martes, 4 de agosto de 2015

Nosotros, los desechables

El capitalismo industrial produce, esencialmente, basura. Suavícese o humanícese la palabra (desechos, desperdicios) lo cierto es que la sociedad del "progreso" se las arregló para que todo en el planeta sea producido y usado en provecho de unos propietarios y luego arrojado a la naturaleza o a las calles.
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En la categoría "basura" que nos han impuesto entra todo lo que es susceptible de utilización y posterior desechado. Desechos: objetos de inmediata o más o menos prolongada obsolescencia, excluidos, ancianos jubilados, presos, enfermos, lumpen de todo pelaje, diletantes varios; animales en exhibición o abandonados, productos corporales, agua contaminada, escombros y cadáveres de la guerra; metales y sustancias tóxicas, espectáculos olvidables y decadentes.
Nos han acostumbrado a que todo tiene una "vida útil", y cuando no se consigue en el mercado entonces ya es basura y está mal visto seguir usándola. De ahí el bochorno de algunos lectores de un reciente artículo en esta página ( http://misionverdad.com/pais-adentro/como-y-donde-destruiremos-al-pais-de-mierda ), en el que hablaba en términos celebratorios de un muchacho que está perfeccionando una bomba de ariete con botellas de refrescos desechadas. Uno de esos lectores, estúpido por convicción, decía que eso era de marginales, que lo correcto era que ese muchacho trabajara, no con desechos sino con artefactos comprados a la industria (dónde mierda queda entonces el ingenio, cabría decirle, pero a ese pobre hombre ya lo perdimos como ser racional). 
Otro lector, con mejores intenciones, observaba que si seguimos promoviendo la cultura del reciclaje y la reutilización entonces va a llegar un momento en que esa cultura va a necesitar que el capitalismo siga produciendo basura. A esa sensata aunque incompleta visión del asunto es bueno proporcionarle algunos datros que probablemente el lector no tomó en cuenta.
Noventa por ciento por ciento de la "basura" doméstica y comercial, esa que uno ve normalmente en los containers, rellenos sanitarios y compactadoras; en los camiones y en las calles donde todavía no ha pasado el camión; en los lechos de los ríos, orillas de las playas, montañas, sabanas, océanos; noventa por ciento de esos objetos y materiales desechados está compuesto por envases (botellas, cajas, bolsas, cajones) de vidrio, plástico, papel, cartón, madera). Peculiaridad del capitalismo: se esmera en vendernos hasta el envase donde viene la mercancía (que también es basura).
Un recuento del año 2013 ( http://www.packaging.enfasis.com/articulos/65519-pet-el-ciclo-crecimiento-la-industria ) indica que América y Asia estaban en condiciones de producir y en efecto produjeron 23 mil toneladas de botellas plásticas para bebidas (botellas PET: polietilentereftalato), y el dato que le tenemos al lector es este: todas esas botellas ya existen. Cuando uno viaja por la carretera que lleva a las playas de Adícora y Buchuaco, rumbo al norte de esa península maravillosa aunque devastada que es Paraguaná, tiene la impresión de que la mayoría de esas botellas están ahí, esperando los 500 años de rigor para que se descompongan y se integren al suelo, así que ante esos y otros desechos masivos tiene uno tres opciones: 1) espera que se descompongan; 2) los incinera (y el daño a la atmósfera y a la capa de ozono sería irreversible); 3) los pone a ocupar más espacio en los rellenos sanitarios y vertederos de basura, lo cual es una manera muy elegante de ejecutar la opción 1; 4) toma una buena parte de es basura y construye con ella objetos utilitarios.
No hace falta que el capitalismo incremente la producción de basura: con la que ya produjo y que no desaparecerá tenemos para ponernos a trabajar, dejar la pereza y los prejuicios y lanzarnos a la aventura de hacer casas y otras obras que, según la muy conveniente visión del "progreso", sólo son viables si se hacen con cemento y otros productos industriales.
