viernes, 7 de junio de 2013

El pico

El pico es probablemente el implemento más importante al que acudimos los hombres en estos lados del mundo. Sobre todo en sus facetas metafóricas: el instrumento de trabajo no es usado por tanta gente, así que el pico dejó de ser sólo ese poderoso aparato para perforar, arrastrar, desgarrar y partir, y ha alcanzado la categoría de elemento sicológico asociado al dominio, al poder, a la posesión, a la fuerza y a la inteligencia; a la lucha (cuerpo físico) y también al ajedrez (elaboración mental de estrategias).
Contra lo que pudiera sugerir el pensamiento más directo o simple (y también el idioma: “machete” parece un anuncio, apodo o maqueta de “macho”) no es el machete sino el pico el instrumento que sintetiza las aptitudes de la hombría, entendida ésta en su acepción machista: el ejercicio vital de los “hombres de verdad”.
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Traen su carga patriarcal el concepto "pico" y la explosión de símbolos alrededor. Esto tal vez provenga del hecho de que el pico se llame como se llama. Que se utilice para ciertas cosas el nombre de la protuberancia que tienen las aves en la boca marcó de significados viriles a la simple pieza de hierro, porque el ser humano, en sus modalidades rurales y urbanas, se la pasa imitando, prefigurando o intuyendo a los pájaros en muchas de sus manifestaciones cotidianas.
Gallos se les llama a los aguerridos peleadores y gallina a los cobardes (llámase cobarde al tipo que no se atreve a pelear con otro); pico de oro y pico ‘e plata es el sujeto que tiene labia, seduce, convence, dirige, influye, manda y se impone: el poder se ejerce fundamentalmente con la palabra (la boca, que es el pico), no hay don de mando sin voz recia. Por eso la conmoción general cuando el comandante Chávez salió del quirófano sin poder hablar (mandar).
En sus connotaciones sexuales también hay un despliegue de aves y sus partes corporales. La cinematografía que formó sentimental o emocionalmente a nuestra generación y a la de nuestros padres (la mexicana) está llena de gavilanes, gallos y palomas. No hay nada más parecido al breve y violento cortejo de los gallos sobre las gallinas que ciertos bailes como el joropo llanero, los tambores y la danza wayúu; el grito altanero con que suele empezar la canta de los copleros imita el grito madrugador del gallo que quiere dejar constancia de su señorío sobre los pollos y las pollas de los alrededores. Picaflor es el hombre que anda cogiendo hembras por todos lados y del hombre afeminado se dice que suelta las plumas. El viejo José Rondón, montañés de 97 años que todavía se entusiasma al ver a alguna hembra vistosa, dice de su capacidad para “cumplirle” a una mujer: “Los gallos finos de pelea lo que no pueden hacer con la espuela lo hacen con el pico”.
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Usar el pico para convencer es el acto diametralmente opuesto al “echar pico y pala”. Así como es celebrado el hablar mucho y sabroso hay un límite difuso que convierte esa práctica en despreciable: al que habla mucha paja provoca partirle el pico. Cuando el parlanchín no sabe hacer otra cosa en la vida y permite que se le note queda reducido a su vergonzoso nivel: no hace nada, es un hablador de paja. El hablar y hablar y hablar sin sustancia es inorgánico e inferior frente al hacer. La gente que hace es o debería ser más importante que la que sólo habla.
