de un valle donde el viento helado sopla en serio; y tres, que al llegar al lugar José le advierte sobre algunas reglas del lugar. “La condición para estar aquí es que usted se apodere del lugar. Esto es de mis amigos y mis amigos hacen aquí lo que quieran. Cuando viene gente me gusta que la visita sea una siembra de recuerdos. Si hay algo que me moleste yo no se lo voy a mandar a decir: yo se lo digo”.
El Arca de José fue hasta hace poco una posada, pero José decidió o descubrió que ya no estaba en condiciones de sostenerla como tal. “Una posada requiere de mucha energía y atención. A mí me gusta hacer las cosas bien, que la gente se sienta atendida y satisfecha. Ya no es un trabajo para mí, así que antes de desmejorar el servicio prefiero no prestarlo más”. Cuenta que él en realidad es campesino, agricultor, “Pero en esta etapa de mi vida soy constructor”. Los títulos que lo acreditan como tal son el Arca y otras casas más que ha construido o ayudado a construir en varios lugares. Los reconocimientos del país formal incluyen foros al lado de Fruto Vivas, “él explicando su visión de la arquitectura y yo diciéndole a la gente cómo hacer una casa con lo que sea”.
Uno se tropieza con ella si se dedica a asomarse por las veredas de San Javier, rumbo al páramo de La Culata. Una edificación hecha de materiales desechables, o más bien desechados por gente que bota los objetos cuando los cree inútiles. El Arca es un templo donde ofician la madera, las botellas, el hierro, el barro, troncos de varios tipos de árboles, y sobre todo el ingenio y las ganas de construir de su creador. Como cualquier otra gesta, la de construir una casa tiene secretos. José no tiene problema alguno en revelar algunos de los suyos:
Más adelante muestra un ropero o armario que (vaya, revelación del idioma) puede desarmarse, trasladarse fácilmente. Y una pared que separa un salón grande de su habitación: “Una vez hubo un encuentro aquí, había como cien personas. En hora y media quitamos esta pared, apartamos unos muebles y ya teníamos espacio para esa reunión grande”.
José no mide más de 1 metro 60 pero su voz y su personalidad hacen que se vea inmenso, como la casa. Le hablé de Ramón Mendoza (El Cayapo) y resulta que lo conoce. “Le debo una visita. Cualquier día de estos cojo un autobús para hablar con él. Tenemos cosas que hacer juntos”. Era lo que estaba esperando: me ofrecí para llevarlo hasta San Diego para propiciar ese encuentro entre los dos maestros que conozco en las artes de construir para la vida. Nos dijo: “Maravilloso. Vayan buscando entonces la ropa más sucia que tengan, porque voy a enseñarlos a hacer cosas con barro y con arcilla. Cuando yo visito a los amigos no me gusta ir a perder el tiempo. Si voy para allá será para enseñarlos a hacer cosas, para dejar hecho algo”.


Una pregunta provocadora para ponerlo bravo (ya nos habían contado que cuando su reciedumbre se convertía en mal humor podía ser temible, y queríamos verlo en esas): “¿Y usted hasta cuándo piensa trabajar? ¿Cuándo va a terminar de construir la casa?”. Tal vez estimulado por la atención con que lo escuchaban mis panas y compañeras de viaje (uno junta sus edades y no suman 50 entre las dos) no reviró sino que habló de él y de la casa como de un mismo proceso vital: “Esta casa es un proyecto que no se termina. Siempre hay algo que acomodar o que hacer aquí. A mi edad hay que estar trabajando siempre, hay que mantenerse activo para no perder facultades. No voy a retirarme, esta casa está en construcción permanente, ese es el proyecto”.
Los suspiros de admiración de las muchachas hacen derivar la conversa por un derrotero afín. “Una vez vinieron unas monjas y yo me fijé en una. Le dije: ‘Usted no sabe lo feliz que me haría si la viera sin ese hábito’. Y bueno, por lo menos me regaló una sonrisa”. Se ríe breve y silenciosamente para celebrar su propio triunfo, y remata con una reflexión. “Hay gente que dice que uno es hombre mientras se le para el pipí. Yo he demostrado que eso no es verdad. Hay gente que formula esas teorías locas, nadie sabe basadas en qué”.