domingo, 10 de mayo de 2015

Mayweather o la crisis de la industria del espectáculo

Desde que el milenario arte del teatro mutó hacia la televisión y el cine (y luego a sus variantes marca internet) algunas de las formas de divertir a los demás en un espectáculo han florecido y caído en desuso, pero siempre han mantenido unos códigos. En algunas de esas actividades (casos del cine, el teatro, la lucha libre, algunos programas de TV; por allá lejos la literatura) el espectador está dispuesto a dejarse engañar, a pagar y aplaudir para que le mientan, para que le inventen una fantasía que lo haga llorar, reír o reflexionar. El espectáculo (palabra que, por cierto, tiene la misma raíz etimológica que la palabra "espejo") puede entonces hacer que el espectador se sienta representado en esos seres que le caen a mentiras. Como si se tratara de un espejo embustero y estafador: eres el más lindo y popular, Capriles, sigue cagándola que vas bien.

En el caso de los deportes la cosa es un poquito distinta: la gente espera que los jonrones, nocáuts, goles y demás marcadores de la victoria sean reales y no prefabricados, trajinados o amañados. Los ídolos y hazañas deportivas tienen que ser reales; la pérdida de la credibilidad puede significar el fin del espectáculo (del negocio), de allí que a Pete Rose y a Ben Johnson los hayan borrado de todos los récords e historias deportivas, como si ellos fueran los únicos tramposos de la historia del deporte.

De todas formas en esas contiendas se gesta otro tipo de mentiras. Por ejemplo aquella monstruosa y sutil que empuja al público a creer que las victorias deportivas son reflejo o comprobación de la superioridad de una facción, llámese escuela, equipo callejero, municipio, estado, país o cultura. Venezuela no necesita que la Vinotinto vaya a un mundial o que Pastor Maldonado termine una carrera sin chocar ese maldito carro, pero parece que hay cosas que levantan la autoestima de los pueblos, y esas cosas hay que respetarlas.

Vinimos a hablar de boxeo, así que digámoslo de una buena vez: en la bárbara antigüedad romana los esclavos devenidos gladiadores peleaban y mataban a cambio de conservar una vida precaria, mientras que en el avanzado y civilizadísimo capitalismo industrial algunos de esos esclavos lo hacen por millones de dólares (que luego derrocharán para regresar sin remedio a una vida precaria). En otra variante remota del mismo espectáculo los animales salvajes despedazaban a personas desarmadas o provistas de armas, para solaz y excitación de una aristocracia enferma; los gladiadores de hoy se despedazan entre sí ante las cámaras para que millones de enfermos nos emocionemos y unos pocos empresarios se lleven la colosal tajada. Espectáculo=espejo: nos sentimos impotentemente Pacquiao al no poder reventar a golpes al gringo pedante, y mire lo grave de nuestra enfermedad que no sabemos ni queremos explicar por qué queríamos que perdiera ese coñastre insípido, tan parecido al presidente de su país, pero tan parecido también a tantos panas del barrio y la esquina.

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Se lo dijo Sugar Ray Robinson a Herbert Kretzmer durante una entrevista. El periodista le preguntó por qué había decidido meterse a boxeador. Sugar Ray respondió: "Un día me miré la mano izquierda. Después me miré la derecha. En ninguna había dinero". Los boxeadores pelean y quedan reducidos a despojos humanos por plata, esto ha sido así toda la vida. En toda su carrera bosxística que duró un cuarto de siglo (1940-1965) Robinson, de quien se dice que ha sido el mejor peleador de todas las épocas, declaró haber acumulado una fortuna de 5 millones de dólares. En 1974 Muhammad Alí y George Foreman se ganaron cada uno esa cantidad por pelear poco más de 20 minutos; 31 años después Mayweather y Pacquiao se acaban de repartir 300 millones: el filipino por tratar de pelear con el norteamericano y éste por huir durante los 12 rounds que duró el "combate".