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Quien tiene incrustada en la mente la versión canónica del progreso cree que las cosas sólo tienen valor y son buenas si se consiguen en expendios, tienen una marca y vienen empaquetadas en envases (que luego irán a parar a la basura). Si usted anda por la calle recogiendo basura para tener con qué construirse una vivienda, un mueble u otro objeto usted está en una escala bajísima de la sociedad de consumo: usted es un indigente, alguien que en vez de comprar algo (porque no tiene con qué comprarlo, por ejemplo) va y lo hace con lo que los demás botan. Nada menos glamoroso y chic que una persona que anda echando ojo en los containers y acumulaciones de basura; lo correcto es que usted se asome en las vitrinas de los centros comerciales, en los mercados y en Amazon.
Clave importante: póngase a pensar qué tantas cosas está usted violentando, confrontando, cuestionando, discutiendo y abofeteando con sólo ponerse a pensar qué hacer con esas botellas de vidrio que recogió del pote de la basura en la licorería. No tengo respuestas al respecto, sólo esa pregunta.
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Decíamos por allá arriba que la sociedad del progreso capitalista industrial ha convertido el desechar en una de sus misiones fundamentales, y que a esa lógica que todo lo exprime para después ser defecado no escapamos nosotros, los seres humanos. Uno de los rituales más asquerosos y humillantes de la sociedad del progreso es la que jubila a las personas cuando apenas alcanzan o despuntan los 60 años de edad. La jubilación se les "vende" a los trabajadores como si fuera un regalo, un reconocimiento del Estado o la empresa para que esa persona que se acostumbró por décadas a ejercer una función se vaya a su casa, presuntamente a "descansar".
En la vida real, el mensaje intrínseco que recibe un jubilado cuando se le ordena que se largue a su casa, a su rancho o al coñísimo, es que ya cumplió su período de "vida útil" y entonces ahora se le está dando el mismo tratamiento que a las botellas de plástico: ya me serviste, ahora te lanzo al Guaire del olvido y del adiós, viejo güevón.
A causa de esto puede verse en las ciudades el espectáculo insólito y triste de unos "ancianos" humildes de 60-65 años, deprimidos, súbitamente enfermos y solitarios; seres entregados al ocio improductivo, al alcohol o al ostracismo, destruidos en su autoestima porque el sistema le está indicando que si no llegó a patrón o a dueño no sirve para nada. Pero también se encuentra uno con casos maravillosos y extraordinarios, sobre todo en los campos, de personas que están activas y esplendorosas en su fuerza física y mental porque tal vez fueron utilizadas por explotadores pero nunca se jubilaron de la vida: del trabajo para sí mismos, de la labor con las manos, del moverse y caminar así sea para disfrutar del aire puro y sembrar y cuidar alguna mata.
El caso más extremo que conozco se llama José Rondón, un joven del páramo merideño, de 99 años de edad, que comenzó a hacer su casa con objetos desechados (madera, botellas, arcilla, cortezas de árboles) cuando tenía 70 y cuyo plan maestro es dedicarle todas sus energías diariamente a esa casa-experimento. Siempre hay algo que hacer en su casa, siempre se le puede ver así sea clavando un clavo, y enseñándoles a los jóvenes que una casa se puede construir con lo que sea y no sólo con lo que venden las ferreterías.
Una vez le pregunté cuándo pensaba terminar la casa. Me respondió: "Nunca. Porque el día que sienta que ya está terminada, ese día me muero".
Moraleja: reutilizar materiales y reutilizar nuestra vida es una buena opción. Que los años finales no nos sorprendan en el geriátrico u otro depósito de gente desechada. Y que para usar los materiales disponibles no tengamos que seguir enriqueciendo a la industria.