Echar pico y pala: expresión genérica que designa el hacer un trabajo manual duro, casi siempre de agricultores y albañiles. Recuerdo las amargas recomendaciones de mi viejo: “Estudie para que no tenga que ganarse el pan echando pico y pala”. Aunque ese y otros millones de seres humanos se levantaron a sí mismos y a sus familias haciendo trabajos pesados y dicen estar orgullosos de esa hazaña, la verdad es que nuestra sociedad se ha construido sobre un sustrato muy hondo de desprecio hacia los obreros y campesinos, de quienes el hombre de oficina, el que hace trabajo intelectual o el entregado al ocio improductivo suelen decir que son brutos, malolientes y primitivos.
Es muy fácil que ese desprecio se convierta en autodesprecio, aunque también hay un dato animal formidable, que reivindica y levanta la moral del trabajador manual. Lea el siguiente testimonio, invalorable credo de hembritud. Es una gallarda y romántica confesión, contentiva de cosas que uno sabe o sospecha sobre el pensar y el sentir femeninos, pero que es muy estimulante leerlo escrito o dicho por  una mujer:
Así que el pico metafórico del que tiene labia, domina y conmueve es al mismo tiempo premonición del pico físico, del utensilio de trabajo tosco y potente: ese hierro se hizo para llevar a cabo en la vida real algo que los aficionados al revoloteo metafísico dicen que sólo se hace con algo que llaman fe: el pico mueve montañas. Literalmente: las carreteras del país, muchas casas, plantaciones y ciudades no hubieran podido construirse sin que el pico de verdad hubiera entrado en acción. El pico destroza el suelo ancestral, resquebraja la piedra; la pala mueve para otra parte los restos devastados de esos trozos heridos de planeta.
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Enamorado como estoy de un pedazo de montaña barinesa, esa zona mágica donde el llano empieza a desaparecer y se convierte en Los Andes, quise convertirme en custodio y habitante de un pedazo de terreno. No es tan directo el trámite. Tuve que fajarme a contarle al Consejo Comunal qué pensaba hacer con esa parcela. Hablarles de lo que pienso sobre la siembra sin veneno, del cuido del bosque y el río, de las casas orgánicas hechas con el mismo material con que fuimos fabricados nosotros (barro). También les hablé de lo que puede hacerse con un poco de ganas de comunicar noticias e historias (les hice un facsímil de una especie de boletín que esa comunidad puede hacer si se lo propone y me dejan explicarles cómo).
Tras unas buenas sesiones de poner a funcionar el pico y de escuchar las réplicas de un vocero de lujo, que me da clases a mí y a cualquiera en eso del palabreo inclemente (vaya: ese Consejo Comunal tiene entre sus voceros a Rafael Martínez, “El Cazador Novato”) me han concedido el privilegio de formar parte de la comunidad. No sé qué cataclismo tendrá que ocurrir para que algo me empuje a irme de ese territorio maravilloso. Y sí: me siento propietario, vicio humano de los que crecimos en capitalismo. Siento haber dado con eso que llaman “el pedazo de tierra para caerse muerto”. Pero antes de que ello ocurra viviré. No sólo existiré (que es lo que uno hace en las grandes ciudades), sino que me lanzaré a vivir.
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Todo lo anterior, porque la primera herramienta que he comprado expresamente para la primera faena que viene (replantear un terreno, terracear, preparar el lugar donde estará la casa) ha sido un pico. Las heridas que me ha dejado en las manos la primera jornada de entrarle a la tierra son hondas y dolorosas. Tengo un triste orgullo de esas heridas; hubiera querido ahorrarme muchos de los placeres fatuos de la juventud, esos premios por haber puesto a andar el pico metafórico, y haber invertido más tiempo y esfuerzo en las heridas corporales que deja el pico de levantar casas y conucos.

