viernes, 27 de mayo de 2016

Se marchó un baluarte del miche callejonero


Foto familiar de Segundo Rangel
mucha gente todavía le cuesta entender o aceptar que la destilación de alcoholes por métodos artesanales forma parte de la cultura gastronómica de todos los pueblos de la tierra. Que se trata de un oficio tan antiguo como las sociedades humanas: ya en la Biblia se habla con toda naturalidad del consumo de vino y otros licores. Dicho esto, se puede decir sin exagerar que la muerte de Segundo Rangel el pasado viernes santo, a los 72 años, representa una pérdida para la cultura de esta región. El hombre del miche callejonero de La Bellaca, famoso y solicitado en varios lugares del país, falleció a causa de complicaciones surgidas después de una caída y una contusión de cráneo.
Le sobreviven su esposa Matilde García, cinco hijos y siete nietos. Cuando le preguntamos a Matilde si con Segundo se marcharon para siempre los secretos de la destilación del clarito y el “amorcito” (una mezcla o maceración del callejonero con varias ramas y raíces), ella responde con energía: “Pero si fue mi mamá la que nos enseñó a hacer miche, ¿cómo voy a dejar de hacerlo ahora?”.

Las persecuciones de antes
y los homenajes de ahora

Segundo nació y se crió en el sector La Aguada, en las afueras de Calderas. Hace 33 años decidió llevarse a vivir con él a Matilde, quien tenía 14, y comenzaron a levantar su familia en la casa que ocupó toda la vida y que todavía ocupan los suyos, junto al puente de La Bellaca. Allí se dedicaron a la agricultura y a la producción artesanal de las variedades del aguardiente emblemático de Los Andes.
Matilde recuerda la época dura en que esta práctica era perseguida y fichada como si fuera una actividad criminal. “La gente que se dedicaba a esto iba presa y tenía que pagar multas. Más de una vez nos tocó salir corriendo y pasar la noche en el monte, porque la Guardia Nacional nos llegaba y desmontaba el alambique”.
Matilde García, quien continuará destilando
y vendiendo el miche.
Aquí, acompañada de hija y nieta

Esta criminalización de los aguardientes hechos por el pueblo la impuso en nuestro país la industria licorera, dominada por familias millonarias que le exigieron al Estado hacer obligatorio un registro sanitario y una cantidad de permisos y controles imposibles de cumplir por productores y destiladores pobres. Tuvo que llegar la Revolución a considerar Patrimonio toda la producción artesanal para que cesaran las persecuciones y carcelazos contra los cultores.
Segundo Rangel consideraba el lugar de destilación un sitio secreto que no podía ser visto ni visitado por cualquier visitante, sólo su familia tenía acceso a ese santuario. Cada vez que uno le preguntaba por la receta del “amorcito” Segundo agregaba o quitaba ingredientes: Palo de Arco, cabeza de caribe molida, mistela, etcétera. Matilde, más abierta o menos misteriosa, nos invitó a pasar sin mayor problema y allí pudimos ver el fogón, las pailas, el sistema de condensación donde se enfría el vapor en el serpentín. Ella continuará destilando entonces el fragante y muy solicitado miche callejonero. De eso seguirá viviendo su familia.
Al despedirnos Matilde comenta: “Lo que son las cosas: cuando se murió Segundo por aquí vinieron unos Guardias. Pero no a meternos presos sino a darnos el pésame, y a decirnos: Sigan destilando, ese miche es el mejor”.