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domingo, 12 de julio de 2015

Cómo y dónde destruiremos al país de mierda

El detonante, vamos a llamarlo "inmediato" (porque hay otros remotos) de estas reflexiones, se me atravesó el 5 de julio de este año. Vino envuelto en un mensaje de texto deWalter Lanz. Decía: "Marico, lo logramos. Acabamos de obtener la primera reproducción de cachamas allá en El Frío. Con una hormona alternativa". Como sé que se trata de un mensaje incomprensible para la mayoría, invertiré dos párrafos en explicarlo.

Ese Walter y otros sujetos más, campesinos embarcados en una aventura llamada Escuela Popular de Piscicultura, tienen unos años criando cachamas con alimentos y procedimientos alternativos, naturales y artesanales, limpios, agroecológicos, etcétera. Había un paso por dar para conseguir la soberanía plena en ese asunto: había que romper un eslabón tecnológico, y acá es cuando se medio enreda el relato. Sucede que las cachamas no se reproducen de manera natural en cautiverio porque la hipófisis de las hembras, antes de expulsar sus óvulos para ser fecundados, segregan una hormona sin la cual no hay fertilidad y eso sólo ocurre cuando están en los ríos o lagunas naturales. El punto es que esa hormona ha sido aislada y comercializada por años, y el precio actual en el mercado es de 120 mil bolívares el gramo. No un kilo: UN GRAMO de la hormona cuesta esa cantidad de plata.

Ese es el escenario ideal para que la insolencia tecnocrática y burguesa imperante triunfe e imponga la ley: "Sólo el Estado, la Academia y las corporaciones podemos reproducir peces. Campesinos de mierda: mejor ni lo intenten". Pues en ese mismo escenario han irrumpido de pronto estos locos, que ya antes le cerraron el hocico a los "sabios" haciendo otras cosas que según éstos era imposible, y han logrado el prodigio de la fecundación sin necesidad de la hormona para millonarios.

¿Qué sustancia emplearon estos compañeros en sustitución de la hormona de hipófisis de pescado? Aquí es cuando uno decide entonces copiar la conducta y la actitud con que nos han tratado a los pelabolas los "sabios" de corbata, los que se sienten dueños de un conocimiento que debería ser patrimonio de la humanidad, a lo largo de siglos y siglos de dominación, y les respondemos igual que ellos a nosotros: si me lo mamáis en cruz te lo digo. Ya el Ministerio de Agricultura y Tierras está en contacto con la Escuela Popular de Piscicultura para hablar de esta historia, en la que todos los países (incluido el nuestro) y pueblos han sido sistemáticamente estafados por laboratorios y transnacionales de la producción de alimentos.

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Yo vivo en un país donde ocurre este tipo de prodigios, pero nosotros, los comunicadores al servicio de una Revolución, no lograremos que esta noticia, la más importante del año en el área de la Ciencia y la Tecnología, en Venezuela y tal vez en Latinoamérica, capte la atención de las mayorías (unas mayorías desesperadas porque creen que si no le venden carne ni pollo entonces ya no se puede acceder a la proteína animal). El titular de la noticia dice así: "Campesinos jediondos lograron, con unas poncheras y frascos de mayonesa, una hazaña que los científicos del mundo creen o nos han hecho creer que sólo se logra en laboratorios antisépticos, con guantes de látex y tubos de ensayo". Pero nadie le parará bolas a este notición, a este tubazo, por mucho que nos esforcemos en venderlo como la proeza científica que es. Lo bueno es que, con propaganda o sin ella, la ciencia en manos del pueblo sigue pateando a la ciencia en manos de burgueses.

Yo vivo en el país de José Rondón, hermano del páramo merideño que a pocos meses de cumplir los 100 años sigue haciendo planes para el futuro y enseñando a jóvenes de cualquier edad a hacer casas con cualquier tipo de materiales (madera, botellas, trapos viejos, calcreto, piedra, arcilla). Pero sólo a jóvenes de la mente: abstenerse ancianos güevones de 25 años que creen que al país lo salvarán los empresarios.

Yo vivo en el país del pueblo Añú, una gente casi extinguida como cultura que habita allá arriba, en las islas donde el Lago de Maracaibo taponea al Golfo de Venezuela, y que está decidida a recuperar su idioma después de tres generaciones de renegar de ella; pueblo pesquero que vive de vender camarones y de sobrevivir a un monstruo cementero que le clavaron en plena Isla de Toas.

Yo vivo en el país de las hermanas Alejandra y Mayra, unas indígenas mezcladas de los pueblos jibi y curripaco que hicieron otro experimento formidable y productivo, en unas sabanas presuntamente estériles de Amazonas: hicieron un tanque de peces sobre el cual pusieron una plataforma para criar patos; el alimento y las excretas de los patos alimentan o fertilizan el agua para los peces, y esta agua a su vez sirve para regar un conuco de verduras y frutales que sirve para darles alimentos a los patos y a los peces (y a la gente, por supuesto).