domingo, 2 de junio de 2013

Todi: sabor que nos alimentaba



Esto es un agregado o complemento de las recientes reflexiones-acciones sobre la forma en que distorsionaron y despedazaron nuestra cultura, sobre todo desde sus manifestaciones culinarias o gastronómicas, cuando ésta estaba en etapa germinal (un feto apenas que jamás nació ni se desarrolló, porque el petróleo lo volvió mierda).

Semillas de todi o mucuna
Sobrevive entre alguna gente del campo venezolano, mayoritariamente de más de 45-50 años, el recuerdo de una bebida que antiguamente se tomaba en lugar del café, y también en forma de merengada riquísima hecha con leche de vaca recién ordeñada, con sabor a chocolate. La llamaban todi. No, güevones, no me corrijan: se escribe todi porque así lo pronuncian nuestros viejos. Tampoco lo busquen en Google, ya dejemos el arrodillamiento y la sumisión: es mentira que todo el saber humano se encuentra en internet. El dato venezolano que acompaña la historia del asesinato de esta rara leguminosa (una especie de caraota grande, robusta y con "bemba") es una demostración de ello.
Se trata de la especie llamada Mucuna (no confundir con la mucuna pruriens, que ha sido prácticamente proscrita como alimento para humanos debido a su contenido de un tóxico llamado dopamina). Eso sí se consigue en Google: la información, veraz o no tanto, que criminaliza y condena a las semillas originarias, ya que esto "obliga" o empuja a las masas de consumidores a comprar sólo las que son comerciales y le inflan el bolsillo a alguien. La mucuna (todi) es monte y crece como monte; las caraotas negras, rojas y otros granos comerciales, no se consiguen en cualquier solar y para comerlas hay que pagar. Resultado: para el "saber" generalizado, el todi o mucuna es maligno, es mierdero, es monte; la caraota negra, en cambio, es el grano nacional, y quien siendo venezolano no coma pabellón o declare que le importan una pinga las caraotas negras es marico, vendepatria o loco. Como si ese grano de mierda fuera de aquí (el todi tampoco lo es pero nadie lo está promoviendo como plato nacional obligatorio).
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Miles de personas del campo, de una generación anterior a la nuestra, sabe lo que es todi y muchos lo probaron y disfrutaron. Esa popularidad  sobrevivió hasta que llegó el Toddy con su sabor colosal, producto de la muy eficaz alquimia a que es sometido el cacao. Lo cierto es que el todi original ha caído casi en el olvido. Casi lo mismo que ocurrió con las arepas de verdad, piladas, o peladas, a causa de la hegemonía industrial de la harina precocida de maíz (no olvidar: http://tracciondesangre.blogspot.com/2013/05/alguna-vez-fuimos-de-maiz.html).
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Hay que darle el beneficio de la duda a una duda: no sabemos con precisión si el término se utilizó antes para la leguminosa que para el producto comercial. Dos datos nos hacen sospechar que la industria se apropió del nombre que el pueblo le daba a la merengada, y no al revés. La marca comercial y el producto Toddy llegaron a Venezuela en 1939. Ya saben quién se enyucó a la marca y al producto en Venezuela, ¿cierto? ¿O no? ¿No lo saben? Está bien. Búsquenlo en Google: "Toddy Venezuela".
Desde la década de los 20 el sujeto que "inventó" la fórmula, un puertorriqueño nombrado Pedro Erasmo Santiago, se dedicó a recorrer toda Suramérica registrando a su nombre la marca "Toddy", que al parecer antes fue una marca de una bebida alcohólica escocesa con toque achocolatado. El otro dato es el paralelismo de esta historia nominal con el caso mexicano, donde la mucuna también se toma hace décadas mezclada con leche de vaca (como aquí) pero su denominación entre la gente suena también conocida: los campesinos de México le dicen a la mucuna nescafé.
