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viernes, 23 de enero de 2015

Rafael de reposo; nace El Cazador

Empezando el año 2015 la cultura de este país sufrió un percance: Rafael Martínez Arteaga, "El Cazador Novato", tuvo un accidente cerebro-vascular (ACV). El hombre se está recuperando en el hospital Luis Razzeti de Barinas y no le han faltado el apoyo ni la compañía de familiares, amigos e instituciones. Tiene todavía inestable la tensión pero va bien el ilustre compañero, cronista y palabreador de este pueblo.
Como ustedes saben, este tipo de percances deja secuelas. La que anda enfrentando el amigo dan para una pequeña historia.
Los ACV por lo general afectan alguna función motora o cognitiva de los afectados. Hay quienes quedan sufriendo parálisis parcial del cuerpo, pérdida de la memoria o del habla, desperfectos varios. El Cazador, quien es un caballero sereno, recio pero dueño de una humildad y de una dulzura que resulta insólita para quienes sólo lo conocen por sus electrizantes declamaciones, está padeciendo el siguiente efecto secundario: un mal humor del coñísimo, una agresividad que nadie nunca le había conocido. En palabras de los familiares que lo atienden, es como si fuera otra persona.
Mi lectura, tal vez irresponsable pero tal vez optimista, es esta: mientras el compañero Rafael Martínez se recupera se encuentra entre nosotros, sustituyéndolo, el Cazador Novato, su creación, su personaje, su leyenda; el bicho que cuenta que le decían "Párate, coñoetumadre, pa darte tu merecío" la vez que intentó cogerse a la mujer de un tipo violento. Porque en realidad se trata de dos hombres distintos.
Así que Rafael anda de vacaciones, y ahora, por primera vez en la historia, anda por allí cobrando vida en el hospital El Cazador Novato. Este sujeto áspero y antipático. Tan antipático que nos resulta agradable como pueblo llano, porque en el fondo es nuestra síntesis, nuestra definición, nuestro moldeado cultural en este crisol machista y pendenciero que somos:


miércoles, 4 de junio de 2014

Las casas del Cazador

Foto: Félix Gerardi
  • Aunque estas reflexiones son, con algunas variantes, las mismas que he pronunciado en las presentaciones de su novela-testimonio, “El llano era de nosotros”, siento que le debía y ahora le estoy pagando este texto escrito al Cazador Novato (Rafael Martínez Arteaga).

Primera casa

El día que vi el primer ejemplar impreso del libro “El llano era de nosotros” tuve un sobresalto, más bien una molestia, porque al revisar la contratapa me encontré con un dato erróneo, o eso me pareció. Decía que el lugar de nacimiento del autor era la “hacienda Jurapal, Arauca, Colombia”. El dato proporcionado por el propio Cazador Novato informaba que ese hato queda en el cajón del Arauca pero del lado venezolano, así que, en rigor, el editor se había equivocado. En unas pocas horas había que presentar esa novela en la Feria del Libro, capítulo Caracas, y me imaginé el arrecherón que iba a coger el coplero y declamador cuando viera ese dato choreto en su reseña biográfica.
Además del dato estricto que yo veía violentado, se me atravesaba también, inconsciente pero fatalmente, una incomodidad extra, y es esa partícula de nacionalismo que todos tenemos, incluso aquellos que clamamos y argumentamos por la eliminación de las fronteras y por la unidad de los pueblos fronterizos. De alguna manera, en algún recodo del cerebro, mi molestia fundamental tenía que ver más con eso de “Verga, cómo le vamos a atribuir a Colombia el haber sido la cuna de un emblema de lo venezolano”. Vainas que a uno le inculcan y le incrustan en el cerebro desde niño.

Agarré a Rafael Martínez antes de la presentación, lejos de la Feria por si acaso, y le mostré el error. Le dije que yo mismo escribí esa reseña y que después se me había creado la duda. El viejo llanero me respondió, con la tremenda seriedad con que es capaz de hablar cuando se lo propone (es decir, cuando no está jodiendo): “No, eso no es ningún error. Resulta que esa hacienda tiene un pedazo en territorio colombiano y otro en Venezuela. Es más: el cuarto de la casa donde yo nací queda en Venezuela, pero el fogón donde cocinaba mi mamá está en Colombia”.

Esa espectacular circunstancia ya lo monta a uno sobre la primera clave cultural (primera casa- primera clave) que gravita en torno a Rafael Martínez Arteaga, El Cazador Novato: de los íconos culturales humanos de los dos países no debe haber ninguno que sea tan genuinamente colombo-venezolano.

Destellos simbólicos aparte, el Cazador siempre cuenta por qué para la familia siempre ha sido una ventaja que él cargue encima una cédula colombiana: porque las vaquitas de la hacienda, ignorantes y desentendidas de ese asunto llamado línea fronteriza, a veces rompen o saltan una alambrada y se van a comer pasto en el lado colombiano, incluso fuera de la hacienda, y parece que no hay nada más desesperadamente indestructible que la burocracia colombiana a la hora de repatriar ganado a Venezuela.