Yo vivo en el mismo país donde vive El Maracucho, un muchacho jodedorcito que estudió hasta hace poco en el IALA (Instituto Agroecológico Latinoamericano Paulo Freire, aquí en Barinas) y a quien, por pura intuición y por sus cojones, le dio por ponerse a fabricar y perfeccionar una bomba de ariete (un artificio que bombea agua a varios metros de altura sin necesidad de energía eléctrica o combustible) pero utilizando botellas plástica de refresco, de esas que uno bota porque cree o lo enseñaron a creer que esas botellas no sirven para nada después que uno se jarta el veneno marca cocacola.

Yo vivo en un país donde la comida es gratis: pase por los llanos en tiempo de ribazón (diciembre a febrero, más o menos) y llévese o cómase allá mismo todo el pescado que quiera, con sólo meterse en esos ríos estremecidos armado de un saco, una red o un tobo, antes que vengan los coñoemadres caveros (bachaqueros con cava) a hacerlo por usted y a venderle en 600 bolos el kilo esos mismos peces que la naturaleza regala.

Yo vivo en un país que me permitió agarrar una casa rural, de esas que hicieron los adecos en nuestros campos, caerle a mandarria, construirle al lado un rancho parecido a mí en muchas cosas (está hecho de objetos desechados pero con historia), renovar las amistades a punta de dialogar con esos montañeses fabulosos y enchinchorrarme allí a observar las aves.

Sí, cómo no, yo vivo en un país de pinga. Pero ese no es El País. Esa gente querida construye, inventa y diseña un país para el futuro, pero si cometo el error de aislarme en ese pedazo del futuro (hecho de tanta historia y cultura pasada) estaré dándole la espalda al otro país, al de la coñaza y la destrucción; ese otro país donde habrá que caerse a plomo y a cabilla para destruir lo que nos dejaron los ricos dueños de Venezuela.

Porque yo también vivo en un país de muchachos que en vez de estar honrando su herencia campesina andan imitando el habla, los vicios y la inercia de unas ciudades en decadencia. En estos días vino un joven andino a querer malandrearme en la entrada de Pueblo Llano para que le diera plata, y el patadón por el culo que le di a ese pobre muchacho le va a doler para sentarse más o menos hasta que tenga 60 años, si es que llega a esa edad.

La frase que me quedó roncando en el cerebro mientras bajaba es fea, egoísta, perversa y coñoemadrita, pero me hizo bajar también de mi fascinación por la paz de mi montaña, y aclarar (aclararme) las cosas: "Yo viví 30 años en barrios caraqueños; no va a venir esta caricatura de malandro a querer marearme con discursos". Con discursos que no nacieron en el páramo sino en la cochina urbe industrial capitalista: ese muchacho no es expresión de su hermoso pueblo sino de la ciudad que los medios le siguen vendiendo como opción a esta juventud indigestada por tanta información sin masticar.

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Mientras está en construcción el país bonito, el de la convivencia, la conciencia y las hechuras duraderas del pueblo, el otro hay que salir a reventarlo en las putas calles de las putas ciudades descompuestas. 

No me queda otra: vivo en un país de gente amable y laboriosa, y también en uno de gente violenta, "viva" y coñoemadre que considera derecho humano a su parasitismo. Las batallas de la construcción me quedan en el llano, en la costa, en la selva y en este piedemonte fenomenal donde gobiernan los pájaros, los ríos y las mapanares, pero las batallas de la destrucción del otro país, el país de mierda, las batallas fundamentales de este tiempo, me quedan en Caracas. Así que en Caracas nos seguiremos viendo, fatal e inevitablemente.