Volvemos al espectáculo-espejo de nuestra miserable formación capitalista: halamos de Mayweather en tono de burla y desilusión porque estamos entrenados para emocionarnos al ver a dos seres humanos cayéndose a coñazo limpio o sucio. El gringo aplicó a cabalidad una regla universal del boxeo (que consiste en pegar y no dejarse pegar) pero nuestra condición de espectadores de la violencia esperaba que esos gladiadores hubieran terminado bañados en sangre. En nuestra defensa pudiera decirse que la pulsión primitiva que nos hace enardecer ante las masacres y el dolor ajeno es muy anterior al capital: el mejor sinónimo de "comer" es "matar" (en una próxima entrega nos regodearemos en esa cruel pero irrefutable verdad) así que no hay nada que nos estremezca, tanto como el hambre y la necesidad de morder, que el espectáculo de un depredador destrozando a su presa.

Tuve una revelación al respecto hace años, leyendo sobre la vez que Roberto Mano'e Piedra Durán ganó uno de sus títulos mundiales. El panameño tenía problemas para mantenerse en el peso de su categoría, así que debía someterse a una dieta muy rigurosa. Su entrenador (perdonen el lapsus, no recuerdo quién era en ese momento) contaba varios años más tarde en una entrevista que a Mano'e Piedra le deban para que probara un churrasco a "término medio", pero le indicaban que sólo lo masticara, se tragara el jugo y botara la parte sólida. Esto era importante (decía el preparador): que el boxeador se enfrentara con frecuencia en la mesa a un pedazo de carne roja, sangrienta, ya que esto mantenía en los seres humanos el instinto depredador vivo, a flor de piel, esa cosa que necesitan los boxeadores y que es alimento del "pundonor". Recuerdo que esa fue la palabra que utilizó el entrenador.

Lo llamé "pundonor" hasta que di con el el sustantivo correcto "encarnizamiento". La forma en que Roberto Durán peleaba da pistas certeras sobre el significado exacto de la palabra (https://youtu.be/ugGNKHrJXbE?t=14s ). El que se encarniza es el opuesto exacto del "comeflor", y habrá que estudiar si esta otra palabra obedece sólo a una observación superficial de ciertas conductas relajadas o si de verdad el forzarnos a ser vegetarianos termina por apaciguar alguna bestia de los adentros.

Espejo-espectáculo: nos vemos en el vencedor porque anhelamos ser el depredador y nunca la presa. Es fácil explicarse desde este punto el triunfo global del capitalismo: quienes nos estimulan para que destruyamos al otro están acudiendo a atavismos biológicos quizá mal sepultados. A lo más primario que tenemos, al motor fundamental de la especie que es el hambre (de comida, de sexo, de supervivencia, de reconocimiento, de dominio territorial, de victoria), esa cosa que sólo la conciencia puede convertir en combustible para la vida en dignidad.

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La industria del espectáculo deportivo, tal como la conocemos, tiene poco menos de 100 años de desarrollo y consolidación. En ese interín ha visto florecer momentos y personalidades grandiosas y ha visto venir una lenta pero sostenida debacle; hoy proliferan las marcas y récords pero van desapareciendo las personalidades magnéticas, los ídolos de verdad, los que eran representación (espejo) de sus pueblos. Unas cosas eran el deporte y el boxeo amateur, y otras esencialmente distintas el espectáculo del deporte por dinero, por millonarias bolsas, el deporte-negocio. Hubo una etapa del boxeo profesional en que los combatientes luchaban por algo relacionado con el patriotismo y el honor, algo que parecía gallardo y grandioso así en el fondo también fuera miseria e ignominia. Esto se ha ido deteriorando y envileciendo a una velocidad monstruosa.

Caso Mayweather: cuando a un señor lo presentan como al "mejor boxeador del planeta" y el hombre termina dando una lección de danza contemporánea para no dejarse lastimar el rostro está rompiendo uno de aquellos códigos del espectáculo de los que hablábamos arriba: los ídolos del deporte y sus hazañas tienen que ser reales, patentes y convincentes. ¿Somos enfermos espectadores sedientos de sangre? Lo somos: el que se lleva los dólares, la fama y la "gloria" aceptó satisfacer a esa fanaticada y haría bien en atenerse a las normas del show. O concretar la estafa y convertirse en agente del fin del espectáculo.