La lógica jurídica (cree uno que es sólo jurídica, cómo no) sería esta: no se puede devolver a otro país algo que es imposible demostrar con papeles que pertenece a ese otro país. A Rafael le resulta entonces más fácil justificarse: “Yo soy un ciudadano colombiano y este es mi ganado, ustedes me lo dan y yo lo devuelvo a mi propiedad, que queda aquí mismito detrás de esa cerca”.

Ahí mismito; esa propiedad binacional que no es Colombia ni Venezuela sino las dos cosas a la vez. Como la música, la poesía y la vida del Cazador Novato.

Segunda casa

En los años 70 el Cazador estaba de moda, aunque proscrito de todas las emisoras debido a las letras muriáticas que son la marca del compositor: “Párate, coñoetumadre, pa date tu merecío”. Esto, después de haber sido una de las voces más recias del llano. De 1969 data el pajarillo que ponemos más abajo, cantado con garganta colosal (y en el intermedio el escalofriante solo de arpa, el bordoneo inclemente de Eudes Álvarez), que narra una tragedia espantosa, La masacre del Vichada.

Por favor, dediquen unos minutos a escuchar con atención la letra, porque la maniobra que realiza Rafael Martínez al final de la canción habla de alguien que ha detectado “cosas” en la historia del pueblo. Dice que lo peor de la masacre no fueron el bombardeo, la metralla, la degollina y las violaciones, sino lo que vino después:

“Ahora sí andan los guajibos con zapato y con polaina,
con cartucheras tercía’s, y sombreros pelo e guama
Se miran hasta bonitas las indias con minifalda,
usan medias, pantalón, y las uñas bien pintadas
El guayuco lo botaron porque era moda pasada.
Hasta se caen del chinchorro: tienen que dormir en cama”.

Ni más ni menos, la masacre cultural, el asesinato de lo que les quedaba de costumbre y uso ancestral como pueblo; el exterminio propiamente dicho.

La canción completa:




***
La gente se volcaba a las discotiendas a comprar los elepés del Cazador Novato, un fenómeno de popularidad creciente a pesar de que sólo una de sus declamaciones sonó alguna vez en las radios del país, y fue precisamente la pieza que le dio el nombre al cantautor. En tiempos en que existía una forma primitiva y doméstica del pirateo, las letras donde las “groserías” estallaban sin ningún freno ni pudor se escuchaban a todo volumen en las casas, botiquines y aparatos de esos que reproducían casettes.

Una vez lo citaron para que fuera al Ministerio de Transporte y Comunicaciones para que explicara por qué tanta virulencia, tanta palabra endemoniada y ofensiva, tanto ataque directo a la moral y las buenas costumbres; es decir: tanto atentado contra el habla pulcra y decente que debía inculcarse al ciudadano desde la familia, la escuela y los lugares públicos. Ante un grupo de ocho o diez directivos adecos de aquel ministerio, incluido el ministro, el Cazador dijo: “Bueno chico, porque mientras la gente culta quiere enseñar al pueblo a hablar mansito, el pueblo anda hablando como sabe hablar. En los pueblos nadie le dice a nadie ‘Eres un idiota’ sino ‘Eres un hijo de la gran puta’; nadie va a defecar sino a cagar, nadie dice afeminado sino marico; cuando una persona se pisa un dedo con un martillo no dice ‘Oh, me he lastimado’, sino ‘coooño maldita sea esta mierda’. Y por mucho que usted le dé clases a los muchachos para que hablen como patiquines ellos siempre van a hablar como el pueblo que los rodea”.

Los directivos lo escucharon entre carcajadas y terminaron dándole la razón. Pero le informaron que el ministerio seguiría prohibiendo difundir sus canciones por la radio. Parece que la sociedad no estaba preparada para escuchar por radio los contenidos que de todas formas escuchaba en la calle. Esto permanece idéntico e inamovible en la legislación actual.

***

Estaba en plena efervescencia esa fama underground del Cazador Novato cuando se encontró en el camino con otro loco irresponsable, otro cantor a quien, a pesar del enorme cariño que le profesaba el pueblo más pobre, también le tenían prohibidas sus canciones en las radios y televisoras. Y no era precisamente por decir groserías, sino por algo tanto más grave u ofensivo para la moral burguesa.

Cuando esos dos parranderos se juntaron se aplicaron a hacer lo que mejor sabían hacer: viajar y parrandear. Alquilaron una casa en Acarigua y la usaron como base de operaciones o plataforma de lanzamiento; como un respiradero donde llegar a recomponerse, echarse un baño, pensar, tomar nota, escribir y recuperarse antes de salir otra vez a recorrer los caminos del país. Eran un par de renegados, juglares nómadas y tormentosos que se metían a cantar gratis en cualquier tugurio, botiquín, plaza o patio donde los invitaran.

