Es una basura inaceptable todo acto que pase por el tamiz de la sumisión, llamada ahora amistad, de o con Estados Unidos. Mucha gente chavista se pregunta ahora qué hacer, en vista de que el gobierno nacional está haciendo negocios violentos y mollejúos con esa entidad criminal que nos fracturó a misilazos, a cambio de un caudal de dólares que no entraba al país en más de una década. Nadie tiene una respuesta convincente.
Va siendo hora, entonces, de explorar algunas claves, ir al origen del tema o los conceptos que estamos discutiendo profusamente (ahora, y no cuando nos tocaba): la soberanía, la Revolución. Pero esa exploración tiene que ser sincera y dolorosa, no acomodaticia.
El ejercicio del momento para “los dirigentes revolucionarios” parece ser declarar que “soberanía” es cierto concepto que nos queda cómodo como analistas, porque no nos compromete. Soberanía: esa cosa que le toca al Gobierno defender mientras yo me entero por las redes de si lo hace o no, y por las redes juzgo y castigo con mi potencia de juez implacable.
La otra parte de la soberanía, que es la defensa cotidiana y permanente de lo que nos define como pueblo, como cultura y como corriente revolucionaria, sobre eso no me gusta discutir.
Entonces hay que discutirlo.
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En el año 2002 el pueblo de Bolivia decidió sacar a patadas del país a la franquicia McDonald’s. Los titulares del momento dijeron que McDonald’s “decidió” largarse de Bolivia porque le iba mal económicamente.
La forma correcta de leer ese fenómeno es: les estaba yendo mal económicamente porque la gente no iba a comprar comida basura en esa franquicia basura. Y no iba a comprar comida basura porque el pueblo boliviano está profundamente enamorado de su gastronomía ancestral, llena de maíces, tubérculos, ajíes, leguminosas y proteínas que tienen miles de años organizando y alimentando a ese pueblo. Un buen análisis de ese acontecimiento, en este otro artículo.
Esa victoria masiva no se la deben Bolivia y el movimiento anticapitalista mundial a una decisión del gobierno de nadie: fue una victoria del pueblo. A los bolivianos no fue a adoctrinarlos ningún mamagüevo que anda dando charlas sobre socialismo, indigenismo y movimiento campesino, montado en una maldita camioneta último modelo: al pueblo boliviano lo dirigió su propio apego a las claves milenarias de su cultura gastronómica.
Así se ganan las batallas por la soberanía, no encerrándonos en una urbanización de clase media a disertar mierdas vestidos con bluyín y cachucha, prendas más antiguamente gringas que MacDonald’s y las hamburguesas.
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La pieza gastronómica que algún sifrino nos empujó a considerar el “plato nacional” es una combinación de arroz (chino), carne de vaca (europea), tajadas (de musáceas del sudeste asiático) y unas caraotas comerciales (Phaseolus vulgaris, en lugar de las autóctonas tapiramas o Phaseolus lunatus). Aunque cultural y genéticamente somos una mezcla portentosa de ingredientes, resulta al menos sospechoso que en el presunto o pretendido “plato nacional” no figure nada propio de este territorio.
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Spoiler: la soberanía es muchísimo más que la defensa de la actividad o los productos que nos proporcionan dinero. Si la soberanía fuera solo eso el tema del momento no sería la soberanía sino una simple pelea entre propietarios a ver quién se queda con la plata.
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Tal como ocurre con la idea de Revolución, mucha gente (sobre todo militantes de algo que siguen llamando sumisamente “izquierda”, porque así ordenaron los europeos llamarla) decidió que la soberanía es algo que debe ejercer y defender exclusivamente el gobierno. De nada sirve que esa Constitución que invocan cuando les conviene diga expresamente que “la soberanía reside intransferiblemente en el pueblo” (artículo 5).
La soberanía, lo mismo que la Revolución, es esencialmente un acto de pueblo. Se supone que existen unas instancias de información, de formación y de promoción de ideas y direcciones históricas (partidos políticos, centros de estudio, sistema educativo) a las que les corresponde o correspondió en estos 27 años la tarea de masificar, consolidar y dirigir el hecho social y territorial de encausar la enormes energías sociales hacia objetivos revolucionarios, anticapitalistas y rompedores de esquemas. Como no hicimos la tarea entonces culpamos al gobierno de lo que sea: por ejemplo, de no hacer la Revolución y de ejercer la soberanía y entregárnoslas en nuestra casa, ya hechas, en papel de regalo.
No te muevas, no hagas un coño: el gobierno lo hace todo por ti.
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¿Cómo verificar en la vida cotidiana de las personas y en el funcionamiento de los centros poblados si no hicimos bien la tarea de la formación y la dirección de nuestra gente hacia metas revolucionarias, anticapitalistas o al menos audaces? Fácil: haz una encuesta o referéndum consultivo, a ver si la gente que formaste o te tocaba formar en clave antiimperialista y contrahegemónica vota a favor o en contra de:
La proliferación de comida basura impuesta como costumbre por el capitalismo industrial (hamburguesas, perrocalientes, pizzas, bebidas gaseosas);
El borrado de toda referencia imperial o colonial a la toponimia de nuestros pueblos, ciudades e hitos geográficos.
Solo eso, por ahora.
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¿Te imaginas un referendo mediante el cual el pueblo decida prohibir la venta y circulación del veneno llamado cocacola? ¿Sí te parece que formaste a la gente lo bastante como para tomar esa decisión soberana? ¿O nos da algún íntimo culillito someter esa cuestión a referendo porque existe una altísima probabilidad de que el pueblo vote a favor del refresco emblema de los gringos?