La danza de los millones de dólares puede darle un respiro un rato más al boxeo-espectáculo, pero un escenario en el que cualquier boxeador (no es exageración: cualquiera) puede ser campeón de cualquiera de las muchas organizaciones de boxeo existentes no parece un buen síntoma de lo que viene. La humanidad pudiera estar encaminándose a otras formas de generación de emociones.

Necesaria post data: existe otra industria floreciente, llena de gladiadores que no huyen y que sí le tributan sangre y dolor en vivo al monstruo consumidor de violencia: el Mixed Martial Arts (MMA) y el Ultimate Fighting Championship (UFC) https://www.youtube.com/watch?v=CccrlsxnwV4 .

A ver cuánto les dura el prestigio y la fama (y la vida útil) a sus cultores.

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miércoles, 1 de abril de 2015

Curso práctico para querer a Venezuela

No es un contrasentido venir a hablar de un libro (de este en particular) cuando en el ánimo general está instalado el impulso de hablar de la guerra. Porque, precisamente en lo que esta publicación revela, escudriña y difunde, se encuentra la clave que nos puede permitir ganar guerras económicas, informativas, culturales o abiertamente bélicas.

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Otro impulso galvanizado en el cerebro, o tal vez sólo en la superficie de la piel de casi todo el mundo, es ese que nos empuja a decir "Yo amo a mi país". Esto es así incluso cuando es obvio que no lo conocemos; imagínense cuando nos hemos dedicado a recorrerlo. La rara noción de "patria" instalada en la psique colectiva es tan fuerte que incluso un imbécil como Ricardo Sánchez es capaz de vociferar un violento amor a Venezuela, cuando es evidente que ese saco de grasa y ruidos intestinales nunca ha rebasado las fronteras de Tazón y tal vez Guatire.

Es verdad que a punta de consignas, lecturas más o menos dirigidas, degustaciones del himno nacional y retazos de la epopeya de Bolívar se ha levantado una ciudadanía capaz de indignarse contra cualquier amenaza de ataque a Venezuela, como en efecto procede y es necesario. Pero un momento, mi compai: si usted no conoce a una persona no puede estar tan perdidamente enamorado de ella, y si no conoce un país no puede amarlo hasta el punto de querer ofrendar su vida por él si un maldito yanqui osa mancillar su sagrado suelo.

Como este tipo de discusiones casi siempre se queda en el terreno de la especulación y las suposiciones, ya que nadie está obligado a ir a despescuezar al embajador gringo para demostrarle a otro cuán venezolanista y patriótico es, viene al pelo la publicación que acaba de presentar la editorial Estrella Roja en la Filven, esa titulada "Historias de Comunas. Donde Chávez vive". Este libro, cuyo contenido y alcance rebasa el simple objeto editorial y sus 24 crónicas publicadas (ya veremos que es producto de un trabajo que se inició hace un año y medio y cuyo espíritu y músculo continúa produciendo material) es el más importante de los publicados en ese siglo, por dos o tres razones que tiene mucho sentido discutir y profundizar en este momento.

La recopilación puntual de historias de la gente que protagoniza el proceso de construcción del Estado comunal se inició el año 2013, cuando Reinaldo Iturriza era ministro de Comunas. El equipo que se instaló en ese ministerio convocó a un montón de jóvenes comunicadores, les explicó en qué consistía el asunto de las comunas en formación y los mandó a viajar por toda Venezuela en busca del cuento fundacional de ese otro país que estamos empezando a gestar.

Hay un blog ( http://comunaadentro.blogspot.com/ ) que recoge un puñado de esos cuentos, recabados y escritos por jóvenes con sensibilidad para captar la esencia de las historias, destreza para construir buenas crónicas escritas y ganas de seguir hurgando en la memoria viva de nuestro pueblo. La experiencia produjo también materiales fotográficos y audiovisuales (https://www.youtube.com/watch?v=Hjn3HjfCXn8 ), así que la experiencia ha sido más dinámica que el simple recorrido de un lánguido periodista por algunas comunidades.

