miércoles, 29 de febrero de 2012

Reflexión precocida sobre las arepas de verdad y las arepas de embuste


En algún momento de la primera mitad del siglo 20 el capitalismo industrial no había entrado con toda su potencia en Venezuela y nuestro país podía jactarse de conservar algunos rasgos culinarios propios, por ejemplo la arepa pelá: esas arepas de verdad con maíz de vedad y hecha por unas mujeres tiernas (nuestras bisabuelas) que cortaban las mazorcas, las desgranaban, pilaban el maíz (primero con pilones de madera y luego con molinos manuales), hacían la masa, la amasaban, la ponían en el fogón. Todavía hay quienes hacen estas arepas (las de verdad) en varios lugares de Venezuela, pero la norma es otra. La que nos empuja a los supermercados en busca de harina precocida.
Aquellos de la arepa pelá eran procesos caseros y artesanales y tenían carácter ritual, porque mientras estaba lista la arepa se conversaba, se tomaba café, la gente entraba en comunión. Eso era una arepa: más que un alimento, un objeto cultural en el que se invertía tiempo, esfuerzo y mucho cariño.
Hacia los años 40 se disparó el éxodo masivo hacia las grandes ciudades, donde a la gente se le ofrecían oportunidades dizque para trabajar. Pero "trabajar" ya no era lo que fue en algunas parcelas no latifundizadas del campo sino que pasaba por un trámite de mierda: cumplir un horario, marcarle tarjeta a un patrón. Como verás, ya no quedaba tiempo ni para sembrar y cosechar el maíz, y tampoco para desgranarlo, pilarlo y ponerla al budare; en la ciudad ya no hay tiempo para echar la conversa en el desayuno ni para tomarse el cafesito, porque si sales 5 minutos después de lo previsto te agarra la maldita cola y llegas tarde al trabajo.
En aquel contexto del comienzo de la locura metropolitana aparece un señor llamado Luis Caballero Mejías, quien inventa, descubre o sistematiza un proceso industrial para producir harina de maíz precocida. A ese viejo de mierda, quien con su hallazgo se llevó en los cachos cientos de años de cultura y de ternura de abuelas (luego aparece la tostiarepa y ya de las abuelas no queda ni siquiera el olor a budare), se le recuerda con cariño como el "inventor" de lo que hoy conocemos como arepa: una mierda blanca-pálida que no sabe a nada a menos que le eches mil rellenos (de ahí el éxito de las areperas y sus combinaciones insólitas y "con bastante mantequilla"). Pues bien, ese tipo le hizo el gran favor al capitalismo emergente, la familia Mendoza le hizo el favor de comprarle al Caballero Mejías, en cinco centavos, la patente de su invento, se hizo millonaria vendiéndonos esa mierda de la que la gente hoy está orgullosa porque cree (como millones de nosotros) que ESA MIERDA que nos estamos comiendo a diario son arepas. Vacila el resto de la tragedia: en algún momento la población venezolana empezó a crecer exponencialmente y la familia Mendoza, dueña de la nueva "arepa", se encontró con un detallazo: ya no era posible cubrir la demanda a punta de granos de maíz. No había ni habrá granos suficientes para producir la cantidad industrial de harina que se necesita para cubrir la demanda de arepas express: arepas sin esfuerzo ni cariño.
Entonces algún sabio que no sé quién coño es dio con la solución: agregarle algunas cositas a los granos, para "rendirlos" (así como cuando usted le echa agua y azúcar blanca (otra aberración) al batido de lechosa y lo convierte en una vaina aguada que remotamente recuerda a la fruta original, pero no es la fruta original ni de vaina). Ese "algo" es la mazorca completa, con todo y tusa, y parte de la planta. Usted echa todo eso en un horno industrial a 1.300 grados de temperatura y al rato sale una harina blanca, muerta, inorgánica, insulsa: eso ya no es maíz, eso es casi cal o talco, más bien almidón; eso no tiene ni proteínas ni fibra ni nutrientes ni nada.
Dato aparte: cuando usted siembra hectáreas y hectáreas y hectáreas de un solo rubro, maíz en este caso, también está "sembrando" enjambres y enjambres de plagas, y a estas sólo puede combatírseles con veneno, químicos: la muerte y la enfermedad empaquetadas elegantemente. Así que la harina precocida mata y no alimenta pero cumple con una función (que no es una necesidad de la persona sino del capitalismo): le llena el estómago al trabajador con una pelota que se queda ahí dando vueltas un rato y le quita la sensación de hambre, pero no lo nutre, no lo alimenta, no le aporta nada a su cuerpo. Si usted pasa un mes comiendo arepas de esas terminará desnutrido aunque convertido en una pelota de harina convertida en grasa, triglicéridos y arterias tapadas.
Ese es el cuentico resumido. Los datos sobre cómo se produce la harina precocida son orales, de compas del Movimiento Campesino Jirajara que trabajan en esas procesadoras de material inerte y que han estudiado y discutido esos procesos. Ya hay algo escrito sobre la maniobra mediante la cual los Mendoza le robaron a Luis Caballero Mejías su invento. Y el cuento de las abuelas es algo que se deduce fácilmente de cómo el capitalismo acabó con la poquita estructura cultural que teníamos como país antes de la industrialización de TODO lo que consumimos. Ayúdenme a averiguar más datos, pues.

