sábado, 17 de diciembre de 2011

La tarea

Entrenados para el consumo de cosas inútiles e innecesarias, tenemos la misión de construir una sociedad en la cual la felicidad no sea una mercancía. Donde los objetos no compren nuestras sonrisas.
Programados para el egoísmo y la santificación de la propiedad privada, tenemos por tarea reprogramar a la humanidad para que nadie sienta el deseo de matar a quien nos arrebate un objeto, que a fin de cuentas no tiene por qué pertenecerle a uno solo.
Adoctrinados por siglos para respetar a entidades y personajes que exigen que nos inclinemos, les recemos, les temamos y les rindamos culto, tenemos por meta el diseño de un mundo donde no haya seres humanos postrados sino gente libre de fantasmas y disfrutando la búsqueda colectiva de la felicidad.
Educados para pensar que el mucho estudiar hace superiores a unos y que la falta de estudio convierte en miserables a otros, tenemos el objetivo tremendo de fabricarnos un sistema donde todos produzcamos cosas con las manos y con el cerebro; donde todos podamos diseñar un puente, curar a un enfermo, sembrar una planta y limpiar las calles; donde nadie podrá sentirse humillado o superior al hacer una cosa u otra.
Engañados por siglos con la conseja según la cual el trabajo dignifica (sobre todo en un modelo de sociedad en el cual los que se parten el lomo son execrados y sacrificados en beneficio de los que no hacen nada) tenemos por delante un camino que ha de llevarnos a la valoración del ocio creador de todos, no el de una élite de privilegiados (porque esos privilegiados no existirán).
Empujados a creer, mediante ardides propagandísticos y una persistente cultura cinematográfica, que sólo los violentos son valientes y que sólo los que llevan fusiles y armas merecen y pueden conquistar el poder, estamos en la obligación de legarles a las generaciones que vienen la demostración de que la violencia es una vía para acabar con la opresión pero no para mantenerse en el poder, que al final puede terminar convirtiéndonos en hegemonía agresiva y depredadora.
En otras palabras: confeccionados, como de hecho lo estamos, para la vida en capitalismo, tenemos la tremenda tarea de construir un mundo que no es para nosotros, los seres vivos en este momento, sino para gente que todavía no ha nacido.
Llámese socialismo o como sea esa otra sociedad, la misma debe negarnos, rebasarnos, hacérsenos inhabitable, porque los humanos vivos a esta fecha somos capitalistas, incluso los que nos hemos declarado en rebelión.
Mientras nos manejemos con los actuales códigos, que son los que nos impusieron los poderosos, será difícil imaginarse siquiera el mundo que queremos, que por supuesto no es este. Es decir: si seguimos pensando que en la sociedad del futuro todos seremos licenciados o doctores y entonces tendremos carros, casas, recursos y tiempo para viajar por el mundo, seguiremos estancados aquí, en este tiempo miserable en el cual mucho “socialista” no se ha percatado de que el confort de unos pocos tiene su razón de ser, su explicación y sostén real en la existencia de esclavos.
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Hace poco le decía a una interlocutora que para construir la otra sociedad será preciso acabar con Caracas, desmontar esta ciudad que le sirvió al capitalismo (y por lo tanto no nos sirve a nosotros). Me respondió como la mayoría de la gente que escucha ese tipo de cosas: “¿Y cómo hacer que el gentío se vaya de Caracas si aquí tiene a su familia, su trabajo y sus afectos? No, no es posible decirles a 5 millones de personas que abandonen toda esta infraestructura y se ponga a sembrar y a criar gallinas”. Mi interlocutora razona así porque cree que la tarea de desalojar las grandes ciudades nos corresponde a los venezolanos vivos en esta fecha.
Cree la dulce amiga que la otra sociedad debemos construirla para que estemos allí nosotros, los que estamos vivos aquí y ahora. Es fácil y automático pensar en la familia y los conocidos (imagínate: mi pobre tía que ha vivido toda la vida en Catia, ¿para qué y para dónde la voy a mandar?) pero es muy difícil pensar en términos de la especie humana, en ese conglomerado gigantesco de personas que no ha nacido todavía y que no tiene por qué recibir como herencia nuestros miserables códigos actuales. Se nos hace difícil pensar que dentro de 70 años ya ninguno de nosotros (digamos pues, los que hoy tenemos más de 20 años de edad) estará vivo, y que quienes estarán construyendo el mundo para entonces podrán hacer cosas que a nosotros hoy nos parecen inconcebibles. Por ejemplo, crear poblados amables y propicios para la vida humana, fuera de esta plasta de mierda donde las reglas de supervivencia consisten en pasarles por encima a los demás, liquidarlos física y moralmente, para poder llegar primero, comer más y “mejor”, vivir en las “mejores” zonas, cogerse a los mejores culos, tener el mejor carro, el mejor cargo, la mejor imagen.
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La Revolución entrará en su etapa creadora (ahora estamos en la etapa germinal) cuando al menos logremos soñar esa otra sociedad, y para que logremos eso tenemos que entender que esa sociedad futura no debe regirse por los cánones y criterios actuales de “éxito” y desarrollo. Mientras tanto, es preciso luchar con lo que hay y al lado de los que al menos ya se dieron cuenta de que esto anda mal. Pasarán muchas cosas y se derramará mucha sangre y lágrimas antes de que el ser humano pueda prescindir de los objetos y costumbres con que el capitalismo llenó la tierra. Mientras tanto estamos condenados a ser contradictorios, a renegar del capitalismo desde su entraña, e incluso desde sus comodidades y perversiones.
La difusión de este mensaje ha sido posible “gracias” al sistema esclavo que ha originado la existencia de Internet, de las computadoras y de sujetos con tiempo de sobra para dedicarse a la reflexión sobre el mundo y sus monstruosidades. Sujetos como el autor de este escrito no serán necesarios ni posibles en la sociedad que queremos, es que será viable para la vida en dignidad. Pero en esta de ahora cumplimos un papel: poner sobre la mesa la reflexión incómoda que pocos se quieren hacer: que “triunfar” en el capitalismo es estancarnos. Que no debemos aspirar a ser capitalistas que hablan de socialismo sino a ser agentes capaces de acelerar la destrucción del capitalismo y sus dinámicas.