Tanto en México como aquí la mucuna es aprovechada sólo en una de sus facetas, que por cierto de desdeñable no tiene nada: se siembra en algunas plantaciones y conucos para enriquecer y nutrir los suelos, ya que, como toda leguminosa, tiene la propiedad de inocular nitrógeno en cantidad a la tierra, dejándola fértil y rica para la siembra que viene. Esta utilidad es noble y resulta un alivio saber que al menos para eso se esté usando; lo malo es que hay enredaderas de estas en muchas partes (las he visto hace poco en varios caseríos y haciendas de Barinas, en el llano y en la montaña), pero quienes las ven crecer perdieron el impulso ancestral de recogerlas, tostarlas, molerlas y mezclarlas con leche y azúcar o papelón para tomar. Cuando uno viene con toda aquella pose y aquella actitud de tipo sabio y les dice a esas hermosas doñas septuagenarias del campo: "Señora, présteme una paila para poner a tostar estas semillas", casi siempre la señora responde: "Ah, ¿vas a hacer todi?", y le cede a uno la bendita olla con un bostezo y una mirada de lástima. Segundos después termina de soltar la información: "Eso lo preparaba mi mamá hace años, ahora la arrancamos porque ahí en la tierra que dejan crece un maíz muy bueno".
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El todi es apenas una de las muchas leguminosas que, de manera sistematizada, han sido desaparecidas o liquidadas de nuestra memoria colectiva como pueblo. Como muchos de los productos de la tierra que pueden conseguirse gratis (es decir, sin hacer rico ni pobre a nadie) se creó una leyenda oprobiosa a su alrededor para que la gente termine por aborrecerla y considerarla chimba, tierrúa, poco glamorosa o directamente venenosa. Así como puede conseguirse mucuna en cantidad, afinando el ojo y preguntando, pueden conseguirse tapiramas (granos) en una variedad formidable; la parte cruel del cuento es que muchos campesinos ya no comen "de eso" porque es dizque es venenoso. Es verdad que si no se calientan lo suficiente y no se les cambia el agua algunos de estos granos pueden ser tóxicos o quedar muy amargos, pero la solución es tan sencilla como esa que se insinuó arriba: usted las remoja en agua en la noche y les bota el agua en la mañana, o las hierve, les bota el agua y las vuelve a hervir. Ningún secreto; es lo mismo que debe hacerse con los quinchonchos y cualquier otro grano si no queremos inflarnos como un globo.
Yo me precio de ser aprendiz de catabre (esos sujetos que andan por ahí repartiendo semillas a quien quiera sembrarlas o regalarlas a gente que las cuiden, se las coma y me guarde unas cuantas para seguir propagándolas), y en el poquísimo tiempo que tengo en eso han pasado por mis manos unas siete variedades de semillas nativas, orgánicas, sanas, y sobre todo no comerciales porque crecen en enredaderas y es muy difícil mecanizar su cosecha. He visto y difundido entre gente que siembra tapiramas negras, moradas, bayas, manchadas, marrones, blancas (tapirusa o cabelo de ángel) y dos especies de paspasas (negra y marrón), todi en cantidad. Por aquí cargo algunas paspasas y semillas de todi. Si tienes dónde sembrarlas y cuidarlas hasta que den sus frutos, te las regalo.
No creo que eso sea suficiente para  roncarles en la cueva a las semillas comerciales (lentejas, arvejas, caraotas negras, blancas o rojas), esas que son muy populares y vienen hasta el seguegue de venenos, fertilizantes e insecticidas, pero que la gente considera emblemas de la nacionalidad y hacen que uno piense orgulloso, cuando se mete una cucharada de caraotas, "coño, qué venezolano y qué tipo del pueblo soy".
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En Venezuela hay una pujante red de Guardianes o Custodios de Semillas. El año pasado realizaron un encuentro en Monte Carmelo, estado Lara, y allí se tomaron decisiones importantes: http://www.docuven.org.ve/video/178/Guardianes-de-Semillas

