jueves, 2 de agosto de 2012

Adorar a Rómulo Gallegos (despreciar al país que destruimos)


Falsa tumba de "Doña Bárbara" en La Trinidad de Arauca; fue una construcción improvisada para grabar una telenovela en los años 70. Los restos de Pancha Vásquez (la mujer en cuya historia y carácter se inspiró Gallegos para crear "su" personaje) reposan cerca de allí.

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Hoy cumple años uno de los emblemas de la destrucción de la cultura venezolana, o lo que quedaba de ella a principios del siglo 20. Rómulo Gallegos fue el narrador (por ahí dicen que el autor, y este es uno de los mitos que hay que comenzar a demoler urgentemente) de unos relatos a los que la sociedad burguesa de la segunda mitad del siglo 20 convirtió en emblema de la nacionalidad, lo mismo que su "autor".

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Lo detestable no es tanto el sujeto Gallegos sino el método de imposición de una visión parcial, antipopular y elitista de la cultura cultura que ejecutó el Estado Burgués en manos de los adecos. Gallegos fue dos semanas a un hato en Apure (La Trinidad) y una semana a un campo en La Guajira (Alitasía). En el hato apureño emborrachó a unos obreros y peones para sacarles (robarles) sus historias, memorias de personajes; copió o intentó copiar su habla y sus giros lingüísticos, se enteró de unas cuantas leyendas y coplas, que no son propiedad de nadie sino hechura colectiva de los pueblos. Con ese arsenal de historias y cantares escribió unas novelas, de las cuales se declaró autor, y por ellas fue proclamado emblema de la nacionalidad. Esas historias y decires y cuentos no le pertenecen a nadie, no tienen dueño, pero la gente las escucha y se las atribuye automáticamente a Gallegos. Doña Bárbara no es Pancha Vásquez, no señor: ese es un personaje creado por la mente prolífica y excepcional de ese maldito burgés coñoesumadre y ladrón. ¡Perdón!: de un genio de nuestra literatura, orgullo de la cultura venezolana (pa mis cojones).
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Dicen sus defensores, adoradores y aduladores que Gallegos sacó del silencio a esas y otras regiones, como si los apureños y wayúus no tuvieran nada que decir sobre sí mismos. Es el caraqueño rico, intelectual, engreído y dominante imponiendo su discurso ayudado por una Academia, unas instituciones y un sistema educativo que no dudaron en zamparle la etiqueta de lo venezolano por antonomasia.
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Y de paso está el asunto del contenido y de cómo ha sido utilizado para imponerle al pueblo el autodesprecio por lo que pudimos ser (un país que produce lo que consume), y para zamparle la adoración por la imitación o el remedo de algo que nunca seremos (europeos constructores de ciudades que medio funcionan). Mediante un artificio "educativo" (adoctrinador, es lo mismo) financiado por el chorro de petróleo que se desató el siglo pasado, a los venezolanos se nos convenció de que ser campesino (y parecerlo: hablar, vestir, trabajar, pensar como campesino) es una mancha asquerosa de la cual es preciso despojarse, porque gente civilizada, chévere, bonita, desarrollada y "de avanzada" que se respete no anda sembrando matas ni criando animales (es decir: produciendo alimentos) sino estudiando para ser profesional o intelectual, o preparándose para la misión mega-hiper-guao de ser un empresario exitoso: un coño de esos que tienen esclavos y se hace rico a partir de la explotación de éstos.
La idea de desarrollo que nos impusieron (la transformación en un país inserto en el modelo industrial capitalista) pasaba por un trámite migratorio descomunal, y vaya si el capitalismo lo logró. La masa que se trasladó a las ciudades lo hizo para cumplir con un requisito o necesidad del capital: tener a enormes cantidades de personas aglutinadas en espacios donde cumplir sus roles: el trabajo esclavo y el consumo.
Los productos y mercancías capitalistas se distribuyen con menos costo para el industrial si en lugar de tener a 5 millones de personas (esclavos y consumidores) disgregadas en un amplio territorio (donde no estén hacinadas ni luchando entre sí ni contra el reloj) sino en un solo campo de concentración, una mierda que llaman urbe, donde usted es cosmopolita (sifrino) o debe tratar de serlo, porque si no lo hace es un segregado y un excluido. Las cárceles (y las tumbas) están llenas de gente que no quiso ser cosmopolita, o no pudo y lo intentó por las malas.
Por eso los barrios y sus habitantes en rebeldía están siendo los destructores de la ciudad capitalista post-industrial: los barrios no son lugares para acomodarse y aburguesarse sino para ejercer la resistencia política y cultural, y esas cosas sólo se ejercen con violencia. A veces con violencia creadora y emancipadora, pero violencia.
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El prócer emblemático y simbólico del proceso de urbanización del país; el paladín, arquetipo, estereotipo, prototipo y pinga e burro que nos explicó a los salvajes pata en el suelo que éramos cómo dejar de ser campesinos y empezar a ser gente, no es otro sino Santos Luzardo. Tú sabes: el patiquín caraqueño que se fue al monte a poner orden en aquella mierda (perdón: a inculcar valores civilizatorios allá donde sólo había barbarie). Doña Bárbara es la metáfora de cómo la civilización (la urbe cosmopolita al borde del estallido demográfico) derrota a la barbarie. Treinta años después de la aparición de Doña Bárbara ya 70 por ciento de la población venezolana vivía en ciudades y a 99,99% de esa población sentía risa o asco de la palabra conuco. Todavía hoy, en las fiestas urbanas, cuando alguien pone música llanera es la señal de que se acabó la fiesta, y muchos todavía no se explican qué tiene de raro que mantengamos vivo el eslogan Caracas es Caracas y lo demás monte y culebra. La idea de barbarie se sigue asociando al conuco y al campesino con machete y escardilla, y no a las balaceras y mortandades colectivas de las urbes. Como si un espíritu anglosajón se empeñara en convencernos de que los campesinos viven feo y los citadinos mueren de pinga.
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Gallegos es lectura obligatoria en las escuelas y liceos venezolanos, y esa es la razón por la cual a cualquier compatriota tú le preguntas quién es el mejor escritor venezolano y te responde que es él, el Gallegos. Igual si preguntas quién es el mejor tenor (Sadel), el mejor poeta (Andrés Eloy), el mejor torero (Girón), el padre de la OPEP (Pérez Alfonzo), el canciller por antonomasia (Calvani). Qué casualidad que todos esos bichos fueron adecos, ¿no? Y algunos de los nuestros siguen adorando y rindiéndole homenajes a esos bichos. Así de recontrajodidos estamos.
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Estas reflexiones me sorprenden viajando precisamente hacia el estado Apure. Entre Mantecal y Elorza se despliega el que fue uno de los latifundios más grandes de Venezuela, el hato El Cedral: 55 mil hectáreas recientemente recuperadas por el Gobierno venezolano para ensayar allí otra forma de organización de la gente y de la producción. El recorrido depara sensaciones fuertes, que van desde la presencia de una fauna extraordinaria y unos paisajes naturales de asombro, hasta un paisaje humano que guerrea contra la costumbre capitalista instalada en el cuerpo (más allá del cerebro): vegueros dispuestos a reorganizarse en clave de socialismo y autogestión, pero personal e íntimamente agradecidos con los antiguos dueños del hato, porque nos ayudaron y eran gente buena. Esclavos e hijos de esclavos agradecidos con sus antiguos amos. Gente preocupada porque, acostumbrados por siglos a trabajar por una paga, ahora están siendo invitados a ser co-responsables de la producción de alimentos y de la organización humana (social)...
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...coño, perdón, debo interrumpir estas reflexiones. Estoy entrando al municipio Rómulo Gallegos. A los apureños también les impusieron (perdón: les enseñaron) la adoración y el agradecimiento a Rómulo Gallegos.

