lunes, 20 de febrero de 2017

Memoria del Chiclayano


Publicado originalmente en la revista Épale Ccs Nro. 216


El personaje se las traía; algo debía tener en el equipaje vital alguien que cultivó renombre y laureles en Suramérica y el Caribe, durante más de medio siglo, como luchador, torero, compositor, actor de televisión, periodista, guionista de cine, playboy, fotógrafo de famosos. Como fue fotógrafo en un tiempo en el que todavía se revelaba en cuarto oscuro y las fotos había que verlas y “trabajarlas” en papel, puede uno aventurar que el hombre además fue un adelantado en montaje y edición en la prehistoria del Photoshop. Alguna de sus extrañas piezas o montajes se incluye en estas páginas.
Un día de 1999 nos fuimos tras el caballero que ostentaba semejante historial o carta de presentación. Gustavo Séclen Ménchola, El Chiclayano, leyenda latinoamericana de la lucha, nos recibió en la planta alta de un viejo edificio ubicado entre las esquinas de Dolores y Quinta Crespo, cerca de la sede de aquel canal que se llamó RCTV. Aquí El Chiclayano mató uno de sus últimos tigres haciendo fotos de actores y actrices. Frente a su cámara desfiló toda la pléyade farandulera activa en los años 80 y 90. Pero frente a sus ojos y su memoria desfilaron personas más interesantes de muchos países.
Varias veces durante aquel encuentro nos dijo en tono menos confidencial que propagandístico: “Mire, hay cosas que uno, cuando es caballero, no debe andar diciendo por ahí. Yo guardo algo con mucho celo, y no sería correcto que se lo diga a usted”. La primera vez que me lo dijo le concedí la razón con un “Ah bueno, está bien”. A la tercera o cuarta vez fui comprendiendo: el hombre tenía algo atravesado entre el pecho y la espalda y quería darme la primicia. Al final la soltó. Por cierto que no la publiqué, por razones que me parecieron comprensibles hace 18 años. Pero ha pasado el tiempo, el señor Séclen ha fallecido (mayo de 2011, a los 89 años) y los otros participantes del cuento también, así que bueno, soltar aquella anécdota tardía como que no escandalizará o afectará a nadie a estas alturas.

Con la cara pelá

Fue un ídolo internacional de esa actividad que se llama popularmente Lucha Libre. Nuestros padres y abuelos se dejaron seducir también por su denominación anglosajona: Catch as catch can. Una vez venezolanizada, la expresión ponía a la gente a decir un corto trabalenguas, y no a todo el mundo le quedaba bien el acto de decir que se iba para la casa porque ya iba a empezar el Cachacascán. Era la Venezuela que se dejaba impresionar con cualquier cosa que saliera en la televisión, ese invento fenomenal recién llegado (años 50-60 del siglo XX). Pero para hacerle justicia a la época hay que decir que no es preciso ser muy impresionable para sentirse cautivado por un espectáculo consistente en ver a un montón de tipos enmascarados cayéndose a pingazos, patadas y llaves estranguladoras.
Gracias al cine y a las historietas o suplementos, la lucha libre (y el cachacascán) tuvo entre sus primeros ídolos mundiales a El Santo, un enmascarado mexicano a quien nadie nunca jamás le quitó la máscara en combate. Contrariando ese tremendo antecedente, en un espectáculo cuya identidad o parafernalia visual estaba basada en buena parte en lo original y único de cada máscara, Gustavo Séclen se daba el tupé de combatir con su cara al aire.
No era el único (hubo un Lotario y otros peleadores sin careta) pero tal vez sí el más famoso de los que participaban en esa fiesta de la fantasía, la invisibilidad y el simulacro mostrando rostro y señales. Una de las consecuencias más felices de esa decisión es que él mismo se hizo famoso, tal vez más que el personaje que encarnaba. Los demás luchadores sólo se ganaban aplausos o rechiflas mientras lucían sus trajes y disfraces, y al terminar el espectáculo volvían a ser señores comunes y corrientes, ciudadanos anónimos, un poco robustos ellos; en realidad más gordos que atléticos la mayoría. Al terminar el espectáculo dejaban guardado a su personaje en el ropero hasta el próximo show. El Chiclayano no: el hombre era un ídolo en el ring y cuando se bajaba de allí era más idolatrado todavía, porque era el mismo tipo: un peruano de mirada andina, buena gente, salido de aquellos montajes que calificaban y todavía califican como actividad a medio camino entre el teatro, la danza y el deporte.
Años después se hizo ídolo en Venezuela otro luchador sin máscara: Bassil Battah. Pero este era el dueño de la Liga Venezolana de Lucha: así cualquiera.