sábado, 11 de febrero de 2012

Nuestra edad de oro


La más reciente película de Woody Allen, nombrada en español “Medianoche en París”, se pasea por una metáfora que quizá no ha sido debidamente escudriñada: la persistente tendencia humana a creer o sospechar que todo tiempo pasado fue mejor. La película se concentra en el ámbito de la literatura y las artes, y busca mostrar cómo la gente se deslumbra y emociona en presencia o ante la sola mención de vacas sagradas como Hemingway, Scott Fitzgerald, Picasso, Dalí, Buñuel. A esa conclusión había llegado un turista del tiempo que se movió desde el presente hacia los años 20 parisinos y allí conoció a esos y otros consagrados. Hasta que conoció a una personaja (digo, creo que así se dice ahora) que fornicó con todos ellos y se la llevó a hacer un tour que la muchacha quería hacer: viajar a la Belle epoque, al tiempo de esplendor del Moulin Rouge (finales del XIX y principios del XX), donde se topó con Gauguin y otros vergajos. Entonces la muchacha del siglo XX y el tipo del XXI producen la discusión central de la historia: él creía que la época más brillante de la humanidad era el siglo XX, donde la había encontrado a ella, y la joven decía que la época de oro era aquella otra, más atrás.
El sujeto, brillante y maduro aunque norteamericano y de clase media-alta, decide mandar todo a la mierda y acostumbrarse a la perra vida real: regresó a su época y se enamoró de la humilde francesa que le vendía libros baratos en un kiosco equis.
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El pueblo venezolano está viviendo su época de oro, y muchos no lo creemos o no nos damos cuenta porque tenemos el cerebro y las percepciones atiborradas de epopeyas independentistas, nombres fastuosos e intocables, deslumbramientos inculcados desde la escuela. Si usted dice que en El Socorro (Guárico) hay un viejo campesino que echa cuentos formidables que hacen palidecer a los bodrios escritos desde Caracas por un burgués llamado Rómulo Gallegos, capaz que viene cualquier intelectual (y más de un camarada) y lo condena al silencio, lo fusila moralmente: qué bolas tiene éste, venir a decir que hay un campesino jediondo que narra mejor que Gallegos. Los códigos que nos incrustaron en la escuela adeca en que estudiamos (a ver: TODOS los que estamos leyendo este artículo estudiamos en una escuela adeca, burguesa, formadora de esclavos o amos, capitalistas todos) han alcanzado categoría de tótem.
Quien se aplica a derribar un tótem por lo general sale aplastado por éste y sus defensores. Por eso la tarea de derribar dioses (mitos) y fantasmas tiene que ser colectiva, no de individuos aislados y segregados.
La buena noticia es que nuestro pueblo ha entrado, lenta pero sostenidamente, en una dinámica de derribamiento iconoclasta o desacralización de figurones y figurines que nos impusieron como sagrados.
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La mala noticia es que, paralelo a esa política ciudadana de transgresión, ha venido a cobrar fuerza en el seno de pretendidas vanguardias políticas o ideológicas cierto espíritu tenebroso que les exige a los demás una pureza y una perfección que nadie en este tiempo capitalista puede sostener a cabalidad. Hablar desde presuntas convicciones es fácil. “Presuntas convicciones”: las cosas que uno dice con el hocico en forma de discursos revolucionarios o libertarios, pero que para sus voceadores y voceros son difíciles e imposibles de sostener.
Ejemplo práctico. Hace poco hubo en las redes sociales una especie de debate sobre una práctica de este Gobierno de querer vender como logros de la Revolución algunos éxitos conseguidos en territorios que son del enemigo: un piloto en fórmula 1, un golfista, una miss, unos grandeligas, una carroza en el carnaval de Río de Janeiro. Cuando la miss en cuestión visitó Miraflores se desataron los demonios: Chávez, acusado de tener debilidades por emblemas de un mundo corrompido que queremos destruir y no fortalecer.
En ese debate participé con una reflexión más o menos en estos términos: Chávez ha cometido enormes equivocaciones últimamente. Chávez es contradictorio, comete errores, incurre en devaneos pequeñoburgueses insoportables. He presenciado todo eso y he tomado una decisión: yo sigo siendo chavista. Primero, porque para yo hacerle un juicio sumario a ese tipo tengo que demostrar que yo soy mejor o más revolucionario que él, y no lo soy: yo también cometo errores y la cago con frecuencia. Yo tomo cerveza Polar (la cerveza del enemigo), me gusta Shakira, ayer me jarté un perrocaliente, uso ropas hechas por esclavos y quiero comprarme un carro. Y segundo, porque las otras opciones son indignas: meterme a escuálido o ponerme a soñar con el revolucionario perfecto, el que nunca se equivoca y no habla con misses sino con revolucionarias impolutas (¿y dónde están esas bichas, por cierto?). Yo soy chavista. Chávez es un tipo como yo: se equivoca.
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Chávez no es igual, mejor o peor que ninguna figura histórica registrada bibliográficamente: sencillamente, a Chávez le tocó ser presidente de la época más esplendorosa del pueblo venezolano; si le exigimos perfección o lo “compramos” como es, es nuestra discusión, y ese discutir es una de las aristas de nuestro experimento. Es un sujeto como nosotros, bichos imperfectos y metidos en el trance de sacarnos del cuerpo este capitalismo, que casi siempre nos gana individualmente pero que a la larga perderá.