Lo que me parece extraordinario del libro es precisamente la dinámica que le da o está dando cuerpo: el ejercicio consistente en enviar gente joven de una ciudad para otras u otras; en estimular a muchachos citadinos talentosos para la escritura y con hambre de relatos de carne y hueso, para que se zambullan en el pueblo del que tanto hablamos, a veces sin conocerlo realmente en su grandiosa complejidad. Uno de esos cronistas de la nueva generación ha declarado que en el estado ideal de esta iniciativa las propias comunidades deberían producir y procesar en materiales informativos sus propias historias. No le falta razón, pero la dinámica que promueve el contacto directo entre gente de unas regiones y otras debe mantenerse, como en efecto parece que se proyecta mantener.

El Perro y la Rana ha publicado docenas de historias locales escritas por las comunidades y por sus propios recopiladores, pero el concepto de ahora es distinto: la historia del pueblo debe propagarse, pero hay que ir prescindiendo de los métodos que promueven el autoencierro y el aislamiento físico: más que sentarse en Maturín a leer el cuento del páramo trujillano, vale la pena enviar al muchacho monaguense a Trujillo para que intercambie con el andino mi cuento por el tuyo: Niquitao dialogando con el Guarapiche cara a cara, cuerpo a cuerpo.

Sólo multiplicando esta forma de recorrernos y reconocernos podremos vencer el inmenso daño que nos produjo el capitalismo industrial, la forzosa urbanización del país, cuando secuestró a nuestros abuelos rurales para hacinar a toda su descendencia en ciudades hipertofiadas. De ese secuestro masivo proviene la insólita manera de odiarnos hasta tal punto de admitir, ya no como chiste sino como hecho verídico, que el gocho es bruto igual que el barloventeño, el maracucho grotesco y atropellador; el caraqueño sifrino, el valenciano débil, cobarde y maricón; el oriental borracho, el llanero flojo al igual que los indios: así nos quebraron el mapa humano y el derecho a conocernos y a querernos los mismos que han dicho que Chávez inventó el odio entre los venezolanos.

Tarea urgente en desarrollo: que los chamos, antes de seguir diciendo que aman a Venezuela, salgan a conocerla en serio. Que un puñado de cronistas jóvenes inicie esa misión no cumplirá el objetivo, pero sí lo puede iniciar y estimular, mucho más que la lectura semanal del mismo sesentón encorbatao hablando de la Batalla de Santa Inés sin haberse acercado nunca a menos de 400 kilómetros del sitio. Un equipo de jóvenes que se quede a compartir y conversar unos días con la gente en el eje El Real-La Luz-Santa Inés entenderá y hará entender mejor a Zamora que el sabio cabeceverga que se enteró de algunas cosas leyendo en su biblioteca de El Cafetal a José León Tapia. Tan chavista el viejo, vale.

En eso anda este equipo que ahora se instaló en Min Cultura, y reconforta, además, que las firmas que han salido a recorrer los caminos son nombres nuevos, voces no consagradas por el estatus, ni por clanes, ni por la industria cultural; muchachos cuya edad promedio no llega a 28 años y que están llamados a ir revitalizando las publicaciones y espacios de difusión. La Revolución debe demostrar, también en este ámbito, que es capaz de sacar sangre nueva a librar las batallas del verbo. En el borde de mi medio siglo creo saber de qué estoy hablando cuando me refiero a la necesidad de ir sustituyendo por nuevos guerreros de la palabra a esos nombres y discursos ya cansones: esos que deberíamos andar figurando menos y estimulando más a los que vienen.

Post data individualista y personal: tengo rato echando discursos sobre la profunda estupidez de quien se cree superior (a otros) por haber leído y escrito mucho; sobre la horrenda frivolidad del que siente que esos "otros" encerrados entre paréntesis en la oración anterior deberían considerarlo a él, al intelectual formado más a punta de libros que de vivencias, el conductor y sujeto más importante de la Revolución. A causa de esto casi siempre me acusan de haber dicho que leer es malo, lo cual me reconfirma esa profunda estupidez, la del que sólo sabe o cree que sabe leer. Al que tuvo la cortesía de llegar hasta este punto del artículo le digo: vale más el que vive la historia que el que la cuenta, pero un cronista-recopilador consciente de su misión (prestarle su voz de pueblo al resto del pueblo) es un soldado muy valioso para nosotros, y muy peligroso para ellos. Peligroso para la seguridad nacional de todo imperio o hegemonía nacional, transnacional o ideológica que nos prefiere divididos y mirándonos como desconocidos.