El Caribe a sus pies

“Desde mi debut formé parte del bando de los buenos”, decía con orgullo. La declaración (o el orgullo) cobra sentido cuando uno recuerda o se entera de que el ceremonial de la lucha libre está compuesto, como toda vida o ficción de aventuras que se precie, por buenos y malos, héroes y villanos. ¿Cómo logra un luchador ser declarado héroe (de los buenos) en un entramado donde no hay crimen que castigar, donde el anunciador informa que hay unos luchadores despreciables que el público debe odiar, pero nunca explica por qué? En la época del Chiclayano lo decidían estos factores: el carisma, ese misterioso encanto de las personalidades atractivas o magnéticas; las condiciones atléticas, la capacidad para inventar rutinas, llaves, coreografías acrobáticas, y lo que le salía de los cojones al empresario. El tipo que ponía los reales para montar eventos decidía quién ganaba y quién perdía (ve, el dudoso mérito de Bassil) y esa decisión la tomaba al ver las cualidades de los luchadores en el gimnasio.
En aquella conversación, ya retirado y a sus 77 años, evocó con todo detalle el momento de su debut allá en su Chiclayo (Perú) natal: cómo aquel muchacho de 64 kilos se hizo ídolo de multitudes al enfrentar a un gigante de 120 y no dejarse despescuezar. Contó las peregrinaciones y maromas que tuvo que hacer para que lo aceptaran y aplaudieran en Lima, luego en Argentina, Chile, Ecuador, Colombia. Sus dos destinos fundamentales, los de la gloria, fueron Venezuela (adonde llegó en 1949) y Cuba (1953). Cuando pronuncia el nombre de este último país carraspea, voltea a los lados y dice, bajando la voz: “Precisamente fue en Cuba donde ocurrió lo que no debería contarle, pero usted entenderá”. Y claro, yo lo entendía. Perfectamente.
Uno de los aportes de su paso por el Pancracio (eh: Pancracio se le llama al espectáculo y a la arena de combate en la lucha. Gracias, Google) fue la forma en que se especializó en una suerte o rutina llamada La Tijera Voladora, que se ejecuta así: usted se para sobre las cuerdas del ring, se eleva más de dos metros por los aires, atrapa con las dos piernas cruzadas el cuello de su rival y lo arroja como un vil muñeco hacia allá, en una proyección que emociona y enardece a todo el mundo menos al tipo que recibe la proyección y a sus allegados. Otro golpe con el que solía desbaratar a los malos era ligeramente menos espectacular pero su nombre era mucho más dramático y concluyente: El Salto de la Muerte. Chiclayano fue el primer luchador que empleó esta rutina en Venezuela.
“La lucha es como el ballet: si te falla el compañero fallas tú también”, explicaba. “Una vez en Barinas, peleando con Black Diablo, le hice El Salto de la Muerte. La cosa iba bien; él estaba acostado bocarriba en la lona, yo me subí a las cuerdas y le salté encima, y cuando ya iba en el aire el hombre decidió apartarse y yo caí en el piso. Me zafé la clavícula, y quince días estuve sin poder caminar”. En otra oportunidad lo lesionaron con un tackle, una patada que en el espectáculo se da con la punta del pie. Pero a él se la zamparon con el talón y le hundieron dos costillas. Tú sabes, jugandito. No se pelea de verdad y está prohibido ponerse bravo en la lucha libre.


La música. Y el secreto

La personalidad y el don de gentes de Chiclayano le abrieron puertas en otros ámbitos y facetas del mundo del espectáculo. Después de la lucha, la que le dio más proyección y dinero fue la de compositor. En algún momento comenzó a ofrecerles sus canciones a los grandes cantantes latinoamericanos de su tiempo. “Grandes” significa esto: sus piezas las grabaron Olga Guillot (Me acuerdo de ti), Daniel Santos (Divorciada), Orlando Contreras (Por puro despecho), Felipe Pirela (Amargo sabor), Leo Marini (Sin rencor), Tito Rodríguez (Los Toreros), Nelson Pinedo, Agustín Irusta, Porfi Jiménez, Odilio González, Estelita del Llano.
Perdón, se me quedaban por fuera Julio Jaramillo, Los Melódicos y Celia Cruz.
En los años 90, ya retirado de la lucha y más o menos olvidado por las nuevas generaciones de aficionados a lo que sea, Gustavo Séclen solía enviarles o entregarles a los músicos del momento (del nuevo momento: últimos años del siglo pasado y principios de este) una especie de volante promocional en el que anunciaba: “Conocido desde Argentina, México y Cuba tiene grabados más de 60 números de su autoría grabados por grandes orquestas y cantantes famosos (…) El Chiclayano compone desde un vals peruano hasta una ranchera mexicana pasando por los boleros, baladas, salsas, merengues dominicanos, congas cubanas, tangos, rap, pasodobles (…)  Todas las canciones que compone El Chiclayano tienen interés comercial para los países que se nombran. Si a usted le interesa algún número musical no tiene más que escribir a la siguiente dirección…”. La habilidad y la audacia puesta al servicio de esta faceta: el hombre les echaba fotos a los cantantes que iban a presentarse en RCTV, se las vendía, y acto seguido les entregaba el volante. Víctimas de esas patadas voladoras cayeron rendidos, que se sepa, Willie Chirinos y Elvis Crespo.
Dato: El Chiclayano no interpretaba ningún instrumento musical. Él tarareaba sus canciones y algún amigo músico se las convertía en partituras. “Lo único que toqué bien en mi vida fueron nalgas y piernas. Ah, porque también fui masajista”, dijo riéndose sabroso, como tiene que reírse uno cuando recuerda ese tipo de cosas. Parece que cuando dijo “nalgas” tuvo una revelación o epifanía, porque de pronto se puso muy serio, casi solemne, y soltó aquel secreto de medio siglo de antigüedad:
--Bueno, le voy a contar ese asunto de caballeros, pero le pido por favor que no lo publique. Estando en Cuba, yo me acosté con la mujer del presidente Prío Socarrás.
--¡Cómo va a ser!
***
El hijo del Chiclayano, Roberto Séclen (El Chiclayano Jr.) continuó la leyenda de su padre, participando en carteleras de lucha y entrenando al talento del futuro.