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miércoles, 24 de junio de 2015

El Negro Primero, los poderes marginales y la crisis del "experto"


Un experto es alguien a quien la universidad, la empresa privada o la anuencia de la burguesía le otorgan autorización y licencia para pontificar en determinada área del saber, sin que en la realidad haya hecho o demostrado saber hacer gran cosa al respecto. Los momentos de crisis social son buenos para que, en lugar de estos charlatanes de corbata y diploma, florezca el poder creador del pueblo, que al final es el único que se salva a sí mismo de las dificultades y tragedias.

El momento histórico venezolano anda hirviendo de ejemplos y casos de cómo la creatividad de la gente simple tiende a desplazar toda esa estructura de la sociedad llamada "formal", a la hora de las definiciones y construcciones más importantes. Perversos en algunos casos (el bachaqueo de dimensiones individuales o familiares, las elaboradas formas de estafar que perjudican a los más pobres e indefensos), más o menos inofensivos en otros y francamente gloriosos en la mejor de las situaciones, eso que Aquiles llamó los poderes creadores del pueblo andan sacando a flote las artes de la supervivencia en la actual guerra a gran escala.

Estamos en un punto de la historia idéntico al sabotaje de diciembre 2002-enero 2003, y tal como en ese momento estamos presenciando el resurgir de nuestro talento innato, que suele quedarse adormecido o atrofiado por grandes períodos cuando la abundancia y la aparente calma nos hacen bajar la guardia. Esos períodos en los que pocos se atreven o se sienten empujados a hacer una mesa porque hay con qué comprarla hecha, o se propaga la ilusoria sensación de que el mercado puede resolverlo todo, sin que en realidad las mayorías puedan comprar lo que sobreabunda en los abastois. Pregúntenles a los colombianos pobres qué tan bien les está yendo con esos anaqueles full de comida y productos.

Por cierto que el pueblo colombiano es un ejemplo formidable de cómo la necesidad y la miseria en medio de la prosperidad de su clase empresarial (que es la misma clase política) lo ha convertido en un creador-inventor-productor de manufacturas de alta calidad. El colombiano de a pie es un trabajador incansable y creativo a quien la industria de muchos países ha esclavizado y explotado a mansalva (eso le pasa al que acepta trabajar mucho por poco dinero, o a veces por un plato de comida y la seguridad de no ser deportado), y a quien la industria de su propio país utiliza en una tarea degradante: los colombianos deberían ser reconocidos mundialmente como los insignes creadores que son, y no como productores en serie de imitaciones y falsificaciones, que para eso es que los usan los esclavistas en el poder.

En la Venezuela de grandes masas inmovilizadas en su creatividad por la engañosa comodidad que daba el petróleo se está regenerando lentamente esa capacidad industriosa e inventiva, que en realidad nunca desapareció, pero que había sido relegada a pequeños espacios y a individualidades locales.

Cuento ilustrativo y más o menos personal. Existe en el país un problema evidente con el suministro de piezas y repuestos automotrices, producto de la misma dinámica de estrangulamiento político que está desviando los alimentos a manos de especuladores y contrabandistas. Hace unos meses, al carro en el que me desplazo (epa: no es mío, debo entregarlo cuando me lo pidan) se le averió un misterioso engranaje que mueve la bomba de aceite pero no pertenece a la bomba de aceite, y es movido por la leva, pero tampoco pertenece a la leva. El mecánico me entregó el perolito y con el mismo en la mano anduve recorriendo ventas de repuestos por siete ciudades, y nadie supo darme repuesta ni siquiera de cómo se llamaba.

Llegamos al momento de las nuevas tecnologías aplicadas al comercio: cuando usted va a comprar algo en una venta de repuestos de esas limpias y pulcras, atendidas por "expertos" que saben mucho de una cosa si tienen una computadora a la mano, debe decirle al vendedor al menos cómo se llama lo que va a comprar, porque la información de lo que hay en los inventarios se encuentra en una base de datos y no en la memoria del vendedor. El depósito está en un lado y la taquilla de atención en otro; dígale a quien despacha si lo puede ayudar a conseguir tal cosa y lo verá bostezando o diciéndole de una que no. Porque él, al igual que la computadora, está programado sólo para recordar lo que está catalogado y en orden. Llega entonces el momento de acudir a otro tipo de negocios y a otro tipo de saber: hay que ir al margen, allí donde está el creador y hacedor marginal.