3 comentarios:

Victoria Chávez dijo...

La falsa oposición campo-ciudad, opone lo negro y lo blanco,lo feo y lo bonito , lo sucio y lo limpio. En la que el campo se simboliza en lo primero y la ciudad en lo segundo, así como "Doña Bárbara" es lo inculto y atrasado y Santos Luzardo lo culto y el progreso...con ese imaginario hemos sido amamantados y después se preguntan de dónde nace el endoracismo y el autodesprecio. Lo mismo hizo D.F. Sarmiento con el Facundo un poco antes en la Argentina. Doble Plagio.

Leo Felipe dijo...

No pienso discutir una sola idea de las que expones aquí. Pero debo decir que en 1999, con tres años en Caracas (me había venido desde Puerto Ordaz para estudiar en la UCAB), me leí dos libros (en realidad como cuatro o cinco, pero voy a hablar de esos dos), que me produjeron un placer y un terror difíciles de describir, sobre todo porque hasta ese momento nunca había sido un apasionado por la lectura. El primero fue "Canaima", de Rómulo Gallegos, de quien no había leído nada y ni siquiera podría asegurar que ya supiera que había sido presidente y adeco. El segundo fue "Guerra Nuestra", de cuyo autor tampoco sabía absolutamente nada. Creo que entiendo lo que dices y no te lo discuto, pero como lector puedo admirar un libro de Argenis Rodríguez y uno de Octavio Paz e incluso defender con argumentos políticos la validez y el peso del comemierdismo de ambos, sobre todo si hicieron bien lo que tanta gente que escribe o quiere escribir hace muy mal: plagiar a otros y plagiarse a sí mismo. ¿O "Salsa y control" y "No escuches su canción de trueno" nacieron de la nada? Un abrazo sudado y campechano. Don Bárbaro.

JRD dijo...

Así es, Leo. Pero entre las muchas diferencias entre esos plagiadores que mencionas y yo mismo (otro plagiador) es que, una vez detectado el crimen, yo no he tenido problemas para reflexionar sobre él (sobre mí). Lee:

Dioselis y la Historia del Pueblo Oprimido (2 artículos)

Sí, toda "mi" obra es producto de interrelaciones con el mundo (conversas, lecturas, vivencias y algo de imaginación, producto también de las anteriores), no son producto de la nada y por supuesto que en el acto de relatar uno termina apropiándose de frases, giros, chistes, reflexiones y obras de otros. Uno (el escriba) al final no es sino un organizador de ideas y discursos. De allí que "narrador" me parezca ahora más legítimo que "autor", y de allí que cobre sentido en cierta forma justiciero otro gesto en el que vengo insistiendo desde hace unos años: poner "mis" libros a disposición de quien quiera leerlos. Hay un par de libros de esos que todavía se venden, pero no por mi decisión sino por un asunto de disposiciones corporativas. Lo justo sería entonces que 1) los señores "autores" tuvieran la humildad y la valentía de reconocer que su presunta genialidad no los convierte en dueños de las palabras u obras, y 2) que nadie tenga que pagar nunca por leer un libro. Creo que he hecho mi parte (o buena parte de mi parte) y por lo tanto me siento más honesto que el pajúo de Gallegos. Y más humilde.