Por esto ambos eran famosos sin necesidad de radio o televisión. Los “artistas” que sí eran promocionados por todos los medios cobraban un dineral por sus presentaciones, así que resultaba impensable para la mayoría ver cantar en vivo alguna vez a Simón Díaz, Héctor Cabrera y esa clase de “ídolos” que sólo lo fueron porque a la industria musical le dio la gana de que lo fueran. ¿María Teresa Chacín en un solar lleno de borrachos en El Samán de Apure? ¿Simón Díaz cantándoles tonadas a los ordeñadores de verdad en Arismendi? Par favaaar, qué te has creído tú.

Al Cazador y a su amigo la gente iba a verlos y al finalizar las presentaciones se iba con ellos a seguir la canta y el parrando donde fuera. Inundaciones de aguardiente, amigos y mujeres los arropaban en caseríos y ciudades. Así se construyó el cariño gigantesco con que todavía la gente de todas partes los recuerda, a cada uno por su lado.

Por cierto que al otro parrandero un día le llegó la hora de parar un momento aquella máquina de recorrer caminos. Se enamoró de una bella muchacha, cantora también, y ya la casa de Acarigua no fue la misma, porque había una compañera que respetar y a la que no se le podían imponer agendas locas ni ritmos desaforados. Rafael se percató al instante de la nueva situación y decidió apartarse para dejar que los amantes se entregaran a lo suyo. Tomó su camino, y la pareja de cantores tomó otro.

Pero nunca dejaron ambos de honrar su oficio y su destino: su manera de lanzarse por las carreteras del país no era una borrachera estéril ni improductiva, sino el método más eficaz de la historia para adentrarse en el alma de los pueblos, conocerla y enamorarse de ella.

Segunda casa, segunda clave: nadie puede conocer (mucho menos amar) a un país si no lo recorre, lo vive y lo interroga en la piel de sus habitantes. La demostración de ello es la obra musical de esos dos parranderos que anduvieron juntos cantando gratis y recibiendo a cambio el conocimiento de la Venezuela profunda, y amor por toneladas: Rafael Martínez Arteaga y Alí Primera.

Luego de esa temporada al lado de Alí el Cazador Novato introdujo en su ardoroso fusil de versos la profundidad de un discurso político. No abandonó la copla jocosa ni la mamadera de gallo; no dejó de hacer reír con cuentos como este:

Ese tipo de recopilaciones del humor candeloso del pueblo llano siguió siendo un signo de su poesía, pero es evidente que la junta con el paraguanero lo marcó, lo revolucionó, lo puso a decir otro tipo de verdades:

Al hijo de mi compadre le pusieron Ronald Reagan
porque dizque al del vecino Richard Nixon lo llamaban.
Deberían tener presente que esa gente nos envaina
llevándose de este suelo las riquezas de la patria
que el único bien que hacen es comprar la mariguana.

Si hablamos de la ocasión los coños no dejan nada
del petróleo y el carbón nos dejan es la rezaga
y uno como un maricón riéndose a carcajadas.

Este poema (que no termina aquí, por supuesto), titulado “Señora democracia”, es quizá su alegato antiimperialista y antiburgués más contundente:


 
***

Tercera casa

Desde el año 2006 el Cazador vive en una comunidad llamada La Quinta, cercana a Altamira de Cáceres, la primera capital del estado Barinas. Es una zona montañosa donde gobiernan los ríos, el café y las mapanares. Una hermosura de montaña.

Un día lo encontré dirigiendo unas remodelaciones en su casa. Estaba poniendo cemento y bloques, pero dijo que iba a conservar la construcción original o fundacional tal como estaba, porque el primer documento de propiedad data del año 1872 (quiere decir que la construyeron antes) y él quiere conservar lo que queda de este monumento de la construcción popular.

Se trata de un cajón de unos 3 x 4 metros hecho de bahareque, aunque frisado en otra época con capa de cemento. Como el concreto se ha caído en varios tramos de esas paredes puede verse adentro cómo y de qué estaba hecha esa casa que tiene siglo y medio: el barro, las cañabravas, y los amarres de bejuco. Esto del bejuco aporta la tercera clave en esta tercera casa del Cazador.

Cuando a un habitante cualquiera, de la ciudad o del campo venezolano, le mencionan la palabra “bahareque”, en seguida la reacción es de rechazo y tal vez algo de burla. “Bahareque” no sólo suena feo y campuruso, sino que la imagen mental que le trae a uno es la de un rancho todo torcido y vuelto mierda, lleno de gente muy jodida, carajitos barrigones de tantos parásitos, las gallinas y los perros disputándoles la comida. Un bahareque nos trae la representación mental de la miseria.