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viernes, 20 de febrero de 2015

Aquella entrevista con Argenis


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Con odio y con frenesí

  • Una entrevista al escritor venezolano Argenis Rodríguez (revista Feriado, noviembre de 1999) 


Está en proceso de producción la segunda parte de un libro que estremeció a la izquierda, a la política y a la intelectualidad venezolana de los años 70. Su autor, un exguerrillero, desempleado y escritor de furiosa pluma, dice que seguirá en lo mismo: hurgando llagas, lanzando anatemas sin compasión “hasta que me muera o me maten”. Para tenerlo en cuenta.

Aquel libro, Escrito con odio, publicado por la editorial Fuentes cuando todavía el mundo se dividía entre comunistas y capitalistas, y cuando todavía los escritores venezolanos se desvelaban con la posibilidad de ser tardíos representantes del boom de la novela latinoamericana, barría literalmente el piso con algunos nombres prominentes de las letras y la política. Uno a uno fueron recibiendo su respectiva descarga de denuestos, no con la prosa elegante del que insulta sin nombrar al destinatario, sino con los aspavientos furiosos y directos del mecánico o pulpero metedor de chismes, varios personajes con nombre y apellido: allí llevaron plomo verbal Caupolicán Ovalles, Jesús Sanoja Hernández, Teodoro y Luben Petkoff, Douglas Bravo, Pompeyo Márquez, Ramón Bravo, Lucila Velásquez, Adriano González León y Arturo Uslar Pietri, entre otros. Y lo más interesante de todo es que la mayoría de los aludidos fueron sus amigos antes -y algunos después- de la publicación del explosivo libro-testimonio-panfleto, cuyo párrafo final guarda proporción con la intensidad del resto de las páginas: "Venezuela es del cabrón, del chulo, del ladrón, del que traiciona; es de la cantidad de chulos y cabrones, Venezuela es del cabrón, del cabrón, del cabrón...".
El libro ha agotado 14 ediciones, más unas cuantas reimpresiones informales. Hay alguna gente que debería estar preocupada en este momento. Porque Argenis Rodríguez acaba de desperezarse de un largo trasnocho existencial con intento de suicidio incluido -en su muñeca puede verse, blanquecina y terrible, la marca del hojillazo que se infligió en 1990, en un momento borrascoso de su larga depresión- y acaba de entregar un libro cuyo título lo anuncia todo: Escrito con odio (II). La primera frase del libro marca la pauta de lo que sigue: “Soy malo, infínitamente malo, pero cuánto no daría por ser peor”. Suenan las campanas: Argenis Rodríguez ha regresado a las guerrillas de tinta y papel.

-¿Con quién se mete esta vez? Ya no hay comunistas en el panorama.
-Bueno, lee el libro. Yo no tengo por qué estar anunciando a quién menciono. Es verdad que ya no hay comunistas, pero en el país siguen pasando cosas indignas.

-¿Se ha reconciliado con alguna de las personas que abofeteó en el primer libro, o en la primera parte del libro? La gente de la República del Este, por ejemplo, ha vuelto a reunirse...
-Me he encontrado con algunos por ahí; cuando me ven dicen: "¡Coño, Argenis!", y se asustan todos.

-Pero Caupolicán Ovalles ha dicho que usted lo abordó para pedirle disculpas después de llamarlo chulo, cabrón y traidor en el libro.
-Eso es mentira. Yo no le pido disculpas a nadie. Y ese tipo de problemas no se arreglan con palabras sino a tiros o a trompadas. A todos los desafié, con algunos me caí a golpes. Pero todos tenían el libro y lo comentaban. Algunos querían que publicara otro libro y los nombrara otra vez, ¿no ves que los hice famosos, y hasta cargos les daban por haber sido insultados por mí? Hay dos libros que me han dado de comer: Escrito con odio y Relajo con energía. Este último lo publicó De Armas y agotó cuatro ediciones en un mes. Pero un día fue Morales Bello a su oficina, lo amenazó y le puso una pistola en el pecho; entonces ya no lo reeditaron más.