domingo, 26 de mayo de 2013

Alguna vez fuimos de maíz

De cómo el capitalismo nos arrebató lo que casi fue nuestra cultura.
Especie de complemento de aquel otro artículo: 
Puerde leerse también en la revista Épale Ccs Nro 31 http://www.ciudadccs.org.ve/?cat=430


A finales de 2011 visité el Complejo Agroindustrial José Inacio Abreu e Lima, allá en Anzoátegui. Trabajaba entonces para el Instituto Nacional de Desarrollo Rural, y se suponía que había buenas noticias para difundir; por ejemplo, que estaban por cosecharse las primeras 12 mil hectáreas de soya, una leguminosa que no es de por estos lados (tranquilos: el mango y el arroz tampoco lo son y la gente los cree o los considera autóctonos, nomás porque caen bien).
Bastante se ha hablado sobre la devastación de los frágiles suelos de la mesa de Guanipa. También sobre el dato insólito de que en pocos años ya no serán 12 mil sino 32 mil las hectáreas de soya por sembrar (por cierto que le conté esto a un brasileño, y el hombre, después de mirarme con lástima, se me rió en la cara: en su país ya rebasaron el millón de hectáreas de sembradíos).
Así que, morboso y malintencionado como me criaron, comencé a fijarme en otra dimensión del fenómeno: el dato sociocultural adjunto al hecho económico-productivo. Como es de esperarse, en ese complejísimo complejo trabajan personas que, en su mayoría, viven cerca de las instalaciones. Muchas de esas personas pertenecen al pueblo kariña, y uno las ve allí desempeñando labores de vigilancia, limpieza; algunos son operadores de maquinaria. Allí están, orgullosos de sus uniformes, de sus carnets, de sus radios transmisores; agradecidos por su sueldo y sus cestatiquets. Muchos no hacen en todo el día más que mirar la inmensidad en busca de alguna eventualidad que casi nunca se produce, y eso está bien: de alguna manera hay que pagarles a los pueblos originarios el genocidio de siglos.
El momento culminante de la observación sobreviene cuando uno de los compañeros del complejo me informa, todavía más orgulloso que los hermanos kariña, que en esos días unos técnicos del Ministerio de Agricultura y Tierras iban a comenzar a dictar en las comunidades cercanas un taller de cultivo de yuca. Había que hacer una nota de prensa sobre eso.
Los chistes, cuando son malos, hay que explicarlos. Y este chiste es espantosamente cruel, amargo, repulsivo, desesperadamente grave: muy rejodida tiene que haber quedado una cultura; muy desmoralizado y neutralizado tiene que estar un pueblo; muy hondo tiene que estar sepultado el cadáver de un país, para que hayamos llegado al punto en que unos técnicos caraqueños les enseñen a los inventores del casabe cómo se siembra y se cosecha una mata de yuca.

Hablando de yuca

Ese caso es actual y es una muestra microscópica, una maqueta muy pequeña, de cómo nos enyucó el capitalismo como pueblo y como cultura, hasta llegar al momento inaceptable, triste y miserable en que un hijo de la gran puta, el habitante más multimillonario de Venezuela, genere pánico y desasosiego con sólo dar la orden de no distribuir en los puntos de venta la harina pan.
Explicación del chiste: un coñoemadre que en su perra vida habrá tocado una maldita mazorca de maíz, nos ha hecho creer a nosotros, los inventores de la arepa, que sin la harina inorgánica esa que mientan “precocida” nos moriremos de hambre. El disparate tiene su origen en un crimen originario, que fue separarnos del país que estábamos a punto de ser, y empujarnos a la imitación forzosa de un país industrial, urbano y cosmopolita que nunca seremos. Puede que echándole mucha bola y sacrificando mucha dignidad a ratos parezcamos neoyorkinos o parisienses, pero nosotros no somos parisienses ni neoyorkinos sino una caricatura de esas ciudadanías. Nosotros teníamos un país apegado a la tierra, a unas tradiciones, muchas de ellas españolas pero por cierto bastante nobles y tiernas, porque estaban dirigidas al vivir y no al enriquecer a un explotador; teníamos un país en el que la gente no tenía vergüenza de sembrar unas matas, levantar una casa y coser unas ropas, pero cuando estalló el boom petrolero y la orden de los dueños de nuestro petróleo fue emigrar en masa hacia las grandes ciudades y convertirnos en urbanos, empezaron a darnos asco todas esas cosas.
En 1929 se publicó una novela llamada “Doña Bárbara”, obra cuya metáfora esencial se nos ha impuesto como emblema de la venezolanidad: hay un ser salvaje por derrotar (el campesino feo, jediondo a humo y a monte, a sudor) y un Santos Luzardo que lo domina (el caraqueño blanco, bien vestido y mejor hablado que no olía a sudor sino a perfume) a punta de civilización y buenos modales. Menos de veinte años después Caracas pasó de 300 mil a un millón de habitantes.
El citadino de los años 40 todavía era un campesino pero estaba aprendiendo a vivir conforme a las normas y el ritmo de la ciudad; de esa época data la aparición en el habla popular de dos dichos lamentables: “Aquí, jodido pero en Caracas” y “Caracas es Caracas y lo demás es monte y culebra”. Entre la Doña Bárbara de Rómulo Gallegos y la Venezuela protourbana de Medina Angarita un Luis Caballero Mejías inventó la fórmula de la harina precocida de maíz, y a los pocos años el derecho de masificar y explotar esta fórmula pasó a las manos de la familia de Lorenzo Mendoza. El negocio del año: cómo hacer desaparecer los vestigios de ruralidad para adaptarse a las necesidades del capitalismo industrial y comercial.

