sábado, 5 de noviembre de 2011

El mito del ‘gerente eficiente’

Afortunadamente estamos dejando atrás algunos vicios como país y como pueblo. Uno de ellos es el de la adoración automática y enfermiza, por temerosa, de ciertas figuras que nos legó el medioevo (mentalidad que, por cierto, originó la invasión y exterminio perpetrados en estos territorios durante la Colonia). Así, hemos ido superando el terror a la sotana, a la toga y el birrete, a la peluca del magistrado; al boato de momias, al olor a incienso y alcanfor que destilan los rituales conservadores por excelencia.

Hoy toda figura de autoridad está siendo sometida a las lupas de un pueblo que le ha descubierto la dimensión humana a lo que antes parecía sagrado e intocable. Sin embargo, persisten algunos temores, llamados y tendencias a respetar figuras de más reciente aparición; el “gerente eficiente” encarnado en el empresario o profesional universitario que se cree superior por serlo, es una de ellas. Y como todavía queda por allí quien se deja impresionar con el currículum o historial de ciertos aspirantes a dominar al país, para entregárselo ya sabemos a qué hegemonías, despuntan en el horizonte, con una enorme maquinaria de prensa y artillería audiovisual a sus espaldas, individuos del talante propagandístico de un Capriles Radonski y un Leopoldo López.

Ninguno de ellos tiene conexión alguna con lo que llamamos pueblo; la gente oprimida y excluida por el sistema capitalista no tiene razón ni motivo alguno para guardarle afecto o simpatía a semejantes especímenes, ya que ellos representan justamente el segmento social que ha excluido y explotado a los pobres del mundo. Pero en este punto es donde comienza a activarse el mito, y ellos lo explotan así: “Yo, gerente eficiente que goberné un municipio como Baruta o Chacao, puedo convertir a Venezuela en ejemplo de organización y limpieza”. Fácil: la gente no vive “bien” en Baruta y Chacao porque allí vivan mayoritariamente familias millonarias, de clase media alta, sino porque estos pimpollos (provenientes de familias millonarias también) son “gerentes eficientes”. Según esa propaganda, que es a un mismo tiempo cómica y grotesca, por irrespetuosa e insultante, si Leopoldo López llegara a presidente enseguida La Ruezga Sur y La Carucieña serían como Colinas de Santa Rosa, La Rosaleda y Las Trinitarias, y La Charneca y El Guarataro serían como La Floresta y La Castellana. La otra parte del mito pretende vender la especie de que si uno copia el modelo organizativo inglés entonces un día Caracas será como Londres. Olvídese de los miles de años de historia de cada país y de desarrollo desigual y de la condición de saqueadores de unos y explotados de otros: usted pone en Miraflores a alguien que estudió en Oxford y ya, nos convertimos en país desarrollado y casi europeo.
De ese mito infecto ha comenzado a alimentarse la precampaña electoral del antichavismo. Y, conociéndolos como los conocemos, no cambiará. El conservador promedio es predecible.

Aquí, acabando con cierta democracia

Una vez más Estados Unidos les indica a sus sirvientes en todo el mundo qué países están acabando con la democracia, y otra vez estos sirvientes se apresuran a aprobar el dictamen de rigor: que en Venezuela hay una “erosión” de la democracia y que aquí están menoscabados los derechos políticos de quienes hasta ayer nomás fueron los dueños del país, de sus recursos y de las personas que acá habitamos. Produce un enorme aburrimiento eso de volver al concepto originario de democracia; así que, en vista de que ya duele la boca el tanto señalarles sus contradicciones a los fans de la tiranía del capital (los que salen a defender todo cuanto ordena pensar el mundo “libre y civilizado”) no queda sino exponer algunas de sus llagas y dislocaciones en materia de entendimiento de la realidad.
Lo que entiende por democracia el conservador puro y duro es un sistema en el cual “pueblo” es todo el mundo, incluso el que expolia al ser humano pobre y le exprime su fuerza de trabajo. Un sistema en el cual el ciudadano sólo tiene que pagar sus impuestos e ir a votar para exigirle al Gobierno que le construya la democracia; mientras él va a trabajar o se queda descansando. La “democracia” con la que sueñan es un espectáculo donde las grandes mayorías permanecen pasivas, esperando que el Gobierno les haga el favor de construir la sociedad: anda a votar y acuéstate a dormir, que cuando despiertes tendrás hecha tu democracia. Excelente negocio. Sobre todo para el que nunca cumple con su parte.
La ventaja del proyecto chavista en este renglón radica en que el Presidente no formuló en 1998, ni lo ha hecho en estos años, ninguna oferta de hechura de una revolución mientras usted espera en un chinchorro. Que se sepa, el discurso y proyecto chavista convoca a echar a rodar una democracia participativa y protagónica, que en idioma más llano significa que usted y yo estamos invitados a construir una forma de democracia inédita en la historia del mundo y, por lo tanto, somos corresponsables de lo que logremos y no logremos; de lo que podamos y no podamos construir. Chávez no nos dijo: “Vota por mí y yo te hago una revolución”. No: el mensaje fue “Vota por mí y yo te abro las puertas del Estado para que hagamos una revolución”.
Por supuesto que la “otra” democracia suena más cómoda, y vaya si lo es, desde nuestras costumbres y hábitos capitalistas: frente a mi casa se acumula la basura y yo simplemente le echo la culpa al alcalde. Y me olvido olímpicamente del responsable de que exista basura: el empresario que produce bolsas plásticas y envases de todo tipo: el sujeto o la industria que producen basura y que se han hecho millonarios con ello.
Visto así, ya va provocando darle la razón a EEUU: aquí como que estamos acabando con un tipo de “democracia”, y a la que viene le estamos quitando las comillas. Lo malo es que por hacerle ese aporte a la raza humana como que nos estamos ganando unos bombazos.