-¿A usted lo han amenazado de muerte?
-Bueno, cada vez que sacaba un libro me amenazaban. Cuando publiqué La amante del presidente, que es la historia de Cecilia Matos, los adecos me andaban buscando para matarme. Otros me veían por ahí y lo que hacían era brindarme caña. Una vez un tipo llamado Néstor Tablante Garrido me sacó un arma en la librería El Gusano de Luz. Yo le dije: "Mira, es mejor que guardes eso, porque se te va a escapar un tiro y te vas a malograr esas bolas que nunca has usado".

-¿A cuál de los personajes que ha mencionado en sus libros reivindica hoy?
-Creo que a ninguno. Yo no acostumbro retractarme de lo que digo. Para eso sirve la palabra escrita: uno habla en un bar y al otro día no hay forma de confirmar nada, pero uno escribe algo y así queda registrado para siempre.

-¿Todos le parecen tan indignos como antes?
-Bueno, no todos. Jesús Sanoja Hernández es un hombre dedicado seriamente a su oficio, que es el periodismo, y también hace poesía. Es el único tipo serio que queda de la izquierda.

-¿Qué opinión le merece Teodoro Petkoff?
-A Teodoro lo conocí en el PCV, cuando yo pertenecía a la Juventud Comunista. De él escribí que fundó el primer partido anticomunista de Venezuela, que es el MAS. Hoy cualquiera puede ver lo que ha pasado con el tiempo. Yo estoy acostumbrado a decir lo que pienso, y a decir la verdad.

-¿Usted es un hombre feliz?
-Bueno, he tenido mis momentos de depresión, de soledad; he pasado hambre. Pero puedo decir algo que no puede decir cualquiera: las mujeres que he tenido me han amado, se han acostado conmigo por amor. Porque nunca he tenido dinero. 

YO, EL SUPREMO

A sus 63 años, Argenis Rodríguez ha publicado 40 libros entre novelas, noveletas y testimonios; tiene 20 novelas inéditas y un diario que comenzó a escribir a los 14 años, y que "debe tener cerca de 10 mil páginas: es más largo que el diario de Miranda". Los títulos de las dos últimas no­velas anuncian tempestades: una se llama La toma de posesión del presidente Chávez y el secuestro del inge­niero Nagen. La otra: De asesinos, lesbianas, prostitutas y barraganas. Ambas están pobladas de personajes reales, ampliamente conocidos en Venezuela, y las situaciones están llenas de un agrio desparpajo. En De asesinos... un renombrado empresario fornica con una conocida diputa­da en un baño del Congreso. De pronto se abre la puerta; es el doctor Ramón J. Velásquez, quien con su proverbial capacidad para emitir sentencias comenta: "Estas cosas sólo pasan en Venezuela". Los otros dos personajes también son reales, y aparecen con sus nombres.

-¿Usted hace literatura o periodismo, o simplemente nos cae a chismes?
-Yo escribo. Y no hay un escritor en este país que lo haga como yo.

-Usted acostumbra a ponerse por encima de varios escritores venezolanos emblemáticos. Se los voy a nombrar uno por uno, y usted me dice por qué son inferiores a usted.
-De acuerdo.

-Rómulo Gallegos.
-Cantaclaro empieza bien, pero Gallegos creía en la virginidad. Dígame Santos Luzardo: él es un santo, lo di­ce su nombre. No le hace nada a Ma­risela, que estaba bien buena; no le hace nada a Doña Bárbara, que se le ofrecía. Así no se puede.

-Rufino Blanco Fombona.
-Me gusta Rufino porque era recio, macho, escribía violento, pero era racista.

-Mariano Picón Salas.
 -Mucha palabrería. A Mariano le sobraba ramaje y le faltaba cultura.

-UslarPietri.
-A Uslar le falta todo. Un hombre que trata de usted a todo el mundo, que es inaccesible, que no te deja llegar a él, no puede conocer el alma de la gente.

-Adriano González León.
-El es clase media baja; esa es la gente más vulgar y llena de prejuicios. Y un escritor con prejuicios no funciona.

-Rafael Arraiz Lucca.

-Yo desconfío de la gente que anda bien vestida y con corbata. No lo he leído. Para ser escritor es preciso haber conocido la vida desde muy abajo y desde muy arriba, y el único que ha cumplido con ese requisito he sido yo.