Pero pasa algo que a nadie o a casi nadie le explicaron: el por qué. En cierto momento del siglo XX, cuando el capitalismo industrial arropó el ensayo de país que teníamos en Venezuela, el proceso de negación de la naturaleza y de los materiales nobles (y gratis) con que se construyen las casas de verdad nos trajo al momento en que a todo el mundo se le convenció de que nada es más fuerte, resistente y duradero que el metal. El mismo proceso nos llevó a rendirle culto al cemento, cuando contábamos con algo tan recio como el barro para construir con distintas técnicas (tapia, adobe, bahareque). Esos bahareques que uno ve en la carretera doblados y desvencijados están así porque la estafa del capitalismo no tardó en quedar en evidencia: el esqueleto de esos bahaqueres fueron amarrados y sujetados con clavos y alambre, y ya todo el mundo sabe que los metales ferrosos se pudren, oxidan y descomponen, más temprano que tarde. Al contacto con el barro los clavos no duran más de cinco años antes de oxidarse, y el alambre se debilita y se parte un poco antes.

El bejuco con que está amarrada la casa del Cazador no se descompone con la tierra sino que, con el paso del tiempo, se endurece, casi se petrifica, se integra a la tierra y por lo tanto a la estructura. Las paredes originales de esa casa (que por cierto no es de las más viejas de Altamira: aquí hay casas sólidas de más de 300 años) se ven firmes. A su lado están las otras paredes de cemento y metal, pudriéndose lentamente; el viejo bahareque verá morir a la casa capitalista, y ojalá haya quien capte esta tercera clave: las casas del futuro tienen que ser como las de antes. Hay que ir olvidando poco a poco el cemento, abandonar poco a poco las casas enfermas que nos enfermaron y volver a experimentar con los materiales del entorno.

La sociedad capitalista desaparecerá, y la continuación de nuestra historia debe buscarse en aquel intento de país que fuimos: aquel país donde todavía sembrábamos para comer y no para vender; un país que no conocía el cemento y entonces hacía magia con la piedra, el barro y la madera.

***

La vida y la obra musical y escrita de Rafael Martínez Arteaga se parecen entonces a sus tres casas: son un desafío a las convenciones y a las líneas imaginarias que separan a nuestros pueblos, una comprobación de que a Venezuela sólo la quiere quien la conoce, y quien se lanza a conocerla encontrará al pueblo y a la poesía; y un triunfo sobre el paso del tiempo y sobre el capitalismo industrial. 