Acostumbrémonos: Estamos en guerra

A estas alturas del siglo XXI, la guerra sucia depara pocas sorpresas. De hecho, la única que va quedando es que entre los nuestros (es decir, entre la gente que se asume revolucionaria, socialista o al menos contrahegemónica) todavía hay quien se espanta, o parece espantado, cada vez que el enemigo ataca con la herramienta del momento: el desprestigio a través de acusaciones gravísimas, que los medios masivos de información difunden y sazonan con comprensible regodeo (las que mercadean con noticias pertenecen al poder económico, así que al disparar para acá están haciendo su trabajo: Para eso les pagan).

Después del asesinato multitudinario en Libia en busca del presidente de ese país todavía queda quien se escandaliza porque Estados Unidos llama narcotraficantes a unos venezolanos. Hora de recordarle a nuestra gente que estamos en guerra. Una guerra despiadada y absurda, como toda guerra, así todavía no despunten en el horizonte las armas de última generación, aunque sí el impulso homicida; honor a los caídos en abril de 2002; honor a Danilo Ánderson.

Si estuviéramos en un momento menos dramático provocaría decir que aliviados deberíamos estar, ya que mientras sobre otros países y personalidades llueven misiles aquí apenas llueven insultos y acusaciones. Eso sería reducir algo escabroso y preocupante a simple anécdota digna de chiste y risa. Pero, precisamente por lo trágico, siempre es bueno ubicarse en el momento exacto de esta larga historia de la lucha de los pueblos contra las hegemonías, y hacer la invitación correcta: Ya no más sorpresas ni ataques de hipo cuando nos llamen narcotraficantes, asesinos, terroristas, fariseos y truhanes, a nosotros y a los nuestros. Lo raro en una guerra sería que no se disparara ni una sola bala y aquí uno enciende el televisor o lee la prensa y la metralla chorrea abundante.

La sangre también chorrea, pero hay algo que impide que la hemorragia sea indetenible: El empeño del pueblo chavista y de sus dirigentes en no responder golpe por golpe, bala por bala y muerto por muerto. Si a los más de 200 dirigentes campesinos asesinados por terratenientes hubiésemos respondido con igual número de terratenientes liquidados, al estilo de la Ley del Talión, aquí hace rato se hubiese desatado una guerra civil. En cambio, la vocación serena de un proceso en el cual los pobres seguimos poniendo los muertos ha permitido que no haya un sólo latifundista preso. ¿Alguien recuerda el nombre de Nelson López? ¿Y el de Luis Gallo? El segundo mandó a matar al primero en Yaracuy, según confesión de sus sicarios, pero ya la opinión pública los sepultó a ambos en el olvido.

Así que esta guerra no es sólo de declaraciones. Cuando las corporaciones de la información comienzan a asesinarlo a usted moralmente es porque quieren justificar su asesinato físico. Le ocurrió a Jorge Nieves en Guasdualito. Pero ese nombre tampoco lo recordamos. Y como las batallas también parecen ser de memoria contra olvido, entonces valgan estas líneas para recordarle que estamos en guerra. Y el enemigo es implacable.