domingo, 5 de febrero de 2012

El carnaval y las tánganas

Vienen los carnavales.
Como usted sabrá, si vive en Caracas o ha pasado aquí estas festividades, en el bulevar de Sabana Grande y otras zonas se han venido presentando unas coñazas colectivas espontáneas. Si nos hacemos los pendejos y nos quedamos en la superficie del fenómeno llegaremos fácilmente a la conclusión de que el origen de esas peleas está en la venta masiva de un producto llamado Tángana, una especie de esprai que dispara un chorro de plástico más o menos líquido, y que a los carajitos les encanta echárselo en la cara a la gente que va pasando.
Una de esas cándidas personas que creen que el origen de la violencia es el envase ese (y los papelillos y tal) es una Beatrice Sansó de Ramírez, jefa de Pdvsa-La Estancia y a quien parece que la han nombrado dueña del Bulevar de Sabana Grande.

Dice:

El viejo chiste: usted sorprende a su pareja fornicando con otro/a en el sofá, y para evitar que aquello se repita va y bota el sofá.

Las coñazas en cuestión son estas:


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Vienen a mi memoria y a mis ganas de escribir algo escrito en 2009 con el título de Currtura (clic aquí)

Retomo el hilo de lo dicho en ese entonces para desarrollarlo más abajo:
  • Seguimos creyendo que la cultura es algo que debe mostrarse en una tarima, en un anfiteatro, en un proscenio, y les negamos a ciertas manifestaciones de la cultura cimarrona, bravía y poderosa de nuestra gente, la condición misma de expresión genuina de una herencia social. En lo personal, yo llevo más de 20 años presenciando (y recordando el día infame en que debí caer en plan de víctima, pobre montuno recién llegado de Carora) la manifestación más ruda y vigorosa del carnaval caraqueño: La Piscina, esa práctica indolente en la cual los muchachos de ciertas zonas abren un hueco gigante en la tierra, lo llenan de orines, pintura, harina, huevo y en ocasiones hasta agua y otros líquidos innobles, esperan a que pase cerca de ahí alguien vestido para otra ocasión que no sea el bravo carnaval caraqueño y lo arrastran sin misericordia hacia la fulana piscina, donde su vestimenta y su dignidad quedan literalmente hechas mierda.
  • (Dije misericordia, y bien puesto está ahí: la misericordia es un sentimiento asociado a la lástima del que tiene por el que no tiene; el ser que da limosnas puede que sea un hijueputa pero es misericordioso, y misericordia es lo que exige el catolicismo a sus oficiantes).
  • El Estado jamás reconocerá ese tipo de manifestación popular como cultura. Quizá tenga que ver con que no hay forma de financiar ni de sacar provecho económico de ella. Cosa que sí es viable y factible con esperpentos ajenos a nosotros como pueblo tipo carrozas, reinas del carnaval, bailes, conciertos. Jamás verá usted una pancarta de Polar que anuncie: “Este sábado 8, gran bañada de pintura y guerra de bombas de agua contra los güevones que pasan”. No, siempre es más “culto” y susceptible de financiamiento coronar a una “reina” que lance caramelos y papelillos.
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Ideas clave:
  • El "carnaval" ese sabanagrandero de las batallas campales es una expresión popular de la cultura urbana caraqueña, pero como no es financiable ni administrable; como no es susceptible de ser burocratizado, es más fácil criminalizarlo. Es lo más genuino del carnaval de Caracas; mientras otras versiones (casi todas) consisten en disfrazarse, ocultarse y simular, este evento consiste en lo contrario, en algo más que salir con la cara descubierta: pocos momentos nos descubren tan desnudos como cuando echamos para afuera las furias y la violencia, porque estallar de arrechera es desenmascarar los adentros (esos que la moral y las convenciones nos obligan a disfrazar).
  • Caramelo: bomba de azúcar colores artificiales y sustancias tóxicas, que les gusta a los carajitos casi tanto como esa costumbre que desarrollarán después: el caerse a coñazos.
  • Reina de carnaval: muchacha a quien han convencido de que disfrazarse de reina o de princesa europea y montarse en una carroza europea a lanzar caramelos es chévere y muy venezolano.