viernes, 7 de junio de 2013

El pico

El pico es probablemente el implemento más importante al que acudimos los hombres en estos lados del mundo. Sobre todo en sus facetas metafóricas: el instrumento de trabajo no es usado por tanta gente, así que el pico dejó de ser sólo ese poderoso aparato para perforar, arrastrar, desgarrar y partir, y ha alcanzado la categoría de elemento sicológico asociado al dominio, al poder, a la posesión, a la fuerza y a la inteligencia; a la lucha (cuerpo físico) y también al ajedrez (elaboración mental de estrategias).
Contra lo que pudiera sugerir el pensamiento más directo o simple (y también el idioma: “machete” parece un anuncio, apodo o maqueta de “macho”) no es el machete sino el pico el instrumento que sintetiza las aptitudes de la hombría, entendida ésta en su acepción machista: el ejercicio vital de los “hombres de verdad”.
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Traen su carga patriarcal el concepto "pico" y la explosión de símbolos alrededor. Esto tal vez provenga del hecho de que el pico se llame como se llama. Que se utilice para ciertas cosas el nombre de la protuberancia que tienen las aves en la boca marcó de significados viriles a la simple pieza de hierro, porque el ser humano, en sus modalidades rurales y urbanas, se la pasa imitando, prefigurando o intuyendo a los pájaros en muchas de sus manifestaciones cotidianas.
Gallos se les llama a los aguerridos peleadores y gallina a los cobardes (llámase cobarde al tipo que no se atreve a pelear con otro); pico de oro y pico ‘e plata es el sujeto que tiene labia, seduce, convence, dirige, influye, manda y se impone: el poder se ejerce fundamentalmente con la palabra (la boca, que es el pico), no hay don de mando sin voz recia. Por eso la conmoción general cuando el comandante Chávez salió del quirófano sin poder hablar (mandar).
En sus connotaciones sexuales también hay un despliegue de aves y sus partes corporales. La cinematografía que formó sentimental o emocionalmente a nuestra generación y a la de nuestros padres (la mexicana) está llena de gavilanes, gallos y palomas. No hay nada más parecido al breve y violento cortejo de los gallos sobre las gallinas que ciertos bailes como el joropo llanero, los tambores y la danza wayúu; el grito altanero con que suele empezar la canta de los copleros imita el grito madrugador del gallo que quiere dejar constancia de su señorío sobre los pollos y las pollas de los alrededores. Picaflor es el hombre que anda cogiendo hembras por todos lados y del hombre afeminado se dice que suelta las plumas. El viejo José Rondón, montañés de 97 años que todavía se entusiasma al ver a alguna hembra vistosa, dice de su capacidad para “cumplirle” a una mujer: “Los gallos finos de pelea lo que no pueden hacer con la espuela lo hacen con el pico”.
***
Usar el pico para convencer es el acto diametralmente opuesto al “echar pico y pala”. Así como es celebrado el hablar mucho y sabroso hay un límite difuso que convierte esa práctica en despreciable: al que habla mucha paja provoca partirle el pico. Cuando el parlanchín no sabe hacer otra cosa en la vida y permite que se le note queda reducido a su vergonzoso nivel: no hace nada, es un hablador de paja. El hablar y hablar y hablar sin sustancia es inorgánico e inferior frente al hacer. La gente que hace es o debería ser más importante que la que sólo habla.
Echar pico y pala: expresión genérica que designa el hacer un trabajo manual duro, casi siempre de agricultores y albañiles. Recuerdo las amargas recomendaciones de mi viejo: “Estudie para que no tenga que ganarse el pan echando pico y pala”. Aunque ese y otros millones de seres humanos se levantaron a sí mismos y a sus familias haciendo trabajos pesados y dicen estar orgullosos de esa hazaña, la verdad es que nuestra sociedad se ha construido sobre un sustrato muy hondo de desprecio hacia los obreros y campesinos, de quienes el hombre de oficina, el que hace trabajo intelectual o el entregado al ocio improductivo suelen decir que son brutos, malolientes y primitivos.
Es muy fácil que ese desprecio se convierta en autodesprecio, aunque también hay un dato animal formidable, que reivindica y levanta la moral del trabajador manual. Lea el siguiente testimonio, invalorable credo de hembritud. Es una gallarda y romántica confesión, contentiva de cosas que uno sabe o sospecha sobre el pensar y el sentir femeninos, pero que es muy estimulante leerlo escrito o dicho por  una mujer:
Así que el pico metafórico del que tiene labia, domina y conmueve es al mismo tiempo premonición del pico físico, del utensilio de trabajo tosco y potente: ese hierro se hizo para llevar a cabo en la vida real algo que los aficionados al revoloteo metafísico dicen que sólo se hace con algo que llaman fe: el pico mueve montañas. Literalmente: las carreteras del país, muchas casas, plantaciones y ciudades no hubieran podido construirse sin que el pico de verdad hubiera entrado en acción. El pico destroza el suelo ancestral, resquebraja la piedra; la pala mueve para otra parte los restos devastados de esos trozos heridos de planeta.
***
Enamorado como estoy de un pedazo de montaña barinesa, esa zona mágica donde el llano empieza a desaparecer y se convierte en Los Andes, quise convertirme en custodio y habitante de un pedazo de terreno. No es tan directo el trámite. Tuve que fajarme a contarle al Consejo Comunal qué pensaba hacer con esa parcela. Hablarles de lo que pienso sobre la siembra sin veneno, del cuido del bosque y el río, de las casas orgánicas hechas con el mismo material con que fuimos fabricados nosotros (barro). También les hablé de lo que puede hacerse con un poco de ganas de comunicar noticias e historias (les hice un facsímil de una especie de boletín que esa comunidad puede hacer si se lo propone y me dejan explicarles cómo).
Tras unas buenas sesiones de poner a funcionar el pico y de escuchar las réplicas de un vocero de lujo, que me da clases a mí y a cualquiera en eso del palabreo inclemente (vaya: ese Consejo Comunal tiene entre sus voceros a Rafael Martínez, “El Cazador Novato”) me han concedido el privilegio de formar parte de la comunidad. No sé qué cataclismo tendrá que ocurrir para que algo me empuje a irme de ese territorio maravilloso. Y sí: me siento propietario, vicio humano de los que crecimos en capitalismo. Siento haber dado con eso que llaman “el pedazo de tierra para caerse muerto”. Pero antes de que ello ocurra viviré. No sólo existiré (que es lo que uno hace en las grandes ciudades), sino que me lanzaré a vivir.
***
Todo lo anterior, porque la primera herramienta que he comprado expresamente para la primera faena que viene (replantear un terreno, terracear, preparar el lugar donde estará la casa) ha sido un pico. Las heridas que me ha dejado en las manos la primera jornada de entrarle a la tierra son hondas y dolorosas. Tengo un triste orgullo de esas heridas; hubiera querido ahorrarme muchos de los placeres fatuos de la juventud, esos premios por haber puesto a andar el pico metafórico, y haber invertido más tiempo y esfuerzo en las heridas corporales que deja el pico de levantar casas y conucos.