Llego a una de esas tiendas llenas de grasa al igual que el almacén, el vendedor y el lugar donde reparan el carro, y te atiende un señor que al sifrino promedio le parecerá muy grosero. Agarra la pieza, le da vueltas y me dice: "Esta bicha se parece a la rueda que está debajo del distribuidor". Pero este carro es de un modelo que no trae distribuidor. Va y le pregunta a otro, intercambia con él dos palabras; pega un grito desde allá: "Epa, ¿esto es de una camioneta china, de esas Chery? Bueno, anda a una venta de repuestos Hylux, porque ese motor es el mismo y usa los mismos repuestos. Ni se te ocurra decir la marca de la camioneta, dile que es para una Hylux año 98". Eso ya es algo; el marginal al menos se tomó la molestia de pensar un momento y decirme algo que yo no sabía.

Me saltaré dos o tres diligencias más que hice en el mundo formal, donde gobierna el "experto" en carros que nunca ha desarmado un carro ni lo ha visto por dentro, y llegaré al momento en que fui a donde un tornero. El maldito engranaje inexistente es una pieza compleja, de precisión milimétrica, que debe soportar altas temperatura y presión. Todo el mundo me decía que si iba a un tornero iba a salir estafado o con una pieza defectuosa en las manos, que el carro no iba a poder rodar más que unos pocos kilómetros, o que tal vez me iba a destruir otras partes del motor. Pero ya la camioneta tenía dos meses paralizada y decidí acudir a esta medida extrema.

El hombre tenía una cola de gente que también había mandado a hacer repuestos automotrices de esos que "no hay" en las ventas formales. Miró el engranaje por diez segundos y me dijo que sí, cómo no, que él lo podía hacer. Pero que, en vista del gentío que esperaba, la cosa iba a tardar. Le pregunté cuánto; me dijo que 4 días. Me advirtió además que iba a trabajar con hierro colado, porque nadie o poca gente aquí trabaja con aleaciones de acero con otros metales, y que por lo tanto la pieza iba a tener una vida útil limitada. ¿De cuánto es esa vida útil? Tal vez unos 50 mil kilómetros. Era eso o ver la camioneta perderse en un estacionamiento o chivera. 

Existe un país de "expertos", un país que gradúa a cientos de ingenieros todos los años, unos ingenieros inútiles que no son capaces de diseñar una maldita parte automotriz tal vez porque no se sienten capaces (lo que dicen es que este país no les va a pagar los millones que su talento y su dedicación al estudio merecen), y otro país de creadores marginales, señores criminalizados por la propaganda y los miedos burgueses, que han divulgado que son ladrones y piratas; un país de gente que no estudió con libros sino con el hierro en las manos. Uno de estos señores marginales y satanizados puso a rodar el carro que los "expertos" desahuciaron, y por ahí anda comiendo kilómetros de carreteras. Este momento no es el de la crisis del pueblo sino el de la crisis de los expertos.

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En esta hora en que el marginal resurge y resuelve está activado hace rato el país del ser humano que ha construido toda la infraestructura vial, las casas y los edificios, pero es despreciado por el sifrino de apartamento (un apartamento hecho por obreros) porque no tiene un título universitario de arquitecto ni de ingeniero; el país del tecnólogo popular a quien las cúpulas de científicos menosprecian porque nunca ha visto un pulcro laboratorio pero anda reproduciendo peces comestibles en charcos y poncheras; el pueblo comunicador que no estudió periodismo pero anda difundiendo noticias e historias; el país del campesino custodio y reproductor de semillas de quien los tecnócratas se burlan porque no ha entendido la lógica de las grandes plantaciones; el país que entendió que es mentira que hay que ser doctor para poder legislar, hacer política y resolver problemas en dinámicas asamblearias.

Ese pueblo y ese país entra en estos días al Panteón Nacional, hasta ahora depósito de burgueses, aristócratas y engreídos gobernantes comemierdas: el Negro Primero es la encarnación del país marginal y adolorido que les está invadiendo los palacios y templos a quienes se sintieron por siglos los dueños de Venezuela.

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