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Eso que sucede en el bulevar de Sabana Grande cada carnaval tiene parangón en otras manifestaciones populares callejeras en otras partes del mundo. Algunas tienen carácter ritual asociado a lo místico, pero en la práctica no dejan de ser vulgares peleas a carajazos entre tipos que se creen más arrechos que los demás y tienen ganas de demostrarlo. Por ejemplo el electrizante Tinkú boliviano:



Sólo que allá lo han reconocido como tradición y las autoridades lo permiten hasta cierto punto de la sangría. Sangrar significa para los Aymara estimular a la Pachamama para que los imite y se desangre en hemorragias de agua y frutos. La ceremonia tiene además el dato del cuerpo a cuerpo, del uno contra uno (hombres o mujeres, pero uno/a contra uno/a); en Caracas la zaparapanda involucra a quien quiere y a quien se atraviese.
Eso que ocurre en el bulevar de Sabana Grande es lo que nos dejaron los europeos y angloamericanos después de llevarse todo lo que teníamos: se llevaron los minerales, se llevaron idiomas, se llevaron vidas humanas, se llevaron tradiciones, se llevaron culturas, se llevaron memoria, y lo único que nos quedó fue la rabia.
Eso que ocurre en el bulevar de Sabana Grande cada carnaval se llama rabia y violencia, y por supuesto que usted tiene el derecho y los buenos motivos para condenarlo, rechazarlo, denunciarlo. Para eso estamos los domesticados: para asustarnos cuando los cimarrones arman su maravillosa fiesta de piedras y cuchillos.
Eso que ocurre en Sabana Grande es de la misma naturaleza que aquel otro fenómeno que se lleva decenas de vidas humanas todas las semanas. Es una manifestación no apta para sifrinos, intelectuales, aburguesados de todo tipo. Es algo entronizado en la cultura bravía de nuestras sociedades a punto de estallar junto con el capitalismo del cual es víctima y producto monstruoso. Esas coñazas colectivas son una manifestación de lo más primitivo, lo primario, lo genuinamente animal que tenemos, exacerbado por una visión (también impuesta) de lo que significa hombría y lo que significa valentía: nos caemos a coñazos o participamos en enfrentamientos entre clanes porque para eso nos han entrenado a punta de películas, competencias deportivas, incitaciones a aplastar al adversario para salir victoriosos y exitosos.
No hay ganadores sin perdedores, y el capitalismo se sustenta anímicamente en el deseo de casi todos de ganar y derrotar al compañero. De allí la gigantesca tarea de imponer la solidaridad sobre el ansia de competir (que nos está costando y nos costará más de una bola).

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¿Y qué tienen de "bueno" o importante esas tánganas?
Querámoslo o no, la violenta juventud caraqueña tiene en este tipo de tradiciones no convencionales un importante desahogo. La violencia que se drena en esas tánganas sin árbitro ni administración es energía que no se invertirá en asesinatos. No hay nada más relajante para el individuo humano sometido a altísimas tensiones que echarse a correr, golpear paredes, practicar algún deporte, tener sexo con más furia que ternura o echarse tragos hasta el llanto y el ridículo. Prohíbale a alguien muy presionado y alterado que se desahogue y tendrá un asesino en potencia. Igual pasa con las sociedades: reprímalas y dígales que es mejor tocar violín que tambores, y prepárese para un sacudón.
Es feo ver a unos muchachos enardecidos carajeándose por nada, pero esa energía social que allí se libera puede usarse también para matar, y con casi toda seguridad eso no sucederá en el bulevar. Así que, ¿realmente es deseable que se acabe esa forma de violencia maravillosamente autogestionada en anarquía?

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Al igual que con la política del desarme (tema aparte, aunque relacionado) puede que usted logre quitarle la pistola a alguien y evitar que mate a otras personas. Pero la rabia, ese animal primitivo que es la violencia, está allí, y no se irá detrás de la pistola. Este carnaval, como en los anteriores, veremos mucha represión, muchos detenidos, muchos sancionados por el tema de las coñazas callejeras.
Pero la violencia está ahí. La violencia no viene en una lata de esprai.