viernes, 28 de diciembre de 2012

El peligroso vendedor de cambures que la DIM arrestó en Altamira de Cáceres

Oírlo en la voz de Rafael Martínez Arteaga (El Cazador Novato) es uno de esos acontecimientos que no se olvidan. Me tocó escucharlo (y lamentar no haber encendido una maldita cámara o grabador) en ese bonito pueblo que en la alborada del estado Barinas fue su primera capital.
***
Se lo llevaron unos amigos de Barinas: un tipo flaco y jipato que respondía al nombre de Diego. La casa de Rafael Martínez, El Cazador Novato, es de esas que permanecen abiertas a la espera de amigos, conocidos y curiosos. Este Diego no entraba en ninguna de esas categorías, pero bastó una conversa de pocos minutos y la declaración de que él y su esposa querían un espacio suficiente para dormir y dedicarse a trabajar la tierra, y Rafael les indicó un cuarto detrás de su casa, allá en el sector La Quinta, a un par de kilómetros de Altamira de Cáceres. Diego y su mujer echaron un ojo y eso fue todo: el Cazador tenía nuevos vecinos (y no sólo inquilinos). 
Para completar el cuadro y la entrada en armonía, el Diego (quien se presentó como abogado ecuatoriano) resultó ser cantor y compositor. Muy buen cantor y mejor compositor. El Cazador, quien carga encima la fama esa de escopetero sin puntería, pero que cuando le pone el ojo y el oído a un cantor éste termina convirtiéndose en cantante fundamental, emblema o leyenda de la canta llanera (Reynaldo Armas, Dámaso Figueredo, Reyna Lucero, docenas más) todavía hoy se lleva la mano a la nuca cuando se acuerda de las melodías que su nuevo vecino le sacó a la garganta y a la guitarra: "Yo me preguntaba de dónde había salido ese señor y por qué no estaba sonando en todas las radios. Tenía a Alí Primera en un pedestal y componía varias canciones al mes".
Lo otro que conmovió al Cazador fueron las reflexiones y análisis políticos del visitante. Cualquier tema o comentario simple sobre las relaciones entre Colombia y Venezuela que se ponía en la mesa, el Diego la desmenuzaba en mil fragmentos que al juntarse daban cuenta de un rompecabezas geopolítico complejo pero clarísimo. El Cazador le mostraba una enredadera en el monte y el otro la picaba en trocitos y detrás aparecía la selva completa. "Y por qué este carajo que sabe tanto se vino a este pueblo a pelar bolas", seguía preguntándose el Cazador. Mala puntería. Más de una vez Diego le preguntó a su anfitrión qué opinión le merecía la guerrilla colombiana. El Cazador se lo decía claramente: "Me gusta más la revolución que estamos haciendo en Venezuela. Aquí no necesitamos secuestrar a nadie para hacer la revolución". Diego escuchaba y guardaba silencio.
Los demás vecinos de La Quinta también se fueron convirtiendo en asiduo auditorio para oírlo decir sencillos y complejos discursos, y cantar. Otro dato insólito: su sencillez, la forma en que se ganaba la vida: recogía los cambures de un conuco que él mismo trabajaba dentro de la parcela del Cazador, y los subía a la orilla de la carretera para venderlos. Con el producto de esa venta iba a Altamira y compraba alimentos para él y su mujer en Mercal. A veces la venta de los cambures no le alcanzaba para comprar para todo el mes y el Cazador le completaba o le prestaba el dinero que le faltaba. "Ese conuquero era muy trabajador y muy inteligente, yo lo ayudaba con mucho gusto". Varios meses tuvieron para compartir saberes y canciones.
***
Rafael Martínez, El Cazador, nos muestra la habitación para completar una imagen que no se puede decir con palabras: "Aquí vivía Diego con su mujer. Con esto se conformaba ese hombre para vivir. De aquí se lo llevaron de madrugada". Un cuarto de 4 por 6, una cama, un estante y a un costado un túnel por donde baja el agua cuando llueve. Un cuadro que uno llamaría pobreza si no conociera la diferencia entre ésta y la humildad.
La madrugada de la que habla el Cazador Novato es la del 31 de mayo de 2011. Ese día llegaron dos camionetas Hilux y de ellas se bajaron diez hombres con armas automáticas. Entraron a la casa, dieron con la pequeña habitación donde dormían el conuquero y su mujer y se los llevaron. El Cazador estaba entonces en Barinas pero su hermano le contó todo; a la mujer la soltaron en el puente, a unos kilómetros del pueblo, con las manos atadas a la espalda con alambre. Al día siguiente comenzó a difundirse por Internet la noticia de que la División de Inteligencia Militar había capturado a un guerrillero de las FARC en Barinas. Más específicamente en Altamira de Cáceres. Exactamente: en el cuartico trasero de la casa de Rafael Martínez, El Cazador Novato. Y el guerrillero capturado era conocido por su alias, Julián Conrado.
***
Días después los cuerpos de seguridad del estado le hicieron una visita domiciliaria al Cazador. Le hicieron varias preguntas, respetuosamente y sin violencia por tratarse de un personaje importante de la cultura llanera. Él respondió todo con franqueza y claridad. No sabía que Diego se hacía llamar Julián Conrado ni que era guerrillero. Hasta que le hicieron la pregunta que parecía crucial:

--¿Usted sabe la clase de problema en el que está metido?
--No sé, dígamelo usted.
--Usted tenía escondido en su casa a un fugitivo de la justicia colombiana.
--Bueno -ripostó el Cazador-, entonces dígame una cosa. ¿Ese señor estaba armado cuando lo capturaron?
--No, no estaba armado.
--Ah bueno, entonces no tengo ningún problema, porque yo estaba cumpliendo con una orden del comandante Chávez: soldado de cualquier fuerza regular o irregular que ingrese al territorio necesitado de ayuda médica o humanitaria, estamos en la obligación de dársela.

Desde entonces ya nunca más han vuelto a la casa del Cazador Novato.

Libertad para Julián Conrado

lunes, 24 de agosto de 2009

El Cazador Novato

Creo que es normal (no debería, pero lo es) que uno acuda al encuentro con las leyendas de su niñez (si uno supo amoldarse a todo esto vía educación sentimental de radio y televisión y toques llaneros underground, son también las leyendas de Venezuela) con actitud reverencial, o casi. Uno se la da de irreverente y de arrecho pero a la hora del pao la pinga, las leyendas se respetan. Este tipo es patrimonio cultural de Los Llanos de Venezuela y Colombia, y por lo tanto de la humanidad.
Con esa actitud fui a Altamira de Cáceres a buscar al Cazador Novato (alias Rafael Martínez), y me cagué de guapo cuando Ramón Mendoza decidió grabar, cámara de video por delante, el momento en que se acercaba al cantautor para saludarlo. ¿Y si se arrechaba el hombre y suspendía el encuentro y la entrevista? ¿Y cómo no acercarse con esa actitud a alguien que pertenece al pueblo llano (y al Llano-pueblo) en la misma medida en que pertenece a la memoria colectiva de un país?
Estamos hablando de un tipo que habla-recita-declama con este tono veguero, en este idioma específico e inmenso que es el castellanero (castellano-llanero), que inquieta y toca las fibras que te unen a la tierra:


Y también en este otro, que te hablan del bicho jodedor y cimarrón que en el fondo es:


Un tipo que en su juventud exhibía esta garganta poderosa, e iba acompañado del arpa también poderosa y eximia de un Eudes Álvarez; arpa tan poderosa y eximia que casi opaca la voz del cantor. No se pierdan lo recio del grito inicial, la caótica crónica de un acontecimiento olvidado (una rebelión indígena y una masacre, primero a cuchillo y después cultural) y sobre todo zambúllanse en el solo de arpa con su respectivo bordoneo. La descarga comienza en el minuto 1'30, cuando calla el Cazador y comienza la verdad del pajarillo. Y les advierto: si usted no lo está viendo en persona es mejor que le ponga todo el volumen a su maldita computadora, para que la experiencia valga la pena:



Al final el tipo es más humilde que el coño, abierto a la conversa franca. Y a eso nos aplicamos con Gino González, Pedro Ballesteros, Ramón Mendoza, Jorge Vásquez y Daniel Daniels. Los tres primeros, Cayapos en busca de la Venezuela que casi se nos pierde, y los dos últimos reporteros de Ávila TV a quienes llevé para que hicieran el registro de esta voz. Tuve ese privilegio: verlos y oírlos tocar y cantar en improvisación colectiva. Y además la conversa larga y sin más tapujos que el corto tiempo.




