En Venezuela hay una guerra declarada entre el fascismo empresarial y el Gobierno de Nicolás Maduro. El Gobierno de Nicolás Maduro conserva en lo esencial la vocación antiimperialista y de corte social del gobierno de Hugo Chávez Frías, así que el pueblo chavista debe asumir que esta guerra es contra nosotros, los chavistas, y contra la Venezuela que se quiere soberana.
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Nosotros, pueblo de a pie, sin altas responsabilidades ni intereses en ninguno de los dos bandos, debemos: A) tomar partido por alguno de esos factores; estos tips van dirigidos a quienes toman partido por el factor Gobierno Bolivariano; B) ir creando las condiciones y la estructura que nos convierta en el futuro (tal vez un futuro todavía lejano) en pueblo organizado al margen de los dos factores. Esto no choca con el Gobierno nacional porque la construcción del Estado Comunal (propuesta fundamental del chavismo) nos abre las puertas para que funcionemos como conglomerado de gobiernos locales.
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Lo que aquí llamamos el enemigo, fascismo empresarial o poder económico es la estructura de dominación más perfectamente engrasada de la historia humana. Dentro de esa estructura hay un montón de factores que le dan movilidad y penetración universal; un tejido social complejo, unas instituciones, corporaciones y vocerías, que van desde las grandes empresas transnacionales hasta el estúpido a quien le pagan por echar discursos antichavistas y proempresariales en el metro, y al otro estúpido que lo hace gratis sin darse cuenta de que también le colabora al fascismo.
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El enemigo es una construcción mucho más poderosa, macabra, perversa y eficiente en la conspiración que el enemigo al que nos acostumbramos a enfrentar, y al que nos acostumbramos también a llamar "los adecos". Lo que representan los grupos económicos detrás de Primero Justicia y Voluntad Popular (partidos neonazis proempresariales por excelencia) es mucho más peligroso y tóxico que los factores más visibles de la llamada "Cuarta República". Esos grupos tienen historia, tienen siglos de maceración, tienen el apoyo de las hegemonías más poderosas del mundo. Al lado de ellos, los adecos son unos simples payasos que a veces les son útiles y a veces inútiles a esos enemigos inmensos.
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El Gobierno (el de Maduro y antes el o los de Chávez) hicieron lo correcto cuando negociaron con el enemigo, es decir, con el poder empresarial que quiere derrocarlo. Las sucesivas reuniones con Mendoza y Cisneros eran procedentes, inteligentes, necesarias, y además provechosas para nosotros, los ciudadanos de a pie. ¿Por qué? Porque en toda guerra los ciudadanos comunes llevamos la peor parte, así que es bueno que los factores en pugna (Estado y fascismo empresarial) conversen y traten de resolverlo todo por las buenas. Agotado el recurso de la negociación y el acuerdo toca entonces arremeter contra el enemigo. Eso es lo que está haciendo ahora el Gobierno nacional.
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Amarrarles las agallas a los empresarios y comerciantes y ponerle límite a su hambre de enriquecimiento es una acción justiciera y necesaria. Es un acto de guerra. Hay que contentarse, sí, pero no echarse en la hamaca a pensar que con esto derrotaremos al poder económico: ese acto de guerra es la respuesta a uno anterior y será respondido con otro. Es la lógica de la guerra: ellos disparan, nosotros disparamos; ellos tienen bajas, nosotros también.
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Es ingenuo y estúpido pensar que los especuladores y acaparadores recibirán esta bofetada del Gobierno con esta actitud: "Oh, qué fuerte me han pegado, yo mejor acato las leyes, me vuelvo chavista y me dedico a construir el socialismo". No seas güevón, camarada: esta coñaza seguirá y será dura. El enemigo no es cobarde ni débil, es un poder gigantesco cuyo sustrato no es Daka ni Pablo Electrónica: es un enemigo poderoso, insolente y coñoemadre que ya se llevó en los cachos a muchos países y que viene por el nuestro.
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Ya estamos oyendo decir al antichavismo: "A los empresarios no hay que estrangularlos sino estimularlos para que aumente la producción". Esa premisa podía interpretarse como lógica (no correcta pero sí lógica) en los países donde los empresarios no han declarado que quieren derrocar al Gobierno. En nuestro país no, porque ningún gobierno está obligado a seguir haciendo millonarios a los empresarios que lo quieren tumbar. Eso también es lógico (y correcto).
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Cuando hablamos del enemigo nos referimos al fascismo empresarial que quiere derrocar al Gobierno como sea, para poner en Miraflores a un monigote que les abra el chorro de la "libre empresa". No nos referimos al pelabolas que, por confusión, ignorancia o interés personal ha decidido apoyar a su enemigo histórico de clase, que es el empresariado.
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¿Llevaremos leña los ciudadanos comunes ahora que recrudecerá la guerra entre los dos factores enfrentados (el Estado y fascismo empresarial)? Pues sí, como siempre. Hoy podemos comprar productos baratos; mañana desaparecerán esos productos. Es normal: no hay guerra sin dolor.
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Después discutimos si conviene encender en Venezuela miles de electrodomésticos MÁS en tiempos de vulnerabilidad del sistema eléctrico. Sí, después lo discutimos, pero hay que discutirlo. Mientras tanto, vigilar y controlar precios de electrodomésticos es una medida radical justa.
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Los privilegios del empresariado no son los derechos del pueblo. El enemigo nos ha vendido ambas cosas como si fueran una misma. La ecuación es: si el empresariado está bien el pueblo está mal, y viceversa.
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Los empresarios han esgrimido algo que es verdad, es rigurosamente cierto: ningún empresario está obligado a producir si su empresa o fábrica da pérdidas. ¿No da plata producir espaguetis? Pues no se produce más y hay escasez o desabastecimiento de espaguetis. ¿Qué debemos discutir nosotros como pueblo y como clase? Lo siguiente: ¿por qué mother fucker un país que no produce trigo tiene que consumir masivamente espaguetis? ¿Qué deben discutir los empresarios como clase? Esto otro: ¿Por qué en vez de estar explotando obreros no te pones a trabajar, coñoetumadre?
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Cuando esta guerra entre en la inevitable fase bélica o de confrontación callejera tendremos una situación lamentable que ha sido constante en nuestra historia: quienes estaremos en las calles dando y llevando coñazos o tiros seremos los pobres. Los pobres que estamos conscientes de nuestro rol y nuestra posición en la historia, y los que, pasándose por el forro de las bolas el dato histórico de que el enemigo son los empresarios, se ponen del lado de ellos. Mientras nosotros estemos arriesgando el pellejo en las calles habrá una clase social y política (empresarios, "dirigentes", echadores de discursos viendo el peo por televisión y cobrando. Sí, hay una clase a la que le va bien cuando al común de la gente le va mal: los beneficiarios de las crisis. Por estas razones, entre muchas otras, la guerra siempre será una mala noticia para nosotros los pobres.