Y sobre la dolarización o la conversión de Venezuela en estado gringo, ¿nos atrevemos a organizar ese referendo o hemos pensado que tal vez la gente vote masivamente por la entrega final y concluyente de la soberanía?
¿En quién reside entonces la soberanía? ¿En la gente que se asume resistencia anticapitalista o en las masas bebedoras de cocacola?
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No es gratuita ni traída por los pelos esta referencia que vincula y hermana a la soberanía con el afecto que entra por el paladar y por los oídos. Osmany Barreto dice en una entrevista (aquí la entrevista completa) algo que debería ser masivamente discutido por los que hoy creen que la soberanía tiene que ver solo con el petróleo y la plata:
“Nos preocupa muchísimo que cuando hacen una fiesta, por ejemplo, una fiesta infantil, entonces repartes perro caliente, repartes hamburguesa, repartes pizza. Cuando esos chamos tengan 50 años, ¿qué van a recordar? La hamburguesa. Creo que es un tema de seguridad nacional. Si los recuerdos de la infancia, que es lo que va a construir su identidad, está forjado en torno a la hamburguesa y al reggaetón, dentro de 50 años vamos a tener en la casa unos abuelos que para recordar sus tiempos mozos prepararán una hamburguesa y pondrán a sonar a Daddy Yankee. Que nuestra generación y la que vino antes identifiquemos la infancia con harina pan y maicina americana ya es una derrota grave. La harina precocida tiene menos de un siglo, en términos históricos eso es un ratico. Pero la referencia de la arepa real, de maíz, es ancestral, no tiene que ver con ese producto. En el tema alimentario tenemos que volver a los fogones. Y eso no es un discurso romántico ni nada, es que nosotros necesariamente tenemos que volver para allá”.
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El capitalismo reside en nuestro cuerpo bombardeado de cultura gringa y de propaganda que nos amarra a referentes culturales, religiosos y económicos que no fueron diseñados por nosotros. El capitalismo no está en Wall Street ni en la Casa Blanca: está en cada decisión cotidiana que resulta en homenaje a la cultura gringa.
Los propagandistas y expertos en soberanía no tendrán éxito en masificar ninguna idea que nos haga defender y tan siquiera entender la soberanía real, la que perdemos cada vez que nos ponemos un bluyín e invertimos tiempo, energía emocional y recursos de disfrutar del beisbol, el “deporte nacional” (¿deporte nacional de quién? ¿De Venezuela? ¿En serio? ¿En qué rincón del Capanaparo inventaron el beisbol?). Los propagandistas y expertos en soberanía se limitan a engañar a la gente con la idea de que si el exministro tal fuera presidente entonces Venezuela seríamás soberana.
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Si medimos la soberanía en términos de capacidad real para producir nuestros alimentos, nuestras viviendas y nuestros procesos formativos nos encontraremos con que la soberanía la perdimos hace décadas. Ningún país que se alimente de la comida o de los seudoalimentos que compra fuera de sus fronteras puede proclamarse dueño de su soberanía. Ni el Chávez de la primera década de este siglo (cuando su popularidad se elevaba hasta el 75% entre las clases populares) logró revertir esa condición. Y mira tú que lo intentó.
Hay un episodio que a veces se recuerda y se repite, pero a manera de anécdota y sin tomar en cuenta su recio componente de propuesta estructural. ¿Recuerdan cuando Chávez propuso llenar las viviendas de gallineros verticales? ¿Recuerdan ese llamado desesperado a masificar en los niveles familiares y comunitarios la producción de proteína incluso cuando el petróleo rondaba los 100 dólares por barril?Aunque aplaudido por una Venezuela rural que se resiste a desaparecer, la dirigencia, citadina y de clase media de los partidos de Chávez, dejó ese dato y esa instrucción para la risa nerviosa y el chiste (“ese Chávez sí tiene vainas”) y lo dejó pasar, porque ¿cómo se te ocurre a ti que yo, profesional universitario, voy a estar criando animales, si mi misión es echar discursos?
La historia nos ha cobrado varias veces ese empeño en engordar a los supermercados en vez de engordar nuestra creatividad: en 2002-2003 (sabotaje petrolero), 2016, en 2019 (apagón), en la pandemia (2020-2021), las veces que nos estrangularon por desabastecimiento; en vez de pasar a la acción y a crear estructuras y mecanismos de producción, nos aplicamos a llorar desgarrados porque “los anaqueles y los expendios” estaban vacíos.
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Ahora mismo la naturaleza nos está dando oportunidades, algunas más espantosamente dolorosas y trágicas. El terremoto nos enseñó que la vivienda capitalista industrial es una trampa mortal, pero lo que se discute es dónde seguir poniendo a vivir a la gente en edificios propios de la sociedad capitalista industrial. Se avecina un período de sequía gravísimo, pero antes la naturaleza nos ha enviado varias tormentas tropicales. ¿Tienen noticias de algún proyecto de recolección de agua? ¿Saben de algún ente o comunidad que esté recogiendo el agua que hoy sobra pero que en pocos meses vamos a necesitar?
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Sigamos discutiendo sobre soberanía. Pero primero sería bueno saber de qué estamos hablando cuando decimos “soberanía”. Porque ese derecho soberano a no hacer nada con los recursos y las posibilidades reales; ese exigir a gritos que vayamos a la guerra, pero tratando de conservar el estatus y el confort de los dirigentes que no sabrían vivir sin comodidades capitalistas producto de la venta capitalista de petróleo, como que no se entiende mucho.