***

Pero ya va, que se me quedó corta la reflexión de arriba. Leyenda es leyenda, y siempre las leyendas se alimentan (o son alimentadas en el imaginario popular) con buenas dosis de datos míticos, no siempre malignos y no siempre sanos. En el caso de Rafael Martínez, uno de los mitos que se le han endosado tenía al principio mala intención, pero esto no afectó la imagen del cantor sino más bien a quienes lo señalaban: de él se dijo por muchos años, con tono de duda o sospecha y con aires de acusación, que había nacido del otro lado del Arauca, es decir, en Colombia. A causa de un prejuicio xenofóbico y chovinista que afortunadamente estamos dejando atrás como pueblo, hasta bien entrado el siglo veinte llamar “colombiano” a alguien era una fuerte ofensa. Como si el llano no fuera una entidad binacional, y como si la cultura de la Venezuela profunda no se hiciera más hermosa mientras más se confunde con la colombiana.
Es inevitable de todas formas encontrarse a El Cazador Novato en pleno siglo XXI, y hacerle la pregunta de rigor: lugar de nacimiento. El hombre responde con una precisión que seguramente le quedó del tiempo en que lo señalaban de no ser venezolano: “Nací en el Alto Apure, en la hacienda Urupagua”. Ocurrió en 1940.
Rafael Martínez Arteaga vive hoy en Altamira de Cáceres, población que fue la primera capital de Barinas. Cada mes le sale al menos una presentación, así que viaja mucho. Pero su residencia la tiene instalada en un caserío cercano a Altamira. Vive solo, “Porque si viviera con una mujer no podría atender a los amigos como ustedes. Al ratico ya estaría preguntando: ‘¿Y estos cuándo se van?’”.
Tiene unos pocos años instalado en este pueblo que tiene mucho de llanero y mucho de andino, pues es justamente el umbral que separa o conecta al llano con el páramo. Barinas y Mérida no se parecen en nada hasta que uno pasa Barinitas y se encuentra con Altamira. En ese clima amable, en ese pueblo privilegiado, se fue a instalar El Cazador en esta etapa de su vida.
Conserva recuerdos remotos de su niñez y juventud, pero es difícil hacer que se detenga en el anecdotario básico del muchacho que iba haciéndose hombre. Recuerda que su papá estaba en una buena situación económica, que él se habituó desde muy joven a las faenas del llano, incluidos el parrando y la itinerancia, y de pronto está hablando de sus primeras presentaciones públicas al lado de Ángel Custodio Loyola y de Juan de Los Santos Contreras, “El Carrao de Palmarito”. Al finalizar los años 50 ya compartía, grababa y se codeaba con figuras de la enormidad de los citados, además de Nelson Morales, Luis Losada “El Cubiro”, José Romero Bello, Francisco Montoya, Jesús Moreno, otros. Es inevitable también indagar en su juicio acerca del mejor coplero, el cantor que lo impactó. Responde sin pensar mucho la respuesta: “Sin duda, don Dámaso Figueredo. Tenía el don de la improvisación, una voz clara y fuerte, un estilo veguero. Ese es el mejor contrapunteador que he enfrentado”.

–¿Recuerda alguno de esos contrapunteos?
–Pues sí, me acuerdo casi verso por verso de los momentos finales de un encuentro que tuvimos. Teníamos un rato largo contrapunteando y a mí se me habían agotado los recursos. Pensé entonces provocarlo, ofenderlo a ver si perdía la compostura o tartamudeaba para ganarle. Me acuerdo que él celaba mucho a sus hijas, sobre todo de los artistas. El les recomendaba que se enamoraran de un mecánico, de un conuquero, de un pescador, pero nunca de un músico. Le dije entonces algo como: “Se me olvida preguntarle a Dámaso Figueredo / que me diga la verdad: si él quiere ser mi suegro / para que tenga el honor el día que yo sea su yerno /y va a echar más bendiciones que un obispo en un entierro”, insinuándole que lo iba a llenar de nietos. Dámaso me respondió: “No se crea que yo ando buscando / cazador flojo para mantenerlo / tengo un chinchorro en mi casa para mí que soy el dueño / esconderé mi muchacha si me toca en un entierro / porque eso es mucho bocao para que se lo coma un perro”.

–¿Tuvo muchos problemas con las letras de sus declamaciones? En la radio y en la televisión estaba vetado porque sus canciones eran groseras y tal...
–Sí, me tocó pasar por muchas situaciones difíciles. Yo siempre defendí ese estilo porque más allá del recato y la cortesía esa es la expresión del pueblo, es parte de nuestra cultura utilizar palabras rudas, esas que llaman groserías. Pero más de una vez también llegué a cantar en fiestas de gala, con gente distinguida o que parecía distinguida, y al rato me estaban pidiendo que echara cuentos subidos de tono, que declamara las letras más fuertes.

–¿Recuerda sus grandes amores? ¿Las mujeres que lo marcaron?
–Bueno, de las mujeres mías lo único que puedo decir es que la del vecino siempre está más buena (Risas). Sí recuerdo una en especial, una muchacha indígena, muy joven y muy hermosa. Me acuerdo porque me la entregaron en unas circunstancias distintas a las de ahora, una cuestión cultural que no es fácil de comprender ahorita.

–Su apodo viene de una de sus primeras declamaciones. ¿Puede declamar esa letra?
Rafael Martínez hace una pausa y comenta que a él nunca le han gustado los apodos, que los considera una falta de respeto. Pero que en efecto a él le tocó llevar como una marca imborrable ese remoquete, “El Cazador Novato”, que es el nombre del poema más exitoso de sus inicios. Los versos hablan de la historia simple que le cuenta un hombre llamado Escalona a su amigo Juan Santos, sobre la caza infructuosa de un marrano. El narrador le colocó más pólvora de lo indicado a su arma y ésta hizo una explosión que lo tumbó al piso y espantó a la presa.


De eso están llenos los cronistas verdaderos: de profundidad y simpleza.