La arepa que no es arepa

Muchos venezolanos, más ingenuos que desinformados, creen que comiéndose una arepa en una arepera en lugar de una hamburguesa en cualquier hamburguesería les están siendo fieles de alguna manera a lo venezolano. Pero el éxito de la harina precocida de maíz es de la misma índole que el de la hamburguesa: ambas son fórmulas que no le sirven a la gente sino al capitalismo.
En los años 30 del siglo XX, cuando a los genios de Roosevelt se les ocurrió la idea de preñar de rascacielos a Nueva York y otras ciudades para sacar a EEUU de la Gran Depresión (ser esclavo albañil se puso de moda, pues miles de hombres desempleados se lanzaban a la aventura de pegar bloques, vigas y cabillas por un sueldo miserable, mientras creaban megalópolis de concreto armado) cobró auge el objeto-alimento más exitoso de la centuria: el famoso emparedado, un truco tan sencillo como meter la comida dentro de un pan para efectos de la comodidad y el no tener que bajar 70 pisos de andamios para sentarse a comer (o evitar caerse por andar manipulando platos, cubiertos y vasos en esas altitudes).
Mientras el acto de nombrar al emparedado (o sándwich o hamburguesa) obliga al honesto y correctísimo hecho de referirse al bojote completo, es decir, al pan y a lo que lleva adentro, con la “arepa” de harina precocida se nos ha empujado a una cándida y a la vez monstruosa trampa: uno dice “voy a comerme una arepa”, pero en realidad nadie va a una arepera pensando en zamparse la arepa sola. La arepa pelá y la arepa de maíz pilado sí fueron el bocado nacional por antonomasia y sí puede comerse sin relleno alguno, porque son de maíz y saben a maíz. Pero la arepa de harina precocida no sabe a nada, así que hay que rellenarla con algo que le dé gusto y sentido. Contra lo que dice Empresas Polar, la arepa de harina precocida no es el plato nacional, la vedette de nuestra mesa, la novia esplendorosa, sino de vaina la muchachita que va a tras sosteniéndole el velo.
Hace poco tuve una revelación en una casa en el asentamiento campesino La Chigüira, en Barinas. Después que hubimos comido la gente de la casa trajo el postre; era un plato con tres arepas para compartir entre seis personas. Estaban frías, pero mi media arepa me supo a gloria: por primera vez en mucho tiempo me estaba comiendo media arepa de verdad. Los anfitriones de esa casa (Juancho, Laura) son colombianos.

¿A quién le sirve una “arepa” así?

Lo que llaman “comida rápida” tiene la sospechosa virtud de ahorrarnos tiempo y esfuerzo, y ese es el mismo concepto que se le explota a la harina precocida. ¿A quién se le ahorra tiempo? ¿A usted? Póngase a ver: usted ya no tiene que sembrar, cosechar, sancochar, moler o pilar y amasar el maíz, pero ese tiempo que se ahorra no lo está invirtiendo en usted sino en cumplir con el requisito de la puntualidad. El signo distintivo de la gente que sobrevive en capitalismo es la rapidez; cuando usted sale a las 12 y regresa a la 1:30 se siente satisfecho, no de haber almorzado sino de haberlo hecho antes de que el aparato o persona que le vigila el horario empiece a decir que usted es un irresponsable. Como “el trabajo dignifica” y ser vago es una mancha horrorosa en su biografía usted termina dándole más importancia al trabajar que al comer.
Pero el capitalismo ya pensó en eso y no va a permitir que usted se angustie: para eso creó la vianda o lonchera, ese ataúd contentivo de la “comida” que usted hizo a los coñazos la noche anterior o el fin de semana, y que, como a cualquier cadáver, la saca del congelador al crematorio (el horno microondas) y de ahí a la triste mesa dentro de la oficina, de donde no saldrá para evitar llegar tarde. ¿Y en la casa, qué? ¿Y mi arepita casera? Ahí tiene el tostiarepa, un artefacto diseñado para que ni siquiera tenga que tomarse el trabajo de acariciar la masa y de lubricar el budare.
Cierto que todos o casi todos terminamos aceptando y naturalizando este ritual inhumano y vejatorio; una sociedad que le da más importancia a la puntualidad en el trabajo que a la comida es una sociedad de esclavos. ¿Usted de verdad necesita esa forma de vida? No: la necesita la empresa, ministerio, fábrica o maquila donde le exprimen su fuerza de trabajo.

El resto del crimen

El crimen que nos despojó de nuestra cultura en formación tiene muchos rastros y señales; la clave gastronómica es apenas una de ellas. Así como los agroindustriales nos convencieron de que el conuco es prehistórico, cochino, chabacano e indigno, esas y otras hegemonías nos han inculcado el asco, el desprecio y el temor a las casas de barro (para vendernos cemento), a la caza y la pesca como cultura cinegética (para vendernos carne de vaca), a la posibilidad de hacer con nuestras manos lo que en capitalismo se compra ya hecho (por esclavos y para esclavos). Y así, nos enseñaron también a detestar nuestros olores corporales (oler a ser humano es oler a mierda: usa jabón y desodorante), nuestro color (tintes, maquillajes), nuestra forma de hablar (diccionarios, cursos y policías del lenguaje “correcto” como lo habla y escribe una élite de españoles de academia), nuestra música.
Cuando Chávez propuso llenar las azoteas de los edificios de sembradíos y gallineros verticales la reacción generalizada fue de asco, risa y pena ajena, porque para unos seudocosmopolitas acostumbrados a la sifrina idea de que sólo se puede ser gente si se es profesional o intelectual, está bien el orden que divide a la humanidad en esclavos (pobres), amos (ricos) y parásitos (clase media). ¿Para qué enseñar a mi hijo a hacer casas si ya hay niños de su edad, hijos de esclavos albañiles, que se la harán en el futuro? ¿Para qué enseñarlo a sembrar si ya hay hijos de campesinos condenados a no saber hacer otra cosa sino regar unas plantas de las que no van a comer porque le pertenecen a la agroindustria? ¿Para qué enseñar a mis hijos a hacer una mesa o silla o casa si esas cosas ya las venden hechas, y de polietileno? ¿Para qué enseñarles a hacer zapatos o pantalones, si cuando sean profesionales van a poder ir a tiendas renombradas? ¿Para qué enseñarles a tocar un cuatro o una bandola si por una módica suma aportada por el Estado puede aprender a tocar violín o corno francés, cosa que da más caché y es más currrrta que andar tocando tambores?
De esto, y no de otra cosa, está hecha la afrenta del empresario bobo (uno llama “bobos” a quienes nos someten y nos aplastan a nosotros los vivos, y de paso se enriquecen con ello, ustedes me entienden) que nos convenció de que la comida sólo es comida si se compra y se vende masivamente.